Los medios han construido kilómetros de frases sobre los jóvenes en las que se les llama frágiles, vagos o consumistas: una generación ensimismada que se agota entre tiktoks, videojuegos, compras online y lorazepam. La juventud es solo una etapa de la vida, pero los jóvenes son culpables de los disturbios, el crimen o las violaciones –si son migrantes, racializados o habitan las periferias del planeta o las chabolas del mundo–.
No sabemos qué son exactamente los jóvenes, si es que son algo, pero lo cierto es que en muchos lugares del mundo se levantan en protestas masivas y espectaculares. A este ciclo político le hemos llamado las revueltas de la generación Z. Si las extremas derechas y sus visiones del mundo, bombeadas por los algoritmos, buscan impedir que los jóvenes se organicen y tratan de desviar su ira hacia enemigos designados, estas luchas cuentan otra historia. Pero hay que saber escuchar.
El inicio de este ciclo se podría fechar a partir de 2020 en Asia y en sus numerosos estallidos, que hoy se extienden hasta India con la revuelta “de las cucarachas”. Pero Europa parece ocupar ahora el epicentro del descontento juvenil, con un nivel similar al que se produjo como consecuencia de la crisis de 2008, aunque las reivindicaciones sean más variadas. El fin de semana pasado, las protestas se extendieron desde Grecia hasta Bélgica, pasando por Albania, Francia, Portugal y España. En Serbia, una opción electoral construida por los estudiantes ganó las elecciones parlamentarias este pasado domingo 25 de octubre. Fue el inesperado resultado de casi dos años de movilizaciones que hicieron dimitir al primer ministro Miloš Vučević el año pasado. Algunos de estos levantamientos tienen la forma de disturbios.
A este ciclo político le hemos llamado las revueltas de la generación Z
Las imágenes más impactantes nos llegan de Albania, donde la guerrilla urbana se libra a golpe de fuegos artificiales. También de Francia, donde los estudiantes de secundaria han prendido la mecha de una protesta ya más generalizada contra Macron. Bloqueos de institutos y luego universidades, manifestaciones masivas, edificios en llamas y saqueos sacuden las interpretaciones mediáticas e incitan el pánico al desorden y a la anomia de conservadores y progresistas por igual. Algunas ciudades de Italia, como Milán, parecen ser un reflejo, aunque con sus propios motivos específicos.
En España, los jóvenes acampan en plazas y se manifiestan por la vivienda, pero una parte de ellos también ha recurrido a la desobediencia civil para parar desahucios a diario en organizaciones como el Sindicato de Inquilinas o la PAH. Aunque la izquierda parece disputarse la representación de la protesta, hay que recordar que la legitimidad de esa desobediencia pende de un hilo y puede ser contestada con todo el peso de la ley mordaza y la represión policial, sobre todo después de elecciones.
Disturbios
También este fin de semana, convocatorias por redes provocaron disturbios y saqueos en Barcelona –y otras ciudades catalanas como Manresa–. Han sido unas protestas alejadas de los cauces más habituales y protagonizadas por menores de edad –la mayoría de los 128 detenidos lo eran–. No se entienden y por eso se atribuyen fácilmente a la guerra híbrida o a la intervención de Netanyahu, o se las vuelve sospechosas por no haber sido convocadas por organizaciones conocidas. Sin embargo, bastantes de las revueltas de esta generación se han lanzado en gran medida por TikTok y Discord, muchas veces sin partidos o instituciones de mediación detrás.
