Este texto data de noviembre de 2025 y fue publicado originalmente en inglés en la revista Heatwave. Parte de la reacción a la “guerra de los doces días” cuando Israel inició un ataque masivo sorpresa –el 13 de junio– en el que eliminó a dirigentes de la Guardia Revolucionaria y científicos nucleares, y destruyó infraestructuras militares y nucleares iraníes. El 23 de junio Trump anunció el alto al fuego. Desde entonces, Estados Unidos e Israel han lanzado una nueva serie de bombardeos sorpresa sobre varias ciudades iraníes, consideramos que mantiene su vigencia, ya que el fondo del artículo permanece inalterado. Esta crítica al antimperialismo estadounidense es perfectamente aplicable a su funcionamiento en otros lugares incluida España. Traducción: Adur Galdos.
La reciente «guerra de los doce días» entre Israel e Irán representa la última manifestación del rápido descenso hacia la barbarie generalizada al que el sistema capitalista ha condenado al mundo. Aunque en este momento existe un supuesto alto el fuego, toda paz bajo este sistema no es más que la preparación para la siguiente guerra. La guerra entre Israel e Irán no se limita a un conflicto entre dos países, ni tan solo al conjunto de Oriente Medio, sino que forma parte de las guerras en expansión que son resultado de la propia dinámica del capital.
Si bien los conflictos recientes han vuelto a poner sobre la mesa la vieja cuestión del imperialismo, con ella han regresado también muchas de las confusiones e ilusiones del pasado. En términos generales, buena parte de la izquierda adopta un enfoque del antimperialismo de carácter ideológico, es decir, que no logra someter a crítica el modo en que el «sentido común» configura sus propios presupuestos. De este modo, la ideología a la vez disfraza y pone en funcionamiento los procesos fundamentales que le dan origen. El antimperialismo es ideológico porque oscurece los conflictos sociales que tienen lugar en Irán, incluidos –aunque no limitados a– los conflictos de clase, y contribuye a mistificar el lugar de la República Islámica dentro del orden más amplio de la producción capitalista global y del comercio internacional. Apenas habían comenzado a caer las primeras bombas israelíes sobre Irán cuando muchas de las principales organizaciones y medios de la izquierda en Estados Unidos –desde el Party for Socialism and Liberation (PSL) y Workers World hasta Democratic Socialists of America o Democracy Now!– sacaron a pasear a un apologeta del régimen tras otro.
La externalización del conflicto social ha sido un elemento central de la política interna de la República
Las tendencias contradictorias de la producción capitalista global se manifiestan en una variedad de escalas, pero están impulsadas fundamentalmente por la relación de clase. Adoptan la forma de fronteras, estados-nación y competencia interestatal por diversos motivos, entre ellos la necesidad de mantener un sistema de arbitraje internacional del trabajo o de preservar un acceso privilegiado a materias primas y cadenas de suministro. Los conflictos nacionales reales pueden adquirir un carácter fetichista, como forma de evidenciar la naturaleza desigual y turbulenta de la reproducción capitalista. De hecho, la externalización del conflicto social —utilizar el enfrentamiento con un enemigo externo para mantener la paz social— ha sido un elemento central de la política interna de la República desde la Revolución, crucial para sostener su existencia a lo largo de décadas de inestabilidad. Hoy, tras la reciente guerra, el Estado vuelve a utilizar el conflicto externo para imponer el orden interno y la unidad social. Esta es la lógica central de la geopolítica: una realpolitik nacional desvinculada de las relaciones sociales que la constriñen y condicionan. Estas cuestiones distan mucho de ser meramente analíticas, pues la forma ideológica del antimperialismo constituye un obstáculo enorme para la construcción de un internacionalismo renovado.
