Internacionalismo más allá del antiimperialismo

por | Sep 9, 2026 | Análisis, Mundo

Frente al campismo que ve en todo adversario de EEUU un bastión del antiimperialismo, es preciso situarse en cada contexto en el punto de vista de quienes luchan contra el capitalismo, nunca en el de sus opresores. Un internacionalismo desde abajo ordena sus prioridades a partir de los procesos de lucha reales, no desde la geopolítica mundial.

Publicamos el texto introductorio al debate «Internacionalismo desde abajo» del encuentro Communia 2026, organizado por la Fundación de los Comunes. La crítica al campismo, el análisis del derrotismo revolucionario y del defensismo revolucionario y la apuesta por un internacionalismo desde abajo tienen mucho que aportar a los debates actuales; por ejemplo, a la reacción ante el manifiesto en apoyo a los prisioneros políticos iraníes que una serie de activistas e intelectuales publicó en The Guardian.


Para rebeldes de todas las épocas, la cuestión de la guerra se ha presentado de la mano de la cuestión de la revolución o, al menos, del conflicto social. Cómo convertir la guerra en una crisis de régimen y/o en una oportunidad revolucionaria ha sido algo discutido acaloradamente por militantes de cada momento histórico. La cuestión del internacionalismo y su traducción a orientaciones prácticas concretas ha sido una parte fundamental de estos debates.

La guerra franco-prusiana de 1870 acaba por conducir a la vibrante declaración de la Comuna de París en marzo de 1871. La implicación de la Rusia zarista en la I Guerra Mundial termina con la toma del Palacio de Invierno en 1917 por los bolcheviques, que convierten la participación rusa en la Gran Guerra en una guerra civil revolucionaria que ganan. En 1936, con peor fortuna, se solapan en el Estado español —especialmente en Aragón y Cataluña— la revolución social y la Guerra Civil. La conflictividad obrera alcanza una de sus cotas históricas más altas tras la II Guerra Mundial. Las movilizaciones propiciadas por la Guerra de Independencia de Argelia y la oposición a la Guerra de Vietnam se encuentran entre los precedentes más inmediatos y claros del ciclo de revueltas mundial que nombramos como «1968». La lista, por supuesto, podría ser mucho más larga.

Hay que tener en cuenta, además, que la guerra es uno de los mecanismos por los cuales el capitalismo se regula internamente. No es algo excepcional ni un síntoma de su disfunción, sino una parte fundamental de su modo de existencia. Se da en forma de guerra de clase —desde las guerras contra el campesinado que sientan las bases para los primeros ciclos históricos de acumulación—, en forma de guerra colonial y/o de apropiación, en forma de guerra civil, como conflicto entre Estados en competencia por recursos o mercados estratégicos, tal y como analiza Maurizio Lazzarato en Guerras y capital. Sirven para reorganizar el mapa del mundo cuando es necesario, para reestructurar la división mundial del trabajo, para consolidar o disputar hegemonías mundiales o regionales y, de forma general, para asentar unas determinadas condiciones de reproducción del capital.

No es de extrañar que en el contexto actual de escalada bélica global, donde los conflictos armados se multiplican y las hostilidades entre potencias mundiales son cada vez más explícitas, haya vuelto a emerger el debate en torno al internacionalismo entre quienes percibimos este mundo como insostenible.

El genocidio en Gaza activó el ciclo de protestas mundial más intenso de los últimos lustros

El genocidio en Gaza activó el ciclo de protestas mundial más intenso de los últimos lustros. Aunque careció de grandes niveles de coordinación, las movilizaciones en solidaridad con Palestina son muestra de una fuerza internacional que existe, pero que está aún por componer. En su momento más álgido, que resucitó niveles de radicalidad y desobediencia callejera que hacía tiempo que no se veían en países como España e Italia, las movilizaciones fueron desactivadas por el despreciable «plan de paz» presentado por Trump. Tras ello, el conflicto ha entrado en otra fase y el genocidio ha continuado con una intensidad menor. Los resultados de las movilizaciones muestran, por un lado, que existió la fuerza internacional suficiente como para forzar a las élites a tomar decisiones que desescalaran la masacre perpetrada por Israel y, por otro, que no existe aún la fuerza suficiente como para que las fuerzas emancipadoras impongamos medidas que podamos considerar satisfactorias. Entre una cosa y la otra hay un camino por recorrer.

