El affaire Rockhill ¿Financió la CIA al marxismo occidental?

por | Feb 4, 2026 | Análisis, Teoría

"Who Paid the Pipers of Western Marxism?” sostiene que el marxismo occidental es, en realidad, un “marxismo imperial”, diseñado para desarmar la lucha de clases revolucionaria y sustituirla por una crítica cultural abstracta perfectamente compatible con el capitalismo.

Ya tenemos servida la próxima controversia para 2026 con la publicación de Who Paid the Pipers of Western Marxism?, de Gabriel Rockhill. Una traducción literal sería ¿Quién pagó a los gaiteros del marxismo occidental?, aunque así, en español, no se entiende demasiado. Quizá el sentido se acerque más a ¿Quién pagó a los palmeros del marxismo occidental?, por decir algo, o a quienes tocaban la música mientras otros bailaban. Al menos para un nicho muy específico de teóricos marxistas, este libro dará bastante que hablar —si no en la realidad material, al menos en Twitter y su ecosistema—. Y no llega solo: en Verso Books está por aparecer The Cultural Marxism Conspiracy, de A. J. A. Woods, que, independientemente de que sea o no una respuesta directa, podrá leerse como tal. Con ello queda garantizada una buena dosis de polémica más bien pueril destinada al nicho intelectual de izquierdas.

El libro ya ha sido presentado en la revista de izquierdas CounterPunch como el trabajo de un “insider” que critica la Imperial Theory Industry. Una grandilocuencia que aporta poco al pensamiento, pero mucho a la muy capitalista economía del clic, cuando no del ragebait. No es extraño, por tanto, que esta obra se haya convertido rápidamente en meme debido a su insinuación de que el llamado “marxismo occidental” habría sido financiado por la CIA para frenar el avance del “socialismo real”.

Rockhill critica a figuras como Adorno, Horkheimer y Marcuse por haber “academizado la política”

Rockhill sostiene que el marxismo occidental es, en realidad, un “marxismo imperial”, diseñado para desarmar la lucha de clases revolucionaria y sustituirla por una crítica cultural abstracta perfectamente compatible con el capitalismo. Critica a figuras como Adorno, Horkheimer y Marcuse por haber “academizado la política” y haberse refugiado en lo que György Lukács llamó el Gran Hotel Abismo: un espacio de lujo intelectual desde el cual se desprecia la praxis proletaria y se equipara sistemáticamente el comunismo con el fascismo bajo la cómoda etiqueta de “totalitarismo”.

Según Rockhill, estos autores desarrollaron lo que denomina la teoría ABS (Anything But Socialism): se aceptan críticas superficiales al sistema siempre que vayan acompañadas de un rechazo absoluto a los proyectos socialistas realmente existentes. El resultado sería una izquierda “compatible”, perfectamente integrada, que no representa amenaza alguna para el orden burgués.

Las pruebas de esta influencia imperialista se concentran en el complejo financiero-estatal-intelectual. Rockhill subraya que siete miembros de la Escuela de Frankfurt trabajaron directamente para el Estado estadounidense en agencias de inteligencia y propaganda como la OSS (antecesora de la CIA) y el Departamento de Estado. Herbert Marcuse, por ejemplo, habría dirigido el Comité sobre Comunismo Mundial, cuyos informes sirvieron a la CIA para planificar estrategias de guerra psicológica. El autor también documenta cómo la Fundación Rockefeller financió el llamado “Proyecto Marxismo-Leninismo” con el objetivo explícito de arrebatar el marxismo a los soviéticos y promover una versión “humanista” y socialdemócrata que fracturara a la izquierda internacional.

El éxito de estos teóricos no habría sido un mérito académico espontáneo, sino el resultado de una guerra intelectual global destinada a domesticar la disidencia

Finalmente, Rockhill sostiene que el prestigio global de estos autores fue amplificado por la Mighty Wurlitzer de la CIA: una red de medios, editoriales y organizaciones —como el Congreso por la Libertad de la Cultura— financiadas mediante fondos secretos canalizados a través de fundaciones como Ford y Rockefeller. Revistas académicas como Der Monat o Encounter, conferencias de alto nivel y traducciones estratégicas garantizaron que el marxismo occidental dominara el mercado de las ideas, mientras los intelectuales comunistas y antiimperialistas eran reprimidos o directamente silenciados. En esencia, el éxito de estos teóricos no habría sido un mérito académico espontáneo, sino el resultado de una guerra intelectual global destinada a domesticar la disidencia.

