El esencialismo transinclusivo sigue siendo esencialismo

por | Ene 29, 2026 | Feminismos/Disidencias

Cualquier discurso que pretenda elogiar lo que las mujeres son (más maduras, comprensivas, mentalmente estables) y denunciar lo que los hombres son (infantiles, violentos, reaccionarios) se vuelve un aparato más de disciplinación y opresión, absolutamente infértil para la práctica política emancipadora.

Todo parece indicar que la década de 2020 será recordada como un periodo de profunda pobreza moral, social, económica e intelectual. La crisis de la vivienda, el genocidio de Gaza, la recomposición de los movimientos fascistas y la reacción global han eclipsado los logros del anterior ciclo político. Lejos quedan ya las multitudinarias manifestaciones de los 8M de los últimos años de la década de 2010, la radicalidad de un discurso que pretendía cuestionar todo aquello que se nos imponía. No pretendo afirmar, como hacen las fuerzas electorales de izquierda, que la juventud se ha vuelto fascista y que, ante ello, urge conformarse con el mal menor —diariamente vemos que una juventud comprometida con la emancipación humana se organiza para luchar contra la reacción, la crisis de la vivienda, la violencia machista, etc.—, pero sí que el giro reaccionario se percibe en todas partes, también en los discursos supuestamente progresistas (sea lo que sea que eso signifique).

El feminismo, con especial hegemonía durante la década pasada, fue capaz de producir una enorme e importantísima transformación subjetiva en toda una generación de jóvenes que se sintieron particularmente vinculadas a la lucha feminista. La explicitación de las expectativas de género y de la violencia necesaria para disciplinar los cuerpos abrieron el camino para la aceptación de un transfeminismo que mostraba que no había verdades eternas o destinos biológicos en el género, sino una domesticación forzosa que neutralizaba las potencias humanas y las enmarcaba dentro de lo permisible. Hombre y Mujer eran producciones sociales, y todo lo que quedaba fuera de ellas suponía una amenaza para la legitimidad de un sistema de género en el que todo el mundo debía encajar. Este antiesencialismo caló con mucha fuerza en los ambientes progresistas y, por un momento, parecía que el transfeminismo podría lograr la aceptación y hegemonía que el feminismo había alcanzado los años anteriores —¡incluso las redes sociales y las grandes empresas habían añadido alternativas a los opresivos hombre y mujer!—.

Ante el vértigo de un futuro incierto y aterrador, se impone la búsqueda de certezas, algo difícilmente compatible con la problematización que hace el transfeminismo

No obstante, con la agudización de la crisis ecosocial y económica, especialmente acentuada en los últimos años, todos estos avances fueron desapareciendo poco a poco. Hacían falta cabezas de turco a las que culpar de todos los males de la sociedad —como siempre, las personas y colectivos más vulnerables: los inmigrantes pobres, las personas trans, etc.—. A las grandes corporaciones no les tembló el pulso para unirse a esta caza de brujas, retirando su apoyo a la causa transfeminista y demostrando, para sorpresa de nadie, que nunca se trató de compromiso social, sino de maximización de beneficios y marketing. Ante el vértigo de un futuro incierto y aterrador, se impone la búsqueda de certezas, algo difícilmente compatible con la problematización de las categorías que proponen el transfeminismo y otras corrientes intelectuales y políticas. En este contexto, es comprensible el repliegue sobre los identitarismos, que ofrecen un mínimo de territorio estable sobre el que reconstituirnos: la nación, la ideología, el género, la religión. El retorno de estas ideas que aparentemente habíamos superado parten de un mismo problema común.

