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Os dejamos en este post un fragmento del artículo, que podéis descargar completo aquí.
No estoy dispuesta a abrazar a toda persona queer como mi aliada política marginada. De la misma manera, no asumo que compartir una posición o identidad racial, de género y/o de clase garantice o produzca compromisos políticos similares. Por lo tanto, las identidades y comunidades, aunque son importantes para esta estrategia, deben ser complejizadas y desestabilizadas mediante el reconocimiento de las múltiples posiciones sociales y relaciones con el poder dominante que existen dentro de cualquier categoría o identidad.1
Los movimientos queer se han hallado históricamente enfrentados a una doble tensión: la búsqueda de visibilidad y el rechazo a la asimilación. En esta diatriba se han visto inmersos en la complejidad por encontrar un espacio dentro de la sociedad en el que la opresión y la violencia fueran erradicadas, mientras que su propuesta estructural, la ruptura con la norma, pretendía evadir los canales por los que se ha pretendido integrar a estos sujetos. No ha sido tarea fácil. ¿Qué escoger? ¿Qué implica lo uno que acaba con lo otro? Porque parece complicado que se puedan lograr ambos objetivos a la vez.
A lo largo de este texto trabajaremos con la siguiente hipótesis: las subjetividades LGTB-Queer han sido asimiladas e integradas en un proceso de pacificación que les ha acercado a la norma social y a lo que se ha venido a llamar homonacionalismo. No solo ha sido algo que haya afectado a aquellas individualidades o colectivos que han luchado por la demanda de derechos y de reconocimiento público sino que también, en este punto histórico en que nos encontramos, los movimientos de luchas autónomas se han acercado cada vez más a ese lugar de la paz social.
Empecemos por esto: el paralelismo discursivo de las instituciones de gobierno, los medios de comunicación y los movimientos sociales está en su punto más alto. Nunca como hoy han hablado de forma tan similar las instituciones parlamentarias y la sociedad en general. Los partidos de la Transición y también aquellos que venían a cambiar la política tras el estallido del 15M han sabido adaptarse a las reclamos y consignas que se gritaron en 2011 en las plazas, primero, y desde las redes, después. Las exigencias de los movimientos sociales y, sobre todo, el formato demandante y falto de acción directa en el que transmiten esas mismas exigencias es perfectamente acomodable a las voces de los representantes que se dirigen a sus electores desde el Congreso de los Diputados. Así se da la situación en la que a nadie pareciera extrañarle cuando desde ahí se enarbolan banderas como «Me cuidan mis amigas», «Los cuidados en el centro» o «Fuera fascistas de nuestros barrios», todos estos lemas lanzados en las distintas movilizaciones sociales de los últimos años tales como el Orgullo Crítico o la Huelga Feminista. Podemos entender, pues, que la paz social es un hecho: esta imbricación discursiva nos indica que, justo al contrario de lo que se cantaba en el 15M, ahora «que sí, que sí nos representan». La representación ha vuelto a funcionar y, por lo tanto, la posibilidad de revolución ni está ni se la espera.
