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El objeto de este artículo es analizar las transformaciones de los así llamados movimientos sociales en las últimas décadas, en particular en y tras el ciclo 15M-Podemos. Este ciclo largo, que abarca los últimos quince años, estuvo protagonizado fundamentalmente por el 15M, pero también por Podemos, las apuestas municipalistas y más tarde por las oleadas de movilización masiva en torno a la Huelga Internacional Feminista y la lucha contra el cambio climático. Hoy, sin embargo, nos encontramos con un escenario profundamente distinto. Los movimientos sociales se desarrollan frente ―o junto― a un gobierno que se autodefine como feminista, verde, LGTB-friendly y comprometido con mitigar los excesos del capitalismo. En contraste con 2011, aquellos deseos colectivos de transformación radical de la realidad capitalista, parecen haber sido, en gran medida, absorbidos por las estructuras que antes se pretendía impugnar. La imaginación política ha sido domesticada. Los movimientos, sin desaparecer del todo, parecen haber aprendido a convivir con esta nueva forma de dominio.
A este proceso lo denominamos en el primer número de Cuadernos de Estrategia «La restauración de la normalidad».1 Una «normalidad» que definíamos en contraposición al acontecimiento excepcional del 15M, en tanto fuerte impugnación de la democracia representativa (bipartidismo), del monopolio de la decisión política en manos de profesionales de la representación, que supuso una apertura de la posibilidad de participación política a cualquiera. Y una «restauración» no tanto en términos historiográficos sino, más bien, como un retorno a un escenario similar al periodo previo a 2011, en el que la gramática política se definía en torno a una serie de elementos constitutivos del Régimen del ‘78: la vuelta de la política al eje izquierda / derecha, el retorno de los enfrentamientos entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos, y la democracia representativa partidista en tanto horizonte político de lo posible.2
Érase una vez… los movimientos sociales
El fondo del aire es rojo. Mayo del 68
La noción «nuevos movimientos sociales» es una etiqueta sociológica acuñada por teóricos sociales (Touraine, Melucci, Offe) ante las movilizaciones feministas, antirracistas, ecologistas y pacifistas de las décadas de 1960 y 1970, a los que calificaron como «nuevos» en contraposición al «viejo» movimiento obrero. Sus luchas fueron definidas como «posmateriales» al no centrarse en las reivindicaciones tradicionales laborales o salariales e incluir elementos de formas de vida, valores y relaciones sociales. Sus formas organizativas, descentralizadas y horizontales los distinguían de los grandes partidos o sindicatos del momento. Sus protagonistas, mujeres, disidencias sexuales, jóvenes, y no solo de clase obrera, también los hacían «novedosos». De forma desconcertante para el establishment, la sociedad estallaba en un momento de crecimiento económico.
Desde nuestro punto de vista, este término minusvaloraba y terminó invisibilizando los elementos anticapitalistas presentes de forma expresa en muchas de las tendencias de las movilizaciones posteriores al ‘68. No fue tanto una crítica a la vertiente materialista del movimiento obrero ni una impugnación del marxismo lo que estas movilizaciones encarnaban, sino la emergencia de sujetos invisibilizados hasta entonces con demandas que excedían lo laboral / salarial porque desde sus posiciones las condiciones de explotación / opresión eran otras.
Las revueltas de mayo del ‘68 como acontecimiento político de escala mundial tuvieron unos efectos que se extendieron mucho más allá de aquellos meses de primavera: marca el inicio de un periodo de fuerte cuestionamiento del orden capitalista hegemonizado por Estados Unidos. Aunque en este artículo nos vamos a centrar en las experiencias que se desarrollan en el centro del sistema mundo, en Occidente, no se puede entender el ‘68 sin las experiencias previas de los movimientos de liberación nacional, sin las luchas anticoloniales de Argelia, Vietnam o Cuba, o figuras como las de Fanon, el Che o Mao, quienes van a ejercer una enorme influencia en el pensamiento y en el imaginario político de aquellos años.
Existe abundante material en torno al ‘68. Sin embargo, aquí queremos recuperar especialmente la crítica que la revolución del ‘68 dirigió a la izquierda, tanto a los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional como a los partidos comunistas de la Tercera Internacional.3 Una crítica que es doble. Por un lado, se señala a sindicatos y partidos por invisibilizar, cuando no por colaborar directamente con la opresión de parte de la clase: la opresión racial como modalidad en la que se vive la clase, o la opresión sexista experimentada, por ejemplo, por «las obreras del hogar».4 Asimismo se les reprocha haberse acomodado en la gestión del capitalismo en expansión, sosteniendo el pacto fordista basado en la explotación de ciertos cuerpos y también de los recursos naturales finitos, y de no haberse opuesto a unas guerras que alimentaban la voracidad infinita del complejo militar-industrial y el imperialismo.