Para muchos en la izquierda estadounidense, la historia iraní se detuvo aparentemente con el derrocamiento del Sha en 1979. Un examen más minucioso revela que la victoria final de la República Islámica fue el resultado de una contrarrevolución cuyo objetivo era volver a encerrar las fuerzas sociales liberadas durante la convulsión revolucionaria. Algunos lo conocen bien, pero actúan de forma manipuladora, ofreciendo verdades parciales a un público joven e ingenuo. Estos charlatanes llevan ya bastante tiempo en escena y gustan de hablar del movimiento comunista iraní para ganar legitimidad, solo para terminar alineándose con sus verdugos.1 La República Islámica reprimió a la izquierda iraní tal y como el Sha hubiera deseado. Incluso antes de su caída, los jomeinistas, así como los islamistas liberales, manifestaban abiertamente su desprecio por el marxismo y el comunismo. En realidad, el antimperialismo fue utilizado, y continúa siéndolo, no solo como una forma de dominación política, sino también como un medio para intensificar la explotación del trabajo. Al arrojar luz sobre las relaciones internas de Irán y su relación con el sistema imperialista a nivel mundial, podemos ver mejor cómo el antimperialismo funciona como la forma ideológica de las mismas relaciones sociales que oculta y, por lo tanto, reproduce.
Revolución
La Revolución Iraní fue una de las grandes revoluciones de masas del siglo XX. Mientras que la mayoría de las revoluciones del sur global tuvieron lugar en condiciones de subdesarrollo, donde aún predominaban las relaciones feudales de producción, las fuerzas que impulsaron la Revolución Iraní fueron el resultado de dos décadas de desarrollo capitalista rápido y desigual. A diferencia de estas otras revoluciones, las relaciones feudales ya se habían transformado en relaciones capitalistas gracias al desarrollo impulsado por el régimen del Sha.
La oposición religiosa fue contraria a las reformas en su conjunto.
A principios de la década de 1960, bajo la presión de Estados Unidos, el Sha comenzó a adoptar reformas económicas liberales.2 Esta fue la base de lo que se denominó la «Revolución Blanca».3 Las reformas incluían la concesión de derechos civiles a las mujeres, la creación de cuerpos de alfabetización, planes de industrialización y desarrollo, la participación en los beneficios en determinadas industrias y la reforma agraria. La «Revolución Blanca» fue también un intento de crear una base popular y promover una imagen del régimen como una especie de reformador despótico benevolente. Sin embargo, estas reformas no incluían ningún tipo de control sobre el poder estatal y consolidaron aún más la dictadura. Estas contaron con la oposición del clero y los principales puntos de disputa fueron el voto femenino, la eliminación de los requisitos para los funcionarios públicos y, lo más importante, la reforma agraria. Gran parte de las élites del clero poseían vastas extensiones de tierra que les habían sido concedidas como donaciones religiosas. Los aspectos dictatoriales de las reformas fueron el blanco de la oposición nacionalista secular y de izquierda, cuyo lema era «¡Reformas, sí! ¡Dictadura, no!». La oposición religiosa fue contraria a las reformas en su conjunto.
Esta oposición dio lugar al levantamiento de junio de 1963, que fue reprimido con extrema violencia y disipó cualquier esperanza de reformas democráticas para toda una generación de activistas.4 Hasta la víspera de la revolución, Irán continuó por la senda del desarrollo rápido, que se impuso a las necesidades de la población y a la redistribución. Lo más importante es que la reforma agraria logró transformar Irán de una sociedad agrícola semifeudal en una nación capitalista moderna. Aunque Irán había estado experimentando un proceso de integración y de conversión en periferia del sistema capitalista mundial desde el siglo XIX, no fue hasta principios de la década de 1960 cuando las relaciones capitalistas se hicieron dominantes en la economía iraní, extendiéndose por todo el ámbito agrario. Los aristócratas más importantes pudieron conservar sus tierras siempre que se reconvirtieran a la agricultura capitalista y contratasen mano de obra asalariada o si arrendaban sus tierras a multinacionales. Aunque hubo una resistencia limitada por parte de la aristocracia, la mayoría acabó siguiendo el ejemplo y vio que servía a sus intereses. A muchos miembros de la aristocracia terrateniente se les animó a invertir en la industria y se les concedieron cargos ministeriales por sumarse al programa. Aunque tuvieron que ceder al Estado su autonomía política en el campo, obtuvieron un poder social y económico considerable.
