La respuesta a esta pregunta solo puede ser una. Ante la magnitud del problema, frente a la virulencia del ataque que viene recibiendo la universidad pública en la Comunidad de Madrid, la única respuesta a la altura es convocar la huelga, la herramienta de mayor presión con la que contamos. Este es habitualmente el esquema de pensamiento que se activa cuando la situación es límite: lanzar el órdago. Pero como en toda partida de mus, para valorar un órdago debes analizar cuál es el contexto de la partida, con qué cartas juegas, cuáles lleva tu compañera y qué intuyes que pueda tener el adversario. El todo o nada, la huelga, no se debe fetichizar y convertir en un fin en sí mismo, sino en un medio -entre otros alternativos-, que debe valorarse una vez esté clarificado el objetivo y cartografiado el terreno del conflicto.
Se avecina un otoño caliente en la educación pública madrileña con los distintos conflictos abiertos en etapas educativas no universitarias y, con el impulso de una huelga indefinida que comenzará el 14 de octubre. En este contexto, el clima estival en la universidad pareció sobrecalentarse el pasado mes de julio: “hay que activar las asambleas, también debemos ir a la huelga, tenemos que tomar decisiones de manera urgente”. No obstante, estos llamamientos por chat, reels y otros canales se ahogaban en la resaca de un curso de movilizaciones que ya había quedado atrás. A comienzos de septiembre volvemos a juntarnos para redefinir cómo encarar el conflicto en este curso que se abre; este artículo pretende aportar a la discusión acerca de cómo entender la huelga en la universidad y, en términos más generales, cómo enfocar las movilizaciones en los próximos meses.
¿En qué contexto nos encontramos para enmarcar la movilización?
En la universidad venimos sosteniendo un ciclo de conflicto y movilizaciones desde mayo de 2024, con las Acampadas por Palestina y, especialmente, desde diciembre de ese mismo año, a raíz de la creación de las Plataformas por la Universidad Pública. Las reivindicaciones siempre han orbitado en torno a un objetivo central de carácter eminentemente corporativo: frente a la infrafinanciación estructural a la que está sometida la universidad pública desde hace más de una década y ante el agravamiento de esta asfixia presupuestaria en los últimos años, nuestra demanda se ha centrado en un incremento del presupuesto regional asignado a las universidades públicas. Esta reivindicación ha gozado de una amplia y fuerte legitimidad por parte del conjunto de la comunidad universitaria, que se ha materializado en el sólido seguimiento en las huelgas convocadas durante 2025 o en una participación masiva en movilizaciones, como la manifestación del 26 de noviembre de 2025, que aglutinó a más de 50.000 personas en el centro de Madrid.
Este ciclo de movilizaciones no ha logrado el objetivo de contrarrestar la infrafinanciación.
No obstante, y más allá de victorias parciales en otros ámbitos, como la paralización de la infame Ley de Enseñanzas Superiores, Universidades y Ciencia de la Comunidad de Madrid (LESUC), este ciclo de movilizaciones no ha logrado el objetivo de contrarrestar la infrafinanciación. De hecho, el plan de financiación plurianual firmado por el ejecutivo regional y los equipos rectorales de las seis universidades públicas en marzo de 2026 se vendió como un éxito que resolvía el gran problema presupuestario; un relato que ha sido difícil de enfrentar comunicativamente, a pesar de que las cifras son claras y consolidan la asfixia presupuestaria para los próximos años. Sobre este nuevo contexto emerge cierta incertidumbre en torno a la lectura de la situación que puedan hacer los sectores no organizados y movilizados, tras el cierre en falso que supone el acuerdo, a pesar de que los fuertes recortes se siguen materializando en multitud de parcelas de la universidad.
