La deriva neoliberal de los cuidados

por | Nov 30, 2025 | Cuadernos de estrategia, Movimientos

Una reflexión sobre cómo el discurso contemporáneo de los cuidados puede reforzar lógicas individualistas y desactivar lo común. Cuando se convierte en exigencia moral y en gestión de malestares individuales, el cuidado pierde su potencia política.

Este texto es parte de nuestro Cuaderno de Estrategia nº 4: Crítica de los movimientos sociales, que surge de grupos de discusión colectiva y trabajo militante. Si quieres ayudarnos a hacerlo posible y recibir las revistas en papel (formato libro), suscríbete aquí por poco más de 4 euros al mes o incluso menos.

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Los cuidados son un punto central en las discusiones políticas de los últimos años. Tanto dentro de los movimientos sociales como en la cultura popular, los cuidados impregnan casi todos los discursos. Especialmente en el marco de los debates feministas sobre éticas y justicias no patriarcales, ahora hablamos de los cuidados más que nunca. De hecho, casi diariamente escuchamos frases como «Poner el cuidado en el centro», a la vez que vemos vídeos en internet sobre las distintas «rutinas de autocuidado». Aparecen tanto y en tantos contextos que hay, creemos en la Escuela de las Periferias, un sentir general que coloca a los cuidados como si de una receta mágica se tratase para solventar los problemas que tenemos y los malestares que nos recorren. Ante cualquier problema, la respuesta es que «no se ha cuidado bien» o que «no nos hemos cuidado lo suficiente».

Sin embargo, a pesar de esta ubicuidad —o precisamente por esto mismo—, «cuidar» se ha convertido en un significante que agrupa una serie muy variada de prácticas, llevadas a cabo por personas de muy distinto signo político. No es de extrañar, entonces, y dada esta proliferación casi perversa,1 que el término se haya vaciado y ahora acoja una plétora de prácticas relativamente contradictorias entre sí y suficientemente alejadas de su intención inicial como para levantar cierta sospecha. Es decir, cuando decimos que nos cuidamos, en realidad estamos diciendo cosas bastante diferentes a aquellas a las que las feministas de los años setenta hacían referencia cuando hablaban de cuidar. El objetivo de este artículo es, pues, examinar un determinado uso de la palabra «cuidar», aupado y difundido por el capital, y tan popular en nuestros días que se ha infiltrado en nuestros espacios políticos. Estas contradicciones y estas sospechas son el disparador de este artículo.

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Los cuidados están en boca de todas. Todas nos queremos cuidar. Sin embargo, la pregunta que aquí nos queremos hacer es: ¿nos estamos cuidando? Esta pregunta es más difícil de lo que parece porque presupone toda una teoría sobre qué es cuidar para poder evaluar si lo que hacemos es verdaderamente un cuidado. Así que optaremos por una pregunta más precisa y con menos presupuestos metafísicos: ¿qué hacemos en realidad cuando decimos que nos cuidamos? ¿Qué solicitamos cuando demandamos cuidados? ¿Cómo ponemos a circular en nuestros espacios la palabra «cuidados»? ¿Qué cosmovisiones sostiene? ¿Qué valores propugna? Y también (y esto quizá sea lo más potente políticamente) ¿qué relación tiene esta circulación (¿perversa? ¿desgastada? ¿neoliberal?) de los cuidados con los tiempos que vivimos? Es decir, y más concretamente, ¿en qué medida el discurso actual, popular, de los cuidados le hace el juego al capital?

Los cuidados son un elemento fundamental en la práctica política

En primer lugar, nos parece importante señalar que los cuidados son un elemento fundamental en la práctica política y una herramienta indispensable para construir otros futuros. No es este un artículo de impugnación al significante, no lo es; se trata más bien, de un análisis de un determinado uso. Nuestro diagnóstico como colectivo político es que las más de las veces, cuando agarramos la palabra «cuidados», estamos desplegando un discurso que, lejos de ser feminista y comunitario, es claramente conservador y liberal. Este es el giro perverso,2 o la deriva neoliberal, de los cuidados.

Es decir, creemos que, en determinadas ocasiones, los cuidados han perdido su significado político y se han convertido en una imposición moral, o se ponen a circular bajo la economía de la deuda y la culpa que, además, se establecen en términos individualizadores. Estas son las principales características de esta perversión: dinámicas de culpabilización (¡no me has cuidado!) y reclamo moral (¡y deberías haberlo hecho!). Según vemos, en muchas ocasiones (y en espacios muy politizados, como el nuestro, y en nosotras mismas) los cuidados se usan de forma perversa con respecto a lo que son, de una forma extrañamente similar al sistema de normas que impone el neoliberalismo.

