Ciudad, apertura y estructura. Notas sobre los dos primeros años de vida del CSO La Rosa

por | Mar 2, 2026 | Movimientos

Con motivo de su segundo año de vida, abordamos en este texto el “hacia fuera” del Centro Social Okupado La Rosa, su principal escenario de intervención y disputa: la ciudad, y los principios y prácticas que nos han guiado durante este tiempo. Hablamos de ciudad, apertura y estructura a partir de los análisis desarrollados y a las experiencias vividas en el espacio.

Cada unx de nosotrxs era varixs, en total ya éramos muchxs.

Mil Mesetas, Deleuze y Guattari

Una apuesta política para disputar la ciudad

Desde su nacimiento, los centros sociales han sido laboratorios políticos indispensables para el desarrollo de una política autónoma y antagonista. Sin estas infraestructuras de vida, resulta difícil imaginar muchas de las expresiones de lucha y movimientos sociales que —con sus aciertos y fracasos— han sido clave en los últimos ciclos políticos. La Rosa aparece entonces como una propuesta de esta índole en un momento de relativa debilidad tanto de estas infraestructuras como de los movimientos sociales en general. Pero ¿por qué esa insistencia? ¿Qué lecturas y objetivos la sostienen?

Sea desde el centro o desde la periferia de las ciudades, está claro que las batallas que queremos librar necesitan centros sociales. La fuerza compartida que hemos ganado desde el CSO dos años después de su apertura constata que propuestas como la nuestra siguen estando vigentes y son pertinentes, aunque necesiten ser renovadas. Como centro social con vocación metropolitana, y dada nuestra localización, somos una infraestructura de movimiento abierta a personas y colectivos de toda la ciudad. Nuestra manera de construir políticamente intenta ser porosa y permeable, de modo que sea una escuela de radicalización de la vida accesible a todo el mundo, tanto como articulador de los distintos flujos de lucha que se dan en el territorio como para aquellas personas para las cuales este sería su primer contacto con espacios autogestionados y colectivos políticos autónomos.

Al mismo tiempo, el hecho de ubicarnos en el espacio limítrofe entre La Latina y Lavapiés, dos barrios que aún conservan tejido vecinal y tradición de lucha, hace que nos veamos empujadas a intervenir en la ciudad también desde una perspectiva barrial. Esta circunstancia dual —la coexistencia de lo metropolitano y el barrio— puede darnos fuerza si aprendemos a interpretarla adecuadamente.

Sabemos que las dinámicas de cercamiento social inherentes al capitalismo fuerzan una constante reconfiguración tanto de los vínculos sociales como de los espacios en los que estos se dan

Sabemos que las dinámicas de cercamiento social inherentes al capitalismo fuerzan una constante reconfiguración tanto de los vínculos sociales como de los espacios en los que estos se dan. Cuando en nuestro contexto próximo el capital busca reproducirse principalmente a través de la extracción de rentas en las urbes, lo que obtenemos es una ciudad en un perpetuo proceso de cambio que, paradójicamente, tiende a estandarizar y homogeneizar el espacio y sus usos. Como tantas otras metrópolis, Madrid es una ciudad sometida a presiones y cambios que responden a la necesidad del capital de efectuar arreglos espaciales: rediseño de los barrios, invasión de pisos turísticos, inversiones en infraestructuras nuevas pero no necesarias, expulsión de las vecinas, limitación de los usos permitidos del espacio público… Son procesos conocidos y padecidos por todas y que conforman el escenario en el cual se desenvuelve nuestro centro social. Cuando decimos que disputamos el modelo de ciudad imperante nos referimos a que proponemos un uso del espacio capaz de generar relaciones sociales desmercantilizadas y no explotables por el capital en términos de rendimiento.

Si nos servimos de nuestra experiencia en La Rosa para observar las dinámicas en curso dentro de la ciudad, observamos un creciente alarmismo social en torno a la seguridad. Tanto el Estado como las agencias privadas de seguridad han aumentado su despliegue en años recientes. Como consecuencia, las tácticas empleadas en el último ciclo político para abrir un espacio han dejado de funcionar. Antes, la apertura de un edificio podía sostenerse a través de una primera defensa pública: instantes después de abrir se convocaba apoyo en redes y medios, consiguiendo en poco tiempo un respaldo multitudinario que legitimaba la okupación y hacía visible la fuerza social que había detrás.

Los últimos intentos fracasados en 2022 del CSO Ingobernable de abrir edificios en esa clave marcan un antes y un después que fuerza a repensar esos modos de proceder. La coyuntura ha cambiado y con ella las tácticas para okupar, que tuvieron que reajustarse de cara a la apertura de La Rosa.

