El autor desgrana aquí algunos de los límites a los que se enfrentan estos espacios autónomos de autogestión y experimentación política, al menos cuando se desatiende la producción común de deseo revolucionario y el rastreo de nuevas formas de lucha. El texto propone repensar los centros sociales como infraestructuras porosas y transversales, que articulen vecindades insurgentes y luchas cotidianas más allá del edificio ocupado. Su futuro depende de recomponerse como espacios comunes en lucha, no como refugios aislados: interfaces vivas capaces de amplificar conflictos urbanos y sostener nuevas formas de vida colectiva.
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