En este escenario de impasse encaramos el inicio de este curso, un año que reúne una serie de condiciones que a priori podrían mejorar significativamente nuestra capacidad de negociación con respecto al gobierno de la Comunidad de Madrid. La primera de ellas es el conflicto abierto por las compañeras de la Plataforma Laboral de Escuelas Infantiles (PLEI) y la huelga indefinida a la que se encamina el resto de las etapas educativas, que relevan a otras movilizaciones masivas que ya han tenido lugar recientemente en Aragón, Cataluña o la Comunidad Valenciana. Todo ello puede retroalimentar y potenciar un clima de elevada conflictividad que sitúe en la agenda y la conversación pública de manera sostenida la voluntariosa política de deterioro y desmantelamiento de la educación pública desarrollada por el gobierno regional. El horizonte electoral en la Comunidad de Madrid, en mayo de 2027, también puede contribuir a mejorar nuestra posición negociadora si con esta conflictividad logramos dañar las expectativas electorales del Partido Popular regional. En tercer lugar, también es año electoral a nivel sindical en las Administraciones Públicas -como las universidades-, un contexto que puede empujar hacia posiciones más beligerantes a los sindicatos tradicionalmente más conservadores ante la tesitura de quedarse fuera de la foto.
El horizonte electoral en la Comunidad de Madrid puede contribuir a mejorar nuestra posición negociadora
En el ámbito universitario, el acuerdo de financiación plurianual firmado debe consolidarse este año a través de la tramitación parlamentaria de los presupuestos públicos en la Asamblea de Madrid durante el último trimestre del año. La ventana para incidir políticamente, por tanto, sigue entreabierta. De hecho, este acuerdo, firmado en marzo de 2026, evidencia que el momento negociador en materia de financiación del sistema universitario público no se agota con la tramitación de los presupuestos regionales. Al margen del calendario parlamentario también se puede negociar.
En cualquier caso, más allá del diagnóstico que podamos hacer de la coyuntura de los próximos meses, lo central es valorar en qué condiciones nos encontramos y cómo podemos encarar este escenario.
Sobre el objetivo y la estrategia
A la interna debemos volver a clarificar el objetivo y el marco de reivindicación general entre las organizaciones que participamos del conflicto. Concebir nuestra participación en este ciclo de lucha de una manera instrumental para conseguir afiliaciones, militantes o votos en elecciones de distinto tipo, o plantear reivindicaciones ambiciosas y poco definidas desde posturas maximalistas, es abonar el terreno de la derrota. Debemos dar batallas que podamos ganar, y serán las victorias que cosechemos las que en buena medida nos puedan colocar en mejor posición para librar otras a futuro. De una clarificación y concreción adecuada del objetivo de nuestra reivindicación se deriva todo lo demás: orienta el conflicto, condiciona nuestra unidad de acción, nuestra eficacia en las acciones que podamos desplegar y, en última instancia, nuestras posibilidades de ganar. Dicho de otro modo, en la honestidad, la generosidad y el compromiso de nuestra práctica en torno a un objetivo común que trascienda los intereses particulares o inmediatos de nuestras organizaciones reside buena parte de nuestras posibilidades de arrancar una victoria al gobierno regional.
No se trata de protestar y evidenciar públicamente nuestra oposición a las políticas del gobierno, sino de anticipar la presión para condicionar dichas políticas
Conseguir nuestros objetivos pasa por una negociación o, al menos, una interlocución con el gobierno de la Comunidad de Madrid. En este sentido, el calendario y el formato de nuestras acciones deben ser funcionales a nuestra estrategia de presión y negociación para alcanzar dicho objetivo. Si perseguimos un incremento sustantivo de la financiación, hay que tomar en consideración el calendario de tramitación parlamentaria de los presupuestos regionales, que se extiende a lo largo del último trimestre del año, y evitar condensar nuestra presión, como en anteriores ocasiones, exclusivamente cuando se debaten las enmiendas o cuando finalmente se aprueba su versión final, es decir, cuando nuestra incidencia puede tener poco o nulo recorrido. No se trata de protestar y evidenciar públicamente nuestra oposición a las políticas del gobierno, sino de anticipar la presión para condicionar dichas políticas, de modo que debemos identificar los momentos y espacios de negociación y de toma de decisiones sobre los que agudizar el conflicto. Tratar de manejar los tiempos y momentos de la negociación es fundamental, sosteniendo la presión en el tiempo, escalando el conflicto y habilitando válvulas de escape o vías de salida al adversario; por ejemplo, identificando en qué momentos es adecuado poner la pelota en el tejado del ejecutivo madrileño para exigir un proceso de negociación que resuelva el conflicto o, de lo contrario, hacer recaer en él la responsabilidad de su recrudecimiento.
