Potencias del movimiento LGTBIQ+: por una estrategia socialista revolucionaria

por | Feb 14, 2025 | Análisis, Disidencias, Feminismos/Disidencias

Las preguntas serían cómo ampliar sus bases, cómo articular las demandas en una estrategia revolucionaria, cómo superar a los agentes burocratizantes y desmovilizadores, cómo plantarles cara y vencer.

Hemos comenzado un nuevo año y es momento de establecerse propósitos y planificar lo que vendrá. Para las militantes implica marcar en la agenda y comenzar con los preparativos de unas cuantas citas de lucha ineludibles: el 1º de mayo, el 8 de marzo o el 25 de noviembre. Una de esas fechas claves es el Día Mundial del Orgullo LGTBI. Para nosotras, el Día del Orgullo Crítico, como contramarcha combativa a la irrupción y contaminación de los movimientos sociales por parte del neoliberalismo.

No sabemos si este 28 de junio “las asistentes serán 20 o 25 mil personas”. Lo que sí sabemos es que la cifra no va a moverse, no va a aumentar, tampoco sus lemas van a ser más combativos si no recogemos el órdago que Charlie Moya nos lanzó el año pasado en ¿Por qué el movimiento LGTBIQ+ debería disolverse? Contra el efecto pacificador de la izquierda. Más tarde, volvió a sorprendernos con Orgullo Crítico, Orgullo Cómodo”, un texto aún más afilado. Con estos dos artículos, el autor ha abierto algunos de los debates más controvertidos que encontramos hoy en cualquiera de los movimientos sociales del Estado español y que tomaremos para la discusión. Por un lado, el problema del sujeto político y su composición, que en el ámbito de las luchas LGTBIQ+ se materializa en la distancia entre el movimiento y el colectivo en un sentido más amplio. Por otro, la cuestión del programa político y la articulación entre demandas mínimas y demandas revolucionarias, además de sugerir una propuesta política que nos atrevemos a definir como un autonomismo queer con perspectiva de clase. Tomaremos cada una de estas claves analizando las palabras del autor a partir de nuestras propias posiciones políticas.

Con todo, agradecemos la valentía con la que Moya ha asumido debates que normalmente se limitan a espacios más acotados. También agradecemos a Zona Estrategia su publicación, creemos que la mejor forma de felicitar a las compañeras de esta revista y a Charlie Moya es generando una respuesta que parta desde la honestidad y el respeto. Esperamos con esto que el debate estratégico y la práctica política avancen en una dirección con mayor potencial emancipador.

Esencia vs potencia

Uno de los temas centrales que creemos que desarrolla Charlie es que el movimiento LGTBIQ+ está formado en su mayoría por clases medias que no tienen problemas reales, lo que genera un espacio político reformista. Ante esto, parece concluir que la composición de los grupos debe cambiar.

La composición de los movimientos sociales no se puede escoger, igual que no se puede escoger a qué clase se pertenece

Antes de entrar en estas cuestiones, queremos señalar que la definición que usa Moya para clase media es, cuanto menos, controvertida. El término “clase media” no es sociológico, ni siquiera económico: es político. De hecho, es un efecto despolitizador que crea desproletarización y que debemos combatir y revertir. En palabras de Emmanuel Rodríguez: “el carácter político de la clase media lo es así por partida doble: como intervención política del Estado y como negación de la división fundamental en clases sociales”. Dicho esto, la composición de los movimientos sociales no se puede escoger, igual que no se puede escoger a qué clase se pertenece; es la que es y varía en función del contexto en el que se desarrolla.

Lo que parece plantear Moya es que mientras que la clase media (mayoritaria) —que no sufre situación de emergencia vital ni exclusión— monopolice los espacios de lucha y deje de lado las demandas de la clase trabajadora —compuesta por los sectores más precarizados y en exclusión casi total con situaciones de emergencia—, los espacios nunca superarán las posiciones reformistas e integradoras. Esta forma de entender los espacios termina por basar las clases y sus fracciones en esencias. Los que sufren quieren el cambio y la revolución, los que tienen un cierto acomodo lucharán por objetivos más bien pactistas. Suponiendo que esto fuese así, la solución no sería expulsar a las personas en situación de cierto acomodo, sino acoger a la clase obrera y asumir sus reivindicaciones. La Historia nos ha demostrado que la conciencia revolucionaria no brota de los espacios más afectados por la explotación y el dominio; el potencial emancipador es el resultado de un proceso de lucha consciente. En cualquier caso, para nosotras, esta dicotomía entre clase media reformista y clase obrera revolucionaria no logra esclarecer los complejos procesos de concienciación y de desarrollo político, porque el problema es, en realidad, una cuestión de acción política y no de esencia.