Así, el marco en el que se desenvuelven actualmente los centros sociales como dispositivos políticos difiere claramente del que existía en el periodo de La Ingobernable, que iniciaba su andadura en 2017. Además, se ha impuesto una lógica social generalizada en la que se busca al culpable de nuestro malestar —al enemigo— en quien está en nuestra misma o peor situación, en lugar de en quienes realmente condicionan nuestras vidas. Todo esto, sumado a la creciente individualización, la ruptura de los lazos comunitarios y la pérdida de la creencia en la propia capacidad colectiva para cambiar las cosas, se traduce en un recrudecimiento de las condiciones para la organización que afecta a todo el tejido militante autónomo.

Un síntoma claro del proceso de securitización social en curso es la creciente amenaza sobre espacios okupados de todo tipo. Son numerosos los CSO actualmente amenazados de desalojo —sin ir más lejos, el EKO de Carabanchel— y la lista de los que han sido desalojados recientemente es cada vez más extensa: La Atalaya, La Canica, La Ferroviaria…

Un síntoma claro del proceso de securitización social en curso es la creciente amenaza sobre espacios okupados de todo tipo

Los dos años que han transcurrido entre el último intento de okupación de La Ingobernable y la apertura de La Rosa han supuesto una travesía en el desierto para muchas militantes. Pero ¿cómo se sostienen dos años de intentos de apertura fracasados? Hay comunidades que son más fuertes que el desierto y con deseos de subversión compartidos con una capacidad de empuje inagotable. Hasta ahora, nuestra práctica política y colectiva se ha definido por la mezcla de sindicalismo social, una apuesta radical por la autogestión de numerosos ámbitos de la vida y un marcado deseo de apertura. Y es que, por qué no decirlo, somos felices en los centros sociales, y encontramos en las prácticas, colectivos y comunidades que los habitan, nuestras mejores armas para luchar.

Apertura

¿De qué manera entendemos la apertura como herramienta política? Lo que sucede dentro de nuestras cuatro paredes mira y quiere mirar hacia fuera. No queremos ser un reservorio de gente politizada pero desconectada de los anhelos y malestares de las vecinas, sino un espacio que escuche y sea capaz de componerse entre diferentes generando comunidad en lucha. El abrir el centro social es una manera de extender a todo el mundo nuestra invitación a reapropiarse de los espacios en los que sucede y se disputa la vida. Es también una apuesta por su defensa: cuanta más gente habite La Rosa y llegue a sentirla como propia, más personas vivirán cualquier ataque contra el espacio como un golpe a algo que les pertenece.

La apertura tiene también una dimensión ofensiva. Sin la necesidad de que haya un vínculo —inicial— a discursos explícitamente políticos o una adhesión ideológica, el contacto con lo político se da aquí sobre todo a través de las prácticas que se llevan a cabo. Se genera así un lugar donde influir en el barrio y la ciudad desde la relación con lo cotidiano. El acento está puesto en cómo se vive y, sobre todo, en lo irreconciliables que estas vidas pueden ser con los modos de socialización de la metrópoli capitalista.

Esto no quiere decir que no le demos importancia a la formación política, al discurso que producimos y prolifera entre nosotras o a la discusión interna. Ambas cosas acaban dándose la mano: se acuerpa lo que se piensa y se piensa lo que se acuerpa.

Hay una apuesta firme porque La Rosa sea un punto de encuentro de grupos y colectivos de muy diversa índole, integrando en el espacio diferentes modos de (re)apropiarse la vida: desde las ganas de bailar salsa hasta dar una forma colectiva a nuestros problemas de vivienda en la asamblea del Sindicato de Inquilinas. Todo esto forma parte de la trama de vida que condensa el centro social. Por eso entendemos La Rosa como un vector de comunalización de la vida que pone en el centro las experiencias cotidianas, los deseos y los malestares de la gente.

Esta riqueza común que construimos y compartimos entre todas nos permite, poco a poco, ensanchar la autonomía sobre nuestras propias vidas. En una ciudad donde todos los ambientes y acontecimientos están organizados concreta y deliberadamente por el capitalismo, buscamos generar prácticas comunes que abran líneas de fuga y tengan la potencia de desafiar su lógica. Combatimos un modelo de ciudad donde la vida nos viene ya decidida, para abrir —ideal y tendencialmente— la posibilidad de sostener una vida decidida por nosotras mismas. Y lo hacemos reconociendo nuestros límites actuales, lo lejos que estamos de ello y la certeza de que, solas, no lo conseguiremos.

