En nombre de la Tierra y sus criaturas. Por una nueva política ecológica

por | Nov 30, 2025 | Cuadernos de estrategia, Ecologismo, Movimientos

Solo cuando se entiende que la lucha ecológica y la lucha de clases es la misma batalla contra un mismo poder, se puede llegar a comprender que no estamos ante un conflicto naturaleza-humanidad sino de las clases dominantes contra la Tierra y sus criaturas, al tiempo que se pueden llegar a abrir grietas en un sistema que parece decidido a morir matando.

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Os dejamos en este post un fragmento del artículo, que podéis descargar completo aquí.


¿Que ha sido de la ecología política?

La historia de los movimientos de la segunda mitad del siglo XX, los llamados entonces «nuevos movimientos sociales», se puede resumir como la ocupación progresiva de los espacios de conflicto que el movimiento obrero iba dejando atrás en su gradual asimilación al aparato de los Estados de bienestar keynesiano-fordistas. A medida que los grandes sindicatos pasaban a ser parte de la negociación colectiva y la orientación revolucionaria del movimiento obrero se iba perdiendo en favor del «pragmatismo» de los salarios directos e indirectos, el amplio espectro de las luchas feministas, antiimperialistas, urbanas o ecológicas anteriores a las dos guerras mundiales caía fuera de su ámbito de preocupación. La excepción notable fue la llamada «autonomía obrera», que precisamente se levantó contra partidos y sindicatos socialdemócratas y/o comunistas en nombre de las tradiciones obreras revolucionarias.

En el caso de los movimientos ecologistas, en esa misma segunda mitad del siglo XX apareció este nicho debido al abandono progresivo del interés por el marco natural y territorial en el que, necesariamente, se desenvuelve el conflicto capital-trabajo. Precisamente en su papel de actores principales de la negociación colectiva en el interior del Estado, los grandes sindicatos fordistas pasaron a formar parte de las grandes coaliciones pro-crecimiento que aún hoy, si bien cada vez de forma más residual, gobiernan los procesos laborales en Europa y Estados Unidos. En la medida en que el fin último de la política revolucionaria era la transformación sistémica, las organizaciones que se reclamaban tal cosa estaban obligadas a pensar en modelos de nueva sociedad. Cuando el fin último de la política de clase obrera pasó a ser negociar la distribución del, entonces amplio, excedente generado por la productividad del trabajo, la obligación de las organizaciones de clase obrera pasó, a su vez, de pensar utopías a pensar cómo defender lo existente.

Los profundos cambios culturales y políticos que agrupamos bajo el significante «1968», se pueden pensar como el momento en el que la imaginación utópica pasó de residir solamente en los movimientos políticos de la clase obrera a expandirse por el universo de lo contracultural. Y desde ese universo, en sus cambiantes y ambivalentes formas, la utopía ha mantenido una suerte de relación pendular de atracción / repulsión con el activismo político formalmente organizado.

La reconexión con la «naturaleza», sin que el término tenga la menor unidad de contenido, es quizá la gran utopía hippie. En Estados Unidos, los epicentros californianos del primer ecologismo, Sierra Club o Earth First!, produjeron un discurso biocéntrico y conservacionista centrado en la protección de los grandes espacios «salvajes» del oeste de EEUU.1 Este punto de vista no tardó en encontrar una respuesta que vinculaba luchas sociales y luchas ecológicas desde una matriz anarquista desde el Instituto de Ecología Social de Murray Bookchin, situado nada casualmente en el estado de Vermont, el santuario hippie de la Costa Este. Este choque de visiones acerca de lo que debía ser el naciente movimiento ecologista dio lugar a un durísimo debate político entre la Deep Ecology californiana y la Social Ecology2 de Vermont, que duró una década y que aún resuena en algunos debates actuales. En Europa, sin embargo, la genealogía del movimiento verde es algo diferente. En concreto, el nacimiento del Partido Verde (Die Grüne) como autodenominado «partido anti-partidos» proviene directamente del movimiento pacifista y del ‘68 alemán.3 La oposición a la colocación de misiles nucleares Pershing II y el rechazo a la energía nuclear fueron los motores del nacimiento de los verdes alemanes como fuerza ecologista procedente de una versión propiamente alemana del pacifismo.4