A este contexto se le suma un agente añadido que aún puede sorprendernos, pero que lleva acompañándonos ya varios años. El relato compartido entre gobierno y movimientos sociales es el marco de una reacción imprevista. Pareciera como si lo único capaz de entrar en conflicto con el dictamen oficialista fuera aquello que se ha venido a llamar ultraderecha. Son los partidos e individualidades de ese lugar político los que se han erigido como algo parecido a un contrapoder. Es innegable su posicionamiento fascista y el aroma a muerte que desprenden, pero también lo es que algunos jóvenes están leyendo en su falsario posado antisistema una posibilidad distinta a una voz oficial con la que no comulgan. Pareciera como si adherirse a la ultraderecha fuera la única vía para reconocerse como outsider: son los únicos capaces de aglutinar hoy cada vez más gente por reaccionar contra la verdad democrática2 y ofrecer otra cosa. En palabras de Santiago Abascal: «Todas las mierdas ideológicas que están enseñando a los chavales en los institutos, de repente tienen respuesta. Es maravilloso ver el Twitter de algunos de estos profesores mostrando su preocupación porque, claro, los chavales ya no tragan con el feminismo exacerbado ni con la memoria histórica que nos dice lo que tenemos que pensar sobre nuestro pasado ni con todos los mantras izquierdistas. Es eso de que la derecha es el nuevo punk».3
¿Qué ha ocurrido, pues, para que los movimientos de contrapoder, provenientes de una corriente histórica de la política autónoma, el marxismo, el anarquismo, el obrerismo, la crítica y la diferencia, hayan pasado de confrontar a seguir la corriente de la agenda política oficial? ¿En qué momento y de qué manera se ha asumido un discurso que no era propio o que, incluso, se ha regalado para que se deformara y se proyectara desde una tribuna parlamentaria? ¿Dónde quedó la lucha contra todo y contra todos, el habitar los márgenes, la encarnación de la marginalidad? ¿Por qué unos movimientos de emancipación que localizaban como enemigo esta estructura de monarquía de representación parlamentaria que ha operado en los últimos cincuenta años en este país, han dejado atrás la búsqueda del conflicto y buscan la interlocución directa con la institución?
En las siguientes páginas vamos a tratar de dar cuenta de ello analizando el proceso de asimilación de los movimientos sociales dentro de la norma y el triunfo de la paz social. Si antes hablábamos de que el 15M y su estallido ha acabado con la adaptación de ciertos eslóganes de las plazas en las bocas de los representantes públicos,4 es precisamente aquel de «Se va a acabar la paz social» el que deja ver mejor la metamorfosis vivida: la imposición de esa paz social y la pacificación de los movimientos sociales. La guerra contra el Estado para poner en nuestras manos nuestra vida es cosa de otro tiempo.
Evitaremos la abstracción de hablar de los movimientos sociales en general y nos centraremos concretamente, como decíamos al inicio, en uno de los que con mayor velocidad y de forma más cómoda se ha visto asimilado (o ha aceptado y acompañado su asimilación). Hablamos del movimiento LGTBIQ+. De hecho, a lo largo del relato viraremos entre estas siglas y el movimiento queer, tratando de ver qué hay de asimilado en lo uno, qué potencias le quedan a lo otro, hacia dónde va toda esta lucha y frente a qué estamos. Vamos a tratar de ver, pues, qué ha sucedido para que lo queer esté entrando a día de hoy en la deriva de convertirse en otro nuevo producto de consumo, una entidad mainstream a la moda, una norma legalizada y una política más pendiente de la agenda de un afuera que de la propia.
No creemos poder hacer propuesta más allá de este análisis. Una verdadera propuesta necesitaría de una comunidad sólida y cargada de afecto político que pretendiera la alternativa. Al fin y al cabo, esa alternativa solo puede generarse construyéndola. Esperar o seguir la corriente no provocará viraje alguno. Ya lo sentimos si alguien asistía a este lugar con la esperanza de una realidad otra. Lo que aquí nos trae es más una impugnación al modelo, un decir no, que de alguna manera ya está en su seno construyendo esa alternativa que no sabemos dónde está. «Quien os presenta la necesidad de alternativas, está cayendo en la trampa de todos los políticos de izquierda, incluidos sindicatos, incluidos todos, es decir, pensar que a la gente no se le puede ir con meras propuestas de decir NO, sino que hay que ofrecerles algo a cambio; por ahí es por donde se han perdido todos los movimientos de protesta, por ahí, por aceptar teóricamente esa necesidad de alternativas».5 Poco más nos queda que enarbolar ese NO rotundo. Aquí sigue su justificación.
¿Qué hay más allá del límite?