La lucha callejera, que nos resulta comprensible en Asia o en los países árabes –más comprensible cuanto más lejos– aquí nos parece fea. (Quizás podríamos reconocer que las llamas tienen algo estético, así como las roturas de cristales y saqueos a las tiendas de lujo, siempre que odies un poco este mundo como les sucede a muchos de los jóvenes). Para los medios y los políticos, o quizás para los ganadores, los disturbios son feos, por eso se los endosan a los demás. Vox dice que son culpa de los cachorros de Pedro Sánchez, todos inmigrantes –algo parecido sostiene Le Pen sobre los disturbios en Francia, que atribuye a Mélenchon y a los hijos de las banlieues (suburbios)–. Para algunos políticos de izquierda los desórdenes son fruto de la conspiración israelí. Hay que exorcizar la posibilidad de que la huelga general convocada en España se convierta en una protesta poco presentable como acto de precampaña. ¡Y qué tranquilizador resultan las conspiraciones, porque ya no hay nada más que pensar! Y el destino de estos chavales queda librado a su suerte porque son herramientas del mal. Se dice que es fácil criminalizar todas las protestas tras estos disturbios, pero es la deslegitimación previa de estas formas de revuelta la que permite perseguirlas luego sin cortapisas.
Espontáneas o convocadas por oscuros intereses, nada de esto explica por qué los jóvenes van y rompen cosas. Ni su rabia –o su diversión–.
Lo que produce más confusión es que estos jóvenes no parecen mencionar ningún tipo de reivindicación, al menos dentro de los marcos a los que estamos acostumbrados: un conjunto de demandas concretas y realizables, más o menos coherentes, que puedan ser atendidas o no por el Estado. En la aparentemente próspera España, donde la economía “va bien”, no esperamos que los chicos se rebelen saqueando o rompiendo cosas. No lo esperamos en la Barcelona luminosa de los escaparates de Passeig de Gràcia, donde hay turistas que se pasean con relojes de un millón de euros en la muñeca. ¿Por qué habrían de rebelarse aquellos que deberían mostrarse agradecidos por ser sus bármanes, sus chóferes, sus crupieres, sus camareras de piso?
Deberíamos preguntarnos de qué clase social son estos jóvenes y qué expectativas de vida tienen
No deberíamos sorprendernos, porque el tic tac se escucha desde hace tiempo. Más bien deberíamos preguntarnos de qué clase social son estos jóvenes y qué expectativas de vida tienen. En la Barcelona brillante de los alquileres imposibles, la desigualdad es un escaparate, un modo de vida centrado en el consumo que opera como modelo, como ideal, pero, al mismo tiempo, resulta inalcanzable, sobre todo para estos chavales de las periferias. Algunos rompen cristales, otros, como los de los barrios populares del conurbano bonaerense, votan a Milei.
Quizás un precedente de estas erupciones podamos encontrarlo en toda una serie de acontecimientos que han emergido durante la última década. En EEUU, chicos y chicas muy jóvenes quedan por redes sociales de forma masiva para bailar o asaltar centros comerciales para conseguir bienes de marca. Se llaman flash robs o teen takeovers –como los de Filadelfia–. Entre el ocio y la protesta, estos episodios carecen, la mayoría de las veces, de un discurso político explícito, más allá de que a estos jóvenes, muchos pobres y racializados, no les parezca mal robar a grandes empresas de millonarios beneficios. Subyace un intento de salir del desprecio social a través del consumo de marcas (con todas sus ambigüedades). Quizás los disturbios de Barcelona se parezcan más a estos acontecimientos que a los que han acompañado la revuelta francesa, o no tengan un movimiento más amplio que los ampare y legitime. Pero eso no significa que no haya ninguna razón detrás.
Posibilidades
Muchos jóvenes aspiran a la vida de sus padres. En Sol hay pancartas que dicen: “Una familia, una casa” o “A mi edad mis padres podían trabajar y comprarse una casa”. En estos lemas, muy alejados de los deseos que podían expresarse en las revueltas del 68 –más bien su reverso exacto–, podemos leer el anhelo de emancipación juvenil. Dejar la casa paterna, ser autónomos. Estos jóvenes de clase media que, según los estudios, salen menos por la noche, beben y se drogan en menor medida también que sus mayores, identifican una buena vida con vivir como sus padres. Conseguir un buen trabajo, tener estabilidad económica, progresar profesionalmente –si es posible ser funcionario o influencer, o quizás vivir sin trabajar como inversor–. También poder consumir, formar una familia y alcanzar cierto reconocimiento social. Son los integrados. No hay desesperanza en su posición, pero tienen detrás cincuenta años de neoliberalismo y delante una mayor indeterminación.