El Sha creía que la religión podía utilizarse como una forma de eludir el movimiento comunista
Muchos de los sintierra que se quedaron en el campo trabajaban como jornaleros agrícolas, pero la gran mayoría engrosó las filas de un semiproletariado que migró a las ciudades y se emplearon en la vasta y creciente industria de la construcción. La población de Teherán se duplicó entre 1963 y 1973. La industrialización engendra un proletariado industrial, junto con trabajadores de cuello blanco y clase media profesional y aumenta el número de estudiantes que se van al extranjero para estudiar. Los migrantes inundaron las ciudades y se encontraron con la alienación de la vida urbana moderna; a diferencia de las generaciones anteriores de campesinos y trabajadores, carecían de formas estables de comunidad, instituciones y formas propias de socialización. Sus antiguas formas de comunidad en el campo se vieron alteradas y no había alternativas radicales en las ciudades, lo que creó unas condiciones que desempeñarían un papel central en la configuración de la revolución y darían al clero una ventaja en la lucha por la hegemonía. Todo el peso de la represión estatal recayó sobre la oposición de izquierda y nacionalista secular. No se permitían sindicatos, partidos políticos ni otras formas de asociación de la clase trabajadora. En este entorno, la mezquita ofrecía una forma de comunidad y un espacio para la disidencia, controlado cuidadosamente por el clero. El Sha creía que la religión podía utilizarse como una forma de eludir el movimiento comunista, dando relativa libertad a los clérigos y figuras religiosas.
Mientras el precio del petróleo continuó subiendo, el Estado pudo mantener una paz social relativa. Aunque existía descontento y frustración generalizados, la creciente clase media, los trabajadores de cuello blanco e incluso muchos trabajadores industriales de cuello azul con habilidades técnicas en industrias clave fueron controlados gracias a la expansión de la economía. Pero el crecimiento nunca dura para siempre. El desempleo comenzó a crecer en la década de 1970, cuando el precio del petróleo se estabilizó y luego disminuyó. La inflación se extendió simultáneamente y, en 1977, el Gobierno del primer ministro Amuzegar respondió provocando una recesión. Esto agravó el desempleo, especialmente entre los nuevos proletarios o semiproletarios. A medida que la proletarización seguía atrayendo a antiguos trabajadores agrícolas a las ciudades, la industria de la construcción era la única que podía absorber a estos nuevos trabajadores asalariados que aún no tenían las habilidades técnicas necesarias para el trabajo en el sector servicios o el trabajo industrial altamente especializado. La desaceleración de la economía afectó fuertemente al sector de la construcción. A esto le siguió un aumento de la estanflación y del malestar laboral.
La sentencia de muerte del régimen se produjo cuando los trabajadores petroleros se sumaron a la huelga y dejaron de producir
Después de 1977, año en que la inflación se duplicó con creces hasta alcanzar un asombroso 27,3%, las manifestaciones de diversas formas de oposición se hicieron omnipresentes. Aunque los trabajadores industriales llevaban organizando huelgas salvajes desde aproximadamente 1973, no fue hasta 1978 cuando estas huelgas comenzaron a generalizarse, culminando en la huelga masiva del otoño de 1978. La sentencia de muerte del régimen se produjo cuando los trabajadores petroleros se sumaron a la huelga y dejaron de producir el recurso económico más importante del Estado. La caída del régimen del Sha sería impensable sin esta huelga masiva. Más de un año de huelgas, manifestaciones y disturbios culminó finalmente en la insurrección general del 9 al 11 de febrero de 1979. Se clavó así el último clavo en el ataúd del régimen.