La hibridación entre el primer ecologismo y la fuerza de los movimientos anticoloniales y antiimperialistas, con el rechazo masivo de la Guerra de Vietnam como expresión más visible, dio como resultado el nacimiento de un enfoque llamado «ecología política». Este nuevo enfoque procedía de varias fuentes. Las teorías de la dependencia,5 vinculadas al antiimperialismo y los movimientos de liberación nacional, tenían su expresión teórica más sofisticada en la Escuela de los sistemas-mundo de Wallerstein y Arrighi.6 La propia ecología social anarquista de Murray Bookchin7, y más tarde los escritos de Barry Commoner,8 apuntaban a un ecologismo que necesariamente tenía que ser anticapitalista si quería tener fuerza transformadora real. En el campo más académico, la antropología ecológica de Roy Rappaport y Julian Steward9 extendía el concepto de ecología hasta convertirlo en una antropología materialista que incrustaba las formas de vida tribales y precapitalistas en los ecosistemas a los que pertenecían. También desde el campo de la antropología, aunque desde una posición mucho más ambiciosa, la contribución de Gregory Bateson Pasos hacia una ecología de la mente es fundamental para entender un texto único en su apuesta por la ecosofía como es Las tres ecologías de Félix Guattari;10 en este texto se integran las dimensiones ambientales, sociales y mentales de la ecología en un proyecto de emancipación apenas esbozado y, tristemente, no continuado tras la muerte de Guattari.

Entre mediados de los años setenta y mediados de los años ochenta aparecen una serie de trabajos pioneros que se reclaman parte de la ecología política. Aunque el término había sido utilizado en los años treinta, fue un antropólogo, Eric R. Wolf,11 quien utilizó conscientemente el término «ecología política» ya con el ecologismo convertido en un «nuevo movimiento social». En su análisis, Wolf sitúa las estructuras de propiedad capitalistas en el corazón de la ecología realmente existente y, enlazando con la tesis de su obra central Europa y la gente sin historia, vincula la entonces incipiente crisis ecológica a la sumisión colonial del planeta ante las fuerzas de la expansión capitalista. Profundizando esta visión, Michael Watts12 examinó la crisis alimentaria de la década de de los años setenta en el Sahel de África Occidental, particularmente en el norte de Nigeria. Watts, inspiración pionera para el monumental Los holocaustos de la era victoriana tardía de Mike Davis,13 argumenta que las hambrunas no son meramente desastres naturales, sino fenómenos socialmente producidos, arraigados en las estructuras políticas y económicas. Las hambrunas, en última instancia, revelan cómo la sociedad, la política y los mercados funcionan bajo presión. Los trabajos de Piers Blaikie en los años ochenta acerca de la especificidad capitalista de la degradación progresiva del suelo en el Nepal colonial completarían esta primera tanda de trabajos adscritos explícitamente a la ecología política en tanto ecología integrada en los sistemas de poder capitalistas.14

Salvo algunas excepciones,15 la ecología política ha ido perdiendo pie en unos debates cada vez más desvinculados de la política antagonista. El debate entre Green New Deal y Decrecimiento sería el punto cualitativamente más bajo y de mayor confusión en el campo que un día fue el de la ecología política materialista; a analizar sus límites se dedicará buena parte de este artículo. Sin embargo, quizá como preludio de una transformación general de la sensibilidad, en 2015 y 2016 se publicaron dos trabajos que han abierto una nueva era para el discurso de la ecología política: Capital fósil de Andreas Malm y El capitalismo en la trama de la vida de Jason W. Moore.16

Dos hipótesis bien diferentes, la de Malm cercana al determinismo energético, y la de Moore como una actualización de la tesis de los sistemas-mundo ahora convertidos en ecologías-mundo que se construyen a partir del impulso incesante del capital por apropiarse de trabajo no pagado humano y no humano. Malm enfatiza el papel de los combustibles fósiles en la acumulación de capital y en las luchas de clases, mientras Moore, que crítica con dureza la dualidad sociedad / naturaleza de origen cartesiano, propone una lectura histórica de la crisis ecológica. De alguna manera, este artículo se sitúa en las líneas trazadas por este renacer de la ecología política, con la diferencia de que aquí consideramos que ningún análisis teórico vale para gran cosa si no hay movimientos que pongan los análisis teóricos en un marco de táctica y estrategia política para la transformación.

