Bad Bunny en el Madrid global

por | Jun 11, 2026 | Análisis, Cultura

El éxito de Bad Bunny, Karol G o Shakira en la capital revela la inserción de la ciudad en los circuitos globales de la música latina pero también la emergencia de una nueva realidad política donde la población de origen latinoamericano es ya una parte fundamental de la mayoría social madrileña.

Madrid City. Así se titula el tema que hace dos años publicó la esteponera Ana Mena y que cuenta ya con 58 millones de visualizaciones. La fiesta, la insinuación, el ligoteo y los destellos llenaron este videoclip, que recuerda a piezas similares grabadas en Miami, Los Ángeles o Nueva York.

La música latina ha situado por primera vez a Madrid en el centro de un fenómeno global de la cultura de masas. A su vez, este hecho no puede explicarse sin recordar que la región supera el millón de residentes nacidos en América Latina. La cifra es mucho mayor si se incluyen también a sus hijos y nietos nacidos aquí. Tampoco puede entenderse sin el proceso de internacionalización de la economía madrileña como región global, iniciado a finales de los años noventa y analizado con detalle, en Madrid no es España, el último número de Cuadernos de Estrategia.

Las cifras del último año son espectaculares: los cuatro conciertos de Karol G en el Bernabéu con más de 240.000 espectadores; los diez de Bad Bunny en el Estadio Metropolitano con más de medio millón y los once conciertos y 450.000 entradas vendidas por Shakira entre el 18 de septiembre y el 11 de octubre de 2026 dan la medida.

Cuatro conciertos de Karol G en el Bernabéu, diez de Bad Bunny en el Estadio Metropolitano y once de Shakira

Pero los números son solo el reflejo de una ciudad que crece como polo de atracción a escala nacional e internacional para la música en vivo. El Movistar Arena (ex Wizink) ocupa el segundo lugar en el mundo como sala de conciertos por número de eventos. La Gran Vía, el nuevo «Broadway» madrileño, es el tercer espacio para musicales del mundo con más de 2,6 millones de espectadores anuales en más de once musicales simultáneos. Por último, salas como La Cubierta de Leganés, el Palacio de Vistalegre o el entorno de La Caja Mágica, completan la descomunal infraestructura de salas, espacios de conciertos y festivales con los que cuenta la ciudad.

El final del poblachón manchego

A pesar de lo anterior, la idea de que Madrid sigue siendo un poblachón manchego, tal y como la caracterizó su cronista Mesonero Romanos, parece haberse alargado hasta el presente. Su capitalidad durante la dictadura y su vinculación simbólica a las bases culturales del franquismo han hecho que la “cultura madrileña” se pudiera dar siempre por supuesta sin demasiadas indagaciones. Todo podía resumirse en una cultura oficialista, nacionalista, carca y hasta folclórica propia de una ciudad encerrada en sí misma y poco cosmopolita. Quizás atravesada por breves paréntesis que ofrecerían alguna alternativa como La Movida Madrileña, activa durante poco más de una década, o los distintos momentos de la cultura obrera de barrio, especialmente la saga rockera que va desde Burning hasta Rosendo,

La tercera región metropolitana en población de Europa no podía superar su esencia de “gris sede funcionarial”

Lejos de las grandes culturas urbanas europeas donde tendrían plaza de honor Berlín, Londres o Barcelona, el área metropolitana madrileña parecía condenada hasta al mantra de ser el mismo poblacho manchego de siempre. La tercera región metropolitana en población de Europa nunca habría logrado superar, según este dictado, su esencia de “gris sede funcionarial”. Sea como fuere, es cierto que los distintos undergrounds madrileños han sido difíciles de interpretar desde el canon contracultural que sí aplicaron, por ejemplo, en los años setenta barceloneses. También que esto ha hecho que los ochenta madrileños apenas hayan tenido un puñado de estudios sobre el rock suburbano, los quinquis o La Movida Madrileña. Sin embargo, lo que vive hoy Madrid con eventos como el de Bad Bunny pertenece a otra escala.

La Movida de Tierno, el Reguetón de Ayuso

Nadie escapa del gran despunte del reguetón en sus distintas variantes. Es la música que suena de manera transversal y masiva en la mayoría de casetas de las fiestas de barrio, en salas de baile y garitos de toda índole, hasta en muchos centros sociales. Solo así se explica el éxito rotundo y masivo que están teniendo los directos de esta constelación de estrellas latinas donde se incluyen no pocas españolas.

El reguetón es a Isabel Díaz Ayuso lo que La Movida Madrileña fue a Enrique Tierno Galván

Pero lo más importante es que esta transformación cultural y el nuevo protagonismo madrileño que la acompaña no está teniendo ningún tipo de interpretación desde el campo del análisis crítico. Los progres oscilan entre bailar hasta las tantas esos éxitos o ignorar la masividad que despiertan, mientras critican algunos aspectos del reguetón por su machismo. El denominador común en ambos casos es el mismo: no existe un análisis convincente sobre lo que está pasando. En términos provocativos podríamos afirmar que el reguetón es a Isabel Díaz Ayuso lo que La Movida Madrileña fue a Enrique Tierno Galván. Evidentemente, Ayuso no ha creado ese fenómeno, del mismo modo que Tierno no creó La Movida, pero ha sabido leer políticamente la energía social que tiene detrás.