En el transcurso de la huelga masiva y la insurrección, el conflicto guerrillero se extendió y se intensificó la competencia por la función de vanguardia revolucionaria. En toda la industria, el proletariado había transformado los comités de huelga en consejos obreros (shora en persa). Los consejos, comités y asambleas no se limitaron a las fábricas, sino que se extendieron a escuelas, universidades, granjas e incluso cuarteles militares. Pero mientras que en los comités de fábrica estaban representados los grupos de izquierda, los comités de barrio acabaron dominados por los islamistas, ya que muchos de ellos se organizaban a través de las mezquitas. Estos comités estaban controlados por un comité central secreto jomeinista. La Guardia Revolucionaria (Pasdaran) se formó a partir de estos comités, purgando a los no leales de sus filas. La Guardia Revolucionaria también era un contrapeso a los grupos guerrilleros de izquierda bien armados que aumentaron en número y popularidad durante el transcurso de la revolución, especialmente entre los jóvenes no religiosos.
El clero y la pequeña burguesía utilizaron cada vez más el lenguaje del antimperialismo y el populismo
Para consolidar su hegemonía sobre la revolución, el clero y la pequeña burguesía que rodeaban a Jomeini utilizaron cada vez más el lenguaje del antimperialismo y el populismo, cooptando términos y símbolos de la izquierda. En el carácter ideológico del antimperialismo, los jomeinistas encontraron una herramienta ya preparada para ofuscar y explicar desde el sentido común su atractivo y su eventual victoria. El antimperialismo fue la comadrona que ayudó a establecer una nueva forma de dictadura burguesa. No es adecuado analizar la revolución como dos momentos fácilmente delimitables: un período revolucionario heroico seguido de una contrarrevolución. Más bien, la revolución y la contrarrevolución estuvieron, como suele ocurrir, entrelazadas.
El espectáculo del antimperialismo alcanzó su punto álgido con la crisis de los rehenes de la embajada estadounidense. Aunque a menudo se recuerda como una gran humillación para el imperialismo estadounidense, la realidad tuvo mucho más que ver con conflictos internos. La toma de rehenes permitió a los jomeinistas tomar la delantera sobre sus rivales como vanguardia de la lucha antiimperialista. Los conflictos sociales estaban en pleno apogeo con rebeliones en las provincias, intensificación de los movimientos estudiantiles, protestas contra las nuevas leyes de género y códigos de vestimenta, y conflictos continuos en los lugares de trabajo entre la dirección y los consejos de trabajadores–. Al tiempo, las decepciones con el curso de la revolución se hacían cada vez más evidentes y la crisis de los rehenes unificó a la nación en torno a un espectáculo internacional que se retransmitía a diario en sus hogares. La embajada se convirtió en un lugar de constante reunión y movilización. Provocó la caída de los nacionalistas liberales del gobierno provisional y, lo que es más importante, fue una forma de obtener ventaja sobre la izquierda. Llegó en un momento oportuno para los jomeinistas. La frustración crecía entre la población por las cuestiones económicas, pero también por el entorno cada vez más represivo. Aunque las huelgas iban en aumento, lo que beneficiaba a los grupos de izquierda, este vector se vio sofocado con el espectáculo del asedio a la embajada.5
Si bien la crisis de la embajada contribuyó a fortalecer la hegemonía de República Islámica hegemonía, fue la guerra con Irak la que la consolidó definitivamente al institucionalizar la Guardia Revolucionaria, lo que dio paso a un período oscuro para la lucha de clases. Se prohibieron las huelgas y los trabajadores que organizaban cualquier tipo de disturbio fueron acusados de ser agentes del imperialismo. La movilización ideológica fue acompañada de una severa represión, los encarcelamientos y las ejecuciones sumarias estaban a la orden del día. Ni siquiera se salvaron las organizaciones de izquierda que habían apoyado firmemente al régimen, como el Partido Tudeh y la Mayoría Fediayan.6 Tres años después del inicio de la guerra, Irak estaba dispuesto a solicitar la paz, pero Jomeini rechazó la oferta. Él y sus partidarios entendieron que, mientras la guerra continuara, podrían imponer la unidad social en sus términos.
