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	<title>Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>Zona de estrategia</title>
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		<title>De la rebelión por la vivienda a la huelga general: debates sobre estrategia y autoorganización</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josefina L. Martínez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Oct 2026 10:05:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La rebelión juvenil por la vivienda forma parte de un nuevo ciclo de lucha de clases en Europa, con Francia como expresión más avanzada. Frente al adelanto electoral del 29-N, la apuesta es construir desde abajo comités unitarios para lograr una huelga combativa.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/de-la-rebelion-por-la-vivienda-a-la-huelga-general-debates-sobre-estrategia-y-autoorganizacion/">De la rebelión por la vivienda a la huelga general: debates sobre estrategia y autoorganización</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>1. La chispa que encendió Maricarmen se transformó en una rebelión por la vivienda. Es parte de un <a href="https://www.izquierdadiario.es/Red-Internacional-De-Francia-al-Estado-espanol-la-juventud-en-rebelion-aires-del-68">nuevo ciclo de lucha de clases en Europa con la juventud al frente</a>, que tiene su expresión más avanzada en Francia. Allí, la revuelta estudiantil tiñe el aire de rojo con un imaginario que evoca el 68. Se trata de las mayores movilizaciones estudiantiles en décadas: más de 450.000 personas en las calles, más de 900 liceos con clases suspendidas y 40 universidades bloqueadas con grandes asambleas e iniciativas de coordinación.</p>
<p>El Gobierno francés ha desatado una represión brutal, con más de 7.000 estudiantes detenidos y jóvenes que han perdido una mano o un ojo. Empiezan a sumarse sectores de la clase trabajadora, como los ferroviarios o trabajadores de las refinerías que formaron cadenas humanas para proteger a los estudiantes de la policía en París, Toulouse, Le Havre o Estrasburgo, o las delegaciones de trabajadores de hospitales y del metro en los bloqueos. Son todavía iniciativas iniciales, pero apuntan a una unidad que la burocracia de las grandes centrales sindicales intenta evitar.</p>
<p>Después de dos semanas de ocupaciones de escuelas y universidades, <a href="https://www.izquierdadiario.es/Los-desafios-estrategicos-de-la-revuelta-estudiantil-en-Francia">el desarrollo de la autoorganización y la consolidación de una alianza con la clase trabajadora podrían abrir un nuevo campo</a> en la batalla contra Macron. El nuevo clima de protesta se ha contagiado rápidamente a Bélgica, donde hubo huelgas y choques con la policía. En Italia, volvieron a ocuparse algunas escuelas en Turín, Milán y Roma. En ese país se prepara una jornada de lucha y huelga convocada por el sindicalismo de base y colectivos de trabajadores portuarios para el 30 de octubre, con un eje contra el rearme y la guerra. En la última semana, vimos movilizaciones por la vivienda en Portugal, que se suma así al movimiento. La vieja Europa, tensionada por la guerra y con regímenes en crisis, con servicios públicos sacrificados en el altar de los recortes y los presupuestos militares, empieza a ser cuestionada desde abajo con la irrupción de la protesta juvenil.</p>
<blockquote><p>Está abierta una disputa política entre el tiempo de las elecciones y el tiempo de la huelga general</p></blockquote>
<p>En el Estado español, la aceleración de los tiempos fue tal que en tan solo dos semanas se encadenaron variadas formas de lucha: de la resistencia del Sindicato de Inquilinas ante los desahucios a la irrupción callejera de un extendido movimiento juvenil por la vivienda. De la gran acampada en la Puerta del Sol a las ocupaciones de plazas en varias ciudades. La tensión se elevó en ocasiones por las amenazas de grupos de ultraderecha. Y entonces la plaza se desbordó de miles de jóvenes para defender la acampada: «Aquí están los antifascistas». Postales de una rebelión juvenil que puso al Gobierno progresista contra las cuerdas. La movilización logró imponer la convocatoria a una huelga general el 11 de noviembre, la primera después de 14 años. La huelga indefinida educativa en Madrid ya está calentando el ambiente. El Gobierno progresista juega las cartas del adelanto electoral para el 29-N. Está abierta una disputa política entre el tiempo de las elecciones y el tiempo de la huelga general. Para que la movilización no se agote en las promesas vacías del progresismo.</p>
<blockquote><p>Varias experiencias previas moldearon a una amplia vanguardia juvenil que está protagonizando esta rebelión</p></blockquote>
<p>2. Si el largo ciclo progresista se apoyó en la desactivación de las calles (contraparte de la hipótesis Podemos de gestión del Estado capitalista), las cosas parecen estar cambiando. Había algunos indicios. Las recientes huelgas educativas en Valencia y Catalunya con importantes elementos de organización asamblearia que establecieron lazos entre docentes, trabajadoras precarias, estudiantes y familias. La huelga educativa indefinida en Madrid, que ha arrancado este 14 de octubre, marcada por las cargas policiales contra los estudiantes. La huelga de Airbus, en la gran industria. El movimiento por la vivienda que viene creciendo en la juventud con nuevos sindicatos de inquilinas y plataformas contra los desahucios. Masivas manifestaciones en las universidades contra provocadores de la derecha. Y más de dos años de un extendido y profundo movimiento de solidaridad con Palestina que, con las acampadas, las flotillas y el boicot a la Vuelta Ciclista, abonó el giro a izquierda y la radicalidad política de toda una generación. Todas esas experiencias previas moldearon a una amplia vanguardia juvenil que está protagonizando esta rebelión por la vivienda.</p>
<p>3. Fuertes tendencias reaccionarias vienen actuando en sentido contrario, al punto de que coparon la escena pública este verano, cuando se impuso un clima político extremadamente conservador alrededor de Ceuta. En esos días, gran parte del progresismo español se sumó a la tesis de los «invasores». Una campaña agitada por una derecha exaltada que llamaba a apalear a niños, niñas y jóvenes marroquíes que cruzaron la frontera escapando de la miseria de la vida. Condiciones insoportables de existencia determinadas por el expolio imperialista, también hay que decirlo. En pleno mes de agosto, muchas nos plantamos en el centro de Madrid con un lema: «Las que invaden son las multinacionales». Cuánta alegría al escuchar a miles de jóvenes cantando en la Puerta del Sol: «Los invasores, son los inversores».</p>
<blockquote><p>Todas esas experiencias previas moldearon a una amplia vanguardia juvenil que está protagonizando esta rebelión por la vivienda</p></blockquote>
<p>4. Las tendencias hacia la polarización que atraviesan la nueva fase política van <em>in crescendo</em>. Todas las encuestas pronostican que el bloque de PP y Vox puede obtener mayoría para gobernar. En este contexto se sitúan los intentos del prestidigitador Sánchez. Con el adelanto electoral del 29-N intenta reflotar la fracturada coalición de gobierno, canalizando el descontento social hacia las urnas. El progresismo busca transformar el movimiento (que surgió contra su Gobierno) en una votación contra la derecha. La lógica del «mal menor» busca imponerse, no solo con el voto directo al PSOE, sino también mediante el Frente Amplio, Podemos y ERC. Estos actúan, si se nos permite una metáfora geográfica, como los afluentes de un río, que, aunque recogen aguas de otras fuentes, terminan alimentando el cauce principal (el proyecto de una nueva legislatura progresista). No son la representación de lo nuevo que surge en las plazas españolas o en las calles de París y Lieja. En la polarización asimétrica, los sectores que giran hacia la derecha encuentran su representación política en las alas trumpistas del PP o VOX. Sin embargo, la juventud que se rebela contra el estado de cosas existente no se encuentra representada por la moderada izquierda institucional “gobernista”. Son parte de lo viejo, una izquierda institucional que moderó su programa para gobernar con partidos del régimen imperialista como el PSOE, una izquierda que prometió «asaltar los cielos» y terminó ocupando ministerios en un gobierno de la OTAN.</p>
<blockquote><p>Nos proponemos activar la autoorganización para construir desde abajo una huelga general combativa</p></blockquote>
<p>5. Hay una disputa política en curso hacia la huelga general. Las burocracias sindicales mayoritarias actúan como agentes del régimen, junto a los partidos de gobierno y corrientes reformistas. Intentarán echarle agua a la pólvora, para que la huelga sea un paseo de domingo. El objetivo es «preparar el ambiente» para las elecciones del 29-N: llevar todos los cursos de agua hacia el molino del Gobierno progresista. «Nosotros o la derecha», «nosotros o el fascismo». Como si no fueran ellos los que gobiernan hace ocho años, los que defienden las ganancias de los especuladores y la banca, reprimen en la frontera y destinan millones a presupuestos militares. Ahora bien, la disputa está abierta: lo más novedoso es que hay iniciativas desde abajo para que la huelga general sea contundente. Mientras ellos quieren «activar el voto», muchos otros nos proponemos activar la autoorganización para construir desde abajo una huelga general combativa, que sea el inicio de un plan de lucha, gobierne quien gobierne.</p>
<blockquote><p>Organizar comités unitarios en todos los lugares de trabajo, estudio y barrios es el gran desafío de los próximos días</p></blockquote>
<p>6. La propuesta de organizar «comités unitarios» en todos los lugares de trabajo, estudio y barrios es el gran desafío de los próximos días. Estas nuevas formas de autoorganización desde abajo pueden concentrar la deliberación y decisión colectiva acerca de cómo garantizar una huelga que lo paralice todo –lugares de trabajo y de estudio– mediante asambleas, piquetes de huelga, cortes de carretera, etc. Si lo conseguimos, nos podremos proponer después que esas nuevas formas de organización perduren. Porque el escenario próximo es un nuevo gobierno progresista que no concederá nada sustantivo, mientras sigue aumentando los gastos militares; o un gobierno de la derecha que pegará aún más duro. Para ambos casos tenemos que prepararnos. La clave es construir un nuevo entramado de comités y asambleas, una nueva institucionalidad de clase y desde abajo que nos permita articular las fuerzas de una nueva clase trabajadora, feminizada y racializada, que es también joven y precaria, junto a movimientos feministas, por la vivienda, antirracistas o de los pensionistas.</p>
<p>El desafío es superar las fragmentaciones y dotar al movimiento de formas de organización democrática. Las convocatorias autorreferenciales a construir comités de huelga «propios» de cada organización no aportan a la construcción de una gran jornada de huelga general. Son lo opuesto a construir nuevas formas de autoorganización obrera y popular, que puedan prepararse para combatir contra los ataques que se vienen. Por otra parte, quienes sostienen que las coordinaciones tienen que ser solo entre «notables» por arriba obstaculizan también la construcción de asambleas de base o comités de lucha donde puedan participar todos y todas: trabajadoras y estudiantes, vecinas y desempleadas, para luchar en común. Estos comités unitarios en cada lugar de trabajo y estudio, en cada barrio o zona, pueden a su vez coordinarse localmente, para dotarse de estrategias de lucha más generales. Es importante que todas las tendencias políticas que defienden la huelga puedan expresarse libremente, promoviendo la participación de la mayor cantidad de trabajadores y jóvenes.</p>
<blockquote><p>Las convocatorias autorreferenciales a construir comités de huelga propios de cada organización no aportan a la huelga</p></blockquote>
<p>7. Aunque haya imaginarios que resuenan, la Puerta del Sol del 26-S es muy diferente de aquella del 15-M. Paolo Gerbaudo destaca en <em>Jacobin</em> un imaginario «con la clase en el centro» presente en la acampada. Esta se transformó en centro de reagrupamiento para activistas del Sindicato de Inquilinas, plataformas por la vivienda, centros sociales, organizaciones juveniles y miles de jóvenes que tenían menos de cinco años cuando sucedió el 15-M. Ciertamente, el canto más coreado en los últimos días ha sido «Huelga, huelga, huelga: huelga general». En la plaza han tenido una presencia constante los colores de una nueva clase trabajadora: las camisetas amarillas de las educadoras infantiles (0-3), las camisetas verdes de las docentes que preparan la huelga educativa indefinida desde el 14 de octubre, bomberos contra los desahucios, delegaciones de trabajadores de Airbus, de Amazon, de la EMT, la gran asamblea que organizaron las trabajadoras del sector social, y delegaciones del sindicalismo combativo.</p>
<p>Las tendencias hacia la confluencia también dieron lugar a una «Mesa sindical» integrada por el Sindicato de Inquilinas, el sindicalismo combativo (CGT, COBAS, CNT y Solidaridad Obrera) en coordinación con organizaciones juveniles y vecinales. Desde esa coordinación se resolvió exigir a todos los sindicatos (incluyendo a las burocracias de CCOO y UGT) la convocatoria a una huelga general por la vivienda. La presión de la calle y la constitución de este polo del sindicalismo alternativo lograron imponer a las burocracias mayoritarias la convocatoria a una huelga general. Desde la mesa sindical se resolvió impulsar la constitución de comités unitarios para preparar la huelga general, en todos los lugares de trabajo, de estudio y en los barrios. También se están organizando acciones de apoyo a la huelga educativa que arranca en Madrid el 14 de octubre, como parte de un plan para construir la huelga general desde abajo. En Barcelona, han empezado a formarse asambleas unitarias para preparar la huelga. En Málaga y otras regiones, las acampadas vienen actuando como centro de reagrupamiento.</p>
<p>8. Otro elemento distintivo, que destaca la prensa <em>mainstream</em> en los últimos días, es la presencia de nuevas organizaciones políticas juveniles de la extrema izquierda en el movimiento. El día que arrancó la acampada, <a href="https://www.izquierdadiario.es/Las-busquedas-de-El-Manifiesto-Comunista-en-Google-crecen-5000-en-plena-rebelion-por-la-vivienda">el interés de búsqueda de <em>El manifiesto comunista</em> en Google experimentó un aumento radical</a>. Ya decíamos que eso de que «toda la juventud se hizo de derecha» era un relato. Hay una nueva generación buscando respuestas radicales y mirando hacia la izquierda. Son quienes nacieron a la vida política rebelándose contra un genocidio y acumulan malestares por el deterioro de la educación y la sanidad, mientras crecen los presupuestos militares. Una generación que se rebela contra la precariedad laboral, la falta de vivienda y el cambio climático en un mundo capitalista cada vez más convulso. Esta tendencia internacional hoy tiene su epicentro en Europa.</p>
<blockquote><p>Una generación se rebela contra la precariedad laboral, la falta de vivienda y el cambio climático</p></blockquote>
<p>El capitalismo aparece cada vez más como un sistema que no tiene nada para ofrecer a la juventud estudiantil y trabajadora. Sus grandes promesas se rompieron. Los jóvenes no pueden pagar un alquiler en Berlín, mientras el Gobierno CDU-SPD destina fondos descomunales al rearme. En Francia, la educación se cae a pedazos en los barrios populares. En el Estado español, aun con el progresista Sánchez al volante, no se resuelven problemas tan vitales como la vivienda o la educación. Hay regímenes desprestigiados, en crisis total, ultraderechas que se endurecen.</p>
<p>Pero también está emergiendo una juventud radical por izquierda, que empieza a imaginar un horizonte socialista. Me llena de orgullo el hecho de que mis compañeras y compañeros de Révolution Permanente –Le Poing Levé– en Francia, Contracorriente en el Estado español y las agrupaciones Armas de la crítica –en Alemania y en Italia– hoy sean parte de estas nuevas rebeliones juveniles en Europa. Diferentes idiomas, pero una misma lucha que pone en el centro la pelea por la autoorganización y los esfuerzos para agrupar a miles de jóvenes por una salida revolucionaria y socialista.</p>
<p>Las imágenes de la juventud en Francia traen un aire al 68. Y recordemos que la radicalización obrera y juvenil en aquel momento fue mucho más allá de Francia. También vibró por causas anticoloniales, como la de Vietnam, con la de Argelia todavía reciente. Daniel Bensaïd escribió sobre el Mayo francés, señalando que la juventud que construía barricadas estaba rompiendo con los valores de la sociedad burguesa. En pleno siglo XXI, ver un genocidio en directo, amplificado en redes sociales, con la complicidad de todos los gobiernos, produjo una ruptura subjetiva con consecuencias que quizás recién ahora estemos comprendiendo. Todo el discurso del derecho internacional quedó destrozado. En un mundo con guerras eternas, trumpismos, genocidios y reformismos sin reformas, las costuras del capitalismo y del imperialismo quedan a la vista. Son momentos favorables para que surjan a montones nuevos revolucionarios: ese particular tipo humano tan extraordinario que se rebela contra el estado de cosas existentes y se propone cambiarlo todo de forma colectiva.</p>
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		<title>Reinventar la huelga general para tumbar el negocio de la vivienda</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/reinventar-la-huelga-general-para-tumbar-el-negocio-de-la-vivienda/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Álvaro Briales]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Oct 2026 16:00:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La huelga general por la vivienda no puede reducirse a un día de épica. Su fuerza dependerá de que logre interrumpir los flujos de mercancías, trabajo y capital que sostienen el negocio inmobiliario y de que convierta la energía del acontecimiento Maricarmen en presión concreta hacia objetivos concretos.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Cuatro familias han perdido su hogar por los desahucios en <a href="https://x.com/hashtag/Argumosa11?src=hashtag_click">#Argumosa11</a>. Esta vez la política no ha llegado a tiempo y la sociedad sigue esperando respuestas. No pueden tardar más. Todas las fuerzas políticas debemos llegar a acuerdos y acabar con el drama de la vivienda en España. (<a href="https://x.com/sanchezcastejon/status/1098931825857187841?s=20">Pedro Sánchez en X, 2019)</a></em></p>
<p>En la noche del 22 de septiembre de 2026, en la calle Sainz de Baranda, nadie sabía lo que pasaría semanas después. El acontecimiento Maricarmen ha desencadenado un descomunal torrente de energía que llevaba mucho tiempo contenida, privatizada e invisibilizada en el sufrimiento de millones de personas. Un terremoto político ha llenado las calles del país de acampadas y ha hecho estallar las conversaciones sobre “el problema de la vivienda”.</p>
<p>“En ocho días el poder popular ha conseguido más que en ocho años de gobierno progresista”, era una de las verdades más contundentes lanzadas por la organización que catalizó el acontecimiento, el Sindicato de Inquilinas (SI). Y ha sido también el SI el principal promotor de la huelga general del próximo 11 de noviembre, como vía para canalizar la fuerza del acontecimiento Maricarmen hacia conquistas concretas. Todo el mundo habla de la huelga, pero ¿sabemos qué puede conseguir hoy una huelga así? No lo sabemos; es, por tanto, una hipótesis por demostrar. ¿Qué forma podría tomar la huelga general para mover de verdad las placas tectónicas que sostienen el negocio del suelo y la vivienda?</p>
<h3>Lucha de sentidos sobre la huelga</h3>
<p>Ante el interrogante sobre lo que es y podría ser la huelga general, se han abierto múltiples líneas de gobierno, codificación y apropiación de sus sentidos.</p>
<p>Por un lado, la <a href="https://www.diario-red.com/articulo/espana/huelgas-historicas-que-chocan-excusa-huelga-ilegal-garamendi/20261011000600078123.html">patronal</a>, la derecha y sus juristas están demostrando su desconcierto ante el terremoto, con argumentos tan desubicados como que “el problema de la vivienda no es un tema laboral”, “una huelga por la vivienda es ilegal”, “se está politizando la huelga” o “el sindicato de inquilinas no es un sindicato”. El capital intenta, lógicamente, desactivar la transversalidad del problema habitacional y busca gobernar la situación encajonando la huelga en sus caducas definiciones jurídicas.</p>
<blockquote><p>El Gobierno en funciones busca recodificar el sentido de la huelga como parte de su campaña electoral</p></blockquote>
