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En el marco del debate sobre el declive de los movimientos sociales, se ha señalado que la hegemonía del marco de la interseccionalidad ha podido alimentar el desarrollo de acciones políticas sectorialistas e identitaristas. Este artículo propone un marco histórico y no interseccional para dar cuenta de las cuestiones de sexo1/sexualidad y raza. La clase no es, bajo este enfoque, un eje de opresión más que se imbricaría con otros, sino aquel que les dota de inteligibilidad. En esta línea, se persigue mostrar que dichas cuestiones raciales y sexuales forman parte de la clase, de su composición histórica o, lo que es lo mismo, de la lucha de clases.
La objeción de que un planteamiento así es puro reduccionismo marxista no se deja esperar. Sin embargo, este análisis se opone a la afirmación de que todas esas luchas (de sexualidad, de sexo y de raza) son secundarias con respecto de la contradicción primaria y fundamental, la clase. Muy al contrario, asume como punto de partida que el dominio de raza, de sexualidad y de sexo vertebra el capitalismo, tal como existe históricamente. La raza o el sexo no se conciben aquí como meros epifenómenos «superestructurales», esto es, como cualificaciones secundarias de la clase, sino como parte de la clase misma. De este modo, cabe pensarlos como principios organizadores del capitalismo, precisamente por pertenecer a la dinámica de la lucha de clases y, así, a la clase misma. Tal y como advirtiera Franz Fanon, revisando el marxismo ortodoxo en relación con el sistema colonial, la raza es infraestructura, clase: «En las colonias, la infraestructura [la clase] es igualmente una superestructura [la raza]. La causa es consecuencia; se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico. Por eso los análisis marxistas deben ser modificados ligeramente siempre que se aborda el sistema colonial».2
Reconducir las luchas sexuales y antirracistas, más allá de las políticas de reconocimiento, a las de clase no constituye una arbitrariedad, puesto que la raza, el sexo y la sexualidad se hallan enraizados en formas específicas de explotación y de dominio, tanto por lo que se refiere al antagonismo capital-trabajo como al conflicto capital-reproducción de la vida. Sin producirse y reproducirse bajo el capitalismo estas diferencias de raza, sexo y sexualidad, no podría efectuarse históricamente la acumulación de capital.
No se trata por tanto de cuestiones meramente culturales, puesto que vertebran el capitalismo. De este modo, no solo sería injusto omitirlas en la crítica anticapitalista, sino que obviarlas haría fracasar por completo cualquier proyecto político de clase, en favor de su antagonista, el cual puede reclutar parte del trabajo autóctono e instrumentalizar jerárquicamente las diferencias. Pero, además, tampoco lo cultural puede abandonarse en el trastero de lo insignificante. La clase no es un concepto meramente económico, sino político. Como el marxismo sabe desde siempre, la posición objetiva es insuficiente, en tanto no se dé la constitución política de esa clase (su composición, esto es, su organización y conformación como bloque con intereses comunes y proyecto orgánicamente enderezado a la lucha de clases), lo que precisa de medios culturales de cohesión, tal y como ya estudiara Edward P. Thompson en relación con la formación de la clase obrera en Inglaterra.3 Dichas cuestiones sexuales y raciales, no obstante, han sido excluidas frecuentemente de la concepción de la clase y de la política de la clase, como si fueran realmente exteriores a ella. En tales casos han constituido condiciones negadas de la clase misma y, por ende, de la política de clase. Así, por ejemplo, cuando se hace valer la cualificación laboral y se renegocia el salario, esto puede hacerse corporativamente, relegando a los extranjeros y a los trabajadores de otras razas o etnias en determinados oficios y puestos, y dando centralidad al salario del varón en calidad de proveedor en detrimento del salario femenino, mero complemento del salario familiar, el cual se lucha en esos términos; aquí la línea sindical tendría como norma implícita el trabajo de reproducción social de las mujeres en la casa y no pagado. Una política de clase de este tipo tiene como condiciones la priorización de la autoctonía, la jerarquía racial y la subordinación de las mujeres que, sin embargo, no aparecerán como cuestiones de clase, sino como cuestiones de foráneos, de negros, de mujeres, etc., ajenas a aquella.
La propuesta que se presenta no pretende rehabilitar una instrumentalización de las diferencias mencionadas (sexo, sexualidad, raza) a fin de emancipar a la clase trabajadora entendida falazmente como masculina, autóctona o nacional, sino defender la posibilidad de una verdadera coalición de clase, de la cual ha sido expulsada la mayor parte del trabajo, tanto el racializado como el feminizado. Revivir un identitarismo obrerista que no responde a las realidades históricas del trabajo, no es solo permanecer anacrónicamente por debajo del nivel histórico del reconocimiento adquirido por las mal llamadas minorías (lo que ya sería suficiente), sino que es además perjudicial a efectos de organizar, intensificar y ampliar la lucha de clases. Antes bien, significa ofrecerse inerme y sumisamente, a pesar de todas las agresivas retóricas masculinistas, a la hábil gestión del mando capitalista.
Así, con este interés político en la posibilidad de las coaliciones y tomando distancia del ya muy asentado enfoque interseccional, se ha querido abordar un tratamiento histórico del sexo, la sexualidad y la raza bajo el capitalismo siguiendo la estela de los marxismos negros y del feminismo marxista.
En primer lugar, es necesario hacer una mínima aproximación a la noción de interseccionalidad y, en segundo lugar, aclarar en qué sentido se toma distancia de ella y por qué (o mejor aún para qué) de manera más concreta, así como desplegar una explicación histórica acerca de las diferencias de raza, sexualidad y género, o al menos una tentativa plausible.
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- A efectos de este artículo, el término «sexo» es intercambiable con el de «género». Por más que se insista en que el sexo tiene un sustrato biológico independiente de su interpretación social, desde un punto de vista vinculado al materialismo histórico poco importa una capacidad biológica que no se pone en juego, una potencia que no se actualiza. Dicha actualización requiere condiciones sociales bajo las cuales se pongan a trabajar las capacidades reproductivas, que además exceden lo biológico, como es el caso de la crianza, el cuidado y en general el trabajo reproductivo. En ese sentido, el sexo que se quiere reducir a lo biológico o natural es también social y construido. ↩︎
- F. Fanon, Los condenados de la tierra, Ciudad de México, FCE, 2018, pp. 40-41. ↩︎
- Un buen artículo que explica la concepción de Thompson sobre la clase, liberada de trazas subjetivistas que harían irrelevante la posición de los sujetos en el modo de producción, puede encontrarse en el artículo de 1982 de Ellen Meiksins Wood «El concepto de clase en E. P. Thompson», disponible online en http://www.cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/contenido/CP.36/CP.36.9.EllenMeiksinsWood.pdf ↩︎

