Trump y un capitalismo sin salida

por | Mar 27, 2026 | Mundo

Estados Unidos abandona su papel como potencia hegemónica global y se reconfigura para preservar su dominio allí donde aún puede imponerlo, en un contexto de descomposición acelerada del orden surgido en 1945. En ese marco, Trump trata de reforzar la dominación estadounidense dinamitando la gobernanza neoliberal y aplicando un transaccionalismo político extremo desde una posición todavía privilegiada.

I

Una de las primeras órdenes ejecutivas que adoptó el presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump tras su reelección e investidura consistió en cambiar las denominaciones federales de dos zonas geográficas. El Golfo de México fue renombrado de forma unilateral como Golfo de América, y el monte Denali, la montaña más alta de Norteamérica, situada en Alaska, volvía a recuperar el nombre oficial que tuvo entre 1917 y 2015, el del vigésimo quinto presidente de los Estados Unidos, William McKinley, que gobernó entre 1897 y 1901. Mientras el primer cambio es el que más atrajo el interés de la prensa, el segundo encarna mejor el significado de la segunda presidencia de Trump, de su proyecto y sus limitaciones. La Orden Ejecutiva 14172 justificaba el reemplazo del nombre en lengua indígena atabascana, con el que la montaña fue conocida durante siglos, del siguiente modo: “[el presidente McKinley] dirigió heroicamente nuestra Nación hasta la victoria en la guerra hispano-americana. Bajo su liderazgo, los Estados Unidos disfrutaron de un rápido crecimiento económico y de la prosperidad, incluyendo la expansión territorial de la Nación. El presidente McKinley impulsó aranceles para proteger a la industria estadounidense, y conducir la industrialización y el alcance global de los Estados Unidos a nuevas cimas. Fue trágicamente asesinado en un ataque contra los valores de nuestra Nación y nuestro éxito, y debería ser honrado por su firme compromiso con la grandeza americana”.

Cuando Trump repite “Make America Great Again” (MAGA) evoca precisamente esta época, que sitúa entre 1870 (tras la Guerra de Secesión), o mejor, entre 1896 (fin de la depresión mundial iniciada en 1873) y 1913 (justo antes de la Primera Guerra Mundial, año de la enmienda constitucional que permitió al Congreso adoptar un impuesto sobre la renta), cuando, según insiste, “éramos los más ricos”. Trump se representa a sí mismo como un nuevo McKinley, uno que sobrevive milagrosamente a un atentado, retoma su obra arancelaria y territorial, favorece la formación de grandes corporaciones, y termina de someter a los indígenas.

Estados Unidos configuró el mundo de posguerra prácticamente a su imagen y semejanza

Sin embargo, dicho período no se corresponde con el de la hegemonía mundial de los Estados Unidos, que sólo comienza realmente a mediados del siglo XX, cuando configuró el mundo de posguerra prácticamente a su imagen y semejanza, con la inserción parcial y tensa (Yalta, guerra fría) de la Unión Soviética. Políticamente, la Organización de Naciones Unidas, con su Carta de derechos, sus agencias intergubernamentales, y sus políticas del desarrollo, supuso una expansión global de la concepción constitucional y del New Deal de los Estados Unidos. La pata europea la constituyó una integración regional de los mercados europeos que facilitó la inversión y rentabilización del capital estadounidense. Militarmente, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tuvo un marco geográfico más restringido que el de la ONU, centrado en Europa, aunque su proyección militar se expandiera después de 1991. Económicamente, implantó el sistema de Bretton Woods como un mecanismo regulador de los mercados internacionales basado en un tipo de cambio fijo entre el dólar y el oro. El colapso de dicho sistema en 1971, en el contexto del fracaso de la guerra de Vietnam y del incremento de la conflictividad social, dio lugar a la devaluación del dólar y a su libre flotación, y a la transformación de sus instituciones (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial), abriendo paso a la era neoliberal.