Afirmar que de los sectores más precarios nacen las demandas más combativas que superan a las luchas parciales, no se acerca a la realidad. La clase obrera en su conjunto, tanto los sectores desfavorecidos como los integrados, tiene el potencial de protagonizar luchas más o menos radicales según qué línea política se haga hegemónica. Es decir, según la postura política que impere. Hoy, la tarea de la militancia revolucionaria es potenciar lo más combativo haciendo frente a lo pactista, generando acumulación real de fuerza efectiva a través de la creación de organizaciones con independencia política y estratégica que superen la sectorialización —pero esto ya es otra película—. La clave es la línea política y estratégica, no la composición.

Dentro de los movimientos debemos detectar y combatir con debate estratégico a los sectores pequeño burgueses que se instituyen como burocracias al servicio de sí mismas

Hemos caído en la trampa de pensar que aquellas personas que no están en situaciones de emergencia total han logrado escapar de la clase trabajadora aceptando acríticamente los parámetros que nos marcan. Dentro de los movimientos debemos detectar y combatir con debate estratégico a los sectores pequeño burgueses que se instituyen como burocracias al servicio de sí mismas, de su proyecto de vida personal. El combate no es de criba es de lucha política y estratégica. Dejemos de hacerles el juego y revirtamos la desproletarización.

La cuestión del desarrollo político

Para Moya, emplear ese impulso anual de 20 millares de personas en lograr la asimilación y la visibilización del colectivo LGTBIQ+ es derrocharlo. Por tanto, propone que se abandonen las demandas mínimas y se aproveche esa “fuerza revolucionaria” para alcanzar la emancipación colectiva. Pero ¿iría el mismo número de personas si las reclamas se vuelven opuestamente radicales e ignoran sus problemas reales?

Pretender eliminar una demanda por integradora o parcial anula un espacio amplio de actuación

En primer lugar, la búsqueda —y la obtención— de derechos básicos o mínimos no es por definición algo fútil. Partimos de la base de que la mayoría de las personas no se inicia en las luchas sociales por su potencial transformador radical de la realidad. Una gran parte se une cuando surge un problema común o cuando tiene una necesidad concreta que ya se está tratando en los movimientos sociales, por ejemplo, la violencia hacia personas del colectivo LGTBIQ+. Es lo más básico, lo más vital, lo que pone en contacto a la gente con los movimientos sociales. Pretender eliminar cualquier demanda por integradora o parcial anula un espacio amplio de actuación. Además, y siendo sinceras, a veces son las pequeñas victorias las que impiden que las fuerzas y el ánimo decaigan.

En segundo lugar, las demandas mínimas no deben ser pedir y esperar, deben ser exigir y conquistar. Las concesiones son beneficios mínimos que a las instituciones no les genera problemas ofrecer, pero las conquistas deberían ser reclamaciones que vayan un paso más allá. La tarea es conseguir superar la lucha por lo parcial y generar un puente con un proyecto anticapitalista, lo que sin duda pasa por construir modelos de autoorganización con una perspectiva de clase.

Para superar la falta de estrategia se suele proponer la filiación a un partido vertical o se ofrece la promesa de un líder mesiánico

Por varias razones, la experiencia nos hace desconfiar de cualquier sujeto que sostenga una bandera revolucionaria con un programa inflamado sin una ruta que nos haga llegar hasta él. Primero, porque se asemeja más a una pseudoradicalidad más performativa que real. Segundo, porque para superar esa falta de estrategia se suele proponer la filiación a un partido vertical o se ofrece la promesa de un líder mesiánico —no más, gracias—. Y la tercera razón por la que desconfiamos es por responsabilidad política; sin estrategia perdemos y se producen reacciones y reflujos. Si algo hemos aprendido de este último ciclo político es que no podemos “hacer por hacer”.