A ello hay que añadir el antiintelectualismo que siguió, en muchos ámbitos; el hartazgo de una generación que se crió rodeada de discursos y problematizaciones de cada una de sus acciones. Si bien el feminismo realizó una importantísima transformación en las subjetividades, a menudo esta se basaba en imperativos morales y reglas de conducta que había que cumplir si se pretendía ser una buena feminista. Pensamiento, palabra, obra y omisión eran puestos en tela de juicio para que un tribunal decidiera si eras una buena feminista, una persona coherente, una buena hermana. Como respuesta a todo ello, y contra las exigencias de género hacia las mujeres, surgió lo bimbo, un término que, en su uso moderno y sobre todo en Estados Unidos, se empleó de forma despectiva para referirse a mujeres consideradas superficiales e ignorantes —el estereotipo de “rubia tonta” demasiado preocupada por su aspecto físico como para mirar más allá de sí misma— y que ha sido reapropiado en redes sociales como una forma irónica de rechazar esas exigencias morales, políticas e intelectuales impuestas únicamente a ellas. En definitiva, lo que se defiende es que esa presión para prepararse, mantener siempre un discurso político claro y actuar como buenas feministas constituye una nueva forma de opresión de género. Una exigencia que, se dice, no se impone del mismo modo a los hombres, que conservan el derecho y la libertad de no estar políticamente formados.

Todo esto apareció en un contexto donde se criticaba la razón ilustrada y patriarcal, acusada de legitimar innumerables violencias en todo el mundo. Pero se expandió hacia una crítica de toda forma de análisis racional e intelectualmente complejo, en defensa de la accesibilidad a la teoría y de la seguridad de que las vivencias de las mujeres muchas veces enseñaban más que un tostón infumable que poco o nada apetecía leer. Las redes sociales posibilitaron, además, la propagación de discursos fácilmente comprensibles y digeribles, lo que ofrecía la posibilidad de sustituir un tedioso trabajo intelectual por la visualización de un par de vídeos y tuits en los que lo esencial de la idea podría ser cómodamente interiorizado. Todo esto, unido a lo exitoso y rentable de este tipo de contenido, ha producido una enorme propagación de contenido político que se fundamenta sobre otros tuits y vídeos, en una vorágine de podredumbre intelectual.

Si seguimos pensando y actuando desde una lógica esencialista y sustancialista, solo lograremos la cristalización de un nuevo poder político neutralizador de las potencias vivas de la realidad

Hemos de entender en este contexto el retorno al esencialismo en sectores aparentemente opuestos a este y que parten de premisas teóricas irreconciliables con él. Así, más allá del obvio y ya denunciado retorno a las expectativas y naturalización del género por parte de las fuerzas más explícitamente reaccionarias (desde los cryptobros y podcasters masculinos a las tradwives y mujeres de alto valor), estamos presenciando una reconsolidación de la más rancia y peligrosa dicotomización del género por parte de sectores teóricamente contrarios a ella. Camuflado bajo un supuesto compromiso transfeminista con la abolición del género, es cada vez más habitual encontrar discursos en los que la dicotomía hombre-mujer opera de manera fundamental, y donde quien entra en cada una de esas categoría parece poseer unos atributos esenciales –aunque esta vez atribuyendo a las mujeres las características positivas–. Que no se me malentienda, no estoy maquillando un not all men bajo una suerte de reflexión intelectual que lo encubra, sino señalando que no podemos responder a un esencialismo con otro, por mucho que este sea más abierto e inclusivo. No basta con ampliar el concepto de mujer a las personas trans y otros cuerpos que habían quedado excluidos hasta el momento, ni con señalar que el género y el sexo no son verdades biológicas sino resultados de un cruel y violento proceso social de disciplinación; si seguimos pensando y actuando desde una lógica esencialista y sustancialista, solo lograremos la cristalización de un nuevo poder político neutralizador de las potencias vivas de la realidad, pero nunca la emancipación humana o la eliminación de las categorías opresivas de género.

Hemos de hablar de producción de subjetividad y sus efectos sobre el cuerpo al que se quiere disciplinar, pero decir que las mujeres son buenas y los hombres malos es siempre reaccionario y peligroso