Por otro lado, la influencia de la cultura hippie, el uso recreativo de las drogas, la aparición de nuevas formas de expresión en la escritura, el teatro, el cine y la música tuvieron un fuerte impacto en las nuevas generaciones. La revolución subjetiva protagonizada por la juventud desbordó el terreno de la fábrica como lugar privilegiado del antagonismo. Esto supuso un cuestionamiento de toda forma de disciplina: no solo de la forma partido y de la separación entre dirigentes y dirigidos, sino también de la jerarquía y burocratización en todos los ámbitos de la vida (la escuela, los hospitales, la familia, etc.), que dio lugar a una revuelta cultural o al surgimiento de una contracultura centrada en la experimentación de nuevos patrones de vida familiar, laboral e incluso de rechazo al desarrollo de carreras profesionales.5
Los años del desencanto
La derrota en las urnas o por las armas de estas gigantes movilizaciones (el triunfo de De Gaulle, el terrorismo de Estado italiano) sumado a la crisis disparada por los precios del petróleo y aprovechada por monetaristas y neoliberales para dar un golpe de timón a escala global, cierran este ciclo. En la década de 1980, el movimiento obrero organizado se enfrentó con esta contrarrevolución capitalista encabezada por Thatcher y Reagan (cierres y reconversiones industriales, deslocalización de la producción, desregulación de la fuerza de trabajo); como sabemos, el polo neoliberal venció poniendo fin al segundo asalto protagonizado por el proletariado contra el capital y con él al viejo mundo de la clase obrera fordista en Europa y EE.UU. En la década de 1990, junto con la implosión de la URSS y la caída del muro de Berlín, emerge una nueva atmósfera intelectual que puso punto y final a una era. Se instala por aquellos años un nuevo sentido común de época. Los grandes relatos que tenían a la clase obrera como protagonista quedan inhabilitados, se desmantela progresivamente la propia institucionalidad obrera, y con ello se desvanece la posibilidad de un horizonte estratégico de transformación socialista de la sociedad. Son «los años de nuestro descontento», de la larga «travesía por el desierto» y en cierto sentido de renuncia a una transformación radical del sistema en su conjunto.6
Estas transformaciones asociadas a la contrarrevolución capitalista conllevaron a su vez la aparición de nuevas estrategias en los movimientos. Dos tendencias marcarán el periodo: una fracción proveniente de la época anterior opta por el «posibilismo», que supuso un proceso de despolitización, profesionalización e institucionalización de las luchas bajo la lógica del nuevo orden neoliberal y que terminará componiendo los nuevos cuadros de los partidos de la izquierda existente así como de las recién creadas ONG. Es la «industria de las relaciones raciales»7 que anima el multiculturalismo en Gran Bretaña o los programas que surgen de las Conferencias de la Mujer de la ONU.8 Otra parte del movimiento, reacia a la institucionalización y asentada en los márgenes, constituiría lo que se conoció como el «movimiento alternativo»,9 compuesto por corrientes no integradas en esta fase y, en buena medida, por una suerte de «autonomía juvenil», una subcultura con capacidad para la construcción de instituciones propias como centros sociales, medios de contrainformación, locales, bandas de música, sellos propios… Todo ello dio lugar a una escena cultural alternativa y nuevas formas de vida, aderezadas por la actitud punk del No Future y una práctica ética definida por el do it yourself.
Del movimiento non global al 15M
Conforme nos aproximamos al «fin de siglo», desde otras latitudes emergió como una bocanada de aire fresco el levantamiento zapatista en 1994. A medio camino entre el antiguo modelo de guerrilla y las nuevas formas de organización en red, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) representó una innovación política significativa. No se limitó a reproducir el ideario revolucionario clásico de tipo foquista, sino que puso en primer plano las propias tradiciones comunitarias indígenas. Su liderazgo se subordinaba a las comunidades, bajo el principio de «mandar obedeciendo», invirtiendo así las tradicionales relaciones jerárquicas. Además, su forma de lucha se basaba en la autonomía, la democracia directa y la autoorganización, sin tener como objetivo el poder estatal, sino más bien «cambiar el mundo sin tomar el poder». Finalmente, la comunicación y el uso de las nuevas tecnologías jugaron un papel central para superar el aislamiento y conseguir el apoyo y la solidaridad internacional.
Inspirado pues en el EZLN y aupado sobre la extensión de internet y el trabajo de organizaciones de coordinación global como Vía Campesina, surge a finales de la década de 1990 el movimiento antiglobalización. Son los años de las contracumbres, de los encuentros del Foro Social Mundial, de la emergencia de los Centros de Medios Independientes (Indymedia) y de la irrupción de una nueva generación de militantes y formas de lucha, escenificadas en los distintos tipos de enfrentamiento con la policía que protegía a las instituciones y líderes mundiales en los centros vallados de las ciudades. El movimiento antiglobalización estaba compuesto por colectivos y organizaciones diversos: sindicalistas, campesinos, anarquistas y disidencias que se reconocían como parte de un todo más amplio. Este movimiento descentralizado y plural, una nueva forma de internacionalismo, adoptará la forma red como forma principal de organización. Estas experiencias tuvieron su punto de inflexión en la contracumbre de Génova en 2001,10 marcadas por una feroz represión y el asesinato de Carlo Giuliani. Este hecho junto a los atentados del 11 de septiembre y los límites propios de una militancia nómada, que salta de una contracumbre a otra, marcará el fin de un ciclo y el inicio de una transición hacia formas de lucha más locales, descentralizadas y menos confrontativas.
