Romano Alquati continúa siendo una figura relativamente desconocida en el ámbito hispanohablante frente a autores del movimiento operaista como Negri o Tronti en el campo de la filosofía política, Sergio Bologna en la sociología del trabajo o Leopoldina Fortunati y Mariarosa dalla Costa en la teoría de la reproducción. Mientras gran parte de los trabajos de otros autores vinculados al largo 68 italiano son conocidos ya, Para hacer coinvestigación (Traficantes de Sueños) es la primera obra de Alquati traducida al castellano.
Este desconocimiento, quizás tenga que ver con haber sido una figura relativamente excéntrica dentro de los ámbitos a los que perteneció. Demasiado libertario para las corrientes más leninistas de su época, Alquati ocupó además una posición marginal dentro de la universidad donde trabajó como profesor adjunto, desde la que intentó preservar su pensamiento de la academización como buenamente pudo y siempre trató de ligarlo a la militancia y al deseo revolucionario— . Guido Bodio lo describiría como “un perro dentro de una iglesia”, una figura molesta y desconcertante para una realidad académica que nunca lo terminó de respetar.
El hecho de resultar tan fastidioso quizás hoy sea más bien una importante característica de todo pensamiento crítico y política revolucionaria. En un escenario donde el debate político y social se ha convertido en un espacio tendente a la autocomplacencia y ausente de conflicto, tenemos escasa capacidad para poner en crisis las dinámicas y los modos de hacer a los que estamos acostumbrados desde diferentes espacios militantes y de producción de pensamiento. Sin embargo, la habilidad para introducir el conflicto y plantear nuevos problemas cuando uno piensa que ya ha sido capaz de comprender la realidad que le rodea, es imprescindible, aun cuando el precio a pagar sea poner en cuestión la propia identidad y arrojarnos al campo de lo desconocido. Ejercicio incómodo, desde luego, pero siempre mejor que la condescendencia y la banalización de lo que ya conocemos y de los callejones sin salida.
Los orígenes del operaismo
Criado en la Cremona de posguerra, en un contexto de rápida industrialización del mundo rural del norte de Italia, muy pronto Alquati se vinculó a una generación de nuevos investigadores que se encontraban alejados de las doctrinas oficiales del movimiento obrero de la época, principalmente del PCI. Se trata de los Ricercatori Scalzi, un grupo de jóvenes militantes, implicados en el estudio de la vida cotidiana de la clase trabajadora. Este grupo abordaría el estudio de unas clases populares tal y como eran, despojadas por tanto de todo halo mítico y alejadas de la centralidad fabril, a partir de procesos de investigación desde abajo, desarrollados en las verjas de las fábricas.
Conviene recordar dentro de este grupo a figuras como Danilo Montaldi, un joven que entró en contacto en París con el grupo Socialisme ou barbarie a mediados de los años cincuenta y que tradujo al italiano por primera vez The American Worker, texto que recoge la experiencia del trabajo fabril de Paul Romano en la General Motors de Detroit en 1947. The American Worker era a su vez producto de la tendencia Johnson-Forest, donde confluían militantes como C. L. R. James y Raya Dunayevskaya, figuras clave del marxismo estadounidense de posguerra. Entre otras influencias se encuentra la de Della Volpe, que aportó una recuperación de la cientificidad del marxismo -es decir, su sentido materialista fuerte, frente a las batallas por la hegemonía cultural y política elaboradas a partir de la revisión del PCI de los Escritos de la cárcel de Gramsci–. También podemos percibir la influencia de Daniel Mothé, cuyos trabajos sobre el mundo industrial serían traducidos en el Estado español por la editorial ZYX una década más tarde.
