Y de repente, una sacudida. En medio de un clima de parálisis y abatimiento social, cuando parecía que el fascismo avanzaba posiciones, entramos hace algo más de una semana en una vorágine en la que los acontecimientos no han parado de acelerarse. Por fin, parece que pueden cambiar las cosas.
La semana pasada se abrió con Ayuso desencajada por el escrache que recibió en la feria inmobiliaria de The District. Esa misma noche estábamos acampando frente a la casa de Maricarmen y ya parecía que algo se cocía, aunque nadie imaginaba dónde estaríamos hoy. Por la mañana, más gente que nunca se plantó en la puerta para parar un desahucio y resistió con una fuerza ejemplar la violencia policial. En la concentración de la tarde frente al ático de Ayuso reinó un clima de rabia enorme, con odio dirigido contra los políticos de todo el arco parlamentario y contra la policía, que acabó sobrepasada y no pudo evitar que se cortara el paseo de la Castellana. El viento soplaba a favor y la masiva manifestación del sábado acabó en la acampada en Sol, que desde entonces no ha parado de crecer.
Hasta llegar a Sol, todo este aluvión ha sido impulsado principalmente por el Sindicato de Inquilinas de Madrid. Es inapelable que la radicalización impresionante del conflicto social que hemos vivido esta semana se ha debido, en buena medida, a su iniciativa. Igualmente inapelable es que lo que hierve ahora en Sol va más allá del motivo desencadenante de la acampada —forzar un cambio legislativo que permitiera ganar terreno en el conflicto por la vivienda— y condensa un descontento social generalizado, larvado durante muchos años. De eso somos conscientes todas las personas acampadas allí.
Mientras dure la acampada
La primera noche había en Sol algo más de 100 tiendas. En la mañana del miércoles el recuento llegaba a más de 1200. En apenas cuatro noches, la dimensión de la acampada se ha multiplicado por más de diez. Todas las estimaciones conservadoras de cuánto puede durar se han visto desmentidas por una energía colectiva desbordante. Genial.
Con una forma que recuerda a los zocos de algunas ciudades árabes, la acampada comienza a tener su callejero particular: «Calle Lucha de Clases», «Plaza de Gaza»… o, con más guasa, «Plaza de Mayo del Six-Seven». Ha adquirido una entidad propia que trasciende la capacidad de mando de cualquier organización que esté allí, algo que no está nada mal. La acampada es una experiencia de politización tremenda para muchísima gente, lo cual la hace valiosa por sí misma. Aunque estamos de acuerdo en que esto no tiene que acabar ahí, sería precioso que todas contribuyéramos a que sea una experiencia lo más interesante posible mientras dure, en la que se experimenten formas de encuentro y de democracia radicales. Por suerte, de momento parece que es así.
Lo ya organizado —nuestros sindicatos, centros sociales, organizaciones políticas…— debe nutrirse de lo no organizado hasta ahora para empaparse del acontecimiento y, a la vez, contribuir al sostenimiento de la acampada y a la toma de decisiones con su experiencia y capacidades acumuladas. Pero lo no organizado tiene también una inteligencia propia y no necesita ser tutelado siempre. Como casi siempre, la virtud está en el punto medio. Ir a la acampada solo a pescar militantes para nuestra organización sería una forma bastante triste de relacionarse con ella. Pero salir de ella sin más fuerza organizativa sería igualmente un fracaso.
Cuándo irnos
Una decisión importante que tomar en la acampada, donde nuestras organizaciones pueden tener una voz determinante, es cuándo levantarla. Esta pregunta recorre como un rumor las calles de nuestro particular zoco y todas las asambleas improvisadas que hacemos. Nadie sabe realmente cuándo ni cómo acabará esto, algo imposible de predecir. Mientras nos hacemos la pregunta, se planta otra tienda en Sol.
Aquí van algunos apuntes para intentar responderla. Sería una pena que la acampada se ahogara en sí misma. El desgaste es un factor a tener en cuenta, unido a las cuestiones de ritmo político. En líneas generales, podemos estar de acuerdo en que tiene sentido mantenerla mientras sea la mejor herramienta, tanto para echar un pulso al Estado como para canalizar el descontento de la gente. Hasta ahora lo ha sido. Mientras su potencia no decline, no habría que tener demasiada prisa en irse.