Algo que posibilita la apertura es el no-gobierno de lo que en nuestro centro social tiene lugar

Algo que posibilita la apertura es el no-gobierno de lo que en nuestro centro social tiene lugar —aunque haya que precisar bien qué significa esto—. No existe en La Rosa una Asamblea Central —sí hay asamblea del centro social, claro está— que agende, regule y decida todo lo que sucede y sucederá en el espacio. El trabajo que hacemos en este ámbito es más de acogimiento que de dirección u ordenamiento. Existe en La Rosa libertad de uso y libertad de iniciativa dentro de las pautas políticas y de convivencia que nos damos entre todas, además de un compromiso con las tareas de cuidado y mejora del espacio y una coparticipación en el trabajo necesario para realizarlas.

La apertura como modo de mirar políticamente, además, nos empuja a construir y componernos con otrxs desde la no-identidad. Consideramos que esto es mucho más interesante que relacionarnos con prácticas e ideas políticas que nos devuelvan nuestro reflejo. Aproximarnos a las demás sin exigirles la identificación con nosotras nos conduce a experimentar encuentros y desplazamientos reales —¡transformaciones!—.

Las potencias de la apertura no están exentas de algunos límites con los que nos relacionamos y que intentamos superar. Corremos siempre el riesgo de acabar convirtiéndonos en un centro social o en un garito ‘del rollo’. Está también la dificultad de convertir lo ya conviviente en algo más. ¿Cómo pasamos del cruce de diferentes colectivos a su encuentro? ¿Cómo producir saltos cualitativos y de escala a partir de aquí?.

Y está, en fin, la dificultad de construir un discurso político consistente y ser capaces de poner en palabras las prácticas de nuestro día a día para saber así transmitirlas. Estos límites queremos abordarlos a través de procesos de autorreflexión, formación y conversación con otrxs, que mejoren nuestra manera de organizarnos y tengan reflejo en nuestras prácticas.

Las tareas que ahora se sitúan en nuestro horizonte, partiendo de lo que hemos construido desde estas prácticas abiertas, tienen que ver con dotarnos de estructuras que sean capaces de canalizar los distintos flujos organizativos que confluyen en nuestro espacio y seleccionar adecuadamente los nuevos frentes que abrir. El tiempo y nuestro (buen) hacer determinarán si acabaremos identificándonos con nuestros límites o si aprendemos a dar rienda suelta a nuestras potencias.

Estructura y retos futuros

El modo en que La Rosa se estructura es reflejo de la experiencia acumulada durante décadas por los centros sociales del entramado madrileño. El Laboratorio, El Patio Maravillas, La Ingobernable y muchísimos otros han desarrollado prácticas políticas que hoy, a nuestra manera, retomamos. Dentro de esta tradición política, el mejor hijo es un hijo bastardo, aquel que transfigura y reinventa la herencia recibida. Así lo han hecho quienes nos precedieron, y así pretendemos hacerlo también en La Rosa.

Una certeza que hemos heredado es que no hay apertura posible sin estructura y un compromiso fuerte por lo colectivo. Por eso, desde el inicio, apostamos por la creación de comisiones internas que nos permitieran acoger e integrar la diversidad de propuestas que recibíamos, garantizando su atención, seguimiento y difusión. Un centro social nutrido como el nuestro se sostiene gracias a muchas individualidades puestas al servicio de lo colectivo y a un entramado organizativo en constante revisión. El simple hecho de mantener La Rosa en funcionamiento ya constituye una práctica de insubordinación y un enfrentamiento constante con las lógicas del capital. Aun así, no queremos ser conformistas.

Para concluir, y a modo de borrador abierto, queremos dejar algunos apuntes sobre nuestra estructura y retos futuros. En nuestros comienzos, establecimos tres líneas de trabajo político que se materializaron en el funcionamiento de tres ejes internos: ciudad, barrio y formaciones. Tres planos de intervención convertidos en ejes del centro social. Sin embargo, no cuajaron del todo, ¿por qué pudo suceder esto? Podríamos atribuirlo a falta de fuerzas, de constancia u otros motivos habituales en los balances de espacios militantes, pero en este caso sería (en parte) errar el tiro.

Un territorio puede estar atravesado por conflictos de raza, clase y género que no generan una “comunidad homogénea”

Comentábamos que, en la difusa territorialidad del Madrid actual, lo barrial y lo metropolitano adquirían significaciones nuevas. El barrio —como terreno político— ya no coincide exactamente con sus demarcaciones territoriales, y su comunidad política trasciende a las personas que viven en él. Del mismo modo, un territorio puede estar atravesado por conflictos de raza, clase y género que no generan una “comunidad homogénea”. Por su parte, lo metropolitano no es una lógica vaporosa que sobrevuela todo sin materializarse en nada, sino que tiene expresiones determinadas que conforman nuestros elementos de disputa en cada lugar.