La guerra finalmente llegó a su fin en el otoño de 1988, y con ella, una última matanza. Jomeini emitió un edicto en el que ordenaba a sus partidarios purgar las cárceles de la oposición de izquierda, con estimaciones conservadoras que sugieren 5.000 ejecuciones solo en el verano de 1988.
República
La década siguiente fue testigo del desarrollo de una política que priorizó la economía. Los elementos populistas radicales restantes se moderaron en favor de la liberalización económica. Las ideologías populistas que valoraban a los pobres y oprimidos fueron sustituidas por el elogio al comerciante honesto, la consagración de la propiedad privada y las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. Durante este período, la privatización de las empresas y los servicios iraníes aumentó rápidamente, lo que provocó luchas para proteger los subsidios a productos básicos como el aceite de cocina, la harina y el gas. Con la oposición derrotada y el dominio incontestado del Estado ya establecido, podía decirse que «Locke había reemplazado a Habacuc».7
La tensión generada por la liberalización económica a lo largo de la década de 1990 llegó a su punto álgido con los disturbios estudiantiles de 1999, que comenzaron cuando unos matones de extrema derecha atacaron a unos estudiantes que protestaban por el cierre de un periódico liberal. A pesar de que se presentó como un movimiento reformista de corte liberal compuesto por estudiantes recientemente politizados, este episodio constituyó la mayor manifestación contra el gobierno desde los años inmediatamente posteriores a la Revolución. No pasó mucho tiempo hasta que la actividad militante de la clase trabajadora volvió a la escena.
No pasó mucho tiempo hasta que la actividad militante de la clase trabajadora volvió a la escena.
El activismo laboral empezó a intensificarse a mediados de la década de 2000 y desde entonces ha continuado en numerosos sectores. A partir de este momento, una de las principales luchas ha sido la formación de sindicatos independientes, separados del Estado. A medida que las condiciones económicas empeoraron, el populismo recuperó fuerza, de manera que Mahmoud Ahmadinejad –derecha populista– fue elegido en 2005. A pesar de toda la retórica contra las élites, la austeridad se mantuvo constante para la clase trabajadora. Irónicamente, la austeridad, en particular la eliminación de los subsidios, tuvo más éxito bajo el populista Ahmadinejad que bajo el liberal Khatami. Ahmadinejad intensificó la represión y la demagogia. Durante este tiempo, se convirtió en el favorito de la izquierda antimperialista, especialmente cuando Hugo Chávez lo acogió y lo trató de «hermano». Su segundo mandato comenzó con lo que se conoció como el «Movimiento Verde», que denunciaba que las elecciones habían sido amañadas para perjudicar a su rival reformista. Aunque se produjeron otra serie de protestas, esto también supuso el fin del reformismo. Para los trabajadores y estudiantes iraníes, era evidente que ni los reformistas ni los conservadores ofrecían ningún futuro.