Si la solidaridad con Palestina fue lo que desencadenó un proceso mundial de movilizaciones, ha sido el ataque de EEUU-Israel a Irán y las posiciones a tomar al respecto lo que ha activado con más intensidad el debate acerca del internacionalismo, por lo menos en nuestro contexto más próximo. La naturaleza imperialista de la agresión a Irán ha inscrito el debate dentro de ese marco. Se le ha quitado el polvo a los viejos análisis sobre el imperialismo del siglo pasado y se los ha puesto a funcionar con mayor o menor fortuna, en ocasiones con escasos esfuerzos por renovarlos de un modo acorde al mundo contemporáneo.

La intención de este texto es doble. En un primer momento, a partir del caso de la Guerra de Irán, discutiremos la posición campista. Tras ello, se tratará de situar el debate del internacionalismo más allá de la sola cuestión de la oposición al imperialismo, en la que actualmente se encuentra en gran medida encapsulado.

El campismo y el caso de Irán

La posición campista, propia de las agrupaciones comunistas más tradicionales (y nostálgicas, por qué no decirlo), vive en un presente ilusorio en el que el telón de acero sigue en pie, como el de la protagonista de Good Bye, Lenin!. Todo adversario de EEUU es comprendido automáticamente como un bastión del antiimperialismo —y, por extensión, como una trinchera a salvo de lo peor del capitalismo—. Este antiimperialismo rescata la lógica de bloques de la Guerra Fría y la aplica al mundo actual de modo similar a como se aplicaba entonces, aunque sorprendentemente parece que haya que evidenciar que, al otro lado de los yanquis, no hay hoy ningún bloque socialista.

No se defiende en este texto que todos los bandos sean iguales, ni que no existan distintos ejes de Estados en colisión con intereses contrapuestos. Pero habría que ser cautos a la hora de resucitar una lógica de bloques tan marcada como la de antaño: primero, porque no vivimos en la división en bloques del siglo XX y, segundo, porque invisibiliza —cuando no subyuga— las tendencias potencialmente transformadoras que se dan en el interior de cada supuesto bloque o país, precisamente protagonizadas por los que querríamos que fueran nuestros aliados.

Habría que ser cautos a la hora de resucitar una lógica de bloques porque invisibiliza las tendencias potencialmente transformadoras que se dan en el interior de cada supuesto país

En primer lugar, la postura campista no toma nota de las nuevas interrelaciones e interdependencias entre los polos hegemónicos —y sus países asociados— ni de la preeminencia de las finanzas a nivel global; igual que no tiene en cuenta la ola reaccionaria de muchos países antes «no alineados», en especial después de las Primaveras Árabes. Solo como ejemplo, el grado de integración de la economía global hoy es mucho mayor que a principios del siglo XX, cuando se elaboraron las primeras teorías sistemáticas sobre el imperialismo. Como argumenta William I. Robinson, la economía mundial —lo cual incluye a EEUU— es sumamente dependiente de China, que ha garantizado una mano de obra barata y relativamente controlada a los capitales occidentales que han externalizado allí una gran porción de su producción. Pero la dependencia recíproca de ambos bloques va en nuestros días más allá de esta externalización a Asia: en las dos primeras décadas del siglo XXI, China ha pasado a liderar su propia «oleada de inversión extranjera directa hacia países tanto del Sur como del Norte Global», con participaciones importantes en agentes financieros estadounidenses clave como BlackRock.

En segundo lugar, este campismo, en su formulación más extrema y cutre, es totalmente ciego a los procesos de lucha que se dan en países en conflicto con el bloque imperialista occidental. De hecho, el esquema de bloques parece servir también a los señores de la guerra de ambos lados, que en su propaganda bélica se retratan como «el último estandarte de la libertad», que «lucha fieramente contra un adversario fascista y autoritario», etc. Mientras, Trump y Putin, cabezas más visibles de ambos bloques, se reparten las tierras raras de Ucrania.