<p>Por otro lado, el Gobierno progresista en funciones busca recodificar el sentido de la huelga como parte de su <a href="https://ctxt.es/es/20261001/Firmas/55454/pablo-carmona-huelga-elecciones-generales-15m-acampada.htm">campaña electoral</a>, es decir, espera que la huelga adopte la forma de paros asépticos, lastrados sobre todo por las abusivas normas de servicios mínimos. Su objetivo es claro: que la movilización sea traducible a reformas digeribles, especialmente dirigidas a domesticar a los sectores juveniles y de clase media más movilizados. En paralelo, intenta por enésima vez borrar la memoria de lo que ha sido la catástrofe de las políticas de vivienda en España en los últimos ocho años.</p>
<p>En tercer lugar, distintos grupos, que podríamos denominar neoobreristas, están reactivando un sentido nostálgico y épico de la huelga, restringiéndola al trabajo asalariado y especialmente a “parar la producción”, como si de repente los obreros fuesen por fin a despertar del largo letargo neoliberal. El sentido de la huelga se moviliza aquí más como un “misticismo” abstracto que como una estrategia política concreta –como ha criticado <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Fe7EKZqn-fo">Óscar Murciano</a>, quien propone sustituir el término “huelga” por “presión”–.</p>
<p>Un último reduccionismo es aquel que afirma lo contrario del anterior: que la larga crisis del trabajo y del sindicalismo fordista habría dejado obsoleta cualquier potencialidad política de la huelga laboral. El declive de las <a href="https://traficantes.net/libros/disturbio-huelga-disturbio">huelgas frente al disturbio</a> –que va en paralelo al declive de las luchas en la producción respecto a las de la reproducción– indicaría que la hipótesis de la huelga general está condenada de antemano al fracaso.</p>
<h3>Huelga laboral, feminista y de vivienda</h3>
<p>¿Por qué tendríamos que asumir que la huelga del siglo XXI debe ser una movilización enclaustrada únicamente en los centros de trabajo? Y, al contrario, ¿por qué tendríamos que renunciar a la capacidad que aún conserva la huelga laboral, tal y como demuestran múltiples experiencias recientes? ¿Por qué contraponer la huelga –en la producción– al disturbio –en la circulación o en la reproducción– y no verlos como complementarios?</p>
<p>Proponemos aquí que la tarea hoy no es retornar a la forma imaginada de las huelgas del siglo XX, ni tampoco desechar la huelga, sino reinventarla apoyándonos en al menos tres líneas sindicales muy vivas en nuestro presente: los importantes procesos de <a href="https://librepensamiento.org/category/dosier/renovacion-sindical/">renovación sindical</a> en el ámbito laboral, que llevan años desbordando al sindicalismo de concertación; las lecciones que nos ha dejado el ciclo de las <a href="https://laboratoria.red/publicacion/a-10anios-ciclo-luchas-que-reinventa-huelga/">huelgas feministas</a>; y, sobre todo, los aprendizajes de los últimos quince años de sindicalismo de vivienda, que es y debe seguir siendo el catalizador del movimiento actual.</p>
<blockquote><p>Huelga es interrumpir estratégicamente los flujos de mercancías, trabajo y capital más conectados con la vivienda</p></blockquote>
<p>Por tanto, hoy la “huelga general” va mucho más allá de parar las empresas y de los comités de huelga de los sindicatos laborales clásicos. Huelga es interrumpir estratégicamente los flujos de mercancías, trabajo y capital más conectados con el negocio de la vivienda. Porque la lucha por la vivienda atraviesa las relaciones salariales, domésticas y urbanas: el sueldo que nos roban los caseros y los bancos, la vida doméstica dentro de las casas y el entramado rentista que estructura el espacio urbano.</p>
<p>Por ello, la huelga no puede reducirse a un día de épica, sino que, como nos ha enseñado <a href="https://traficantes.net/libros/la-potencia-feminista">la huelga feminista</a>, es un <em>proceso</em>: en esta coyuntura, el proceso de “acabar con el negocio de la vivienda”, es decir, con la vivienda como mercancía. Por tanto, si desmitificamos la huelga, su éxito dependerá de que sea capaz de organizar los mecanismos de <em>presión</em> concreta hacia objetivos concretos: el gigantesco entramado de compraventa y alquiler de viviendas privadas, de flujos de inversión y renta, de legislaciones y discursos, de corrupción público-privada, de persecución judicial y empresas de desokupación.</p>
<h3>Renta Básica rentista o derecho a la vivienda</h3>
<p>¿Hasta dónde puede llegar la hipótesis de la huelga? Como siempre, dependerá de los procesos de lucha en las condiciones que nos vienen dadas. Sabemos que hay un 49% de población propietaria –y sin hipoteca–, de la que se derivan fuertes expectativas de <a href="https://www.eldiario.es/economia/gran-transferencia-paga-recibe-28-000-millones-euros-alquileres-ano-espana_1_13336879.html">grandes transferencias</a> y herencias de pisos; que hay crecimiento macroeconómico y que aún existe una buena cantidad de empleos (de mierda) con los que pagar el alquiler y la hipoteca. Pero el acontecimiento es también lo que rompe los parámetros de lo probable. La razón estadística, como razón de Estado, trata de cerrar lo imprevisible que define el acontecimiento. Nuestra tarea es seguir abriendo el acontecimiento hasta que la vivienda se considere un derecho del mismo rango que el que alcanzaron la sanidad o la educación.</p>
<blockquote><p>Nuestra tarea es seguir abriendo el acontecimiento hasta que la vivienda se considere un derecho</p></blockquote>
<p>Nadie sabe aún lo que podría esta huelga, porque “<a href="https://traficantes.net/libros/la-potencia-feminista">cada huelga tiene su propio pensamiento político” y “no sabemos lo que podemos hasta que experimentamos el desplazamiento de los límites</a>”. Nadie sabe tampoco la potencial duración del inmenso agujero negro que hay detrás de décadas de violencia inmobiliaria, desahucios e infinitas humillaciones cotidianas. Tampoco nadie puede medir la rabia acumulada de los millones de personas a quienes la mejor de las opciones que se les ofrece es un gigantesco endeudamiento para el resto de la vida. Y nadie sabe lo que puede desencadenar el desvelamiento de una incuestionable verdad: que “los caseros nos roban el sueldo”, esa Renta Básica que el Estado permite que los rentistas obtengan sin trabajar.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/reinventar-la-huelga-general-para-tumbar-el-negocio-de-la-vivienda/">Reinventar la huelga general para tumbar el negocio de la vivienda</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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		<title>Más allá de la autonomía: hacia un nuevo ciclo del sindicalismo</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/mas-alla-de-la-autonomia-hacia-un-nuevo-ciclo-del-sindicalismo/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Assiatu Diallo, Elisa Molina y Pablo Pérez Ruiz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Oct 2026 09:38:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La acampada de Sol invita a evocar el 15M, pero quizá lo más interesante es lo que no se le parece. Tras décadas de desconfianza autónoma hacia las organizaciones fuertes, el sindicalismo de base plantea otra pregunta: cómo construir organizaciones de masas que podamos controlar y que sean capaces de representarnos cuando decidamos actuar juntas.</p>
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<p>Hay algo extraño en comparar inmediatamente <a href="https://www.elsaltodiario.com/vivienda/esto-se-mantiene-proximos-pasos-acampada-sol" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">la reciente acampada de Sol</a> con el 15M. La imagen invita a hacerlo: las tiendas, la plaza tomada, las comisiones, las cocinas improvisadas, las asambleas, esa sensación tan difícil de explicar a quien nunca la ha vivido de que durante unos días el tiempo político se acelera y todo parece posible. También está la memoria. Sol es probablemente el espacio político más cargado de significado de la izquierda madrileña contemporánea. Basta plantar unas cuantas tiendas para convocar los fantasmas de 2011.</p>
<p>Pero quizá lo más interesante de lo ocurrido estos días sea precisamente aquello que no se parece al 15M. Quizá estemos viendo algo bastante más interesante que una repetición del ciclo de las plazas. Puede que estemos entrando en otro ciclo político, uno en el que la palabra organización deja de provocar alergia.</p>
<h3>El largo ciclo de la autonomía</h3>
<p>Durante varias décadas, buena parte de la izquierda situada fuera de las instituciones desarrolló una profunda desconfianza hacia las organizaciones fuertes. Había buenas razones para ello, pues el siglo XX había dejado detrás partidos comunistas burocratizados, sindicatos convertidos demasiadas veces en aparatos de concertación, organizaciones donde la disciplina había sustituido al debate y vanguardias que habían acabado confundiendo sus propios intereses con los de las personas a las que pretendían representar. La crisis del movimiento comunista y el derrumbe de la Unión Soviética terminaron de desacreditar un determinado imaginario organizativo.</p>
<p>En ese contexto se fue consolidando otro sentido común militante, cuya genealogía no nació en 1991 sino que parte de la Nueva Izquierda de los 60, la política prefigurativa, el feminismo autónomo, la autonomía italiana, el zapatismo, el movimiento antiglobalización, las experiencias argentinas posteriores a 2001, Occupy, las plazas árabes, el 15M. Tradiciones diferentes que terminaron compartiendo, pese a todas sus diferencias, algunas intuiciones: sospecha de la representación, rechazo de las jerarquías formales, preferencia por estructuras descentralizadas, reivindicación de la horizontalidad y una enorme confianza en la capacidad política de los acontecimientos espontáneos.</p>
<p>El periodista Vincent Bevins reconstruye buena parte de esta historia en <i>If We Burn</i>. Su argumento no es que existiese una conspiración horizontalista ni que todas aquellas experiencias fueran idénticas, sino que durante el ciclo global de protestas de 2010 a 2020, una determinada forma de movilización (descentralizada, coordinada digitalmente, sin liderazgos reconocidos y centrada en la ocupación de espacios públicos) llegó a parecer casi la forma natural que debía adoptar cualquier movimiento emancipador. Pero esa forma era el producto de una historia concreta, no una ley de la naturaleza. Durante mucho tiempo aquello pareció una ruptura necesaria con el siglo XX, y quizá lo fuera, pero el problema apareció cuando la crítica de las organizaciones burocráticas terminó convirtiéndose en una crítica de la organización misma, cuando no tener líderes pasó a considerarse automáticamente más democrático que tenerlos, cuando la ausencia de estructuras formales se confundió con la ausencia de relaciones de poder, cuando crecer empezó a parecer sospechoso, cuando preservar la pureza de pequeños espacios militantes podía ser más importante que construir organizaciones capaces de incorporar a personas que no compartían previamente nuestros códigos políticos.</p>
<p>Ese mundo produjo cosas valiosas, protegiendo a la izquierda de muchas patologías reales del siglo XX y enseñando a desconfiar de los aparatos, a cuidar los procesos, a tomarse en serio quién habla y quién queda fuera, a experimentar con nuevas formas de democracia. Sería absurdo despacharlo como treinta años perdidos, pero también dejó una pregunta sin resolver: ¿cómo se construye poder a gran escala?</p>
<p>Quizá tampoco pueda entenderse el auge de la autonomía al margen de las condiciones sociales que la hicieron posible. Como reconstruyen Francisco Salamanca y Gonzalo Wilhelmi en <i>Tomar y hacer en vez de pedir y esperar</i>, aquel espacio consiguió organizar, sobre todo, a sectores juveniles que permanecían voluntariamente —y, en otros casos, materialmente— en los márgenes de las grandes instituciones de integración social: el partido, el sindicato, la asociación tradicional, pero también determinadas trayectorias laborales, familiares y de acceso a la propiedad. En una sociedad todavía atravesada por una fuerte capacidad estatal de integración, la autonomía ofreció una forma política a quienes rechazaban esa integración o quedaban parcialmente fuera de ella.</p>
<blockquote><p>Vuelve a abrirse el espacio para organizaciones construidas directamente sobre el conflicto de intereses</p></blockquote>
<p>Quizá no sea casual que el sindicalismo de base reaparezca ahora con especial fuerza en el momento contrario. Lo que Emmanuel Rodríguez describe en <i>El efecto clase media</i> es precisamente la erosión de aquel arreglo histórico mediante el cual el Estado, el empleo relativamente estable, los servicios públicos, el crédito y, en España de manera decisiva, la propiedad de la vivienda consiguieron integrar a enormes sectores sociales en una expectativa compartida de progreso y seguridad. Hoy, cuando la precariedad se generaliza, la propiedad se concentra cada vez más como frontera entre quienes tienen patrimonio y quienes no, y la promesa de incorporación a las clases medias pierde capacidad material para ordenar la sociedad, vuelve a abrirse el espacio para organizaciones construidas directamente sobre el conflicto de intereses. Si la autonomía encontró su terreno entre quienes se situaban fuera de una sociedad todavía capaz de integrar a grandes mayorías, el nuevo sindicalismo puede encontrarlo precisamente en una sociedad que cada vez tiene más dificultades para integrarlas.</p>
<p>Hay además indicios de que este desplazamiento no pertenece únicamente al movimiento de vivienda.  <a href="https://www.elsaltodiario.com/huelga/una-huelga-vaya-casa-al-trabajo" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">Como comentaba recientemente el militante de la CNT Rafa Cuesta en El Salto</a>, el regreso de la forma sindicato coincide con una recuperación más amplia de la conflictividad laboral y con la aparición de experiencias en las que sindicatos combativos de base, plataformas unitarias y grandes asambleas de trabajadores vuelven a adquirir capacidad de iniciativa. Quizá el sindicalismo inquilino no sea entonces una anomalía, sino una de las expresiones más visibles de una recomposición todavía incipiente. Si la ruptura de la sociedad de clases medias vuelve a hacer más nítidos intereses que durante décadas pudieron aparecer amortiguados por el acceso al empleo estable, el consumo, los servicios públicos o la propiedad, no sería extraño que reaparecieran también organizaciones construidas precisamente para convertir esos intereses compartidos en conflicto colectivo. El retorno del sindicato sería así menos una moda militante que el síntoma organizativo de una transformación social más profunda.</p>
<h3>Después del estallido</h3>
<p><i>If We Burn</i> se pregunta sobre cómo organizar poder a gran escala mirando hacia atrás después del entusiasmo. Bevins entrevistó a participantes de movimientos de masas de una docena de países, encontrando enormes diferencias entre Brasil, Egipto, Chile, Turquía, Hong Kong o Ucrania, pero también una recurrencia: movimientos capaces de reunir centenares de miles de personas, derribar gobiernos o paralizar ciudades podían encontrarse sorprendentemente mal preparados para decidir qué debía ocurrir al día siguiente. La movilización podía producir un vacío de poder, pero alguien tenía que llenarlo.</p>
<p>Y el hecho de que un movimiento renunciara a hacerlo no significaba que el espacio permaneciese vacío, ya que otros actores —partidos, ejércitos, élites económicas, organizaciones religiosas, nuevas derechas— podían estar bastante mejor preparados para aprovecharlo. Ésa es una de las tesis centrales de Bevins: abrir una crisis política y disponer de una organización capaz de intervenir sobre ella son dos capacidades distintas.</p>
<p>España siguió naturalmente su propio recorrido. El 15M no “fracasó” sin más, pues transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones (y alimentó otras como la PAH), modificó la agenda pública y abrió posteriormente un ciclo institucional completamente nuevo, capaz de acabar con el bipartidismo hasta hoy en día. Reducir aquello a una derrota sería tan simplificador como idealizarlo, pero dejó abierta la misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la plaza se vacía?</p>
<blockquote><p>El 15M transformó el lenguaje político, produjo nuevas organizaciones</p></blockquote>
<p>Durante unos años la respuesta española fue, en cierta medida, electoral. Parte de la energía del 15M terminó canalizada hacia nuevos partidos y candidaturas. Otra parte regresó a movimientos sociales, centros sociales, redes de solidaridad y activismos sectoriales. Una última parte acabó demasiado herida y cansada como para seguir participando activamente. Hoy parece estar apareciendo una tercera respuesta: el regreso del sindicalismo de base.</p>
<h3>Ni partido ni plaza</h3>
<p>Esto es lo verdaderamente interesante del sindicalismo inquilino contemporáneo. Un sindicato no es un partido político, no pretende necesariamente conquistar el Estado ni necesita presentarse a elecciones. Pero tampoco es simplemente un espacio de encuentro entre activistas, ya que aspira a organizar a una parte concreta de la sociedad a partir de una relación material compartida.</p>
<p>Ésa es una diferencia gigantesca. Una inquilina puede no considerarse de izquierdas, no saber qué significa “autonomía”, no haber participado nunca en una manifestación y no tener ninguna opinión sobre<a href="https://www.elsaltodiario.com/historia/comuna-paris-aniversario-revolucion-obrera" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push"> la Comuna de París.</a> Pero sabe perfectamente cuánto paga de alquiler, sabe cuándo termina su contrato, sabe quién es su casero, sabe que en el piso de al lado otras cinco familias están recibiendo el mismo burofax.</p>
<p>Ahí comienza la hipótesis sindical, no en la coincidencia ideológica previa, sino en la posibilidad de construir intereses comunes a partir de una relación social existente. Por eso el Sindicato de Inquilinas de Madrid organiza simultáneamente por territorio, por bloque y por casero. Su propia metodología para organizar edificios pasa por localizar al resto de las vecinas, acordar demandas comunes amplia y profundamente sentidas, abrir una negociación colectiva y escalar el conflicto si el casero se niega a negociar. No es especialmente espectacular, pero ésa puede ser precisamente su virtud. Porque una de las paradojas de la política contemporánea es que hemos aprendido a producir acontecimientos extraordinarios mientras perdíamos capacidad para construir instituciones ordinarias.</p>
<blockquote><p>Llamarse sindicato expresa una ambición específica: construir una institución permanente</p></blockquote>
<p>En ese sentido, tampoco fue irrelevante empezar a llamarnos sindicato. Hay algo políticamente significativo en que, después de décadas en las que buena parte de los movimientos sociales prefirieron nombrarse como plataformas, colectivos, redes o asambleas, una nueva generación de organizaciones haya recuperado conscientemente una palabra tan cargada de historia. Llamarse sindicato expresa una ambición específica: no limitarse a denunciar una injusticia, acompañar a quienes la sufren o intervenir episódicamente sobre ella, sino construir una institución permanente del conflicto. Una organización capaz de agrupar intereses materiales, generar pertenencia, formar a sus miembros, negociar colectivamente, imponer costes al adversario y acumular poder entre un conflicto y el siguiente. La vuelta de la palabra importa porque señala también la vuelta de esa ambición.</p>
<h3>La complementariedad entre movilizar y organizar</h3>
<p>Aquí aparece una distinción que durante demasiado tiempo hemos tratado como si fuera semántica. Movilizar consiste en conseguir que mucha gente haga algo, mientras que organizar consiste en conseguir que esa gente sea capaz de hacer cosas que antes no podía hacer. Puedes conseguir que cincuenta mil personas acudan a Sol mediante una combinación de indignación, redes sociales, cobertura mediática y coyuntura. Eso demuestra una enorme capacidad de movilización. Pero si después de esa semana existen diez bloques organizados nuevos, centenares de personas capaces de convocar reuniones en sus edificios, más afiliación, nuevas brigadas y estructuras capaces de sostener conflictos durante meses, entonces ha sucedido algo distinto. Se ha construido organización.</p>
<p>Aun así, sería un error convertir esa distinción en una nueva oposición. Movilizar y organizar no son alternativas excluyentes. Una organización de masas necesita hacer ambas cosas. Hahrie Han ha mostrado precisamente que las organizaciones más fuertes no son aquellas que simplemente acumulan una gran base de simpatizantes ni aquellas que sólo concentran su energía en formar pequeños núcleos militantes. Las organizaciones con mayor capacidad combinan movilización y organización: crean oportunidades de participación accesibles para miles de personas y, al mismo tiempo, desarrollan mecanismos mediante los cuales una parte de esas personas adquiere responsabilidades, formación, capacidades políticas y liderazgo. Sin movilización, la organización corre el riesgo de encerrarse sobre sí misma y, sin organización, la movilización puede tener enormes dimensiones y dejar detrás muy poca capacidad acumulada.</p>