En este sentido, desde las grandes movilizaciones contra la guerra en Irak de 2003 hasta la crisis de 2008, distintas experiencias irán germinando a lo largo de este periodo, compuestas fundamentalmente por grupos y colectivos «cuyo aspecto más interesante reside en la creación de dispositivos de lucha situados en algún lugar clave de la matriz social y económica, como la nueva forma de trabajo precario, la denegación de derechos a los migrantes transnacionales o las experimentaciones con nuevas tecnologías».11 Estas iniciativas trataban de superar ciertos límites de los movimientos marcados por una práctica fundamentalmente juvenil, de minorías, con poca capacidad de contagio sobre el resto de la sociedad. En sus propios términos, el objetivo consistía en «salir del gueto» y vincular dichas prácticas a la generación de comunidades en lucha, que se entienden al mismo tiempo como parte de una «red de movimientos» más amplia.
En el ámbito metropolitano, emergen las primeras experiencias de los denominados centros sociales 2.0 que no solo se erigen como instrumentos para disputar el derecho a la ciudad, sino que desarrollan proyectos productivos ligados a cooperativas o «empresas políticas», y, bajo el propósito de una alianza precario-migrante, acogen a las ODS (oficinas de derechos sociales). Este será el principal dispositivo de encuentro con la nueva composición social de una fuerza de trabajo precarizada y sin derechos, abriendo el campo del llamado sindicalismo social. En paralelo a las protestas universitarias surgidas contra la LOU (y después contra el Plan Bolonia), se organizan los primeros encuentros en torno a las nuevas tecnologías digitales, denominados hacklabs, así como laboratorios de autoformación al margen de las universidades en tanto canales oficiales de generación de conocimiento.
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- Véase La restauración de la normalidad, Cuadernos de estrategia, núm. 1, 2024. ↩︎
- Emmanuel Rodríguez, ¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el Régimen del ‘78, Madrid, Traficantes de Sueños, 2015. ↩︎
- Sobre la revolución de 1968, véase, «1968, una revolución en el sistema-mundo: tesis e interrogantes», en Immanuel Wallerstein, Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos, Madrid, Akal, 2004. ↩︎
- El término Le operaie della casa [obreras del hogar] guarda relación con el feminismo autónomo italiano de los años setenta. El término da título a una de las revistas que era el órgano de expresión del Comitato per il Salario al Lavoro Domestico di Padova, un grupo que contaba entre sus miembros más destacados a Mariarosa Dalla Costa y Leopoldina Fortunati. ↩︎
- Sobre la noción de contracultura, véase «Subculturas, cultura y clase» en Stuart Hall & Tony Jefferson (eds.), Rituales de resistencia, Madrid, Traficantes de Sueños, 2014. ↩︎
- Para tener un cuadro más completo de aquel periodo pueden leerse algunos títulos escritos por aquellos que, en situaciones muy adversas, cultivaron el pensamiento político: Antonio Negri, Cárcel y exilio. Historia de un comunista II, Madrid, Traficantes de Sueños, 2017; Paolo Virno, En los años de nuestro descontento. Diario de la contrarrevolución, Madrid, Traficantes de Sueños & Tercero Incluido, 2024; Félix Guattari, Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Madrid, Traficantes de Sueños, 2004; Santiago López Petit, Entre el ser y el poder. Una apuesta por el querer vivir, Madrid, Traficantes de Sueños, 2009. ↩︎
- Para un estudio pormenorizado de la pacificación de las luchas negras británicas a través de su constitución en objeto de atención particularista por parte del Estado, véase Avtar Brah, Cartografías de la diáspora, Madrid, Traficantes de Sueños, 2011; también los trabajos del Centro de Estudios de Cultura Contemporánea de Stuart Hall, en especial, CCCS, El imperio contraataca, Madrid, Traficantes de Sueños, 2025. Para un análisis de la transición a demandas sectoriales de reconocimiento, véase el texto de Marisa Pérez Colina en El sentido común punitivo, Cuadernos de Estrategia, núm. 3, 2025. ↩︎
- Sobre las cuatro Conferencias Mundiales sobre la Mujer (Ciudad de México 1975, Copenhague 1980, Nairobi 1985 y Pekín 1995), véase Susan Watkins, «¿Qué feminismos?», New Left Review, núm. 109, Madrid, 2018. ↩︎
- Para una aproximación, véase Ramón Fernández Durán, El movimiento alternativo en la RFA. El caso de Berlín, Madrid, Encrucijadas, 2016. ↩︎
- Sobre Génova puede leerse Raúl Sánchez Cedillo, «Lo que terminó y empezó en Génova» y Aitor Balbás Ruiz, «Génova 2001, città aperta», ambos artículos publicados en 2021 en El Salto. ↩︎
- Véase Emmanuel Rodríguez, Hipótesis democracia. Quince tesis para la revolución anunciada, Madrid, Traficantes de Sueños, p. 120. ↩︎