Esta posición es la que se expresa en demandas concretas como las contenidas en los decretos de alquiler o las de los estudiantes franceses –más inversión, más profesores, fin del sistema de selección universitario–. Soluciones posibles y concretas. Pero ¿cuáles podrían ser las demandas de aquellos para los que las promesas de movilidad social no se cumplirán hagan lo que hagan? ¿Para los chicos y chicas de las banlieues, los jóvenes migrantes magrebíes o los nacidos aquí pero que nunca serán tratados como españoles, para los habitantes de los barrios populares donde las discriminaciones y las violencias cotidianas son la norma? Para ellos, aunque los alquileres se abaraten y la educación mejore, sus vidas serán iguales a sí mismas, sus trabajos en el sector servicios los más explotados y denigrantes, como denigrante es también vivir la experiencia del racismo. Lo que quieren estos jóvenes es no ser como sus padres, no vivir como ellos, no trabajar como ellos. Son población excedente.
Hay que salvar distancias porque España no es Francia, no existe nada equivalente a sus grandes barrios segregados donde se cuece el resentimiento y la desesperanza de las mal llamadas “segundas generaciones” que queman coches cada semana e incluso los servicios públicos de sus barrios. ¿Qué mayor acto de nihilismo que quemar una biblioteca de un barrio pobre? Pero hay que estar atentas a los paralelismos y las rimas porque nada indica que fenómenos similares no puedan acabar dándose aquí, aunque sea a diferente escala.
En cualquier caso, si estas son sus experiencias de vida, no podemos pedirles que se manifiesten por los cauces reglados, que tampoco parecen estar funcionando en una Francia gobernada por un macronismo de carácter autoritario y sometida a una feroz represión. Y en España, ¿cuánto tardarán las luchas en abaratar de manera radical el mercado de la vivienda? ¿Llegará a todos? “El estudiante que se manifiesta para reabrir las puertas de su propio futuro y el maranza –quinqui– que saquea para celebrar ‘el mejor cumpleaños de su vida’ no comparten un mismo horizonte temporal”, dice Gigi Roggero sobre los disturbios en Milán. La diferencia es el acceso al futuro, si está detrás de algunas barreras que se pueden quitar o simplemente no habrá.
¿Qué mayor acto de nihilismo que quemar una biblioteca de un barrio pobre?
En ese mismo artículo, Roggero señala que “las formas de violencia y conflictividad caóticas son parte indisoluble de la historia de la lucha de clases”. En el pasado, las formas de lucha más organizadas –como las del movimiento obrero– servían de puente con el disturbio nihilista o reactivo. Construían un sujeto político capaz de dar sentido a las revueltas espontáneas y desarticuladas, y de integrarlas en su propio marco. Hoy ya no existe algo similar y tenemos que empezar a pensarlas de manera distinta. De hecho, muchas de estas protestas tienen vidas muy cortas, tan cortas como los ciclos mediáticos ya completamente acelerados o las modas instantáneas de las redes sociales.
Un punto de unión entre ambas formas de lucha de los integrados –o en vías de integrarse– y los excedentes son los nuevos deseos que emergen cuando uno se organiza y lucha, lo que permite vislumbrar una vida diferente que no encontrarán en trabajos reglados, propiedad y familia. Esos contenidos se encuentran también en las protestas o se descubren al estar en ellas. Organizarse, encontrarse con otros en las movilizaciones, dejar de estar tan solo y salir del omnipresente ‘yo’ que ocupa tanto espacio en redes, proyectar horizontes colectivos es la terapia necesaria.
Cuando se lucha se puede descubrir, detrás de la rabia y el enfado, un deseo de vivir más allá de los cauces reglados, de los papeles sociales predeterminados. No ser como sus padres, sino otra cosa que está por inventar. “Volverse vivo. Recuperar la capacidad de disfrutar, desear, crear y experimentar la vida más allá de las obligaciones económicas y sociales”, decía el Comité Invisible sobre las revueltas en Francia. Eso abre el camino para nuevas luchas que sin duda vendrán, las entendamos o no.
Publicado originalmente en Ctxt.es.




