El movimiento por la vivienda ha dado un salto exponencial a raíz del desahucio de Maricarmen, pasando de ser una estructura formada por diferentes sindicatos con desigual capacidad militante y de convocatoria a situarse en el epicentro de un nuevo movimiento que tiene un carácter político. Esto plantea algunos problemas de definición y de análisis de la coyuntura, así como cuestiones relacionadas con la táctica y la estrategia. Dividiremos este artículo en torno a esas dos partes. La brevedad del texto y la condicionalidad de las hipótesis planteadas se justifican por lo acelerado y cambiante de la coyuntura.
Coyuntura y movimiento
Como exponíamos al inicio, estamos ante un movimiento de carácter político. Esto se refleja tanto en su forma como en su fondo. Pese a estar dirigido en buena medida por el Sindicato de Inquilinas, el conflicto no tiene como base una huelga de inquilinas, es decir, no tiene su eje en el “lugar de la reproducción”, sino que ha dado el salto a la esfera pública, apuntando directamente al Gobierno del Estado. Este hecho refleja ciertos límites en el arraigo estructural de las organizaciones de vivienda y, a la vez, la urgencia del problema, e impone una concepción real de los procesos. Frente a la idea semigradualista de acumular fuerzas y luego luchar, la realidad es que se impone la máxima del Fausto de Goethe: “En el principio fue la acción”. Es a través de la lucha, del salto, como se producen las nuevas posibilidades de organización de masas. Por supuesto, esto no significa despreciar la organización previa: el buen trabajo de organizaciones como el Sindicato de Inquilinas y otros sectores del movimiento de vivienda permite al movimiento afrontar este reto con una estructura y una capacidad extremadamente útiles para fortalecerse y dirigir la lucha de masas. Pero la lucha de masas no es un mero reflejo de la organización sindical previamente existente; supone un salto y una adaptación a una circunstancia nueva, que requiere nuevas tácticas y estrategias.
La lucha de masas no es un mero reflejo de la organización sindical, supone un salto y una adaptación a una circunstancia nueva.
El movimiento de vivienda logra así concentrar (temporalmente) todas las contradicciones acumuladas en el terreno social (la contradicción entre crecimiento económico y los profundos problemas de asequibilidad de la clase trabajadora) y político (las contradicciones entre las promesas y la retórica y la realidad de la política progresista). Eso determina el carácter de la crisis. Una base social similar a la del viejo 15M se pone en movimiento ante los problemas estructurales no resueltos, poniendo en crisis al progresismo en el poder. Hasta ahí, la analogía es correcta.
Pero el conjunto del contexto no lo es. La historia no es una repetición circular que retorna en su forma anterior, aunque siempre retomamos las tradiciones y los problemas del pasado para reformularlos. La relación de fuerzas no es lo mismo que el clima político. Si bien el clima político es temporalmente favorable, con una derecha pillada a contrapié, la relación de fuerzas internacional sigue estando marcada por el ascenso de la reacción y la extrema derecha, a diferencia de lo que sucedió en el 15M, que entroncaba con el espíritu ofensivo de las revoluciones árabes. Más bien, pese a todas sus diferencias, este movimiento se enraiza en la necesidad de decenas de miles de personas y de una nueva generación política global –desde los movimientos por Palestina hasta las luchas y el surgimiento de una izquierda nueva en Francia, EE. UU. o Alemania– de luchar con sus armas contra este clima de ahogo impuesto por la reacción y el capital. La particularidad de este movimiento por la vivienda es que lo hace contra el Gobierno “más progresista” de la historia, de modo que pone en crisis, sobre todo, a los partidos de izquierda vinculados a la gestión gubernamental durante los últimos ocho años. Si bien este movimiento no altera todavía y de forma automática la relación de fuerzas, sí supone la aparición de un nuevo sector político-social, antes opacado por la orgía de propaganda progresista, que combina las tertulias de RTVE y el permanente chantaje del miedo al fascismo.
Táctica y estrategia
El movimiento todavía está desarrollándose de forma desigual, marcado por la composición política de cada territorio o nación de esa formación social abigarrada que es el Estado español. Madrid es el epicentro, pero las acampadas van surgiendo en distintas ciudades. En algunos territorios, en los cuales la densidad “movimientista-espontaneísta” es menor ya que existen otras fuerzas muy estructuradas (fundamentalmente sindicales, como en Galicia y Euskal Herria), es posible que el movimiento adquiera formas propias y particulares. Pero más allá de eso, se trata de intentar escalar el movimiento, viendo la acampada como un momento de la lucha, no como un fin en sí mismo.
La acampada puede ser una enorme palanca para agrupar y organizar el salto en la lucha de clases
Este debate tiene cierta importancia. La acampada puede ser una enorme palanca para agrupar y organizar el salto en la lucha de clases, pero es un momento de concentración de fuerzas que, más allá de su capacidad para condensar la política durante un instante, no refleja todavía la estructuración de un amplio movimiento expansivo en los barrios y en los centros de trabajo. Es verdad que podría derivar en una comuna, pero no de Madrid: más bien sería la comuna de Sol, encapsulando al movimiento en los límites estrechos de sus prácticas autorreferenciales, algo que, francamente, preferimos no imaginar.
Pero el movimiento tampoco puede limitarse a ser una especie de «petición ciudadana» al Parlamento. Su papel no es avalar los decretos de un gobierno de gestión capitalista en nombre de una lógica de mal menor. En un contexto de auge de la lucha, eso podría suponer un cierre del conflicto, no una conquista parcial. Al contrario, se trata de construir una iniciativa propia que explore la dialéctica entre fuerza social y conflicto antagonista, y que abra brechas en la configuración del Estado. Los comunistas no nos oponemos a las reformas: luchamos por ellas activamente, en la medida en que refuerzan a nuestra clase en la contienda por el objetivo de superación del capitalismo. El Estado moderno, además, no es un simple vigilante nocturno: construye su hegemonía reflejando las relaciones de fuerzas, así como la clase trabajadora se fortalece logrando nuevas cristalizaciones de sus luchas (y no a través de las derrotas que la descomponen, como piensan los catastrofistas), en una tensión frente a la reforma pasiva y la conquista de su autonomía.