La economía iraní sigue estando hoy en día muy vinculada al Estado a través de las industrias del petróleo y el gas natural
A pesar de las décadas de privatización, la economía iraní sigue estando hoy en día muy vinculada al Estado a través de las industrias nacionalizadas del petróleo y el gas natural. Por ejemplo, la Compañía Nacional Iraní de Petróleo es la unidad económica más grande de todo el país. Para la economía de la República Islámica las bonyards, o fundaciones, son esenciales. Catalogadas como organizaciones «benéficas», las bonyads controlan alrededor del 20% del PIB de Irán. Tras la revolución, la Fundación Pahlavi (Bonyad-e Pahlavi), que representaba los intereses económicos y las inversiones de la corte real, oculta al escrutinio oficial, fue intervenida y rebautizada como Fundación de los Oprimidos (Bonyad-e Mostazafin). En realidad, Bonyad-e Mostazafin funciona como un holding –el más grande de Oriente Medio– con presencia en numerosos sectores de la economía. Hoy es la segunda empresa comercial más grande del país, después de la National Iranian Oil Company. Los bonyads están estrechamente vinculados a la Guardia Revolucionaria, que a su vez se encuentra bajo el control de la oficina del Líder Supremo. Aunque las empresas estadounidenses fueron expulsadas tras la revolución, el capital de otras potencias imperialistas se apresuró a llenar el vacío. La inversión extranjera directa sigue fluyendo desde multinacionales británicas, francesas, alemanas, japonesas y, cada vez más, chinas, atraídas por las «zonas económicas libres», como la zona de energía de South Pars. Estos enormes complejos emplean a cientos de miles de trabajadores precarios y mal remunerados, hacinados en condiciones de vida miserables para servir al capital extranjero en una de las zonas más conflictivas del mundo.8
El espectro de la unidad nacional se cuela en las sombras que proyecta cada insurrección fallida
Durante la última década, la austeridad y la represión policial se han convertido en puntos centrales del conflicto social. Las huelgas y manifestaciones han sido cada vez más frecuentes, estallando periódicamente en levantamientos o insurrecciones generalizadas, como en el caso de la huelga general de 2018-2019 o las protestas de 2019-2020, que tuvieron como causas inmediatas las dificultades económicas, la corrupción o el aumento de los precios de la energía. En cada ocasión, el Estado ha respondido con una dura represión,9 lo que no hace más que alimentar el sentimiento antigubernamental que sustenta la siguiente explosión. De hecho, el ciclo de disturbios se ha caracterizado por un aumento progresivo. El pico más reciente fue el levantamiento de Jina a finales de 2022 y principios de 2023, provocado por el asesinato policial de Jina Amini.10 Aunque desencadenadas por reivindicaciones o agravios concretos, estas secuencias de protestas demuestran que el conflicto de clases, la destrucción medioambiental, la represión estatal, el racismo étnico o la opresión de género no pueden separarse unas de otras. Esto se hace más evidente con cada estallido. Sin embargo, es precisamente esta composición incongruente y esta unidad aspiracional lo que expone a los movimientos sociales iraníes contemporáneos a las mismas fuerzas contrarrevolucionarias que derrotaron la Revolución de 1979. El espectro de la unidad nacional se cuela en las sombras que proyecta cada insurrección fallida. Las consignas de la izquierda vuelven a ser apropiadas y despojadas de su contenido político.11
Restos
En los últimos años, ninguna otra secuencia de acontecimientos ha contribuido más que la «guerra de los 12 días» a resucitar lo que parecía ser una ideología moribunda, otra «bendición» para el régimen.12 Como era de esperar, una gran parte de la población se ha unido en torno a la bandera. Hoy en día, los ultraricos que obtienen sus beneficios gracias a sus conexiones con el Estado pueden ocultar su explotación tras la amenaza externa del imperialismo. Mientras que las clases trabajadoras luchan por pagar el alquiler o permitirse productos básicos, el lujoso estilo de vida de los barrios residenciales del norte de Teherán permanece oculto tras este conflicto. La guerra ha dado a la clase dominante la oportunidad de aumentar la austeridad en nombre del sacrificio nacional. La posición de la República Islámica como pieza central del «Eje de la Resistencia»13 hace aún más difícil para muchos izquierdistas occidentales hacerse una idea clara de cómo funciona realmente. Irán mantiene ciertas posiciones antimperialistas y, al mismo tiempo, facilita políticas y vías de desarrollo fundamentalmente reaccionarias: un imperialismo antimperialista.14 De hecho, esta es la historia del desarrollo capitalista. Aceptar estas formas ilusorias al pie de la letra le costó muy caro a la izquierda iraní durante la Revolución.
