Anatomía de la revuelta en los institutos franceses

por | Oct 19, 2026 | Coyuntura, Movimientos

Barricadas, saqueos, edificios incendiados y ataques a comisarías son imágenes que ha dejado la jornada de lucha del pasado 17 de octubre. Aunque el Gobierno las usa para desacreditar el movimiento, expresan la rabia de una generación que se niega a pagar la cuenta de todas las crisis que recibe en herencia. Por primera vez, las protestas unifican a los estudiantes más allá de su origen social.

Más de mil institutos afectados, casi ocho mil detenciones. El movimiento de otoño está impulsado por una generación que se niega a pagar la cuenta de todas las crisis que recibe en herencia, y que, por primera vez, lo hace junta, más allá del origen social.

Todo empezó con una huelga de profesores. El 17 de septiembre de 2026, en el instituto Antoine-de-Saint-Exupéry de Créteil (en el gran extrarradio del sureste de París), un centro de unos 1.500 estudiantes con varias plazas de profesor sin cubrir, los y las docentes se pusieron en huelga. Al día siguiente, un grupo de alumnos se les sumó y bloqueó la entrada al centro. Con estas movilizaciones los alumnos obtuvieron la contratación de un director adjunto para el instituto y de una enfermera. Pero no quedó ahí. Unos días después, la prensa informó de una veintena de detenciones de alumnos en la región parisina (la más poblada de Francia, con más de 12 millones de habitantes) y del uso por parte de la policía de lanzadores de proyectiles de defensa –LBD– (un cruce entre flashball y ‘nuestras’ pelotas de goma), un arma menos letal.

Esto prendió la llama de los bloqueos fuera de la región parisina a finales del verano y la convocatoria de una huelga el 29 de septiembre para reivindicar mejoras salariales y la contratación de más docentes.

Este escenario de agitación provocó una escalada imparable, con cada vez más institutos en revuelta y más detenidos

Y llegó el incendio. El 28 de septiembre, el Ministerio del Interior contabilizó ‘altercados’ en 180 centros, con más de un centenar de detenidos, y anunció que las fuerzas de seguridad intervendrían sistemáticamente contra los bloqueos que organizaban los estudiantes para impedir la entrada a los institutos. Las asambleas se hacían en la calle. Esto se sumó a la huelga general del funcionariado del día siguiente. Este escenario de agitación provocó una escalada imparable, con cada vez más institutos en revuelta y más detenidos.

El 1 de octubre, según el Ministerio del Interior, 1.027 centros se vieron afectados por el movimiento, 222 de ellos con bloqueos, y se sumaron las universidades, con una treintena de campus bloqueados. Se sucedieron las manifestaciones de cientos de miles de personas y siete días después ya partían de Nanterre, Cergy, Bobigny y Créteil y convergían en el centro, donde se produjeron los incidentes más duros de la semana. En realidad, el movimiento no se apoya en grandes marchas, sino en la multiplicación de piquetes locales. Además, escaló en lugares insospechados: la enseñanza privada católica se sumó y los y las estudiantes del Instituto Católico de París bloquearon su centro por primera vez desde 1875. La intersindical de estudiantes y profesorado convocó una nueva jornada de huelga el 13 de octubre.

El 8 de octubre, el ministro de Educación presentó un plan de emergencia: 3.000 profesores interinos, hasta entonces sin plaza, serían enviados a más de 500 centros clasificados según el grado de carencia de docentes, y se autorizaría a los directores regionales a contratar a más docentes por encima de los topes presupuestarios asignados.

Son más medios, contratación y sustitución de docentes de baja y de personal de apoyo

Pero las movilizaciones, que luchan contra un sistema que no funciona desde hace años, continúan. Lo que reclama el movimiento no es nada revolucionario. Son más medios, contratación y sustitución de docentes de baja y de personal de apoyo, reducción de las ratios, mantenimiento de los edificios, horarios escolares más humanos, reforma integral del sistema escolar, derogación de Parcoursup –el sistema de acceso a la educación superior francesa–, climatización, anulación de la prohibición del teléfono móvil en vigor desde el inicio del curso y, más allá de las reivindicaciones concretas, también justicia social… Pero la respuesta ha sido principalmente policial. Los niveles de represión han sido brutales, con miles de detenidos en las jornadas de lucha. Son 6.773 los menores detenidos, de un total de 7.950 personas.

La huelga de institutos es un repertorio habitual desde la década de 1970, y las técnicas de propagación siempre fueron las de cada época, del transistor de radio a los SMS y luego a las redes sociales. Lo que no lo es, en cambio, es el número de detenciones. Ni el nivel de la represión policial: seis abogados que asistían a menores bajo detención policial presentaron denuncia tras ser agredidos.