Para entender esta relación, podría decirse que el marxismo occidental funcionó como un sistema de contención en un zoológico intelectual: se permitía al pensador rugir contra las injusticias del sistema, siempre que sus garras teóricas estuvieran limadas por el anticomunismo y su jaula estuviera financiada por los mismos guardianes a los que decía criticar.

A partir de ahí, al analizar sobre todo el caso de algunos autores de la Escuela de Frankfurt —con Adorno y Marcuse como principales chivos expiatorios— y mediante un ejercicio evidente de sobregeneralización, Rockhill concluye que todo el marxismo occidental formaría parte de un gran complot de la CIA para desarmar el “auténtico” pensamiento marxista, una operación que, además de intelectualmente perezosa, resulta francamente repetitiva.

Rockhill concluye que todo el marxismo occidental formaría parte de un gran complot de la CIA para desarmar el “auténtico” pensamiento marxista

El texto ya me empezaba a resultar sospechoso, recordándome al histórico affaire Sokal, cuando advertí que Jean Bricmont, coautor junto con Alan Sokal de Imposturas intelectuales, firma una cita laudatoria en la faja del libro. En ella celebra que Rockhill responda a la “pregunta obvia” sobre la financiación de la CIA tanto a la Escuela de Frankfurt como a la teoría crítica francesa, aprovechando de paso para ajustar cuentas con viejos enemigos intelectuales. Resulta difícil no ver aquí una clara correa de transmisión.

Conviene recordar el episodio. El affaire Sokal estalló en abril de 1996 como una de esas bromas que, según quién la cuente, puede pasar por gesto heroico de higiene intelectual o por travesura de laboratorio con pretensiones morales. Alan Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, logró publicar en Social Text un artículo deliberadamente absurdo —“La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravitación cuántica”— repleto de jerga posmoderna y citas de prestigio. Desde el punto de vista de la física, el texto no se sostenía ni con cinta adhesiva epistemológica.

El artículo estaba saturado de sinsentidos científicos, envueltos en un lenguaje denso, autorreferencial y aparentemente radical que en los años noventa funcionaba como contraseña académica. Aparecían algunos clásicos de la French Theory y otros habituales de lo que se suele agrupar bajo rótulos como “posestructuralismo” o “posmodernismo”. El texto no decía nada coherente sobre la gravitación cuántica, pero sonaba extraordinariamente subversivo. Tras su publicación, Sokal reveló en Lingua Franca que todo había sido una parodia destinada a denunciar la falta de rigor en ciertos sectores de la izquierda académica y el uso ornamental —cuando no irresponsable— de conceptos científicos.

Lejos de cerrar ahí el asunto, Sokal decidió prolongar el espectáculo. Junto con Bricmont publicó Imposturas intelectuales, donde ambos pasaron de la anécdota al ajuste de cuentas sistemático con figuras como Lacan, Kristeva, Irigaray, Latour, Deleuze o Guattari. La acusación era siempre la misma: uso arbitrario de terminología científica para impresionar a un público no especializado.

El famoso “experimento” fue cuestionado: publicar un texto falso en una revista concreta no invalida un campo entero

Sin embargo, su éxito mediático generó una reacción crítica considerable. Autores como Jean-Michel Salanskis o Nathalie Charraud señalaron que la lectura de Sokal y Bricmont era puramente literalista y técnica, incapaz de comprender el uso filosófico o metafórico de los conceptos. En otras palabras, caían exactamente en aquello que denunciaban. Otros, como Baudouin Jurdant o Jean-Marc Lévy-Leblond, subrayaron el gesto de autoridad: científicos de las “ciencias duras” erigiéndose en jueces universales del pensamiento legítimo, sin someter a crítica su propia concepción de la ciencia.

Incluso el famoso “experimento” fue cuestionado: publicar un texto falso en una revista concreta no invalida un campo entero; a lo sumo, revela un fallo editorial. Este tipo de simplificaciones pseudocríticas —buscar un hombre de paja y dispararle— es lo que reaparece en Rockhill al intentar despachar todo el “marxismo occidental” como conspiración encubierta.

