La acampada de la Puerta del Sol se desborda. Las comparaciones con el movimiento de las plazas de 2011 se multiplican. Ahora, como entonces, se trata de convertir el desborde en un cambio político que arrase —a derecha y a izquierda— con la política institucional y alumbre nuevas posibilidades de lucha.
Las noches del 27 y el 28 de septiembre lo han confirmado. Lo que empezó siendo una acampada de un par de centenares de personas ya reúne a miles. Pero, más allá de las comparaciones con el pasado, este movimiento tiene características propias y hay que intentar analizarlas.
No cabe duda de que existen muchas similitudes con lo sucedido entonces. De nuevo, una generación joven en crisis, esta vez con la vivienda como principal espacio de lucha. También se repite que sean organizaciones concretas —entonces Democracia Real Ya; hoy, el Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda— las que prenden la primera chispa. Y, por supuesto, se repite la acampada tras una manifestación masiva que en apenas dos días supera todas las previsiones y nos lleva a un punto nuevo.
Pero también tiene elementos de contexto novedosos. Por un lado la crisis de inflación y de deuda pública no están aún decantadas. Además existe un amplio campo institucional a la izquierda del PSOE que complejiza la situación. En resumen, la crisis económica que rodea la situación está muy alejada de la de 2011.
Más allá de la vivienda
La movilizaciones esconden un secreto a voces: el problema de la vivienda no se va a arreglar en nuestro país. Ni el decreto del Gobierno ni las medidas más radicales propuestas desde el movimiento de vivienda pueden resolverlo por sí solas.
Por mucho que se congelen los precios o se hagan indefinidos los alquileres, incluso aunque los precios bajen, la vivienda seguirá siendo inaccesible. Así lo manda el sistema de propiedad y así lo manda el mercado laboral precario sobre el que funciona el capitalismo español.
De todas estas propuestas, las medidas más radicales beneficiarán a quienes tienen que pagar un alquiler
Aunque tampoco debemos ser ingenuos. De todas estas propuestas, las medidas más radicales beneficiarán a quienes tienen que pagar un alquiler, pero no a quienes ya solo pueden alquilar una habitación o a los que no pueden permitirse ni lo uno ni lo otro. En todo caso, las medidas más ambiciosas paliarán parcialmente y de manera temporal algunos problemas, además de servir de prueba de que organizarse y luchar merece la pena. Pero debemos pensar en cómo ir más allá.
El salario más frecuente –el que más trabajadores cobran– es de unos 1.265 € al mes en 12 pagas. Una habitación con gastos en Madrid supera con creces los 600 euros. Y aquí está la clave. Si el mercado de la vivienda es inestable y precario, el mercado laboral lo es aún más. La subida de precios de la alimentación, la energía, los suministros y la vivienda se cruzan con salarios bajos y, sobre todo, con un mercado laboral de alta rotación y temporalidad. Es decir, podríamos garantizar por ley contratos de arrendamiento indefinidos, pero tarde o temprano no tendríamos dinero para pagarlos.
En resumen, solo quienes tengan un empleo fijo y unos ingresos estables podrían pagar indefinidamente un alquiler o una hipoteca. Para el resto, en España, la crisis de la vivienda se convertirá en una crisis de impago. Por eso, parar todos los desahucios solo será posible con la organización política de estos impagos. Esto es, con un sistema de autodefensa, organización y desobediencia que pare -haya decreto o no- los más de 25.000 desahucios que se esperan este año.
La Comuna de Madrid
Si aceptamos esta verdad, estamos obligados a escapar de la lógica que nos subordina a las políticas del Estado. Salir de una lógica que sitúa al movimiento de las plazas como un mero proponente de leyes al Parlamento sometido a las lógicas de relación y dependencia con la izquierda parlamentaria en el gobierno.
De manera que las acampadas, el nuevo movimiento de las plazas, debería sacudirse su manto original, ligado a unos objetivos o a unas organizaciones determinadas, para empezar a disputarle al campo de la representación profesionalizada el monopolio de la política. No para levantarse como una nueva opción electoral, sino para tumbar todas las existentes.
En 2011, las masivas acampadas de Sol fueron apodadas como La Comuna de Madrid en recuerdo de la Comuna de París de 1871. Se ponía así el foco en las prácticas destituyentes, de demolición del conjunto del sistema político, incluidos sus partidos de izquierdas, para componer un nuevo horizonte construido a partir de la desobediencia masiva y la toma de las plazas.
Ya no se trata de ser los mejores ingenieros de políticas públicas ni de tener la varita mágica con la que tocar a este o aquel partido político. El movimiento debe ser capaz de hacer temblar a todo el arco parlamentario y, en especial, de hacer que su flanco izquierdo tema por su supervivencia o, por lo menos, de llevar las protestas tan lejos como se pueda.
Hay que poner en marcha todo tipo de medios de agitación y debate político, herramientas de desobediencia civil, ocupaciones, huelgas y manifestaciones
Para ello hay que poner en marcha todo tipo de medios de agitación y debate político, herramientas de desobediencia civil, ocupaciones, huelgas y manifestaciones. La Comuna de Madrid debe recorrer como un fantasma cada conflicto de la ciudad hasta acabar con el proceso de fascistización que parecía avanzar imparable y que nos ataba a la izquierda progresista como única tabla de salvación.
Ahora no hay más color ni bandera que la de la autoorganización de las plazas y sus posibilidades de expansión. Seguro que eso da miedo a quienes pensaron que cualquier salto cualitativo en la historia llegaba, como los niños al parque, llevado de la mano de alguna organización o grupo concreto. La Comuna de Madrid será de todos y todas, o no será.




