Ecologismo sin conflicto. Los límites políticos del Green New Deal

por | Abr 15, 2026 | Análisis, Ecologismo

El capitalismo verde no representa una ruptura con la crisis ecológica, sino su reconfiguración como nuevo campo de negocio y de gestión tecnocrática del conflicto. Pero no hay solución dentro de este marco de la gestión ni en la suma de decisiones individuales, sino en la reapertura de un conflicto político real contra las estructuras del capital.

Este texto es un fragmento del artículo “En nombre de la Tierra y sus criaturas: por una nueva ecología política” contenido en Cuadernos de Estrategia nº4, Crítica de los movimientos sociales.

Lo publicamos como parte de un debate más amplio sobre capitalismo verde que iniciamos con Un progresismo verde cada vez más obsceno de Martín Lallana.


El capital se ha apropiado del discurso ecologista para relanzar una acumulación de capital dañada por cuatro décadas de persistente exceso de capacidad, rentabilidad menguante y una crisis ecológica galopante. Los parámetros de la operación son tan descabellados como el propio capitalismo pospandémico en el que vivimos: el mismo modo de producción que ha destrozado el planeta en menos de doscientos años sería el modelo indicado para resolver esta misma crisis.

Para la cobertura teórica de esta operación la nueva expertocracia verde moviliza los rescoldos ideológicos, más o menos calientes, de dos escuelas económicas de éxito en el siglo XX, el schumpeterianismo y el keynesianismo, que hoy aparecen revueltas y combinadas entre sí en diversas proporciones en el discurso de los defensores del Green New Deal (GND). Mientras el alma schumpeteriana del GND sostiene que solo la capacidad de innovación y emprendimiento del capitalismo puede producir las tecnologías necesarias para superar la crisis ecológica, el alma keynesiana del Green New Deal sostiene que debe ser el Estado quien relance el proceso desde los parámetros del multiplicador keynesiano. Una corriente de inversión estatal sostenida en las nuevas industrias verdes desatascará las resistencias del tejido productivo a la transformación y generará un ciclo virtuoso de la economía privada en el que crecimiento, productividad y descarbonización se unirán en un único, y bello, proceso.

Descarbonizar sería ahora el propósito de los capitalistas «buenos» a los que hay que premiar con grandes cantidades de inversión pública

Este híbrido, un tanto monstruoso, de schumpeterianismo con el Estado en el lugar del «emprendedor», y de keynesianismo pero sin multiplicador de la inversión,1 solo puede existir con una perversa, pero intensa, tonalidad verde. Tras la muerte en cadena del «progreso», el «mercado» y la «socialdemocracia», y con el «crecimiento» como ideal renqueante, las élites capitalistas, con sus enormes conglomerados de instituciones de rango medio y de medios de comunicación a su servicio, necesitan vender algún «propósito» al mundo que no sea la elevación de sus tasas de beneficio o de retorno sobre la inversión. En este sentido, «descarbonizar» sería ahora el propósito de los capitalistas «buenos» a los que hay que premiar con grandes cantidades de inversión pública, dado que sus sectores de producción verde son incapaces de competir en el mercado contra la producción verde china.

Una vez se asume el punto de vista que podríamos llamar «del ingeniero jefe», el conflicto entre capital y «trama de la vida» no sería más que un asunto de «mala gestión» al que hay que contraponer la «buena gestión» ecológica que defienden los organismos internacionales y la Unión Europea. Y para producir esta «buena gestión» se presenta ante el mundo una nueva expertocracia verde formada fundamentalmente por ingenieros, arquitectos, urbanistas, economistas, ambientólogos y, no pocos, sociólogos y politólogos reciclados, que aspiran a validar los nuevos procesos productivos, con las energías renovables, el vehículo eléctrico y la fiscalidad ambiental como banderas bajo la coartada, cada vez más dañada por la evidencia empírica, de que ese es el camino para revertir y superar la crisis climática.