La sociología académica tendió a centrarse en la lectura de elementos estructurales
La articulación con este conjunto de influencias resulta fundamental y anticipa algunos de los elementos centrales del operaismo de la década de 1960. Sin la introducción de ese importante humus cultural no se entiende la importancia decisiva que tiene la mirada sobre los procesos de subjetivación, alejándose al mismo tiempo tanto de la sociología académica como del movimiento obrero italiano oficial de la época. La sociología académica tendió a centrarse en la lectura de elementos estructurales, mientras el movimiento obrero oficial de la Italia de posguerra se orientó hacia los cálculos políticos, en el marco de la “vía italiana al socialismo “propuesta por Palmiro Togliatti para garantizar la participación del PCI en los gobiernos. Como señala Danilo Montaldi en su Autobiografia della Leggera (1961):
«Las clases subalternas, su cultura y sus formas de vida han sido a menudo objeto de estudio por parte de la sociología contemporánea —no sólo italiana— para dar pie a un discurso de clara intención reformista y de enfoque no científico. La invención de un proletariado como clase histórica garantiza a los investigadores la posibilidad de profundizar hasta la raíz de las cuestiones tratadas».
La comprensión de la subjetividad
La centralidad de la subjetividad como elemento para la activación de las luchas será desarrollada por R. Panzieri, a partir de la relectura de los Grundrisse y El Capital de Marx, particularmente en lo que respecta a la sección IV de este último. En la lectura de Panzieri, el capital, para poder valorizarse a través de la explotación del trabajo vivo, necesita convertir a los obreros en la parte subordinada del proceso productivo.
Dicho de otro modo, la línea de producción fordista es el espacio donde el capital organiza la tecnología y los sistemas productivos como elementos de lucha política en la fábrica. Sin embargo, al hacerlo, el modo de producción capitalista construye a la clase obrera como capital variable, expulsable y prescindible, pero al tiempo susceptible de abandonar su función de reproducción del ciclo si deviene revolucionaria. Se completa así la revolución copernicana planteada por Mario Tronti, donde es la lucha de clases la que impulsa el desarrollo y la innovación capitalista y no al revés. La subjetividad obrera organizada en su “partido-instrumento” posee la capacidad para poner en jaque el sistema y obliga al capital a impulsar el desarrollo e innovación del ciclo capitalista, recomponiéndose y contraviniendo las visiones más deterministas y productivistas del marxismo basadas en el desarrollo de los medios de producción.
En la Italia de los años cincuenta y sesenta, este desplazamiento conceptual encuentra un sujeto concreto en la figura del obrero masa. Compuesto por las oleadas de migrantes rurales que llegan desde el mezzogiorno italiano al norte industrial y se hacinan en los nuevos barrios “coreanos” de Milán y Turín, esta figura de la modernización “a la europea” de Italia es capaz de encarnar el rechazo en potencia hacia la fábrica de una forma más radical que la que en ese momento expresan el movimiento obrero oficial y sus sindicatos. Paradójicamente, es la exterioridad organizativa respecto al reformismo lo que abre a este grupo al espacio del antagonismo social.
En este contexto es donde debemos situar el trabajo por el que Alquati es más conocido, a partir del proceso de investigación militante que tiene lugar en las puertas de las fábricas del triángulo industrial -principalmente en la Fiat- en publicaciones como los Quaderni Rossi (1961) primero y, más tarde, en Gatto Selvaggio y Classe Operaia (1963), recopilados en el libro Sulla Fiat e altri scritti. En estas publicaciones se desarrollaron los conceptos centrales del pensamiento operaista como composición -tanto del capital como de clase- y la posibilidad de que a través de la lucha los trabajadores puedan subvertir su posición y devenir antagonistas, dando lugar al proceso de recomposición.
Sin embargo, resulta interesante acercarnos a la forma en la que tendrían lugar los procesos de recomposición o de alteridad y ambivalencia respecto al lugar predispuesto para estos trabajadores. En el caso italiano, este proceso tendría lugar a partir de la recuperación de la encuesta obrera de Marx para La Revue Socialiste 1880, pero introduciendo numerosas innovaciones en el campo de la participación y las dicotomías tan típicas de las ciencias sociales entre investigador-investigado o sujeto-objeto.