La segunda administración Trump está acelerando el desmantelamiento de esta gobernanza política mundial de origen estadounidense y que ha sido financiada fundamentalmente en dólares. La disolución de la agencia de desarrollo USAID, los recortes de fondos destinados a las principales agencias de Naciones Unidas, o la creación de una “Junta de Paz” al margen del Consejo de Seguridad, constituyen golpes sin precedentes en los ochenta años de historia de la organización y un espejo de las reformas internas que Trump está llevando a cabo, guerra cultural mediante. Los comentaristas liberales hablan de “suicidio geopolítico” y lamentan la pérdida de “poder blando” (soft power) que ello conlleva para Estados Unidos, pero lo cierto es que el fin de su hegemonía, entendida como el liderazgo sistémico de un ciclo largo de acumulación de capital, viene de lejos, hasta el punto de que tanto el trumpismo como un cuarto de siglo antes el neoconservadurismo, y aún antes el propio reaganismo (época de formación del joven Trump) han sido respuestas a una situación en la que los Estados Unidos ya no podían jugar el papel que desempeñó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, aunque la implosión de la Unión Soviética pareciera inaugurar un nuevo orden mundial americano. Si los neoconservadores, a través de George W. Bush, buscaron restaurar su efímera gloria manu militari, el estrepitoso fracaso de dicho proyecto imperialista ha llevado a Donald Trump, y por extensión al partido republicano, a levantar acta de este hecho y a renunciar a la ficción de continuidad en la que en cierto modo todavía estaban atrapados el Partido Demócrata y los republicanos tradicionales.

En MAGA ya no hay pretensión de hegemonía sistémica, de construcción de una gobernanza mundial

En MAGA ya no hay pretensión de hegemonía sistémica, de construcción de una gobernanza mundial. Menos aún de insertar a Estados Unidos en un marco imperial en el que el capital ya no esté vinculado de forma estrecha a dicho país como agencia territorial determinante (“Imperio”, Antonio Negri & Michael Hardt, 2000), una tendencia potencial en el “globalismo” de Clinton y Obama que el trumpismo ha venido a cortar de raíz. Pese a las espectaculares acciones punitivas o coercitivas que ha llevado a cabo contra Irán y Venezuela, tampoco hay intención de probar de nuevo la vía imperialista neocon, con la ocupación militar prolongada de países enteros para rehacerlos. Y es que “el mundo es un desastre”, como decía Donald Trump al poco de comenzar su primer mandato, algo que ha repetido varias veces desde entonces. Este “desastre” no viene alimentado sólo por una multiplicidad de resistencias, insurgencias y disturbios, sino por la asertividad de un número creciente de Estados, que se reafirman en sus espacios regionales e incluso se animan a forzar soluciones finales a viejos contenciosos. Los Estados Unidos de Donald Trump se unen a esta última tendencia, abusando de sus capacidades económicas y militares, mientras continúa el desplazamiento del equilibrio de poder interestatal hacia Asia.

Trump busca sacar tajada de todo ello, a nivel personal y de clase, para lo cual pretende rehacer los Estados Unidos, y sus relaciones de clase, mediante la imposición de un proyecto supremacista blanco, nativista y extractivista que puede prefigurar un nuevo tipo de fascismo, deshaciendo lo conquistado por los movimientos por los derechos civiles, por los movimientos negros, feministas, migrantes, rompiendo su intersección con las cuestiones de clase, reducida a las imágenes estereotipadas del “hombre blanco que trabaja duro” que promocionan sus afines en las redes sociales. Su nation building es ante todo interno, partiendo del control del Estado para transferir más recursos al capital. Su apuesta no es ni imperial ni completamente imperialista, es una versión depurada del Estado como crimen organizado, como describiera Charles Tilly con respecto a la formación de los estados europeos y que bien puede valer también para los Estados Unidos de finales del siglo XIX y principios del XX, el período “dorado” del surgimiento de las grandes corporaciones estadounidenses. Según Tilly el Estado se formó a partir del monopolio de la coerción y de un aparato extractivo que no duda en recurrir a la guerra en el exterior, poniendo énfasis en los mecanismos de extorsión por protección, a nivel interno pero también externo. Las diversas facciones que sostienen a Donald Trump quizás no compartan su visión en su integridad, pero sí coinciden en la necesidad de remodelar un Estado que beneficie y proteja aún más a las clases más adineradas del país, con un rentismo fácil derivado de monopolios tecnológicos y energéticos que no se vea limitado por las molestas regulaciones de la “transición verde”, garantizado por un elevado grado de represión interna. Lo cual también tiene implicaciones en su relación con el mundo.

