El sanchismo o la última estación de la nueva izquierda

por | May 4, 2026 | Análisis, Coyuntura

La explicación del imprevisto éxito de Sánchez es relativamente sencilla. El secreto descansa en la capacidad de El Perro para digerir lo que ha ido quedando de un 15M derrotado, institucionalizado y convertido en la llamada "nueva izquierda". Se trata de un típico proceso de inversión simétrica que hace a Sánchez tan grande como enorme se hace la derrota de este movimiento.

Cabe preguntarse si un término como «sanchismo» tiene alguna relevancia analítica. La conversión del estilo personal del gobernante de turno en el rasgo de una época es uno de los múltiples recursos periodísticos que hacen pasar por análisis lo que no es más que un juicio o una posición política. Se hablaba así de felipismo o de aznarismo para caracterizar los años ochenta o el cambio de siglo a partir de la particular personalidad pública de los presidentes: prepotente y con vocación de eternidad, el primero; autoritaria y belicista, el segundo. Y del mismo modo, hoy se habla de ayusismo con el fin de caracterizar al Madrid centralista, castizo y a veces disparatado que corresponde con el lenguaje de la presidenta; o de sanchismo para señalar a una España precaria e inevitablemente moldeada por la mentira, la corrupción y un populismo inmoral. Los «ismos» son un mecanismo de ahorro intelectual del periodismo convertido en agit-prop, poco más que pauperismo intelectual y propaganda.

No obstante, hablar de sanchismo puede ser útil si entendemos la novedad retórica del gobierno y su presidente —galvanizada por su presunto izquierdismo y su grandilocuencia— como parte del propósito de conquistar, una vez más, lo que ha sido una invariante del PSOE en este último medio siglo de oligarquía representativa: deglutir a su izquierda y escupirla en forma de residuo orgánico de su propio partido. Antes fue el PCE de Carrillo y la IU de Anguita y hoy la “nueva política” originada a partir del 15M. Se puede argumentar, claro está, que la izquierda hoy existente (la que surgió del 15M: Sumar, Podemos, Comuns, etc.; y la heredada de la Transición: IU, los nacionalismos varios) le han preparado el camino al PSOE. Obviamente, esto es así: las miserias de la izquierda, sobre todo la de haber convertido un espacio tan rico como el 15M en partiduchos de camarillas peleadas entre sí, son siempre, en última instancia, responsabilidad de la izquierda —y seguramente de nadie más—.

Pedro es un epifenómeno del 15M, del último gran parteaguas de la política española

Pero ahora se trata de entender el triunfo del PSOE, y no el fracaso de su izquierda. Por tanto, tenemos que volver una vez más sobre Pedro. Una sorpresa que seguramente lo explica casi todo: Pedro Sánchez es una criatura anfibia, que se ha sabido mover entre dos mundos. Sánchez es un producto típico del partido, forjado dentro del partido y prácticamente solo dentro del mismo. Comenzó como joven concejal en el Ayuntamiento de Madrid y trepó siempre a través de su escalera interna. Pero a la vez Pedro es un epifenómeno del 15M, del último gran parteaguas de la política española. Esta puede parecer una afirmación controvertida. El movimiento que comenzó con el grito «PP-PSOE la misma mierda es», difícilmente podría haber dado como herencia la renovación interna del PSOE de la mano de la figura Sánchez. Y sin embargo, así ha sido.

El 15M hoy puede pasar por un acontecimiento condenado al olvido, sobre todo si consideramos la suerte de lo que pareció ser su partido más orgánico: Podemos, reducido a las cenizas de las ambiciones, alianzas y traiciones de su grupete fundacional y de su permanente líder hoy en la sombra, Pablo Iglesias. No obstante, como acontecimiento anónimo, el 15M ha marcado la política española de los últimos 15 años en cuestiones tan sustanciales como la quiebra del bipartidismo, el arrinconamiento definitivo de la generación de la Transición y su sustitución por los protagonistas de la década de 2010, así como un cambio radical de las retóricas políticas.

