La ola de insubordinación juvenil europea se ha hecho sentir dentro de las fronteras de nuestro Estado. Podríamos conectar estos sucesos con un ciclo de "revueltas de la generación Z" que sacude el globo desde 2020, primero en Asia con las fuertes protestas en Hong Kong, Tailandia e Indonesia.
Algo pasa, está claro. Aquí, además de las ilusionantes protestas por el derecho a la vivienda, contagiados quizás por las imágenes que llegan de Francia, Italia, Serbia y Albania, chavales jovencísimos han quemado cosas y han roto escaparates. Ambos fenómenos, en principio, han ocurrido en paralelo, sin tocarse demasiado entre sí. Los protagonistas, chavales de sustratos sociales ahora diferentes –clases medias en descomposición y la población marginal de las urbes, en buena parte de origen migrante– pero que, si todo sigue así, tenderán a solaparse unos con otros.
Buena parte de la izquierda bienpensante se ha apresurado a condenar estos sucesos, desligándose de ellos y señalando que le hacen el juego a la extrema derecha. Se ha remarcado también que estos actos son antipolíticos, carentes de sentido, motivo y consigna. También se ha dicho que son agentes teledirigidos por el Mossad, Rusia o a saber, como si no tuvieran razones para mostrar desafección por su propio pie.
Hay que intentar hacerlo mejor que quienes se han escandalizado por unos escaparates rotos
Es un clásico de la izquierda y de la izquierda de la izquierda. Cuando la sociedad se agita por fuera de sus canales de expresión habituales, están a por uvas, no entienden nada: el PCF llamando falsos revolucionarios a los participantes de Mayo del 68, el PCI llamando al orden a los obreros que saboteaban y autoorganizaban paros en las fábricas durante el largo ciclo del operaísmo, el PCE frenando las huelgas de las luchas de la Transición y cerrando las posibilidades de llevar ese momento histórico más allá de lo que es nuestro régimen de gobierno actual… El cómodo vicio de apagar fuegos. No estamos ahora –por lo menos dentro del Estado español– asistiendo a una coyuntura histórica de la envergadura de las citadas, pero sí, como mínimo, a un fenómeno con comprobada capacidad de empuje global que marcará y está marcando ya muchas expresiones relevantes de descontento social. Por eso hay que intentar hacerlo mejor que quienes se han escandalizado por unos escaparates rotos y unas tiendas de ropa saqueadas, e intentar entender la situación.
Lo visto en lugares como Barcelona, Bilbao o, fuera de nuestras fronteras, París y Milán, no son en absoluto fenómenos antipolíticos, aunque sí sean fenómenos que rechazan los cauces convencionales de la política institucional y militante. Han provocado conmoción social y, solo en ese sentido, tienen ya un fondo político. Son, además, una toma de posición, una forma quizás desesperada de irrumpir en la escena pública –¿es la consigna política la única manera de decir algo?–. Una generación que ha venido al mundo ya sin futuro elige expresar su frustración a través de unos disturbios que se nos presentan tan opacos como a ellos sus expectativas de prosperar. Nihilistas, se dice. Sí, traen de vuelta la misma nada que les ofrece el mundo. Para la generación Z, "crisis" y "presente" son palabras que significan lo mismo: en verano, crisis climática; en invierno, crisis económica.
Se habla mucho de la tensión y el desencanto que se perciben en las aulas de los institutos, de la falta de compromiso y casi de querer vivir que transmite la juventud durante esa etapa vital en la que, se supone, tiene que tomar decisiones cruciales para su futuro. Es tan grande la preocupación al respecto como la falta de soluciones que se han dispuesto para ello. Y luego nos sorprendemos cuando las calles arden, aunque sea tímidamente.