Trump busca reforzar la dominación estadounidense tratando de aplicar un transaccionalismo político extremo

Hace casi veinte años, Giovanni Arrighi describía la situación de entonces como de “dominación sin hegemonía”, parafraseando a Ranajit Guha. Estados Unidos quería seguir siendo dominante pese a la crisis terminal de su hegemonía. En Adam Smith en Pekín (2007) explicaba cómo la administración de George W. Bush ya había tratado de “liberarse de las restricciones que la globalización imponía sobre el poder estadounidense”, especialmente en la esfera financiera, por no hablar de la militar, donde Estados Unidos nunca se sometió a la Carta de Naciones Unidas. Bush consideraba que las reglas de la gobernanza neoliberal imponían demasiadas limitaciones al poder presidencial y a la priorización de los intereses estadounidenses, pero en general continuó respetando ese marco. Donald Trump, en cambio, busca reforzar la dominación estadounidense dinamitando aquella gobernanza y tratando de aplicar un transaccionalismo político extremo, aprovechando su aún privilegiada posición de poder. En 2022, Beverly J. Silver (co-autora junto con Giovanni Arrighi de varios ensayos) y Corey R. Payne situaban a Trump I en esta tendencia de largo plazo, en la que Estados Unidos pasa de ofrecer una protección percibida como legítima a comportarse como un mero extorsionador que produce el peligro al tiempo que fija el coste de la protección. Con Trump II, la extorsión es descarnada y sistemática, con los aranceles y el ejército como instrumentos preferidos.

II

Resulta irónico que la Organización Mundial de Comercio (OMC), que fuera el blanco de los movimientos alterglobalización a principios de este siglo, por favorable a los intereses del “norte global”, y en particular de los Estados Unidos, languidezca hoy tras el fracaso de la Ronda de Doha (iniciada en 2001, nunca concluida) y la proliferación de acuerdos bilaterales de libre comercio y de protección de la inversión directa. Con esta red de acuerdos, las élites empresariales de los países más ricos pretendían obtener por la vía bilateral lo que no lograban mediante la complicada vía multilateral: un marco jurídico para el comercio de bienes y sobre todo de servicios basado en estándares occidentales y la protección de la propiedad intelectual, en manos inicialmente de los países del G7 aunque en torno a 2010 China superase a Japón y a Estados Unidos en número de solicitudes de patentes. Con todo, la normativa de base seguía siendo la de la OMC, con el principio rector de la nación más favorecida, según el cual cuando un país otorga ventajas comerciales, como aranceles reducidos o cuotas de importación preferenciales, a un miembro de la OMC, debe extender esas ventajas a todos los miembros (salvo si esas ventajas figuran en acuerdos de libre comercio o en uniones aduaneras como la de la Unión Europea). Esta idea de base de no discriminación permitía que la competición comercial no se saliera de ciertos límites. La guerra comercial iniciada con China con Trump I y sobre todo la escalada arancelaria de 2025 con Trump II terminaron por pulverizar dichos principios.

