Publicado originalmente en la revista Chuang. Traducido por Isidro López.
Este artículo funciona como complemento de uno anterior que aborda cuestiones parecidas: “¿Es China un país capitalista?«.
El concepto de «socialismo» en sí mismo siempre ha sido confuso. En el pasado, lo utilizaban tanto los revolucionarios como aquellos que buscaban reformar el orden existente para hacerlo más humano. En ambos casos, el socialismo solía referirse a la destrucción del sistema de propiedad1 y funcionaba –al menos en sus primeros usos en los siglos XVIII y XIX– básicamente como sinónimo de «comunismo», «revolución social» y «anarquismo» en sus objetivos finales. La distinción entre las posiciones revolucionarias y reformistas era simplemente una cuestión de cómo llegar a ese objetivo.
A lo largo del siglo XX, el socialismo pasó a designar una etapa «inferior» de la sociedad que precedía al comunismo, en la que el dominio de la propiedad estaba en proceso de desmantelamiento, pero aún no había sido abolido por completo. Hoy, sin embargo, la palabra «socialismo» se suele referir únicamente al «capitalismo con rostro humano». Ha perdido toda relación con la destrucción de la sociedad capitalista.
Esto se debe a que los términos que designan una política viva no toman su significado de la historia. En cambio, se definen por el uso popular actual, especialmente entre los partidarios de esa política, al menos en la medida en que estos constituyen una fuerza real en la sociedad. En lugar de tratar de encontrar una definición autorizada del término en los textos históricos, tenemos que preguntarnos: ¿qué entienden por ese término los cientos de miles de personas de todo el mundo que se autodenominan «socialistas»? La misma pregunta puede plantearse para lugares específicos. En lugares como Estados Unidos, por ejemplo, el «socialismo democrático» se refiere a un número creciente de progresistas (probablemente decenas de miles de personas en la actualidad) que buscan emular las políticas de los países del norte de Europa y/o volver a implementar ciertas medidas que existían en la posguerra estadounidense, como los altos impuestos a los ricos. Una minoría de estas personas considera que se trata de un primer paso necesario en la dirección gradual de reconstruir una «economía mixta» en la que las instituciones estatales, cooperativas y democráticas crecerían hasta controlar una mayor parte de la producción, incluso aunque se mantenga el sistema de propiedad.
En el caso chino los capitalistas en el poder simplemente declaran desde arriba un tipo especial de socialismo que se parece casi exactamente al capitalismo
En comparación histórica, muchos señalan que esto no es precisamente «socialismo». De hecho, los liberales de mediados del siglo pasado en Europa y Estados Unidos implementaron fácilmente programas públicos mucho más expansivos que los que proponen hoy en día «socialistas» como Bernie Sanders. Si seguimos la transformación histórica del término, su actual repopularización en lugares como Estados Unidos y Europa es un nuevo mínimo, con el significado del término más erosionado que nunca. Pero hay muy pocos lugares en el mundo donde «socialismo» siga siendo una palabra utilizada a nivel popular y coloquial para designar la destrucción o incluso la erosión gradual del sistema de propiedad. Tanto en el caso latinoamericano, donde los socialistas elegidos se ven impulsados por los movimientos sociales, como en el caso chino, donde los capitalistas en el poder simplemente declaran desde arriba un tipo especial de socialismo que se parece casi exactamente al capitalismo, ningún partido «socialista» o «comunista» ha tratado de desafiar el sistema de propiedad en la práctica. En el mejor de los casos, lo disfrazan de propiedad «estatal» o permiten a las zonas más pobres un grado de «autonomía» en la gestión de sus propios asuntos, ya que la autonomía sin recursos es simplemente otro nombre para la impotencia. Pero incluso en estos casos, las administraciones socialistas han tendido a afianzar el sistema de propiedad, a pesar de toda la retórica en contra.
En última instancia, todo esto representa una quiebra histórica del término «socialismo» en sí mismo. Si bien es concebible que, algún día, el término pueda recuperar sus implicaciones revolucionarias, esto no parece probable en un futuro próximo. De forma práctica, esto significa que se ha vuelto cada vez más común que quienes abogan por la abolición revolucionaria de la sociedad capitalista se distingan de quienes se autodenominan socialistas. Con el fin de preservar con precisión nuestro legado histórico y teórico, muchos (incluidos nosotros mismos) utilizamos el término comunista. En los últimos años, este término ha recuperado su popularidad entre una minoría políticamente activa, acompañando al resurgimiento del interés por Marx que siguió a la Gran Recesión.
