Casualidad del calendario o signo de los tiempos, en todo caso es en plena revuelta de la juventud y en vísperas de un posible «regreso de los Chalecos Amarillos» cuando el Comité Invisible publica su Manual de supervivencia este 16 de octubre.
Desde hace una veintena de años, a través de sus textos de intervención (La insurrección que viene, A nuestros amigos, Ahora…), ha sabido tanto inspirar como hacer balances críticos de las sucesivas oleadas de revuelta y de las situaciones que las siguieron. Con su Manual de supervivencia ofrece un pensamiento exigente, duro, sin halagos, autocrítico, pero que también sabe ser generoso y honesto.
Muchos de los interrogantes que plantea son a veces también los nuestros, como lo son, en definitiva, los de muchas personas frustradas por las derrotas y la sensación de impotencia: ¿cómo pensar las derrotas repetidas pese a la persistencia de formas de conflictividad? ¿Qué balance sacar de ellas? ¿Cómo «sobrevivir» al momento? ¿Cómo prospera el enemigo? ¿Cómo enfrentarse con seriedad y estrategia al capital y volver a habitar de verdad la ética y la perspectiva revolucionarias?
En coherencia con su asumida crítica del espacio público, sus intervenciones siguen siendo escasas, pero dos colaboradores del Manual de supervivencia del Comité Invisible han respondido a nuestras preguntas sobre el libro y nos han dado su propio análisis del momento que atravesamos.
El Manual de supervivencia explica que los Chalecos Amarillos llevaron a cabo una forma de insurrección que los autónomos habían esperado durante mucho tiempo, pero que hicieron sin ellos: es decir, un movimiento nacido del encuentro entre experiencias singulares, hasta entonces aisladas, más que de una organización previa. ¿Hay puntos en común con la revuelta actual de la juventud o se trata de una enésima movilización de izquierdas reivindicativa, canalizada, recuperada o incluso saboteada por sindicatos y partidos?
Lo que sacude el país en este momento no es un movimiento social, es un movimiento vital
Lo que sacude el país en este momento no es un movimiento social, es un movimiento vital. El mundo de los «adultos» que mandan va a tumba abierta contra el muro; incluso acelera. Todo le importa una mierda, quiere seguir gozando hasta la última gota de petróleo. Pretenderse «responsable», «razonable» y depositario de la «autoridad» es el colmo de su feroz infantilismo. Una sociedad de viejos no puede sino ser juvenilista, a falta de ser joven. Quiere todos los signos de la juventud, pero aborrece su vitalidad. Los estudiantes de instituto no tienen ninguna razón para sentirse solidarios con semejante civilización de suicidas. Vieron a sus padres y a sus profesores someterse a todas las humillantes aberraciones de la gestión del covid y luego deshacerse en justificaciones turbias para confinarlos y someterlos a ellos a su vez. Hasta el punto de que, cuando toman la palabra, es como si estuviéramos oyendo a los padres de sus propios padres. «No es porque vosotros aceptéis que os traten como a unos chuchos de mierda, que os paguen una miseria y que no lleguéis ni a hacer la compra completa cada mes por lo que todo el mundo tenga que tragárselo, porque vosotros no tuvisteis los huevos de abrir la boca, lo siento», estalla una estudiante. Lo recíproco también vale. Ese famoso nazi que era Henry Ford decía que «si la población entendiera el sistema bancario, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana». Si los alumnos supieran lo que, salvo muy raras excepciones —y por ello tanto más valiosas—, dicen de ellos sus profesores en la sala de profesores, no quedarían muchos institutos intactos en Francia. Gobernar un mundo sin otra promesa que la de su derrumbe se anuncia más complicado de lo previsto. No está claro que la geolocalización parental baste.
