Las contradicciones del Frente Amplio o la izquierda Walking Dead

por | Oct 21, 2026 | Análisis, Coyuntura

Las izquierdas a la izquierda del PSOE concurrirán divididas en buena parte del país. Más allá de la intransigencia de unos o la falta de reflejos de otros, el problema es que la nueva política surgida del 15M carece de organización y sus liderazgos mediáticos y su condición social los alejan de las clases populares a las que dicen representar.

Bien, como era previsible, no se consiguió. En buena parte de las circunscripciones habrá dos o incluso tres papeletas para la llamada izquierda del PSOE. Según la implacable lógica de D’Hondt, los sobrantes o los partidos que no lleguen al mínimo en las circunscripciones del país se perderán como lágrimas en la lluvia electoral. La izquierda de la izquierda no llegará a sumar esos 40 diputados que deberían ser la muleta del PSOE para la repetición del gobierno más progresista de la historia.

La cuestión: ¿por qué? ¿Por qué seguirán siendo pocos los que voten con entusiasmo a la coalición de izquierdas? O de forma mucho más clara, ¿por qué un espacio con potencial de comprender más del 20 % del electorado se conforma con este engendro de clase política incapaz de acuerdo y de cumplir con su modesto papel? ¿Por qué semejante conformismo de los que predican el inconformismo?

Las acusaciones de estos días apuntan a uno u otro sector: a la intransigencia de Podemos, convertido en poco más que una empresa familiar, al estrafalario papel del mediático Rufián, a la falta de reflejos de Sumar, etc. Pero lo cierto es que se ha razonado poco, poquísimo, sobre la naturaleza de la nueva política que salió del 15M. Lo que deberíamos considerar el fin de la izquierda nos remite a unos cuantos problemas que van mucho más allá de la mayor o menor genialidad de los políticos de turno.

Una izquierda de notables

Se ha razonado poco, poquísimo, sobre la naturaleza de la nueva política que salió del 15M

En los manuales de ciencia política ha sido corriente comprender la historia de la forma partido a partir de una secuencia esquemática. En principio (durante todo el siglo XIX), fueron los partidos de notables. Los representantes de la nación eran figurones del periodismo, la cultura, la intelectualidad, prohombres de la pequeña y gran burguesía de su tiempo: directores de empresas políticas que, reunidos en las cámaras, diseñaban el futuro del país. Los partidos eran simples agrupaciones de estos notables, vagamente unidos por sus afinidades políticas. A esta modalidad del partido le siguieron, ya en las décadas del cambio de siglo, los partidos de masas, cuyo primer prototipo fueron las formaciones socialdemócratas. Con decenas e incluso centenares de miles de afiliados y militantes, su particular disciplina interna y su capacidad para organizar una parte de la sociedad (los partidos obreros, la clase obrera; los partidos de orden, las clases propietarias; etc.) protagonizaron la época clásica de la democracia liberal y su crisis.

Ya muy avanzada la posguerra, estos fueron sustituidos por partidos orientados a las nuevas democracias de audiencia, donde la política se hace en los medios y los políticos de partido compiten para ofrecernos un carisma particular: Reagan, el magnetismo del ajado galán de Hollywood; Trump, el del megarrico insolente y fanfarrón que no debe nada a nadie; Sánchez, el del hombre capaz de caer siempre en el lado justo de la historia. Para estos políticos, el partido se convierte en séquito, base necesaria para la gestión del poder, en caso de que este se alcance. Los lectores de sociología pueden aquí combinar sus lecturas de Weber sobre la dominación burocrática y la dominación carismática para completar este marco.

Nuestra izquierda surgida del 15M es una extraña mezcla entre los partidos de notables de antaño y el nuevo partido empresa de la democracia de audiencia. Entre sus liderazgos nuevos y viejos (Iglesias, Errejón, Colau, Montero, Yolanda Díaz o incluso Rufián, por solo mencionar los principales) se comparte la convicción de que han sido su particular carisma y su genial capacidad para «ilusionar» a su audiencia, lo que los ha encumbrado. Su personalidad es considerada, por ellos mismos, como irrepetible. Con cierta trayectoria en el activismo, la academia y algunas otras profesiones, estas figuras son, en realidad, antes actores que políticos. Notables entre los notables en el mundo de la exposición permanente a los medios.

Por eso también, la forma de la nueva política ha sido más la de la «facción» que la del partido: cada facción organizada en torno a un líder o lideresa más o menos carismático, ensoberbecido y reforzado por un pequeño séquito de políticos secundarios y técnicos de comunicación y de redes. Esta condición de la izquierda de notables y vedettes ha dado así lugar a una política de nombres propios, marcada por la continua competencia entre figuras, que no conciben más relación entre ellos que la de lealtad y traición. Por ejemplo, el desplante de Díaz, «colocada» por Iglesias, pero a la postre independiente de este, marcó la división irreversible entre Sumar y Podemos. Y esta es la razón última de la imposibilidad de los pactos actuales. Nótese bien: esta no es una lucha por ideas y propuestas, sino que los proyectos y los contenidos están subordinados a la lucha por los cargos y las posiciones.