De forma un tanto simplificadora, podemos decir que lo queer ha sido algo que se ha mantenido en los márgenes de lo social, si no es que ha estado más allá de lo social. Lo que pudiera parecer una zona liminal es prácticamente el otro lado del muro, una frontera. Lo queer tiene una gran carga de habitar un lugar fuera del mundo y la aparición de eso queer en el mundo es, simbólicamente, una migración, una entrada ilegal y un salto de valla. ¿Cómo se asimila eso y se hace norma? Vamos por partes.
Atendamos a la lógica pura y a uno de los pilares fundamentales de la misma: «El mundo es todo lo que es el caso».6 El mundo es lo que es, nos dice Wittgenstein. Lo que no es, no es el mundo. Una roca es el mundo. Una conversación es el mundo. Un dildo es el mundo. Todo lo que hay, todo lo que veo, toco, nombro, ya es, o ya está siendo. No puedo negar la existencia de ello porque está ahí, conmigo, percibido por mi consciencia de ese propio mundo. Por lo tanto, lo que abarcan mis ojos7 es el tablero en el que me muevo. Puedo imaginar y soñar y generar abstractos, pero siempre de la forma y manera en la que los elementos son reales para mí. El mundo se configura y yo configuro al mundo con lo que el mundo es. Todo lo que es mundo, lo puedo nombrar y lo puedo reconocer. Por otro lado, «de lo que no se puede hablar hay que callar».8 El otro gran axioma wittgensteiniano, el cierre del tratado. Lo que no percibo, lo que no veo, lo que no puedo tocar y, ni siquiera, me puedo llegar a imaginar, no es, no existe. De ahí que sea este un fundamento de la lógica: lo que es, es; lo que no es, no es. No puedo nombrar la nada.
¿Por qué estamos entorpeciendo el hilo argumental con estas cuestiones? De manera muy breve queremos reforzar esa idea de que el mundo tiene unos sujetos que lo reconocen. Es en ese reconocimiento que los mismos sujetos tienen la capacidad de entender que el mundo llega hasta un lugar. Hay un límite del mundo, siendo además este seco y cortante. Hay una frontera del mundo, tal y como decíamos más arriba. Algo tiene de esas proyecciones terraplanistas medievales en las que una cascada anunciaba el límite del mundo en una caída al abismo plagado de monstruos. Ahí está la cosa. ¿Qué pasaría si esos monstruos a fine mundi tuvieran la capacidad de nadar a contracorriente, escalar la cascada y aparecer en la tierra de los sujetos? Lo nunca visto, la criatura maravillosa que acontece en la vieja tierra y se presenta como lo que alguien auguró una vez, pero de la que no hubo evidencia alguna.
Esa es la forma en la que los sujetos que ahora llamamos queer se han relacionado históricamente con el mundo. La diferencia está en que la frontera no estaba colocada en los confines de un océano del que era imposible escapar. La propia frontera entre el mundo de la norma y los sujetos queer estaba bordeando su propia subjetividad y estableciendo un cerramiento en contacto directo con sus propios cuerpos. Aún así, tenemos que insistir en que esta simplificación es reduccionista en cuanto a su ámbito geográfico y temporal. Si nos acercamos al historiador Christopher Chitty y su Hegemonía sexual, podremos comprobar cómo el desarrollo de las subjetividades queer (específicamente, de los hombres homosexuales de clase baja que él estudia) no ha sido tan opresor o siniestro como estamos acostumbrados a entender. De hecho, es el triunfo de la clase burguesa, acompañada de la moral, la que propicia un movimiento marginador de los sujetos queer.
