La filósofa y feminista argentina Verónica Gago es hoy una de las voces clave para comprender cómo opera el neoliberalismo en la vida cotidiana de los sectores populares. En su último libro, Contra el autoritarismo de la libertad financiera (2025), escrito junto a Luci Cavallero, analiza cómo la ultraderecha actual disfraza la explotación y la precariedad bajo el lenguaje de la “libertad financiera”.
Su mirada es imprescindible para leer el momento político en Argentina, marcado por el ascenso de Javier Milei, pero también ofrece claves para entender cuestiones que van más allá: el avance global de la extrema derecha, por qué el feminismo se ha convertido en una de sus principales enemigos y cómo sectores populares pueden terminar apoyando proyectos que recortan sus propios derechos.
El Cono Sur vuelve a ser laboratorio de experimentos neoliberales, pero también donde surgen líneas de pensamiento para poder comprenderlas y confrontarlas desde abajo. ¿Cómo se expresa hoy el autoritarismo en gobiernos que llegan al poder por vía democrática, como el de Javier Milei (entre otros)?
Este autoritarismo ya no es el del líder clásico, sino uno que llega por elecciones democráticas, gobierna por decreto y se apoya en la idea de que los derechos sociales son la fuente de la inflación. Y por lo tanto, quienes reclaman derechos sociales como las jubilaciones o programas sociales son vistos como los responsables de empeorar la economía. Se criminaliza y señala a ciertos colectivos como la causa de la inflación y eso se conecta con el discurso de la ultraderecha en distintos países, donde se culpabiliza a poblaciones concretas del malestar colectivo.
En Argentina, y no solo allí, hay que investigar qué pasó a nivel de la vida cotidiana y en la subjetividad de las personas para entender por qué discursos como el de Milei tienen eficacia.
En este contexto, ¿qué papel juega la deuda, tanto del país como de las familias?
Milei ha sabido interpelar al deseo de estabilidad de la gente, muy extendido en Argentina por el contexto de tanta precariedad, sobre todo después de la pandemia y por la hiperinflación. La “libertad financiera” se ha convertido en el núcleo discursivo del gobierno, una libertad que se asienta en un “entrenamiento en la precariedad”: vivir con inflación, devaluación y desregulación, mientras se promete que endeudándose se mejorará el futuro.
La deuda y las finanzas aterrizan en la vida cotidiana de una manera concreta. Aparecen como una solución frente a la precariedad y al aumento de precios, aprovechando momentos de emergencia social para instalarse de una forma muy perversa: “Pagar cualquier tasa con tal de resolver un problema concreto, como comprar comida, arreglar el auto o la moto con que trabajás o por una emergencia médica”. Y eso empieza a generar un encadenamiento de endeudamientos.
Hay una intimidad con lo financiero porque estás todo el tiempo especulando cómo sobrevivir. Eso que parece que hacen solo los grandes mercados termina siendo una herramienta de sobrevivencia cotidiana.
Señalas la figura del emprendedor y la del especulador como elementos clave del discurso neoliberal actual ¿Cómo impacta esto en la vida de los sectores populares?
En la crisis del 2001 fueron claves las dinámicas de autogestión que dieron lugar a las denominadas “economías populares”: desde las fábricas recuperadas por sus trabajadores, hasta los movimientos de personas desocupadas que inventaron nuevos empleos o las ferias de trueque en los barrios. La autogestión es colectiva, tensiona lo político, mientras que el emprendedorismo busca capturar esa energía para encerrarla en el individuo. El emprendedor es ese sujeto que se las arregla solo, que sobrevive porque sabe optimizar sus recursos, pero en realidad está inscrito en dinámicas sociales atravesadas por la financiarización de la vida y una extrema precariedad.
A la figura del emprendedor que todavía tiene conexión con el trabajo, le sigue la del especulador: el que se puede hacer rico “apostando”. El modelo de eso en Argentina es el propio presidente, que ofrece especulación y fue protagonista de una criptoestafa.
Es ahí donde tenemos que seguir pensando para entender cómo las ultraderechas ganan adhesión en sectores populares.
Aquí en Europa también preocupa el avance de la extrema derecha en la clase trabajadora y el antifeminismo. ¿Cómo se explica este proceso?