La idea de que el rentismo es una relación ilegítima y que hay que luchar por desmercantilizar la vivienda dota de horizonte ideológico a las demandas
Pero esto tiene una repercusión clara. Los debates jurídico-políticos sobre la composición parlamentaria o los límites legales tienen su importancia táctica, pero son secundarios estratégicamente. El programa y el horizonte de un movimiento no se pueden limitar a lo que la constitución jurídica del capital, siempre temporal, diga en un determinado momento. El programa debe ligarse a los objetivos inmediatos de la clase trabajadora. Medidas como la reducción inmediata de los alquileres, la expropiación sin indemnización de los fondos buitre y de los bancos para crear un parque público de vivienda, bajo control social y democrático, o ligar el tope del alquiler al 20 % del salario avanzan en esa dirección. Las consignas deben ampliar lo posible: deben retomar el arte leninista de fijar una tarea, una forma de avanzar en la guerra de posiciones. La idea de que el rentismo es una relación ilegítima y que hay que luchar por desmercantilizar la vivienda dota de horizonte ideológico a las demandas, entroncando con un proyecto propio de sociedad. No hay que tenerle miedo a exigir a la clase dirigente; lo que nunca se debe hacer es pedirle. Volviendo al Fausto de Goethe: “En el principio fue la fuerza”.
En ese sentido, la lucha por la vivienda puede jugar temporalmente un rol similar al de la reivindicación de la jornada de ocho horas para el movimiento obrero. El viejo movimiento obrero no esperaba que se configurara una mayoría parlamentaria que aplicase su programa: buscaba dotarse de la fuerza para imponerlo. Esta dialéctica era la que conseguía un punto de equilibrio entre la vocación de lograr conquistas concretas aquí y ahora y forjar un movimiento con un horizonte transformador: solo en esta dialéctica, que tiene dos caras indisolubles, puede forjarse una fuerza.
Pero para ello debemos dotarnos de nueva capacidad táctica. Es ahí donde aparece la huelga general como horizonte. Es obvio que la huelga general en sí misma no puede ser tampoco un fin, pero sí un horizonte mediato que suponga un nuevo salto en la lucha, el conflicto y la acumulación de fuerzas, dotando al conjunto de la clase de una perspectiva específica que evite la dispersión y ponga en el centro la acción política de masas.
Es obvio que la huelga general en sí misma no puede ser tampoco un fin, pero sí un horizonte que suponga un nuevo salto en la lucha
Una huelga general en este contexto debería partir de varias premisas. La primera es que no puede ser una huelga de minorías, convocada exclusivamente en torno a los sindicatos combativos, que, por supuesto, pueden y deben jugar un papel clave en todo el asunto. Se necesita arrastrar al menos a un sector de la clase obrera organizado bajo el ala de las grandes burocracias sindicales, aunque cada sitio tiene sus particularidades. Si algún comunista tiene algún reparo con esto, antes de hiperventilar, le recomendamos leer los textos de la Internacional Comunista y estudiar su práctica durante el III y IV Congreso de la Internacional Comunista. Sin embargo, esto no se va a conseguir mediante la apelación abstracta ni la negociación por arriba. Hace falta una presión enorme y constante por abajo. Debemos buscar un modelo adecuado. Por ejemplo, las huelgas feministas que fueron convocadas por las asambleas del 8M puede servir como punto de partida. Un modelo de huelga general que combina la movilización de los sectores más avanzados en el centro de trabajo con la movilización política amplia, concentrando en una jornada diferentes repertorios de acción.
El Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda pueden impulsar asambleas por la huelga general y, en muchos sitios, confluir con otros sectores, como por ejemplo el potente y organizado movimiento educativo, que en realidad está más estructurado que el de vivienda, aunque tenga menos centralidad. La clave para que el movimiento se desarrolle es ser capaces de expandir y fortalecer el movimiento entre la clase trabajadora con una táctica coherente e independiente. La huelga general, por lo tanto, implica una tendencia unitaria en la acción, en torno a vectores de organización específicos. Lo virtuoso, en este caso, será utilizar el eje de la vivienda, convertido en el punto central de una crisis política, en un agregador de demandas sin terminar siendo un pastiche que, más que sumar, disperse.
No podemos tener una concepción gradualista de la organización de la huelga.
Tampoco podemos tener una concepción gradualista de la organización de la huelga. Esta situación no se prolongará meses, excepto si nos vamos dotando de herramientas para el avance rápido. Un repliegue ahora mismo supondrá la pérdida de una centralidad contingente. La huelga no puede plantearse a meses vista. Aunque pueda parecer contraintuitivo, estamos hablando de semanas. Este movimiento no avanza sobre una estructuración ya establecida: más bien, hay que estructurarlo a través de la acción y la coyuntura. Cualquier acontecimiento, en un clima tan volátil, puede cambiar la agenda si el movimiento no es capaz de escalar la lucha. Por eso, hay cierta urgencia: no podemos parar. Necesitamos dar un paso adelante para convertir el salto en fuerza. No hay mejor camino para independizarse del progresismo, luchar por la hegemonía más allá de la retórica, y enfrentarse con la derecha radical de forma real que profundizar, extender y elevar el nivel de la lucha. Convertir en realidad la huelga general, que ha vuelto a las calles como consigna, es una buena vía para afrontar estos retos.




