Introducción nº 5

por | May 13, 2026 | Cuadernos de estrategia

Este volumen analiza Madrid como laboratorio político de la globalización neoliberal: una ciudad convertida en máquina de crecimiento financiero-inmobiliario, atravesada por nuevas contradicciones sociales, la consolidación del movimiento de vivienda y el ascenso de la guerra cultural articulada por Ayuso y la derecha madrileña.

En 2007, el Observatorio Metropolitano, colectivo de investigación militante en el que participaban varios miembros de la revista Zona de Estrategia, publicó Madrid ¿La suma de todos? Globalización, Territorio y Desigualdad.1 Una recopilación de investigaciones realizadas fuera del marco académico con un propósito común: entender la ciudad de Madrid como un objeto político.

Tradicionalmente, ha sido un lugar común decir que Madrid se confunde con España. El lugar común desarrollado y sintetizado vendría a decir que Madrid no tiene una cultura urbana propia, ni histórica ni adquirida. Las distintas etapas de la construcción y desarrollo del aparato de Estado agotarían el significado de Madrid como ciudad. Esta visión constituye una especie de consenso cultural amplio. El arco de este consenso, que va desde la «soberbia» del «centralismo madrileño» hasta las muy folclóricas representaciones del pueblo de Madrid de vacaciones por la península ibérica, es parte muy importante, por no decir constituyente, del costumbrismo autonómico. Y tanto los nacionalismos históricos como el nacionalismo español se han complacido en la imagen de un Madrid que, todo él, es España. Por un lado y por el otro, se ha tenido, y se sigue teniendo, interés en un relato lo más plano posible sobre la ciudad. En buena medida, Madrid ¿La suma de todos? se concibió contra esta negación interesada de la complejidad contradictoria de Madrid como ciudad.

A mediados de la primera década de este siglo, Madrid estaba viviendo su mayor transformación desde la Transición

En ese momento, a mediados de la primera década de este siglo, Madrid estaba viviendo su mayor transformación desde la Transición a la democracia, y aunque solo fuera por el nuevo ambiente de consumo desbocado propio del punto álgido de la mayor burbuja inmobiliaria de Europa, los cambios resultaban extremadamente visibles. Sin embargo, quitando a los pioneros de la crítica urbana de principios de los años ochenta y noventa como, entre otros, José Manuel Naredo, que aporta un artículo a este volumen, nadie consideraba que nada de lo que sucedía en la ciudad fuera digno de una reflexión política orientada a la acción. La política de movimiento de entonces, aún muy influida por el ciclo antiglobalización con sus grandes momentos de las contracumbres de Praga o Génova, se movía en unos parámetros relativamente ajenos al análisis de la ciudad como territorio específico de las luchas. Pero tampoco la política de la izquierda institucional producía un discurso propio que recogiese las transformaciones que Madrid estaba experimentando.

En ese sentido el subtítulo ¿La suma de todos?, era un detournement intencionado, dirigido a vaciar de significado el eslogan del Partido Popular de Esperanza Aguirre, entonces subido a la nueva condición global de Madrid y a un ciclo inmobiliario financiero absolutamente desbocado. El PP de Aguirre instaló una larga hegemonía del PP de Madrid sobre la ciudad y la región, gracias a varios militantes del PSOE involucrados en el «Tamayazo». Hoy Isabel Díaz Ayuso capitaliza esta hegemonía, si bien con una forma de nacionalismo-victimismo varias octavas por debajo de la intensidad política de Aguirre. Si Esperanza Aguirre aplastó a la izquierda mediante un ciclo inmobiliario y de inversión en infraestructuras en el pico de su potencia, el PP de Madrid de Ayuso molesta a la izquierda «progre» con su versión cañí de la guerra cultural.

El PP de Aguirre instaló una larga hegemonía del PP de Madrid sobre la ciudad y la región

El PP de Ayuso no deja de gestionar y capitalizar una hegemonía conquistada por otros, de la misma manera que la economía patrimonial gestiona y monetiza los activos inmobiliarios generados durante la burbuja. En cualquier caso, el PP de Madrid, aunque no sintiera la más mínima inclinación a escribir sobre ello, sí que había pensado sobre el uso político que quería dar al territorio madrileño: un mapa de recursos económicos que capitalizar en forma de una red clientelar sobre la que se ha basado su hegemonía mientras, a la vez, vende un discurso de liberalismo económico y desregulación propiamente madrileño, que antagoniza directamente con los intentos socialdemócratas del PSOE. Ayuso, a diferencia de Aguirre, como hija de un contratista de material sanitario, ya venía socializada en la red clientelar del Partido Popular local y, por tanto, lleva el mandato de reproducir y ampliar la tupida red de intereses creados en torno al PP regional. Siendo este un partido-Estado que no deja de ser algo parecido a nuestro PRI, o en ejemplos más cercanos, nuestra CiU en Cataluña, el PNV en País Vasco o el PSOE en Andalucía –partidos todos ellos que han utilizado sus largos mandatos para conformar redes clientelares tan grandes como la administración de la que estuvieran a cargo–.