Tras un proceso caótico con amenazas agresivas, algunos faroles, y numerosas negociaciones bilaterales bajo presión, que ha dificultado conocer qué estaba en vigor de forma efectiva en qué momento, a finales de 2025 Estados Unidos aplicaba una base arancelaria del 10% a todas las importaciones de todos los países del mundo, a la que hay que sumar tipos arancelarios superiores (que oscilan entre el 15% y el 50%) para un grupo significativo de países y de sectores económicos, combinados con inevitables excepciones en función de consideraciones políticas y presiones económicas sectoriales. Si los efectos inflacionarios de los aranceles han sido menores de los esperados en 2025, en parte por la lenta y fragmentaria estabilización de los aranceles efectivos, estos podrían dejarse sentir algo más en 2026 en determinados productos. Según los economistas Gita Gopinath y Brent Neiman, a finales de septiembre de 2025, la tasa arancelaria estatutaria (anunciada) promedio ponderada era del 27,4%, mientras la tasa efectiva — la que se observa en recaudación sobre valor importado— era del 14,1% en septiembre de 2025, aunque otras fuentes hablan del 16 % a final del año. Sea como fuere, se trata de los tipos más elevados desde 1935, y aunque el Tribunal Supremo haya dictaminado que la vía adoptada para aprobar los “aranceles recíprocos” es inconstitucional, Trump no ha tardado en recurrir a otras bases legales para mantener al menos el suelo arancelario del 10%. Los países más vulnerables a la extorsión económica de Trump han sido aquellos cuyas economías son más interdependientes con la de los Estados Unidos: México, Canadá, Reino Unido y la Unión Europea. En este último caso, la Unión Europea, presionada por unos timoratos gobiernos europeos, ha preferido minimizar el daño, al aceptar en julio de 2025 una tarifa general del 15%, y renunciar a una respuesta comercial cuyo coste económico, político y militar (Ucrania) pocos estaban dispuestos a asumir.

Y es que los “aliados”, así denominados en la jerga atlanticista, han sido precisamente el principal objetivo de Trump, que ha encarecido el acceso de sus bienes al mercado estadounidense, como también ha encarecido el coste de la protección militar. La cumbre de la OTAN de junio de 2025 en La Haya se saldó con el compromiso de incrementar el gasto en defensa hasta un 5% del PIB en cada Estado miembro. En realidad, el gasto efectivo en defensa según la definición OTAN debería elevarse al 3,5% del PIB de aquí a 2035, mientras que el 1,5% restante puede incluir gastos de infraestructura, protección civil o investigación no necesariamente militares. Porcentajes que serán objeto de una revisión en 2029, cuando muchos esperan –quizás de forma ilusoria– que Trump deje de ocupar la presidencia. En cualquier caso, los presupuestos europeos de defensa han venido aumentando para mantener el apoyo a Ucrania y reponer los mermados stocks europeos, y ahora lo harán, entre otras cosas, para comprar armamento estadounidense, parte de la promesa a Trump al someterse al tarifazo del 15%. Este ha sido el coste a pagar para evitar el supuesto “mal mayor” de la completa desvinculación estadounidense de Europa y la consolidación de una entente ruso-estadounidense al margen de los gobiernos europeos.

El interés de Trump por los partidos nacionalistas de ultraderecha en Europa se limita a su capacidad para erosionar la integración europea

Pero el considerable incremento del coste que Estados Unidos impone a sus antiguos aliados —a excepción de Israel, con el que Estados Unidos mantiene una particular simbiosis— por el acceso a un mercado que se ha vuelto más complicado y por una mucho menor garantía de protección militar, ambos conectados por una extorsión continuada, da qué pensar sobre su sostenibilidad en el tiempo. La deliberada ambigüedad de Donald Trump con respecto a la interpretación del Tratado del Atlántico Norte, la evidente afinidad con Vladimir Putin (hasta el límite de sus intereses directos) y las reiteradas amenazas de apropiación territorial de Groenlandia, se complementan ahora con una nueva estrategia de seguridad nacional (ESN, noviembre de 2025) que deja bien clara la hostilidad trumpista contra el papel político-normativo y comercial supranacional de la Unión Europea. La ESN antepone el restablecimiento de una estabilidad estratégica con Rusia “en la masa euroasiática” y el apoyo explícito a las derechas europeas más nacionalistas y xenófobas para que produzcan un nuevo concierto europeo de naciones, enterrando el espejismo transatlántico liberal al que aún se aferran los líderes comunitarios. Este no será reemplazado por una hipotética “internacional reaccionaria”. El interés que tanto Trump como Putin tienen por los partidos nacionalistas de ultraderecha en Europa se limita a su capacidad para erosionar la integración europea.