El creciente desarrollo y financiación de tecnologías verdes no ha supuesto una mejora de los niveles de emisiones

Algo ha fallado en este planteamiento. La delegación en un capitalismo «bueno» para corregir sus propios efectos destructivos ha generado más capitalismo y más efectos destructivos. Poca sorpresa, el capitalismo ha hecho con la crisis climática lo único que sabe hacer: negocio. Y como tal, la rentabilidad de la operación Green New Deal se ha situado allí donde aún existe un capitalismo rentable: en Asia y, más concretamente, en China.2 Es decir, al menos en Europa y Estados Unidos, no va a generar ventajas competitivas, ni va a reanimar el crecimiento, mucho menos la productividad del trabajo, en horas bajas desde hace dos décadas. El «capitalismo verde», en su reciclaje en forma Green New Deal,3 ha demostrado ser perfectamente inútil para corregir el curso de la crisis climática. La dura evidencia señala que el creciente desarrollo y financiación de tecnologías verdes no ha supuesto una mejora de los niveles de emisiones, mucho menos de los niveles de concentración de CO2. En el caso concreto de la llamada «transición energética», los niveles de consumo de petróleo no han dejado de crecer desde 2020 y, además, se les ha sumado el crecimiento desorbitado del gran beneficiario de esta transición: el gas natural.

Todo esto coexiste con niveles récord de producción de energía mediante renovables, tanto solar como eólica, en Europa, Estados Unidos y Asia. Estos datos ponen encima de la mesa algo que se podía prever fácilmente desde un punto de vista teórico: la utilización creciente de energías renovables es el añadido que permite la reproducción ampliada del capital y no una sustitución de la producción y el consumo de energías fósiles y, per se, no produce transformación alguna en el modo de producción. Es decir, sin transformaciones en la estructura de poder global, poco cambia. Hacer hoy, como en 1973, de la extensión de las renovables una causa política del ecologismo es tan revolucionario o tan reformista, elíjase la categoría política del siglo XX que se prefiera, como estar a favor del desarrollo de la inteligencia artificial o de las criptomonedas. En el mejor de los casos, abanderar la causa de las renovables hoy es estar a favor del cambio tecnológico en general y, en el peor, una pérdida de tiempo que podría ser mejor empleado en la exploración de otras vías políticas para el ecologismo.

En este atolladero, el ecologismo político como fuerza autónoma capaz de generar conflicto político ha desaparecido de la escena global, aunque, como decíamos más arriba, siga vivo en algunas luchas locales, bien asentadas territorialmente. Sin embargo, es ahora cuando más necesitamos un ecologismo político anticapitalista que sirva de discurso de escala global para dar cobertura a las experiencias de transformación locales. Para que eso suceda, es necesaria la construcción de una crítica sistemática de lo que han sido los errores del ecologismo hasta hoy; esta construcción ya está de hecho en marcha y es a la que este artículo pretende contribuir. Pero de poco servirá esta crítica sin una práctica política encuadrada en las experiencias políticas locales realmente existentes que sea consciente de su carácter imbricado en procesos de orden global. Sin que surjan movimientos y luchas dispuestos a superarlos de poco sirve señalar los múltiples cuellos de botella que hoy impiden el avance hacia una nueva ecología política medianamente capaz de declinar lo global en lo local y de cuestionar y enriquecer el discurso global mediante la experiencia local.

De éxito táctico en éxito táctico hasta el fracaso estratégico

Cuando se produjo la emergencia del cambio climático, entonces conocido como calentamiento global, en la segunda mitad de los años ochenta, el movimiento ecologista ya llevaba más de una década desarrollando la crítica de la crisis energética y apuntando a las energías renovables, entonces llamadas alternativas, como forma de ir más allá de la dependencia del petróleo y el gas natural. La irrupción desde principios de los años noventa del cambio climático como fenómeno unificador de todas las variantes de la crisis ecológica, simplemente incorporó los elementos de la crisis energética ya existentes al recetario del nuevo fenómeno del cambio climático. La reclamación de más energías renovables pasó a ser la conclusión inevitable de toda campaña de concienciación del cambio climático como fenómeno. Hoy en día ese vínculo se ha hecho sentido común hasta el punto de que cualquier análisis o comentario «experto» acerca de cualquier fenómeno meteorológico extremo termina con una reivindicación de las energías renovables.