Lo que queremos aquí es criticar este uso de los cuidados y mapear su circulación para, así, desactivar uno de los elementos discursivos (y una de las prácticas concretas) que más nos están frenando en nuestra capacidad para articular potencia política hoy. No pretendemos crear una teoría del buen cuidado, ni asentar un moralismo rígido que reparta carnets sobre la buena cuidadora y la mala cuidadora, todo lo contrario. Lo que queremos es construir una crítica que señale el uso perverso que se hace de los cuidados para, así, poder recuperar un horizonte colectivo a la acción de cuidar. Como dijo Ani Pérez en su presentación de Las falsas alternativas:3 si sostenemos con fuerza la crítica, esta nos alumbrará nuevos caminos. Nuestro objetivo, entonces, es detectar las prácticas que han distorsionado un término inicialmente emancipador, pero que hoy funciona en muchas ocasiones como un freno. Un término que, como veremos más adelante, ha pasado a ser el culmen de las políticas del yo y del neoliberalismo. Y construimos esta crítica porque nos afecta no solo como personas dentro de esta sociedad, sino como colectivo político. Vamos a ello.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

¿Quién va a estar en contra de los cuidados? ¿Cómo podemos estar en contra de querer hacernos bien? Parece difícil, en principio, no querer cuidarse o estar en contra de los cuidados. Este trabajo de poner los cuidados en el centro y de visibilizar los cuidados ha sido un trabajo político titánico de buena parte del feminismo.

Como venimos comentando, el término cuidados tiene una genealogía profundamente ligada a los feminismos. Muchas autoras desde los años setenta del pasado siglo han señalado cómo el capitalismo y el patriarcado descansan sobre el trabajo invisible realizado por las mujeres: sostener la vida, mantener hogares, cuerpos y comunidades.

Pero la fuerza del concepto no estuvo solo en visibilizar esta injusticia material, sino también en reivindicar el derecho de las mujeres a dejar de estar siempre hacia fuera, disponibles para otros, y reconocer el autocuidado como práctica política: cuidarse a sí misma para no agotarse, para habitarse, para ser sujeto de deseo y de lucha. En ese sentido, los cuidados nacieron como un concepto emancipador, capaz de poner en valor un hacer históricamente despreciado e invisibilizado y, a la vez, de cuestionar el mandato sacrificial que obliga(ba) a las mujeres a priorizar siempre a los demás.

No todas las mujeres están en la misma posición respecto a los cuidados

Es necesario destacar que el feminismo interseccional advirtió que no todas las mujeres están en la misma posición respecto a los cuidados. ¿Quién cuida y quién puede dejar de cuidar? ¿Qué cuerpos se sostienen y cuáles se desgastan? La división de clase, sexual y racial del trabajo marca de manera decisiva este campo: mientras algunas pueden delegar cuidados, otras —frecuentemente mujeres migrantes y precarizadas— los asumen en condiciones de explotación. Aun así, los cuidados de los que hablaban las feministas marxistas de los años setenta eran unos cuidados socializados, que no ahogaran a nadie con el peso de la responsabilidad individual. Así, estos cuidados no eran «solo» herramienta de emancipación feminista en tanto en cuanto permitirían «la disposición de nosotras mismas», sino también una herramienta de emancipación de todas las personas excluidas de la vida pública y de construcción de otras prácticas y estructuras donde los cuidados fueran cuestión social.

Esta tensión ayuda a entender el contexto actual: a lo que este texto se refiere no es tanto el hecho material de cuidar, sino el modo en que la palabra cuidados circula —especialmente en espacios militantes— cargada de usos contradictorios. Quizá esta deriva discursiva no sea un fenómeno aislado, sino el síntoma de una transformación social más amplia, en la que el neoliberalismo ha individualizado hasta el extremo prácticas que nacieron para sostener lo común.

Así, y como nos ha pasado otras veces, lo que fueron las soluciones de ayer se han convertido en los problemas de hoy al ser fagocitadas por la ideología dominante neoliberal. En un mundo donde parece que nada nos apela a nivel político (como dijo Charlie Moya en su artículo «Nadie quiere poner la vida en ello»4), los cuidados han prendido como una llama en un campo seco. En un mundo donde cada vez hay menos comunes y nuestras vidas están cada vez más precarizadas y atomizadas, parece que solo nos queda cuidarnos individualmente con variadas prácticas destinadas al bienestar individual, que, muchas veces, nos ofrece el capitalismo. Así pues, tenemos al capital vendiéndonos las soluciones a los problemas que este mismo genera. No dudamos que en momentos concretos las prácticas de autocuidado o de bienestar individual supongan un alivio puntual, ni mucho menos que haya que soportar el malestar sin cambio alguno. La mayoría de las veces hacemos lo que podemos para que la rueda del capitalismo no nos pisotee demasiado fuerte, y está bien. El problema radica en si el bienestar individual se concibe como la solución, olvidando la necesidad de sostener espacios colectivos o compromisos con las otras que realmente generen cambios. De lo contrario, corremos el riesgo de que los cuidados queden reducidos a sostener mínimamente nuestra existencia y la de las personas más cercanas.