Así pues, en apenas un año Donald Trump ha certificado el fin del orden interestatal surgido en 1945, el fin de los Estados Unidos como potencia hegemónica global y su transformación en una gran potencia algo más que regional que trata de preservar su dominio allí donde puede. “No nos podemos permitir prestar la misma atención a cada región y a cada problema en el mundo”, declara sin ambages la ESN. La prioridad es el restablecimiento de la preeminencia estadounidense en el denominado “hemisferio occidental”, que ahora se extendería hasta Groenlandia, en una especie de renovada “doctrina Monroe” (“Donroe”) que recurre a una panoplia de justificaciones, desde la vieja “guerra contra las drogas” al acceso a recursos fósiles y a minerales. El secuestro del presidente venezolano de facto Nicolás Maduro y la tutela coercitiva del gobierno de Delcy Rodríguez, son la carta de presentación de una nueva vieja política, la “diplomacia de cañoneras” del paso del siglo XIX al XX, aunque renunciando a ocupaciones militares directas como la de Haití entre 1915 y 1934. La multiplicación de ataques aéreos (en el Caribe, Somalia, Yemen, Irán, Irak, Nigeria, Siria, Venezuela) durante el primer año de la administración Trump II, es correlativa a la reticencia a sostener guerras a gran escala. La segunda guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero, más intensa que todas las operaciones anteriores, parece una excepción a la regla, un error de cálculo propiciado por la presión israelí, el mesianismo de la facción cristiana sionista que apoya a Trump, y la soberbia presidencial, que podría acabar volviéndose un atolladero si se prolonga en el tiempo.

III

¿Significa esto que el mundo se divide ahora en zonas de influencia, entre Estados Unidos, Rusia y China, como se ha venido a sugerir de forma casi caricaturesca? No exactamente, entre otras cosas porque el posicionamiento actual de estos tres países en el sistema mundo no es equivalente. En Europa, Trump y los suyos reconocen las limitaciones de Rusia (ESN: “los aliados europeos disfrutan de una ventaja significativa en poder duro frente a Rusia en prácticamente todos los indicadores, salvo en armas nucleares”) y lo que pretende es un equilibrio entre potencias gobernadas por fuerzas nacionalistas europeas, incluyendo la rusa. En Asia, Estados Unidos sólo aspira a “reequilibrar” su relación con China, limitando su capacidad competitiva y comercial. Para esta tarea, reconoce que no puede hacerlo en solitario y que necesita “aliados” cuyas economías no queden subordinadas a China. Su preocupación militar se reduce a Taiwán, pero fundamentalmente para asegurar la apertura de las rutas comerciales marítimas en el Mar de China meridional, y aquí también exige una mayor contribución en defensa a países como Corea del Sur, Japón y Australia. Esa es la visión estadounidense. Lo que suceda en la realidad es otra historia. En su propio “hemisferio”, Estados Unidos no ha podido impedir la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur tras un cuarto de siglo de negociaciones— luego bloqueado parcialmente por el Parlamento Europeo— , y pese a sus presiones no está claro que pueda cortar las relaciones del continente americano con China.

Entre Rusia y China, es China la que tiene capacidades soberanas en distintos ámbitos –industrial, financiero, militar, energético– que rivalizan ya con los de Estados Unidos. Tras décadas de fuerte crecimiento económico, China -primera economía mundial en paridad de poder adquisitivo- ha desarrollado el mayor, más complejo y denso ecosistema industrial del mundo (hasta el punto de frenar la industrialización de otras economías “emergentes”), posicionándose en el centro del comercio global de bienes (con capacidad para hacer frente a las amenazas arancelarias estadounidenses) y con una creciente capacidad de innovación tecnológica, liderando lo que se suele conocer como “capitalismo verde”. En términos financieros, China dispone de enormes reservas de divisas (3,36 billones de dólares a finales de diciembre de 2025), pero sus efectivos controles de capitales y su gobernanza financiera dificultan que el renminbi pueda jugar el papel de moneda de reserva que ha venido encarnando el dólar estadounidense. El gasto militar chino (314 mil millones de dólares en 2024, según SIPRI) ya dobla el ruso, y aunque no sea una superpotencia nuclear del mismo calibre, China es el estado cuyo arsenal nuclear ha crecido más, alcanzando 600 ojivas en 2025, más del doble que en 2019, y con el objetivo de alcanzar 1.500 ojivas en 2035, acercándose a la paridad nuclear con Estados Unidos y con Rusia. El 3 de septiembre de 2025, China organizó el mayor desfile militar de su historia, con motivo del ochenta aniversario de la capitulación japonesa, con el presidente Xi Jinping rodeado de jefes de estado de países sancionados o con relaciones problemáticas con occidente, pretendiendo simbolizar un orden mundial alternativo.