¿Es la huelga la mejor herramienta para encarar el conflicto?
Nuestro poder de negociación depende de la capacidad que podamos desplegar para ejercer presión a la contraparte. Esto depende de dos cuestiones fundamentales: la identificación de cuáles son las vías adecuadas para ejercer dicha presión y la fuerza con la que contamos para impulsarlas y sostenerlas. ¿Es la huelga la mejor vía para presionar? Tras la experiencia de las tres jornadas de huelga que se realizaron el año pasado cabe reflexionar sobre la potencia y las limitaciones de esta herramienta.
En un ámbito como el universitario el impacto social y económico de la huelga es muy limitado, en tanto no interrumpe procesos o actividades esenciales
En torno a la organización de la huelga se activa y articula un trabajo de organización y comunicación previa muy valioso, que permite fijar relatos, delinear antagonismos, y agregar y movilizar a distintos segmentos en torno a nuestras reivindicaciones. Asimismo, la propia jornada de huelga y las grandes movilizaciones que se articulan en torno a ella se convierten en un catalizador y una expresión importante de nuestra potencia. No obstante, también es cierto que en un ámbito como el universitario el impacto social y económico de la huelga es muy limitado, en tanto no interrumpe procesos o actividades esenciales ni genera pérdidas económicas relevantes, algo fundamental para ejercer presión. A menos que la huelga se extienda de manera indefinida, la pérdida de una o dos jornadas de clases y la repercusión social que ello tiene es digerible por parte de las autoridades universitarias, el gobierno regional, y la sociedad en su conjunto. Si es asimilable, por tanto, no incrementa de manera significativa nuestra capacidad de negociación.
El objetivo es intervenir donde podamos infligir daño reputacional y electoral al PP.
Para ser eficaces en el conflicto debemos cambiar la óptica: si la huelga es la respuesta, ¿nos estamos haciendo las preguntas adecuadas? Lo relevante es cuestionarnos qué líneas de acción pueden hacer realmente daño al gobierno regional y, por tanto, equilibrar el escenario de negociación. Podemos llegar a la conclusión de que la huelga es una buena herramienta para ello, pero pensar en torno a esta pregunta puede llevarnos a otras respuestas también relevantes. Hacer daño al gobierno regional durante este curso pasa esencialmente por deteriorar sus expectativas electorales. En torno a ello, ¿qué podemos hacer? Sacar las movilizaciones de los confines de la universidad y volcarlas a la ciudad, especialmente en aquellos lugares y bajo formas que pensemos que pueden hacer daño. En definitiva, socializar la huelga: empapelar aquellos barrios donde más votos se disputa el PP o donde pueda tener cierta afectación social el deterioro de la educación pública, actuar frente a actores y entidades afines al PP con objeto de dañar su imagen reputacional, boicotear actos o eventos en los que esté presente o participe el gobierno regional, intervenir en los medios de comunicación, acudir a sus sedes y a los órganos de gobierno en los que participan, etc. El objetivo no es otro que intervenir dónde, cuándo y cómo pensemos que podemos infligir daño reputacional y, en última instancia, electoral.