Coinvestigación implica tanto procesos de producción de conocimiento pero también de organización y conflicto.
En este sentido, conviene recuperar finalmente el término de coinvestigación, es decir, la manera en la que se activan los procesos de cooperación que son tanto procesos de producción de “nuevos” conocimientos pero también de formación, conflictividad y organización. Así entendida, la coinvestigación es un espacio de producción epistémica y política que no puede reducirse a la idea del investigador que se acerca a un punto concreto de la producción para estar y conocer la posición de los trabajadores, como se suele hacer desde el campo de la etnografía y la recogida de datos de campo. El prefijo “co” tampoco remite a la proletarización de unas clases medias que componen la intelligentsia para ir con el pueblo -esa es otra idea, propia del populismo ruso de los primeros Narodniki-.
Esta concepción de la cooperación a través de la coinvestigación se sofisticó en los desarrollos teóricos del Alquati de los años ochenta. Y es que los procesos de transformación sobre la subjetividad que operan mediante la investigación militante no pueden comprenderse sin atender a los distintos niveles que componen estos procesos de subjetivación. Las formas en las que las personas individuales quedan determinadas por su posición social están compuestas por varios niveles que se articulan entre sí, pasando desde el actor humano (la dimensión más inmediata e individual), al agente intermedio (la mediación social que liga al sujeto a su función dentro del ciclo) para finalmente llegar a los procesos de contrasubjetividad, donde se abre un espacio no determinado por la lógica capitalista que vuelve posibles formas de sustracción a la valorización.
En cualquier caso, conviene subrayar que para Alquati el estudio de la subjetividad no remite a un campo individualizado, sino a un conjunto de formaciones colectivas —grupos, estamentos, clases y otras agregaciones sociales— que constituyen “una de las dimensiones del proceso de transformación histórica del mundo”. Estas formaciones integran un sistema “caracterizado por una historicidad y una socialidad en evolución procesual”, sobre el que es posible intervenir.
En ese movimiento emergen nuevos comportamientos, deseos, voluntades e imaginarios
Esa intervención se produce a través de la formación y la discusión colectiva, capaces de introducir pequeñas crisis en los consensos que sostienen la normalidad del mundo. En ese movimiento emergen nuevos comportamientos, deseos, voluntades, imaginarios y también nuevas creencias o representaciones, siempre que se tenga la capacidad de leer las tendencias del ciclo y de desarrollar una inteligencia colectiva capaz de anticiparse a los fenómenos antes de que se cierren o cristalicen.
Leer la tendencia y anticiparse al ciclo
En su momento fuerte la coinvestigación constituyó un instrumento de intervención en las luchas a través de las interacciones comunicativas que se producen en los círculos y entrevistas. Alessandro Pizzorno, partícipe de Quaderni Rossi,
lo definió del siguiente modo:
“La acción organizada quiere que los problemas, los temas de la investigación, los objetos del conocer, broten de la situación organizativa misma”.
De este modo, la investigación funciona como una apuesta en movimiento, que persigue la hipótesis allí donde se detectan comportamientos de insubordinación que son capaces de golpear en “el eslabón más débil de la cadena” y cortocircuitar el ciclo de acumulación. La coinvestigación no inventa ni descubre demasiado, su campo opera allí donde se leen las condiciones en potencia para transformarse en acción colectiva. Más allá del análisis de transformaciones estructurales de gran escala —como el excepcional trabajo sobre los contenedores logísticos desarrollado por la revista Primo Maggio en el contexto de la transición posfordista—, el método de la coinvestigación se sitúa en el nivel de la tendencia: allí donde los cambios aún no han cristalizado ni se han institucionalizado plenamente en la realidad social. Como señala Gigi Roggero, la coinvestigación “siempre es tibia” y se “encuentra en la fase de ebullición”.