Tendría sentido levantarla, entre otras cosas, cuando haya un calendario claro o, por lo menos, una buena intuición de los siguientes pasos que dar. Es decir, el mejor momento para levantarla será el que nos deje en mejor posición para luchar. Toda decisión conlleva riesgo e incertidumbre, cierto, pero sin los riesgos que se han tomado durante la última semana larga no habríamos llegado hasta aquí.
Pedir más sin desplazar la correlación de fuerzas solo tiene sentido retórico
La votación del real decreto el viernes puede dejar a la acampada huérfana de demandas formuladas con claridad. Hay voluntad en algunos sectores de llevarla hacia reivindicaciones más radicales, pero habría que recordar que lo más radical que puede hacer la acampada no es plantear exigencias de máximos —posiblemente no se llegue a aprobar ni el objetivo que definió el Sindicato de Inquilinas—, sino acrecentar la potencia del movimiento para llegar más allá. Pedir más sin desplazar la correlación de fuerzas solo tiene sentido retórico. Y en política radical solo hay dos cosas que no se pueden demandar, porque nadie sino nosotros nos las va a dar: la construcción de autoorganización y de un poder propio, y una sociedad sin clases. Si queremos acercarnos a un clima de estallido social, podemos empezar por trabajar en lo primero.
Más allá de la acampada: ¿hacia una huelga general?
El sentir general apunta hacia ello: construyamos las condiciones para poder forzar una huelga general por la vivienda —y por otros frentes que habría que integrar—. Aunque no es la única respuesta posible a cómo escalar el conflicto, puede ser una herramienta interesante. Permitiría canalizar, en una dirección concreta, el poder propio acumulado durante este momento de impugnación y los años de trabajo de base con los que hemos llegado a él.
Mucho se ha debatido durante los últimos años sobre la huelga como forma de conflicto en la actualidad. Aunque sigue inscrita en el ADN y la memoria de los movimientos radicales como uno de los puntos más altos del conflicto social, lo cierto es que en sociedades desindustrializadas como la nuestra carece de la misma capacidad de interrumpir y hacer daño al capital que tenía en la época dorada del movimiento obrero. Eso no quiere decir que debamos abandonarla. Habrá que reinventarla.
Las huelgas de nuestro tiempo se reinventarán al integrar otros modos de interrupción
Las huelgas por Palestina del 15 de octubre del año pasado ya dieron una pista. Se llamó a no asistir a los centros de trabajo con una consigna clara: «¡Bloqueemos todo!». La posibilidad de interrupción hoy está más en el boicot y el bloqueo de la metrópoli y sus flujos que en la paralización de la jornada laboral. Aparte del escaso tejido productivo que queda, solo la paralización de los sectores de la logística y los transportes tiene por sí misma capacidad de asestar golpes de calado. Para el resto de la población, una combinación virtuosa: dejar de trabajar para poder ir todas a bloquear el mayor número posible de puntos. Las huelgas de nuestro tiempo se reinventarán al integrar otros modos de interrupción, y solo así servirán para torpedear a un capitalismo que ya no se centra —al menos en nuestro rincón del mundo— en la producción.
Esto, por lo menos de momento, no es una revolución, pero sí algo que está muy guapo
De la misma manera, la acampada de Sol es un bloqueo de este tipo. Ahí reside su fuerza. Se ha okupado el centro neurálgico de la metrópoli madrileña, y cada día se concentran allí miles de personas que celebran, mientras dure, una vida cotidiana muy diferente de la que ofrece el sistema capitalista.
Sea como sea, recordemos las palabras con las que Lenin deja sin terminar El Estado y la revolución: «es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella». Esto, por lo menos de momento, no es una revolución, pero sí algo que está muy guapo. Así que ya sabemos: todas a Sol o a la plaza de nuestra ciudad. Y cuando las acampadas acaben, adonde haya que estar.