A veces llamamos también «cuidarnos» a huir de toda fuente potencial de conflicto y dolor

Hemos notado también, sin embargo, que a veces llamamos también «cuidarnos» a huir de toda fuente potencial de conflicto y dolor. Los cuidados circulan como una demanda que reclamamos al resto del mundo, también a las personas que frecuentan nuestros espacios de resistencia, a veces, incluso, bajo el chantaje velado del «mal militante» o de la «mala feminista» si esa persona no nos cuida. Es a esto a lo que llamamos el uso perverso de los cuidados: al uso, entre otras cosas, chantajista de los cuidados que sirve para poner el común al servicio de los malestares de un individuo. Una práctica que, como veremos, conecta fuertemente con el auge de las visiones punitivistas y su ansia de «espacios seguros». Pero vayamos por pasos, veamos primero cómo los cuidados circulan como elemento desactivador y de chantaje.

Los cuidados como exigencia moral

La salud de los cuidados es espléndida. Hay un aura mística y respetuosa que rodea esta palabra. Y esto lo único que hace es impedirnos la crítica: en la medida en que se ha colocado como la solución a los problemas de todo, cualquier crítica a los cuidados se recibe como patriarcal o desde marcos productivistas. Nadie duda de los cuidados, todo el mundo quiere ser una persona que cuida y quiere sentirse cuidada. Cuidar, en este vaciamiento del término, es un mandato moral. Es sinónimo de buena práctica y no hacerlo pasa a convertirse en ofensa o agravio. 

Este es, creemos, precisamente el problema: que hoy en día los cuidados circulan como un arma arrojadiza, como un elemento inoculador de culpa. Clamar que alguien no nos ha cuidado parece darnos el poder (moral) legítimo para exigir a esa persona una reparación. Decir que alguien no nos ha cuidado nos sitúa automáticamente en la posición de agraviadas, señalamos la falta a la otra y sentimos que ganamos fuerza en la negociación.5 Nos sentimos legitimadas para enfadarnos («¿Cómo no voy a estar molesta si no me he sentido cuidada?») y damos rienda suelta a nuestros deseos o despechos sin ningún pudor porque hemos sido capaces de nombrarlo, porque somos las víctimas, porque nadie nos ha cuidado y eso hace que podamos exigir ahora más cuidados. Al crearse esta división (agraviada vs. persona que no cuidó), deja de ser posible el diálogo, se pasa al terreno de las exigencias y a la pugna por poner nuestras necesidades individuales (que no los cuidados) en el centro. El uso neoliberal de los cuidados tiene lugar cuando bajo el constante nombramiento de los cuidados lo que hay, en el fondo, no es la resolución de violencias o conflictos, sino deseos personales.

Se produce, además, una contradicción. Precisamente porque este uso neoliberal de los cuidados pone en el centro el yo (sus deseos, sus reproches), se enfrenta a su posible desarticulación vía espejo: siempre podremos, bajo la misma lógica que se instaura, poner nuestro yo en el centro para desactivar, incluso, la propia demanda de cuidados-culpa: «pues para mí, que me digas que no te he cuidado, es no cuidarme porque me lo estás diciendo de malas formas», por ejemplo. Así, ¿qué pasa cuando dos cuidados (exigencias o necesidades) se enfrentan? ¿Qué hacemos cuando para ti cuidar es tener un tono tranquilo y dulce en una asamblea y para mí es no estar obligada a contener mi tensión y poder llorar o ponerme nerviosa? ¿No es evidente que estamos reduciendo los cuidados a una lucha de individualidades? Si reducimos los cuidados a la resolución de los malestares individuales (y no solo individuales, sino propios, porque el que reclama cuidados, y esto es importante, lo hace para sí), y cada yo es un marco inconmensurable y válido en sí mismo (romanticismo liberal), entonces ¿cómo solucionar los malestares que se enfrentan en un mismo espacio?

No recibir exactamente lo que creemos necesitar no es violencia sino una diferencia de opiniones

Ni que decir tiene que esta forma neoliberal en la que circulan los cuidados no es nada cuidadosa. Siempre podemos pedir cuidados cuando los necesitemos, claro, pero ¿por qué no situar el foco en el despliegue de medios, en las prácticas y formas que necesitamos en lugar de en el reproche? A menudo es difícil detectar lo que necesitamos en el momento y por ende, solicitarlo en el presente, por eso mismo exigir cuidados a posteriori nos coloca en un circuito de incapacidad tanto a la persona que necesita cuidados como a la que se le solicitan dichos cuidados. ¿Por qué no pensar juntas qué es lo que se pudiera estar necesitando? ¿Por qué no transformar el malestar sentido en otras formas de habitar y de estar? ¿Por qué no aceptar que muchas veces la demanda de cuidados es difusa y que no recibir exactamente lo que creemos necesitar no es violencia sino un malentendido o una diferencia de opiniones? Lo diremos más adelante, pero esta visión de los cuidados presupone que nuestros malestares son responsabilidad de las demás y que en la medida en que los padecemos, ellas deben hacerse cargo y asumirlos. Y, si no lo hacen, nuestro agravio puede ser mayor, lo que nos pone en una situación de demanda aún más fuerte. Si no me siento cuidada, parezco tener todo el derecho del mundo a exigir cualquier tipo de reparación. Por supuesto, esta tiranía de los cuidados ahonda en la cada vez mayor psicologización de nuestras relaciones y espacios políticos, cada vez más poblados de términos como apego, trauma, gestión emocional… 