Muchos de los que se autodenominan comunistas han participado en los recientes levantamientos políticos. Pero, a diferencia del siglo pasado, hoy en día la política comunista no tiene una gran aceptación popular en el mundo. Aunque el nombre pueda llegar a designar una política futura nacida de luchas futuras, es igualmente probable que surja un nuevo término para sustituirlo, que capte el mismo significado.
Desarrollo
En China, la confusión es aún más complicada, ya que el Estado está controlado por un partido que se autodenomina «comunista» –aunque está gobernado íntegramente por capitalistas– que ha proporcionado beneficios reales en materia de desarrollo a millones de chinos. El desarrollo es clave aquí, ya que los capitalistas que dirigen el partido comunista argumentan que, a pesar del grado de desarrollo del mercado, el carácter socialista del país es evidente en el hecho de que la gente está saliendo de la pobreza. Este razonamiento también tiene una importante dimensión histórica: en el siglo XX, el significado de «socialismo» se alineó estrechamente con la idea de un modelo de desarrollo alternativo para los países pobres que evitara el caos del desarrollo capitalista temprano. Esto se debe a que las únicas revoluciones socialistas exitosas de ese siglo se produjeron en regiones extremadamente pobres, en su mayoría agrícolas, como Rusia y China. En esos lugares, los revolucionarios victoriosos tuvieron que dar prioridad a los programas básicos de desarrollo. Esto se consideraba una necesidad tanto inmediata como a largo plazo. En el sentido inmediato, estaba claramente justificado tanto por el riesgo de hambruna masiva como por la amenaza de una invasión extranjera financiada por la clase capitalista mundial, que quería ver aplastadas las revoluciones.
En un sentido a largo plazo, también se reconoció que muchos de los efectos secundarios del desarrollo capitalista, como la educación básica y la atención sanitaria, serían necesarios para construir una sociedad mejor. En otros lugares, estas cosas solo habían sido posibles gracias al impulso del capitalismo de revolucionar constantemente la producción en busca de cantidades cada vez mayores de dinero. Inicialmente, se esperaba que las revoluciones en los países más ricos siguieran a las de los países más pobres y que esto permitiera una forma de integración cooperativa entre las zonas desarrolladas y las subdesarrolladas que ayudara a equilibrar esta desigualdad. Pero las revoluciones en los países ricos fueron aplastadas y los países pobres que habían visto revoluciones exitosas se vieron obligados a desarrollarse por su cuenta. Así, el «socialismo» pasó a describir cualquier intento de emular los cambios de desarrollo que ya se habían producido en los países más ricos, pero sin provocar una transición abierta al capitalismo.
El éxito del «socialismo» comenzó a medirse por sus resultados desarrollistas
Esto también significó que el éxito del «socialismo» comenzó a medirse por sus resultados desarrollistas, como la ampliación de la educación y la sanidad o el aumento del consumo de alimentos per cápita, todo ello respaldado por el aumento de la producción agrícola e industrial. En lugares como Rusia y Yugoslavia, este experimento socialista llegó a su fin definitivo. El colapso político, la fragmentación y la aparición de nuevos oligarcas capitalistas a partir del antiguo sistema empresarial socialista marcaron este momento final. En lugares como Cuba y Corea del Norte, la desaparición de la Unión Soviética dio lugar a nuevas formas de supervivencia a través del aislamiento, lo que a menudo intensificó las crisis locales y estimuló la evolución de la lógica del desarrollo. Mientras tanto, en China y Vietnam, la evolución política tras la Guerra Fría transformó la antigua burocracia socialista en el caldo de cultivo de la nueva clase capitalista.