<h3>Organizar el desborde</h3>
<p>Esto permite mirar de otra manera la discusión sobre la acampada. P<a href="https://zonaestrategia.net/que-puede-una-acampada-hacia-la-nueva-comuna-de-madrid/">ablo Carmona proponía estos días interpretar Sol como una nueva “Comuna de Madrid”</a>: un movimiento capaz de desprenderse progresivamente de las organizaciones que originaron la protesta para convertirse en un sujeto autónomo, destituyente y expansivo. La imagen es sugerente, pero también pertenece reconociblemente al ciclo político anterior. La plaza aparece de nuevo como el lugar donde las identidades previas deberían diluirse para producir un sujeto nuevo. Las organizaciones existentes son necesarias para encender la mecha pero, después, deberían hacerse discretamente a un lado para permitir que el acontecimiento despliegue todas sus posibilidades.</p>
<p>Una mirada sindical permite plantear el problema de otra manera, sin caer en la conclusión superficial de que simplemente las organizaciones deben absorber el acontecimiento. Eso reproduciría, en dirección contraria, uno de los problemas históricos de cierta izquierda organizada, que tiende a imaginar que toda energía popular debe terminar contenida dentro de sus propias estructuras. Los grandes procesos políticos nunca funcionan así, pues siempre existen personas que llegan por primera vez, redes informales, grupos de vecinos, militantes de distintas organizaciones, gente que no quiere afiliarse a ninguna, espacios de autoorganización que nacen durante el propio conflicto, iniciativas imposibles de haber diseñado desde una coordinadora semanas antes. Y todo eso no es una anomalía que haya que corregir, es una de las fuentes de potencia de cualquier movimiento de masas.</p>
<blockquote><p>Movilizar y organizar no son alternativas excluyentes.</p></blockquote>
<p>El reto consiste entonces en construir una relación productiva entre organización y espontaneidad. Las organizaciones fuertes aportan infraestructura, experiencia acumulada, formación, recursos, memoria, capacidad de sostener conflictos y una lectura estratégica. El movimiento popular aporta una capacidad de expansión, creatividad e iniciativa que ninguna organización puede fabricar desde la estrategia coordinada.</p>
<p>Una huelga general, si alguna vez llega a adquirir verdadera dimensión de masas, probablemente tendrá que construirse precisamente en esa relación. No podrá ser únicamente “la huelga del Sindicato”, tendrá que convertirse en una huelga de miles y después de decenas de miles de personas, muchas previamente organizadas y la mayoría, con suerte, sin haber pertenecido anteriormente a ninguna organización.</p>
<p>Eso obliga a pensar formas organizativas más amplias: comités de huelga por barrios, asambleas abiertas, coordinaciones entre bloques, estructuras donde participen sindicatos, colectivos existentes y personas que llegan por primera vez. Ahí las organizaciones fuertes no deberían desaparecer, pero tampoco deberían pretender sustituir al movimiento. Su papel sería proporcionar columna vertebral a una fuerza social necesariamente más amplia que ellas mismas. Quizá ésa sea una mejor manera de describir la tarea del momento: no contener el desborde ni adorarlo, sino organizarlo.</p>
<h3>¿La autonomía ha muerto?</h3>
<p>Por eso quizá pueda formularse, deliberadamente de manera excesiva, una hipótesis: la autonomía ha muerto. Pero conviene explicar inmediatamente qué significa, porque de otro modo la frase es simplemente falsa. No está muriendo la autonomía respecto del Estado, ni respecto de los partidos. No está muriendo tampoco la necesidad de que los movimientos sociales mantengan capacidad propia para decidir sus estrategias. Lo que puede estar muriendo es la autonomía como teoría suficiente de la organización.</p>
<p>La idea de que conectar luchas horizontalmente, respetar su independencia y dejar que la inteligencia colectiva emerja desde abajo terminará produciendo por sí misma una estrategia común. Durante décadas buena parte de la política radical sospechó de una palabra en particular, <i>representación</i>, pero la alternativa real nunca fue representación o ausencia de representación. La alternativa era representación controlada o representación informal, liderazgos visibles o liderazgos invisibles, estructuras sometidas a reglas o estructuras construidas mediante relaciones personales que nadie había votado.</p>
<p>Jo Freeman lo señaló ya en 1970 en su conocida crítica a “la tiranía de la falta de estructuras”. Bevins encuentra medio siglo después una intuición parecida entre muchos de los participantes de los movimientos que estudia, descubriendo que buena parte de quienes revisaron sus posiciones después de aquellas experiencias acabaron concediendo más importancia a la organización, al liderazgo y a alguna forma de representación explícita.</p>
<p>Eso no obliga a rehabilitar el centralismo democrático ni a construir pequeños partidos bolcheviques, pero nos permite plantear una pregunta bastante más práctica: ¿cómo construimos organizaciones grandes donde el poder pueda ser visible, discutido, distribuido, rotativo y controlado?</p>
<p>Aquí es donde un sindicato ofrece una posible respuesta, no porque elimine las contradicciones sino porque proporciona mecanismos para procesarlas: asambleas, delegadas, mandatos, afiliación, espacios de decisión, responsabilidades, formación de cuadros, de base, de masa. Una estructura democrática, participativa y estratégica.</p>
<h3>El regreso del liderazgo</h3>
<p>Quizá ninguna palabra haya sufrido tanto en determinados ambientes militantes como “liderazgo”, ya que durante años parecía esconder siempre una amenaza. La alternativa consistía en afirmar que todas éramos iguales, que no había dirigentes y que las decisiones surgían espontáneamente de la asamblea, pero cualquiera que haya pasado suficiente tiempo en una “asamblea horizontal” sabe que eso rara vez describe lo que realmente ocurre. Hay personas con más información, personas que llevan diez años, personas que conocen a todo el mundo, personas cuya intervención modifica inmediatamente una asamblea, personas que pueden dedicar cuarenta horas semanales a militar y otras que pueden dedicar tres.</p>
<blockquote><p>No se trata de regresar al partido de masas del siglo XX, ni tampoco de reconstruir sindicatos burocráticos</p></blockquote>
<p>El liderazgo existe incluso cuando decidimos no nombrarlo y, precisamente por ello, la cuestión sindical no se obsesiona con limitarlo, sino que se centra en cómo multiplicarlo. No construir dirigentes imprescindibles, sino producir cientos. La persona que llega porque su casero quiere echarla puede ser dentro de un año quien organice su edificio, después puede acompañar otro conflicto, después formar a diez personas nuevas. Por eso, la formación política de pedagogía freiriana, es decir, que parta de la experiencia vivida de la gente para desarrollar un pensamiento político de clase y anticapitalista, es y debe ser un pilar estratégico.</p>
<p>Ese proceso es bastante menos romántico que una plaza ocupada, y bastante más peligroso para quien tiene poder. Porque el rentismo puede soportar manifestaciones pero lo que resulta más difícil de gestionar es que miles de personas aprendan colectivamente a negociar, desobedecer y sostenerse durante conflictos largos.</p>
<h3>Organizaciones fuertes sin volver al siglo XX</h3>
<p>Pero si realmente estamos entrando en un nuevo ciclo político, sería ingenuo imaginarlo como una simple restauración. No se trata de regresar al partido de masas del siglo XX, ni tampoco de reconstruir sindicatos burocráticos cuya relación con su afiliación consiste fundamentalmente en prestar servicios.</p>
<p>Las críticas producidas por el ciclo autónomo siguen ahí por buenas razones y nadie debería obviar que una organización grande tiende a burocratizarse, a profesionalizar excesivamente a sus cuadros, a convertir a sus afiliadas en espectadoras y sustituir a la gente en vez de organizarla. Puede terminar preocupándose más por conservarse a sí misma que por ganar conflictos, puede desarrollar una cultura interna incomprensible para quien llega desde fuera, o puede convertir la disciplina en obediencia y la unidad en silencio.</p>
<p>Nada de eso desaparece porque llamemos sindicato a una organización, ese sería precisamente el error simétrico al anterior. Si durante treinta años parte de la izquierda confundió horizontalidad con democracia, el nuevo ciclo podría acabar confundiendo estructura con poder. Tampoco son lo mismo. Una organización puede tener un organigrama impresionante y no organizar a nadie, la pregunta sigue siendo qué capacidad desarrolla entre su propia base.</p>
<h3>De Sol a la huelga</h3>
<p>Visto así, incluso la discusión sobre cuándo abandonar una acampada cambia completamente de significado. Reducir la presencia en Sol no tiene por qué significar desmovilización, puede significar exactamente lo contrario. El Sindicato de Inquilinas anunció esta semana que reduciría progresivamente su presencia oficial en la acampada mientras orientaba esfuerzos hacia los barrios, los bloques y la preparación de futuros conflictos, aunque otras personas y organizaciones decidieran mantener el campamento.</p>
<p>Es una decisión estratégicamente interesante precisamente porque rompe la arraigada intuición de que una movilización sólo puede crecer permaneciendo físicamente donde ha alcanzado su máxima visibilidad. Quizá ahora crecer pueda significar otra cosa. Utilizar el momento excepcional no para permanecer indefinidamente dentro de él, sino para modificar las condiciones de la vida cotidiana cuando el acontecimiento haya terminado. En ese sentido, Sol sería menos una Comuna que una gigantesca escuela sindical acelerada y su éxito no se podría medir simplemente contando tiendas de campaña. Habrá que esperar unos meses y, en concreto, ver cómo se materializa en la huelga general que está en ciernes.</p>
<blockquote><p>Sol sería menos una Comuna que una gigantesca escuela sindical</p></blockquote>
<p>Porque preparar una huelga general no significa únicamente fijar una fecha futura en el calendario. La construcción de la huelga puede ser en sí misma un proceso de organización de masas. Cada comité de huelga que se levanta, cada bloque que se incorpora, cada conversación con alguien todavía no organizado, cada nueva responsable que aprende a convocar una reunión, cada caja de resistencia y cada estructura de coordinación construyen antes de la huelga una capacidad que permanecerá después de ella. En ese sentido, la huelga no es únicamente el momento culminante en el que una fuerza previamente existente se pone a prueba. Puede ser también el proceso mediante el cual esa fuerza llega a existir. Prepararla significa producir al propio sujeto capaz de sostenerla.</p>
<p>Esto modifica también la relación entre organizaciones y movimiento popular. Los comités de huelga no deberían ser simples correas de transmisión de una decisión adoptada previamente por los sindicatos, sino espacios donde la experiencia acumulada por las organizaciones pueda encontrarse con miles de personas que entran por primera vez en el conflicto. Si la huelga aspira realmente a ser general, tendrá que construir estructuras suficientemente amplias para que quienes no pertenecen hoy a ninguna organización puedan apropiársela, asumir responsabilidades y dotarla de formas concretas en cada territorio. Con los tiempos actuales, sería poco realista pensar que esa ampliación vaya a traducirse ya en una participación plena en la dirección general de la huelga. Pero sí puede permitir que aparezcan comités y espacios abiertos capaces de construir estrategias territorializadas, adaptar la convocatoria a conflictos y realidades locales, incorporar a personas nuevas a tareas de organización y fortalecer la motivación política e impugnatoria que da sentido común al conjunto de la huelga. Las organizaciones pueden proporcionar continuidad, recursos y orientación estratégica; el reto inmediato es que la huelga no sea percibida como una convocatoria externa a la que simplemente adherirse, sino como un proceso que muchas más personas puedan hacer suyo y desarrollar desde abajo.</p>
<h3>Lo que realmente dejó el 15M</h3>
<p>En este punto conviene evitar una narración demasiado cómoda sobre nuestro propio pasado, ya que sería falso decir que el 15M llenó las plazas y después desapareció. Las plazas se territorializaron, surgieron y se reforzaron asambleas populares en decenas de barrios, grupos de vivienda, redes de cuidados, despensas, centros sociales, plataformas sectoriales y espacios comunitarios. Muchas de las personas que hoy sostienen sindicatos, movimientos de vivienda y organizaciones populares aprendieron política precisamente en aquel ciclo.</p>
<p>El 15M produjo organización, mucha. Lo que podemos discutir quince años después es qué límites tuvo la forma organizativa predominante de aquel ciclo. La autonomía territorial facilitó una enorme proliferación de iniciativas, pero hizo más difícil construir escalas superiores estables. La horizontalidad abrió espacios de participación extraordinarios, pero también dificultó en ocasiones reconocer y formar liderazgos más allá de las lógicas partidistas. La flexibilidad permitió que nacieran proyectos con enorme rapidez, pero hizo que otros desaparecieran cuando se agotó el núcleo militante que los sostenía. Y la desconfianza hacia cualquier mecanismo fuerte de representación protegió frente a la burocratización, pero también complicó la capacidad de actuar como una fuerza unitaria cuando la coyuntura lo exigía.</p>
<blockquote><p>Podemos discutir quince años después es qué límites tuvo la forma organizativa predominante del ciclo 15M</p></blockquote>
<p>Había, además, otra cuestión decisiva: el 15M produjo una enorme indignación social, pero quienes consiguieron representarla a medio plazo no fueron principalmente las estructuras populares nacidas en los barrios. Fueron, sobre todo, sus traducciones electorales. Primero las candidaturas municipalistas, después Podemos y, más ampliamente, el conjunto del ciclo político que trató de trasladar a las instituciones una parte de las demandas, el lenguaje y la energía que habían irrumpido en las plazas. No fue necesariamente una traición ni un desenlace inevitable, fue, entre otras cosas, el resultado de una debilidad organizativa. Se había creado una enorme capacidad para abrir una crisis, pero mucha menos para dotarla de una dirección propia a escala suficiente.</p>
<p>Ésa puede ser una de las diferencias fundamentales con el momento actual. Hoy, la traducción política inmediata de la indignación no tiene por qué pasar por una nueva oferta electoral. Puede pasar por el sindicalismo de base y por la construcción de una huelga general. No porque las elecciones hayan dejado de importar ni porque los partidos hayan desaparecido, sino porque existe ahora una infraestructura organizativa que hace quince años era mucho más débil: sindicatos de base capaces de organizar conflictos, acumular experiencia, formar militantes, negociar, desobedecer y plantearse la escalada.</p>
<p>En 2011 una parte de la izquierda social esperaba, explícita o implícitamente, que las siguientes fases del conflicto fueran orientadas desde algún otro lugar. Los movimientos podían abrir el ciclo pero la cuestión de la estrategia general aparecía muchas veces desplazada hacia la política institucional, hacia nuevas candidaturas o, en otros casos, hacia un sindicalismo de clase tradicional que tampoco supo siempre leer la dimensión de lo que estaba ocurriendo.</p>
<p>Ahora la situación puede ser distinta. La dirección de las siguientes fases puede construirse desde las propias organizaciones populares que han abierto el conflicto. No necesitamos esperar a que otro sujeto traduzca políticamente nuestra fuerza y esa es quizá una de las novedades más profundas del sindicalismo inquilino. No aparecemos únicamente como un movimiento que presiona para que otros actúen, sino que aspiramos a disponer de estrategia propia, herramientas propias y capacidad para determinar los ritmos de la confrontación.</p>
<p>Y eso cambia también la relación con el sindicalismo. En algunos lugares, el 15M estuvo atravesado por un fuerte sentimiento antisindical, no solamente contra las burocracias de determinados sindicatos mayoritarios, algo perfectamente comprensible en aquel contexto, sino a veces contra la propia forma sindicato, identificada con jerarquía, representación, negociación desde arriba y política del viejo mundo. Quince años después, una de las ironías más interesantes del nuevo ciclo es que son precisamente los sindicatos quienes empiezan a proporcionar orientación estratégica a una movilización que vuelve a desbordar las plazas.</p>
<blockquote><p>La huelga general aparece hoy de una manera muy distinta a como aparecía en 2011</p></blockquote>
<p>Pero son sindicatos de otro tipo: sindicatos de base, construidos desde conflictos concretos, que pretenden organizar directamente a quienes sufren una relación de explotación y que no esperan a que un partido traduzca sus demandas. De ahí que la huelga general aparezca hoy de una manera muy distinta a como aparecía en 2011. Entonces era fundamentalmente una herramienta cuya convocatoria dependía de estructuras sindicales externas al propio movimiento de las plazas. La consigna “huelga general” podía recorrer las asambleas pero su realización efectiva remitía inevitablemente a otros actores que disponían de las organizaciones capaces de convocarla.</p>
<p>Ahora podemos empezar a imaginar una huelga general que no llegue desde fuera del movimiento, sino que sea construida desde su interior, bloque a bloque, barrio a barrio. Mediante sindicatos, comités de huelga, asambleas abiertas y estructuras populares que puedan incorporar a miles de personas que nunca han militado antes. Ése es un cambio considerable, porque significa que quienes han ayudado a abrir la crisis pueden disponer también de herramientas para orientar sus siguientes fases.</p>
<p>El sindicalismo que viene después del ciclo 15M seguramente sea posible precisamente porque miles de personas aprendieron durante ese ciclo a organizar una asamblea, tomar una plaza, parar un desahucio, crear redes de apoyo mutuo y desconfiar saludablemente de quien pretende hablar en nombre de los demás. El cambio de ciclo no consiste en olvidar todo aquello, consiste en responder a las preguntas que quedaron abiertas. Cómo crecer, cómo agregar, cómo formar dirigentes sin producir élites separadas, cómo representar sin sustituir, cómo disciplinarnos colectivamente sin obedecer ciegamente, cómo construir organizaciones que duren. Y, sobre todo, cómo conseguir que la enorme energía de un levantamiento popular no necesite buscar después, fuera de sí misma, a quien le diga hacia dónde continuar.</p>
<h3>El tiempo de los políticos se ha acabado. Que comience el tiempo de la política.</h3>
<p>Puede que ésa sea la transformación realmente importante que estamos viendo. Durante buena parte de las últimas décadas, el espacio existente entre el individuo y el Estado quedó políticamente devastado. Los partidos perdieron militancia, los sindicatos tradicionales perdieron densidad social, las asociaciones vecinales se asimilaron y envejecieron. Buena parte de la participación política se desplazó hacia campañas, redes, ONG, movimientos temporales y explosiones periódicas de protesta.</p>
<p>La política se volvió extraordinariamente intensa y extraordinariamente intermitente. Pero una democracia rica necesita instituciones sociales intermedias, lugares donde la gente pueda encontrarse durante años, donde existan conflictos y también memoria. Donde alguien aprenda de quien lleva diez años y después enseñe a quien acaba de llegar, donde los conocimientos no desaparezcan cuando se termina un grupo de Telegram. De ahí que el sindicalismo inquilino resulte políticamente interesante más allá incluso de la vivienda. No porque proporcione un modelo universal, sino porque muestra que puede existir algo que parecía haberse vuelto difícil de imaginar: una organización fuerte que no sea un partido.</p>
<p>Una organización con identidad propia que pueda negociar con instituciones sin convertirse en ellas, que pueda relacionarse con partidos sin depender de ninguno, que pueda ganar reformas sin reducir su actividad a producir propuestas legislativas, que pueda sostener conflictos durante años sin necesitar que cada semana sea histórica. Y, sobre todo, capaz de poner su propia fuerza al servicio de procesos populares que la exceden.</p>
<h3>Después de la autonomía</h3>