Desde el punto de vista de una política ecologista antagonista, reivindicar hoy en día el desarrollo de las energías renovables no tiene más sentido que alimentar cualquier cambio tecnológico producido por el capitalismo en general. De alguna manera, el objetivo táctico inicial se ha cumplido con creces, las energías renovables han sido plenamente adoptadas por el capital como fórmula de reducción de costes energéticos, pero el objetivo estratégico final, a saber, detener la marcha del cambio climático, ha fracasado. Algo parecido sucede con la «concienciación» como elemento táctico de las campañas ecologistas. La táctica principal, aunque no la única, de todos los ecologismos, de orientación institucional o no, ha sido la «concienciación» de la opinión pública, gobiernos y opinadores profesionales. En ese sentido, estamos en un momento histórico máximo de «concienciación», de hecho, la clase capitalista global hoy habla el lenguaje de la «concienciación». Sin embargo, lejos de resolverse, la crisis ecológica no deja de agravarse.

La impotencia actual del ecologismo como movimiento proviene de los efectos de un largo proceso de absorción y cooptación de su rama lobista

Este fracaso y la impotencia actual del ecologismo como movimiento, lejos de ser un problema de falta de «voluntad», o «de compromiso insuficiente», proviene de los efectos de un largo proceso de absorción y cooptación de su rama lobista y de lo que fueron sus extensiones en los parlamentos y las elecciones: los partidos verdes. Esta cooptación se ha venido produciendo en primer lugar por parte de todo tipo de instituciones tanto nacionales como transnacionales, bajo una primera forma de lobbies expertos incorporados a los organismos de gobierno y, después, directamente incrustada en la nueva ideología «verde» de los gestores estatales.

En la última década, y muy especialmente, desde la pandemia del covid-19, los efectos incrementados de la crisis climática se han instalado con fuerza en el imaginario social. Hoy prácticamente nadie, en lugar alguno del mundo, desconoce los elementos que componen la narración acerca de los efectos del cambio climático: subida de las temperaturas, subida del nivel del mar, olas de calor, incendios forestales o inundaciones repentinas debidas a precipitaciones torrenciales son ya fenómenos que necesariamente obligan a afirmar o negar la existencia del cambio climático en tanto objeto político ya que como fenómeno biofísico no es realmente refutable.

En el caso de Europa, apenas hay discusión, según el último Eurobarómetro de 2025, un 85 % de los encuestados decía considerar el Cambio Climático como un «problema serio». En Estados Unidos, las actitudes ante el cambio climático están plenamente sujetas a la guerra cultural que enfrenta en casi todos los frentes al trumpismo MAGA contra lo «woke»: los números de aquellos que consideran que se está haciendo demasiado poco contra el cambio climático bajan hasta el 56 %, y un tercio de los encuestados niega que el cambio climático tenga origen «humano».

El cambio climático se convierte en un ítem divisivo más, de los muchos que delimitan la frontera entre «ellos» y «nosotros»

Sin embargo, es un error político grave pensar que este tercio «negacionista» de la población norteamericana necesita más concienciación y conocimiento acerca de los efectos del cambio climático. En el terreno de la «guerra cultural» realmente lo único que importa es que, negando las consecuencias sociales y económicas del cambio climático, se proporciona un golpe al «wokismo» y sus «élites» expertas y que, a la inversa, afirmándolo se quita el suelo político compuesto de combustibles fósiles a la base MAGA de Donald Trump. Pecar de inocencia y pensar que difundir la «verdad científica» va a generar una mayor masa crítica a favor del Green New Deal, en una época de guerra cultural generalizada, se paga con una acomodación del discurso ecologista al empate global permanente entre «fachas» y «progres», «MAGAs» y «wokes». El cambio climático se convierte en un ítem divisivo más, de los muchos que delimitan la frontera entre «ellos» y «nosotros», reproducido y ampliado por los algoritmos en las redes; aquí el discurso de «concienciación» se queda estancado y autocomplaciente, denunciando el «creciente negacionismo» en un entorno político y comunicativo más caracterizado por una competición creciente en cinismo que por la ignorancia de los resultados de la ciencia basada en datos.