Impulsada por esta lógica de desarrollo, China acabó integrándose en la economía mundial a través de un proceso que sus líderes políticos denominaron «reforma y apertura». Aunque el proceso significaba que la producción y la vida cotidiana estarían sujetas cada vez más a las exigencias del mercado, se seguía entendiendo como «socialista» porque producía con éxito beneficios para el desarrollo al aumentar rápidamente la producción industrial, incluso aunque sacrificara algunos de los logros de la era socialista anterior (en salud pública, por ejemplo); produjese un declive generalizado en ciertas regiones (como el noreste) y una marcada desigualdad social. En cada etapa, la retórica del partido ha hecho hincapié en que, independientemente de la extensión que alcance el mercado, si garantiza el crecimiento y el desarrollo, en última instancia es socialista, al menos mientras el partido comunista mantenga el control.
Esto representa una quiebra de la palabra «socialismo» simétrica a la que se observa en Estados Unidos y Europa. Pero, mientras que en estos casos occidentales la quiebra se debió a la derrota de los movimientos revolucionarios de una generación anterior, en el caso chino, la quiebra del socialismo ha sido el resultado del éxito del partido al sobrevivir a la Guerra Fría y lograr el desarrollo nacional en el contexto de esta misma derrota global. Esto representa una evisceración mucho mas profunda del socialismo, ya que es la fusión del socialismo como modo «alternativo» de desarrollo con el mismo modo de desarrollo al que se oponía, lo que parece poner en tela de juicio la existencia de cualquier «alternativa».
Comunismo
La verdadera cuestión no es si China es «socialista» o no, sino si el «socialismo», sea cual sea la definición que le demos, tiene realmente alguna relación con el comunismo actual. Por ahora, evitemos algunos tecnicismos y reduzcamos el significado del comunismo a algo que se aproxime al antiguo ideal «socialista»: la destrucción del sistema de propiedad y la abolición del dinero (técnicamente, el «valor») en pos de la destrucción de la sociedad de clases. Así pues, la pregunta es: si aceptáramos la narrativa propuesta por los principales capitalistas de China (los que controlan el partido), ¿cuál es el mecanismo mediante el cual el socialismo con características chinas, tal y como existe hoy en día, permite o prepara la liquidación global del sistema de propiedad que constituye el núcleo de la sociedad capitalista?
¿Cuál es el mecanismo mediante el cual el socialismo con características chinas, tal y como existe hoy en día, permite o prepara la liquidación global del sistema de propiedad que constituye el núcleo de la sociedad capitalista?
El desarrollo por sí solo ya no es una justificación suficiente, ya que la China actual tiene la capacidad productiva y la riqueza material necesarias para proporcionar fácilmente una vida cómoda a toda la población china e incluso para llevar a cabo proyectos de desarrollo cooperativo en los lugares más pobres del mundo, todo lo cual sería posible si esta riqueza (incluidas aquellas formas de propiedad privada que se denominan recursos «estatales») se redistribuyera y se sometiera a un control colectivo en beneficio de todos. A menudo es un error intentar medir el bienestar utilizando estadísticas empresariales convencionales, que no logran captar la profundidad y la complejidad de los medios de vida de las personas. No obstante, es significativo que el PIB per cápita chino sea hoy equivalente al PIB per cápita (ajustado a la inflación) de Europa occidental en la década de 1960, cuando muchos comunistas europeos comenzaron a argumentar que el objetivo de cualquier revolución potencial debía ser reducir la actividad económica en los países ricos, ya que la producción era más que suficiente para satisfacer las necesidades de todos. En una era de extinción masiva y crisis ecológica en cascada, este enfoque ha cobrado más importancia para la crítica comunista del mundo actual.
Este hecho básico pone en tela de juicio las afirmaciones del partido de que este proceso de desarrollo —que denomina «modernización socialista», entendida como la tarea principal de la «etapa primaria del socialismo»— duraría necesariamente al menos un siglo2. Según esta línea de pensamiento, ¿cuál es el nivel de desarrollo necesario para el comunismo? En otras palabras, ¿cómo se evita aplazar perpetuamente la abolición del sistema de propiedad, ya que siempre será posible alcanzar mayores niveles de desarrollo? Estas son preguntas esenciales a las que los dirigentes del partido en China no han dado una respuesta clara.
