Pedro Sánchez parecía recuperar la iniciativa gracias a su posición sobre Palestina y su enfrentamiento con Trump. Sin embargo, los resultados de las elecciones andaluzas y la imputación de Zapatero lo han puesto contra las cuerdas. La imputación de Zapatero no amenaza solo al Gobierno de Sánchez. Amenaza a todo el ciclo político progresista inaugurado en 2004.
El conjunto de la izquierda parlamentaria está en shock. Aquel al que Pablo Iglesias calificó como «el mejor presidente de la democracia» acaba de ser imputado. Tráfico de influencias, contratos y comisiones componían una trama que iba desde China hasta Venezuela. Incluso Alba y Laura, las conocidas hijas del expresidente, habrían sacado tajada de los negocios de su padre.
La investigación también tiene un componente de venganza política por parte de Trump
Para comenzar, se pueden dar algunos datos de la conjura. El primero es que parte de la información sobre la trama en Venezuela fue aportada por el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Eso sugiere que la investigación también tiene un componente de venganza política por parte de Trump –y quizás incluso el Mossad–. El segundo, que el grupo Prisa está presentando al juez encargado del caso, José Luis Zalama, como una persona seria y responsable. No está apostando, por tanto, por el discurso del lawfare que maneja parte de la izquierda.
Por su parte, la derecha prepara una posible moción de censura. Todo depende ahora de que Junts y PNV decidan apoyarla tras las declaraciones del expresidente. Al otro lado, Rufián se propone como candidato para huir de la quema y recoger el voto que escape del PSOE hacia su izquierda en las próximas elecciones.
Aún con muchas incertidumbres, algo parece claro. Salvo que se produjese nuevo golpe de mano sanchista o se pruebe una fabulosa conspiración contra Zapatero, es probable que el gobierno progresista caiga durante el próximo año.
Las dos eras del progresismo español
Hay quienes opinan que si Zapatero no hubiese reaparecido con tanta fuerza, esta crisis no habría afectado tanto al gobierno Sánchez. Pero la operación de recuperación del «No a la guerra» para defender la posición de España contra los ataques a Irán se vio claramente reforzada con la participación del expresidente.
El retorno de Zapatero a la escena pública en realidad tenía muchos significados. Por una parte, fue el presidente que llegó al poder tras las movilizaciones del 11M. También quien derrotó políticamente a Aznar. A partir de aquí, el matrimonio homosexual, la ley de memoria histórica o la educación para la ciudadanía fueron hitos de un gobierno que delimitó el campo de la izquierda y la derecha parlamentaria tal y como los conocemos a día de hoy y dio lugar a las batallas culturales más importantes de la primera década de los 2000 que relatábamos en Spanish neocon (Traficantes de Sueños).
La etapa de Felipe representaba al progresismo casposo y echado a perder por sus pactos con las élites
Con él se inauguró una segunda era del progresismo español que dejaba atrás la primera etapa socialista, la de Felipe González, Rodríguez Ibarra, Chávez o Bono. Aquella generación representaba al progresismo casposo y echado a perder por sus pactos con las élites y las políticas de despacho. Pero sobre todo, representaba al PSOE de las huelgas generales, los GAL, la precariedad juvenil y, para su izquierda, la del Referéndum de la OTAN.
Zapatero era otra cosa. Le quitó al PSOE parte del desgaste simbólico del felipismo y logró durante años tener buena prensa entre los representantes de la nueva política. Algunos incluso le perdonaron el cambio constitucional exprés del artículo 135 que sometía a España a los dictados de la Troika; los recortes sociales de 15.000 millones de euros de 2010 o la elevación de la edad de jubilación a los 67 años. Para la nueva política, Zapatero era una figura de referencia para buena parte de la nueva izquierda. Es más, confiaron en su mediación durante las negociaciones que llevaron al gobierno de coalición entre PSOE y Unidas Podemos en 2019.
Últimos coletazos del ciclo
Esta simpatía que Zapatero despierta más allá de las filas del PSOE extiende un manto que cubre a la mayoría de la izquierda. Nadie denunció al PSOE por su aprovechamiento de un eslogan que no era suyo, como el «No a la guerra» o incluso el “Otro mundo es posible”. Como tampoco supieron escapar de la psoeización provocada por las posiciones del presidente sobre Palestina o Irán, como explicamos aquí.
Si la izquierda del PSOE ya tenía el problema de cómo librarse de la influencia de Sánchez, ahora se enfrenta a un reto mayor: cómo reaccionar a la caída de Zapatero. Hasta ahora se podía pensar que una caída de Sánchez cerraría el ciclo político del 15M. Pero una crisis en torno a Zapatero iría más lejos, ya que arrastraría consigo todo el ciclo progresista, desde el movimiento de las plazas hasta la nueva política, pasando por el movimiento contra la guerra de 2004.
Independientemente de lo que pensemos de ellos, Zapatero, pero sobre todo Sánchez, son los dos figuras que han hecho que en España exista un fenómeno llamado socialdemocracia que en buena parte de Europa lleva años en retroceso o prácticamente desaparecida. Esta singularidad española se explica, en parte, por la capacidad del PSOE para apropiarse políticamente de grandes movilizaciones sociales, como el movimiento contra la guerra o el 15M.
La pregunta es qué hacer con esta nueva crisis
Ante semejante panorama, muchos se apresurarán a recordar que se viene un gobierno de derechas, y no les faltará razón. También se gestarán nuevas candidaturas que traten de amortigüar el batacazo del PSOE o que piensen en cómo ocupar ese espacio político y recoger parte de su electorado. Sin embargo, parece que las labores de contención no van a ser suficientes esta vez. Ni para frenar la caída del gobierno progresista ni para sustituirlo. La pregunta es qué hacer con esta nueva crisis, si ayudar a sortearla o dedicarse a construir al margen del marco dominante en las izquierdas estos años.
El pueblo progresista buscará nuevas opciones electorales y pedirá unidad. Pero debemos tratar de mirar hacia otros lugares. Ahora el reto es construir una política que no se centre exclusivamente en las clases medias, sino que se articule también con los que acaban de llegar y quienes no pueden acceder a una vivienda digna. Si se abre una fase de movilización no debería construirse en torno a la nostalgia del gobierno progresista, sino desde la defensa de derechos concretos y la identificación de sus responsables políticos y económicos.