Los chavales que saquean se toman al pie de la letra la propaganda del capitalismo moderno
Se trata, en realidad, de comportamientos perfectamente (anti)sociales: los chavales que saquean se "toman al pie de la letra la propaganda del capitalismo moderno y su publicidad de la abundancia. Ellos quieren enseguida todos los objetos expuestos y disponibles en abstracto, porque los quieren usar"1. Detrás del cristal, esas Nike que no se pueden permitir. Just do it. No son anomalías, sino fenómenos que veremos posiblemente con cada vez más frecuencia –ya nos avisaba Joshua Clover de que "una teoría del disturbio es una teoría de la crisis"–, además de que fueron ya la respuesta habitual en otros momentos históricos.
La explicación de la izquierda y la función policial
Ante lo ocurrido en Barcelona y luego en Bilbao, las reacciones de la izquierda no fueron una sorpresa. Como caso ejemplar, tenemos a un progre "experto en redes" –está claro que experto en jóvenes no es– al que exhibieron por platós y radios para dedicarse a explicar que todo esto se debe a injerencias extranjeras que quieren desestabilizar nuestro prístino país en el que nunca sucede nada. Que lo ha visto en TikTok y Telegram, dice. En alguna entrevista, incluso, se vanagloria de haber pasado información a la policía y lamenta que toda esta expresión de hartazgo esté propagándose. Sobra decir que poco queremos tener que ver con quien habla antes con un madero que con un chaval. Este marco lo compra sin más toda la izquierda institucional y buena parte de la izquierda extrainstitucional. En el caso de Euskadi, por ejemplo, tanto Bildu como CNT Bilbao han tenido intervenciones en esta línea.
La izquierda aquí está dando la misma explicación a los disturbios que la de la neofascista Meloni
Sobre la hipótesis de las injerencias extranjeras, dice Nuria Alabao: "Espontáneas o convocadas por oscuros intereses, nada de esto explica por qué los jóvenes van y rompen cosas. Ni su rabia –o su diversión–". Se le presupone un poder de convocatoria a un cartel o un TikTok que ya nos gustaría a muchos que participamos en organizaciones militantes que a veces, en nuestros desaciertos, hemos visto muchos eventos y concentraciones casi vacíos. Si esto, en cambio, ha convocado a tantos chavales, es que alguna fibra ha tocado. Lejos de entender eso, toda la conspiranoia de la que ha sido partícipe la izquierda aquí está dando la misma explicación a los disturbios que la de la neofascista Meloni para los de Italia: son instigados por agentes extranjeros, que utilizan la "guerra híbrida". Hasta ahora, los únicos chivos expiatorios que ha podido encontrar la policía, acusados de promover saqueos y disturbios, son un chaval valenciano de 17 años y otro, también menor de edad, de Lleida; nada del Mossad.
No hay que ser cándidos: tenemos que lidiar también con cómo la derecha y los gobiernos reaccionarios de algunos países extranjeros están intentando sacar provecho de esta situación. Pero prestar atención a eso no tiene que impedirnos comprender qué expresa la juventud de esta manera tan explosiva. Por qué esto ha sido capaz de convocar y llegar a ciertos perfiles a los que no llegamos nosotros pero que sufren también el sistema contra el que nos organizamos, esa debería ser la primera pregunta que nos hagamos. No desmarcarnos de ellos sin más, sino, al menos, acercarnos a su malestar y a su rabia y hacerlos nuestros. Por el momento, son chavales que han mostrado una total falta de respeto por este mundo y sus convenciones: ahí tenemos ya un primer punto de acuerdo.
Distinguiendo la protesta "buena" de la protesta "mala" el sentido común progre avanza la función policial
Además de la conspiranoia, el siguiente movimiento preferido de la izquierda progre es separar y jerarquizar las diferentes expresiones de descontento. Influencers que llenan su nevera grabándose reels de paseo por manifestaciones y desahucios se dan prisa en recordarnos que "no confundamos lo que son protestas sociales con el caos" y que "se vienen elecciones". Reproduciendo, por lo demás, otros vicios que hemos mencionado: desde su punto de vista son expresiones sin consignas, carentes de objetivo, etc. Distinguiendo la protesta "buena" de la protesta "mala", la legítima de la no legítima, el sentido común progre avanza buena parte de la función policial: identifica, asigna roles, separa, compartimenta. Una política autónoma debería hacer el movimiento contrario: agregar, componer, confluir.