De «lo personal es político» a «lo político es lo personal»

La proclama feminista «Lo personal es político» nos ha ayudado a comprender la compleja red de mecanismos por los que se reproducen los sistemas de dominación. El capitalismo, el patriarcado o el colonialismo no se reproducen únicamente gracias a las instituciones macro, sino que también se reproducen creando subjetividades que las replican. Así, espacios a priori no políticos —como la familia, el colegio o la pareja— se han desvelado como focos cruciales de reproducción de las lógicas capitalistas, patriarcales o coloniales.

Sin embargo, en la Escuela de las Periferias nos da la sensación de que esta deriva micropolítica6 ha llegado a una situación tal que en muchos espacios parece que lo político trata únicamente de los malestares personales. A partir de algunas dinámicas, los malestares personales e individuales se comprenden todos como malestares políticos y se exige al colectivo que se haga cargo de ellos. Por supuesto, y lo veremos a continuación, esto entronca con la deriva punitivista de algunos sectores del feminismo, que tienden a equiparar todo conflicto y malestar con abuso y violencia. También entronca con el auge de un narcisismo que bebe de las políticas del yo, del individualismo del «hazte a ti mismo», donde todos los malestares han de «gestionarse» y no puede existir ningún ápice de molestia en nuestra existencia si queremos ser «un ser completo y autorrealizado». La intolerancia a los malestares personales lleva a exigir soluciones individuales al grupo.

Asistimos a una redefinición de lo político basado únicamente en las exigencias individuales y en sus malestares

Asistimos, pues, a una redefinición de lo político basado únicamente en las exigencias individuales y en sus malestares. Si una persona se siente incómoda en una asamblea, este malestar debe ponerse en primer plano y se le atribuyen causas políticas y colectivas. La militancia se convierte, pues, en una terapia, donde el colectivo es el terapeuta que nos sostiene, consuela y valida. En estos contextos, parece que nos centramos en las formas y nos olvidamos del contenido, de los objetivos y procesos políticos por lo que pasan nuestras luchas y resistencias.

Pero ¿todo el malestar personal es político? ¿Todo conflicto es violencia? ¿Cuáles son las luchas que importan? ¿Únicamente las de nuestro bienestar personal? Está claro que los sistemas de opresión son los que conforman nuestra subjetividad, pero ¿toda la incomodidad que siento en un espacio social se debe (y, por tanto, se le puede exigir) al espacio social y colectivo? ¿No estamos, en ocasiones, obligando al colectivo a que se haga cargo de cosas que, en última instancia, nos corresponden a nosotras? El horizonte terapéutico que plantea esta visión perversa de los cuidados está muy relacionado, creemos, con la base punitivista que opera en algunos sectores del feminismo.

Cuidados y punitivismo

Nos referimos a un feminismo que tiende a plantear que toda situación de conflicto es, en realidad, abuso, difuminando las fronteras entre violencia y malestar, entre agresión y desacuerdo. Esta deriva no solo limita nuestra capacidad para transitar conflictos de manera colectiva, sino que genera, además, una hipertrofia psicológica de nuestros propios espacios políticos. Así, en las asambleas a veces valoramos ciertos puntos por cómo nos hacen sentir —en vez de porque los consideremos justos o emancipadores— o nos posicionamos en contra de ciertas propuestas porque nos da miedo cómo le puedan hacer sentir a la gente o porque nos resultan incómodas, en lugar de evaluar si son clasistas, ineficaces o reaccionarias.

Muchas veces, esta deriva neoliberal de los cuidados nace de la necesidad de tener «espacios seguros», que parecen caracterizarse por la inexistencia de violencia (por supuesto), pero también de ninguna incomodidad o malestar. Este horizonte apuesta por construir espacios donde no existan dinámicas de poder, donde todas nos sintamos bien, espacios donde sabemos que nada puede molestarnos, incomodarnos o dolernos. El espacio es seguro si nos garantiza que no tendremos ningún rasguño.

El espacio es seguro si nos garantiza que no tendremos ningún rasguño

Y, como todo, no creemos que esto deje de ser necesario o que no sea un horizonte —en parte— deseable. Es más una cuestión de grises. El movimiento feminista y LGTBIQ+ lleva mucho tiempo señalando la necesidad de contar con espacios (políticos, de ocio, de diversión…) que puedan garantizar que no se replican las violencias que sufren fuera de esos espacios. Sin embargo, décadas después, hemos notado que el horizonte de espacio seguro funciona muchas veces con un corte punitivista («¡Hay que echar a esta persona porque con él no es un espacio seguro!»). Hemos notado, también, que el espacio se vuelve «seguro» a través del uso de formas represivas: no podemos utilizar ciertas palabras o ciertos tonos porque eso lo convierte en inseguro, porque eso es considerado violencia o porque (y aquí nuestro tema) no es una muestra de cuidado. Como ya señalamos, en estos contextos, nos centramos más en las formas —en cómo se ha expresado ese enfado, disgusto o desacuerdo— y nos olvidamos del contenido de dicho mensaje o debate, de los objetivos y procesos por los que pasan nuestras luchas y resistencias, lo que dificulta la toma de decisiones y conduce a la autocensura por miedo a ser señaladas (o a señalar) como «no cuidadosas».

