El colectivo LGTBIQ+ español le debe mucho a las políticas públicas que el Partido Socialista ha activado en este último cuarto de siglo. Cuando hablo de colectivo LGTBIQ+ me refiero específicamente a las personas que, aun teniendo una identidad de lo que se vino a llamar la disidencia sexual y de género, han sido integradas en la norma. A través de la Ley de Matrimonio Igualitario y las distintas leyes autonómicas de igualdad y no discriminación, ese segmento de la ciudadanía ha logrado alcanzar el lugar civilizado que se esperaba de ella tras la llegada de la democracia. Las personas que pertenecen al colectivo se han casado, han comprado vivienda, se han hipotecado, han formado familia —ya sea a través de la adopción o de la gestación subrogada— y se han estabilizado económicamente dentro de profesiones liberales o empleos públicos hasta integrarse plenamente en la clase media española en tiempos del gobierno más progresista de la historia.
A día de hoy, y debido a este proceso, son deudoras del sanchismo y parte activa y simbólica de él. Tras el ciclo político abierto por el 15M, en el que la nueva izquierda aspiraba a llevar la voz de las oprimidas desde las plazas hasta el Parlamento, es el PSOE el partido que más sale beneficiado de las políticas puestas en marcha. Ni Podemos, ni Sumar, ni ningún otro agente a la izquierda de los socialistas se ha convertido en el principal referente del voto rosa. Aunque conviene recordar que también hay parte de ese electorado que apuesta por opciones conservadoras o ultraderechistas.
Si utilizo la expresión “voto rosa” es porque retomo la idea que se popularizó a finales del siglo pasado con el dinero rosa. Al igual que este concepto entendía que el colectivo LGTBIQ+ era una parte de la población con unos gustos, aspiraciones y formas de vida de las que se podía extraer un capital económico y generar toda una industria, el voto rosa hace referencia a un electorado movilizado por su propia identidad y del que se puede obtener un capital político de manera relativamente sencilla. Los discursos a favor o en contra de lo LGTBIQ+ hacen que el voto rosa se mueva hacia unos u otros partidos.
Muchos votantes conservadores optan por la izquierda para evitar el retroceso en derechos conquistados
El PSOE recogería el 32,6% del voto de las personas LGTBIQ+, una cifra algo superior a la estimación de voto socialista en la población general —situada entonces en torno al 28-29%— y muy alejada del peso que alcanzan PP y Vox en el conjunto del electorado, según una encuesta de 40dB realizada en 2026 y encargada por la FELGTBI+. Solo un 19% del voto rosa iría al PP y el 11,1% de Vox. Sumar no representa un rival aquí ya que solo obtendría el 13,7% de los apoyos de este colectivo. En cualquier caso, este segmento está más escorado a la izquierda que la población general, algo que también indica el estudio. Sin embargo, de la propia encuesta también se deriva que muchos votantes conservadores optan por la izquierda para evitar el retroceso en derechos conquistados. De los datos se extrae que la población LGTBIQ+ se considera mejor representada por las izquierdas y, en concreto, por el sanchismo. Es esta la opción que, bajo el clima de pánico por la posible llegada de un gobierno ultraderechista, se erige como defensa de sus intereses.
De manera que este PSOE, como sucede con otros segmentos del campo progresista, ha logrado ser percibido como el partido rosa. Después del surgimiento de la nueva izquierda post-15M y ante la debacle reciente de sus figuras y partidos, Pedro Sánchez consigue captar la atención de aquellas que se nombran oprimidas para convertirlo en defensor de sus vidas. Es el líder capaz de oponerse a la agenda antiwoke de Trump en el plano simbólico y, al tiempo, de frenar la llegada de ese discurso a este lado del Atlántico.
Aprovechando la coyuntura de fascistización, el avance de fuerzas abiertamente contrarias a la igualdad LGTBIQ+ —como Santiago Abascal y Vox—, así como la expansión internacional de la ofensiva antigénero, Pedro Sánchez se ha convertido para la izquierda vinculada a la disidencia sexual en un símbolo. Sobre él y sobre el PSOE se proyecta la idea de haber sacado a las minorías sexuales de la ilegalidad, de haberlas arrancado de la marginalidad para integrarlas en el imaginario de una nueva España progresista. Son las personas plenamente integradas del colectivo LGTBIQ+ los últimos sujetos del pacto social de la Transición. Ese proceso habría clausurado, al menos parcialmente, la relación de antagonismo que durante décadas mantuvieron las comunidades queer con las instituciones del Estado. El acuerdo implícito con el sanchismo expresaría, en este sentido, el posible cierre de una tradición de disidencia sexual que aspiraba a constituirse como contrapoder y margen, como alternativa política frente al orden heterosexual y productivo dominante.