La izquierda no se separa ni medio centímetro de las formas políticas que supuestamente debería tender a superar

El perfil ideal del líder de la izquierda es alguien como Rufián, ocurrente, rápido, con capacidad de ofrecer mensajes con potencial viral. No le pidan que además tenga grandes conceptos, proyectos de envergadura, una idea de país. Su entrenamiento como charlatán mediático le ha privado del tiempo y de la cabeza para ser algo más que una marioneta dirigida a atraer nuestra atención. En este sentido, la izquierda no se separa ni medio centímetro de las formas políticas que supuestamente debería tender a superar: la de una política banal y espectacular, cifrada y evaluada por la cantidad de minutos de atención que es capaz de capturar en tertulias de televisión, reels de Instagram y favs en X o similares.

La izquierda de la izquierda ni tiene organización ni la va a tener

El lenguaje político de la vieja izquierda —sobre todo la que tiene su matriz en la Segunda y la Tercera Internacional— se refería siempre a una entidad que hoy ha dejado de existir: el partido como organización, un espacio de participación más o menos masivo que articulaba una parte de la opinión pública y permitía elaborar proyectos políticos de cierta envergadura. Dentro del partido se curtían liderazgos, no siempre coherentes y no siempre los mejores, pero que inevitablemente tenían que convencer a unas «bases», las cuales no necesariamente coincidían con ellos. Los partidos eran así portadores y constructores de una inteligencia (muchas veces insuficiente, es cierto) de una parte de la sociedad. En el marco de las democracias representativas, que son en realidad oligarquías electivas, los partidos de masas eran en ocasiones un espacio de participación popular, un saludable aditamento «democrático» a la condición oligárquica de la representación.

En cambio, la «nueva política» de los «nuevos partidos» se ha caracterizado por una aversión completa a cualquier espacio organizado que pudiera hacer sombra, matizar o criticar sus liderazgos carismáticos. Por eso, en 2015 Podemos trató de quebrar los círculos como base efectiva de su organización, con las absurdas primarias para elegir consejos y secretarios generales hasta en las ciudades más pequeñas. Y por eso, desde entonces, los nuevos partidos están solo compuestos por sus caras visibles, el resto de políticos electos y sus equipos técnicos. Social y culturalmente han quedado reducidos a la adhesión que les damos en forma de votos, sonrisas y favs en redes sociales, así como su correspondiente némesis en la guerra cultural con y contra las derechas. Lo importante era el comando mediático y sus equipos técnicos, los notables y la empresa de comunicación. Si se carecía de la voluntad y la vocación de ser cargo público o experto en comunicación política, a la gente se la invitó, no siempre de forma amable, a volver a su casa.

Los liderazgos de la vieja izquierda podían tener menos carisma que un zapato, pero al menos disponían de formación política

Se puede comparar la vieja y la nueva izquierda —por ejemplo, Izquierda Unida y Sumar-Podemos— en relación con esta cuestión. En la vieja coalición de izquierdas, había todavía los restos de viejas organizaciones de masas (como el PCE) con sus agrupaciones locales, más o menos decadentes, y sus debates y discusiones más o menos públicas. El resultado eran unos liderazgos que podían tener menos carisma que un zapato (acordémonos de Llamazares o incluso de Gerardo Iglesias, el sucesor de Carrillo) pero que al menos disponían de la formación política, más o menos pobre o rica, que había producido su organización (caso de Anguita). En este sentido duraban un tiempo y marcaban una época más o menos larga de su organización.

Los liderazgos de la nueva política son, en cambio, como estrellas fugaces. Brillan intensamente mientras ocupan una posición de relevancia, para apagarse tan pronto como declina su resplandor mediático. En tanto no responden a nada más que a sí mismos, su caída se precipita en el más inevitable de los vacíos. Y, como hemos podido observar y vamos a verificar (por ejemplo, con Colau), las segundas partes suelen ser todavía más patéticas que las primeras.

La falta de organización, de «bases», o si se prefiere de una mínima trama colectiva y democrática, detrás de estas figuras, determina su inevitable caída narcisista tan propia de las estrellas de pantalla. En tanto no hay organización, las opciones de su reemplazo tienden a recaer sobre los segundones de primera o segunda ola, todavía menos preparados y menos carismáticos que los espadones (Iglesias, Errejón, Colau) de los primeros tiempos. Así, cuando en los medios se habla de una crisis de liderazgo en la izquierda de la izquierda, lo que en realidad se muestra es la completa ausencia de organización en la izquierda de la izquierda.