Atrapados entre la expertocracia y la «responsabilidad individual»

La nueva expertocracia verde4 habla desde distintas posiciones dentro del aparato de Estado, ya sean desde posiciones funcionariales propiamente dichas, desde la universidad o en la creciente galaxia de distintas consultoras y certificadoras externalizadas compuesta por pequeñas empresas y ONG, siempre a la espera de la obtención, directa o indirecta, de contratos públicos. En muchos casos, el reclutamiento de esta nueva capa de jóvenes profesionales verdes se produce en las filas de los movimientos ecologistas que, a su vez, tienden a convertirse en la incubadora de estas nuevas clases profesionales verdes. El efecto de este proceso es demoledor para la construcción de un nuevo discurso de la ecología política que proceda de la práctica real del conflicto. Y, sin embargo, favorece los debates inútiles y narcisistas entre expertos, académicos y opinadores acerca del futuro del mundo y del cambio climático.

El discurso ecologista, desde los años sesenta ha utilizado alguna forma de responsabilidad «humana» para señalar las causas y remedios de la crisis

De manera complementaria, y solo en ocasiones opuesta, la alternativa al modelo de la demanda tecnocrática al Estado parece ser un activismo que podríamos llamar de estilo de vida, que apenas funciona más que como agregador de decisiones morales y de consumo, siempre individuales. Básicamente, el discurso ecologista, desde los años sesenta, con contadas excepciones, ha utilizado alguna forma de responsabilidad «humana» para señalar las causas y remedios de la crisis. Esto es visible en el uso de una forma gramatical propia, la «primera persona del plural ecologista»: «Nuestro consumo de materiales», «nuestra huella ecológica», «nuestro modo de vida insostenible». Estas metáforas, bajo su aparente universalismo, ocultan un velo de ignorancia interesada que beneficia al capital y reproduce el orden de desigualdad y explotación.

Las continuas llamadas a la contención y a la responsabilidad moral frente a la crisis climática, profundizan la impotencia política y santifican las salidas personales. Quienes sostienen que todos somos responsables, o promueven gestos cívicos individuales (reciclaje, reducir el consumo de carne, comprar coches eléctricos), no solo están equivocados, sino que obstaculizan la única transformación a la altura del problema: ganar la batalla política, derrocar a las élites realmente existentes para salir del capitalismo hacia otros modelos económicos y ecológicos. En otras palabras, no hay soluciones personales a la crisis.

La política ecologista realmente existente nunca ha realizado una crítica materialista de sus propios principios. En lugar de autoevaluarse, ha insistido en la «concienciación» y la lucha contra el «negacionismo». Hoy incluso movimientos juveniles como Extinction Rebellion5, Letzte Generation o Just Stop Oil, que sin duda aportan energía y compromiso, se apuntan sin problemas al discurso inoperante y autocomplaciente del ecologismo realmente existente.

Como ejemplo, el manifiesto de XR This is an Emergency de 2020 cae en casi todos los tópicos señalados en este artículo acerca del «sobreconsumo», la «concienciación», la «inacción de los Estados», el «compromiso moral». Estos ítems ideológicos, o la confianza en que los responsables políticos y los Estados pueden hacer lo «correcto» si se hace el suficiente lobismo, son lastres considerables que sabotean la energía juvenil y el deseo genuino de transformación de estos nuevos movimientos. Quizá aquí la conclusión no sea tanto que XR es un colectivo neomaltusiano cuanto que, en ausencia de un discurso analítico propio, el maltusianismo es el lenguaje por defecto de los colectivos ecologistas.

Ningún desastre es «natural»: lucha ecológica y lucha de clase

La crisis ecológica, y por extensión, la crisis climática, son el resultado del despliegue histórico y territorial de las relaciones capitalistas de producción. Esto significa que la crisis ecológica no está causada por el Hombre sino por el Capital. La crisis no es culpa de la «especie humana», de hecho, si algo caracteriza a esta peculiar especie es que siempre hay que aclarar si nos referimos a la «especie humana que manda» o la «especie humana que es mandada» porque los intereses de los «humanos que mandan» no son los mismos que los de los «humanos que no mandan», de hecho son antagónicos. Y para complicar aún más las cosas, entre los humanos el poder es relacional y posicional, es decir, se constituye a través de jerarquías atravesadas por la riqueza, el dinero, la raza, el género, la nacionalidad, el capital cultural o la inserción en el aparato de Estado. Cuando se afirma, de una u otra forma, que la especie humana es responsable de la crisis ecológica se borran de un plumazo todas estas distinciones, y, por lo tanto, simplemente, se legitima el statu quo.