La izquierda cubre su discurso con la bandera del arcoíris mientras los alquileres suben, los migrantes son perseguidos o los movimientos sociales conviven con infiltraciones policiales
Ante la gestión de una izquierda marcada por los asesinatos en la valla de Melilla, la traición de sus promesas como la derogación de la Ley Mordaza o los crecientes casos de corrupción, el movimiento alternativo a lo LGTBIQ+ parece estar en sus horas más débiles. El movimiento queer —entendido aquí como un conjunto de formas de vida críticas tanto con la norma heterosexual como con la homonormatividad liberal— no ha logrado articular un conflicto sostenido con el Partido Socialista ni con las estructuras de la política parlamentaria capaz de desplazar al colectivo LGTBIQ+ hacia una posición de crítica frente al uso institucional y partidista de sus vidas. La izquierda cubre su discurso con la bandera del arcoíris mientras los alquileres suben, los migrantes son perseguidos o los movimientos sociales conviven con infiltraciones policiales. Ni se enuncia el “no en nuestro nombre” ni se ponen en práctica estrategias para generar algo al margen de la asimilación en lo existente. Lo queer y lo LGTBIQ+ tienden a confundirse cada vez más, son más capaces de actuar conjuntamente con acciones que tienen más de gesto que de estrategia.
A las puertas de un posible quiebre de las vidas queer, con la persecución de las trabajadoras sexuales, la deficiente gestión pública en la atención a las personas que practican chemsex –relaciones sexuales bajo el consumo de drogas– o los discursos reaccionarios contra las personas trans, los movimientos sociales han articulado prácticas políticas débiles, autorreferenciales y de terapia grupal, sin trazar una estrategia que verdaderamente piense dónde estamos y la crisis que puede venir. Se han encerrado en la sectorialización del movimiento y en una deriva de demanda de derechos que poco tiene que ver con la construcción de una comunidad autónoma de cuidados reales y sostén de las vidas que supuestamente se encuentran al margen. Resulta preocupante que no haya propuesta política desde los movimientos sociales de la disidencia sexual frente a este panorama de asimilación.
Un ejemplo de funcionamiento de estos movimientos lo encontramos en Orgullo Vallekano y su enfurecida denuncia de la eliminación de la sigla «Q» de los documentos internos del Partido Socialista en 2025. Una reacción que, en principio, debería resolverse en una discusión interna del partido —y que resulta anecdótica para una política de movimientos que se piensa desde el conflicto— se convirtió en tema de campaña de un colectivo que parecía más preocupado por interpelar a un partido que de cortar cualquier forma de vinculación con él. Si lo queer desaparece del sanchismo, deberíamos considerarlo un logro —mantenernos fuera de la norma de gobierno—, no una derrota que haría peligrar nuestra categoría de “ciudadano civilizado”.
La tendencia, ahora, es seguir la agenda que marcan instituciones, partidos, medios de comunicación o redes sociales. Entrar en una dialéctica acalorada pero educada, anular la posibilidad de conflicto y no encarar una construcción de la propia política, a la vez que se sostiene una posición victimista, de búsqueda de seguridad y protección, que permite esa interrelación con el sanchismo. Pedro Sánchez —y su gobierno— es el líder que escucha, que comprende, que integra las demandas que ya estaban en las plazas y que hoy se asimilan en forma de derechos sociales. La figura capaz de anular cualquier asomo de sublevación de la disidencia, porque a la mayor parte del colectivo ya lo tiene de su lado y porque los movimientos sociales están cada vez más encerrados en sí mismos.
En este acercamiento entre lo LGTBIQ+ y lo queer, no debería extrañarnos un doble juego de esas supuestas disidencias sexuales: estar a la vez en los movimientos sociales y en el apoyo al sanchismo en las urnas. Es decir, una performatividad de la rebeldía en militancias queer que cada vez conservan menos elementos de verdadera disidencia, mientras se busca la garantía de seguridad del Estado y el amparo de unos derechos que operan más como marco declarativo de reconocimiento que como transformación material y efectiva de las vidas.
Al fin y al cabo, como ya hemos señalado, el voto rosa es deudor de esta forma de governance, del sanchismo y de sus antepasados recientes. Es, además, el contexto idóneo para vivir de la propia identidad y de la autorreferencialidad del yo. La izquierda sanchista ha sido hábil al generar todo un entramado institucional que integre a las que fueron disidencias sexuales a través del trabajo. Investigadores, activistas a sueldo, personal de ONG, técnicos de igualdad y diversidad, educadores y demás profesionales del sector se aseguran para sí un oficio, un sustento económico y un lugar en la homonorma, a la vez que se sienten integrados y reconocidos. Una identidad con un pasado rupturista y crítico es ahora un pilar más del funcionamiento del Estado.
No podemos aventurar futuros sondeos ni estimaciones de voto en apoyo al sanchismo por parte de los colectivos LGTBIQ+, pero el pronóstico es de crecimiento si las demandas van siendo respondidas de manera favorable. Frente a esto, lo queer como antagonismo agoniza. No parece haber proyecto político alternativo, ni búsqueda del conflicto, ni horizonte revolucionario. Empieza a ser urgente llegar a acuerdos: qué hacemos con esta identidad asimilada, cómo destituimos la disidencia de la norma, si debemos o no construir una nueva marginalidad, qué potencia tiene una comunidad queer. El sanchismo no es ninguna fórmula de salvación colectiva, y solo en confrontación con él y a través de la negación a la asimilación podremos empezar a construir algo nuevo.