La guerra ha dado a la clase dominante la oportunidad de aumentar la austeridad en nombre del sacrificio nacional
A pesar de la demagogia antimperialista, la República Islámica siempre ha estado dispuesta a integrarse en la comunidad burguesa internacional. La idea de que Estados Unidos se opone de manera radical a la República Islámica, y viceversa, es decir, que el actual régimen iraní es intransigente en su «resistencia», es propia de cómics y malas películas de espías. Irán tiene una burguesía y, como todas las burguesías, su principal preocupación es preservar sus intereses, lo que prevalece sobre la lealtad ideológica a cualquier poder político. Sin duda, hay un sector de la burguesía iraní, incluso entre los que actualmente son leales al régimen, que querría mantener la República Islámica, pero sin algunos de sus excesos y con una administración más «racional» del capital. Décadas de reestructuración, liberalización y austeridad del FMI han demostrado el deseo de la actual administración iraní de unirse al orden económico mundial. La clase capitalista trabajará para preservar sus intereses, tal vez incluso abandonando su lealtad al régimen actual si le conviene. Sugerir lo contrario es puro idealismo.
Con el reciente resurgimiento del nacionalismo, las fisuras en el seno de la clase trabajadora comienzan a reaparecer, principalmente en función de la fidelidad a la República Islámica. Las organizaciones oficiales y osificadas –los sindicatos afiliados al Estado– se han revestido con el manto de la bandera, mientras que los órganos autónomos de la clase trabajadora continúan la ardua batalla de la oposición militante. Bajo el pretexto de la seguridad nacional, Irán ha deportado a más de medio millón de migrantes afganos desde el final de la «guerra de los 12 días». Estos últimos ataques no son más que las expresiones más recientes de una estrategia muy manida. El hecho de que tanto Irán como Estados Unidos estén llevando a cabo ataques similares contra su población migrante más vulnerable no es una coincidencia, sino que revela una tendencia general que configura la competencia interestatal y la reacción nacional interna. Mientras tanto, las manifestaciones y los enfrentamientos siguen siendo frecuentes ante las humillaciones y miserias cotidianas que acompañan a la austeridad, como los cortes diarios de energía y agua que se producen con frecuencia durante las épocas más calurosas del año. Puede que la guerra haya sofocado la amenaza de revolución por ahora, pero las condiciones materiales que impulsaron a las masas de la sociedad iraní a la rebelión siguen existiendo.
Debemos plantearnos preguntas fundamentales. ¿Quiénes son nuestros compañeros en la lucha contra el capitalismo? ¿Son nuestros compañeros de trabajo, profesores, activistas por los derechos de los niños, migrantes indocumentados que se enfrentan al racismo y la deportación, o son generales, comerciantes, clérigos y burócratas? ¿Cuál es la composición social de las llamadas fuerzas de «resistencia» que aparecen en la escena mundial? ¿A quién o a qué responden? Estas preguntas pueden plantearse a todos los medios nacionales de acumulación de capital, no solo a Irán. Debemos ir más allá de una simple adhesión al antimperialismo, de lo contrario corremos el riesgo de abandonar a nuestros compañeros de trabajo y estudiantes a sus explotadores y verdugos.
