Hace tiempo que algunes nos organizamos en La Porvenir, que agrupa gente que parte de que todes hemos ocupado de forma evidente al menos una de las tres posiciones clásicas respecto a la psiquiatría: ser persona psiquiatrizada; ser parte del entorno que deriva, empuja, obedece o pasa; o ser profesional de la salud mental®. Nos organizamos para atravesar juntes con otres las crisis de las que se espera que se encargue la psiquiatría, para hacerlo sin usar su aparataje (ni voluntario ni involuntario) con la intuición confirmada de que transformar en serio la respuesta que damos a la locura implica poner en práctica las condiciones que sostienen la vida, todas la vidas. Esta salida que es transformar la respuesta que damos a la locura, incluye, claro, impactar sobre lo que se le llama o bien lo micro o bien lo personal, sobre eso que es la interdependencia de proximidad en la que también se dan dinámicas de abuso, acumulación, extractivismo, escaqueo, suspensión de la ética, silencio, complicidad e individualismo. Nos referimos a cambiar dónde vives, con quién, con quién no, cómo te organizas el día, qué haces con el dinero, con el tiempo, cuáles son tus deseos y prioridades y qué efectos tienen. Unir teoría y práctica, reducir la incoherencia, ser literal, salir de la pancarta, apechugar, confrontarnos, despertarse del sueño aspiracional, pasar de la reforma, hacer, con quién quiera, ahora.
Lo primero por lo que tuvimos que pasar nosotres, psicóloga y psiquiatra, fue por reconocer nuestros privilegios y la violencia que ejercimos como profesionales de la salud mental®, hubo que hacerse cargo, parar y soltar. Hubo además que interpelar a los entornos de quien reventaba, repartiendo la responsabilidad del problema colectivo que hasta entonces se tomaba individual. Forzamos con nuestra postura la redistribución de todo en los momentos más difíciles, hasta llegar a un punto de no retorno: la deserción de la psiquiatría. Desertamos como profesionales de la salud mental®; y desertamos a la vez como pacientes y como parte del entorno que acompaña a quien tiene el problema, sin reconocer que también es suyo y sin poner tampoco puertas al campo de la venganza por el daño recibido. Desertamos como cómplices de la psiquiatría.
La represión horizontal se produce cuando no hay psiquiatría, ni expertos, ni policía, ni estado, ni autoridad reconocida por la normatividad
Este camino ha evidenciado que la ausencia de psiquiatría implica una profundización radical en los valores libertarios, como el criterio propio, la horizontalidad, la redistribución y el antipunitivismo. En nuestro caso, llegar a estos principios ha sido consecuencia de la renuncia a la psiquiatría, una seguidilla de resultados no buscados que nos han lanzado a la colectividad más interdependiente y corresponsable, porque cuando se renuncia a los expertos para que se encarguen de lo difícil que pasa, no hay otra que afrontarlo en común, y para afrontarlo en común todo el mundo tiene que espabilarse. Es ahí entonces donde sale todo, donde se intuyen las verdaderas batallas de las que habla el Comité Invisible. Y es cuando se intenta hacer diferente en lo micro, lo personal, la interdependencia de proximidad, que aparece la represión horizontal; cuando no hay psiquiatría, ni expertos, ni policía, ni estado, ni autoridad reconocida por la normatividad.
La represión horizontal es el freno individual y colectivo que obstaculiza e impide en la práctica profundizar en el proceso libertario, que impide que todes estemos bien. Es un fenómeno con el que convivimos en oleadas desde que comenzamos a cuestionar las prácticas psiquiátricas y que conocemos con mucha precisión por haberlo recibido en nuestras carnes de manera ininterrumpida. Es por ello que sabemos que sus efectos son potencialmente devastadores. La represión horizontal, entre compañeres, es la razón por la que el individualismo está en auge entre la izquierda, el identitarismo sigue siendo la corriente más apoyada dentro de los movimientos sociales, y es también por lo que se impide cualquier desplazamiento novedoso que camine hacia que estemos todes un poco mejor.
La represión horizontal niega la existencia de lo nuevo, se despliega alrededor de lo nuevo para hacer tanto ruido que no se vea aunque esté presente, por eso avanzar en la honestidad de por qué y para qué decimos y hacemos lo que decimos y hacemos es tan importante.
Por ser conscientes de la gravedad de los efectos de la represión horizontal y con un deseo genuino por nuestra parte de advertir sobre ello, hemos reunido algunos ejemplos para que se detecte de manera sencilla y se haga lo necesario por activar como respuesta mecanismos individuales y colectivos para, ojalá, asumir la responsabilidad y dejar de reprimir, y si esto no sucede, priorizar la autodefensa:
La autoexclusión
La represión horizontal toma esta forma cuando alguien de nuestro entorno, con quien hacemos, con quien tenemos una relación de iguales, que está implicade en lo difícil que sucede o, en todo caso, lo tiene delante —a veces simplemente porque forma parte de nuestra vida— se excluye voluntariamente de lo que pasa cuando transformar una situación requiere de una renuncia a sus privilegios, comodidad o seguridad individual.