Todo ello, en un contexto social cada vez más tenso. La guerra del estrecho de Ormuz ha elevado este verano el litro de diésel hasta los tres euros en muchas gasolineras. La huelga general del 17 de octubre se anunció como el reencuentro con los chalecos amarillos, ocho años después de su nacimiento a raíz de la subida del carburante, aunque no podemos saber qué parte de este movimiento se expresó en la jornada de protesta de ese día. La vivienda también está en crisis. La supresión de las ayudas al alojamiento fue el motivo directo de la entrada de los universitarios en la movilización. La precariedad estudiantil se extiende. En enero de 2026, una encuesta de la Unión Estudiantil señaló que alrededor de la mitad de los estudiantes se salta alguna comida al día por falta de dinero, y que cerca de un tercio dispone de menos de 50 euros al mes tras pagar alquiler, facturas y alimentación. El salario mínimo asignado a los menores de 17 años es el 80 % del salario mínimo general.

Una conciencia colectiva más allá de las fronteras escolares y sociales

La huelga de institutos no es nueva: viene de bastante atrás. En diciembre de 2018, en el momento álgido de los chalecos amarillos, un centenar de institutos fueron bloqueados en la región parisina y el ministerio contabilizó unos 200 centros afectados en todo el país. Protestas de estudiantes parecidas se produjeron en 2021 –contra las pruebas presenciales durante la pandemia–; en 2023, cuando 200 institutos fueron bloqueados en la huelga contra la reforma de las pensiones; en 2024, contra los recortes previstos en el presupuesto, y en 2025, por una jornada de lucha nacional. El repertorio es, por tanto, conocido.

Para los politólogos Robi Morder y Ulysse Rabaté, las reivindicaciones son ‘del mismo orden desde el movimiento de Seine-Saint-Denis en 1978’. Fueron los institutos tecnológicos y los de formación profesional de los años 70 los que inventaron las formas retomadas este 2026: ‘son los mismos centros los que se rebelaron primero este año’, señalan.

Lo que 2026 añade es una organización que no pide permiso a nadie

Lo que 2026 añade es una organización que no pide permiso a nadie. El 4 de octubre, en una asamblea general celebrada en Saint-Denis, a la que acudieron estudiantes de instituto de toda la región parisina y que convocó el colectivo RED-Jeunes, nació la Federación Estudiantil de los Barrios. Su portavoz, Soumaya, de 18 años, explicó los motivos: no tienen espacio político para representarse, tomar la palabra y participar en las ‘decisiones que les afectan directamente’. El movimiento, dijo, es de ‘autodeterminación’ y de ‘autoorganización’. Pidieron apoyo para su lucha, siempre que los estudiantes de instituto conserven el liderazgo.

Sofia Tizaoui, expresidenta de la Unión Sindical de Estudiantes de Instituto, ve en las movilizaciones una ‘afirmación de autonomía política radical’. Insiste en que las redes sociales favorecen ‘la horizontalidad de la organización y el dominio del relato’, pero no son ‘el corazón de la politización’. ‘Estos estudiantes de instituto y universitarios no se movilizan únicamente por cuestiones gremiales […] hacen el vínculo entre la escuela, la justicia social, el antirracismo, la precariedad y las opciones presupuestarias del Estado. Cuestionan el modelo que se les impone’, añade.

‘Tasty crousty antifascisti’ [crousty viene de ‘croustille’, término de argot que designa a los jóvenes de las banlieues]; ‘Fashion pero no fachas‘; ‘Demasiado jóvenes para ser escuchados, pero lo bastante mayores para ser gaseados’, rezan sus lemas. ‘Las imágenes impactan, pero no tanto como la policía’. Ulysse Rabaté afirma: ‘los códigos de los barrios componen la estética de esta movilización […] invirtiendo los estigmas, el movimiento muestra la convergencia entre la cultura de la calle y el posicionamiento político’. Y añade que las ‘referencias como los chalecos amarillos son manejadas y reapropiadas por un discurso público que, en las redes sociales, demuestra una conciencia colectiva’. Lo denunciado ya no es únicamente la tradicional ‘falta de medios’, sino el derrumbe de las condiciones en los centros que escolarizan mayoritariamente a las y los menores de los barrios populares.

La conciencia de una condición compartida

La movilización se extendió en París al instituto Louis-le-Grand y al Henri-IV, los dos centros más prestigiosos de la capital, célebres precisamente por no tener tradición de movilización. Sus alumnos dicen actuar por solidaridad con los estudiantes de los institutos más desfavorecidos, en particular los de Seine-Saint-Denis –departamento obrero y migrante de la banlieue parisina–. Y no son los únicos: también se sumaron los estudiantes de derecho de Panthéon-Assas, una de las principales facultades del país. Entre sus motivos figura Parcoursup, pero también la solidaridad con los institutos de los suburbios, para los que reclaman más medios.