Nos centraremos, para demostrar este punto y sus más que peligrosas consecuencias para las luchas emancipadoras, en Irán: detrás del intenso ciclo de revueltas que ha vivido el país desde 2022 a este 2026, el campismo solo ve injerencias externas contra el régimen y a los hilos de la CIA que marcan los ritmos del conflicto interno.

En Irán, la retórica antiimperialista ha sido cooptada por el gobierno para reprimir y silenciar la disidencia interna

La realidad interna de Irán es mucho más compleja de lo que el campismo imagina o quiere hacer ver. La actual República Islámica se consolidó tras la Revolución de 1979 —la cual derrocó al régimen capitalista y dictatorial del Sha, apoyado por Occidente— mediante una contrarrevolución interna que reprimió con dureza a las fuerzas de izquierda, los consejos obreros y las minorías nacionales. El régimen de los ayatolás, desde su inicio, ha estado constantemente tensionado por fuertes periodos de movilizaciones en su contra, que son los verdaderos herederos de la revolución del 79. Desde entonces, la retórica antiimperialista ha sido cooptada por el gobierno para reprimir y silenciar la disidencia interna. Justamente eso es lo que ha ocurrido en el reciente ciclo de protestas en Irán entre 2022 y 2026 —que, en realidad, podríamos retrotraer a 2017, cuando estallan protestas contra las políticas neoliberales del régimen—, que representa una de las movilizaciones populares más profundas de su historia reciente, marcada tanto por su inmenso potencial destituyente como por la brutal y compleja contrarrevolución que, por el momento, ha sofocado las revueltas.

El asesinato a manos de la policía de la joven kurda Jina Amini desencadenó en 2022 un momento revolucionario bajo el lema Jin, Jiyan, Azadî (Mujer, Vida, Libertad), que abrió en Irán la posibilidad de construir un horizonte revolucionario popular y feminista opuesto a la arquitectura de poder del Estado autoritario iraní. La brutal represión estatal —hasta las cifras dadas por el propio Gobierno iraní contaban por miles los muertos en las protestas de los pasados diciembre y enero—, por un lado, y el intento de instrumentalización del movimiento por parte de la diáspora monárquica, por otro, fueron los mayores obstáculos para el movimiento.

Tras ello, las energías revolucionarias no se han disipado: se han trasladado a los centros de producción. En Irán existe un movimiento obrero fuerte e independiente que, pese a la represión que dificulta las condiciones para la organización, ha sido capaz en los últimos años de convocar huelgas y protestas y de organizar comités obreros a lo largo del territorio. Destacan los comités de huelga en el sector del petróleo, el Sindicato de Trabajadores de la Compañía de Autobuses de Teherán, una importante tradición consejista de organización obrera en el complejo industrial azucarero de Haft Tappeh, las organizaciones de jubilados, las huelgas de docentes o los Comités Autónomos del Acero de Ahvaz (INSIG). Todas estas agrupaciones han jugado un papel importante en los últimos ciclos de protestas, organizadas en ocasiones en condiciones de semiclandestinidad, y se enfrentan a penas de prisión y represión violenta. Un lema compartido es «Muerte al opresor, sea el Sha o el Líder Supremo».

Finalmente, en 2025 y 2026 las calles recuperaron gran explosividad y las protestas salvajes se extendieron contra el régimen en más de 200 ciudades del país. Estas protestas, que alcanzaron su punto álgido el pasado mes de enero, fueron brutalmente reprimidas, y se encuentran en un momento de repliegue acentuado por la agresión de EEUU-Israel en el mes de marzo.

En medio de este contexto tan convulso, por momentos prerrevolucionario, es cuando se produce la agresión de EEUU e Israel a Irán. Es aquí donde merece la pena detenerse en otras formulaciones del antiimperialismo que se han sacado a relucir recientemente.