Todo cambio implica fricción, romper con un orden establecido

En este paradigma, ¿dónde mostrar nuestro enfado? ¿Cómo transitamos los conflictos? Por supuesto que nadie piensa en agredir, pero ¿no podemos llorar o discutir en nuestros espacios comunes? Cuando un compañero se enfada en una asamblea y nos habla de forma cruda, sabemos que es incómodo o que puede ser tenso, pero ¿realmente esto es violencia? Pensemos, también, en quiénes pueden expresarse desde una comunicación no violenta: en general, las personas con más dominio del lenguaje y la dialéctica. ¿Qué cuida más un espacio: la capacidad del común para abordar temas complejos y buscar soluciones colectivas, o el tono dulce y amable de sus participantes? ¿Queremos militancias que funcionen como un examen constante de tono y palabras prohibidas? Por no hablar, como sugiere Clara Serra en El sentido de consentir,7 de que en los espacios seguros, herméticos, máximamente amurallados, no puede brotar nada. ¿Hemos militado todos estos años para estar en una urna de cristal? Todo cambio implica fricción, romper con un orden establecido, ¿cómo íbamos a avanzar sin ningún tipo de conflicto? ¿Cómo pretendemos aspirar a mundos más diversos sin que esto implique debatir, discutir o entrar en conflicto en algún momento? Necesitamos encontrar vías para transitar los conflictos que nos atraviesan, para imaginar formas colectivas de trascenderlos sin desviar sistemáticamente nuestra atención a las formas, obviando el fondo de los desafíos ante nosotras. Estos espacios comunes los habitamos muchas de nosotras con recorridos y experiencias políticas diversas. Tenemos que ser capaces de poner sobre la mesa esas diferencias y llegar a puntos de encuentro (o de ruptura) con honestidad y compromiso con el común.

Cuidados y neoliberalismo

Pero no estamos aquí por casualidad. El neoliberalismo como régimen biopolítico ha calado en las prácticas que pensamos hace décadas que podrían ser revolucionarias. De una visión comunitaria y revolucionaria de los cuidados, hemos pasado a una visión individualista, que identifica cualquier dolor o malestar como un error a solventar de manera individualizada sin preguntarnos más allá, sin preguntarnos el posible potencial de ese malestar para imaginar otras formas de habitar, sin preguntarnos por todo lo que rodea ese malestar y tiene que ver con mucho más que nosotras mismas. La individualización de todo malestar difumina la influencia de toda una amalgama de factores y sistemas que moldean nuestra subjetividad y elimina la potencia política que pueden tener estos malestares. La búsqueda de cuidados y/o soluciones individuales vendría entonces a responder a esta exigencia neoliberal en torno al estar bien, a erradicar toda fuente de conflicto y continuar en la rueda del capitalismo, eso sí, con una sonrisa. Así, los cuidados quedan reducidos a su componente discursivo borrando cualquier elemento material. Porque sí, cuidar es ante todo una acción, una práctica, un modo-de-hacer (¡una ética!) y no un mensaje bonito.

El uso perverso de los cuidados es un paso más de la infiltración del neoliberalismo

El neoliberalismo es un régimen de poder biopolítico. Esto quiere decir, entre otras muchas cosas, que produce realidad, que genera un determinado cuerpo y que se infiltra por nuestros vínculos. Es una dinámica, un paradigma. La evolución de la agenda neoliberal durante las últimas décadas (que ha conformado este mundo donde nada político nos apela, como decía Moya) es buena muestra de ello. En nuestra opinión, el uso perverso de los cuidados es un paso más de la infiltración del neoliberalismo. Una infiltración que ha producido una individualización de las opresiones. ¿Desde cuando nuestro objetivo fue solucionar una vida (la nuestra)? ¿No se trataba de atacar las estructuras para solucionar todas? No es extraño que nos encontremos aquí. Si nuestros malestares se individualizan y el mercado nos vende soluciones en forma de libros de autoayuda, tazas o agendas con frases bonitas, que no hacen sino cosificar nuestros malestares y externalizar sus soluciones, entonces es fácil que hoy nos encontremos considerando los cuidados como esa solución que viene de fuera para nuestros (y solo nuestros) problemas, sin que nosotras tengamos agencia en dicha solución. Así, el componente neoliberal que pervierte los cuidados yace en que presupone que el cambio individual cambia el sistema («Si me cuidas a mí, si te haces cargo de mí, el mundo será un poquito mejor»). Se llega incluso al extremo de considerar que lo colectivo es una mera suma de los componentes individuales («si yo me cuido mucho y estoy bien, entonces la asamblea funcionará bien»). Margaret Thatcher estaría orgullosa de esta reflexión.