- Un ejemplo claro es alguien como Vijay Prashad, que conoce bien el movimiento comunista en Irán, pero utiliza este conocimiento y su historia para, de alguna manera, obtener apoyo para el mismo régimen que aplastó este movimiento. ↩︎
- Los planes de política exterior de la administración Kennedy se centraban en regiones estratégicas específicas que debían someterse a ciertas reformas capitalistas impuestas desde arriba. Brasil fue otra nación elegida en el marco del plan Kennedy. ↩︎
- También conocida como la «Revolución del Pueblo del Sha» por el régimen. ↩︎
- Fue esta generación la que formó la base de los dos principales grupos guerrilleros que desempeñarían un papel central en la revolución de 1979: el grupo islamista de izquierda Sazeman-e Mujahideen-e Khalq (Organización de Guerrilleros Mujahideen del Pueblo), comúnmente conocido como Mujahideen, y el marxista-leninista Sazeman-e Cherikha-ye Fedaiyan-e Khalq (Organización de Guerrilleros Fedaiyan del Pueblo), más conocido como Fedaiyan. Estaban frustrados con el reformismo de la generación anterior del Frente Nacional nacionalista y del Partido Comunista Tudeh. ↩︎
- Al mismo tiempo que se ocupaba la embajada estadounidense, la «Casa del Trabajo», Khaneh-ye Kar, que funcionaba como ministerio de trabajo de facto, fue ocupada por trabajadores desempleados. Huelga decir que este fue solo uno de los muchos ejemplos de actividad militante de los trabajadores que se perdieron en el espectáculo de la crisis de los rehenes. ↩︎
- El Tudeh y la Mayoría Fedaiyan fueron tolerados hasta 1983. Después de que Jomeini rechazara el alto el fuego, el régimen se volvió contra estas últimas organizaciones marxistas restantes. Los miembros del comité central del Tudeh fueron arrastrados ante las cámaras de televisión para que denunciaran el marxismo y confesaran ser espías soviéticos. El objetivo principal era ganar la guerra ideológica contra el marxismo. ↩︎
- Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. ↩︎
- Muchos de los trabajadores aquí se encuentran empleados con contratos temporales precarios. De hecho, en la industria petrolera existe una jerarquía entre esta población excedente flotante y los trabajadores cualificados más estables, que cuentan con contratos permanentes o de larga duración y perciben salarios mucho más altos. Estos últimos están incluso representados por sindicatos afiliados al gobierno. El grupo mucho más numeroso de trabajadores con contratos temporales, que afronta malas condiciones y precariedad, ha logrado organizar su propio sindicato autónomo y ha llevado a cabo varias huelgas importantes en los últimos años. En 2021-2022 protagonizaron una gran huelga que se extendió a varias otras ciudades e incluso más allá del sector energético. ↩︎
- El peor incidente tuvo lugar a finales de 2019 con «Bloody Aban», que se saldó con un número indeterminado de manifestantes muertos o desaparecidos. ↩︎
- Para un balance del levantamiento de Jina, véase Assareh Assa, «The Jina Rebellion: Elements of an Analysis of the Movement in Iran» (La rebelión de Jina: elementos para un análisis del movimiento en Irán), The Brooklyn Rail, mayo de 2023. ↩︎
- El eslogan popularizado durante el levantamiento de Jina, «Mujer, vida, libertad», tiene su origen en el ala feminista radical del movimiento kurdo. Se transformó en un eslogan ideológico general, un paraguas que incluye a los trabajadores y las nacionalidades oprimidas, al tiempo que era coreado por celebridades y partidarios de la monarquía derrocada. ↩︎
- Cuando comenzó la guerra, Irán se encontraba en la tercera semana de una huelga nacional de camioneros. La huelga estaba cobrando impulso en ese momento y se estaba convirtiendo en motivo de preocupación. Entonces cayeron las bombas. ↩︎
- El «Eje de la Resistencia» es una coalición política informal extendida por Oriente Medio, formada por Irán y destinada a socavar la influencia de Estados Unidos e Israel en la región. Entre las organizaciones que la integran se encuentran Hezbolá, la Resistencia Islámica en Irak, las Fuerzas de Movilización Popular (Irak), los hutíes yemeníes y diversos grupos de resistencia palestinos, entre ellos Hamás. ↩︎
- Una cosa que distingue al movimiento jomeinista del régimen del Sha, especialmente en su fase inicial, es que era antidesarrollista y antiproductivista. Encarna una especie de populismo utópico pequeñoburgués que atrae tanto a los inmigrantes recién llegados, lumpen o semiproletarios, como a los comerciantes y artesanos del bazar. ↩︎