El Movimiento Socialista (MS), siguiendo los dictámenes de la tradición leninista, ha optado por recuperar el derrotismo revolucionario como apuesta estratégica. Para quienes luchan dentro del seno de un bloque imperialista hegemónico inmerso en una guerra, el derrotismo revolucionario, que acertadamente entiende que «el enemigo está en casa», invita a trabajar por la derrota del propio bloque —en nuestro caso, el llamado bloque atlántico, capitaneado por EEUU y la OTAN—. La lucha de clases se orientaría al boicot de cualquier esfuerzo guerrero, a la lucha contra los recortes en gasto social para financiar la guerra, a la promoción de la salida de nuestros Estados de la OTAN y a su disolución, y a la generación de espacios de organización y movilización amplios que compartan estrategias comunes contra la escalada bélica. Todo ello, en última instancia, para contribuir a la derrota en la guerra de nuestro bloque y para provocar una crisis interna lo más costosa posible para sus Estados —lo cual abriría una ventana de posibilidad para rupturas sociales de calado—. Un ejemplo claro de un uso exitoso de esta estrategia fueron las movilizaciones contra la Guerra de Vietnam, que resultaron decisivas a la hora de consolidar la derrota estadounidense y la crisis interna que eso abrió en su gobierno.

Si bien se pueden compartir estas líneas generales sobre el derrotismo revolucionario, el desarrollo que desde el MS se ha ofrecido para esta propuesta estratégica trae problemas importantes. Alguno de sus voceros se ha permitido incluso darle consejos al proletariado iraní y promocionar para su caso el defensismo revolucionario. La argumentación recogida en el artículo de Mario Aguiriano «La lucha contra el imperialismo: por un derrotismo a escala de nuestro bloque», publicado en el Diario Socialista, dice así:

«En consonancia con la vieja doctrina bolchevique, sabemos que incluso bajo un liderazgo reaccionario, los países que enfrentan una agresión imperialista libran una guerra progresista. Se impone, en esos casos, un modelo de defensismo revolucionario donde la resistencia está vinculada con seguir enunciando los objetivos comunistas, tratando de desarrollar y ampliar su independencia —»por embrionaria que sea», según la formulación de Lenin— y poniendo sobre la mesa demandas de clase.”

¡Se nos ha colado el campismo por la puerta de atrás! El pensamiento dialéctico del viejo marxismo es sustituido por un pensamiento dicotómico: si unos —los yanquis— son reaccionarios, pues los otros —el régimen de los ayatolás— libran «guerras progresistas» —¿no chirría el término solo con decirlo en alto?—. Parece evidente que se podría hilar un poco más fino.

En un ensayo más largo de otro militante del MS, «Imperialismo: teoría, coyuntura e internacionalismo», de Jorge Seijo, publicado en Marx XXI, vol. 5, una aproximación rigurosa y recomendable a las teorías del imperialismo, se hace un trabajo de argumentación minucioso y se previene justamente contra afirmaciones como las que acabamos de citar: «Ahí se abre la puerta al campismo: si todo enemigo del imperialismo occidental es progresivo por definición, la independencia proletaria queda sacrificada en nombre de la geopolítica». Sorprende que, pese a contener argumentaciones como esta, poco después el autor acabe por sostener lo mismo que su compañero sobre la estrategia a seguir en los dos lados de la guerra de Irán: derrotismo aquí, defensismo allí.

Vamos por partes. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní no es el Vietcong, por mucho que se enfrente también a EEUU. Nos interesa hacer política de parte, no geopolítica: el régimen iraní no puede ocupar una posición progresista solo por defenderse de EEUU mientras siga oprimiendo y reprimiendo al proletariado iraní —que, hemos visto, es un proletariado con capacidad de defenderse y de sostener organizaciones y movilizaciones independientes, opuestas a su régimen; no se trata de algo «embrionario»—. Si mantenemos pretensiones internacionalistas, en ningún caso, ni tácticamente, podremos alinearnos con un Irán que no ha dudado nunca en someter al pueblo kurdo y que ha desoído continuamente sus reclamos de soberanía y autonomía. En cada contexto es preciso situarse en el punto de vista de quienes luchan contra el capitalismo, nunca en el punto de vista de sus opresores. ¿Tiene sentido pedirle al pueblo iraní que resista y sacrifique sus vidas en favor de un régimen que no ha dudado en asesinar a miles de personas durante las protestas recientes?