En una sociedad administrada, lo que se llama «la juventud» es simplemente el elemento libre, el que todavía no está atado por una carrera, un superior, un crédito, un entorno social y que, por tanto, puede permitirse formular lo que todo el mundo ve pero prefiere callar. La revuelta se hace generacional para evitar que se generalice. La actual revuelta «de los jóvenes» habla esencialmente de la condición común. ¿Qué sentido tiene hacer carrera en un mundo a 45 °C —y, por tanto, estudiar en él—? ¿Con qué derecho se atreve esta sociedad a tratar sus insostenibles contradicciones como un «problema psicológico» que nos incumbiría a nosotros —y, por tanto, a llamarnos a la «resiliencia» frente a nuestra «ecoansiedad»—? ¿Cuánto tiempo vamos a seguir tolerando la selección en curso en todos los escalones de la población —y, por tanto, Parcoursup y MonMaster—? ¿Consiste la vida en cuidar de uno mismo como capital humano —y, por tanto, como agregado de competencias—? ¿Cuándo vamos a dejar de trabajar en nuestra propia sustitución por las IA —destino ya prometido a los profesores por las start-ups del ministerio—? Y sobre todo, ¿cómo hacer la revolución en un mundo enteramente diseñado para impedírnoslo? Todas estas preguntas, y algunas más, fueron nuestro punto de partida para escribir el Manual de supervivencia. Durante dos años intentamos responderlas, hacer el balance estratégico del fracaso de los movimientos en los que habíamos participado, despejar el terreno para un nuevo comienzo de un proceso revolucionario. Sabíamos que esa tarea era necesaria, pero ya nadie hablaba de revolución. Nos preguntábamos si todavía escribíamos para alguien. Ahora sabemos para quién hemos escrito. No nos hemos dejado la piel para nada.
El primer rasgo común entre los Chalecos Amarillos y la actual revuelta de los institutos es que provienen de los sectores más ajenos a la socialización militante, a sus códigos, a su machaconería, a su tristeza, a su radicalidad de cara larga. Son revueltas que todavía saben decir «yo». Y de hecho, antes de la semana pasada, no habíamos vuelto a conocer semejante alegría de estar en la calle, de bromear, de bailar, de cantar, de hacer pintadas y de montar un disturbio desde los Chalecos Amarillos. Otro rasgo común es atacar la humillación como norma de integración social, es decir, la base de la cultura francesa. Desafiar el juicio, por tanto. Los problemas de los váteres no son problemas de mierda, sino una evidente muestra de desprecio. Así que tienen que acabar. «Gen Z porque seremos la última generación a la que traten como una mierda», decía una pancarta el martes pasado. Ninguna necesidad es despreciable: de sueño, de pasta, de consideración, de sentido, de amor. Todo en la cultura francesa quiere hacernos sentir vergüenza de nuestras necesidades, hasta el punto de que, en francés, «hacer sus necesidades» (faire ses besoins) es sinónimo de cagar. Los estudiantes de instituto, como los Chalecos Amarillos, desafían sin filtro esta prohibición. Las necesidades, en su materialidad, en su singularidad, son ingobernables: en cuanto se las enarbola, los gobiernos ya no saben qué pretexto alegar para cambiar de tema. Un tercer rasgo común entre estas dos irrupciones es el rechazo del doble vínculo gubernamental, el rechazo a dejar que el poder nos vuelva locos a fuerza de órdenes paradójicas; es, por tanto, la misma manera de tomarle la palabra. «Nos dijiste que viniéramos a buscarte, pues aquí estamos, Macron, estamos en los Campos Elíseos y pronto en el Elíseo». «Ah, nos machacáis todo el año con que hay que trabajar, aprobar nuestras evaluaciones y sacrificarnos por nuestro ‘futuro’; pues dadnos las condiciones para ello, ¡hijos de perra!». De repente, el poder está desnudo y se pone a balbucear. Luego muestra su verdadero rostro y lo suelta todo. Trata un instituto bloqueado como «violencia urbana» y explica, en una cadena de radio pública, que hay demasiados alumnos de instituto, que muchos de ellos no tienen sitio en el instituto y que, de todos modos, aunque estudien, eso nunca les bastará para competir con la IA en el mercado laboral. Por fin queda claro.