<p>Seguramente sea demasiado pronto para anunciar solemnemente un nuevo ciclo histórico a partir de unas semanas excepcionales en Madrid. Pero sí permite nombrar una sensación que lleva tiempo apareciendo en distintos lugares. Después de décadas obsesionadas con el momento de la explosión, vuelve el interés por aquello que ocurre antes y después, por construir base, por organizar sectores concretos, por formar liderazgos, por identificar adversarios, por elegir conflictos que permitan crecer, por disponer de recursos propios, por crear organizaciones capaces de permanecer y con voluntad de ser de masas.</p>
<p>Hay otra diferencia importante con el ciclo político anterior. Construir organizaciones sindicales fuertes significa construir también un poder que no depende enteramente de los ritmos electorales. Eso no implica indiferencia hacia las instituciones ni una fantasía de exterioridad respecto del Estado. Un sindicato puede negociar una ley, disputar un decreto, presionar a un gobierno o intervenir abiertamente en un debate político. La diferencia es que su capacidad para actuar no procede principalmente de ocupar esas instituciones. Procede de la gente que organiza y de la posibilidad de alterar materialmente una relación económica.</p>
<p>Esa autonomía material respecto de los ciclos electorales resulta especialmente importante después de la experiencia posterior al 15M. Una candidatura puede perder unas elecciones, un gobierno puede caer, una mayoría parlamentaria puede desaparecer. Un bloque organizado sigue existiendo al día siguiente. También una sección sindical, un comité de huelga o una red territorial capaz de movilizar a miles de personas. La apuesta por organizaciones fuertes y no partidistas no consiste entonces en abandonar la política institucional, sino en construir fuentes propias de poder que, entre otras cosas, permitan intervenir sobre ella sin depender completamente de su suerte. Un contrapoder que pueda arrancar conquistas ante cualquier gobierno, enfrentándose a ellos cuando sea necesario y continuar organizándose cuando cambie la mayoría parlamentaria.</p>
<p>Quizá la lección del ciclo anterior no sea que las plazas no sirvan, sino qué tipo de organizaciones quedan cuando se vacían y ahí, quizá, puede encontrarse la diferencia entre dos épocas. El imaginario político de 2011 podía resumirse en una plaza que decía nadie nos representa. El imaginario sindical que comienza a aparecer formula un problema diferente: ¿cómo construimos organizaciones de masas que realmente podamos controlar y que sean suficientemente fuertes como para representarnos cuando decidamos actuar juntas?</p>
<p><a href="https://www.elsaltodiario.com/vivienda/alla-autonomia-un-nuevo-ciclo-del-sindicalismo">Publicado originalmente en El Salto.</a></p>
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		<title>Construir la huelga general para ir más allá</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Brais Fernández]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Oct 2026 10:24:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
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		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Se tendrá que disputar políticamente la orientación de la movilización para evitar que se convierta en un acto de precampaña progresista y favorecer que la clase trabajadora y el pueblo aumenten su autonomía con respecto a los gobiernos. Además, la consigna principal debe ser construir comités populares por la huelga general en los barrios.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;">«Es un fresco gigantesco y multicolor de un enfrentamiento general entre el capital y el trabajo, que refleja toda la complejidad de la organización social y de la conciencia política de cada sector y cada distrito» (Rosa Luxemburg, <em>Huelga de masas, partido y sindicatos</em>, 1906)</p>
<p>Finalmente, la huelga general por la vivienda se celebrará el 11 de noviembre. En este breve texto apuntaremos algunas cuestiones en relación con su convocatoria y los retos que supone para el movimiento popular.</p>
<p>En primer lugar, cabe destacar el carácter unitario de la convocatoria. Por primera vez en mucho tiempo, los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, y la izquierda sindical se han unido en torno a esta iniciativa, a lo que hay que sumar la importante presencia de las centrales nacionalistas, la gallega CIG y las vascas ELA y LAB, hegemónicas en sus naciones, que participarán con reivindicaciones propias.</p>
<p>Ese carácter unitario, impulsado por el trabajo de la Confederación de Sindicatos de Inquilinas, es muy progresivo en este contexto y debe considerarse un avance. No se trata de confiar en un giro hacia la izquierda de los aparatos burocráticos de los grandes sindicatos, sino de reforzar la apuesta por la capacidad de presión popular para imponer consignas que se hacen masivas en la calle.</p>
<blockquote><p>Ni CCOO ni UGT querían convocar esta huelga, que no entraba en sus planes</p></blockquote>
<p>En principio, ni CCOO ni UGT querían convocar esta huelga, que no entraba en sus planes. La política de sus direcciones ha estado ligada a la paz social y a la concertación, articulada fundamentalmente en torno al Ministerio de Trabajo. En la práctica, se han convertido en agentes ministeriales sin cartera, dispuestos a legitimar cualquier decisión a cambio de un hueco en la mesa de negociación, como se comprobó con su bochornosa aceptación de la reforma laboral <em>fake</em>.</p>
<p>Esta política entreguista los ha llevado a perder capacidad de movilización. Tras años de letargo, han dudado hasta el final a la hora de convocar la huelga, mostrando su falta de confianza en sus propias fuerzas. En el pasado, la política de CCOO y UGT se podía definir como «traicionar luchando», y sobre todo CCOO contaba con una fuerte y dinámica izquierda sindical de tradición marxista en sus filas. Los últimos años, sin embargo, han esclerotizado sus estructuras. Su papel más o menos residual en las grandes movilizaciones de los últimos tiempos, como las de Palestina o las luchas por la educación y la sanidad, es un buen ejemplo de esa debilidad.</p>
<p>Pero, dicho esto, la unidad es un imperativo para una convocatoria de estas características. Para muchos trabajadores, contar con las grandes centrales sindicales otorga seguridad sobre la amplitud del movimiento. Para quienes nos situamos en posiciones anticapitalistas, constituye una gran oportunidad para dialogar con las bases de estas centrales, ya que CCOO y UGT mantienen posiciones de fuerza en muchas empresas, incluido el estratégico y olvidado sector industrial.</p>
<blockquote><p>Esta dinámica evita el riesgo de una huelga minoritaria, convocada exclusivamente por las centrales sindicales alternativas</p></blockquote>
<p>Además, esta dinámica evita el riesgo de una huelga minoritaria, convocada exclusivamente por las centrales sindicales alternativas. Pese a tener en sus filas a las franjas más combativas de la clase trabajadora, estas organizaciones tampoco pasan por su mejor momento: las guerras internas y las divisiones de CGT son un ejemplo desastroso de ello y lastran el desarrollo logrado en algunos territorios. La costumbre de llamar «huelga general» a lo que realmente es una jornada de lucha protagonizada por la vanguardia militante se quiebra con esta convocatoria unitaria, y eso es positivo.</p>
<p>Así pues, esta huelga abre un vasto campo de disputa política, que variará según el territorio. En las naciones con una fuerte presencia del sindicalismo nacionalista (Galicia y Euskal Herria), donde la clase obrera está organizada en buena medida en torno a estas centrales, el paro tendrá un carácter particular, más vinculado a la paralización organizada de los centros de trabajo. En el resto de los territorios, la densidad sindical es más desigual, lo que obligará a combinar distintas formas de acción social.</p>
<blockquote><p>El papel de los sindicatos de inquilinas y de la izquierda militante puede ser clave en ese escenario</p></blockquote>
<p>El papel de los sindicatos de inquilinas y de la izquierda militante puede ser clave en ese escenario, y aquí se abre un debate particularmente interesante. ¿Cuál es el objetivo de la huelga? Si la huelga general es un «centro de anudamiento» de la lucha de clases, opera como un momento mediato: una jornada que pretende conquistar posiciones que puedan desarrollarse ulteriormente. Desde una perspectiva de lucha hegemónica, lo fundamental es avanzar en tres objetivos.</p>
<p>En primer lugar, aumentar la unidad estructural de la clase trabajadora frente a las tendencias a la dispersión que nos impone el capital. En segundo lugar, disputar políticamente la orientación de la movilización para evitar que se convierta en un acto de precampaña progresista y favorecer que la clase trabajadora y el pueblo aumenten su autonomía con respecto a los gobiernos.</p>
<blockquote><p>El reto consiste en intervenir manteniendo la unidad de acción, pero construyendo un programa y unas herramientas propias</p></blockquote>
<p>Esto será decisivo, ya que no podemos ocultar que esta convocatoria tiene un carácter híbrido, bifronte: en ella confluyen distintas perspectivas y, en conjunto, coloca temporalmente a la extrema derecha a la defensiva, lo cual es ya en sí mismo un hecho valioso. Para los sectores rupturistas, sin embargo, el reto consiste en intervenir manteniendo la unidad de acción, pero construyendo un programa y unas herramientas propias que aparezcan como más útiles para la clase trabajadora frente a la rutina de la burocracia sindical. Dicho con claridad, debemos conseguir que los sectores rupturistas ganen peso frente a los burocráticos.</p>
<p>Por último, si para el progresismo la jornada constituye un momento más de su campaña electoral, para los sectores rupturistas (participen o no en las elecciones) debe ser una oportunidad privilegiada para sentar las bases con las que afrontar lo que está por venir. Gobierne quien gobierne, debemos prepararnos para grandes combates en la lucha de clases. Estructurar, agrupar, vertebrar, preparar: esta es la tarea central.</p>
<p>Por eso, la consigna principal debe ser construir comités populares por la huelga general en los barrios. Estos comités deben ser reconocidos como espacios comunes de todo el movimiento y ligarse tanto al territorio como al centro de trabajo, organizando una movilización que tenga su expresión tanto en los barrios y pueblos como en las empresas. En Cádiz, por ejemplo, el Sindicato de Inquilinas ya está impulsando una experiencia en esa dirección. En este sentido, el Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda, gracias a su legitimidad, puede y debe desempeñar un papel central en esa vertebración, avanzando hacia una concepción del poder popular que sea capaz de proponer una reorganización más amplia y que no se limite a las demandas al Estado.</p>
<blockquote><p>La consigna principal debe ser construir comités populares por la huelga general en los barrios</p></blockquote>
<p>Los comités populares deben reflejar la pluralidad real del movimiento, pero dotarse de una perspectiva común. El objetivo debe ser salir de la jornada con una estructura capaz de afrontar las luchas que vienen, abriéndose a sectores como la educación y la sanidad y vinculándose a la vida en las empresas. No deben convertirse en un parlamento de fracciones en el que cada grupito prepare su escisión a través de micromítines, manteniendo una relación meramente parasitaria con los propios comités. Deben ser espacios plurales que faciliten el debate, pero con vocación de perdurabilidad y unidad en la acción.</p>
<p>Por otro lado, un comité popular no puede ser un órgano de ningún partido, aunque los partidos vinculados al movimiento tienen pleno derecho y responsabilidad de participar. Estos comités aspiran a ser protoinstituciones reconocidas por amplios sectores de la clase y el pueblo. Es decir, debemos combinar la necesaria agitación política rupturista y revolucionaria con la generación de estructuras de clase que «reinstitucionalicen» el movimiento por abajo y con la conformación de un programa común autónomo del progresismo. Combinar estos factores, sin dejar ninguno atrás, es el camino para sentar las bases de nuevas aperturas estratégicas.</p>
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		<title>Estirar Sol: la Comuna y sus problemas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Emmanuel Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 11:44:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El movimiento surgido en Sol gira alrededor de esta tensión: ¿cómo estirar lo que ya ha sucedido? Se trata de un problema de muy difícil solución. También tenemos qué pensar qué es lo que se expresa allí. ¿Qué malestares concitan a gente, más bien joven, a acampar, a otros a pasar las tardes allí o a una parte mayoritaria de la población a reconocer su simpatía con los acampados?</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El movimiento surgido en Sol gira alrededor de esta tensión: ¿cómo estirar lo que ya ha sucedido? Se trata de un problema de muy difícil solución. ¿Hay que hacer persistir la acampada a riesgo de que esta se convierta en un objetivo en sí mismo o, peor, degenere en un continuo <em>happening</em> de protesta y manifestaciones izquierdistas, que más tarde o más temprano tenderá a agotarse? ¿O hay que encauzarla en un proceso bien diseñado, que llevaría a la organización en los barrios, de ahí a la huelga general y a nuevas acciones de presión? ¿O bien hay que probarlo todo y ver qué funciona y que no; o incluso reconocer que no sabemos responder a esos interrogantes?</p>
<p>Quizás la pregunta principal debería ser ¿qué es lo que se expresa en Sol? ¿Qué malestares concitan a gente, más bien joven, a acampar, a otros a pasar las tardes allí o a una parte mayoritaria de la población a reconocer su simpatía con los acampados? ¿Son los problemas de la vivienda, la simple alegría de tomar la calle y pasar tardes y noches juntos, la energía juvenil enganchada a la experiencia masiva y empoderante de tomar la plaza, el deber militante de los organizados, el encuentro de la izquierda consigo misma en una protesta al fin legítima, las aspiraciones de impugnación general que toman la vivienda como un simple motivo de un asalto general, o un largo etcétera de razones y motores subjetivos que todavía están por descubrir y expresarse? Todo esto va más allá de los relatos formales de los decretos Maricarmen… y todo esto es seguramente lo importante.</p>
<h3>Llamamos Comuna a la materialización de lo imprevisto</h3>
<p>Sol es la Comuna de Madrid, una explosión casi insurreccional (por pacífica que esta sea) que expresa las potencia políticas de la metrópolis, donde la vida social no se organiza a través de ningún marco orgánico general y constatable. La ciudad inabarcable, que parece casi siempre sometida al sueño enérgico de su velocidad productiva y de consumo, no obstante, despierta políticamente en motines regulares; explosiones que no son realmente de nadie ni pertenecen a nadie. En Madrid, ni el pueblo ni las clases están organizados o encuadrados por una sociedad civil hecha de partidos, sindicatos, organizaciones y asociaciones. Todo esto existe pero como un océano de minorías minúsculas y fragmentadas, que en ocasiones son amplificadas por los aparatos mediáticos y las instituciones de Estado, pero que en ningún caso llegan a dar forma a la sociedad política madrileña.</p>
<blockquote><p>La ciudad sencillamente explota periódicamente cuando las cosas parecen propicias</p></blockquote>
<p>Frente a las dificultades para expresarse de una forma orgánica, como está previsto y regulado en las sociedades democráticas supuestamente pluralistas, la ciudad sencillamente explota periódicamente cuando las cosas parecen propicias. Por eso el Madrid de la larga hegemonía popular, de Aguirre y de Ayuso, sorprende con fuerza cada tanto: en las jornadas electorales de 2004 (¡Pásalo!), en mayo de 2011 (y durante el año siguiente) y en estos días de nuevo. Podríamos remontar semejante propensión al motín del pueblo de Madrid a la llamada Vicalvarada de 1854, la Gloriosa de 1868 o la explosión popular que precedió y siguió a la proclamación de la República en 1931. Pero no merece hacer la comparación más allá de lo que llevamos de este siglo.</p>
<p>En la gigantesca región metropolitana que es Madrid, como ocurre en casi todas las grandes ciudades del mundo, el tejido social y político está sumergido en un continuo proceso de composición y recomposición. Pero por razones que habría que estudiar, aquí se ha enhebrado un hilo clandestino que va uniendo protesta con protesta, levantamiento con levantamiento, que sabe acumular memoria, gestos, imágenes y, sobre todo, una disposición.</p>
<h3>Ha sucedido en un momento boyante no de crisis</h3>
<p>Hay una condición de la coyuntura actual que hace todavía más complejo responder a la pregunta de <em>cómo estirar</em> el acontecimiento. La acampada de Sol se ha producido en un momento boyante. La economía crece con fuerza. Se roza casi el pleno empleo, al menos con los índices que corresponden a un mercado laboral altamente precarizado y con una alta tasa de rotación. La inmigración ocupa los peores trabajos, que demanda la bulímica economía de servicios madrileña. La escasez de vivienda en alquiler es, paradójicamente, un efecto de este crecimiento, manifiesto en la formación de hogares que no encuentran vivienda asequible en una ciudad en la que esta no crece al mismo ritmo que la necesidad.</p>
<p>La acampada surge, así, en el momento menos previsto, menos claro, menos esperado. Las crisis, a diferencia de las épocas de prosperidad relativa, tienen un saludable efecto de clarificación mental. En ocasiones estos acontecimientos dramáticos provocan una energía excéntrica e incontenible que tiende a llevarse consigo las aspiraciones sociales más ridículas y convencionales. Hoy, sin embargo, la energía destituyente, radicalizadora (casi revolucionaria) está bajo mínimos, en una sociedad que todavía se las apaña, a pesar de las subidas de alquileres, de los precios imposibles de la vivienda, del deterioro relativo de los servicios públicos, de la creciente carestía de la alimentación y de todo lo demás, así como de las amenazas latentes de la crisis climática y el colapso a cámara lenta del bloque europeo. Por eso es también difícil estirar la acampada Sol.</p>
<h3>La izquierda zombi ha encontrado en Sol la fuente de la juventud</h3>
<p>Un actor bien conocido se pasea por los alrededores de Sol. A veces va de incógnito, a veces prueba a presentarse con toda la majestad y solemnidad que habitualmente reclama para sus actos. Pero pasa siempre por el objetivo de las cámaras de los medios presentes en la plaza. Ese actor es la izquierda institucional en todas sus formas: el PSOE del Perro, el Sumar cadavérico e inane, el Podemos convertido en la Banda de los Cuatro.</p>
<blockquote><p>La izquierda es un vampiro. Se mantiene con vida mordiendo los cuerpos vivos</p></blockquote>
<p>La izquierda es un vampiro. Se mantiene con vida mordiendo los cuerpos vivos, succionando sangre caliente allá donde la encuentra. Para esta izquierda, Sol es ni mas ni menos que el último gran bote salvavidas después de dos legislaturas inanes. Por eso ha apostado desde el principio a la protesta. Por eso convocó desde sus medios la enorme manifestación del 26 de septiembre. Y por eso el PSOE de Sánchez ha apostado a esta baza la recuperación electoral en un momento en el que su derrota parecía asegurada. La operación de los dos decretos y la convocatoria de elecciones para el 29 de noviembre no tiene más misterio. Tras ocho años de ausencia en materia de vivienda, abandonado el ministerio de Vivienda en manos de una pequeña rentista, antes alcaldesa de Puertollano, el Perro nos ofrece una lección más de su <em>arte de la resistencia.</em></p>
<p>Y aquí está otra diferencia importante con el 15M. En 2011, la izquierda estaba ya muerta, su cuerpo se había secado por completo, después de treinta y cinco años de democracia, ejercicio de gobierno, representación y corrupción. Tan muerto estaba el cadáver de la izquierda, que uno de los efectos a distancia del 15M fue la reinvención de la izquierda de la mano de Podemos y de sus interminables luchas cainitas, pero sobre todo de un PSOE renacido, gobernado ahora por el mayor experto en transformismo de toda la historia reciente de España, el Perro.</p>
<blockquote><p>Sol y el movimiento seguirán vivos solo si son capaces de mantener la suficiente distancia con la izquierda, si su posición se les vuelve tan incómoda a ellos como a la derecha</p></blockquote>