Sánchez se debe considerar como el último de los grandes aventureros que probaron suerte en el post-15M

El éxito de Pedro Sánchez está imbricado en este cambio de época y en su capacidad para entender, más intuitiva que teóricamente (como hacen los políticos), las fuerzas que entonces se pusieron en marcha. De hecho, en muchos aspectos Sánchez se debe considerar como el último de los grandes aventureros que probaron suerte en el post-15M: Iglesias, Colau, Errejón y tantos otros nombres en su mayoría hoy caídos. El logro de Sánchez consistió en trasladar los aspectos más banales y superficiales de la nueva política surgida en ese momento al interior del PSOE. No reconocido por la vieja casta socialista, la venció en unas primarias (perfecto simulacro de democracia interna) y reafirmó su figura como la de un líder joven y conectado con la nueva época. Hizo igualmente acopio de elementos del feminismo y el ecologismo ambiental, para incorporarlos a su arsenal retórico y comunicativo, que ya habían probado Podemos y los municipalismos. El giro a la izquierda del PSOE consiste básicamente en este desplazamiento del discurso, impulsado mucho menos por la discusión interna en los socialistas que por el impacto del 15M.

Incluso su perfil más épico, manifestado en su célebre gira en el Peugeot 305 para encontrarse con las bases y las esencias socialistas y su reputado «arte de la resistencia», coinciden con la del típico condottiero y buscador de fortuna en los tiempos rápidos que siguieron al año 2011. Apenas sorprende tampoco que sus compañeros de armas como Ábalos o Cerdán, apostadores de primera hora contra el aparato del PSOE y en favor de Sánchez, hayan caído víctimas de su escasa pericia para cobrarse los favores prestados, cosa que hicieron en la forma en la que solo los mercenarios pueden hacerlo. En definitiva, todo en la operación Sánchez transpira la misma mezcla de osadía, chapuza e improvisación que se observa en la nueva política ahora extendida a los viejos partidos. De hecho, en las vidas paralelas que han marcado este periodo, Sánchez se muestra no tan distinto de Ayuso, también construida contra el aparato del partido y cuya meteórica trayectoria solo fue posible, porque tras los casos Gürtel, Kitchen, las dos docenas de candidatos posibles que iban antes que ella quedaron quemados –entre imputaciones y condenas–.

La gran sorpresa de Sánchez no ha consistido en su ascenso sino, como él mismo dice, en su resistencia

Pero la gran sorpresa de Sánchez no ha consistido en su ascenso sino, como él mismo dice, en su «resistencia». El milagro resulta parecido al de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo de Cristo: al romper las inercias del PSOE como partido de Estado ha sostenido, contra todo pronóstico, al PSOE dentro del Estado. Y es este milagro el que desencadena las acusaciones de la derecha (los mismos que hoy hablan de sanchismo) no han parado de incorporar agravios: el gobierno Frankenstein hecho de pactos imposibles para el viejo PSOE (con los golpistas separatistas catalanes y los exterroristas vascos), la alianza con la extrema izquierda comunista (¡qué risa!) de Podemos-Sumar, los continuos giros de guión y de efecto del Sánchez más populista que continuamente parecen sacarle del atolladero (sentimentalismo incluido), etc. Desde hace unos meses la FAES (think tank del viejo Aznar) habla de un futuro golpe de Estado contra la Constitución, que fijará a un Sánchez eterno. (Estamos en vilo por saber en qué consistirá este golpe.) En cualquier caso, estos críticos pasan por alto que el giro del PSOE hacia la izquierda fue, en buena medida, obligado. Después de la moción de censura de 2018 y en las elecciones siguientes, el PP dejó de poder garantizar la alternancia ya que el escenario se había reconfigurado con la aparición de nuevas fuerzas derivadas del 15M: Cs y Vox en el bloque conservador, y Podemos junto a los municipalismos a la izquierda del PSOE.

Más allá de lo que dicen sus críticos en la derecha, la explicación del imprevisto éxito social de Sánchez es relativamente sencilla. El secreto descansa en la capacidad de El Perro para ir digiriendo, en las cantidades adecuadas, lo que ha ido quedando de un 15M derrotado, institucionalizado y convertido en la llamada «nueva izquierda». Se trata de un típico proceso de inversión simétrica, que hace a Sánchez tan grande como enorme se hace la derrota de este movimiento. Aquí está el insospechado reservorio de legitimidad de Sánchez, que una y otra vez sigue sorprendiendo. Ayer con su pretensión de ser el gobierno más progresista y feminista de la historia. Hoy con su declaración –de estalinista memoria– de «estar del lado correcto de la historia» en las guerras de Gaza e Irán o con su capacidad para convertir al partido que empezó a gobernar en 1982 con el lema «Otan de entrada no» –luego transmutado a ”Otan sí”–, en el actual partido del «No a la guerra» y líder simbólica de la oposición mundial a Trump.