La guerra, más aún su victoria en la misma, es funcional al régimen iraní: contribuye a su cohesión interna y legitima al régimen y a la represión de sus disidencias. Ya durante la Guerra Irán-Irak en los años ochenta el Líder Supremo advertía: «La guerra es una bendición para la República Islámica de Irán». No cabe afirmar que la defensa del régimen autoritario de Irán frente a EEUU cumple una función progresista, donde el pueblo iraní debería optar por resistir la agresión, codo con codo con las fuerzas reaccionarias de su país, contentándose con «enunciar objetivos comunistas» contra las mismas.

En la práctica, el defensismo revolucionario es una orientación estratégica imposible de seguir sin caer en despropósitos

Ganar la guerra, luchar contra el régimen: una cosa subordina necesariamente a la otra, y en el caso del defensismo revolucionario que estos campismos sutiles requieren a las organizaciones militantes iraníes, esto implicaría luchar en la guerra antes que continuar con la lucha de clases en su país. Esta postura recuerda peligrosamente a la consigna del PCE durante la Guerra Civil española: «primero ganar la guerra, luego hacer la revolución». Ya sabemos que esta posición subordinó el proyecto de emancipación de la clase a las necesidades tácticas y militares de un Estado capitalista ajeno a la revolución social; sirvió del mismo modo a la represión contra anarquistas y militantes del POUM. En la práctica, el defensismo revolucionario es una orientación estratégica imposible de seguir sin caer en despropósitos como este, y todavía más bajo regímenes autoritarios como el de Irán. Esta postura es además completamente insensible a procesos mucho más interesantes que se pueden dar en el seno de Irán —y de todo país en guerra— respecto a la guerra, como pueden ser la deserción o el boicot a los esfuerzos guerreros del régimen, en pos de debilitarlo.

Las organizaciones independientes de Irán, como es de esperar, no ven ningún progresismo en el conflicto bélico. Una declaración conjunta de varias organizaciones obreras durante la llamada Guerra de los 12 Días del pasado año es inequívoca a este respecto: «Los trabajadores iraníes —obreros, profesores, enfermeros, jubilados y otros asalariados— nunca han tenido ni tendrán ningún interés en la guerra, la expansión del militarismo, el bombardeo del país y las políticas autoritarias y de explotación. […] No a la guerra, no a las políticas belicistas. El cese inmediato del fuego es nuestra reivindicación inmediata».

Mucho más interesantes y provechosas que estas perspectivas campistas son análisis como los de Somayeh Rostampour, militante internacionalista kurda de Irán, autora del artículo «Iran between Repression, Co-optation, and War: Three Waves of Counterrevolution», en el que se basan los siguientes párrafos. Desde el punto de vista de las luchas en curso, entiende la represión perpetrada por Irán y la agresión de EEUU-Israel como parte del mismo proceso contrarrevolucionario que ha debilitado el movimiento insurgente iraní.

En Irán, la fuerte represión ha debilitado al movimiento contra el régimen y el vacío producido por esto ha facilitado que la gente abrace soluciones reaccionarias

Para ella, un círculo vicioso ha clausurado provisionalmente las perspectivas emancipadoras en Irán, palpables en el ambiente hasta hace bien poco: la fuerte represión ha debilitado al movimiento contra el régimen y el vacío producido por esto ha facilitado que la gente abrace soluciones reaccionarias que vienen de fuera —es decir, la represión por parte del régimen ha favorecido que muchas personas perciban como positiva la intervención estadounidense o la restitución de la monarquía del Sha—. Así, desde el punto de vista de las luchas, la represión de la República Islámica, el intento de cooptación del movimiento por parte de reformistas y monarquistas y la infame agresión estadounidense se ven como distintos momentos de una misma secuencia histórica que ha propiciado la clausura temporal del horizonte emancipatorio.