<p>La relación de Sol con el vampiro —o del movimiento con la izquierda— debe ser tan compleja como la de quien pretende amaestrar a una fiera salvaje que sabe que nunca se dejará domesticar (una relación que debería valer en las dos direcciones). Sin duda, no se podrá evitar ceder algo de energía y sangre a este monstruo de la representación, que convertirá la indignación y la protesta en razones legítimas y votos. Pero conviene advertir que esta operación se lleva a cabo siempre por medio de la simplificación pública de las razones» de la Comuna, hoy reducidas a un estricto problema de acceso a la vivienda para determinados segmentos sociales y de solución a los casos de desahucio más escandalosos. Un problema, en definitiva, técnico, que podría tener soluciones legislativas (¡qué risa!). Sobra decir que los dos decretos eran ya de por sí un simple parche para un problema que atañe a la estructura social, la cual sistemáticamente muestra que la clase media está completamente atada a la propiedad de la vivienda (pero este no es ahora el objeto de este artículo).</p>
<p>Por resumir rápido, Sol y el movimiento seguirán vivos solo si son capaces de mantener la suficiente distancia con la izquierda para no ser asimilados a la misma, si su posición se les vuelve tan incómoda a ellos como a la derecha, si consiguen apuntar a una impugnación general de un modelo social y económico, que, en efecto, tiene una derecha, pero también una izquierda: una izquierda de lo mismo.</p>
<h3>La huelga general es una vía muerta… o quizás no</h3>
<p>Una huelga general por la vivienda, un gran día de paro convertido en la forma privilegiada de presión para modificar la larga línea histórica de la política de vivienda. Pero una huelga general, que siendo laboral, tiene que ser promovida y sostenida también por los grandes sindicatos CCOO y UGT, es decir, por estas extensiones del ministerio de Trabajo, que lo llevan siendo desde los Pactos de la Moncloa de 1978. Una huelga que, además, tendrá que ser convocada por figuras como Unai Sordo, uno de los posibles candidatos para la enésima recomposición de la izquierda. Una huelga, por otro lado, contra la inacción del gobierno en materia de vivienda, pero también a favor del gobierno más progresista de la historia», que se dice comprometido con un gran cambio de la política de vivienda, aunque hemos llegado hasta aquí tras ocho años de inacción. Consideren todas estas extrañas paradojas.</p>
<blockquote><p>Ninguna huelga general de la historia reciente del país ha servido para gran cosa</p></blockquote>
<p>Ninguna huelga general de la historia reciente del país, convocada a toque de silbato de estas prolongaciones del Estado (UGT y CCOO), ceñida a un día o a unas pocas hora de un día, ha servido para gran cosa. La más interesante de todas ellas se produjo en 1988, y sencillamente fue la culminación (y también la forma de neutralización) de una oleada de protestas laborales contra la precarización del trabajo y la extensión de la temporalidad. Aquella huelga masiva y brutal se disipó, sin embargo, en 24 horas, cuando los sindicatos fueron traídos a la mesa de negociación con el gobierno. Las siguientes huelgas que se pueden recordar (como la del 92, la del 94 o las que siguieron a la crisis de 2008) cumplieron este mismo patrón, sin bien todavía con menos fuerza.</p>
<p>¿En qué será esta una experiencia diferente? Se dirá que los sindicatos minoritarios (como CGT, CNT y otros más) pueden aprovechar la huelga para ganar posiciones y desvelar los compromisos obvios del sindicalismo oficial con la política oficial. También se podrá argumentar que, siendo una huelga por la vivienda, esta desborda por completo la cuestión laboral, lo cual permitirá organizar más y mejor al movimiento de vivienda. También se argumentará que defender que toda huelga es un ejercicio de politización y de fuerza, que deja impreso un aprendizaje en una generación que no ha conocido ni el 15M.</p>
<blockquote><p>Toda huelga es una ejercicio de politización y de fuerza, que deja impreso un aprendizaje en una generación que no ha conocido el 15M</p></blockquote>
<p>Todo esto es cierto, pero sobre todo lo que es cierto es que la acampada de Sol persiste. ¿Es hora de cerrar esta experiencia? O ¿de tratar de darle otra forma que no espere al ansiado día de la huelga? ¿Estamos únicamente ante una legítima indignación por el hecho de que el rentismo y el negocio inmobiliario sustraigan una parte mayor de los ingresos de una parte de la población, o ante una impugnación, menos clara, más incipiente, pero más profunda y de mayor alcance que la protesta por la carestía de la vivienda? ¿Están los grupos organizados que actúan en la acampada (Sindicato de Inquilinos y el resto del movimiento de vivienda, la media docena de organizaciones políticas, y los centros sociales) en comunicación y en disposición de empujar más allá lo ya sucedido? O ¿esta es una pregunta que desborda por completo a estas estructuras?</p>
<p>Ahora no se trata de responder tajantemente a la gran cuestión de cómo estirar Sol. Sencillamente no está en la mano de ninguna cabeza u organización, pensando a solas, a partir de sus propios automatismos y sus propios proyectos e intereses. En cualquier caso, si Sol fue una gran sorpresa, no se puede descartar que en esos días vengan otras.</p>
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		<title>Contrapoder y pulso al rentismo: notas apresuradas desde el estallido Maricarmen</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Martínez, Aldo Reverte Pablo Martínez, Raquel Souto y Nuni Seva]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Oct 2026 09:50:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Nuestra propuesta no se va a detener en la batalla de ideas. El planteamiento ha sido y es el de convertir este estallido en un pulso al rentismo (en particular a la empresa propietaria, Urbagesa), al gobierno autonómico y al gobierno central. Los primeros tienen que pagar su osadía en forma de derrota. Los segundos tienen que caer. Y a los terceros hay que doblegarlos para obligarlos a que atiendan a la calle.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Publicado originalmente en <a href="https://www.elsaltodiario.com/vivienda/notas-apresuradas-estallido-maricarmen">El Salto.</a></p>
<hr />
<p>Hemos conseguido convertir el <a href="https://www.elsaltodiario.com/vivienda/desahucio-maricarmen-desata-una-ola-indignacion-pone-al-gobierno-cuerdas" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">desahucio de Maricarmen</a> en un estallido en la calle que ha cambiado la conversación pública del país. De “el problema son los invasores” a “el problema son los inversores”. En nuestra opinión, este estallido escala sobre las condiciones materiales de muchísimas personas y también por la solidaridad y conciencia que despiertan las circunstancias de este caso. Pero desde luego hay algo más.</p>
<p>Hay un estallido rápido y feroz por la rabia acumulada durante más de un mes y medio por la inacción de las izquierdas institucionales y la ofensiva reaccionaria, racista y protofascista de las derechas ante los hechos de <a href="https://www.elsaltodiario.com/ceuta" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">Ceuta</a>. Además, esto ha ocurrido en el Madrid gobernado por Ayuso. Una presidenta prepotente y altiva que acumula escándalos personales con viviendas de lujo, y que es claramente la otra cara de la moneda de Maricarmen. Por último, por la rabia acumulada tras al menos 18 años de crisis de vivienda y ocho años de inacción del gobierno progresista</p>
<p>La respuesta masiva a este estallido tiene que ver con estos factores. Pura batalla de ideas. Batalla, por lo tanto de posiciones. Seguir incidiendo en esta dimensión es prioritario. Esto es un contraataque.</p>
<h3>Un pulso al rentismo y al gobierno</h3>
<p>Pero nuestra propuesta no se va a detener en la batalla de ideas. El planteamiento ha sido y es el de convertir este estallido en un pulso al rentismo (en particular a la empresa propietaria, Urbagesa), al gobierno autonómico y al gobierno central. Los primeros tienen que pagar su osadía en forma de derrota. Los segundos tienen que caer. Y a los terceros hay que doblegarlos para obligarlos a que atiendan a la calle.</p>
<blockquote><p>Es imposible organizarse y luchar colectivamente sin un plan más o menos claro a medio plazo.</p></blockquote>
<p>En este sentido se ha diseñado un plan para que el estallido tenga unos objetivos concretos. Es imposible organizarse y luchar colectivamente sin un plan más o menos claro a medio plazo. No hay que esperar a diluirse cuando las energías se agoten. El asalto es ahora. Pero este estallido también lo queremos incierto. Si su potencia tiene que ver con más razones que la vivienda, aunque no seremos nosotras quienes vayamos ahora a negar su centralidad, es nuestra responsabilidad no cerrar el momento.</p>
<p>Así pues, ¿en qué consiste el plan?</p>
<h3>Contrapoder: compaginar reforma e impugnación</h3>
<p>Estamos creando contrapoder. Gobernar sin presentarnos a las elecciones. Suena pretencioso, pero en ocasiones hay que intentar ponerlo en práctica, no sólo teorizarlo.</p>
<p>Los Sindicatos de Inquilinas conducimos los conflictos integrando en ellos demandas de reforma inmediata. Forman parte de nuestro marco de lucha sindical. Las victorias, también las parciales y contradictorias, educan en la lucha y generan organización. Lo defendemos en conflictos contra rentistas particulares y lo defendemos en la acción institucional.</p>
<p>Un poco de contexto institucional sin perdernos en literatura. El gobierno decidió guardar en un cajón, por falta de apoyos parlamentarios garantizados, <a href="https://www.elsaltodiario.com/vivienda/decretos-vivienda-maricarmen" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">un Real Decreto</a>. Este decreto contenía medidas positivas. Algunas eran reformas interesantes —como la ley antiestafas redactada por nosotras, que incluye, entre otras medidas la regulación de contratos de habitaciones y temporada—. También contenía parches —medidas temporales—. Por último incluía medidas pro especuladores, principalmente la reforma de la Ley del Suelo.</p>
<p>Así pues, nosotras queríamos que se aprobase este decreto. Sin embargo no estábamos dispuestos a aceptar una reforma de la Ley del Suelo.</p>
<p>Pero la respuesta ha sido mayor de lo esperado. Lo vimos rápido, tras la manifestación del mismo día del desahucio en Madrid y en más de una decena de ciudades más. Claramente el Real Decreto de julio ya no se ajustaba al momento. Y decidimos exigir el ‘decreto Maricarmen’.</p>
<blockquote><p>Hemos defendido que el estallido Maricarmen se dirige hacia lograr una victoria concreta, pero puede ser algo más</p></blockquote>
<p>El ‘decreto Maricarmen’ se confecciona cogiendo y mejorando las reformas interesantes por las que ya se había trabajado y parches aceptables del anterior RD. Y se añaden dos más: i) los contratos indefinidos / renovación automática de los contratos; ii) la congelación de los precios del alquiler. El decreto se escribe y se lleva a reunión con el Ministerio de Vivienda. ¿Por qué estas reivindicaciones y no todo nuestro programa de golpe? Balance de correlación de fuerzas para una batalla inmediata. Para dar una batalla en serio, no se trata de enunciar un programa completo.</p>
<p>Por lo tanto, el plan pasa por dar una batalla por estas reformas. Para ello, acumular todas las fuerzas de calle, de presión comunicativa y de presión institucional (tanto dentro como fuera del gobierno) para forzar una crisis institucional. Hasta el último minuto. Que la reforma sea lo más avanzada posible.</p>
<p>Hasta aquí, hemos defendido que el estallido Maricarmen sirve para dar la batalla de ideas y que se dirige hacia lograr una victoria concreta (que siempre va a ser parcial). Que sea algo más depende de dos cosas. Un programa aún más ambicioso en vivienda. Y también que la potencia del estallido encuentre eco más allá del problema de la vivienda. En parte esto tiene que ver con conectar con la frustración difusa de quién no quiere resignarse a un avance de los bárbaros. Pero hace falta algo más sólido. Debe congregar al resto de luchas sociales y hacer emerger la causa común. La confluencia de luchas. La irrupción y el frenesí de la imaginación ilimitada al servicio de que la clase emerja. La clase, ese sujeto plural que representa a muchas distintas en un mismo camino.</p>
<p>En la hoja de ruta de los Sindicatos de Inquilinas está la organización y convocatoria de una huelga general por la vivienda y contra la carestía de la vida. Una iniciativa para luchar por un programa más ambicioso (y no necesariamente muy largo) que plantee el conflicto social que necesitamos: arriba vs. abajo, ricos vs. pobres, oligarquía vs. pueblo, burguesía vs. proletarios. Que cada quién lo nombre como le parezca, sin ánimo de eludir debates teóricos.</p>
<blockquote><p>Para una huelga general hace falta establecer una alianza con el sindicalismo laboral. Pero una alianza consciente de las limitaciones actuales</p></blockquote>
<p>Para una huelga general hace falta establecer una alianza con el sindicalismo laboral. Pero una alianza consciente de las limitaciones actuales que tiene el sindicalismo laboral como agente transformador. Asumir la importancia de remover el conjunto del sindicalismo para hacerlo una alternativa de organización social real, más allá de la partidario-electoral que suele dominar la vida de nuestra sociedad. El reto de dignificar el sindicalismo, mostrándolo como un agente honesto en la lucha por la vida de la mayoría trabajadora. Y sobretodo, capaz de ampliar el espectro de lo posible y de convocar a todos los sectores que quedan fuera del marco habitual del sindicalismo y sus convocatorias.</p>
<p>En pocas palabras, que el estallido ayude a construir poder popular, revitalizar, ampliar, transformar, unir al movimiento obrero y ser de masas. No sacrificar ninguna posibilidad de crecer en organización y experiencia política por una batalla de corto plazo. Al contrario, procurar mantener el momento abierto para dar tiempo suficiente a otras luchas sociales a aparecer en escena. Mirada larga para retos de fondo.</p>
<p>A esta concepción de la lucha en general, así como al momento en particular, hay todo un equipo de compañeras dedicadas para ejercer toda influencia posible y poder controlar tiempos y escenarios. La preocupación no está en los detalles, aunque siempre hay debates. Está en favorecer la transición: de una lucha concreta a una protesta general.</p>
<h3>Primeras victorias</h3>
<p>Ya ha habido victorias. En primer lugar, Urbagesa y el Sindicado de Inquilinas firman un acuerdo para permitir que Maricarmen vuelva a su vivienda. Demostración de poder sindical. Disciplinar de abajo a arriba a los rentistas que se creen impunes. Que todos tomen nota.</p>
<p>Además, el Consejo de Ministros aprueba todas las medidas del ‘decreto Maricarmen’. El Sindicato le ha dicho al gobierno qué tiene que escribir en el BOE y qué se queda fuera (la Ley del Suelo). Poder popular en estado puro. Se ha torcido el brazo al gobierno rentista.</p>
<p>Organizarse y luchar hace posible lo que parece irrealizable.</p>
<p>Aterrizar el estallido.</p>
<p>En una semana se han convocado más de 60 movilizaciones en ciudades de todo el estado y se han levantado casi una decena de acampadas. La movilización debe continuar. Nos lo han puesto fácil con la convocatoria de convalidación en el Congreso para el viernes. Caceroladas en todas las ciudades del estado el jueves y el fin de semana manifestaciones masivas. Esto no ha hecho más que empezar.</p>
<blockquote><p>Un estallido no dura ni se multiplica si no aterriza localmente. Tampoco si toda su potencia se dirige a conflictos estatales</p></blockquote>
<p>Pero un estallido no dura ni se multiplica si no aterriza localmente. Tampoco si toda su potencia se dirige a conflictos estatales. Capacidad de adaptarlo al máximo número de realidades posibles y de encajarlo con las hojas de ruta de todos los sindicatos y movimientos que se están ofreciendo a participar. Resolver las dudas que nos plantea los peligros de una acción de paz social por parte del gobierno central abriendo otros escenarios de conflicto a nivel local. Promover alianzas amplias y situarse como agente de referencia. Aprovechar la potencia en los conflictos sindicales concretos que estén atascados. Y siempre con mirada organizativa: movilización, concienciación, formación, organización. En ese orden suele funcionar bien. Que tras la protesta ya esté convocada la asamblea de bienvenida. Después una formación teórico práctica. Luego a la calle y a los bloques, con brigadas para seguir creciendo, y ganando.</p>
<p>Y mirada fija con el siguiente gran hito. Una huelga general para bajar el precio de la vivienda.</p>
<h3>Telón de fondo</h3>
<p>Y de telón de fondo multitud de elementos que analizar y discutir. ¿Es un nuevo <a href="https://www.elsaltodiario.com/15m" target="_blank" rel="noopener" data-phx-link="redirect" data-phx-link-state="push">15M</a>?</p>
<p>Se compara el momento con el 15M. ¿Por qué no compararnos con el Campamento Esperanza? Quién no conozca la historia puede ver el documental El efecto Iguazú. Las acampadas no nacieron con el 15M. El sindicalismo las había utilizado antes. En el marco de protestas concretas. Con organización y coordinación.</p>
<p>No se puede despreciar el 15M. Desde entonces, nada se explica sin mirar a aquel día. No se construye clase renegando de la historia de la lucha colectiva reciente. Aún menos reduciéndolo por absurdo al estado presente de la izquierda institucional. Cabe recordar que sin 15M no hubiera habido PAH y sin PAH no hubiera habido Sindicato de Inquilinas. De aquella experiencia se aprendieron cosas que hoy seguimos intentando poner en práctica. Y también ha quedado grabado en el ADN de muchas organizaciones las lecciones sobre los caminos propios de la organización social y sindical.</p>
<p>¿Las victorias parciales desmovilizan?</p>
<p>En ocasiones sí, especialmente cuando se enfrentan al agotamiento. En otras, justo lo contrario. Demuestran la fuerza colectiva de las desposeídas. Abren espacio a la esperanza y desatan el hambre por más. Combaten la injusticia y por ello se convierten en alternativa. Son prueba viva de que se pueden hacer cambios sin putear a quién es más pobre que tú. Antifascismo en mayúsculas y antídoto contra el individualismo. Transmitir esta idea con hechos que la avalan es fundamental.</p>
<blockquote><p>Estos días lo hemos conseguido. Ha mandado el sindicato. Nos hemos tomado muy en serio ejercer poder y obligar a muchos actores relevantes del país a escucharnos.</p></blockquote>
<p>¿Acaso este movimiento no acabará reforzando un gobierno gestor del <i>statu quo</i>? ¿Sin un distanciamiento frontal, la izquierda institucional no buscará aprovecharse para sus planes electorales?</p>
<p>Riesgos reales. Ante ellos, nuestra apuesta. Que mande el sindicato. En minúsculas, porque en términos amplios, defendemos que la apuesta es que hoy la forma sindical de lucha sea protagónica, dentro del espectro de tipos de organizaciones que hay en la lucha social. Estos días lo hemos conseguido. Ha mandado el sindicato. Nos hemos tomado muy en serio ejercer poder y obligar a muchos actores relevantes del país a escucharnos. Aspiración básica del contrapoder. No sólo enunciación teórica. Algunas contradicciones. Ningún desprecio a las estructuras que permanecen y operan aún cuando el estallido deslumbra. No perder de vista la correlación de fuerzas existente, aunque la estemos moviendo. Aunque en una semana se hayan afiliado miles de personas y hayan llegado una decena de peticiones de abrir Sindicato de Inquilinas en otras ciudades. Aún no somos una organización de masas. Desde esta humildad es desde donde luchamos, ambiciosas y sin miedo al error. Medios de comunicación, gobiernos y partidos nos intentarán utilizar, y también nosotras a ellos.</p>
<h3>Desenlace pendiente</h3>
<p>El presente no está escrito. Este viernes se pueden conseguir reformas importantes. Y este fin de semana podemos ser millones en las calles impugnando este sistema rentista que cada vez golpea más duro. Hay partido, vamos a jugarlo.</p>
<hr />
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<div class="recuadro-arriba"></div>
<div class="recuadro-dentro">
<div class="recuadro-texto">Este texto lo hemos escrito entre militantes del Sindicato de Inquilinas de Madrid, del Sindicat de Llogateres de Catalunya y de la Confederación de Sindicatos de Inquilinas. Nuestro objetivo con este texto no es contribuir a un debate o dar réplica. Pretendemos explicar y dar cuenta del marco con el que estamos trabajando. Y, aunque ahora no es el momento de balance, esperamos que estas líneas sirvan también para los aprendizajes colectivos y balances críticos que deberán venir.</div>
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<div>(Alberto Martínez y Pablo Martínez son militantes del Sindicato de Inquilinas de Madrid. Nuni Seva, Aldo Reverte y Raquel Souto pertenecen al Sindicat de Llogateres de Catalunya.)</div>
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		<title>Y de repente, una sacudida: apuntes al vuelo desde la acampada de Sol</title>