Todo a pesar de las contradicciones evidentes. Ayuso llegó a rechazar la concesión de la Medalla de Madrid a Bad Bunny apelando al machismo de algunas de sus letras. Del mismo modo que Tierno promovió La Movida pese a haber sostenido en escritos anteriores que la homosexualidad era una «desviación» del instinto. En ambos casos, lo decisivo no fueron sus gustos personales ni sus convicciones morales, sino su capacidad para reconocer la potencia social de un fenómeno cultural emergente.

Jóvenes obreros migrantes, pijos de distintas tribus, punkis, contraculturales y quinquis se cruzaban e incluso se disputaban una urbe en pleno proceso de segregación urbana y social

Incluso podemos ir un poco más allá. La Movida madrileña, salvando algunas distancias con el presente, cumplió una función clara en la ciudad: la de suturar simbólicamente la brecha social abierta por la crisis y el paro juvenil en los barrios y el Madrid moderno de la nueva clase media que empezaba a despuntar. Jóvenes obreros migrantes, pijos de distintas tribus, punkis, contraculturales y quinquis se cruzaban e incluso se disputaban una urbe en pleno proceso de segregación urbana y social. Por momentos, aquello que se llamó La Movida madrileña parecía ser un movimiento que todo lo cubría.

El Madrid de hoy es muy distinto al de entonces. En medio de dinámicas financieras y migratorias globales, especialmente de América Latina, solo movimientos culturales más globales pueden cumplir la función que asumió la movida. A medio camino entre la marca de “capital latina” y el discurso integrador, Madrid está encontrando una nueva identidad en su apertura a “lo latino”.

Aquí es donde los discursos de Ayuso que definen a la región como el lugar donde “se hablan todos los acentos del español” o que desprecian la cuestión colonial por divisiva, aterrizan y ganan posiciones. La cultura de masas que atraviesa la ciudad, que une a los barrios altos y los bajos, que pone a bailar juntos a los migrantes latinos y a los jóvenes gatos, debería ser objeto de interpretación.

Es una ciudad donde la población de origen latinoamericano constituye una parte fundamental de la mayoría social madrileña

La latinidad de Ayuso o la Iberoesfera de Abascal son expresiones ideológicas de esta transformación. En una ciudad donde la población de origen latinoamericano constituye una parte fundamental de la mayoría social, resulta mucho más difícil relegarla simbólicamente a una posición subalterna, como sí ocurre con las personas de origen musulmán o africano. La capital construye más esferas de unión cultural y social entre América Latina y España de lo que se presupone. Aunque, como también sucedió con La Movida, esta fórmula pretenda ocultar los sistemas de segmentación de clase o racistas que también la acompañan.

A falta de una mejor interpretación e intervención, la tesis de Ayuso parece remar a favor de la alianza real que se está dando en la región entre lo latino y lo castizo. Por eso, aquello a lo que llamamos izquierda no puede permitirse ignorar estas transformaciones. Sobre todo porque muchas de las claves de la política madrileña de los próximos años pasarán por este cruce que es ya el principal motor de formación de la futura sociedad madrileña.

Recibe nuestro boletín

* indicates required

Intuit Mailchimp


Sánchez o la política como teatro de máscaras

Pedro Sánchez ha demostrado una sorprendente capacidad de reinvención estratégica en cada una de las crisis políticas que parecían ser su final. En este artículo se analizan las claves que le han permitido desempeñar el papel protagonista del progresismo resiliente en la gran obra de las guerras culturales que es la política representativa.

Bolivia al límite. Seis claves para leer este momento

Tras cinco semanas de escasez, bloqueos, muertos y una creciente crisis política, Bolivia atraviesa una confrontación que excede la continuidad o caída del presidente Rodrigo Paz. En disputa están los límites que los sectores populares intentan imponer a la gestión de la crisis económica y al poder de las élites.

¿Es China un país capitalista?

China es un país capitalista. Esto es evidente en el hecho de que todo el mundo necesita dinero para sobrevivir y, por lo tanto, tiene que depender de «la economía». La mayor parte de la población es proletaria, lo que significa que no tiene ningún control sobre la producción y, por lo tanto, debe trabajar a cambio de un salario para sobrevivir.

Contribuye a publicar más reflexiones, suscríbete

Banner de suscripción

Otras publicaciones relacionadas

¿Es China un país capitalista?

¿Es China un país capitalista?

China es un país capitalista. Esto es evidente en el hecho de que todo el mundo necesita dinero para sobrevivir y, por lo tanto, tiene que depender de «la economía». La mayor parte de la población es proletaria, lo que significa que no tiene ningún control sobre la producción y, por lo tanto, debe trabajar a cambio de un salario para sobrevivir.