Hasta principios de este siglo y en el lugar geográfico que habitamos, aquellas que se llamaron disidencias sexuales y de género sostuvieron unas luchas basadas en su propia identidad. Estas se entendían, a la vez, como parte de algo mayor, de la lucha de clases en la que incluían sus reivindicaciones en un proyecto de transformación colectiva. Venían de un recorrido cuyo momento de mayor eclosión, aunque su origen sea anterior, llegó a finales de los años sesenta y que rápidamente provocó una expansión de sus discursos, una mayor presencia pública y un creciente reconocimiento de identidades que hasta entonces habían permanecido invisibilizadas. Las luchas por el deseo constituyeron un ejemplo de un proceso verdaderamente revolucionario.
Sin embargo, a día de hoy resulta preocupante el proceso de minorización en el que se han adentrado estos movimientos sociales. Entendemos por minorización el proceso por el que aquellas que formaban parte de las minorías sociales siguen enmarcándose en esa posición y defendiéndose desde ahí en el presente. Tenía sentido hablar de minorías hasta hace relativamente poco porque el espacio de visibilidad era nulo, la representación pública de estos sujetos era inexistente y recibir violencia podría ser rutinario. Pero la situación ha cambiado, por lo que seguir entendiendo a este segmento de la población como un lugar de minorías es erróneo y contraproducente a nivel político.
Si vamos a los datos, según el barómetro del CIS de junio de 2025, el 79% de la población española considera que el matrimonio igualitario es una “conquista positiva para la sociedad en su conjunto”. Además, un 91% está algo o bastante de acuerdo con que “hay que sentir orgullo de que España sea pionera en la mejora de los derechos de las personas LGTBI+”.
Más recientemente, el último estudio del CIS sobre diversidad sexual, publicado este mismo año, muestra que las organizaciones LGTBIQ+ generan 8,9 puntos sobre 10 de simpatía en la población. Un escaso 6,3% reconoce discriminación en algún momento de su vida por causa de su opción u orientación sexual. Un 71,6% está muy o bastante de acuerdo con que el reconocimiento de derechos de las personas queer beneficia al conjunto de la sociedad. Las formas de violencia más frecuentes fueron los insultos y las burlas, imitaciones o gestos, dejando las palizas, golpes o amenazas en un lugar bastante infrecuente. El partido que la población identifica en mayor medida con estos avances es el PSOE, más del 40% de la población reconoce en este partido la figura que mejor defiende los derechos de las personas LGTBIQ+, muy por encima de los últimos datos que dábamos a conocer en un reciente artículo.
El grado de violencia que reflejan los datos no es equivalente a la representación que se hace desde muchas instancias
Por supuesto, los datos no son el centro del análisis, sino una parte, pero es obvio el crecimiento del apoyo al colectivo LGTBIQ+ en este país y lo anecdótico de la violencia (sobre todo, cuando hablamos de violencia física). Esto no implica que la discriminación haya desaparecido, ya sea en entornos periféricos, en ámbitos familiares, educativos o laborales, o en contextos de vulnerabilidad. Pero tampoco podemos afirmar, como se hace actualmente desde instituciones, partidos de la izquierda, medios, redes sociales y movimientos sociales, que haya una persecución y hostilidad frecuente contra las personas queer en España. El grado de violencia que reflejan los datos no es equivalente a la representación que se hace desde estas instancias y sesgar la realidad solo nos hace desenfocar el objetivo de nuestras luchas o su marco político.
El contexto de miedo que se pretende generar con esta violencia ante la llegada de la ultraderecha es desmovilizador, paralizante y tiene el efecto de capturar nuestra agencia y la de las comunidades queer. Exagerar la violencia genera miedo y va en detrimento de las potencias políticas de lo queer y oculta las realidades que sí viven un contexto especialmente violento (como las que hemos enumerado más arriba y sobre todo las que por ejemplo reciben las personas trans, las trabajadoras sexuales o las migrantes sin papeles). El efecto que puede tener esto es situar a las instituciones del Estado como una figura de defensa frente a la “amenaza” que implican los migrantes, representados como bárbaros, y una demanda de seguridad por parte de las afectadas.