Sindicatos, medios, organizaciones de izquierda: los falsos amigos son mucho más peligrosos que los verdaderos enemigos
La mala conciencia de los militantes por haber «perdido el tren de los Chalecos Amarillos», a los que tardaron tres semanas en unirse y a los que empezaron llamando «fascistas», es tal que desde entonces no paran de querer «rehacer los Chalecos Amarillos» a la mínima ocasión. Y de hecho, como recuerda el Manual de supervivencia, esa insurrección puramente proletaria, antisindical, antipolítica y antirrepresentativa se hizo sin ellos. Eso no impidió que, tras sus primeros enfrentamientos con los CRS, los Chalecos Amarillos adoptaran la técnica del black bloc, técnica de disturbio surgida de la autonomía alemana de los años ochenta que en Francia no se popularizó sino muy tardíamente, en 2016. Adoptaron la técnica, no la identidad. Pero no es tanto por este detalle, ciertamente llamativo, por lo que los Chalecos Amarillos actuaron como autónomos, sino por su rechazo constante a todo representante, a todo portavoz, a toda organización externa, a toda mediación institucional. «¡El poder para nadie!», reivindicaban unos autónomos alemanes en 1981. Los Chalecos Amarillos fueron esa «autonomía más allá de los autónomos» con la que soñaban los Indios Metropolitanos en 1977. Si los Chalecos Amarillos fueron una herida en el orgullo de los autónomos, para los sindicatos fueron una pesadilla: los trabajadores que se sublevan, toman la calle y la palabra directamente, sin pasar por sus representantes oficiales y a sueldo. Hay que recordar los discursos de Laurent Berger en 2023, al comienzo del movimiento contra la reforma de las pensiones: no se hablaba en ellos más que de su desprecio por los Chalecos Amarillos. Tomarse la revancha sobre estos últimos fue, por cierto, la única motivación de las direcciones sindicales en ese movimiento: no ganar a base de jornadas a saltos y a toque de silbato frente a las provocaciones del gobierno, sino simplemente volver a ponerse en la silla tras semejante afrenta; un movimiento de restauración, por tanto. Por todo tipo de razones, el actual movimiento de estudiantes de instituto y universitarios está peor armado para defenderse de las maniobras sindicales y politiqueras. El martes pasado, una marcha sobre Matignon desde el Ayuntamiento, decidida por miles de alumnos de instituto y estudiantes, pudo ser tranquilamente torpedeada por las organizaciones sindicales y transformada en una marcha para ir a que los encapsularan en la plaza Vauban sin que ello provocara escándalo. Sindicatos, medios, organizaciones de izquierda: los falsos amigos son mucho más peligrosos que los verdaderos enemigos. Si consiguen jodernos, es precisamente por haber fingido durante un tiempo estar con nosotros. En cuanto a los melenchonistas, con su estrategia de hegemonizar todo lo que se mueve y su táctica PANG (¡Personne À Notre Gauche!, «¡Nadie A Nuestra Izquierda!»), no hacen más que preparar cínicamente la mayor resaca política desde Mitterrand. Se alimentan de las esperanzas ajenas como las garrapatas de la sangre. ¿Es eso una excusa para no unirse a los estudiantes de instituto? Desde luego que no. «Unirse a los estudiantes de instituto» es menos seguirlos y respaldarlos que extender el rechazo y los devenires de los que su gesto es portador. Rechazo a dejarse triturar. Rechazo a ser víctima del sistema. Devenir vivo, autónomo, explosivo. Tenemos confianza: de todos modos, no hay solución electoral a este callejón sin salida civilizatorio.
Hay páginas importantes dedicadas a la «gubernamentalidad por el trauma». Esto pasa en particular por una carga contra la torpeza estratégica de los organizadores de la movilización de Sainte-Soline, que desembocó en una «traumatización» deliberada. «Volver a empezar» implicaría, por tanto, sacar lecciones y salir de la repetición traumática. Aquí de nuevo tenemos una represión policial tan previsible como masiva. ¿Nos estamos lanzando una vez más a una trampa?
Cuando se mete a 7.000 estudiantes de instituto bajo custodia policial en tres semanas y se carga sobre ellos a caballo o con granadas sin anilla, evidentemente ya no se trata de «mantenimiento del orden» ni de un problema de «asignación de unidades». Se trata de una estrategia. «El objetivo de la maniobra era asustar a los alumnos y a sus padres para detener cuanto antes la revuelta», explica candorosamente un comisario. Lo que ilustra esta banal confesión es hasta qué punto los gobiernos han cogido la costumbre, en estos últimos años, de manejar los traumas, ya sea su origen una catástrofe, un atentado, una guerra o su propia policía. En este último caso, el Manual de supervivencia habla de «traumatización estratégica». La represión del movimiento de los institutos confirma por desgracia esta tesis. En Francia, el levantamiento de los Chalecos Amarillos fue el punto de inflexión hacia esta nueva configuración. La semana del 8 de diciembre de 2018, el gobierno y los medios no dejaron de agitar la amenaza de que hubiera muertos. Fue entonces cuando tiraron por la borda la «doctrina Malik Oussekine». La estrategia de «mutilar a uno para disuadir a cien» ya se había ensayado en el marco de las ZAD, ya fuera en Sivens, en Bure o durante el desalojo de Notre-Dame-des-Landes. Aprovechando un terreno no urbano, policía y gendarmería hacían llover granadas ofensivas que explotaban al azar. Es visiblemente lo que se ha hecho en Lens. En cuanto a la técnica de embestir con el parachoques, se viene experimentando en las banlieues desde hace mucho. ¿Cuál es el objetivo, desde el punto de vista de la gestión de multitudes? No lo hay. Se trata de traumatizar. El impacto y el pavor se amplifican con los vídeos, una forma como cualquier otra de volver contra los manifestantes su herramienta: sus propios vídeos se convierten en el vector de difusión del trauma y, por tanto, de la disuasión. Denunciar la fascistización de la policía solo sirve para ocultar lo que esta forma de gobernar tiene de eminentemente democrático.