China ha iniciado una fase irreversible de declive demográfico

Pese a estas cualidades indudables, de momento China no está jugando el papel de agencia hegemónica del capitalismo global que en el pasado desempeñaron otras formaciones estatales, desde las Provincias Unidas holandesas a los Estados Unidos de América, pasando por el Imperio Británico. La ascendencia de todas ellas coincidió con importantes crecimientos de población en territorios en expansión. En cambio, a excepción quizás de Taiwán, China no busca revertir las pérdidas territoriales de los siglos XIX y XX (el este de Kazajstán, Vladivostok, Mongolia exterior). Y en esta década, China ha iniciado una fase irreversible de declive demográfico, aunque su población activa ya había comenzado a disminuir desde la década anterior. Desde 2022, China registra más muertes que nacimientos y cuenta con un saldo migratorio negativo. El crecimiento económico chino, considerablemente menor tras su draconiana gestión del shock del COVID-19 en 2020–2022, se ha basado en gran medida en una gran reserva de mano de obra rural cuya migración hacia las ciudades China ha canalizado y embridado a través de un sistema de pasaportes interno, el hukou, que ha producido una población migrante interna en situación irregular, precarizada, con acceso más complicado a los servicios de salud, educación y pensiones, pese a sucesivas reformas. Tras un impresionante proceso de urbanización, que no ha concluido, esta reserva rural se está agotando, lo cual estimula crecimientos salariales -o, desde la perspectiva capitalista, de los costes laborales- pero también una apuesta decidida por la robotización y la inteligencia artificial.

El decimoquinto Plan Quinquenal chino 2026–2030 se centra en un desarrollo “verde” “de alta calidad”, que dé prioridad a una fuerte autonomía en ciencia y tecnología y refuerce “el ciclo económico interno”, lo cual incluye el consumo, considerado ahora como una cuestión de seguridad nacional. El consumo interno, que apenas representa el 36% del PIB -muy bajo, en comparación con el 53% de la eurozona o el 68% en EEUU- no termina de arrancar. Dichos niveles de consumo hacen que el motor de la economía china lo continúe representando una inversión excesiva (45% del PIB), y son correlativos con una elevada tasa de ahorro, superior al 40%. Las familias chinas ahorran para sufragar costes que el socialismo de mercado chino no ha socializado suficientemente: educación (costosa para las familias en la educación secundaria y sobre todo superior), salud (con mucho co-pago, costes no cubiertos por el sistema público), pensiones (muy bajas). El Plan pretende “invertir en el pueblo” con el objetivo declarado de impulsar la demanda interna, pero conseguir estos efectos deseados requerirá una enorme inversión social, una reducción de la desigualdad, y grandes reformas en los citados sistemas públicos, lo que está por ver. China antepone una mejora del sistema salarial que permita un “crecimiento razonable” de los salarios y su pago en tiempo y forma, todo esto asumiendo que en el futuro haya empleos decentes suficientes para los más de doce millones de jóvenes que entran en el mercado laboral cada año, consecuencia de la expansión de la educación universitaria. Y es que muchos ahorran también para sobrellevar los recurrentes retrasos en el cobro de los salarios, un problema enquistado que constituye el principal motivo de conflicto laboral en el país.