El ecologismo dominante oscurece el origen capitalista de la crisis

Las consecuencias políticas de esta declaración, aparentemente teórica, son profundas. Los fundamentos históricos y políticos del ecologismo dominante oscurecen el origen capitalista de la crisis, reemplazándolo por una ideología de gestión planetaria y responsabilidad personal. Estas ideologías, al reproducir las estructuras de poder existentes, profundizan la crisis en lugar de resolverla. Frente a las visiones que idealizan una «naturaleza» prístina que, dañada por el «Hombre», estaría llevando a cabo su venganza, hay que repetir que la crisis es producto de las relaciones históricas de explotación que suceden en una espacialidad y territorialidad determinada por este mismo proceso de expansión capitalista.

Esta fase de la crisis ecológica es la crisis terminal del capitalismo. No es una parte, ni siquiera una intersección entre «ecología» y «economía», es, literalmente, la misma crisis. Cada ciclo de acumulación capitalista genera un «arreglo ecológico» a su medida, que luego deviene un obstáculo para el siguiente ciclo. Así, el capitalismo no solo explota personas, sino también ecosistemas. Desde el siglo XVI, la expansión capitalista ha dependido de fronteras mercantiles: territorios de donde se extraen lo que Jason Moore denomina los «Cuatro Baratos» (trabajo, energía, alimentos y materias primas). Pero hoy, esas fronteras se agotan. No hay nuevas «Naturalezas Baratas» que puedan salvar al capitalismo de su crisis de sobreacumulación. En ese sentido, decimos que la crisis del capitalismo es terminal, pero lo que venga después depende en gran parte de lo que políticamente se haga ahora. No podemos ofrecer ninguna receta fácil para detener una crisis climática y ecológica simplemente irresolubles en los términos de la discusión política actual, pero, al menos, sí se pueden abandonar lo que ya son los lugares comunes del poder capitalista, tales como que las energías renovables o los vehículos eléctricos son causas que el ecologismo debe hacer suyas si quiere salvar el planeta. Tampoco ningún tipo de solución «ética» decrecentista puede servir más que para la autocomplacencia de la salvación personal.

La crisis no es del «Antropoceno», es la crisis del capital

Que el ecologismo político esté sirviendo para lo contrario de lo que predica —agravando la crisis en lugar de resolverla— se debe, en parte, a la ceguera política de muchos científicos involucrados en el tema. Siguiendo una distinción clásica de la epistemología marxista, la diferencia entre la práctica científica real (basada en métodos rigurosos) y la ideología de la ciencia (los discursos que reproducen los científicos al «tomar partido»), cuando estos hablan de la crisis en términos de «humanidad» versus «naturaleza», están haciendo ideología, justificando indirectamente el orden capitalista. Como sostienen tanto Moore como Malm, un ejemplo claro es el término «Antropoceno». Surgido de estudios geológicos sobre marcas estratigráficas de origen humano, este concepto se ha popularizado como una narrativa que atribuye la crisis a la «humanidad» en abstracto. Pero «humanidad» no es un sujeto político real: no existe una instancia llamada «humanidad» que tome decisiones colectivas. En cambio, sí existen clases sociales, Estados y grandes empresas que impulsan la acumulación de capital. Por eso, la crisis no es del «Antropoceno», es la crisis del capital, y no está causada por el «Hombre», sino por el capital y sus jerarquías de poder.

Ir más allá del capitalismo, con su dominación de clase, generizada y racializada, es la única manera de superar la crisis ecológica. Esto requiere abandonar la ilusión de que el Estado o las elecciones individuales de consumo pueden resolver el problema. Propuestas como el Green New Deal o el Decrecimiento, aunque parezcan opuestas, comparten un error: ambas confían en mecanismos capitalistas (regulación estatal o consumo «responsable») en lugar de desafiar, aunque sea en primer lugar en sus discursos, proclamas y exigencias, el poder del capital directamente.