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		<dc:creator><![CDATA[A.T.]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 01 Oct 2026 09:04:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una semana de conflicto por la vivienda ha desembocado en una acampada masiva en Sol que desborda a las organizaciones que la sostienen. Las tareas pendientes son aprovechar ese impulso sin tutelar a quien llega nuevo, decidir con criterio cuándo levantarla y repensar la huelga como herramienta en una sociedad desindustrializada.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Y de repente, una sacudida. En medio de un clima de parálisis y abatimiento social, cuando parecía que el fascismo avanzaba posiciones, entramos hace algo más de una semana en una vorágine en la que los acontecimientos no han parado de acelerarse. Por fin, parece que pueden cambiar las cosas.</p>
<p>La semana pasada se abrió con Ayuso desencajada por el escrache que recibió en la feria inmobiliaria de The District. Esa misma noche estábamos acampando frente a la casa de Maricarmen y ya parecía que algo se cocía, aunque nadie imaginaba dónde estaríamos hoy. Por la mañana, más gente que nunca se plantó en la puerta para parar un desahucio y resistió con una fuerza ejemplar la violencia policial. En la concentración de la tarde frente al ático de Ayuso reinó un clima de rabia enorme, con odio dirigido contra los políticos de todo el arco parlamentario y contra la policía, que acabó sobrepasada y no pudo evitar que se cortara el paseo de la Castellana. El viento soplaba a favor y la masiva manifestación del sábado acabó en la acampada en Sol, que desde entonces no ha parado de crecer.</p>
<p>Hasta llegar a Sol, todo este aluvión ha sido impulsado principalmente por el Sindicato de Inquilinas de Madrid. Es inapelable que la radicalización impresionante del conflicto social que hemos vivido esta semana se ha debido, en buena medida, a su iniciativa. Igualmente inapelable es que lo que hierve ahora en Sol va más allá del motivo desencadenante de la acampada —forzar un cambio legislativo que permitiera ganar terreno en el conflicto por la vivienda— y condensa un descontento social generalizado, larvado durante muchos años. De eso somos conscientes todas las personas acampadas allí.</p>
<h3>Mientras dure la acampada</h3>
<p>La primera noche había en Sol algo más de 100 tiendas. En la mañana del miércoles el recuento llegaba a más de 1200. En apenas cuatro noches, la dimensión de la acampada se ha multiplicado por más de diez. Todas las estimaciones conservadoras de cuánto puede durar se han visto desmentidas por una energía colectiva desbordante. Genial.</p>
<p>Con una forma que recuerda a los zocos de algunas ciudades árabes, la acampada comienza a tener su callejero particular: «Calle Lucha de Clases», «Plaza de Gaza»&#8230; o, con más guasa, «Plaza de Mayo del Six-Seven». Ha adquirido una entidad propia que trasciende la capacidad de mando de cualquier organización que esté allí, algo que no está nada mal. La acampada es una experiencia de politización tremenda para muchísima gente, lo cual la hace valiosa por sí misma. Aunque estamos de acuerdo en que esto no tiene que acabar ahí, sería precioso que todas contribuyéramos a que sea una experiencia lo más interesante posible mientras dure, en la que se experimenten formas de encuentro y de democracia radicales. Por suerte, de momento parece que es así.</p>
<p>Lo ya organizado —nuestros sindicatos, centros sociales, organizaciones políticas…— debe nutrirse de lo no organizado hasta ahora para empaparse del acontecimiento y, a la vez, contribuir al sostenimiento de la acampada y a la toma de decisiones con su experiencia y capacidades acumuladas. Pero lo no organizado tiene también una inteligencia propia y no necesita ser tutelado siempre. Como casi siempre, la virtud está en el punto medio. Ir a la acampada solo a pescar militantes para nuestra organización sería una forma bastante triste de relacionarse con ella. Pero salir de ella sin más fuerza organizativa sería igualmente un fracaso.</p>
<h3>Cuándo irnos</h3>
<p>Una decisión importante que tomar en la acampada, donde nuestras organizaciones pueden tener una voz determinante, es cuándo levantarla. Esta pregunta recorre como un rumor las calles de nuestro particular zoco y todas las asambleas improvisadas que hacemos. Nadie sabe realmente cuándo ni cómo acabará esto, algo imposible de predecir. Mientras nos hacemos la pregunta, se planta otra tienda en Sol.</p>
<p>Aquí van algunos apuntes para intentar responderla. Sería una pena que la acampada se ahogara en sí misma. El desgaste es un factor a tener en cuenta, unido a las cuestiones de ritmo político. En líneas generales, podemos estar de acuerdo en que tiene sentido mantenerla mientras sea la mejor herramienta, tanto para echar un pulso al Estado como para canalizar el descontento de la gente. Hasta ahora lo ha sido. Mientras su potencia no decline, no habría que tener demasiada prisa en irse.</p>
<p>Tendría sentido levantarla, entre otras cosas, cuando haya un calendario claro o, por lo menos, una buena intuición de los siguientes pasos que dar. Es decir, el mejor momento para levantarla será el que nos deje en mejor posición para luchar. Toda decisión conlleva riesgo e incertidumbre, cierto, pero sin los riesgos que se han tomado durante la última semana larga no habríamos llegado hasta aquí.</p>
<blockquote><p>Pedir más sin desplazar la correlación de fuerzas solo tiene sentido retórico</p></blockquote>
<p>La votación del real decreto el viernes puede dejar a la acampada huérfana de demandas formuladas con claridad. Hay voluntad en algunos sectores de llevarla hacia reivindicaciones más radicales, pero habría que recordar que lo más radical que puede hacer la acampada no es plantear exigencias de máximos —posiblemente no se llegue a aprobar ni el objetivo que definió el Sindicato de Inquilinas—, sino acrecentar la potencia del movimiento para llegar más allá. Pedir más sin desplazar la correlación de fuerzas solo tiene sentido retórico. Y en política radical solo hay dos cosas que no se pueden demandar, porque nadie sino nosotros nos las va a dar: la construcción de autoorganización y de un poder propio, y una sociedad sin clases. Si queremos acercarnos a un clima de estallido social, podemos empezar por trabajar en lo primero.</p>
<h3>Más allá de la acampada: ¿hacia una huelga general?</h3>
<p>El sentir general apunta hacia ello: construyamos las condiciones para poder forzar una huelga general por la vivienda —y por otros frentes que habría que integrar—. Aunque no es la única respuesta posible a cómo escalar el conflicto, puede ser una herramienta interesante. Permitiría canalizar, en una dirección concreta, el poder propio acumulado durante este momento de impugnación y los años de trabajo de base con los que hemos llegado a él.</p>
<p>Mucho se ha debatido durante los últimos años sobre la huelga como forma de conflicto en la actualidad. Aunque sigue inscrita en el ADN y la memoria de los movimientos radicales como uno de los puntos más altos del conflicto social, lo cierto es que en sociedades desindustrializadas como la nuestra carece de la misma capacidad de interrumpir y hacer daño al capital que tenía en la época dorada del movimiento obrero. Eso no quiere decir que debamos abandonarla. Habrá que reinventarla.</p>
<blockquote><p>Las huelgas de nuestro tiempo se reinventarán al integrar otros modos de interrupción</p></blockquote>
<p>Las huelgas por Palestina del 15 de octubre del año pasado ya dieron una pista. Se llamó a no asistir a los centros de trabajo con una consigna clara: «¡Bloqueemos todo!». La posibilidad de interrupción hoy está más en el boicot y el bloqueo de la metrópoli y sus flujos que en la paralización de la jornada laboral. Aparte del escaso tejido productivo que queda, solo la paralización de los sectores de la logística y los transportes tiene por sí misma capacidad de asestar golpes de calado. Para el resto de la población, una combinación virtuosa: dejar de trabajar para poder ir todas a bloquear el mayor número posible de puntos. Las huelgas de nuestro tiempo se reinventarán al integrar otros modos de interrupción, y solo así servirán para torpedear a un capitalismo que ya no se centra —al menos en nuestro rincón del mundo— en la producción.</p>
<blockquote><p>Esto, por lo menos de momento, no es una revolución, pero sí algo que está muy guapo</p></blockquote>
<p>De la misma manera, la acampada de Sol es un bloqueo de este tipo. Ahí reside su fuerza. Se ha okupado el centro neurálgico de la metrópoli madrileña, y cada día se concentran allí miles de personas que celebran, mientras dure, una vida cotidiana muy diferente de la que ofrece el sistema capitalista.</p>
<p>Sea como sea, recordemos las palabras con las que Lenin deja sin terminar <em>El Estado y la revolución</em>: «es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la revolución que escribir acerca de ella». Esto, por lo menos de momento, no es una revolución, pero sí algo que está muy guapo. Así que ya sabemos: todas a Sol o a la plaza de nuestra ciudad. Y cuando las acampadas acaben, adonde haya que estar.</p>
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		<title>Nuevo clima, nueva coyuntura. Apuntes tácticos a partir del movimiento de vivienda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Brais Fernández]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 Sep 2026 16:16:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tras el desahucio de Maricarmen, la lucha por la vivienda se ha convertido en un movimiento político que pone en crisis al Gobierno progresista. Ahora debemos extender el conflicto más allá de las acampadas, hacer de la desmercantilización de la vivienda un eje que sume otras demandas y situar la huelga general como horizonte cercano.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El movimiento por la vivienda ha dado un salto exponencial a raíz del desahucio de Maricarmen, pasando de ser una estructura formada por diferentes sindicatos con desigual capacidad militante y de convocatoria a situarse en el epicentro de un nuevo movimiento que tiene un carácter político. Esto plantea algunos problemas de definición y de análisis de la coyuntura, así como cuestiones relacionadas con la táctica y la estrategia. Dividiremos este artículo en torno a esas dos partes. La brevedad del texto y la condicionalidad de las hipótesis planteadas se justifican por lo acelerado y cambiante de la coyuntura.</p>
<h3>Coyuntura y movimiento</h3>
<p>Como exponíamos al inicio, estamos ante un movimiento de carácter político. Esto se refleja tanto en su forma como en su fondo. Pese a estar dirigido en buena medida por el Sindicato de Inquilinas, el conflicto no tiene como base una huelga de inquilinas, es decir, no tiene su eje en el “lugar de la reproducción”, sino que ha dado el salto a la esfera pública, apuntando directamente al Gobierno del Estado. Este hecho refleja ciertos límites en el arraigo estructural de las organizaciones de vivienda y, a la vez, la urgencia del problema, e impone una concepción real de los procesos. Frente a la idea semigradualista de acumular fuerzas y luego luchar, la realidad es que se impone la máxima del <em>Fausto</em> de Goethe: “En el principio fue la acción”. Es a través de la lucha, del salto, como se producen las nuevas posibilidades de organización de masas. Por supuesto, esto no significa despreciar la organización previa: el buen trabajo de organizaciones como el Sindicato de Inquilinas y otros sectores del movimiento de vivienda permite al movimiento afrontar este reto con una estructura y una capacidad extremadamente útiles para fortalecerse y dirigir la lucha de masas. Pero la lucha de masas no es un mero reflejo de la organización sindical previamente existente; supone un salto y una adaptación a una circunstancia nueva, que requiere nuevas tácticas y estrategias.</p>
<blockquote><p>La lucha de masas no es un mero reflejo de la organización sindical, supone un salto y una adaptación a una circunstancia nueva.</p></blockquote>
<p>El movimiento de vivienda logra así concentrar (temporalmente) todas las contradicciones acumuladas en el terreno social (la contradicción entre crecimiento económico y los profundos problemas de asequibilidad de la clase trabajadora) y político (las contradicciones entre las promesas y la retórica y la realidad de la política progresista). Eso determina el carácter de la crisis. Una base social similar a la del viejo 15M se pone en movimiento ante los problemas estructurales no resueltos, poniendo en crisis al progresismo en el poder. Hasta ahí, la analogía es correcta.</p>
<p>Pero el conjunto del contexto no lo es. La historia no es una repetición circular que retorna en su forma anterior, aunque siempre retomamos las tradiciones y los problemas del pasado para reformularlos. La relación de fuerzas no es lo mismo que el clima político. Si bien el clima político es temporalmente favorable, con una derecha pillada a contrapié, la relación de fuerzas internacional sigue estando marcada por el ascenso de la reacción y la extrema derecha, a diferencia de lo que sucedió en el 15M, que entroncaba con el espíritu ofensivo de las revoluciones árabes. Más bien, pese a todas sus diferencias, este movimiento se enraiza en la necesidad de decenas de miles de personas y de una nueva generación política global –desde los movimientos por Palestina hasta las luchas y el surgimiento de una izquierda nueva en Francia, EE. UU. o Alemania– de luchar con sus armas contra este clima de ahogo impuesto por la reacción y el capital. La particularidad de este movimiento por la vivienda es que lo hace contra el Gobierno “más progresista” de la historia, de modo que pone en crisis, sobre todo, a los partidos de izquierda vinculados a la gestión gubernamental durante los últimos ocho años. Si bien este movimiento no altera todavía y de forma automática la relación de fuerzas, sí supone la aparición de un nuevo sector político-social, antes opacado por la orgía de propaganda progresista, que combina las tertulias de RTVE y el permanente chantaje del miedo al fascismo.</p>
<h3>Táctica y estrategia</h3>
<p>El movimiento todavía está desarrollándose de forma desigual, marcado por la composición política de cada territorio o nación de esa formación social abigarrada que es el Estado español. Madrid es el epicentro, pero las acampadas van surgiendo en distintas ciudades. En algunos territorios, en los cuales la densidad “movimientista-espontaneísta” es menor ya que existen otras fuerzas muy estructuradas (fundamentalmente sindicales, como en Galicia y Euskal Herria), es posible que el movimiento adquiera formas propias y particulares. Pero más allá de eso, se trata de intentar escalar el movimiento, viendo la acampada como un momento de la lucha, no como un fin en sí mismo.</p>
<blockquote><p>La acampada puede ser una enorme palanca para agrupar y organizar el salto en la lucha de clases</p></blockquote>
<p>Este debate tiene cierta importancia. La acampada puede ser una enorme palanca para agrupar y organizar el salto en la lucha de clases, pero es un momento de concentración de fuerzas que, más allá de su capacidad para condensar la política durante un instante, no refleja todavía la estructuración de un amplio movimiento expansivo en los barrios y en los centros de trabajo. Es verdad que podría derivar en una comuna, pero no de Madrid: más bien sería la comuna de Sol, encapsulando al movimiento en los límites estrechos de sus prácticas autorreferenciales, algo que, francamente, preferimos no imaginar.</p>
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<p dir="ltr">Pero el movimiento tampoco puede limitarse a ser una especie de «petición ciudadana» al Parlamento. Su papel no es avalar los decretos de un gobierno de gestión capitalista en nombre de una lógica de mal menor. En un contexto de auge de la lucha, eso podría suponer un cierre del conflicto, no una conquista parcial. Al contrario, se trata de construir una iniciativa propia que explore la dialéctica entre fuerza social y conflicto antagonista, y que abra brechas en la configuración del Estado. Los comunistas no nos oponemos a las reformas: luchamos por ellas activamente, en la medida en que refuerzan a nuestra clase en la contienda por el objetivo de superación del capitalismo. El Estado moderno, además, no es un simple vigilante nocturno: construye su hegemonía reflejando las relaciones de fuerzas, así como la clase trabajadora se fortalece logrando nuevas cristalizaciones de sus luchas (y no a través de las derrotas que la descomponen, como piensan los catastrofistas), en una tensión frente a la reforma pasiva y la conquista de su autonomía.</p>
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<blockquote><p>La idea de que el rentismo es una relación ilegítima y que hay que luchar por desmercantilizar la vivienda dota de horizonte ideológico a las demandas</p></blockquote>
<p>Pero esto tiene una repercusión clara. Los debates jurídico-políticos sobre la composición parlamentaria o los límites legales tienen su importancia táctica, pero son secundarios estratégicamente. El programa y el horizonte de un movimiento no se pueden limitar a lo que la constitución jurídica del capital, siempre temporal, diga en un determinado momento. El programa debe ligarse a los objetivos inmediatos de la clase trabajadora. Medidas como la reducción inmediata de los alquileres, la expropiación sin indemnización de los fondos buitre y de los bancos para crear un parque público de vivienda, bajo control social y democrático, o ligar el tope del alquiler al 20 % del salario avanzan en esa dirección. Las consignas deben ampliar lo posible: deben retomar el arte leninista de fijar una tarea, una forma de avanzar en la guerra de posiciones. La idea de que el rentismo es una relación ilegítima y que hay que luchar por desmercantilizar la vivienda dota de horizonte ideológico a las demandas, entroncando con un proyecto propio de sociedad. No hay que tenerle miedo a exigir a la clase dirigente; lo que nunca se debe hacer es pedirle. Volviendo al <em>Fausto</em> de Goethe: “En el principio fue la fuerza”.</p>
<p>En ese sentido, la lucha por la vivienda puede jugar temporalmente un rol similar al de la reivindicación de la jornada de ocho horas para el movimiento obrero. El viejo movimiento obrero no esperaba que se configurara una mayoría parlamentaria que aplicase su programa: buscaba dotarse de la fuerza para imponerlo. Esta dialéctica era la que conseguía un punto de equilibrio entre la vocación de lograr conquistas concretas aquí y ahora y forjar un movimiento con un horizonte transformador: solo en esta dialéctica, que tiene dos caras indisolubles, puede forjarse una fuerza.</p>
<p>Pero para ello debemos dotarnos de nueva capacidad táctica. Es ahí donde aparece la huelga general como horizonte. Es obvio que la huelga general en sí misma no puede ser tampoco un fin, pero sí un horizonte mediato que suponga un nuevo salto en la lucha, el conflicto y la acumulación de fuerzas, dotando al conjunto de la clase de una perspectiva específica que evite la dispersión y ponga en el centro la acción política de masas.</p>
<blockquote><p>Es obvio que la huelga general en sí misma no puede ser tampoco un fin, pero sí un horizonte que suponga un nuevo salto en la lucha</p></blockquote>
<p>Una huelga general en este contexto debería partir de varias premisas. La primera es que no puede ser una huelga de minorías, convocada exclusivamente en torno a los sindicatos combativos, que, por supuesto, pueden y deben jugar un papel clave en todo el asunto. Se necesita arrastrar al menos a un sector de la clase obrera organizado bajo el ala de las grandes burocracias sindicales, aunque cada sitio tiene sus particularidades. Si algún comunista tiene algún reparo con esto, antes de hiperventilar, le recomendamos leer los textos de la Internacional Comunista y estudiar su práctica durante el III y IV Congreso de la Internacional Comunista. Sin embargo, esto no se va a conseguir mediante la apelación abstracta ni la negociación por arriba. Hace falta una presión enorme y constante por abajo. Debemos buscar un modelo adecuado. Por ejemplo, las huelgas feministas que fueron convocadas por las asambleas del 8M puede servir como punto de partida. Un modelo de huelga general que combina la movilización de los sectores más avanzados en el centro de trabajo con la movilización política amplia, concentrando en una jornada diferentes repertorios de acción.</p>
<p>El Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda pueden impulsar asambleas por la huelga general y, en muchos sitios, confluir con otros sectores, como por ejemplo el potente y organizado movimiento educativo, que en realidad está más estructurado que el de vivienda, aunque tenga menos centralidad. La clave para que el movimiento se desarrolle es ser capaces de expandir y fortalecer el movimiento entre la clase trabajadora con una táctica coherente e independiente. La huelga general, por lo tanto, implica una tendencia unitaria en la acción, en torno a vectores de organización específicos. Lo virtuoso, en este caso, será utilizar el eje de la vivienda, convertido en el punto central de una crisis política, en un agregador de demandas sin terminar siendo un pastiche que, más que sumar, disperse.</p>