No queda nada nuevo en la nueva política

La metáfora del zombi era sintomática de la separación entre activistas y «amateurs» de la política asamblearia

En los primeros meses del 15M, marcados por las manifestaciones interminables y las asambleas masivas, algunos de los sectores que luego alimentarían la nueva política llamaban walkers (caminantes zombis) a muchas de las almas cándidas que iban de asamblea en asamblea buscando expresar sus ocurrencias o participar «gratuitamente» en la multitud de encuentros organizados aquí y allá. La serie The Walking Dead, verdadero monumento cultural de la crisis de 2008, servía a la «aristocracia activista» para señalar la inexperiencia, el adanismo y la falta de cultura política de una parte de los muchos que participaron en ese movimiento. La metáfora del zombi era sintomática de la separación entre activistas y «amateurs» de la política asamblearia, también de sus límites en un tiempo que requería decisiones rápidas y tiempos cortos. Esta actitud, a medias complaciente, a medias despreciativa, respecto a los walkers, fue heredada y amplificada por la nueva política. De hecho, la nueva política nos devolvió a la vieja separación entre representantes y representados, en la forma de políticos carismáticos y comunicólogos expertos enfrentados a votantes y afiliados digitales.

El problema de esta separación es que tiende a agotar la energía política. Cuando el activista, el militante, el político o cualquier otra figura que tienda a la profesionalización política empieza a despreciar la fuerza social y anónima que empuja y en realidad protagoniza cualquier expresión política de masas (esto es, realmente democrática), tiende a destruir los mismos cimientos sobre los que se asienta su propia razón de ser. Sin el incordio de las bases y la impropiedad de las masas no hay política democrática, así como tampoco sin debate público y el áspero contraste de opiniones.

Hay además otro elemento que impide y bloquea la novedad. La nueva política está hecha principalmente por veteranos de la generación del 15M. Estamos ante una subjetividad moldeada por algo más de 10 años de continua exposición en los medios, memorización de argumentarios e impostación de una figura. Esta inevitable fusión del político con su máscara hace de cualquier ejercicio de autenticidad y espontaneidad algo ya literalmente imposible. En forma de paradoja, los nuevos políticos se han convertido en los walkers televisados de una sociedad que ya no es la suya y de la que apenas saben nada. Si aún hoy pueden recibir un 8 o un 10 % del voto, es por el recuerdo nostálgico de lo que alguna vez fueron, por la promesa enésima de renovación de la izquierda.

Como hemos dicho, la nueva política ha asumido, punto por punto, la condición oligárquica de la política electoral. El desprecio social, que nos produce, se corresponde —igualmente, punto por punto— con esa condición separada y aristocrática del «nuevo» político. Si los votamos, será menos con la nariz tapada que como tapón a otra cosa que consideramos peor.

La izquierda de la izquierda es de todo menos popular

La condición social de la nueva izquierda es casi la opuesta a la de quienes dicen representar

Decíamos: notables, narcisistas redomados, conscientes y satisfechos de formar parte de la élite del país, pero en absoluto «populares». La condición social de la nueva izquierda es casi la opuesta a la de quienes dicen representar: las clases populares, los trabajadores, los pobres. Y esto no es solo una cuestión de origen social. Un hijo de la vieja y altísima aristocracia cultural italiana, como Enrico Berlinguer, podía, en la década de 1970, pasar sin problema como líder del Partido Comunista Italiano por su forma de vida modesta y sencilla, singularmente parecida a la de muchos de sus votantes. Difícilmente podríamos decir lo mismo de nuestros políticos, al menos no en el sentido de los viejos.

Entre nuestros líderes, tenemos campeones de la vanguardia en moda y «autoridad en estilo», según dice Vanitatis de Yolanda Díaz; profesionales hijos de profesionales y nietos de profesionales que viven en los mejores barrios de Madrid y lo más popular que han logrado hacer es tomarse un chocolate con churros un domingo por la mañana; chicos y chicas, o mejor ya señores y señoras, perfectamente presentables en cualquier cena familiar como modelos de buena educación y éxito. Y también un buen número de hijos de la clase media, con aspiraciones legítimas, que han estado dispuestos (caso de Irene Montero y Pablo Iglesias) a sacrificar su aparente perfil popular por vivir en un chalet con aspiraciones en la sierra de Madrid y llevar a sus niños a un colegio privado. Encarnación viva del modelo Ayuso.

Paradójicamente, las encuestas señalan bien que, en este aspecto, electores y elegidos se entienden, casi son un espejo el uno del otro. La izquierda de la izquierda concentra su voto entre los jóvenes y no tan jóvenes de formación universitaria, entiéndase estudiantes de educación superior, profesionales más o menos precarizados y funcionarios del Estado. La izquierda de la izquierda es relativamente fuerte entre trabajadores del sector público y las clases creativas, pero su presencia en medios populares es, sin embargo, casi testimonial, normalmente por debajo del 5 % en casi todas las categorías. Justamente, aquellos a quienes dice defender se reconocen poco o nada en estos cuadros del «extremismo» izquierdista (¡qué risa!).

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En estos tiempos en que los textos se toman como pildoritas de autoayuda y en donde el análisis siempre se trata de invalidar por el tono, este artículo se tomará en la línea. Se dirá: el autor, demasiado cenizo, nos produce «bajona». Y con ello se condenará que nada podría ser más impropio en estos días de acelerón electoral. A quienes piensen así me gustaría decirles que no se preocupen, que guarden este artículo para después del desastre. A ver si tras el tormento sobre la necesidad de votar, se puede hacer alguna reflexión (no hablemos de acción) más allá de la cita electoral.

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