Todos estos trabajos adscritos a la ecología política tienen en común el poner el análisis materialista en general, y el marxista en particular, dentro de la dinámica de los territorios y ecosistemas en los que se desarrollan las relaciones de producción y poder que configuran las sociedades humanas, y que, a su vez, determinan la dinámica de los ecosistemas. El enfoque de la ecología política, en su sentido quizá más indiferenciado y básico, aquel que nos recuerda que el capitalismo histórico se desenvuelve necesariamente en el medio físico y territorial, es indispensable para entender nuestro mundo político. Lo era a principios en los años setenta y en los años ochenta del siglo pasado, y lo es ahora más que nunca.

El problema de las escalas: bajar a lo global, subir a lo local

Precisamente una de las aportaciones más sólidas del ecologismo de los años setenta fue señalar una crisis global que opera por encima de las fronteras de los Estados-nación, permanentemente rediseñadas en las guerras y los pactos que de ellas se siguen. El naciente ecologismo afirmó rotundamente que los sujetos políticos que harían posible la superación de la crisis ecológica serían, nada menos, el planeta y sus criaturas.

Como se ha podido comprobar, señalar la escala necesariamente planetaria de la crisis ecológica, lejos de resolver el problema político, lo ha amplificado, dado que los humanos vivimos en un territorio dividido, fragmentado y determinado por las dinámicas de poder de los Estados-nación capitalistas. Y el problema no consiste en que no haya instituciones globales que se muevan en los parámetros de la crisis ecológica. Desde el Banco Mundial a la OCDE pasando por la Unión Europea y todas las agencias de la ONU habidas y por haber han hecho suyos los compromisos de las Cumbres de Kioto y París. Las COP anuales serían la materialización de este modelo.17

En realidad, desde el principio este tipo de foros se pensaron como extensiones de las negociaciones comerciales transnacionales, tipo GATT o OMC. No suponen el menor desafío al sistema de Estados-nación capitalistas y, por lo tanto, bajo la apariencia de una concertación de intereses, lo que estas cumbres anuales han creado es un mecanismo de legitimación para la reproducción capitalista bajo una capa de intervención «realista». Sin duda, los informes del IPCC vinculados a estas cumbres han difundido lo mejor de la ciencia del clima y han tenido un enorme impacto a la hora de construir simbólicamente el objeto «cambio climático» como un conglomerado de efectos geofísicos relacionados entre sí a escala global. Pero en la medida en que estos mismos informes han servido para legitimar la transición al capitalismo verde global, han quedado desactivados en su potencia política. La consecuencia es que los informes del IPCC son inmejorables en lo que respecta a la descripción empírica de las consecuencias del «cambio climático», pero poco o nada tienen que decir con respecto a sus causas. El incremento constante de los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera es una consecuencia de causas sistémicas mucho más profundas que la simple afirmación trivial e inoperante de su origen «humano».

A pesar del rotundo fracaso de todos los dispositivos políticos globales diseñados al efecto de intervenir sobre la crisis ecológica, las COP serían el mejor ejemplo de fracaso, muy especialmente sobre la crisis climática. La crisis ecológica no es menos global de lo que lo era cuando emergió el movimiento ecologista, de hecho, a la manera dialéctica, si la conciencia de la crisis forma parte de la propia crisis, nos encontramos en un momento incomparablemente más global de la crisis que en el largo ‘68 del siglo pasado. Y, sin embargo, en ninguna de las corrientes del ecologismo político encontramos nada cercano a una estrategia de la escala y la ambición necesaria para afrontar la crisis ecológica global, incrementada en sus efectos visibles por el acelerador del cambio climático.

A modo de disclaimer, es importante especificar que las luchas ecologistas locales, las luchas concretas en un territorio concreto, no entran en este ámbito crítico. No porque no tengan importancia, que tienen mucha, sino porque, exitosas o no, no plantean un discurso de conjunto que pueda servir como guía estratégica global (cosa que tampoco es su cometido). Las luchas concretas contra tal o cual afección capitalista a un territorio concreto no son, per se, extrapolables a la construcción de un discurso antagonista global, de hecho en muchos casos son tan específicas como el territorio en el que se desarrollan.