<blockquote><p>No podemos tener una concepción gradualista de la organización de la huelga.</p></blockquote>
<p>Tampoco podemos tener una concepción gradualista de la organización de la huelga. Esta situación no se prolongará meses, excepto si nos vamos dotando de herramientas para el avance rápido. Un repliegue ahora mismo supondrá la pérdida de una centralidad contingente. La huelga no puede plantearse a meses vista. Aunque pueda parecer contraintuitivo, estamos hablando de semanas. Este movimiento no avanza sobre una estructuración ya establecida: más bien, hay que estructurarlo a través de la acción y la coyuntura. Cualquier acontecimiento, en un clima tan volátil, puede cambiar la agenda si el movimiento no es capaz de escalar la lucha. Por eso, hay cierta urgencia: no podemos parar. Necesitamos dar un paso adelante para convertir el salto en fuerza. No hay mejor camino para independizarse del progresismo, luchar por la hegemonía más allá de la retórica, y enfrentarse con la derecha radical de forma real que profundizar, extender y elevar el nivel de la lucha. Convertir en realidad la huelga general, que ha vuelto a las calles como consigna, es una buena vía para afrontar estos retos.</p>
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		<title>Qué puede una acampada. Hacia la nueva Comuna de Madrid</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Pablo Carmona]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Sep 2026 08:22:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La Comuna de Madrid debe recorrer como un fantasma cada conflicto de la ciudad hasta acabar con el proceso de fascistización que parecía avanzar imparable y que nos ataba a la izquierda progresista como única tabla de salvación. Ahora no hay más color ni bandera que la de la autoorganización de las plazas y sus posibilidades de expansión. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La acampada de la Puerta del Sol se desborda. Las comparaciones con el movimiento de las plazas de 2011 se multiplican. Ahora, como entonces, se trata de convertir el desborde en un cambio político que arrase —a derecha y a izquierda— con la política institucional y alumbre nuevas posibilidades de lucha.</p>
<p>Las noches del 27 y el 28 de septiembre lo han confirmado. Lo que empezó siendo una acampada de un par de centenares de personas ya reúne a miles. Pero, más allá de las comparaciones con el pasado, este movimiento tiene características propias y hay que intentar analizarlas.</p>
<p>No cabe duda de que existen muchas similitudes con lo sucedido entonces. De nuevo, una generación joven en crisis, esta vez con la vivienda como principal espacio de lucha. También se repite que sean organizaciones concretas —entonces Democracia Real Ya; hoy, el Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda— las que prenden la primera chispa. Y, por supuesto, se repite la acampada tras una manifestación masiva que en apenas dos días supera todas las previsiones y nos lleva a un punto nuevo.</p>
<p>Pero también tiene elementos de contexto novedosos. Por un lado la crisis de inflación y de deuda pública no están aún decantadas. Además existe un amplio campo institucional a la izquierda del PSOE que complejiza la situación. En resumen, la crisis económica que rodea la situación está muy alejada de la de 2011.</p>
<h3>Más allá de la vivienda</h3>
<p>La movilizaciones esconden un secreto a voces: el problema de la vivienda no se va a arreglar en nuestro país. Ni el decreto del Gobierno ni las medidas más radicales propuestas desde el movimiento de vivienda pueden resolverlo por sí solas.</p>
<p>Por mucho que se congelen los precios o se hagan indefinidos los alquileres, incluso aunque los precios bajen, la vivienda seguirá siendo inaccesible. Así lo manda el sistema de propiedad y así lo manda el mercado laboral precario sobre el que funciona el capitalismo español.</p>
<blockquote><p>De todas estas propuestas, las medidas más radicales beneficiarán a quienes tienen que pagar un alquiler</p></blockquote>
<p>Aunque tampoco debemos ser ingenuos. De todas estas propuestas, las medidas más radicales beneficiarán a quienes tienen que pagar un alquiler, pero no a quienes ya solo pueden alquilar una habitación o a los que no pueden permitirse ni lo uno ni lo otro. En todo caso, las medidas más ambiciosas paliarán parcialmente y de manera temporal algunos problemas, además de servir de prueba de que organizarse y luchar merece la pena. Pero debemos pensar en cómo ir más allá.</p>
<p>El salario más frecuente –el que más trabajadores cobran– es de unos 1.376 € al mes en 12 pagas. Una habitación con gastos en Madrid supera con creces los 600 euros. Y aquí está la clave. Si el mercado de la vivienda es inestable y precario, el mercado laboral lo es aún más. La subida de precios de la alimentación, la energía, los suministros y la vivienda se cruzan con salarios bajos y, sobre todo, con un mercado laboral de alta rotación y temporalidad. Es decir, podríamos garantizar por ley contratos de arrendamiento indefinidos, pero tarde o temprano no tendríamos dinero para pagarlos.</p>
<p>En resumen, solo quienes tengan un empleo fijo y unos ingresos estables podrían pagar indefinidamente un alquiler o una hipoteca. Para el resto, en España, la crisis de la vivienda se convertirá en una crisis de impago. Por eso, parar todos los desahucios solo será posible con la organización política de estos impagos. Esto es, con un sistema de autodefensa, organización y desobediencia que pare -haya decreto o no- los más de 25.000 desahucios que se esperan este año.</p>
<h3>La Comuna de Madrid</h3>
<p>Si aceptamos esta verdad, estamos obligados a escapar de la lógica que nos subordina a las políticas del Estado. Salir de una lógica que sitúa al movimiento de las plazas como un mero proponente de leyes al Parlamento sometido a las lógicas de relación y dependencia con la izquierda parlamentaria en el gobierno.</p>
<p>De manera que las acampadas, el nuevo movimiento de las plazas, debería sacudirse su manto original, ligado a unos objetivos o a unas organizaciones determinadas, para empezar a disputarle al campo de la representación profesionalizada el monopolio de la política. No para levantarse como una nueva opción electoral, sino para tumbar todas las existentes.</p>
<p>En 2011, las masivas acampadas de Sol fueron apodadas como <em>La Comuna de Madrid</em> en recuerdo de la Comuna de París de 1871. Se ponía así el foco en las prácticas destituyentes, de demolición del conjunto del sistema político, incluidos sus partidos de izquierdas, para componer un nuevo horizonte construido a partir de la desobediencia masiva y la toma de las plazas.</p>
<p>Ya no se trata de ser los mejores ingenieros de políticas públicas ni de tener la varita mágica con la que tocar a este o aquel partido político. El movimiento debe ser capaz de hacer temblar a todo el arco parlamentario y, en especial, de hacer que su flanco izquierdo tema por su supervivencia o, por lo menos, de llevar las protestas tan lejos como se pueda.</p>
<blockquote><p>Hay que poner en marcha todo tipo de medios de agitación y debate político, herramientas de desobediencia civil, ocupaciones, huelgas y manifestaciones</p></blockquote>
<p>Para ello hay que poner en marcha todo tipo de medios de agitación y debate político, herramientas de desobediencia civil, ocupaciones, huelgas y manifestaciones. La Comuna de Madrid debe recorrer como un fantasma cada conflicto de la ciudad hasta acabar con el proceso de fascistización que parecía avanzar imparable y que nos ataba a la izquierda progresista como única tabla de salvación.</p>
<p>Ahora no hay más color ni bandera que la de la autoorganización de las plazas y sus posibilidades de expansión. Seguro que eso da miedo a quienes pensaron que cualquier salto cualitativo en la historia llegaba, como los niños al parque, llevado de la mano de alguna organización o grupo concreto. La Comuna de Madrid será de todos y todas, o no será.</p>
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		<title>Feminismo, interseccionalidad y marxismo: debates sobre género, raza y clase</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Josefina L. Martínez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 23 Sep 2026 07:17:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos/Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este artículo recorre la historia del concepto interseccionalidad que nació como crítica radical de las feministas negras y socialistas pero que con el neoliberalismo se convirtió en parte del lenguaje de la diversidad y el reconocimiento. Se discuten aquí sus límites desde el marxismo. Sin una política de clase, la suma de opresiones no basta para emanciparse.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La <em>interseccionalidad</em> es una palabra frecuente en ámbitos académicos, entre el activismo feminista y los movimientos sociales. «Clase, raza y género» es la «santísima trinidad de nuestra época», como señaló Terry Eagleton<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup>. Se habla de <em>interseccionalidad</em>, pero muchas veces no está claro qué define. ¿Es una teoría o una descripción empírica? ¿Opera en el ámbito de la subjetividad individual o analiza sistemas de dominación? Y finalmente: ¿qué dice sobre las causas de las opresiones que se cruzan y, sobre todo, sobre las vías para la emancipación?</p>
<p>Aunque ya existían reflexiones sobre la relación entre género, raza y clase en los debates del marxismo y la izquierda desde mucho antes, el concepto de <em>interseccionalidad</em> apareció definido por primera vez como tal en un artículo publicado en 1989 por la abogada y feminista negra Kimberlé Crenshaw<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup>, que buscaba dar una respuesta en el ámbito de la legislación antidiscriminatoria en Estados Unidos. Un origen que, sin dudas, marcó los contornos del concepto, como veremos más adelante. Sin embargo, su antecedente más importante se encuentra en las elaboraciones de las feministas negras de los años 70, como el colectivo Combahee River Collective, quienes plantearon una crítica «interseccional» a los movimientos de liberación, en el marco de la segunda ola feminista y la radicalización política del período.</p>
<p>En este artículo proponemos un breve recorrido por los antecedentes históricos, las primeras formulaciones del concepto, <a href="https://www.laizquierdadiario.com/Feminismo-cool-victorias-que-son-de-otras">su deriva con el auge del posmodernismo</a> y el debate que se plantea hoy desde los movimientos sociales. Al mismo tiempo, establecemos un contrapunto crítico desde el marxismo con las teorías de la interseccionalidad.</p>
<h3>1. El Combahee River Collective y las feministas negras</h3>
<p>En 1977 se publicó el Manifiesto del Combahee River Collective (Colectivo del Río Combahee). Su nombre era un homenaje a la valiente acción militar que había liderado la exesclava y abolicionista Harriet Tubman en 1863, logrando liberar a 750 esclavos entre los cañonazos enemigos. Fue la única mujer que encabezó una operación del ejército durante la Guerra Civil norteamericana.</p>
<p>Las feministas negras de los años 70 se reconocían como parte de una tradición histórica de lucha de las mujeres negras desde el siglo XIX. En su libro <em>Mujeres, raza y clase</em><sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup>, Angela Davis recupera su papel en el movimiento abolicionista en Estados Unidos. <a href="https://www.laizquierdadiario.com/Sojourner-Truth-acaso-no-soy-una-mujer">Sojourner Truth</a> pasó a la historia por su discurso en la conferencia sufragista de Ohio en 1851. Un hombre había argumentado que las mujeres no podían votar porque eran el «sexo débil», ante lo que Sojourner Truth respondió de forma potente:</p>
<p style="padding-left: 40px;">“¡Yo he arado, he sembrado y he cosechado en los graneros sin que ningún hombre pudiera ganarme! ¿Y acaso no soy una mujer? Podía trabajar como un hombre, y comer tanto como él cuando tenía la comida ¡y también soportar el látigo! ¿Y acaso no soy una mujer? He dado a luz a trece niños y he visto vender a la mayoría de ellos a la esclavitud… ¿Y acaso no soy una mujer?”</p>
<blockquote><p>Su respuesta era una impugnación al relato patriarcal que construía la «femineidad» considerando a las mujeres como seres débiles</p></blockquote>
<p>Su respuesta era una impugnación al relato patriarcal que construía la «femineidad» considerando a las mujeres como seres débiles, «naturalmente» inferiores e incapaces de ejercer la ciudadanía política. Pero era también un cuestionamiento a las sufragistas blancas, ya que muchas de ellas dejaban de lado las reivindicaciones de las mujeres negras y de las trabajadoras.</p>
<p>A mediados de los años 70 del siglo XX, varias mujeres negras decidieron recuperar aquella tradición y constituirse en grupos militantes, después de haber tenido una mala experiencia en el movimiento feminista blanco y en organizaciones por la liberación del pueblo negro. Con la publicación del Manifiesto del Combahee River Collective, las feministas negras cuestionaron simultáneamente al feminismo blanco, al movimiento negro y al feminismo negro burgués de la NBFO (National Black Feminist Organization).</p>
<p>Establecían como punto de partida la experiencia compartida de una simultaneidad de opresiones, la <em>trilogía de clase, raza y género</em>, a la que se agregaba también la opresión sexual. Desde esa posición apuntaban una crítica contra el movimiento feminista hegemonizado por el feminismo radical. Esta corriente interpretaba las contradicciones sociales mediante la oposición entre «clases sexuales»<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup> y otorgaba absoluta prioridad a un sistema de dominación –el patriarcado– sobre todos los demás<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup>. Al cuestionar la preeminencia de la opresión sexual o de género por sobre las de raza y clase, las feministas negras polemizaban también con las tendencias abiertamente separatistas o de «guerra de sexos» que se fortalecieron en el feminismo de fines de los 70, al que definían como un movimiento orientado por los intereses de mujeres blancas de clase media. También sostenían que todo tipo de determinación biologicista de la identidad podía llevar a posiciones reaccionarias.</p>
<p style="padding-left: 40px;">“Aunque somos feministas y lesbianas, sentimos solidaridad con los hombres Negros progresistas y no defendemos el proceso de fraccionamiento que exigen las mujeres blancas separatistas.”</p>
<p>En su libro <a href="https://traficantes.net/libros/el-feminismo-es-para-todo-el-mundo"><em>El feminismo es para todo el mundo</em></a> (Traficantes de Sueños), la feminista negra bell hooks plantea que, en aquellos años, «las visiones utópicas de la sororidad» y la definición ahistórica del patriarcado se vieron cuestionadas por los debates de raza y clase. Haciendo un balance, asegura que «las mujeres blancas que trataron de organizar el movimiento en torno a la idea de la opresión compartida y que proponían que las mujeres formábamos una clase o casta sexual fueron las más reacias a admitir las diferencias entre mujeres». También destaca la polémica con las corrientes separatistas dentro del movimiento:</p>
<p style="padding-left: 40px;">“Retrataban a todos los hombres como el enemigo para representar a todas las mujeres como víctimas. Poner el foco en los hombres desviaba la atención sobre los privilegios de clase de algunas activistas feministas, así como de su deseo de aumentar su poder de clase.”</p>
<p>En el Manifiesto del Combahee River Collective, la lucha por la emancipación de las mujeres negras y del pueblo negro era inseparable de la lucha contra el sistema capitalista. Por eso se adherían explícitamente a la lucha por el socialismo:</p>
<p style="padding-left: 40px;">“Reconocemos que la liberación de toda la gente oprimida requiere la destrucción de los sistemas políticos y económicos del capitalismo y del imperialismo tanto como el del patriarcado. Somos socialistas porque creemos que el trabajo se tiene que organizar para el beneficio colectivo de los que hacen el trabajo y crean los productos (…) No estamos convencidas, sin embargo, de que una revolución socialista que no sea también una revolución feminista y antirracista nos garantizará nuestra liberación.”</p>
<p>En relación con el marxismo, aseguraban que acordaban en lo fundamental con la teoría de Marx en cuanto «a las relaciones económicas específicas», pero consideraban que el análisis tenía que «extenderse más para que nosotras comprendamos nuestra específica situación económica como Negras». Cabe señalar que, aunque hacían una definición sobre la necesidad de una revolución socialista, las tareas prácticas que proponían como grupo se limitaban sobre todo a talleres de autoconciencia y la lucha por derechos concretos de las mujeres negras en los barrios.</p>
<p>En el Manifiesto aparece la noción de <em>políticas de la identidad</em> como respuesta a la forma específica en que experimentan la opresión las mujeres negras. El autorreconocimiento de la propia identidad se plantea como un momento necesario para establecer <em>a posteriori</em> una confluencia con otros movimientos de liberación. Hay una tensión presente entre la constitución de una identidad diferenciada y la confluencia con el resto de los oprimidos para la lucha contra un sistema que combina formas de dominación económica, sexual y racial.</p>
<p>Unos años después, sin embargo, al cambiar drásticamente el contexto social, político e ideológico con el auge del neoliberalismo y el posmodernismo, el concepto de <em>interseccionalidad</em> tomará un nuevo sentido. Mientras la transformación radical de la sociedad ya no estará en su horizonte, se tenderá a licuar el momento de la acción colectiva, cobrará más peso la multiplicación de «identidades» diferenciadas y la exigencia de políticas de reconocimiento en el seno de la sociedad capitalista.</p>
<h3>2. La interseccionalidad como categoría de la discriminación</h3>
<p>Kimberlé Crenshaw definió por primera vez el concepto de <em>interseccionalidad</em> en 1989. Allí señalaba que el tratamiento por separado de las discriminaciones de raza y género, como «categorías mutuamente excluyentes de la experiencia y el análisis», tenía consecuencias problemáticas para la jurisprudencia, para la teoría feminista y para las políticas antirracistas. Por ese motivo proponía «contrastar la multidimensionalidad de la experiencia de las mujeres negras, frente al análisis de un solo eje que distorsiona estas experiencias».</p>
<p>Señala que toda conceptualización basada en un solo eje de la discriminación (sea la raza, el género, la sexualidad o la clase) borra a las mujeres negras de la identificación y la posibilidad de resolución de la discriminación, limitando el análisis a las experiencias de miembros privilegiados de cada grupo. En los casos de discriminación racial, esta tiende a ser vista desde el punto de vista de los negros con privilegios de género o clase; mientras que, en los casos de discriminación de género, el foco se pone en las mujeres blancas y con recursos económicos. Como «la experiencia interseccional es más que la suma de racismo y sexismo, cualquier análisis que no tome en cuenta la interseccionalidad, no puede abordar suficientemente la manera particular en que las mujeres negras son subordinadas».</p>
<blockquote><p>A fines de los años 80, por lo tanto, el concepto de interseccionalidad aparece como una categoría para complejizar las experiencias de la «discriminación»</p></blockquote>
<p>En su análisis, Crenshaw examina cómo han sido rechazadas desde el poder judicial varias querellas iniciadas por mujeres negras. Uno de los casos que analiza es DeGraffenreid vs. General Motors. Cinco mujeres demandaron a la multinacional alegando discriminación laboral, ya que como mujeres negras no conseguían ser promovidas a mejores categorías laborales. El juzgado denegó la demanda, alegando que no se podía establecer la existencia de una discriminación por ser «mujeres negras», que no constituían un grupo objeto de una discriminación especial. Aceptaba, en cambio, investigar si se había producido segregación racial o de género, pero «no una combinación de ambas». Finalmente, el juzgado determinó que como GM había contratado a mujeres –mujeres blancas– no había discriminación de género. Y como había contratado a personas negras –hombres negros– no existía discriminación de raza. La demanda de las mujeres negras no prosperó. La corte sostenía que aceptarla abriría una «caja de Pandora».</p>