La realidad es que nos sentimos mejor cuando nuestros comunes son más sólidos. Creemos que esto no sucede necesariamente al revés, porque el bienestar individual no garantiza ninguna solidez comunitaria. Como comentamos anteriormente, aunque en contextos de precariedad, soledad o marginación, especialmente cuando hay ausencia de redes comunitarias, el autocuidado puede ser una tabla de salvación puntual, el problema surge cuando en lugar de abrir a lo común se absolutiza como única vía de cuidados que solo revierte en el yo. Hacen falta más cosas. Y es que los cambios individuales no cambian el sistema. Solo con comunes podremos generar autonomía y contrapoderes, instituciones al margen de las opresiones. Cuidar no es pensar en cómo el colectivo me puede salvar la vida, sino crear comunes suficientemente fuertes como para solucionar la vida de todas, las máximas posibles; volveremos sobre esto en el último apartado.

La terapeutización de la sociedad (y los espacios políticos) forma parte de la agenda neoliberal. Sus consecuencias son muchas y variadas, pero entre las que más fuertemente nos afectan en nuestros espacios son la psicologización de los malestares y el exceso introspectivo. Respecto a lo primero, notamos que en los últimos años, los problemas o malestares (sean estos políticos o no, pero especialmente los primeros) se abordan con categorías ajenas a la política: gestión emocional, ronda de emociones, sentires, necesidades… que ahondan en el yo y dibujan una barrera ilusoria entre el yo y el afuera. Así, las etiquetas emocionales quedan convertidas en motor moral y realidad absoluta («si yo siento esto, entonces alguien tiene que hacer algo para solucionarlo»). De nuevo, lo que surgió como una herramienta para comunicarnos y entendernos mejor —el vocabulario emocional— cuando se desdibuja o desvirtúa se convierte en una técnica que puede llegar a ser opresiva. Adentrarnos en el laberinto del yo, en la cultura del autodescubrimiento, depositando en ella toda esperanza de salvación o cambio, nos aísla y obstaculiza el apoyo mutuo. Porque, ¿quién mira al centro social? ¿Cuándo se enuncian las «necesidades» de nuestro sindicato? Al yo hemos entrado y en el yo nos hemos perdido.

¿Cómo vamos a construir comunes desde este exceso del yo?

La perversión neoliberal que ha secuestrado la ética de los cuidados ha convertido al otro, a mi compañera, en un rival, en una persona «tóxica» (o, en el mejor de los casos, en la incompetente que no sabe cuidarme y a la que le exijo reparación). ¿Cómo vamos a construir comunes desde este exceso del yo? Lo perverso de esta infiltración en nuestros cuidados es que el neoliberalismo no dice que compitamos, sino que saquemos el máximo rédito posible a la cooperación. Ahora el foco de la relación neoliberal (su extensión y su avance) no es solo el eje de la competencia, sino el de una «cooperación» malentendida, con tintes rentistas y extractivistas: lo que puedo obtener de la relación (bienestar personal, solución a problemas individuales). Así, además de cosificar nuestras relaciones, alimentamos el sistema ya no solo cuando competimos sino ahora también cuando nos «cuidamos».

La subjetividad de los cuidados

El neoliberalismo, como toda red de poder, crea los cuerpos que luego reprime. Las redes de poder, y lo sabemos por Foucault, no reprimen un cuerpo que preexiste anteriormente, sino que, por ejemplo, es la escuela la que crea la subjetividad del alumno y la del profesor. ¿Cómo nos afecta de manera micropolítica esta perversión de los cuidados? ¿Qué subjetividades está construyendo? ¿Qué cuerpos crea? Desde nuestra perspectiva, una subjetividad que recibe una ganancia en la posición de víctima. Cuando demando cuidados, cuando exijo que alguien me cuide, o señalo que no se me ha cuidado, me convierto en víctima e inoculo culpa (que en alemán es la misma palabra que «deuda»). El otro está en deuda conmigo. Tiene que reparar el daño.

Estamos creando una subjetividad que proyecta nuestros malestares y genera cuerpos tremendamente infantilizados

Pero ¿y si dudamos de la otra persona? ¿Y si decimos: «Mira, siento que estés así, pero de tu malestar no se deriva que yo haya hecho algo malo»? Pues, entonces, resulta que estamos invalidando. La perversión de los cuidados se ha esforzado en hacernos creer que cuidar es decir siempre que sí y nunca cuestionar las demandas de los demás. Por supuesto, somos conscientes de lo importante que ha sido en el movimiento feminista el hecho de no cuestionar. Lo que nosotras señalamos es el uso perverso de herramientas que en otros momentos fueron profundamente liberadoras. Ha llegado a ser difícil decir: «Entiendo que estés incómodo, pero no te estoy insultando ni faltando el respeto, puedo estar enfadado en este espacio colectivo de discusión». Estamos ahondando en una deriva narcisista, creando una subjetividad que proyecta nuestros malestares y generando cuerpos tremendamente infantilizados. Demandamos cuidados a posteriori (poniendo a circular la culpa) y nos desentendemos de la solución. Queremos que la solución venga siempre desde fuera, que nos lo den hecho, sin querer formar parte de la experimentación colectiva de nuevas formas de ser y estar juntas.