Precisamente, Somayeh Rostampour invita a entender el momento actual en Irán como la confrontación de dos horizontes. «El primero, abierto por el movimiento Jin, Jiyan, Azadî, es un horizonte emancipatorio basado en la justicia social, la pluralidad y la transformación desde abajo. El segundo es un horizonte contrarrevolucionario que toma diferentes formas —teocrática, reformista, campista, militarizada, imperial—». Este prisma es mucho más pertinente que el campista, porque nos ayuda a ordenar las prioridades de otra manera. Visto así, la derrota del bloque atlántico no pasa por la defensa del régimen islamofascista de Irán —ni siquiera tácticamente, mientras se hace «propaganda comunista», como invita a pensar el citado artículo del militante del MS—. El análisis de Rostampour es afín a los posicionamientos que las propias clases subalternas organizadas de Irán han emitido, no las desoye y permite establecer con ellas relaciones de solidaridad no abstractas, sino basadas en sus necesidades reales. En el caso específico iraní, esta manera de entender el conflicto nos enseña que el futuro de sus luchas depende de la capacidad que se tenga para preservar su autonomía.

Si quisiéramos seguir usando la jerga leninista, podríamos concluir esta parte con que una estrategia a la altura de este conflicto, alineada con los procesos de lucha que se dan en su marco, defendería un derrotismo revolucionario a ambos lados de la guerra. Es preciso que esta guerra termine cuanto antes, con el menor número de muertos posible. La escalada bélica no favorece al proletariado en ningún lugar del mundo. Un derrotismo revolucionario aplicado a todos los bandos buscaría que todas las élites paguen un precio alto por llevar a sus pueblos a morir al frente y trabajaría para que el saldo político fuera terrible tanto para los gobiernos occidentales como para el régimen iraní, forzando crisis en cada régimen si se ofrece la ocasión. Tal sería la posición de un internacionalismo desde abajo, antibelicista y no campista.

Más allá del antiimperialismo

Mantener la discusión acerca del internacionalismo dentro del plano exclusivo del antiimperialismo es un riesgo. Ya hemos visto cómo hasta posicionamientos pretendidamente elaborados acaban por caer con facilidad en trampas campistas y por resucitar viejas orientaciones prácticas en un mundo que no les corresponde. La verdad más elemental del internacionalismo es la siguiente: al capitalismo solo se le podrá vencer en un plano global, nunca en una sola nación. Por ello es preciso articular las luchas a esa escala —las élites ya están organizadas como clase capitalista transnacional— y comprender el capitalismo como un sistema mundial, donde tienen que ser enmarcados los conflictos que activamos y las crisis que en muchas ocasiones los desencadenan.

1. Para una transformación global, tendremos que ser miles los lugares de lucha; por ello, la primera tarea internacionalista es promover la subversión en cada territorio y estar conectados para poder actuar de forma conjunta. Para sumarnos a momentos de lucha globales en crisis o guerras, o a las olas de insurrección iniciadas en otros lugares, tendremos que tener estructuras fuertes propias que multipliquen los lugares de conflicto. Los obreros de los años sesenta proclamaban «Vietnam está en nuestras fábricas» y con ello hacían ver que su lucha contra el capitalismo en los centros de trabajo estaba interconectada con los esfuerzos de las guerrillas en Vietnam: luchaban por Vietnam desde las cadenas de montaje. Probablemente el movimiento de las plazas tuvo importantes efectos porque ocupó el territorio de forma duradera en las ciudades y sumó apoyos masivos en cada país; es necesario alterar la materialidad, el poder efectivo, en el territorio. Las luchas contra el ICE han sido un ejemplo de autoorganización comunitaria y vínculo interurbano e internacional: las prácticas desarrolladas provenían de luchas anteriores, en Minneapolis en particular de las luchas de Black Lives Matter, pero también de técnicas implementadas por los migrantes en California durante la pandemia. Muchas de nosotras vivimos en ciudades y el mando del capitalismo mundial actual está en nuestras ciudades globales: son una de las líneas de frente más importantes de la actualidad. ¿Cuánto poder efectivo estamos construyendo ahí? ¿Podemos alinearlo con otras luchas —tenemos esas redes hechas—?

2. Las guerras son, sin duda, una de las expresiones más cruentas del capitalismo. Consecuencia en muchos casos de crisis y necesidades de reestructuración del capital, organizarse contra ellas es organizarse contra el sistema que las genera. Pero no son la única expresión conflictiva de los desarrollos y crisis del capitalismo global. Estamos viendo ya, y veremos más en el futuro, movimientos migratorios masivos provocados por el colapso de determinadas economías regionales o por los estragos ya muy palpables del cambio climático, acompañados de un refuerzo de las fronteras en las naciones ricas. Existe un proceso global de reforzamiento autoritario de los Estados causado, en parte, por la crisis generalizada de rentabilidad y la necesidad de disciplinar a las fuerzas de trabajo y a la población mundial sobrante para el capital.