Hay una economía afectiva donde vos sos responsable de tu éxito o fracaso. Esa economía necesita culpabilizar a otros por la propia angustia. Y esa interpelación viene acompañada de un discurso misógino que culpabiliza a los feminismos por la precariedad de los varones jóvenes, uniendo precariedad laboral y existencial. La ultraderecha arma así una explicación convincente, canalizando odio hacia las mujeres como forma de procesar frustraciones sociales.
Recordemos que los feminismos discutieron y pusieron en relación las jerarquías y los modos del vínculo sexo-afectivo con la precarización de la vida, del acceso al trabajo, a la vivienda, etc. Y la ultraderecha logra construir una explicación convincente para esos varones, canalizando una economía de odio hacia los feminismos, hacia las mujeres, como forma de procesar su propio malestar y frustración. Se les acusa de producir “furia y rencor” justamente porque mostraron cómo el afecto es núcleo íntimo y público de la economía y la política.
Y desde la mirada feminista, ¿qué papel juega el tiempo en todo esto?
Hoy, ¿quién tiene tiempo en un contexto de pluriempleo, agotamiento físico, crisis de salud mental acelerada desde la pandemia? No es casual que Milei esté desmantelando todos los servicios de salud mental y para personas con discapacidad. Está profundizando esa fragilización que ya estaba en marcha, convirtiéndola en una condición destructiva para las posibilidades de vida. Hoy no hay explosión, hay implosión: la violencia y las formas de expresar el malestar se dirigen hacia adentro, hacia los territorios, hacia las casas, como violencia doméstica.
Lo que falta no es trabajo, sino tiempo: la maquinaria de captura, que toma forma de pluriempleo y agotamiento físico, a la vez que nos roba tiempo para organizarnos y pensar colectivamente. Milei atacó directamente a los comedores populares y los acusó de corrupción, estigmatizando a las mujeres que los sostienen. Esto produce una percepción del tiempo donde la resolución individual sustituye la organización comunitaria, reforzando violencias domésticas e implosión social.
La crisis de la vivienda es también un gran foco de precarización. ¿Qué papel juega la deuda en este proceso?
Durante la pandemia surgió la consigna: “La casa no puede ser un lugar de especulación financiera ni de violencia machista” porque fueron dos elementos que se cruzaron y explotaron en ese momento. A partir de ahí, la relación entre deuda y pago del alquiler quedó ligada: endeudarse para no ser desalojada. No es casualidad que la primera ley que Milei deroga es la de alquileres, que había sido un triunfo del sindicato de inquilinas durante la pandemia y la primera regulación de la vivienda desde la dictadura militar.
Ellos saben muy bien desde dónde activar para volver insegura la vida cotidiana, para armar una especie de guerra por abajo, lo que nosotras llamamos “fascistizar la vida cotidiana”. Se fascistiza la vida cotidiana cuando preferís patear a quien duerme en la calle antes que cuestionar a la inmobiliaria que te aumenta el alquiler. Las soluciones se vuelven financieras, individuales y vienen acompañadas de odio a tu vecina, a las migrantes, a las feministas.
A pesar de todo, hay resistencias feministas y comunitarias. ¿Qué alternativas son hoy ejemplo frente al poder financiero?
Hay experiencias que están construyendo comunidad acá y ahora, que recogemos en la última parte del libro. Por ejemplo, la Asamblea Transfeminista de la Villa 31, que resiste formas de urbanización y organiza la Marcha Plurinacional del Orgullo; el Instituto de Masculinidades, con quienes trabajamos para intervenir en las masculinidades y desarmar la oferta de empoderamiento que hoy pasa por lo financiero y el odio machista; las redes autónomas de aborto y el espacio Hogares Monomarentales; o Río Feminista, que lucha contra el extractivismo en la cuenca del río Paraná.
Todas estas experiencias muestran que el avance de las ultraderechas es un ataque directo a los ensayos de liberación que veníamos construyendo: ensayos potentes en masividad, radicalidad e interconexión de luchas. Son intentos de organizar la vida cotidiana de otra manera, frente a lo que llamamos “fascistización”. Y todo esto en un contexto global muy difícil, donde la Argentina funciona otra vez como un laboratorio.
Esta entrevista es una versión editada de la original publicada en catalán en La Directa.

Autor: Daniel Bartolomé