Podemos descubrir esto en el último manifiesto del Orgullo Crítico 2026 madrileño, que basa su posición en el reconocimiento y respeto de los derechos vinculados a la identidad, el proceso legislativo, el sostenimiento del Estado del Bienestar a través de la sanidad y la educación públicas o la exigencia de intervención estatal en la creación de espacios públicos, entre otras cuestiones. Quiero aclarar que mi intención no es impugnar el trabajo colectivo de la Plataforma Orgullo Crítico, sino llamar a la reflexión sobre algo que arrastramos desde el momento pandémico: los movimientos sociales están más enfocados en enunciar demandas que en materializarlas a través del conflicto, en establecer relaciones con el Estado más que en crear luchas autónomas. El manifiesto constituye una muestra de que muchas veces la inercia nos domina. Para superarla, sería necesario elevar el nivel de debate, crítica interna y capacidad de análisis. Si no, corremos el peligro de matar la potencia política de aquellas en los márgenes de la norma o desafectas de la democracia representativa.
¿Cuánto intervencionismo más vamos a exigir? ¿Cuánta asimilación estamos dispuestas a asumir? ¿Hasta dónde llegar con lo de ser argumento de voto y mercancía? Entendiendo lo LGTBIQ+ como un proceso completado en el que la integración ha convertido estas identidades en parte de la normalidad social. y sosteniendo unos datos que demuestran que no hay una segregación por perfil de orientación u opción sexual, ¿podemos hablar de estas subjetividades como ya plenamente civilizadas? Si fuese así, la lucha ya estaría completa y finiquitada.
Las desviadas a las barricas
Si tomamos el lema del Orgullo Crítico madrileño de este año -Todas las desviadas a las barricas- nos tendríamos que preguntar: ¿quiénes son esas desviadas a las que se apela? ¿A qué barricadas se les dirige? En realidad, poca desviación de la norma moral se podría desprender de unas subjetividades que están asumidas como plenamente ciudadanas. Difícilmente habrá barricadas si no hay ningún motivo fuerte para construirlas, si no hay nada que quemar. ¿Contra quién las haremos si el que está enfrente es un Estado mediador, pacificador y comprensivo que a golpe de ley aplaca los fuegos que pudieran aparecer? Es como si Louise Michel hubiera enarbolado la bandera negra en los despachos de la República Francesa mientras negociaba con el poder republicano.
La minoría no es más que una mayoría camuflada
Así pues, la minoría no es más que una mayoría camuflada. No puede haber minoría posible en un sector poblacional integrado en un Estado donde casi el 90% de su ciudadanía asume como iguales a esas supuestas otredades. Hay trabajo por hacer y hay potencia en la lucha histórica en la que nos movemos, pero desplazar el marco hacia un lugar victimizante que no existe solo trae consigo la aceleración del proceso de fascistización. Hoy por hoy, parece que a veces lo LGTBIQ+ puede funcionar más como contrarrevolucionario que como motor de lucha. Encerrarse en la guetificación aísla y rompe cualquier oportunidad de hacer las cosas de otra manera, de hacerlas nosotras mismas frente al legalismo y el garantismo, la burocracia y la asimilación.
Frente al colapso, la crisis que viene, la catástrofe y el avance de la fascistización, las comunidades queer necesitan recuperar horizontes alejados de su normalización, y de los procesos civilizatorios. Tendríamos que renunciar a la misma idea de minoría porque podría dificultar cualquier forma de alianza de clase. La única minoría existente, en palabras de Ash Sarkar, es la que constituyen las élites económicas, que son las que se benefician de la fragmentación y de los procesos de minorización identitaria. Solo podremos hacer una política de mayorías en el momento en que sea superada esta fractura cada vez más microscópica.