Tres características hacen de la escuela el lugar donde esa conciencia compartida puede conformarse

¿Por qué la escuela produce una experiencia común más allá de la clase? Tres características hacen de la escuela el lugar donde esa conciencia compartida puede conformarse. La primera es que el tipo de prueba y de selección para acceder a la universidad es allí el mismo para todos (aunque su desenlace no lo sea). Parcoursup no golpea solo a los estudiantes de los institutos tecnológicos (la parte de la formación profesional que da opción a estudios superiores) y a los de los institutos de los barrios populares: impone a todos, incluidos los mejores expedientes, el mismo tipo de prueba. El calvario de Parcoursup es común: la evaluación continua, el peso del expediente académico, la lista de espera para una plaza en la universidad… La incertidumbre sobre el porvenir se ha generalizado. Y es esa generalización la que hace posible la solidaridad de los institutos privilegiados con los de las banlieues.

La segunda característica es que el adversario es identificable. La dominación de clase, vivida en la empresa o en el barrio, puede quedar difuminada: nunca se sabe exactamente quién decide. Pero las responsabilidades en la escuela son más evidentes y tienen un nombre o unas instituciones que las encarnan.

Los estudiantes se sienten tratados como un expediente antes que como ciudadanos

La tercera es que la edad de la criba para acceder a la universidad es la edad equivocada: la selección se aplica a los 17 años, es decir, en el momento en que se dispone de menos recursos económicos, simbólicos y psíquicos para asumirla, y cuando aún no se tiene derecho de voto para cuestionar a quien marca los criterios. Los estudiantes se sienten tratados como un expediente antes que como ciudadanos.

En ese sentido, la conciencia generacional desborda a la clase. Ya no se deduce mecánicamente del origen social. Se forma en torno a una experiencia común de la criba y a un adversario: un Estado que cerró unos 400 institutos de forma preventiva el 2 de octubre en lugar de contratar, que deja al 18 % de una promoción sin plaza en la universidad en lugar de ampliar la oferta, y que ha respondido con casi 8.000 detenciones a una generación que reclama profesores.

La clase social no ha desaparecido, se ha desplazado

La primera línea de fractura sigue siendo la material. Son siempre los mismos centros los que acumulan horas sin cubrir, ratios elevadas de alumnos, decrepitud de los edificios y falta de personal; sobre todo los de los barrios populares y los de ultramar.

Parcoursup favorece a las categorías con alto capital cultural y capaces de pagar apoyos extraescolares

Respecto de Parcoursup, aunque sea una experiencia común, tampoco hay que descartar cómo opera aquí la clase. Los más de 163.300 estudiantes que aprobaron el Bac (EBAU) pero se quedaron sin ninguna opción de estudios universitarios en 2026 vienen mayoritariamente de itinerarios formativos devaluados (en los que no han tenido acceso a medios educativos como laboratorios o prácticas) y de institutos sin personal orientador. Parcoursup favorece a las categorías con alto capital cultural y capaces de pagar apoyos extraescolares. A ello se suma el conocimiento de los entresijos del sistema de clasificación, que marca la diferencia en un sistema opaco y sigue distribuido de manera desigual. La ‘presión de Parcoursup’ es común. Sus efectos no.

También cabe señalar cómo la represión está dirigida socialmente. En su informe de 2025, el Defensor del Pueblo francés estableció que los jóvenes percibidos como negros, árabes o magrebíes son sometidos por la policía a controles de identidad cuatro veces más que los demás, y a registros exhaustivos 12 veces más. Esto también operó en la represión de este ciclo. Los primeros detenidos fueron los estudiantes de instituto racializados.

Esta es una generación que se ha criado entre las revueltas, que ha aprendido a organizarse

El movimiento se enfrenta a algunos peligros, como su absorción por la esfera de la representación política, que lo convertiría en un episodio de la próxima campaña presidencial –abril de 2027–. También, el desgaste. El Gobierno puede intentar esperar a que las reclamaciones queden apoyadas solo por los sectores populares y los jóvenes, a quienes se hará pagar la factura de las protestas. Una parte de los y las estudiantes afronta el Bac (EBAU) en junio y antes tiene que volver a estudiar. El cansancio, los exámenes parciales en la universidad, las vacaciones de Todos los Santos (del 17 de octubre al 2 de noviembre de 2026) y el miedo a los juicios pueden desmovilizarlo.

Sin embargo, independientemente de las concesiones obtenidas, ya se ha ganado mucho. Esta es una generación que se ha criado entre las revueltas, que ha aprendido a organizarse. También ha dejado de vivir Parcoursup como una prueba individual: la ha politizado y ya no considera la ausencia de salidas a sus estudios una ley natural.

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