No hacía falta ir a Génova, a Seattle o a Praga para hacer política a partir de las grandes desigualdades de la globalización neoliberal

El resultado de aquel voluntarioso esfuerzo investigador, que se plasmó en ¿La suma de todos?, junto con un trabajo de síntesis política llamado Manifiesto por Madrid2 –que prefiguraba el estallido del 15M y el posterior ciclo municipalista– fue descubrir que Madrid había hecho su transición desde la folclórica villa y corte, con su ejército de funcionarios y cargos de la administración, hasta la ciudad global plenamente insertada en los flujos de capital y personas que definían entonces la globalización. No hacía falta ir a Génova, a Seattle o a Praga, quién quisiera hacer política a partir de las grandes contradicciones y desigualdades de la globalización neoliberal podía hacerlo sin salir de Madrid.

Pero la capital además de haberse convertido en el tipo de ciudad global que Saskia Sassen había definido en sus trabajos pioneros, también se ajustaba perfectamente a la definición de máquina de crecimiento. El concepto de máquina de crecimiento había sido desarrollado por la geografía crítica norteamericana a partir del estudio del crecimiento de las ciudades norteamericanas, especialmente las que nacieron en la expansión hacia el oeste de EEUU con la construcción del ferrocarril. Estas nuevas ciudades ya estaban subordinadas a la especulación en el mercado inmobiliario y utilizaban la construcción de infraestructuras como manera de propulsar el mercado inmobiliario. El crecimiento físico, económico y demográfico de la ciudad era el núcleo sobre el que se articulaban los intereses del nuevo estrato dominador de las urbes. El crecimiento entendido como una variable neutral [value-free] era el valor supremo en torno al que se construían grandes coaliciones de intereses, que de otra manera habrían antagonizado. El Madrid de principios de los años dos mil, con su burbuja inmobiliaria desbocada, su construcción maníaca de infraestructuras y su depredación constante del territorio era una máquina de crecimiento «de libro».

No había oposición alguna entre ser ciudad global y ser máquina de crecimiento

En realidad, no había oposición alguna entre ser ciudad global y ser máquina de crecimiento. Las ciudades globales no existen en el espacio etéreo de los flujos financieros y comerciales transnacionales, sino que se instalan y se forman en un territorio concreto en el que se desarrollan unos ecosistemas físicos, sociales y políticos propios. Los gestores de la ciudad neoliberal han tenido como misión histórica la maximización de los rendimientos financieros de la acumulación por desposesión, es decir, la depredación de esos mismos territorios y ecosistemas. En un entorno de capitalismo financiero posindustrial, el beneficio creciente siempre implica una tensión creciente de la reproducción social.

Que esa tensión creciente se transforme en conflicto y movimiento depende de muchos factores, en el caso del Madrid posterior al pinchazo de la burbuja, de esa tensión nació el 15M madrileño. Pero si bien las causas de la algarada fueron claramente de orden global, la forma de la respuesta se puede enmarcar en ciertas peculiaridades del localismo castizo. En concreto, la forma de insurgencia preferida históricamente por el pueblo de Madrid ha sido el motín, es decir, una explosión breve pero intensa de rechazo a toda autoridad que termina en una vuelta casi también total al orden. El 15M madrileño se puede ver perfectamente como un largo amotinamiento de casi dos años, seguido de unos cuantos años más de ciclo institucional durante los que se opera la vuelta al orden sin dejar rastro de la rebelión.

Hoy, en 2026, nos volvemos a acercar a Madrid, veinte años después, para ver que queda de aquel análisis después de toda una serie de acontecimientos políticos, que incluyen el «auge y caída» de la generación política del 15M, la consolidación del movimiento de vivienda o la irrupción de la guerra cultural de Vox, pero también del despliegue a nivel global de una crisis persistente de rentabilidad del capital, que se intentaba, y aun se intenta, superar por las vías de la acumulación financiera y el consumo voraz de territorio. En realidad, nos hemos visto obligados de alguna manera a volver sobre el objeto, en vista de que Madrid sigue sin ser un objeto susceptible de análisis político, ni para la academia, ni para los partidos, ni para los movimientos. Madrid vuelve a darse por sentado como un apéndice aproblemático de España.