Además, categorías como posestructuralismo, posmodernismo, marxismo cultural o marxismo occidental parecen funcionar como antagonistas de una supuesta ciencia o revolución “legítimas”. En Sokal era “la verdadera ciencia”; en Rockhill es “la verdadera revolución”. Que exista un marxismo académico desactivador de la lucha es una crítica válida, pero cuando se cae en la caricatura, la legitimidad se evapora.

Rockhill se mueve dentro de una línea crítica similar a la de Domenico Losurdo, para quien el marxismo producido en la academia occidental habría funcionado menos como catalizador de luchas revolucionarias que como su neutralizador, especialmente al deslegitimar las luchas anticoloniales alineadas con la Unión Soviética. Pero Rockhill sobreactúa esta tesis hasta el punto de convertirla en relato conspirativo.

Anderson, siguiendo a Lenin, insistía en que la teoría solo adquiere su forma plena en conexión con la práctica de un movimiento realmente masivo y revolucionario.

Mucho más productivo resulta leer El gran hotel Abismo, de Stuart Jeffries, o las reflexiones de Perry Anderson sobre el marxismo occidental, que Rockhill tergiversa siguiendo a Losurdo. Como ha señalado Timothy Brennan, Anderson nunca celebró la deriva textualista del marxismo occidental: la lamentó. Anderson, siguiendo a Lenin, insistía en que la teoría solo adquiere su forma plena en conexión con la práctica de un movimiento realmente masivo y revolucionario. La impostura de Rockhill se hace aún más evidente cuando dedica largas secciones a Hannah Arendt o Michel Foucault, que no son marxistas en absoluto.

A modo de cierre, dejo algunas hipótesis provisionales sobre el affaire Rockhill:

Primera: el libro es carne de meme. La idea de que el marxismo occidental —si es que existe como bloque coherente— fue financiado por la CIA pertenece más a la conspiranoia que al análisis riguroso.

Segunda: que muchos marxistas académicos trabajen en instituciones poco anticapitalistas es una obviedad, no un hallazgo.

Tercera: el marxismo académico en “Occidente” es marginal. Tanto Rockhill como Losurdo tienden a sobredimensionar su influencia e ignoran lo que ocurre fuera de la universidad.

Cuarta: tras criticar el reduccionismo decolonial, Rockhill cae en un reduccionismo igual o peor al caricaturizar el marxismo occidental como intrínsecamente imperialista o colaboracionista. En comparación, hasta Grosfoguel parece sofisticado, y eso es mucho decir.

Quinta: es cierto que el marxismo estadounidense ha privilegiado los estudios culturales frente a la organización revolucionaria, pero esta crítica ya fue formulada hace décadas por Perry Anderson. Además, que se lo meta en la cabeza: EEUU no es el ombligo del universo.

Sexta: despachar la alienación como preocupación burguesa olvidando que su principal teórico fue Georg Lukács —militante comunista— resulta, como mínimo, curioso. Como él mismo explicó, la reificación no es un capricho cultural, sino una estructura objetiva del capitalismo. Si se busca una crítica profunda de la Escuela de Frankfurt, basta leer a Lukács. Explicar estas tensiones mediante conspiraciones ligadas a la OSS o la CIA es, sencillamente, torpe y sospechoso.

Séptima: ¿no estaremos, otra vez, ante la fantasía reciclada que convierte al “marxismo” en esa nebulosa amenaza empeñada en convertir a nuestros hijos en trans, veganos y zombis obedientes a Soros y la Agenda 2030?

El libro de Rockhill es material excelente para el cotilleo de las viejas batallitas de la izquierda. Pero resulta deprimente constatar, una vez más, que la izquierda intelectual sigue discutiendo sobre sí misma mientras el problema verdaderamente importante al que se enfrenta, siguiendo a Jodi Dean en su Camarada, es “la falta de capacidad para la estrategia o para la táctica unificada”, que revele “un deseo de organización y camaradería” absolutamente necesarios. Para este objetivo, libelos como el de Rockhill se vuelven un lastre, incentivando esa enfermedad de la izquierda que, como dice Slavoj Žižek, nos lleva a que “el futuro permanezca fijo mientras el pasado se encuentra permanentemente abierto”.

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