Los efectos de la crisis climática no pueden atribuirse solo a los «negacionistas» o a la «inacción de los Estados» sino también a quienes han legitimado instituciones como las cumbres climáticas y los mercados de carbono, creyendo, de la manera más naïf posible, que los Estados capitalistas son entidades neutras sujetas a un juego de fuerzas en el que se puede ganar. Y en este juego, los «científicos» con sus datos y su método tendrían sus cartas que jugar para persuadir a los Estados para que hagan lo correcto y no se dejen influenciar por los intereses de las grandes empresas. Todo este discurso es hoy perfectamente inútil, los Estados capitalistas ya han escuchado a sus concienciadores ecologistas y han fabricado las distintas versiones del capitalismo verde como consecuencia de haber «escuchado» a los científicos. Pedir más Green New Deal puede servir a las luchas internas por el aparato de Estado de las nuevas élites profesionales pero desde luego empuja en la dirección contraria de una vía política medianamente transformadora.

La lucha ecológica y la lucha de clase son la misma batalla contra un mismo poder que explota y domina tanto a la Tierra como a sus criaturas

Esto no significa una aceptación pasiva del colapso sino la marca de una encrucijada histórica: el paso de un mundo organizado y explotado enteramente conforme a la ley del valor, a otro orden centrado en la emancipación de las clases oprimidas y los ecosistemas en los que esas clases viven, depende de la capacidad de los movimientos para organizar la subversión. La lucha ecológica y la lucha de clase son la misma batalla contra un mismo poder que explota y domina tanto a la Tierra como a sus criaturas, entre las que se encuentran, de modo peculiar en el mundo físico, las clases dominantes y dominadas. Podemos pensar con razón que ese mundo no se ve aún por ningún sitio pero quizá, si rescatamos la ecología política del olvido actual y comenzamos a analizar nuestro mundo conforme a las tres ecologías que defendía Félix Guattari —ambiental, social y mental—, podremos entrever caminos que hoy parecen imposibles para la práctica política. La experiencia histórica muestra que cuanto más cerrados al cambio parecen los sistemas de dominio más daño les puede hacer una simple fractura política si está bien dirigida.

  1. El multiplicador es una parte fundamental de la doctrina keynesiana y define cómo un aumento inicial del gasto público genera un efecto expansivo en la economía privada al convertirse en un ingreso para otros que, a su vez, aumentan su capacidad de consumo. En la situación actual y de forma específicamente referida al capitalismo verde, los multiplicadores de la inversión pública son muy bajos en comparación con los de la era de oro fordista que terminó en 1973. Los nuevos centros de la producción capitalista, China y la India tienen multiplicadores mucho más bajos de los que tenían la Europa del Plan Marshall o Estados Unidos en el New Deal. ↩︎
  2. El Informe Draghi, esa poco habitual muestra de honestidad en el reconocimiento de los muchos lastres económicos que arrastra la UE, reconoce claramente el dominio chino de las nuevas industrias verdes y abandona la quimera de un ciclo verde de crecimiento y productividad, que solo dos años antes había sido anunciado con trompetas y fanfarria con base en los fondos Next Generation, quizá una de las apuestas políticas de fondo que más rápido han quedado obsoletas en la historia reciente. Véase Isidro López, «El coche del pueblo, el Informe Draghi y la implosión de Alemania«, Zona de Estrategia, 2024. ↩︎
  3. Antes del Green New Deal, muy parecidos planteamientos, si no los mismos, se publicitaron bajo la etiqueta Empleo Verde siguiendo el nombre de un informe pionero de la OIT. Véase ILO, Green Jobs: Towards Decent Work in a Sustainable, Low-Carbon World, 2008; disponible online. ↩︎
  4. A. Lowe, «Tell the Truth», XR fundamentals, 11 de diciembre de 2020; disponible online en https://rebellion.global/blog/2020/12/11/tell-the-truth/ ↩︎

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