El ejemplo más visible y desarrollado de luchas territoriales vertebradas es Soulèvements de la Terre en Francia. Nacido en 2021 como forma de escalar el conflicto por la construcción del aeropuerto de Nantes sostenido por la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, este colectivo recombinante de otras luchas sería un verdadero ejemplo de luchas ecologistas organizadas a partir de una alianza entre movimiento ecologista y agricultura politizada. El problema que dificulta la extensión de este modelo es que no existe una capa de agricultores politizados más allá de Francia. El conflicto de los agricultores no conformes con el control capitalista de la producción, ahora enmarcados en la Confédération Paysanne pero con origen en la particular transición francesa al capitalismo, ha hecho que este proceso de desmantelamiento de la agricultura tradicional haya sido en Francia mucho más problemático que en otros lugares.18

Evidentemente, la existencia de un frente de lucha agrícola abierto facilita el que las distintas oleadas de luchas por el territorio se enganchen a él para escalar el conflicto ecosocial. Allí donde esa historia de luchas agrícolas no existe, tampoco existe un enganche inmediato en el territorio que permita a los movimientos establecer alianzas tácticas y estratégicas de cierta solidez para ir más allá de las resistencias concretas y puntuales.19 En resumen, lejos de menospreciar el poder transformador local de estas experiencias de lucha territorial, lo que hoy no existe, y se necesita, es un hilo conductor que las haga replicables, adaptables y comunicables entre sí.

El Green New Deal y la perspectiva de la «gestión planetaria»

Este es un fragmento del artículo original; descárgalo completo aquí.