Bajo esta luz, tenemos que preguntarnos qué es lo que hoy impide la crítica, incluso entre los sectores de movimiento que están o estamos claramente al margen de los partidos ya digeridos por una experiencia de década institucional de gobierno y asimilación: Sumar, Podemos, municipalismos, etc.

Tenemos que volver a preguntarnos qué es lo que hoy impide la crítica

Una anécdota. Al acabar el mandato municipal de Manuela Carmena iniciado en 2015, uno de los concejales integrados en la candidatura pero críticos con la alcaldesa comentaba en conversación privada que la oposición interna al gobierno de Carmena tenía las patas cortas. Si no se había podido ir más allá de la patochería infantilizante de la alcaldesa no se debería culpar de ello a la fuerza de la anciana jueza y de su complaciente séquito de admiradores y lacayos, sino a la debilidad de los movimientos de la ciudad. Después de la victoria de 2015, estos quedaron inmediatamente arrinconados, rebajadas sus expectativas a la cesión municipal de algunos espacios, unos pocos huertos urbanos y un programa de participación vecinal completamente descafeinado. Indudablemente no estamos en la época heroica del movimiento vecinal, en la que las luchas por el centro de salud, el instituto, el asfaltado o el metro podían durar décadas. Pero en una sociedad como la española o la madrileña, donde la desigualdad social es cada vez más sangrante y donde los salarios reales están estancados desde hace treinta años, el malestar y el cabreo social deberían ofrecer algo más de recorrido a la crítica (como la ejerce su némesis, Vox).

Seguramente, la cuestión de la digestibilidad de la crítica por el PSOE de Sánchez tiene en este análisis su razón fundamental. La «compra» de la izquierda institucional y social a tan bajo coste retórico responde sin duda a las condiciones de esta época: de crecimiento económico relativo, expansión del empleo público y de reconocimiento en el PSOE del Perro Sanxe, de algo parecido al programa de mínimos del 15M. Pero esta situación tiene un coste difícil de calibrar.

Cuando un movimiento o un espacio político se convierte en retórica de gobierno pierde también toda capacidad de conquista social

Cuando un movimiento o un espacio político se convierte en retórica de gobierno, este no solo pierde su autonomía a cambio de poco más de que una cobertura cosmética y unos cuantos cientos de empleos públicos o parapúblicos, pierde también toda capacidad de conquista social. Esto es lo que ya ha sucedido con la izquierda institucional, hoy condenada a la casi total irrelevancia electoral y a una creciente antipatía por parte de los sectores sociales a los que supuestamente interpela. Pero es también lo que le ha ocurrido a parte del ecologismo y el feminismo, institucionalizados e incorporados como ideología de gobierno, con sendos ministerios públicos, secretarías de Estado, políticas y líneas de colaboración y subvención de asociaciones y ONG.

La crítica a estos procesos de integración ha sido ampliamente analizada y comentada en los monográficos y la web de esta revista, al tiempo que se apelaba a la construcción de una zona de autonomía y contrapoder contra la propia izquierda. No hace falta esperar al futuro para reconocer que la política interna que ha llevado a la institucionalización del 15M y de los movimientos, sobre la premisa de «alcanzar mayorías», «ganar», la «transversalidad» o, ya hoy de forma descafeinada, «parar a la extrema derecha», ha sido una suerte de devastadora campaña de autoconquista interna dirigida a convertirnos en algo que nunca debimos ser. En el camino se han quedado las energías de decenas de miles de personas y la riqueza de unos movimientos que hoy son representados por unos partidos, que el PSOE ha engullido con una facilidad pasmosa. La situación se parece bastante a una gigantesca mancha de tierra quemada. Y si Sánchez es espejo de una época, no lo es tanto de las potencias del 15M como de esta misma tierra devastada por años de destrucción de la autonomía de la propia posición.

Pasados 15 años desde 2011, el orden reina de nuevo en las plazas. Y el orden es curiosamente el de nuestra nueva izquierda, hoy básicamente consumidora de retóricas tranquilizantes frente al coco de la extrema derecha y que ha dejado a Sánchez como única opción real de voto de izquierdas. Para que luego digan que no hay una inteligencia inscrita en las inercias del propio régimen político.

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