En el momento de publicación de este artículo, todavía olía a chamuscado a varias decenas de kilómetros a la redonda de los meganincendios no extinguidos que asolan la zona comprendida entre las provincias de Madrid, Ávila y Toledo. Si la superficie quemada se considerara un solo incendio, esta superaría las 80.000 hectáreas: el mayor incendio de la historia del país. De hecho, ya lo es incluso si se toma únicamente el sector abulense entre los valles del Alberche y del Tiétar, con alrededor de 50.000 hectáreas afectadas. Sea como sea, el infierno desencadenado el pasado miércoles 22 de julio se debe entender dentro del contexto de las 170.000 hectáreas que han ardido este mes de julio y que han alcanzado una extremada intensidad en distintos sectores del Sistema Central: con los incendios de Burgohondo, Sierra Oeste de Madrid y Sierra Norte de Guadalajara (La Mierla) como los más extensos y violentos en la historia reciente.
Como ocurrió con la oleada de incendios del Noroeste ibérico a mediados de agosto de 2025, estos se concentran en esta zona por razones obvias. Se trata de los sistemas montañosos del interior peninsular que cabalgan entre la llamada Iberia subhúmeda, con bosque de melojos, castaños e incluso rodales relictos de hayas (Tejera Negra, Montejo, etc.), y los pies de monte más secos, formados por encinares y sus degradaciones (dehesas, jarales, retamares). Son, por tanto, comarcas en transición, que el calentamiento global empuja rápidamente hacia condiciones de mayor aridez estival y torrencialidad episódica.
Los incendios se han desencadenado en medio de la tercera ola de calor de este verano, después del segundo junio más cálido registrado, con una media de 4 grados por encima de la normal (serie 1990-2020) en estas comarcas. Y también en un año especialmente lluvioso, que ha dejado en esta zona precipitaciones bastante por encima de lo corriente (entre un 15 y un 30 % más). La secuencia que ha llevado al desastre se entiende así: mayor crecimiento vegetativo en los meses húmedos y de temperaturas moderadas del invierno y principios de la primavera, seguidos de un rápido agostamiento que empezó a mediados de mayo. En la tercera semana de julio, los índices de humedad del suelo eran los que corresponderían a finales de agosto, cuando en estas montañas empiezan a recibir las tormentas de final de verano.
Lo que se han quemado han sido cuasi-barrios de Madrid, donde viven o pasan temporadas jubilados y trabajadores de la metrópolis
A todo esto se añade otra importante condición. Aunque el incendio de Guadalajara afectó a una comarca típicamente despoblada y hace tiempo abandonada por los usos típicos de la ganadería extensiva (salvo de forma residual), los incendios de Ávila y Madrid han ocurrido en espacios que podríamos llamar suburbanos. Esto ha sido lo que ha dado el perfil «californiano» a esta catástrofe (típico de los fuegos de Malibú y Los Ángeles) con decenas de miles de desalojados, urbanizaciones arrasadas, campings calcinados y seguramente varios centenares de chalés destruidos. En un sentido menos figurado de lo que parece, lo que se han quemado han sido cuasi-barrios de Madrid, donde viven o pasan temporadas jubilados y trabajadores de la metrópolis y los trabajadores y pequeños empresarios de los servicios que se dedican a atenderlos.
Y sin embargo, el abandono de los usos del monte en estas comarcas de Madrid y Ávila es similar al de la llamada España vaciada. En la sierra de Guadalajara, el fuego prendió porque no hay apenas población capaz de mantener cabañas ganaderas y sus negocios asociados, con los que el monte dispondría de mucho menos combustible. En los pueblos de la Sierra Oeste de Madrid y su prolongación hacia Ávila, los incendios se extienden y arrasan porque ya no queda apenas gente que viva del «campo», salvo como activo de venta turística e inmobiliaria. De hecho, donde todavía estos usos persisten, el fuego ha tenido más dificultad para quemar y los vecinos han acompañado las labores de extinción. Más allá de estas excepciones, la mayor parte de la población asentada en estos lugares entiende el monte como un «verde y bonito decorado»: un lugar con «vistas», ideal para pasear el perrete, darse un chapuzón en el pantano o hacer una excursión en familia.
El fuego arrasa porque ya no queda apenas población que viva del «campo»
Difícil, por tanto, que estas poblaciones puedan estar seriamente comprometidas con la gestión de ese patrimonio y servir a su conservación. Con razón los técnicos de gestión de incendios, en los que ya se tiene la desastrosa costumbre de delegarlo todo, han ordenado el desalojo, incluso de pueblos no directamente afectados por el fuego, con el fin de evitar pérdidas de vidas, pero sobre todo de evitarse los problemas de atender a una población completamente inerme ante estos episodios. En un sentido amplio, lo que han quemado estos incendios es la fantasía de que disponer, alrededor de nuestra propiedad, de un entorno verde y fresco, pero del que realmente no sabemos nada, no trae aparejado ningún coste. Quemarán también la ilusión de que es posible vivir al margen de lo que nos rodea, como un simple ejercicio contemplativo, además de como una atractiva inversión inmobiliaria.
Estos incendios de sexta generación (fuegos incontrolables y que afectan a áreas periurbanas) son evidentemente el resultado del cambio climático. Pero mucho más importante es reconocer que tienen que ver con formas de vida y ocupación del territorio, completamente desconectadas del mismo.
Una vez más, las declaraciones y el paseo de los políticos contrastan con la pasividad general de la población
Otra cuestión central para el análisis nos lleva inevitablemente a la gestión estatal de esta situación excepcional, en la que la confianza en las instituciones se juega con toda su bochornosa solemnidad. Una vez más, las declaraciones y el paseo de los políticos contrastan con la pasividad general de la población. El espectáculo de la catástrofe corresponde con el espectáculo de la política. Y este se concentra en proporcionarnos una sensación de seguridad y unidad, especialmente en los momentos más duros de la emergencia. (Al fin y al cabo, todo político es un siervo del poder del Estado como solucionador de última instancia).
No obstante, no falta tiempo para que la catástrofe se convierta en otra guerra cultural dirigida a ocultar la impotencia general y asignar ideológicamente las culpas. Los bandos previsibles dividirán a supuestos «tradicionalistas» y negacionistas (la forma de cretinismo en este siglo), que a buen seguro apuntará a la «dictadura ecológica» como causa de los fuegos, y los «progres», hoy en el gobierno, que harán de la gestión racional de estos eventos (incluido un previsible pacto de Estado por la «resiliencia» y la adaptación al cambio climático) la forma ideológica del conformismo. Los primeros culparán a los ecologistas de que no les dejan limpiar los montes (que, por otra parte, les importan poco), y tratarán de acusar de ladrones –ya lo hacen– a la numerosa población migrante que habita estos pueblos como trabajadores infrapagados de los pequeños negocios y obras de la zona: la propensión a repetir el pogromo de Torre Pacheco está ya circulando en redes. Los progres atribuirán las culpas a la ignorancia y brutalidad de los primeros, y nos propondrán nuevas soluciones técnicas y expertas, que tampoco lograrán gran cosa. Como decíamos, la política impotente sigue a la impotencia ante la catástrofe.
Queda todavía un mes de verano. Atiendan bien. Veremos muchos más desastre televisados, aunque todavía nos quede el consuelo de la canción del verano y algunas semanas más de vacaciones.