  1. Las leyes conservacionistas y antipolución de California, la Wilderness Act (1964) y la ley federal Clean Air Act (1963) proceden directamente de los movimientos ecologistas californianos de primera hora. El vertido de petróleo en Santa Barbara, cerca de Los Angeles, fue la base para la California Environmental Quality Act de 1970. También en los años sesenta, los movimientos urbanos contra el desarrollo inmobiliario de la bahía de San Francisco lograron la creación en 1965 de la San Francisco Bay Conservation and Development Commission (BCDC) un primer experimento de planificación territorial con criterios ecológicos. ↩︎
  2. En palabras del propio Murray Bookchin ya en los años setenta en la publicación del Instituto de Ecología Social de Vermont: «No considero a las personas como un cáncer para el planeta; el verdadero cáncer que aflige al planeta es el capitalismo y la jerarquía. No creo que podamos contar con oraciones, rituales y buenas vibras para eliminar este cáncer; creo que tenemos que combatirlo con todo el poder que tengamos»; véase Dave Foreman y Murray Bookchin, Defending the Earth: A Debate, Montreal / Nueva York, Black Rose Books, disponible online en https://theanarchistlibrary.org/library/murray-bookchin-and-dave-foreman-defending-the-earth-a-debate#toc10 ↩︎
  3. Para hacerse una idea de los principios políticos de Die Grüne baste citar que su Congreso de Karlsruhe en 1980 establecía cuatro pilares para su acción política: a) Sabiduría ecológica; b) Democracia de base; c) Justicia social; y d) No violencia. ↩︎
  4. Si hay que buscar las influencias intelectuales profundas de Die Grüne se pueden encontrar en los escritos de Gunther Anders. Anders argumentaba que la humanidad sufre una desajuste fundamental, la «fractura prometeica»: nuestra capacidad tecnológica para crear y destruir (por ejemplo, armas nucleares) ha superado con creces nuestra capacidad emocional e imaginativa para comprender las consecuencias de nuestras acciones. Según Anders, somos capaces de imaginar el fin del mundo pero no los más simples pasos para prevenirlo. G. Anders, La obsolescencia del hombre. Vol. I: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial, Valencia, Pre-Textos, 2011. ↩︎
  5. Dentro de una gama bastante variada de posiciones, el enfoque de la dependencia enfatizaba el drenaje constante de valor de la periferia al centro del sistema capitalista. La desvalorización de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales y energéticos de las colonias se señalaba en todos los casos como manifestación de este drenaje continuo de valor. Algunos títulos son S. Amin, La acumulación a escala mundial. Crítica de la teoría del subdesarrollo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2020 [1970]; W. Rodney, Cómo Europa subdesarrolló a África, México DF, Siglo XXI Editores, 2021 [1972]; E. Williams, Capitalismo y esclavitud, Madrid, Traficantes de Sueños, 2011 [1944]; R. M. Marini, Dialéctica de la dependencia, México DF, Era, 1973. ↩︎
  6. G. Arrighi, The Geometry of Imperialism: The Limits of Hobson’s Paradigm, Londres, NLB, 1978; I. Wallerstein, El capitalismo histórico, México DF, Siglo XXI Editores, 1988. ↩︎
  7. M. Bookchin, La ecología de la libertad: El surgimiento y la disolución de la jerarquía, Madrid, Capitán Swing, 2021 [1984]. ↩︎
  8. B. Commoner, El círculo que se cierra: Naturaleza, hombre y tecnología, Barcelona, Plaza & Janés, 1972. ↩︎
  9. R. Rappaport, Cerdos para los antepasados: El ritual en la ecología de un pueblo en Nueva Guinea, Madrid, Siglo XXI Editores, 2007 [1968]; J. Steward, Teoría del cambio cultural: La metodología de la evolución multilineal, Urbana, Universidad de Illinois, 1955. ↩︎
  10. G. Bateson, Pasos hacia una ecología de la mente: Una aproximación revolucionaria a la autocomprensión del hombre, Buenos Aires, Editorial Lumen, 2006; F. Guattari Las tres ecologías, Valencia, Pre-Textos, 1996. ↩︎
  11. E. R. Wolf, «Ownership and Political Ecology», Anthropological Quarterly, vol. 45, núm. 3, 1972, pp. 201-205. ↩︎
  12. M. J. Watts, Silent Violence: Food, Famine, and Peasantry in Northern Nigeria, Athens, University of Georgia Press, 1983. ↩︎
  13. M. Davis, Los holocaustos de la era victoriana tardía: el Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo, Valencia, PUV, 2006. ↩︎
  14. P. Blaikie, The Political Economy of Soil Erosion in Developing Countries, Londres, Longman, 1985. ↩︎
  15. Habría que citar aquí los trabajos de Joan Martínez Alier en el desarrollo del concepto de «ecologismo de los pobres». Estos trabajos, aunque lastrados por el maltusianismo declarado del autor y completamente centrados en las comunidades tradicionales del Sur global, al menos intentan dar una dimensión de clase y antagonista a la ecología política.J. Martínez Alier, El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración, Barcelona, Icaria, 2005 (6ª ed., 2021). ↩︎
  16. A. Malm, Capital fósil: El auge del vapor y las raíces del calentamiento global, Madrid, Capitán Swing, 2020 [2016]; J. W. Moore, El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital, Madrid, Traficantes de Sueños, 2020 [2015]. ↩︎
  17. Las COP (Conferencia de las Partes) son las cumbres anuales de la ONU que se celebran desde 1995 donde casi todos los países del mundo se reúnen para negociar compromisos para detener el cambio climático. Las más célebres serían la COP3 de Kioto de 1993 en la que se alcanzaron los Acuerdos de Kioto por los que los países «desarrollados» se comprometían a reducir sus emisiones de CO2 y la COP21 de París en 2015, donde se sitúa el objetivo de limitar el calentamiento global a 2° por encima de los niveles preindustriales. En realidad los 2° deberían no ser más de 1,5° según los propios criterios de las COP. Según las proyecciones de la COP, de aquí a 2030 habría que reducir un 45 % las emisiones de GEI para estar en algún camino remotamente cercano al límite de los 2° de calentamiento para 2100. Los escenarios del IPCC, dependientes de las COP, manejan que una continuación de las tendencias actuales (business-as-usual) supondría un calentamiento de una horquilla entre 2,6° y 4,8° por encima de los niveles preindustriales. ↩︎
  18. Un buen ejemplo de la idiosincrasia francesa sería la trayectoria del líder carismático de la Confédération Paysanne, José Bové: objetor de conciencia, formado en Berkeley, en los años setenta se lanza a la lucha política contra el agribusiness en el Midi francés y en 1987, diez años después, fruto de esas mismas luchas, funda el sindicato agrícola rebelde. ↩︎
  19. Las luchas poco menos que heroicas contra la ganadería intensiva, en concreto, contra las macrogranjas en Castilla La Mancha, promovidas por una capa de propietarios agrícolas neocaciquiles, surgidos directamente del franquismo y refrendados por las subvenciones de la PAC, dan fe de esta diferencia con contextos donde al menos una capa de la población agrícola está poco menos que en permanente estado de movilización desde hace doscientos años, como es el caso de Francia. Plataformas como la Coordinadora Stop Ganadería Industrial en Toledo o Pueblos Vivos en Cuenca han mantenido una lucha constante en pueblos como Polán o Retamoso de la Jara en Toledo y Priego en Cuenca. Esta lucha ha estado en buena medida desatendida por algunas organizaciones ecologistas, que parecen priorizar enviar personas a las COP antes que hacer causa política central de la lucha contra las macrogranjas. ↩︎

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