Cada revuelta mínimamente consecuente inventa sus formas, que son también tácticas
¿Sainte-Soline, en marzo de 2023? La trampa se veía desde todas partes, desde cualquier punto y desde cualquier punto de vista. Quien había participado en las manifestaciones salvajes del movimiento de las pensiones, con sus maniquíes de Macron decapitados, sus amenazas a lo Luis XVI lanzadas desde la plaza de la Concordia o el Tribunal administrativo atacado en Nantes, sabía que algo estaba escapando al agotador encuadramiento sindical. Para el poder, había que aplastar urgentemente en germen a la generación que estaba naciendo allí. Así que instaló en aquella cuenca sobreelevada su gigantesca ratonera de militantes. Cualquiera que estuviera frente a ese montículo de tierra rodeado de camiones-muralla, con el general de las fuerzas adversas pavoneándose en la almena del torreón, adivinaba de inmediato la trampa. Cualquiera que hubiera oído las provocaciones de Darmanin los días anteriores, como antes de un combate de boxeo, olía la emboscada. Pocos días después de nuestra derrota total, los gendarmes se jactaban en los periódicos del éxito de su empresa de traumatización. Ese es el término que utilizaban. El movimiento quedó roto en seco. Las maniobras y los cálculos politiqueros de los organizadores de aquella jornada no bastan para explicar que una trampa tan flagrante funcionara. Mientras no se miren de frente este tipo de fracasos y toda la madeja de razones que condujeron a ellos, nos condenamos a repetirlos. Seguimos prisioneros del bucle de repetición traumática. Durante la manifestación del pasado 6 de octubre en París, el pequeño disturbio desencadenado justo antes de desembocar en la plaza de la Nación pretendía precisamente no sufrir el dispositivo preparado para triturar allí las habituales escaramuzas de final de manifestación. Cada revuelta mínimamente consecuente inventa sus formas, que son también tácticas. ¡Es impensable todo lo que puede llegar a existir más allá de la imbécil trashumancia sindical! En cada ocasión, el acontecimiento nunca está del lado de la simple «manifestación»; de lo contrario no habríamos oído a Lecornu felicitarse en la Asamblea de «estas manifestaciones [que] el gobierno acoge con mucho respeto […] con alivio porque por fin tenemos un marco legal, declarado, democrático, en el que puede producirse la expresión de los desacuerdos». A principios de este mes, los estudiantes de instituto demostraron que se podía mantener en estado de sitio, mediante el fuego y el «delirio», su propio centro. Nadie los esperaba ahí, empezando por sus carceleros. El 6 de octubre, en Lyon, en lugar de soportar el encierro de la asamblea trotskista, la manifestación se extendió por sus alrededores para levantar barricadas. Seguramente se bailó más alrededor de esas hogueras improvisadas que en los bancos de la Bourse du Travail. Cada irrupción encuentra su propio repertorio, que al final siempre es antagónico a lo que preconizan los aspirantes a jefe. Todo ello da testimonio de la permanencia de esa inteligencia táctica que tanto nos faltó en Sainte-Soline. Por suerte, no hay estado mayor de los bloqueos de institutos en Francia, a diferencia de aquel día en Deux-Sèvres. La estrategia de traumatización, por cierto, no ha tenido el efecto esperado sobre el movimiento de los institutos, más bien al contrario. Ha añadido una causa más a un movimiento al que ya no le faltaban. Y ha templado su determinación, que era precisamente lo que se pretendía mellar. ¡Caramba, otra vez fallado!