El paradigma solía asumir que el sentimiento antihomosexual es una especie de ideología atemporal desatada por la crisis social. La tolerancia se concibe negativamente como la ausencia de homofobia; sin embargo, el hecho de que las culturas de la sodomía fueran tan públicas indica que algo diferente a la ausencia de miedo y de pánico permitió que estas culturas florecieran, algo positivo o constitutivo, tal vez la solidaridad con los marginados sexuales o la oposición a la cultura dominante.9
Sea como fuera, hay algo de ese monstruo abismal en la aparición de los sujetos queer en el mundo normado. Cuando el sujeto queer se desvela en el espacio público, el ojo del otro que se encuentra con él, lo coloca automáticamente en un lugar de extrañamiento. «Eso que estoy viendo no debería estar ahí». Por lo menos, es algo que parece haber ocurrido en esta Europa hasta que acabara el breve siglo pasado. El ente queer era un monstruo tenebroso, que asustaba, al que se quería devolver al otro lado de la frontera que se había atrevido a traspasar. No era asumible ni aceptable la presencia desvelada. De ahí, lo que ya sabemos: la violencia, el ostracismo, la opresión y el silencio.
Pero hay algo curioso en los monstruos. Hay unos, similares a los que estamos hablando, que habitan junto a las monstruosidades queer: dan miedo, aterran y se les pretenden alejar. Todos esos fantasmas, vampiros y hombres lobo que la cultura popular ha construido para localizar lo prohibido y a lo que no hay que acercarse. Sin embargo, y a pesar de que habitualmente no tengan tal categoría de monstruosidad, sino más bien de criaturas mágicas, encontramos todas esas hadas, ninfas y unicornios, que generan una atracción y que quieren ser encontrados por parte del mundo de la norma. Esos seres que brillan y que hacen soñar. Hay algo de eso en lo queer y en su propia asimilación. ¿Cómo unos sujetos que aterrorizaban y eran devueltos a la sombra por parte del discurso oficial han sido retomados a día de hoy por esa misma institución y son expuestos (ocupando cargos políticos, lugares de visibilidad pop, plataformas de streaming, prime time televisivo, opinología en redes) con las partículas iridiscentes que desprenden? Tenemos que acudir al último gran monstruo queer que se atrevió a saltar el muro: vamos a hablar del VIH y el sujeto sidoso…
Este es un fragmento del artículo original; descárgalo completo aquí.
- Cathy J. Cohen, «Punks, bulldaggers, and welfare queens. The radical potential of queer politics?», GLQ, vol. 3, 1997, p. 459. ↩︎
- Entendemos democracia en un sentido negativo al reconocer en ella la cesión del poder por parte de los votantes a los partidos representativos. La pacificación social ha colocado a los ciudadanos en un lugar de aceptación del orden en el que no se valora la posibilidad de conflicto, todo se resuelve mediante las urnas. ↩︎
- «La Misa», programa de streaming argentino en el canal Carajo Stream; disponible online en https://www.youtube.com/watch?v=uNpCmaiZA3I&ab_channel=Carajo ↩︎
- Ejemplo claro de ello ha sido Irene Montero en múltiples ocasiones: lanzando el «Amiga, date cuenta» a Isabel Díaz Ayuso el 8M de 2024, o defendiendo el «Sola, borracha, quiero llegar a casa» desde la cuenta de X del Ministerio de Igualdad en marzo de 2020. ↩︎
- Agustín García Calvo, Contra la paz. Contra la democracia, Barcelona,Virus, 1993, p. 58. ↩︎
- Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, Madrid, Alianza, 2003, p. 57. ↩︎
- Usamos esta figura literaria de forma práctica, entendemos que la percepción del mundo no se hace únicamente a través de la vista. Es más, que la percepción del mundo sea visual para la gran mayoría es lo que lo ha configurado de la manera en la que es. ↩︎
- Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, ob. cit., p. 145. ↩︎
- Christopher Chitty, Hegemonía Sexual, Madrid, Traficantes de Sueños, 2023, p. 63. Desarrolla al respecto los distintos tratamientos de la homosexualidad en la Grecia antigua, las ciudades-Estado italianas, los bajos fondos del París del siglo XIX y la actualidad, para destacar esas diferencias y los usos políticos-morales de la represión de la homosexualidad. ↩︎