Madrid vuelve a darse por sentado como un apéndice aproblemático de España.

Concepto este el de «España» que tampoco ha sido revisado y puesto al día en tanto provincia de la Unión Europea bajo tutela alemana. Quizá, como se pudo ver en el procés soberanista catalán, por conveniencia para todas las partes políticamente implicadas, tanto «españolistas» como «indepes» necesitaron del concepto de España y ambos estuvieron de acuerdo en torno a su plena vigencia. También, indirectamente, estuvieron de acuerdo en la conveniencia de subsumir a Madrid en España sin hacerse muchas más preguntas.

En 2026, sin embargo, en plena crisis del modelo de la globalización neoliberal, Europa, después de la brutal austeridad posterior a la crisis de 2008, es la perdedora visible del combate competitivo entre Estados Unidos y Asia aunque paradójicamente se cohesiona en su posición defensiva. Parecen quedar hoy dos opciones políticas. Una es volver a intentar repescar el Estado nación, a la manera de las nuevas extremas derechas europeas, como lugar del repliegue nativista de unas poblaciones europeas envejecidas y asustadas. La otra es asumir, de una vez, que cualquier posibilidad de emancipación del yugo del tardocapitalismo financiero e inmobiliario —aunque solo pueda ser parcial— tendrá que abrirse paso en las ciudades. Son espacios materiales, ecosistemas físicos atravesados por relaciones sociales concretas, y no construcciones ideológicas delimitadas por fronteras igualmente ideológicas, defendidas con toda la fuerza militar de los Estados nación frente al desplazamiento de aquellos pueblos a los que Europa y sus prolongaciones coloniales han condenado a la subalternidad a lo largo de tres siglos de expansión imperial.

Volvemos, pues, en estas páginas sobre los temas y diagnósticos de aquel Madrid ¿La suma de todos? con parecidas intenciones. En concreto, para tener un mapa actualizado de cercanía de lo que sucede en nuestro entorno inmediato, replicable en otras ciudades, en un momento de fuerte desorientación política y de crisis irreversible del capitalismo occidental, ya convertida en crisis ecológica. Y, desde ahí, lanzar algunas hipótesis que puedan orientar las luchas urbanas del decenio que viene. La «fortuna» de Madrid en la esfera global no ha hecho más que consolidarse, delimitando una posición específica a caballo entre la seguridad económica de la Unión Europea y el dinamismo de América Latina. Lejos quedan los niveles de crecimiento estratosférico de los primeros dos mil. No obstante, acompasadas con la nueva fase de estancamiento global, estas tendencias, redimensionadas por la nueva coyuntura, se siguen volcando en ese «Leviatán» que es el mercado inmobiliario madrileño, lugar donde se reproducen los ejes de dominación y explotación que siguen definiendo a la metrópolis global.

Ayuso representa una reinvención exitosa de la tradición política de los neoliberales madrileños

Con el ánimo de actualizar el diagnóstico, este volumen incluye cinco contribuciones. Las dos primeras de Emmanuel Rodríguez tratan sobre la historia reciente de la región metropolitana como una ciudad global emergente, paradójicamente en situación de relativa independencia económica respecto del resto de España. También analiza la estructura social y las contradicciones de clase que se siguen de esta concentración en la ciudad de inversiones y de centros de decisión empresarial de carácter global. Almudena Sánchez Moya, en «La crisis como oportunidad», explica Madrid como una auténtica máquina de crecimiento urbano, que ha permitido convertir la región en una conurbación gigantesca además de un terreno óptimo para la inversión inmobiliaria. Por su parte, Pablo Carmona disecciona la nueva figura de Isabel Díaz Ayuso. Tanto en términos de estilo de gobierno como de sus políticas públicas, Ayuso representa una reinvención exitosa de la tradición política de los neoliberales madrileños. El volumen se cierra con un artículo de José Manuel Naredo que considera el papel de la inversión de extranjeros en vivienda como uno de los factores fundamentales en el relanzamiento inmobiliario reciente.

  1. Observatorio Metropolitano de Madrid, Madrid ¿La suma de todos? Globalización, territorio, desigualdad, Madrid, Traficantes de Sueños, 2007. ↩︎
  2. Observatorio Metropolitano de Madrid, Manifiesto por Madrid, Madrid, Traficantes de Sueños, 2009.  ↩︎

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