Cabe preguntarse si en el futuro la China ascendente podrá constituirse como nueva agencia hegemónica en un capitalismo transformado, un capitalismo cognitivo y verde que emita muchos menos gases de efecto invernadero y que articule –como soñaba Arrighi– un mercado-mundo alternativo al occidental, más pacífico. Lo cierto es que aunque el uso de fuentes de energía renovable en China haya aumentado considerablemente en los últimos años, el porcentaje de consumo primario de energías fósiles sigue siendo allí muy elevado y se mantiene en torno al 80%, entre otras cosas porque la demanda de energía ha crecido igualmente. La tendencia es a la baja, pero más de la mitad de la energía que consume China proviene todavía del carbón. Puede argumentarse que la electrificación de China está en sus albores, lo que está permitiendo un abaratamiento de las tecnologías de las industrias renovables en China y a nivel mundial que a su vez está derivando en un exceso de capacidad. Pero aunque China afiance su posición dominante en estos sectores en los próximos años, debemos tener en cuenta también las limitaciones sistémicas de un capitalismo global en desaliento.

IV

Como ha subrayado Jason W. Moore, y antes que él anticipó Immanuel Wallerstein, el capitalismo ha llegado a un límite irreversible en su capacidad de extraer o producir fuerza de trabajo, energía, alimentos y materias primas, de forma barata, esto es, a un coste lo suficiente bajo para la acumulación rentable de capital. Los márgenes que quedan para los desplazamientos del capital son cada vez más reducidos. La presión financiera para abaratar los costes del trabajo asalariado y la presión política natalista para forzar a las mujeres a recluirse en un papel reproductivo son contestadas socialmente. África occidental y central es la última zona geográfica con una población joven abundante y aún en expansión, pero también está sujeta a fuertes procesos de urbanización que conllevará una transición demográfica, aunque sea más tarde. La extracción de energías fósiles cada vez requiere de procesos más costosos y el acceso a reservas naturales protegidas o hasta ahora inaccesibles, con externalidades negativas que no se quieren asumir. Las crisis inflacionarias de los precios de los alimentos son cada vez más recurrentes. Y los precios de muchas materias primas, en particular de algunos metales clave para la electrificación como el cobre, han venido creciendo en las últimas dos décadas, aunque con una gran volatilidad. Y todo ello en un planeta cuyo calentamiento se acelera, con zonas geográficas que pueden volverse improductivas o inhabitables en unas pocas décadas.

Para Donald Trump el capitalismo “de toda la vida” aún tiene margen para acumular

Con todo, para Donald Trump y algunas de las facciones que le apoyan, el capitalismo “de toda la vida” aún tiene margen para explotar, acumular y extraer rentabilidad, y proponen una vuelta de tuerca: abrir la frontera ártica aprovechando el cambio climático que niegan (Groenlandia), exprimir a los países proveedores de materias primas, devaluar el coste del trabajo inmigrante y de las poblaciones racializadas por medio de políticas abiertamente racistas. Otras facciones, las que encarnan Elon Musk y los líderes de las corporaciones tecnológicas, son más conscientes de estos límites, y oscilan entre los delirios de colonización espacial, el aceleracionismo tecnológico y el cercamiento definitivo de los comunes digitales del conocimiento, mediante el desarrollo y control de una inteligencia artificial que debería permitir una automatización y codificación creciente del trabajo humano, segmentado en tareas. En este último punto, los techno bros y el Partido Comunista Chino terminan por coincidir.