Y es que la subjetividad es fundamental. Por seguir con Foucault, en una entrevista en sus últimos años dijo aquella frase famosa de que no debíamos prestar tanta atención a la liberación, sino centrarnos en las prácticas de libertad. Centrarnos únicamente en romper nuestras cadenas puede ser indicativo de una creencia esencialista según la cual, por ejemplo, basta con destruir el amor romántico para que nos comportemos naturalmente como dicta el amor libre. Pero esto no es así, no hay un afuera de lo social y la subjetividad de la utopía hay que construirla. De aquí su pregunta insistente durante sus últimos años: no tanto cómo ganar la libertad, sino cómo comportarse (y cuidarse) cuando ya seamos libres. Desde luego, no ganamos esa libertad con la subjetividad que nos impone este uso perverso de los cuidados. No desde una subjetividad que vuelca toda su incapacidad al colectivo. ¿El objetivo no era emanciparnos también individualmente, ganar más potencia? ¿Nos van a resolver también los demás todo cuando estemos en la utopía?

Entonces ¿cuidar qué? ¿Cuidar cómo?

Sabemos que lanzarnos a algo propositivo es arriesgado. En primer lugar, porque puede opacar la crítica. En segundo lugar, porque precipita el debate a la búsqueda de recetas. Y no, a veces no queremos recetas, a veces queremos seguir pensando, criticando, descubriendo fallos. Y solo cuando el debate esté suficientemente maduro, y si la crítica es suficientemente radical (y suficientemente negadora de lo existente), solo entonces se irán abriendo nuevos caminos. Además, aventurar propuestas puede ser (y así es la mayor parte de las veces) precipitado, supone un paso innecesario cuando al debate le queda todavía tiempo de cocción. Mientras tanto, en nuestros espacios y en nuestro cotidiano, seguimos probando, debatiendo e intentando salir de esta deriva neoliberal para inventar otras maneras de cuidar que nos devuelvan la potencia del término.

No buscamos una definición de los cuidados, ya que eso quizá ahonde más en el problema. De nuevo, nos encontraríamos exigiendo al otro que nos cuide tal y como nosotras lo haríamos, tal y como «necesitamos» o entendemos los cuidados y no como algo que nace del diálogo y de la responsabilidad compartida de experimentar y construir juntas otras maneras de estar. Sin embargo, y a pesar de esto, sí que nos gustaría dibujar un camino que, sin desdeñar la crítica, creemos que puede andarse respecto a cómo recuperar una idea comunitaria y emancipatoria de los cuidados.

Creemos que cuidar no es eliminar cualquier elemento que produzca malestar

En nuestra opinión, creemos que cuidar no es eliminar cualquier elemento que produzca malestar (por la posición punitivista en la que nos coloca, por supuesto, pero también porque, como dijimos, no todo malestar subjetivo es resoluble en un colectivo político). Desde nuestro punto de vista, lo que nos cuida es aquello que nos abre posibilidades de vida, lo que aumenta nuestra agencia. Después de que nos cuiden, podemos hacer más cosas, tenemos más posibles. Y esto, creemos, solo puede hacerse de forma sistemática y no individualista a través de los comunes. Un común sólido, un dispositivo de ayuda mutua, garantiza mis cuidados sin ponerlos en el centro como un asunto personal («¡Oye, cuídame!»). Para ilustrar esto, en nuestro centro social ocurrió una cosa que nos dejó pensando profundamente en qué era cuidar. Una vez, en un plenario político, una compañera vino con su hijo. En el plenario no había ludoteca (lo sabemos, es importante que la haya) y ella no pudo prestar toda la atención que le hubiera gustado a la discusión política. Frente a la perversión de los cuidados que parte de un grito victimizante («¡Esto no puede ser! ¡Que alguien se haga cargo!»), la compañera comentó que quería poner en marcha un grupo de trabajo para arrancar una ludoteca. Su comprensión de los cuidados no ponía su malestar en el centro, sino que proponía crear un dispositivo de ayuda mutua que pudiera solventar su problema de una forma estructural. Porque cuando ayudamos a otras, también generamos cuidado para nosotras. Ese es el verdadero autocuidado. Si monto un dispositivo de ludoteca, no solo me responsabilizo de mi situación (me tocará cuidar a las niñas un turno cada cierto tiempo), sino que garantizo también un dispositivo para el resto de personas. Los cuidados se desindividualizan y se hacen verdaderamente colectivos.