Hay cierta expectación en torno a la fecha del 17 de octubre, que se supone que será la del regreso de los Chalecos Amarillos. En el Manual de supervivencia se critica severamente la ilusión según la cual las redes sociales podrían producir por sí solas una dinámica revolucionaria, incluso a través del ejemplo que suele acompañar a esta idea (el de las revoluciones árabes). El fracaso del 10 de septiembre de 2025, considerado una «burbuja especulativa militante», viene a ilustrar esta tesis. ¿Seguimos en ese tipo de burbuja o esta convocatoria, unida a la revuelta de la juventud, crea una configuración más abierta?
Unas semanas antes de la disolución de la Asamblea en junio de 2024, los consejeros cercanos de Macron veían juntos, en el Elíseo, la serie La Fièvre. La alocución del 9 de junio, la de la disolución, evocaría por cierto esa misma «fiebre». La serie fue concebida por un antiguo miembro del PS, de la corriente de Jean-Luc Mélenchon. En ella, los adversarios, a favor o en contra del gobierno, se enfrentan a golpe de influencia comunicativa, para apagar o atizar revueltas en el país. Los comunicólogos de todos los bandos escrutan una especie de paneles de control gigantes donde observan en directo cómo emergen las tensiones de las redes sociales. Es una fantasía del poder cibernético, la de la Control Room. Los lectores de la revista de la Polytechnique saben que el gabinete del primer ministro probó, precisamente en 2024, un software de cartografía en directo de los riesgos de fractura del cuerpo social, cartografía deducida del ruido digital. Lo que importa en este mapeo no son las ideas que circulan ni quién las propaga (militantes o bots rusos), sino las desviaciones respecto a la norma, cómo se coagulan, forman abscesos y cómo reventarlos. No vamos a sorprendernos de que los gobiernos conviertan las herramientas de comunicación en herramientas de control. Lo que debería inquietarnos, en cambio, es que tantos revolucionarios hayan acabado adoptando una idea similar de la revuelta. Les bastaría, tras haber tejido una red de cuentas verdaderas o falsas y acumulado seguidores, tras haber forjado una convocatoria de gran viralidad, con pulsar una gran flecha para lanzar la insurrección. Esta idea comunicacional del levantamiento no es del año pasado. Facebook y Twitter ya aplicaban ese relato a las «Primaveras Árabes». Pero, como detalla el Manual de supervivencia, no hubo revolución Facebook. Como tampoco Mayo del 68 fue una revolución RTL, ni Génova en 2001 un disturbio Wanadoo. No se trata de negar el papel de los medios de comunicación en esos acontecimientos, y en particular en su ritmo. La multiplicidad de storytellings, la idea de que cada cual podría mostrar su mundo a todo el mundo, es literalmente una invención del movimiento altermundialista, del encuentro entre los primeros hackers y el movimiento zapatista. Hay que admitir que esta idea se ha vuelto contra nosotros, como muchas otras armas del ciclo de insurrecciones de este último cuarto de siglo. No hacemos más que empezar el inventario de nuestro arsenal.
La insurrección es la única manera de escapar de la encerrona electoral que se perfila
En el fondo, desde que el movimiento de los Chalecos Amarillos se agotó en la repetición de las marchas de los sábados, «Chalecos Amarillos» se ha convertido en una forma de decir «insurrección» sin pronunciar la palabra. Y de hecho, la insurrección es la única respuesta a la altura del ahogo, de la humillación, del empobrecimiento y de la tomadura de pelo que nos reserva el aparato gubernamental. Solo que este aparato, desde el 8 de diciembre de 2018, se ha armado para defenderse de una nueva irrupción de los Chalecos Amarillos, tras haber sido pillado por sorpresa el 24 de noviembre y el 1 de diciembre de aquel año. Necesitamos, por tanto, un nuevo efecto sorpresa. La vitalidad de los institutos puede cambiar las cosas y complicar la ecuación represiva para las fuerzas gubernamentales, pero una insurrección no se reduce a una multiplicación de manifestaciones. En lugar de especular sobre esa fecha, preferimos sacar las lecciones estratégicas de las derrotas pasadas y partir de lo que en ellas quedó sin cumplir. Lo más loco, en retrospectiva, de las jornadas insurreccionales de los Chalecos Amarillos es que pasábamos por delante de la sede del banco Lazard, de la UIMM, de LVMH o bajo las oficinas de Publicis sin darnos cuenta de que era ahí, mucho más que en el Elíseo, donde se agazapaba el enemigo: el capital. Las cosas están más claras ahora. La arrogancia del capital lo ha dejado al desnudo. Los domicilios circulan. La insurrección es la única manera de escapar de la encerrona electoral que se perfila. Todo el mundo nota que las presiones morales y financieras para meternos en vereda no harán sino acentuarse en los próximos meses. El confinamiento por el precio de la gasolina no es más aceptable que los confinamientos anteriores. Y además, no podemos dejar que el régimen macronista se desvanezca sin hacerle pagar el precio de los abusos cometidos. Claman venganza. Sea como sea, estaremos en la calle el 17 de octubre.