Jason W. Moore no dedica una sola línea a las energías renovables. Todo lo contrario que Xan López, quien en “El fin de la paciencia” (2025) sostiene que es técnicamente posible “una energía abundante y barata” (solar y eólica) que pueda mitigar en la medida de lo posible el calentamiento global y permitirnos seguir trabajando por un proyecto emancipatorio. Xan López no cita a Moore, pero se le opone ya que considera que “la causa de la crisis ecológica no es la lógica capitalista de manera abstracta, sino una forma histórica de la misma en la que el desarrollo nacional redistributivo se ha vuelto hegemónico”. Sin embargo, la crisis climática es una parte de una crisis ecológica más amplia, por más que hoy día la cuestión climática sea determinante. La descarbonización puede coexistir con otras formas de destrucción del biotopo. Como recuerda Emmanuel Rodríguez en “El fin de nuestro mundo”, un libro con argumentaciones y conclusiones bien distintas, el capitalismo ha articulado desde sus inicios “un régimen ecológico específico, fundado sobre una dinámica de reorganización continua de las relaciones sociales y naturales”, que, añado, ha derivado en la producción de ecosistemas degradados, con menor biodiversidad y más tóxicos. Antes de la era del carbón y del petróleo, los conquistadores europeos impactaron sociedades y ecosistemas enteros, aunque sea cierto que es el capitalismo industrial de los últimos dos siglos, junto con la “expansión del contrato social” en el siglo XX, lo que ha contribuido a un uso intensivo de combustibles fósiles. En fin, mientras Xan López confía en coaliciones sociales amplias que empujen políticas públicas de planificación que conduzcan a otro paradigma, a un nuevo orden más benigno, Emmanuel Rodríguez parte de la catástrofe, del caos, del hecho de que haga lo que se haga no se va a revertir un aumento considerable de la temperatura global, entre 1,5 y 2,5 grados por encima de la media preindustrial, cuestionando “el reformismo verde” que asume una mediación con las elites financieras y tecnológicas, y confiando en cambio en las movilizaciones difusas o “grises”– sin garantía de se produzcan en clave emancipatoria– de colectivos situados en los márgenes de la sociedad y de dichas políticas públicas.

Habrá que huir de los cantos populistas de las sirenas patrioteras

Las alternativas a los “nacionalismos del desastre” (Nacionalismo del desastre:El colapso de la civilización liberal, Richard Seymour, 2024) no tienen por qué decidirse de forma tan tajante entre ambas opciones, entre un gobierno ilustrado para la transición energética y la insurrección de los excluidos. La resistencia de Mineápolis a la persecución militarizada de migrantes por parte del ICE esboza una posible articulación entre organización social inclusiva e instituciones públicas asentadas en el territorio. Después de todo, “es en las formas de vida, que en este caso se establecen a través del eros de la acción colectiva, que se forman las pasiones” (Richard Seymour) que neutralizan el miedo. El hecho de que el neofascismo en formación radicalice elementos del régimen neoliberal en descomposición no le quita una especificidad propia ni su gravedad, como se ha puesto de manifiesto con el genocidio de Gaza y con la reacción internacional contra el mismo durante las movilizaciones de 2024 y 2025.

La situación es inédita, la tarea inmensa. No estamos ante el ocaso de cincuenta u ochenta años de historia sino de quinientos. Ni volverán “los treinta gloriosos” años, ni la América de finales del siglo XIX. Habrá que huir de los cantos populistas de las sirenas patrioteras. No es cuestión de elegir qué potencia servir. El resurgimiento de la geopolítica tras la pandemia, reflejo de un renovado protagonismo del Estado, se produjo como reacción a una década de deslegitimación y de movimientos masivos de protesta (2011–2019). Tendremos que organizarnos políticamente para producir colectivamente una comprensión compartida de lo que nos jugamos y cómo afrontarlo, en el marco de ecosistemas degradados y un clima global recalentado pero con impactos territoriales y sociales desiguales. Sin la esperanza de un mundo mejor, pero con el convencimiento de luchar por lo que es justo. Sin una formación estatal hegemónica (¿aún?) pero con una creciente competencia entre grandes y medianas potencias con cada vez menos líneas rojas. Sin las garantías del marco político y legal que durante décadas canalizó la protesta con demandas dirigidas a los poderes públicos y organismos internacionales; y frente a una intensificación de la violencia desde arriba, incluyendo nuevas formas de guerra. También habrá que mirar más hacia África y Asia, como en 2011, pues allá está la juventud que instigará las movilizaciones transnacionales del futuro. Mucho por hacer.

Publicado originalmente en el blog del autor.

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