De este modo, no se trata de diagnosticar lo que ya es, ni de extrapolar lo que será -esa es tarea para los vendedores de crecepelo de ayer y hoy-, sino de captar y actuar en aquello que está emergiendo en el espacio entre dos momentos. Ese momento Petrogrado de la revolución en el que, parafraseando a Lenin, el ayer es demasiado pronto y el pasado mañana será demasiado tarde, pero siempre en fuga respecto al poder.
La ciencia de parte, capaz de leer y actuar sobre los procesos que se desvían de la norma -aquellos que operan en el campo de la subjetividad descrita en el apartado anterior-, producida por la coinvestigación y las herramientas que allí se elaboran es lo que permite que emerja lo que Alquati denomina como la ambivalencia. Esta posición no es otra cosa que la existencia de contradicciones específicas dentro de las relaciones capitalistas, que se sostienen sobre un equilibrio siempre precario. Volviendo al punto clásico operaista, en cada ciclo el sujeto subordinado aparece atravesado por una doble pulsión -reproducir el ciclo o romper la baraja, sustrayéndose- y es esa pulsión la que en cada coyuntura puede decantarse hacia el conflicto y la ruptura potencial. En definitiva, no se trata de superar la posición actual hacia un nuevo escenario -en la forma en la que se entienden los saltos dialécticos- sino de meter el pie antes de que se cierre la puerta, de doblar la línea recta para desviarla hacia otro lugar.
¿Qué es la coinvestigación hoy?
Sería una absoluta ingenuidad pensar que se puede volver a reproducir un proceso de coinvestigación similar al que se dio en los años setenta a las puertas de la fábrica fordista. El ciclo de acumulación sobre el que opera el capitalismo hoy es otro, y la morfología del terreno ha cambiado. Nuestra actual posición nos obliga a elaborar nuevos mapas que nos permitan guiarnos en el actual entramado, configurado grosso modo a partir de la desregulación de los mercados laborales de los años ochenta y noventa y la emergencia de las formas rentistas del capital vinculadas a la financiarización. Desde luego, la operación no podrá repetirse en una sociedad que opera a través de la deuda, donde el fin del empleo garantizado amenaza a la “insolencia obrera” con la larga cola del ejército industrial de reserva y la precarización, y donde las fronteras entre integrados y expulsados operan de otra forma.
Pese a este desplazamiento, las contraherramientas que nos han sido legadas a partir del método de la coinvestigación siguen siendo útiles. Puede haber cambiado el material sobre el que leemos las composiciones sociales, detectamos las tendencias o generamos conocimientos situados que nos permiten operar en una realidad social antes de que quede cristalizada. Sin embargo, la lectura de fondo es extrapolable a cualquier ciclo. Por eso leer Alquati hoy sigue siendo interesante, más allá de un ejercicio nostálgico de alguien que se flipa con las banderas rojas de la Mirafiori en 1973.
Las contraherramientas que nos han sido legadas a partir del método de la coinvestigación siguen siendo útiles
En este camino necesitamos recuperar el valor de la discusión política de fondo, de la investigación militante para elaborar las herramientas políticas que nos permitan rearticular y reforzar nuestra posición a favor de la ruptura. No conviene olvidar que, antes del momento por excelencia donde se introducen las ideas del “revolucionario profesional” del Lenin más recordado -ese del ¿Qué hacer?– existe otro Lenin -el de El desarrollo del capitalismo en Rusia– donde polemiza con los narodniki, donde señala que el capitalismo constituye ya una realidad que ha penetrado endógenamente en el campo ruso, destruyendo las bases de la comuna tradicional. Y esto se hace a partir de una investigación empírica donde se da cuenta de las transformaciones que, en apenas tres décadas, transformaron las bases del capitalismo agrario ruso.
Es de las bases materiales que componen nuestra realidad de donde tienen que salir nuestras posiciones políticas. Nunca al revés, contrariamente a lo que solemos encontrar hoy, donde la defensa de las posiciones del grupo con el que nos identificamos parece ir por delante del análisis. Romper con la autocomplacencia puede ser el primer paso para poder abrazar de nuevo la ruptura en nuestra praxis política.