Debemos diseñar ámbitos de autonomía y margen para formular acciones que cojan desprevenido al adversario, actuando en momentos imprevistos
Otros elementos que pueden contribuir a reequilibrar la balanza de negociación tienen que ver con la imprevisibilidad de nuestras acciones, con proporcionar credibilidad a la amenaza de escalada del conflicto o con la búsqueda de apoyos externos que amplifiquen nuestra potencia en el mismo. Si bien es cierto que la estructura organizativa, basada en plataformas y asambleas descentralizadas y abiertas a la participación de distintos colectivos y organizaciones, resta confidencialidad a las decisiones adoptadas sobre el itinerario a seguir en el conflicto, debemos diseñar ámbitos de autonomía y margen para formular acciones que cojan desprevenido al adversario, actuando en momentos imprevistos, en distintos lugares de forma simultánea, o con acciones de una magnitud mayor a la esperada, en definitiva, escapar de lo ya previsto por el adversario. Al mismo tiempo, anticipar posibles vías de financiación para sostener el conflicto puede contribuir a convertir la amenaza de escalada en un hecho creíble. Por otro lado, buscar apoyos externos que se adhieran a nuestras reivindicaciones y al proceso de conflicto también puede reforzar nuestra capacidad de presión: involucrar a actores mediáticos, sociales, culturales, etc., ayuda a llegar a más capas sociales y a ramificar la presión por distintas vías. En definitiva, tenemos que ser audaces y diversificar los planos y los mecanismos sobre los que canalizar nuestra incidencia política.
Condiciones para relanzar el conflicto
Lo lejos que podamos impulsar el conflicto quedará ligado a nuestra capacidad para organizarlo y sostenerlo. La ambición y la radicalidad deben estar fundamentadas sobre la honestidad, la generosidad y el compromiso que puedan aportar los colectivos y organizaciones. A expensas de que en el marco de las movilizaciones pueden surgir altibajos difíciles de prever o circunstancias o eventos externos que puedan actuar de revulsivo, sentar unos cimientos claros sobre los que relanzar la agenda del conflicto en los próximos meses es fundamental para no lanzar órdagos en falso. Dicho de otro modo, los cantos a la huelga indefinida quedan desnudos si solo contamos con vocalistas pero no se orquesta un compromiso militante claro y suficiente de las organizaciones que la puedan sostener. No pueden impulsarse procesos exitosos sin sujetos, es decir, no se pueden declarar maximalismos si por debajo no hay una estructura adecuada de personas que puedan dedicar tiempo y energía sostenida a distintos ámbitos de trabajo: comunicación, legal, financiación, acciones, logística, análisis, elaboración de materiales, etc.
Más allá del núcleo organizativo que viene participando de las asambleas, el impasse en que nos encontramos tras el acuerdo de financiación plurianual también requiere reconstruir de nuevo el marco sobre el que legitimar y buscar una adhesión amplia de la comunidad universitaria a nuestra reivindicación. Resulta pertinente cuidar el mensaje y el lenguaje, atender a quiénes nos dirigimos y cómo lo hacemos. Articular una comunicación eminentemente política implica tratar de persuadir y convencer a quienes no tienen clara la magnitud del problema ni que la mejor forma de afrontarlo pasa por el conflicto organizado. Nuestra agenda será exitosa si logramos involucrar en ella a distintos segmentos sociales, del ámbito universitario y de la sociedad madrileña en general. Para ello sería conveniente modular nuestros marcos enunciativos y formular nuestros razonamientos en el lenguaje y tono apropiados que permitan sintonizar con receptores y situaciones concretas y particulares.
Nuestra agenda será exitosa si logramos involucrar en ella a distintos segmentos sociales, del ámbito universitario y de la sociedad madrileña en general
Mantener en agenda el deterioro de la educación pública puede ser una palanca fuerte de incidencia política en este año electoral. En esta doble tarea, la de sensibilizar y afectar de nuevo a la comunidad universitaria, relanzando y agitando un clima de injusticia que promueva la adhesión a la movilización, y la de actuar en el frente mediático y social de modo que logremos mantener en la conversación pública nuestros marcos y planteamientos discursivos como hemos venido haciendo hasta ahora, nos jugamos buena parte del éxito.
No partimos de cero, y el conflicto que laboriosamente hemos conseguido construir e impulsar en estos años ha irrumpido en una universidad que llevaba más de una década dormida. El recorrido de aprendizajes, de construcción de afinidades y confianza, de ensayo y error de estos años también nos aporta un bagaje valioso para encarar la coyuntura que se abre en este inicio de curso. Sirvan estas notas para alimentar una discusión que en última instancia debe ser colectiva.