De este modo, podemos ir añadiendo elementos que conforman una cultura de los cuidados que se asemeje a quienes somos, creando estructuras y prácticas que nos acerquen a la utopía que perseguimos. En este contexto, es posible que la subjetividad demandante que tenemos hoy dé paso a otra que se haga cargo de su vida, donde el resultado sea un común más sólido. Aquí, siempre, teniendo en consideración la individualidad de cada una a la hora de aportar al común y de construir esos comunes sólidos. No se trata de reproducir lógicas de autosacrificio o exigencia sino, justamente lo contrario, salir de estas. Se trata de abrir un horizonte donde el común se construye como una práctica vital deseante, pues es la única manera de que estas prácticas sean sostenibles. No hay una única forma de aportar al común, sino que son múltiples las formas existentes de sostener un espacio colectivo, las trayectorias y las capacidades desde las que cada persona aporta su singularidad. La cuestión, entonces, radica no solo en el qué hacemos sino, especialmente, cómo estamos para el común: demandando soluciones o sosteniendo activamente las mismas.

Creemos que, estas formas diversas, alegres y rotativas permiten que cada vez más personas se sumen

Necesitamos dispositivos que hagan de los cuidados una infraestructura estable y no un gesto moral, realizados colectivamente, de manera rotatoria… que transformen la exigencia individual («¡Cuídame!») en estructuras emancipatorias en las que participemos todas y reviertan en la comunidad. Creemos que, estas formas diversas, alegres y rotativas permiten que cada vez más personas se sumen, sientan que tienen agencia para construir cambios que nos afectan a todas, dispersan el poder y transforman las demandas individuales en deseos compartidos, donde lo que damos no nace de la deuda sino de un compromiso vital con la vida en común. Los cuidados, así entendidos, dejan de circular como una orden moral o de exigencia para convertirse en una promesa de libertad colectiva, donde compartir enriquece al espacio y me enriquece a mí misma cuando eso que comparto me vuelve transformado por el común. Es encontrar la intersección en la que mis necesidades, deseos y capacidades se vuelven útiles a la trama colectiva en lugar de quedar atrapadas en el deseo de solución o satisfacción individual.

Decía también Foucault sobre estas prácticas de libertad que los antiguos griegos destacaban la parresía como la cualidad de aquel que está a la altura de lo que se dice, que se hace cargo de sus palabras, que se deja comprometer con ellas. La parresía es la virtud de la que no aleja las palabras de su cuerpo. Desde la Escuela de las Periferias, deseamos más parresía a nuestros espacios políticos. Porque más allá de no parar de pensar y hablar de los cuidados, ahora nos toca verdaderamente cuidarnos, estar a la altura —políticamente— de lo que significan.

  1. En las últimas décadas hemos podido comprobar que la estrategia del capital para la cooptación de espacios o discursos revolucionarios ha sido el plagio y la proliferación apolítica, desactivadora, dejando elementos discursivos (significantes) o estéticos (símbolos) sin poder político, malgastado en la proliferación de la publicidad. Así, hemos visto cómo la imagen del Che Guevara se convierte en estampado de camisetas de grandes cadenas textiles, o cómo conceptos como «empoderamiento», «girl power» o el propio «feminist» son apropiados por marcas de cosméticos y moda, muchas de las cuales a la vez siguen promoviendo cánones de belleza imposibles y violencia estética en múltiples formas. ↩︎
  2. Decimos giro perverso por el desplazamiento narcisista que realiza quien habla de los cuidados de esta manera, porque transgrede la concepción comunitaria de los cuidados para colocarse en el centro bajo un desplazamiento semejante al que describe Freud en Tres ensayos sobre la teoría sexual, cuando señala que los pervertidos no han creado nada nuevo, sino que han mantenido, exagerado o desplazado unas disposiciones que en general existen. ↩︎
  3. Ani Pérez Rueda, Las falsas alternativas. Pedagogía libertaria y nueva educación, Barcelona, Virus, 2023. ↩︎
  4. Charlie Moya, «Indispuestas. Cuando nadie quiere poner la vida en ello», El Salto, 23 de octubre de 2023; disponible online. Véase también el texto de Moya en este volumen. ↩︎
  5. El hecho de que exista una negociación implica que yo y el otro nos colocamos como sujetos autónomos y con intereses contrarios, que debemos de alguna forma dirimir. Esta visión impone un marco liberal a los cuidados al pensar a los individuos (y, por ende, a los intereses individuales) como previos a la comunidad (la célebre frase de Thatcher: no hay sociedad, solo individuos). Por el contrario, las visiones más comunitarias nos enseñan que, en realidad, el individuo es inseparable del común y que, por tanto, es el mundo compartido lo que debe cuidarse (mundo que, desde esta visión, nos constituye a ambas partes). Este giro a lo individual despotencia, disminuye además la agencia, ya que se deposita en el afuera la expectativa de resolución, se externaliza la resolución sin implicarnos en ella. ↩︎
  6. Entendemos la micropolítica como las relaciones de poder que operan en lo cotidiano, en nuestras formas de relacionarnos, en las dinámicas que se generan en los grupos —desde una asamblea hasta una pareja—, reproduciendo o cuestionando las lógicas de dominación. ↩︎
  7. Clara Serra, El sentido de consentir, Barcelona, Anagrama, 2024. ↩︎

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