Esto tiene consecuencias directas sobre cómo tiene sentido organizarnos. Al intentar trabajar lo barrial y lo metropolitano por caminos distintos, nos dimos contra un muro. Separando ambos planos —aunque fuera solo en términos operativos internos— disociábamos campos de incidencia que hoy se presentan entrelazados, o al menos se nos presenta así en La Rosa. A partir de este diagnóstico, recientemente hemos puesto en marcha tres nuevos ejes de intervención política.

El eje Barrio, que trabaja lo metropolitano desde lo barrial, pone el foco en conflictos como el acceso a la vivienda, los procesos de expulsión de vecinas, el racismo, la desaparición de espacios comunes o la destrucción del tejido comunitario, como principales campos de disputa política. Nuestro propósito es claro: acercar La Rosa al barrio y el barrio a La Rosa, convirtiendo el espacio en un dispositivo para el tejido de alianzas y composición de procesos de lucha territorializados.

El eje Centros sociales tiene como objetivo establecer alianzas y coordinarse entre CS(O) a nivel local, estatal e internacional, para la puesta en común de recursos, prácticas y saberes. Con ello, queremos responder a las dificultades crecientes en la apertura y sostenimiento de nuestros espacios, pero también pasar a la ofensiva y potenciar la articulación de propuestas de este tipo.

El eje Protesta nace a partir de la idea de generar una caja de resistencia para hacer frente a los casos de represión en diferentes ámbitos de lucha. Pero más allá de un enfoque netamente antirrepresivo, su objetivo es incentivar y potenciar las capacidades colectivas de desobediencia y protesta mediante formaciones, elaboración de material divulgativo y generación de herramientas compartidas. Ahora mismo trabajan en torno a las redadas racistas y las posibilidades de acción frente al clasismo que se esconde tras los procesos de securitización de nuestros barrios.

Además, La Rosa es una infraestructura inserta dentro de una red más amplia de estructuras populares. Estructuras de lucha y de vida que sostienen, organizan e impulsan a muchas personas. Los ejes de trabajo aquí presentados pueden entenderse, en cierto modo, como un intento de explorar esos potenciales.

La Rosa es una infraestructura inserta dentro de una red más amplia de estructuras populares

Hubo un momento de 2025 que fue revelador de la fuerza que pueden tener estructuras como las de los centros sociales de cara a los tiempos que vienen. El apagón del 28 de abril convirtió intuitivamente a La Rosa en un punto de encuentro y reunión dentro del caos —en ocasiones alegre— en el que quedó sumido Madrid. Nuestra propia existencia, en parte al margen de los circuitos de provisión de la metrópoli capitalista, nos empuja a garantizarnos cierta autonomía y soberanía material —siempre relativa, siempre pequeña, pero al fin y al cabo existente—. Esto implicó que éramos de los muy pocos sitios que, pese al apagón, tenía electricidad en el centro de Madrid. El centro social se mantuvo abierto, la plaza se convirtió en un gran punto de reunión festivo y se improvisó una olla popular que dio de cenar a muchas personas.

Este es un pequeño destello que nos da un hilo del que tirar. Nuestras infraestructuras populares harían bien en organizarse pensando en los escenarios de crisis, colapso y catástrofe que se repetirán cada vez más en este capitalismo terminal. Una línea de trabajo y muchas cosas por probar y explorar que nos han sido reveladas por el apagón, así como en otro momento lo fueron por las despensas populares durante la pandemia, por las redes de apoyo mutuo surgidas tras la DANA, o por la idea de entender muchos de nuestros espacios como posibles refugios climáticos. En este fin del mundo, nadie —sino nosotras— nos va a salvar.

Nuestras infraestructuras populares tienen que organizarse pensando en los escenarios de crisis, colapso y catástrofe que se repetirán cada vez más

Terminamos así estas notas sobre nuestros primeros dos años de vida, conscientes de los límites señalados a lo largo del texto, pero acogiendo también la fuerza de algunas potencias que hemos detectado. Tras este periodo de trabajo paciente, sentimos que tenemos ahora un suelo sólido del que empiezan a brotar muchas iniciativas nuevas y que nos entusiasman. Por ejemplo, al modo de los centri sociali italianos de los 70 en adelante, echaremos a andar en breve una radio libre y una biblioteca. Estamos poniendo a funcionar también los ejes nuevos que aquí presentamos y buscamos afianzar el trabajo de los anteriores. Habiéndonos construido como espacio abierto y de todas, acogemos cada vez más proyectos nuevos, que encuentran dentro de nuestras cuatro paredes un hogar. Con todo esto, esperamos que lo que queda por venir nos traiga muchas victorias y alegrías.

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