La máscara del presidente sensible
En la primavera de 2024 el presidente nos sorprendió con una carta dirigida a la ciudadanía en la que anunciaba un retiro de cinco días para responder a la pregunta: «¿Merece la pena todo esto?». En dicha misiva Sánchez se dirigía a nosotros como un viejo amigo, hablando desde su vulnerabilidad («detrás de los políticos hay personas»), aludiendo a su esposa por su nombre de pila (Begoña, injustamente atacada para dañarlo a él), confesándonos su amor por ella pero también por su país. Begoña, España. Lo personal, lo político. En el campo de batalla, la guerra sucia de PP y VOX, capaces de pervertir el poder judicial para romper una verdad democrática incontestable: el resultado electoral de julio de 2023, la victoria del PSOE, su victoria. Al otro lado de la trinchera, en «el lado bueno de la historia» queda la nueva masculinidad de un hombre que es capaz de mostrar su fragilidad, un presidente que parece plantearse incluso renunciar al poder por amor. Y tras él, la hueste de un partido socialista con la misión histórica de defender el progresismo y la democracia frente al fascismo. Este entremés romántico terminó, para sorpresa de nadie, con la solución patriótica al dilema: el deber de defender el país y el proyecto socialista se impuso al cuento de hadas.
Sánchez se apropiaba de la denuncia del lawfare que desarrolló Podemos (el uso del poder judicial contra enemigos políticos), en términos personales, victimistas y emocionales, usando pues su sensibilidad y su vulnerabilidad como escudo ante las acusaciones de corrupción. Este uso de las emociones para generar posicionamientos, espíritu de nuestros tiempos, le ha permitido mover el foco de las prácticas corruptas de su entorno al propio poder judicial y a la oposición. Al mismo tiempo y en el mismo «lado correcto de la historia», altos cargos del partido, Santos Cerdán y Jose Luis Ábalos, llevaban tiempo siendo investigados por organización criminal, contratos amañados, comisiones y financiación ilegal del partido. Nadie en el partido se había dado cuenta de nada.
La capa violeta
Pedro Sánchez también se ha rodeado de mujeres que se autodefinen como feministas, desde Carmen Calvo a Ana Redondo —en su propio partido—, hasta Irene Montero y Yolanda Díez —en las fuerzas partidarias de coalición—. Todas ellas le han permitido ataviarse con la capa violeta del defensor de los derechos de las mujeres y del gobierno más feminista de la historia. Pero «feminista» aquí es una cuestión de número —cuántas mujeres cis tienen el cargo de ministras— y no de contenido: qué políticas se desarrollan y qué sectores de las mujeres son objeto de dichas políticas.
Las extranjeras sin derechos o las presas quedan lejos del radar del superhéroe feminista
De hecho, el «feminismo de la igualdad» de Calvo y de Redondo siempre prioriza las políticas que responden a los intereses de las mujeres de clase media. Desde la convicción de que «a mayor número de mujeres poderosas, mayor progreso» per se, han puesto en el centro el problema de los «techos de cristal» (la igualdad de las mujeres mejor situadas respecto a sus pares de clase), concretada finalmente en La ley de paridad de Ana Redondo, y no los «suelos pegajosos» (las mujeres en peor situación dedicadas a trabajos mal pagados y nada reconocidos). A pesar de algunos avances (como algunas mejoras en la regulación del trabajo de hogar y cuidados, después de años de lucha de los colectivos de base), la reforma laboral de 2022 de Yolanda Díaz no abordó, las limitación de la externalización de servicios que sigue permitiendo, a día de hoy, la explotación de las camareras de piso y de tantas otras mujeres que trabajan en los servicios más precarios. Además, Calvo en particular ha destacado por sus posiciones abolicionistas de la prostitución y transexcluyentes («La realidad es que somos hombres y mujeres«). Pero, ¿qué hay de socialista en un feminismo que no prioriza discursos y medidas destinados a enfrentar el machismo estructural, esto es, la división sexual del trabajo y sus consecuencias en las mujeres más empobrecidas?
De nuevo, por un lado tenemos el disfraz de un presidente que se erige en defensor de «las mujeres» frente a los «vientos reaccionarios», por otro, las políticas concretas de un feminismo de gobierno que ha sabido usar la legitimidad de las movilizaciones feministas en favor de las mujeres mejor situadas. Las prostitutas, las mujeres desahuciadas de sus casas, las trabajadoras de atención a domicilio, las precarizadas del proletariado de servicios, las explotadas en el campo, las extranjeras sin derechos o las presas quedan lejos del radar del superhéroe feminista.
El traje de presidente humanitario
El presidente del gobierno también ha sabido jugar sus cartas en el terreno de la migración. Sánchez sabe tan bien como la patronal que un país envejecido como el nuestro necesita mano de obra extranjera. Las leyes de extranjería excluyen al proletariado migrante de los contratos de trabajo y, por lo tanto, se ven obligados a trabajar sin derechos, para beneficio de la patronal y ahorro en protección social del Estado. Pero llega un momento en que tal nivel de explotación y exclusión no les compensa ni a uno ni a otro. Este momento ha vuelto a darse ahora, en 2026, respecto a unas 800.000 personas que viven en España de forma irregular, esto es, sin libertades ni protecciones esenciales. La mayor parte de estas personas entraron de forma legal por Barajas, con visados de trabajo, medidas de reunificación familiar, como turistas, estudiantes o con permisos de contratación en origen. Como en cualquier otro país de Europa, las entradas irregulares suponen alrededor de un 5 % respecto del total de llegadas de personas extranjeras.