Nuestra posición en el Norte global nos coloca en una lucha clara contra los intentos del capital de explotar a una fuerza de trabajo en sus países

Nuestra posición en el Norte global nos coloca en una lucha clara contra los intentos del capital de explotar a una fuerza de trabajo en sus países o en el centro global a través del régimen de frontera. Como señala el manifiesto de la red internacionalista «Los pueblos quieren», un internacionalismo desde abajo contemporáneo deberá prestar atención, entender y acompañar procesos de diáspora, migración, deserción y exilio. Así, la frontera, entendida no solo como lugar físico sino como régimen total —que vemos expresarse tanto en los límites territoriales de nuestros Estados como en redadas racistas en nuestras ciudades—, es una de las principales líneas de frente que se dibujan hoy para luchar contra el capitalismo mundial. Tal y como defiende la Agencia Europea Antifronteras, es necesario interrumpir el orden de frontera y luchar por su abolición. Las redadas del ICE en las metrópolis estadounidenses son una avanzadilla de lo que podemos esperar ver pronto en Europa. La organización comunitaria contra ellas y la alianza entre «nacionales» y «migrantes» contra el cierre nativista de EEUU son un ejemplo crucial de una lucha que puede leerse en clave internacionalista efectuada en uno de los centros del imperio.

Se trata, en suma, de componer un frente común, de parte, capaz de activar conflictos contra el capitalismo tanto en clave local como internacional. Como señala Isidro López: «El conflicto que se perfila como fundamental en los próximos decenios no se formula como le gustaría a la izquierda: no es antifascismo contra fascismo, ni antimperialismo contra imperialismo, ni siquiera un conflicto entre izquierda y derecha. Es un conflicto entre el cierre nativista a partir del reforzamiento del Estado-nación atrincherado y quienes queremos superar ese marco por arriba y por abajo, generando nuevas asociaciones entre entidades políticas no necesariamente nacionales». El ciclo mundial de movilizaciones por Palestina dio señas de ese proceso de composición aún por elaborar. Por un lado, hubo una respuesta transnacional potente al genocidio en Gaza. Por otro, en Estados como el nuestro salimos a la calle junto con población migrante, especialmente la árabe y magrebí, en un cruce que hasta el momento sigue sin ser frecuente.

3. Por último, para construir esos espacios de vinculación y lucha a nivel transnacional, por banal que suene, no basta con acoger y acompañar. Es igualmente necesario recuperar la tradición del viaje y el intercambio internacional dentro de nuestras organizaciones militantes: conocer otros contextos y formas de hacer, intercambiar experiencias, ponerse cara, compartir espacios de discusión… Es el paso imprescindible para construir la confianza política necesaria para empezar a pensar juntas y poner en común recursos e infraestructuras, un elemento fundamental del internacionalismo, tal y como destaca la red «Los pueblos quieren».

Lo que más impresionó a Marx de la Comuna de París fue «su propia existencia práctica», tal y como expresa en La guerra civil en Francia, circular enviada al resto de miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores. La Comuna de París no tendría la importancia histórica que hoy tiene para nosotrxs si esta «existencia práctica», sus ideas y la experiencia vivida no se hubieran esparcido a lo largo de naciones a través de textos y, sobre todo, de las personas que participaron de ella. Lo mismo ocurre con las experiencias revolucionarias más potentes de las últimas décadas: zapatistas y kurdos han puesto un enorme empeño no solo en dar a conocer sus realidades, sino en aproximarse a otras y comprenderlas. Lo mismo se aplica a nuestros contextos, por pequeños y modestos que nos puedan parecer.


Esperamos que sirvan estas notas para profundizar en el debate sobre el internacionalismo desde abajo, para superar las posiciones internacionalistas antiimperialistas clásicas y apuntar caminos actuales de desarrollo de un internacionalismo que ordene sus prioridades y preguntas a partir de los procesos de lucha reales y no desde la geopolítica mundial.

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