Todo el texto es un análisis fino de las formas contemporáneas de dominación del capital, de sus mutaciones en los últimos quince años. Muestra cómo los llamados «revolucionarios» han caído en todas las trampas tendidas y refuerzan su dependencia y su impotencia. Critica la debilidad analítica y estratégica de estos entornos. ¿Cuáles son entonces las vías de resistencia, de fuga, de subversión? ¿Cuál es la buena estrategia para todas esas personas, numerosas, que ya no pueden más con el mundo tal y como va, aunque probablemente sigan atrapadas en sus contradicciones, pero que, aisladas y acorraladas por toda la maquinaria del capital descrita con precisión, no saben por dónde empezar?
Cuando salimos de nuestra reserva y por fin nos rebelamos, todavía encontramos en nuestro camino todo un pequeño universo militante dispuesto a intimidarnos. Pretende tener las buenas prácticas, los buenos discursos, la organización adecuada y todo un abanico de soluciones listas para usar. ¡Hasta tiene equipo de sonido y contactos periodísticos, imagínate! Lo que documenta el Manual de supervivencia es que todo este pequeño ambiente solo es rico en sus fracasos y en su determinación de repetirlos. Si tuviera la menor solución, no estaríamos donde estamos. Estamos en Francia, un país donde siempre hay alguien que pretende educarte. Cuando no es el gobierno, son los antigubernamentales. Los ambientes militantes son un callejón sin salida, no un punto de partida. No hay mal punto de partida; el mejor es probablemente allí donde estamos, aquellos a quienes amamos y aquello a lo que estamos apegados, siempre que dejemos de contarnos cuentos, de seguirle el juego a la mentira social y a sus supuestos «valores», siempre que dejemos de estar aterrorizados, en el fondo. Aterrorizados de ser desterrados. Es lo que el Manual de supervivencia llama el «proceso de singularización». No tiene fin. Eso es vivir de verdad. Ya nadie quiere sacrificarse. Ningún «valor colectivo» consigue ya exigir el sacrificio. Hay que fundar las realidades colectivas sobre algo distinto del sufrimiento. Es precisamente para impedir eso por lo que ahora nos vuelven a sacar el horizonte de la guerra. Pero la verdadera guerra es entre todos esos procesos de singularización y el orden decrépito-reinante que pretende seguir vampirizando toda forma de vida en la Tierra. Las opciones legalistas, a estas alturas, han sido todas barridas: en las megabalsas, en la A69, en la ley Duplomb, tanto en el derecho laboral como en el derecho internacional. «Quemarlo todo, total ya está todo ardiendo», decía una pancarta de la manifestación parisina el martes pasado. «¡A tomar por culo casi todo!», matizaba con más finura otra. Los ecos que se devuelven actualmente las revueltas francesas, belgas, españolas o albanesas no son fruto del azar. Hay una guerra en curso entre nosotros y el capital, sobre el telón de fondo de las mil dependencias mediante las cuales cree tenernos sujetos. Todo el Manual de supervivencia es un esfuerzo por actualizar nuestra lectura del teatro de operaciones. No podemos resumirlo en unas pocas frases. Constatando poco antes de morir la dirección fatal que tomaba el régimen soviético, Lenin escribía: «No están perdidos (y muy probablemente no perecerán) aquellos comunistas que no se dejan llevar ni por las ilusiones ni por el desánimo, conservando la fuerza y la flexibilidad para, una vez más, volver a empezar desde cero y abordar una de las tareas más difíciles». Este consejo sigue siendo válido en pleno apocalipsis del capital.
Publicado originalmente en Frustration. Traducción Zona de Estrategia.