La autoexclusión puede suceder de varias formas, como empezar a hablar en términos de “yo vs. vosotres”; opinar, asustar e infundir inseguridad sin que la persona tenga intención de tomar parte en lo que pasa ni proponer nada; criticar lo que estamos haciendo el resto de personas en nuestro intento de avanzar hacia lo justo. La autoexclusión suele ir acompañada de frases como “no me gusta cómo funcionáis”, “siempre estás con gente con problemas”, “tienes que cuidarte y poner límites”, “no quiero hacer esto porque no quiero acabar como vosotres”, “no tienes vida”, “¿tú siempre tienes muchas movidas no?”.
Los argumentos trampa
Se hacen trampas con la interseccionalidad, y se bloquea el avance haciendo lecturas identitarias reforzando el pensamiento de la validez incuestionable del testimonio en primera persona
En este caso, la represión horizontal aparece a través del uso de los discursos que son mainstream en tu contexto sin rigor alguno, muy lejos de la realidad de lo que sucede y para salir individual o subgrupalmente airoses, manteniendo el status quo. Estamos hablando de situaciones en las que algune implicade en el conflicto utiliza la “carta de la agresión” para bloquear otra lectura posible y la opción de transformar las condiciones que lo han hecho aparecer; de cuando se le arroja un “análisis de poder” a quien trae una propuesta que toca nuestros privilegios o directamente los confronta; de cuando no hay jefes ni autoridad que marque el rumbo de por dónde seguir, lo que nos empuja inevitablemente a tomar agencia y partido en lo que pasa, y se habla de “la tiranía de la falta de estructuras”; de cuando se hacen trampas con la interseccionalidad, y se bloquea el avance haciendo lecturas identitarias como pueden ser de género, blanquitud, orientación sexual o psiquiatrización, reforzando el pensamiento de la validez incuestionable del testimonio en primera persona e imposibilitando que suceda algo distinto que restituya el daño y nos deje en un lugar nuevo a todes.
No decir la verdad
La práctica demuestra que decir la verdad es muy difícil. Decir lo que se piensa, decir lo que se quiere, y lo que no. Porque a veces lo que queremos no es justo, y deja al descubierto nuestra falta de ética y nuestros deseos de ascenso, acumulación, individualismo, comodidad, e incluso a veces, nuestros deseos de cargárnoslo todo.
Cuando hay situaciones en las que hay que decidirse, aclararse, poner las cartas sobre la mesa o tomar un rumbo concreto, es cierto que puede haber desacuerdos, distanciamientos o separaciones entre las personas implicadas. Y es en esos momentos en los que hay más riesgo de que los argumentos y las explicaciones de fondo estén enmascarados con frases como “no puedo”, “no lo sé”, “no lo entiendo”, cuando en realidad lo que pasa es que “no quiero” —pero no acepto que todo no se puede— tampoco la imagen que el no querer me devuelve. Esto resulta muy peligroso porque el subtexto y la incongruencia entre lo que se dice y se hace es potencialmente enloquecedor, además de tener la capacidad de ocupar mucho tiempo y espacio de nuestra práctica política en vano.
La víctima propiciatoria
Si no hay una colectividad que apoye a quien ha sido señalade, la víctima en cuestión recibirá un daño que puede incluso llegar a provocar su desactivación política
A veces las crisis con potencial transformativo se resuelven desfavorablemente por el mecanismo de la víctima propiciatoria. Esta definición es inmejorable: se expulsa a quien trae el desorden. Quien señale las raíces del conflicto -que casi siempre son de carácter personal e individual-, quien interpele a las partes que están ejerciendo su poder, y reconozca los puntos de salida que deben ser apoyados por movimientos de decrecimiento individual y colectivo, será culpade (que no responsabilizade) del conflicto en cuestión. Y así las cosas seguirán como estaban. Las desigualdades todas en su sitio. Y posiblemente si no hay una colectividad que apoye a quien ha sido señalade, la víctima en cuestión recibirá un daño que puede incluso llegar a conseguir su desactivación política perpetua. Ejemplo de ello son las consecuencias en las personas señaladas por los comunicados emitidos por grupos de izquierdas y asambleas, así como variantes de la expresión “la culpa de todo la tiene…”.
Al igual que sabemos que la represión horizontal es peligrosa y somos conocedores de sus formas y potencial para dañarnos, también sabemos que puede no ser letal, porque a nosotres no nos ha desactivado; pero para que no lo sea hay que ocuparse. Es por eso que además de sugerir prestar mucha atención a nuestro alrededor, para frenarla y defenderse, proponemos concentrar esfuerzos en detectar cuando nosotres mismes se lo hacemos al resto para poder llegar a las raíces que fundamentan que aparezca la necesidad de ejercerla, para aumentar la conciencia sobre el fondo conservador problemático del asunto, y poder así transformar las condiciones que frenan nuestro proceso libertario de manera colectiva.