Para nosotras, el quid aquí es la articulación de lo mínimo y lo máximo. Son las demandas mínimas las que mueven a una gran parte de la población a participar en entornos de lucha y, además, dan aliento a las que ya nos encontramos dentro de espacios militantes. A partir de estas, la tarea es llevar estos espacios a un nivel más alto de combatividad y autoorganización. En esta pelea estratégica evidenciaremos quiénes son los sujetos revolucionarios que están por la clase obrera y contra quiénes hay que orientar las fuerzas, crearemos espacios de autoorganización y experiencia y, con ello, señalaremos los problemas subyacentes que marquen con claridad las estructuras de opresión y explotación y al sistema en su conjunto, permitiendo pensar que otro mundo es posible. Nosotras defendemos la necesidad de construir organizaciones revolucionarias de carácter libertario con unidad de análisis, de estrategia y de acción que puedan enfrentar a los agentes reformistas, autoritarios o a la pequeña burguesía burocrática y aportar todo lo posible para el desarrollo de los movimientos de lucha.

No es el espacio, es el momento

Para finalizar, queremos abrir el debate sobre la propuesta política de Moya. En realidad, hemos abordado esta discusión en diferentes artículos como este, o este, donde explicitamos los límites de la estrategia de la autonomía, tenga o no, perspectiva de clase. Vaya por delante que no negamos la necesidad de espacios donde encontrarnos, reunirnos o desarrollar la militancia, pero la obsesión por el espacio, por la idea casi física y fetichizada de tejer, nos está llevando a caer en los mismos errores que arrastramos desde hace décadas. Liberar CSO o ateneos no dota a los sujetos de una conciencia, un hacer y una práctica revolucionaria, pero sí nos brinda una táctica valiosa si se supedita a una estrategia desarrollada.

Tenemos que estar dispuestos, como nos enseñó el 15M, a que los procesos sociales ignoren nuestros espacios simplemente porque no les resulten interesantes

La estrategia autonomista ha evidenciado que, además de las limitaciones revolucionarias, no se pueden construir las luchas a través del voluntarismo y la participación cuasi obligatoria e idealizada. Tenemos que estar dispuestos, como nos enseñó el 15M, a que los procesos sociales ignoren nuestros espacios simplemente porque no les resulten interesantes para el desarrollo de sus luchas y, por tanto, estar decididos a desplazarnos allí donde se produzcan. Lo que se puede desarrollar no son los lugares, son los momentos de quiebre a través del enfrentamiento contra desvíos y cooptaciones que impidan la construcción de una organización amplia y fuerte capaz de acoger una estrategia para la emancipación. Como dijo Walter Benjamin: “en realidad, no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria”. Es en la palabra “oportunidad” donde está la clave de su reflexión.

Como queda patente discrepamos profundamente de la idea de que “la revolución estaba en las sombras”. No negamos su potencial disruptivo contra el obligatorio sentido heteronormativo o la capacidad para ofrecer entornos seguros donde se puedan desplegar las necesidades de nuestras compañeras libre de amenazas y agresiones. Pero nos preguntamos si dar tanta importancia a los espacios de experimentación y de supuesta construcción de subjetividades alternativas no es lo que ha traído el giro de guión hacia el “identitarismo en los movimientos sociales con una falta asustadora de discurso de clase” que el propio Moya denuncia.

Una estrategia transformadora

Cuando nuestra organización realiza un análisis de los espacios políticos y de los movimientos sociales y de lucha no es para detectar su esencia, sino para intentar desvelar su potencialidad. Intentamos reconocer la oportunidad y luchamos porque se convierta en más combativa y revolucionaria y 20 o 25 mil personas es un número nada desdeñable en el que deberíamos pensar como potencial político.

Estos apuntes son válidos para el total de los movimientos sociales. Las preguntas aquí serían cómo ampliar sus bases, cómo articular las demandas en una estrategia revolucionaria, cómo superar a los agentes burocratizantes y desmovilizadores, cómo plantarles cara y vencer las que queremos cambiarlo todo. Si recogemos el órdago con todos los riesgos que conlleva es porque sabemos que, a pesar de las diferencias que podamos encontrar, Charlie Moya tiene exactamente los mismos objetivos y solo el debate profundo y honesto nos puede acercar a que se cumplan. Por eso tomamos su palabra y esperamos que más compañeros y compañeras se sumen a este debate estratégico imprescindible si de verdad queremos acabar con cualquier forma de dominación.

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