El socialismo es, de facto, una de las fuerzas más poderosas que se oponen al surgimiento de un movimiento comunista
En cambio, a medida que más líderes del partido se han transformado en capitalistas, también han retrasado cada vez más en el tiempo las etapas «más avanzadas» del socialismo. En este momento, el comunismo ha desaparecido por completo del horizonte. Todo esto solo demuestra la creciente divergencia entre el socialismo, tanto en la teoría como en su supuesta práctica, y el comunismo. Incluso si se aceptara la ortodoxia del siglo pasado y se reconociera que el desarrollo socialista era un precursor necesario del comunismo en las regiones de extrema pobreza donde las revoluciones habían tenido éxito, esta justificación ya no existe en China. En el mejor de los casos, esto no sería más que un argumento débil: si se produjera una revolución en las zonas más pobres del mundo actual, sería necesario dar prioridad a un proceso similar de «modernización socialista». Pero quedan muy pocos lugares donde existan organizaciones «socialistas» potencialmente revolucionarias. En otros lugares, no solo parece que el socialismo se ha separado del comunismo, sino que incluso el socialismo es, de facto, una de las fuerzas más poderosas que se oponen al surgimiento de un movimiento comunista.
En Europa, los gobiernos «socialistas» aplican medidas de austeridad, despliegan ejércitos de policías para aplastar las rebeliones populares y desvían la energía de los movimientos sociales potencialmente revolucionarios, redirigiéndola hacia planes electorales que fracasan perpetuamente. En Estados Unidos, el «socialismo» ha llegado a significar nada más que una administración ligeramente más progresista del statu quo. Todas y cada una de las propuestas políticas de los «socialistas democráticos» actuales se basan en un nacionalismo no reconocido, que toma arraigo en la esperanza mitológica de un renacimiento de la industria estadounidense, una nueva industria que será «verde» en nombre, pero rojo sangre en la violencia imperial que tal renacimiento requeriría.
El gobierno «socialista» de China ha sido la fuerza más activa en la represión del surgimiento de cualquier organización proletaria independiente
Del mismo modo, el gobierno «socialista» de China ha sido la fuerza más activa y exitosa en la represión del surgimiento de cualquier organización proletaria independiente en las industrias centrales del mundo y en la prohibición del acceso a la literatura comunista entre la población en general, incluido el desmantelamiento sistemático de los grupos de estudio marxistas en todo el país. La dirección del partido sustituye a la organización proletaria, ya que se dice a los trabajadores en huelga que se sometan a su sufrimiento por el bien del renacimiento nacional. Se desalienta la lectura directa de las obras de Marx y textos como El capital: Crítica de la economía política se sustituyen por cursos obligatorios que estudian artículos oficiales sobre «economía política socialista», escritos por profesores de diversos departamentos de Administración y Gestión.
Mientras tanto, la «modernización socialista» solo ha conducido, en realidad, a un mayor afianzamiento del sistema de propiedad privada. El partido ha supervisado la destrucción de prácticamente todas las normas comunales o semicomunales que quedaban en la gestión de la tierra y las empresas, junto con todas las formas restantes de bienestar socialista, sustituyéndolas sistemáticamente por las normas y convenciones de la propiedad privada inspiradas en los sistemas jurídicos de las principales naciones capitalistas. Este fomento de la mercantilización, combinado con la represión de todo potencial de organización comunista entre la población en general, parece oponer este «socialismo» chino a todas las perspectivas de emancipación proletaria. En un contexto global, no es exagerado decir que el socialismo, tal y como existe hoy en día, es en gran medida anticomunista.
La «modernización socialista» solo ha conducido, en realidad, a un mayor afianzamiento del sistema de propiedad privada
En pocas palabras: si ser «socialista» significa oponerse a todas las huelgas, disturbios e insurrecciones tanto en el corazón de la producción industrial capitalista (en lugares como China y Vietnam) como en casi todos los países más pobres del mundo (describiendo estos acontecimientos como «revoluciones de colores» respaldadas por la CIA), entonces esta forma de «socialismo» parece oponerse muy claramente al derrocamiento revolucionario del capitalismo.