<p>Crenshaw señala que el objetivo de la interseccionalidad es reconocer que las mujeres negras pueden experimentar una discriminación que tiene formas complejas y que el marco conceptual unidireccional no permite abordarlas. A fines de los años 80, por lo tanto, el concepto de interseccionalidad aparece como una categoría para complejizar las experiencias de la «discriminación», con el objetivo de establecer nueva jurisprudencia que permitiera regular «políticas de la diversidad» desde el Estado.</p>
<p>Posteriormente, la socióloga norteamericana y estudiosa del feminismo negro Patricia Hill Collins definió la interseccionalidad como un «conjunto distintivo de prácticas sociales que acompañan nuestra historia particular dentro de una matriz única de dominación caracterizada por opresiones interseccionales»<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup>. En su caso, la interseccionalidad define un proyecto de «justicia social», que busca confluencia o coaliciones con otros «proyectos de justicia social».</p>
<p>El concepto de interseccionalidad fue desarrollado a partir de entonces por muchas otras intelectuales feministas negras, latinas y asiáticas, en el marco de la expansión de los «Women&#8217;s Studies» en la academia. La interseccionalidad se transformó en una palabra de moda en congresos y simposios, se crearon departamentos de investigación y ONG para desarrollar estudios interseccionales en el ámbito de la economía, el derecho, la sociología, la cultura y las políticas públicas. A la trilogía de género, raza y clase se agregaron otros vectores de opresión como la sexualidad, la nacionalidad, la edad o la diversidad funcional. Y si bien permitió una gran visibilidad para la situación específica de opresión de múltiples grupos y comunidades, paradójicamente se desarrolló en el marco de un clima de resignación ante las estructuras sociales capitalistas, que ahora eran percibidas como algo imposible de cuestionar.</p>
<h3>3. Interseccionalidad, políticas de la identidad y múltiples diferencias</h3>
<p>El auge de los estudios de la <em>interseccionalidad</em> en la academia coincide con la apertura de una nueva etapa histórica que transformó completamente el clima intelectual y político bajo el neoliberalismo. El período de la «Restauración burguesa»<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup> o auge neoliberal implicó un ataque generalizado a conquistas de la clase trabajadora a nivel mundial, políticas de privatización y desregulación, que avanzaron de forma arrolladora ante la defección de las direcciones sindicales y políticas de la clase trabajadora. Esto provocó un aumento de la fragmentación interna de la clase trabajadora y una enorme pérdida de subjetividad de clase.</p>
<p>En este nuevo contexto, pasamos de la radicalidad de las feministas negras y socialistas del Combahee River a formular la interseccionalidad bajo la creciente fragmentación de los sujetos, desde el prisma de la posmodernidad. La idea de interseccionalidad se hace más afín a la de «diversidad» y a las «políticas de la identidad».</p>
<p>En esta formulación hay un desplazamiento de lo colectivo a lo individual, de lo material a lo subjetivo, en un proceso de «culturalización» de las relaciones de dominación. Por esta vía se instala la idea de que la lucha de los grupos oprimidos pasa en lo fundamental por constituir una autoconciencia de la propia identidad –un «saber situado»–, para lograr que los grupos privilegiados (hombres, mujeres blancas, mujeres heterosexuales, etc.) «deconstruyan» sus privilegios y reconozcan la diversidad. En el marco del «giro cultural» posmoderno, las identidades se presentan construidas exclusivamente desde el discurso, por lo que las posibilidades de resistir se restringen al ejercicio de un contrarrelato.</p>
<blockquote><p>Esta perspectiva, sin embargo, no se puede aplicar a la explotación de clase</p></blockquote>
<p>Esta perspectiva, sin embargo, no se puede aplicar a la explotación de clase: ¿o acaso se puede esperar que los dueños de los medios de producción, los banqueros y capitalistas «deconstruyan» su poder mediante un ejercicio de autorreflexión? En realidad, el planteo tampoco es viable como estrategia para terminar con el racismo, el heterosexismo y el machismo, a menos que se considere que esos «ejes de dominación» son entidades separadas, que operan exclusivamente en el ámbito cultural o ideológico, en vez de estar entrelazadas a las relaciones materiales y estructurales del capitalismo.</p>
<p>Por otro lado, la multiplicación de una serie cada vez más extensa de identidades oprimidas, sin considerar la posibilidad de transformar radicalmente las relaciones sociales capitalistas sobre las cuales esas opresiones se establecen, dio lugar a prácticas de «guetificación» y separación dentro del activismo. Pratibha Parmar alertó del problema:</p>
<p style="padding-left: 40px;">“Ha tenido lugar un énfasis en la acumulación de una colección de identidades oprimidas que, por otro lado, han dado lugar a toda una jerarquía de la opresión. Dicha jerarquía no sólo ha sido destructiva, sino también divisoria e inmovilizadora. (…) muchas mujeres se han replegado hacia una &#8216;política del estilo de vida&#8217;, propia del gueto, y se ven a sí mismas incapaces de moverse más allá de la experiencia individual y personal<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup>.”</p>
<p>Como contracara de esa impotencia, el sistema capitalista se apropió del estallido de la «diversidad» como mercado de identidades: podía asimilarlas siempre y cuando estas no apuntaran a la impugnación del sistema social de conjunto. Terry Eagleton señaló sobre el posmodernismo que tal vez</p>
<p style="padding-left: 40px;">“… su único y más duradero logro –el hecho de que ha ayudado a colocar las cuestiones de la sexualidad, del género y de lo étnico tan firmemente en la agenda política que resulta imposible imaginar que puedan ser eliminadas sin un esfuerzo poderoso– no fue más que un sustituto de formas clásicas de radicalismo político, que tratan de clases, Estado, ideología, revolución, modos materiales de producción.”<sup><a id="ffn9" class="footnote" href="#fn9">9</a></sup></p>
<p>En una nota al pie aclaraba, sin embargo, que no habían sido los intelectuales posmodernos quienes habían colocado aquellas cuestiones en la agenda política, sino la acción previa de los movimientos sociales mediante la lucha en los años 60 y 70. Lo cierto es que, una vez derrotada aquella oleada de radicalización política, la visibilidad que consiguieron las cuestiones de la raza, el género y la sexualidad creció al mismo tiempo que se invisibilizaba cada vez más la condición de clase (al punto que algunos llegaron a hablar de la desaparición de la clase obrera como tal).</p>
<h3>4. La retirada de la política de clase</h3>
<p>En la trilogía de clase/raza/género, la clase tendió a quedar diluida, o convertida en una identidad más, como si se tratara de una categoría de la estratificación social (por ingresos), o un tipo de ocupación laboral. Martha E. Gimenez señala que uno de los elementos característicos de las teorías de la interseccionalidad es el supuesto de que «para teorizar estas conexiones es necesario defender la hipótesis de la equivalencia entre opresiones», pero esto lleva a borrar lo específico de las relaciones de clase. <sup><a id="ffn10" class="footnote" href="#fn10">10</a></sup></p>
<p>Contra esa visión, hace falta señalar que raza, género y clase no son categorías directamente comparables. Esto no implica hacer una jerarquía de agravios, ni determinar cuál es más importante que otra para la experiencia subjetiva de las personas; se trata de buscar una comprensión mayor de la relación entre opresiones y explotación en la sociedad capitalista.</p>
<p>Por ejemplo, clase, raza y género operan de modo muy diferente en relación con la «igualdad» y la «diferencia». Históricamente, la burguesía ha intentado camuflar lo más posible la «diferencia social» de clase detrás de una ideología «igualitaria» del «libre contrato». Pero utiliza el racismo y el machismo para fijar «diferencias», que se atribuyen a condicionantes biológicos o «naturales» para justificar la desigualdad en la distribución de recursos, en el acceso a derechos, para defender la persistencia de una determinada división del trabajo, o lisa y llanamente, la esclavización de millones de personas –deshumanizándolas–.</p>
<blockquote><p>Desde una perspectiva emancipatoria se busca que ninguna diferencia pueda ser la base de una opresión</p></blockquote>
<p>Desde una perspectiva emancipatoria se busca que ninguna diferencia en el color de la piel, en el lugar de nacimiento, el sexo biológico o la elección sexual pueda ser la base de una opresión, un agravio o una desigualdad, al mismo tiempo que se reconoce la diversidad y se promueve el desarrollo del potencial creativo de todos los individuos, en el marco de la cooperación social. Pero en el caso de la diferencia de clase, se trata de eliminarla como tal, que no exista más. La clase trabajadora, mediante la lucha contra las relaciones sociales capitalistas, busca la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, lo que implica la eliminación de la burguesía como clase y la posibilidad de terminar con toda sociedad de clases.</p>
<p>La diferencia social entre los dueños de los medios de producción y aquellos que se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario estructura la sociedad capitalista, más allá de todos los intentos por invisibilizar esta contradicción. Las relaciones patriarcales –que surgieron miles de años antes del capitalismo– y el racismo no son entidades ahistóricas, sino que han adquirido nuevas formas y un contenido social específico en el marco de las relaciones sociales capitalistas.</p>
<p>El capitalismo utiliza prejuicios patriarcales para establecer una diferenciación como nunca entre lo «público» y lo «privado», entre el ámbito de la producción y el ámbito del hogar, donde las mujeres sostienen –como trabajo invisibilizado– una gran parte de las tareas de reproducción social de la fuerza laboral, necesaria para la reproducción del capital. Instituciones como la familia, el matrimonio o la normatividad heterosexual, reformuladas bajo nuevas relaciones sociales, socializan y naturalizan ese papel para las mujeres. Las múltiples manifestaciones de la opresión de género y los dolorosos agravios que implican para millones de mujeres mediante la violencia o los femicidios no se «reducen» a las relaciones de clase, pero no pueden explicarse sin articular las categorías de opresión y explotación.</p>
<p>Mediante el racismo se pretendió justificar ideológicamente la esclavización de millones de seres humanos, en el mismo momento en que la Ilustración elevaba las ideas de la «libertad», la «igualdad» y la «fraternidad» como base de los «derechos del hombre». El racismo acompañó y reforzó la gran empresa colonialista de los Estados imperialistas, así como el genocidio interno –en el caso de EE. UU., contra las poblaciones indígenas–. En ese país, después de la Guerra Civil y la abolición de la esclavitud, el racismo siguió siendo –hasta el día de hoy– la argamasa sobre la que se asienta la exclusión de gran parte de la población, tratados como «ciudadanos de segunda» y «trabajadores de segunda», promoviendo la división en el seno de la clase obrera norteamericana. A su vez, como denunciaron las feministas negras, la opresión racial y la opresión de género se combinan magistralmente para maximizar las ganancias capitalistas: es un hecho la existencia de una brecha salarial mayor para las trabajadoras negras y latinas en Estados Unidos, tanto como la violencia institucional y policial hacia los jóvenes negros. También resurge para apoyar políticas de racismo y xenofobia contra las personas migrantes en Europa, donde son tratadas como mano de obra de segunda y carecen de derechos sociales y democráticos elementales.</p>
<h3>5. Marxismo e interseccionalidad</h3>
<p>En <em>El Capital</em>, Marx escribió que «la fuerza de trabajo en una piel blanca no puede emanciparse a sí misma mientras la fuerza de trabajo en una piel negra sea marcada con hierro candente». En una obra temprana, había señalado junto con Engels que «los progresos sociales, los cambios de períodos se operan en razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad; y las decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres&#8230;», parafraseando al socialista utópico Fourier. Por otra parte, en <em>La situación de la clase obrera en Inglaterra</em> Engels había analizado de forma concreta la realidad de las mujeres trabajadoras que ingresaban masivamente a la producción capitalista y experimentaban los dobles agravios de la opresión y la explotación. En <em>El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado</em>, Engels retomaba los estudios etnológicos incompletos de su amigo para desarrollar un análisis de la institución familiar en la historia y la opresión de las mujeres.</p>
<p>El marxismo revolucionario ha analizado la relación entre explotación y opresiones también en otros sentidos. Por ejemplo, cuando Marx y Engels señalaban que el proletariado inglés no podría ser libre si sus derechos se asentaban en la opresión de los trabajadores irlandeses. O, más tarde, cuando Lenin sostenía que un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre, y defendía el derecho a la autodeterminación nacional, así como la lucha contra la opresión colonial de los pueblos.</p>
<p>En un artículo crítico con las teorías de la interseccionalidad, Lise Vogel sostiene correctamente que las feministas socialistas de los años 60 y 70 ya habían planteado –antes de que el término interseccionalidad se pusiera de moda– el cruce entre patriarcado, racismo y capitalismo. Hay que agregar que mucho antes ya se había desarrollado una nutrida tradición del pensamiento feminista socialista: desde Flora Tristán, pasando por Engels y Clara Zetkin, las revolucionarias rusas y muchas otras; esta corriente se materializó en importantes conferencias internacionales de mujeres socialistas, en programas y organizaciones de mujeres trabajadoras y campesinas. El Programa de Transición escrito por León Trotsky y adoptado por la Cuarta Internacional en 1938 inscribe entre sus banderas la necesidad de dar «¡Paso a la juventud! ¡Paso a las mujeres trabajadoras!» para buscar «apoyo en los sectores más oprimidos de la clase trabajadora».</p>
<p>Desde las teorías de la interseccionalidad se suele criticar al marxismo por «reduccionismo de clase». Pero defender la centralidad de un «análisis de clase» no significa limitar el mismo a la actividad de los sindicatos en luchas salariales. Esa es una visión corporativa y economicista de clase, o estrechamente sindicalista. Es cierto que la práctica de gran parte de los partidos comunistas estalinizados, así como de las burocracias sindicales en el siglo XX ha sido un despliegue de esa estrecha política corporativa, profundizando la escisión entre la «política de clase» y la lucha de los movimientos contra las opresiones. Pero solo bajo el falso presupuesto de equiparar estalinismo con marxismo se puede afirmar que este no ha considerado la «intersección» de la explotación de clase con la opresión de género, con el racismo, la opresión colonial o la sexualidad.</p>
<p>El análisis de clase apunta a develar las relaciones que estructuran la sociedad capitalista, basada en la extracción generalizada de plusvalor para la acumulación de capital, pero también a la apropiación del trabajo reproductivo de las mujeres en el hogar, así como a la concentración de capitales en grandes monopolios, la expansión del capital financiero y la competencia entre Estados imperialistas, llevando a guerras y expoliaciones globales. También implica analizar cómo el capital utiliza y fija las «diferencias», alimentando ideologías racistas, misóginas y xenófobas, para maximizar la explotación y provocar divisiones al interior de las filas de la clase trabajadora. Este análisis de clase, lejos de ser «reduccionista económico», incluye la interacción de elementos políticos y sociales y permite comprender más profundamente la articulación de las relaciones de clase con el racismo, el patriarcado o el heterosexismo.</p>
<p>Al mismo tiempo, es el reconocimiento de que la clase trabajadora, que en el siglo XXI es más diversa, racializada y feminizada que nunca en la historia, si logra superar las divisiones y fragmentaciones internas, tiene la capacidad única de destruir al capital y poner bajo su control el conjunto de la economía, la industria, el transporte y las comunicaciones, como la base para organizar una nueva sociedad de productores libres. La retirada de la «política de clase» significa en realidad el abandono de la lucha contra el sistema capitalista, sin la cual no se podrá terminar con los terribles agravios que provocan la explotación y las opresiones de raza, género o sexualidad.</p>
<p>Después de la crisis capitalista de 2008, con la emergencia de nuevos movimientos de resistencia a las políticas neoliberales, sectores del activismo feminista, movimientos antirracistas o de la juventud defienden en un nuevo sentido la idea de la «interseccionalidad» para formar coaliciones entre diversos grupos oprimidos. El movimiento de mujeres que organiza la huelga del 8M en el Estado español, por ejemplo, se ha definido como un movimiento «anticapitalista, antirracista, anticolonial y antifascista». Este es sin dudas un paso adelante muy importante hacia la confluencia de las luchas y una contratendencia a la lógica de la fragmentación. Sin embargo, la suma o «intersección» de movimientos de resistencia no es suficiente si no se articulan con una estrategia común para derrotar al capitalismo, sin lo cual no será posible terminar con el racismo ni con la opresión patriarcal.</p>
<p>No se trata de contraponer «movimientos» o «identidades» a una clase obrera abstracta y sin género. Nunca en la historia la clase trabajadora ha estado tan atravesada por la diversidad de género y raza como ahora. Las mujeres son hoy ya casi la mitad de la clase obrera, que tiene rostro de mujer negra, latina y asiática. La clave de una estrategia hegemónica, entonces, pasa por volver a poner en el centro una política de clase que incorpore de forma decidida la lucha contra todas las opresiones de género, de raza o sexualidad. Esto implica buscar unir lo que el capitalismo divide, fortaleciendo la unidad interna de la clase trabajadora, así como una política de alianzas con los movimientos que luchan contra las opresiones específicas. Esta perspectiva, junto al combate por expropiar a los expropiadores, es la única que puede permitir avanzar hacia una sociedad realmente libre.</p>
<p>Publicado originalmente en <a href="https://www.laizquierdadiario.com/Feminismo-interseccionalidad-y-marxismo-debates-sobre-genero-raza-y-clase#nb2-6">La Izquierda Diario</a>.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">Eagleton, Terry, <em>Against the Grain: Essays 1975–1985</em>, Londres, Verso, 1986. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">Crenshaw, Kimberlé, «Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics», <em>University of Chicago Legal Forum</em>, vol. 1989, n.º 1, 1989, pp. 139–167. <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">Davis, Angela, <em>Mujeres, raza y clase</em>, Madrid, Akal, 2004 (<em>Women, Race and Class</em>, 1981). <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">Tanto en términos del feminismo radical de Shulamith Firestone (<em>La dialéctica del sexo</em>, 1970) como del feminismo materialista de Christine Delphy («El enemigo principal», 1970). <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Tal como lo formuló Kate Millett en <em>Política sexual</em>, 1970. <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">Hill Collins, Patricia, «Rasgos distintivos del pensamiento feminista negro», en Jabardo, Mercedes (ed.), <em>Feminismos negros: una antología</em>, Madrid, Traficantes de Sueños, 2012 (<em>Black Feminist Thought</em>, Nueva York, Routledge, 2000). <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">Albamonte, Emilio, Matías Maiello, «En los límites de la restauración burguesa», <em>Estrategia Internacional</em>, n.º 27, febrero de 2011. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">Parmar, Pratibha, «Feminismo negro: la política como articulación», en Jabardo, Mercedes (ed.), <em>Feminismos negros: una antología</em>, Madrid, Traficantes de Sueños, 2012. <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
<li id="fn9">Eagleton, Terry, <em>Las ilusiones del posmodernismo</em>, Buenos Aires, Paidós, 1997. <a href="#ffn9">↩︎</a></li>
<li id="fn10">Gimenez, Martha E., <em>Marx, Women, and Capitalist Social Reproduction: Marxist Feminist Essays</em>, Leiden, Brill, 2019 (Historical Materialism Book Series, vol. 169). <a href="#ffn10">↩︎</a></li>
</ol>
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