Por supuesto, no pretendo caer en ningún cinismo, no creo que se trate de un intento de las malvadas mujeres por dominar a los hombres, y entiendo de donde viene esa aversión hacia sectores de la población que se relacionan habitualmente desde la violencia y el maltrato. No vengo a defender a los hombres ni a suavizar la crítica. No obstante, es de vital importancia recuperar la radicalidad (en el sentido de ir a la raíz, no de ser más extremista) del transfeminismo, que no puede operar desde una lógica del es sino, siempre, desde una lógica del hace. En ese sentido, cualquier discurso que pretenda elogiar lo que las mujeres son (más maduras, comprensivas, políticamente comprometidas, mentalmente estables) y denunciar lo que los hombres son (infantiles, violentos, políticamente reaccionarios, inestables) se vuelve un aparato más de disciplinación y opresión, absolutamente infértil para la práctica política emancipadora. Analizar y cuestionar las formas de socialización masculinas y femeninas, y la manera en que eso produce ciertas subjetividades es algo absolutamente necesario. Señalar que las mujeres son de cierta manera y los hombres de otra, sin dejar claro que estás denunciando la producción material del género, es una cosa muy distinta. Hemos de hablar de producción de subjetividad y sus efectos sobre el cuerpo al que se quiere disciplinar, pero decir que las mujeres son buenas y los hombres malos, sin explicitar claramente de qué estamos hablando, es siempre reaccionario y peligroso. Además, la inmensa mayoría de las veces supone una generalización absurda que deja a multitud de experiencias fuera y refuerza las expectativas de género.

Incluso cuando dejamos claro que el género es producido, y que la biología no determina nuestra identidad de género, adscribir a todas las personas que entran en la categoría de mujer o de hombre ciertas características es tan peligroso como incompatible con el pensamiento transfeminista. Por un lado, afirmar que los hombres son violentos, poco empáticos o cualquier otra característica negativa, no hace sino naturalizar y aceptar esa conducta. “Al fin y al cabo los hombres son así, no saben hacerlo mejor, habrá que quererlos con sus defectillos.” Por otro lado, atribuir a las mujeres otras características (como el hecho de que maduran mucho antes, por ejemplo), además de, por supuesto, excluir muchas realidades, bloquea el dinamismo de la identidad de género de las personas. ¿Cómo conjugar el hecho de que un hombre hoy tenga ciertas características con la posibilidad de que en el futuro se identifique como una mujer? ¿Necesita transformar todas esas características “masculinas” para poder ser realmente una mujer? ¿O es que ya las tenía y fue siempre esencialmente una mujer aún sin saberlo? ¿Se trata entonces de realidades eternas que simplemente hemos de descubrir? El transfeminismo no puede aceptar ningún tipo de esencialismo, ni biológico ni construido socialmente, sin volver a discursos reaccionarios de verdades eternas y destinos decididos de antemano, en los que el dinamismo y la expresión cambiante no tienen cabida. La biología no es destino, poca gente —en nuestros sectores— lo duda ya, pero tampoco lo son la socialización masculina y femenina. La producción de subjetividad es plural, heterogénea y discordante. Atribuir a uno de esos vectores de subjetivación un peso excesivo, inevitable, implica nuestra derrota de antemano, e individualizar el problema y demonizar a un grupo social deja intactas las condiciones materiales que lo han generado.

Individualizar el problema y demonizar a un grupo social deja intactas las condiciones materiales que lo han generado

Si bien es cierto que en determinado contexto de articulación y de expansión del feminismo, un discurso como el que aquí denunciamos podía tener cierta utilidad política, cada vez se vuelve más intolerable y peligroso, pues la reconfiguración de un nuevo maniqueísmo, que sitúa esta vez a los hombres en el lado negativo de la balanza frente a las mujeres o las identidades no-hombres, no puede sino reforzar el esencialismo de género con el que pretendemos acabar. No se trata de defender a los hombres como una identidad respetable y a preservar, sino de dejar en claro que tanto el hombre como la mujer son identidades opresivas y disciplinarias a abolir, pues ambas capturan y codifican las potencias humanas bajo cierta forma limitada de actuar. La romantización de la identidad femenina no salvará a nadie, solo traerá nuevos horrores aún por descubrir.

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Microfísica del higienismo urbano

La demanda aparentemente neutral de limpieza urbana opera como un dispositivo de subjetivación que legitima el control, la vigilancia y la expansión del poder punitivo en las ciudades. El higienismo articula una política del espacio público basada en el civismo, el pánico moral y la exclusión de cuerpos considerados impropios.

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