Deus ex Xi Jinping
Incluso si rechazamos la visión cínica de que el «socialismo» no es más que una cortina de humo ideológica que disfraza la oligarquía capitalista y, en cambio, creemos sinceramente en las autodescripciones de cualquiera de los socialistas actuales de China, la realidad sigue siendo que todas sus acciones parecen diseñadas para preservar el capitalismo y evitar el surgimiento del comunismo, al menos a nivel popular. La única conclusión posible que queda es que, en cambio, tienen una estrategia para construir el comunismo a través del dictado del partido, que dependerá de algún cambio importante en la política en algún momento del futuro, tras lo cual el sistema de propiedad privada construido a través de la «modernización socialista», que marca la «etapa primaria del socialismo», comenzará a disolverse en una «etapa superior del socialismo» que prefigura el comunismo de alguna manera, pero que hoy en día sigue sin mencionarse y sin teorizarse en gran medida.
El comunismo arraigado en la actividad de la gente común, es sustituido por un comunismo oculto en los corazones de líderes como Xi Jinping
Desde este punto de vista, el comunismo exotérico, arraigado en la actividad de la gente común, es sustituido por un comunismo esotérico, oculto en las profundidades del palacio prohibido y en los corazones de líderes como Xi Jinping. Aceptar esta posición equivale a hacer una apuesta extremadamente improbable de que algunos de los capitalistas más poderosos del mundo —los que componen la dirección del partido— siguen siendo comunistas en un nivel moral profundo y que, de alguna manera, serán capaces de desafiar y derrocar eficazmente el poder de todas las potencias capitalistas del mundo. En otras palabras, tal apuesta abandona esencialmente toda esperanza en el comunismo como política popular que surge de las luchas del proletariado y ve la única posibilidad del comunismo en una facción rebelde de capitalistas.
Si esto fuera cierto, eliminaría por completo el complicado asunto de tener que librar una revolución contra el mundo capitalista, ya que esa revolución ya tuvo lugar en China hace más de medio siglo. Como mucho, podría implicar que los oprimidos de los países ricos se levantaran en apoyo de la burguesía rebelde del partido, acelerando la desaparición del estado imperial estadounidense. Sin embargo, curiosamente, muchos partidarios extranjeros de esta interpretación no parecen estar muy involucrados en las rebeliones existentes en lugares como Estados Unidos y Europa. Peor aún, cuando participan, casi siempre parecen aliarse con otros «socialistas» reformistas para cooptar esos movimientos y domesticarlos en campañas electorales.
No sirve de nada señalar que esta concepción del poder comunista está bastante lejos de la que imaginaban Marx y todos aquellos que continuaron su proyecto insurreccional. Desde un punto de vista práctico simplemente parece una mala apuesta. Es muy improbable que algunas de las personas más ricas y poderosas del mundo sean comunistas secretos a la espera de dar el paso. Quizás nos equivoquemos y haya alguna posibilidad de que una parte suficientemente grande de los líderes restantes del partido sean comunistas genuinos, de alguna manera.
Al menos es cierto que Xi Jinping (junto con muchos otros líderes destacados del partido) se considera a sí mismo socialista, y no hay duda de que su administración, durante la próxima década, aplicará políticas aparentemente «socialistas» mediante la construcción de infraestructuras estatales, el aumento de los impuestos a los ricos, la ampliación de los programas de bienestar social y la reducción de la desigualdad. Pero, una vez más, equiparar esos programas mínimos con el «socialismo» no hace más que demostrar la absoluta bancarrota del término en sí.
Sin embargo, incluso si aceptáramos esta idea de una vanguardia comunista esotérica disfrazada de burócratas capitalistas extremadamente ricos, no está del todo claro cómo estos individuos podrían: en primer lugar, defenderse con éxito de todos los verdaderos capitalistas que simplemente se habían unido al partido por el poder; y, en segundo lugar, si mantuvieran el control del partido, cómo sería posible para ellos liquidar el sistema de propiedad privada y redistribuir la riqueza.
La capacidad productiva china depende en gran medida del capitalismo global
Después de todo, la capacidad productiva china depende en gran medida del capitalismo global3. Si estos comunistas secretos finalmente se quitaran la máscara y actuaran, la clase capitalista global, con su conjunto de Estados dotados de un enorme poderío militar, seguramente no se quedaría callada ante la confiscación de su riqueza. Habiendo abandonado por completo la misión de un movimiento comunista internacional basado en organizaciones proletarias populares en todo el mundo, no habría base para una guerra revolucionaria genuinamente de clase contra las fuerzas imperiales del capitalismo global. En cambio, el resultado sería un conflicto brutal entre los ejércitos estatales, con su única base popular construida a través del cultivo de un nacionalismo peligroso y xenófobo.