Pedro Sánchez ha destacado por su habilidad política y cortado a su medida el traje del presidente humanitario
En este escenario, frente a los que compiten por criminalizar y estigmatizar a la migración, tratando de esconder bajo banderas nacionales —el consuelo de ser español, o catalán o vasco— la realidad material de crisis —vivienda, inflación, bajos salarios—, Pedro Sánchez ha destacado, una vez más, por su habilidad política y cortado a su medida el traje del presidente humanitario. «A mí, personalmente, el haber salvado la vida a 630 personas hace que piense que vale la pena dedicarse a la política», dijo Sánchez en su libro Manual de resistencia en relación con la acogida de los migrantes rescatados por el Aquarius en junio de 2018.
Tan solo unos meses más tarde, en enero de 2019, el mismo gobierno bloqueó la salida del Open Arms del puerto de Barcelona. En junio de 2022 un salto a la valla de Melilla dejó un saldo de 27 muertes reconocidas (y más de 70 personas desaparecidas): la investigación ha sido archivada y el ministro del Interior Marlaska aún no ha dimitido. Tampoco han retirado, como prometieron, las concertinas en las vallas fronterizas, ni han tocado los CIE. Estos últimos, es preciso recordar, son centros en los que se priva de libertad a personas por el simple hecho de haber cometido una falta administrativa: la de hallarse en una situación irregular en el país. Tal es el pánico a ser detenidos y deportados que se juegan el pellejo huyendo de la policía.
Tras sus discursos de defensa de los derechos humanos, las políticas migratorias del sanchismo pretenden compatibilizar la necesidad de mano de obra (contratos en origen y migración circular, regularizaciones extraordinarias, proletarización de la migración) con una militarización de las fronteras (devoluciones en caliente, militarización de la frontera, externalización de las fronteras a otros países) que es fundamentalmente contraria a la libertad de movimiento e indiferente a las muertes que esta falta de libertad genera cada año.
El disfraz de pacifista
Todo empezó con la negativa a subir el 5% de gasto militar para la OTAN, pero ha sido la bomba pacifista del No a la guerra lo que ha terminado por fagocitar a lo que quedaba de la Nueva Política en el arco parlamentario. Tras reapropiarse del lema que, en protesta por la guerra de Irak, llevó solo en Madrid a más de un millón de personas a las calles en 2003, el presidente ha noqueado a cualquier otro rival en la defensa de eso que llaman la legalidad internacional. Así pues, el «hombre vulnerable» ha sabido transformarse en el único tipo duro que a escala europea y mundial se atreve a lidiar con las amenazas de Trump y con el avance de la extrema derecha y el fascismo global. Para mostrar su liderazgo internacional, Sánchez organizó el pasado 16 de abril una cumbre progresista en Barcelona, la Global Progressive Mobilisation, que sirvió de baño de reconocimiento por parte de personalidades como Lula da Silva, Claudia Scheinbaum o Gustavo Petro.
Por debajo del disfraz de pacifista, sin embargo, incrementó el gasto en defensa un 50% el año pasado hasta superar el 2 % del PIB. También ha armado y financiado al gobierno de Zelenski por encima de cualquier apuesta por la diplomacia. Además, ha consolidado a España como décimo exportador mundial de armamento.
«PSOE-PP / La misma mierda es»
Qué lejos queda este lema coreado en las movilizaciones tras el 15M de 2011. Aquel PSOE, completamente desprestigiado entre quienes salieron a las plazas para impugnar una democracia de la representación y exigir una democracia real, ha sido sin embargo resucitado por un maestro en el arte del simulacro. Pedro Sánchez ha logrado convencer con sus disfraces a una izquierda que, a su vez, se conforma con votar del «lado correcto de las urnas». Cuando la política es identificación, comunicación y juego de espejos parece más inteligente apostar por el mejor intérprete. Más aún cuando, por debajo de máscaras y disfraces morales, más allá de las guerras culturales, este sigue respondiendo principalmente a los intereses de reproducción del capitalismo y las clases medias nativas asentadas.
Y es precisamente esta promesa de integración económica y mantenimiento del status quo la única capaz de salvar al presidente de todas las causas judiciales por las que habrá de dar cuenta el día 24 en el Congreso. Los casos Koldo, Santos Cerdán, Plus Ultra o Leire Díez se parecen demasiado a los casos Gürtel, Bárcenas, Kitchen, Pünica o Noos: tramas de corrupción, malversación de fondos públicos, paraespionajes en las instituciones, mordidas, financiación ilegal de las estructuras partidarias y toda suerte de prácticas de nepotismo, el modus operandi de los partidos de gobierno.
Por esto, aunque el lema ya no se coree en las plazas hoy adormecidas y mercantilizadas, PP y PSOE siguen reproduciendo los mismos mecanismos de gobierno aunque Sánchez llegase al poder en 2018 abanderando la regeneración democrática. Más allá del resultado de las próximas elecciones, ¿qué revueltas y conflictos, qué nuevas composiciones de clase serán capaces de romper, algún día, con este horizonte de repetición infinita de lo que hay?