Hay además algo perverso y clasista en el mensaje de fondo que ese marco progresista lanza a la juventud frustrada. Le dice: "Son nuestros lenguajes, los de la buena izquierda, los que expresan las consignas válidas. Solo nosotros somos capaces de desarrollar una inteligencia propia. Los pobrecitos del mundo, en cambio, tienen la fortuna de poder resignarse a ser representados por nosotros, que sabemos mejor que nadie lo que realmente quieren y desinteresadamente podemos enseñarles a comportarse, es decir, a organizarse". Si los desterramos de los lugares de enunciación legítimos, no deberíamos sorprendernos si después acaban abrazando las posiciones de la derecha reaccionaria.
No van a ser aceptadas aquellas acciones que, en el marco de la huelga, no sean recuperables por parte de los partidos del Gobierno
Todo esto, además, allana el terreno a la posible represión de la huelga del 11-N. Pisarello, del Frente Amplio, advierte que "no podemos permitir que se usen ataques híbridos para confundir, criminalizar y debilitar la huelga del 11", lo que implícitamente dibuja una línea entre las conductas que van a ser toleradas y las que no por parte de la izquierda institucional. Está claro el mensaje: no van a ser aceptadas aquellas acciones que, en el marco de la huelga, no sean recuperables por parte de los partidos de la coalición de Gobierno. Baste recordar que la convocatoria de esta huelga general viene propiciada por movilizaciones contra su política de vivienda. Sea cual sea la tipología de acciones escogidas para ese día, es importante poner nuevamente en un aprieto a la izquierda gobernista. Que no se reconozca en lo que despunte el día de la huelga. No queremos ser recuperados.
Si hay saqueos, si arden cosas
En fin, si hay saqueos, si arden cosas, no caigamos en la tentación de contribuir a la trampa policial. Preguntémonos cómo hacer política con esa parte de la juventud descontenta, dejándonos contagiar también por su desencanto y su rabia. Preguntémonos qué tendría que cambiar para que sientan afinidad por nuestros espacios y organizaciones y, sobre todo, preguntémonos qué nos interpela de sus vivencias y de su particular posición en el mundo: seguro que mucho. No se trata de subsumir sus lenguajes y registros en los nuestros, que serían más adecuados, sino, si acaso, de confederar nuestros mundos, ponerlos en comunicación, y admitir a partir de ahí cierta reciprocidad que nos transforme a todos por el camino.
La fuerza del estallido social actual de Francia surge en la confluencia de muchísimos sectores que hasta hace no mucho caminaban por separado
La fuerza del estallido social actual de Francia surge en la confluencia de muchísimos sectores sociales en lucha que hasta hace no mucho caminaban por separado. Van más allá de sí –de lo que son para la sociedad oficial– y se encuentran en una movilización que sencillamente impugna todo. Chavales de las banlieues, estudiantes universitarios y de liceos, profesores, bomberos, pensionistas, chalecos amarillos, trabajadores de todos los oficios, feminismo y ecologismo se dan cita en una movilización radical, total y festiva que amenaza con cambiarlo todo.
Nuestra situación no es equiparable, y la composición es distinta, está claro, pero de todo ello podemos aprender la necesidad de establecer no solo marcos que nos proporcionen inteligibilidad –lenguajes comunes, una sensibilidad compartida– con fenómenos que se nos presentan al principio como extraños, sino también marcos organizativos y éticos que nos permitan encontrarnos con esa parte social que quieren separada y aislada. Porque su descontento y su rabia, aunque también su potencia subversiva, van a seguir presentes mientras permanezcan las condiciones que los generan. Unamos fuerzas, pues.
- Guy Debord, La decadencia y caída de la sociedad espectacular-mercantil. ↩︎