Resumen
Para concluir, repasemos los puntos básicos: China es un país «socialista» solo en la medida en que el significado del término «socialismo» se ha vuelto completamente insustancial. Esta insustancialidad se ha producido principalmente a través de la falsa equivalencia entre «socialismo» y «desarrollo». Si bien los programas de desarrollo alguna vez fueron al menos concebiblemente justificados en la medida en que establecían las condiciones básicas necesarias para el comunismo, hoy en día incluso este débil argumento ya no se sostiene. El nivel de desarrollo de China es, en todos los aspectos, más que suficiente para proceder a la abolición de la sociedad capitalista. Además, el desarrollo por sí solo no debe confundirse con el socialismo. Muchas otras partes del mundo han experimentado un desarrollo igualmente rápido, a menudo bajo regímenes abiertamente capitalistas o incluso dictatoriales respaldados por las principales potencias imperialistas. Estos gobiernos también hicieron hincapié en que habían sacado a sus poblaciones de la pobreza.
Todo esto arroja sospechas sobre la afirmación de que algunos de los capitalistas más poderosos del mundo, que componen la dirección del partido chino, siguen siendo comunistas en secreto. Basar cualquier estrategia revolucionaria en esta perspectiva parece una mala apuesta. Sin embargo, independientemente de sus verdaderas creencias, lo cierto es que las acciones de estos líderes solo han afianzado aún más el sistema de propiedad en China y reforzado el poder de la sociedad capitalista global. Esto se hace más evidente en el hecho de que el partido ha llevado a cabo continuas represiones contra la organización comunista en el núcleo de la red de producción global del capitalismo y ha censurado el acceso a la teoría comunista, llegando incluso a disolver grupos de estudio universitarios dedicados a El capital de Marx. Nada de esto sugiere que el partido siga siendo una fuerza emancipadora. Pero una prueba aún mayor es el hecho de que el partido ha supervisado la profunda integración de la producción china con el capital global y ha cultivado sistemáticamente el sistema de propiedad en la propia China, eliminando todas las instituciones comunales o semicomunales que quedaban y convirtiendo toda la propiedad en propiedad privada siguiendo el modelo de la ley de propiedad de las principales naciones capitalistas.
- Esta es una ligera simplificación, necesaria por dos razones. En primer lugar, es más preciso decir que el objetivo es la destrucción total del «sistema capitalista» o la «sociedad capitalista» (y esta terminología se utiliza indistintamente), pero los malentendidos sobre la naturaleza del capitalismo (especialmente la tendencia a equiparar el capitalismo con «el mercado» y el socialismo con «el Estado») hacen que esto sea propenso a interpretaciones erróneas. Incluso una economía aparentemente estatal puede ser capitalista, siempre que haya conservado el sistema de propiedad necesario para la producción de valor. En segundo lugar, es más preciso decir que el núcleo de la producción capitalista es la «forma del valor», en lugar del «sistema de propiedad», aunque los términos sean vagamente sinónimos. No utilizamos esta terminología aquí porque es innecesariamente técnica. Sin embargo, si buscas una comprensión más detallada de cómo funciona el capitalismo, verás que el término «forma del valor» se utiliza hoy en día de esta manera. En la literatura más antigua, también puedes encontrar el término «derecho burgués» utilizado de manera similar. ↩︎
- Así lo afirmó Zhao Ziyang en el XIII Congreso del Partido en 1987, y así se expresa de forma más vaga en la Constitución china, que establece que el país «permanecerá en la etapa primaria del socialismo durante mucho tiempo». ↩︎
- Es fundamental recordar aquí que todas las grandes empresas «estatales» son sociedades anónimas cuyas acciones se cotizan en los mercados de capitales mundiales. Aunque su condición de empresas «estatales» significa que el partido-Estado es propietario de, como mínimo, el 50 % de las acciones, la otra mitad está en manos de inversores privados de todo el mundo. Si estas empresas rechazaran por completo el afán de lucro o liquidaran sus vastos activos privados convirtiéndolos en propiedad pública, ello supondría, en la práctica, una confiscación de los activos de estos inversores internacionales. ↩︎




