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	<title>Charlie Moya Gómez, autor en Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>Charlie Moya Gómez, autor en Zona de estrategia</title>
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		<title>La mayor minoría. Fracturas queer en tiempos de posfascismo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Jun 2026 14:56:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La política queer atraviesa un proceso de minorización que ya no se corresponde con el grado de aceptación social alcanzado. Mientras la integración avanza, una parte del movimiento continúa construyendo su estrategia desde la excepcionalidad y la demanda institucional, en detrimento del conflicto político.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-mayor-minoria-fracturas-queer-en-tiempos-de-posfascismo/">La mayor minoría. Fracturas queer en tiempos de posfascismo</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hasta principios de este siglo y en el lugar geográfico que habitamos, aquellas que se llamaron disidencias sexuales y de género sostuvieron unas luchas basadas en su propia identidad. Estas se entendían, a la vez, como parte de algo mayor, de la lucha de clases en la que incluían sus reivindicaciones en un proyecto de transformación colectiva. Venían de un recorrido cuyo momento de mayor eclosión, aunque su origen sea anterior, llegó a finales de los años sesenta y que rápidamente provocó una expansión de sus discursos, una mayor presencia pública y un creciente reconocimiento de identidades que hasta entonces habían permanecido invisibilizadas. Las luchas por el deseo constituyeron un ejemplo de un proceso verdaderamente revolucionario. </p>
<p>Sin embargo, a día de hoy resulta preocupante el proceso de minorización en el que se han adentrado estos movimientos sociales. Entendemos por minorización el proceso por el que aquellas que formaban parte de las minorías sociales siguen enmarcándose en esa posición y defendiéndose desde ahí en el presente. Tenía sentido hablar de minorías hasta hace relativamente poco porque el espacio de visibilidad era nulo, la representación pública de estos sujetos era inexistente y recibir violencia podría ser rutinario. Pero la situación ha cambiado, por lo que seguir entendiendo a este segmento de la población como un lugar de minorías es erróneo y contraproducente a nivel político. </p>
<p>Si vamos a los datos, según el barómetro del CIS de junio de 2025, el 79% de la población española considera que el matrimonio igualitario es una “<a href="https://www.lavanguardia.com/vida/20250612/10781806/80-ciudadania-considera-matrimonio-igualitario-conquista-social-agenciaslv20250612.html?utm_source=chatgpt.com">conquista positiva para la sociedad en su conjunto</a>”. Además, un 91% está algo o bastante de acuerdo con que “hay que sentir orgullo de que España sea pionera en la mejora de los derechos de las personas LGTBI+”. </p>
<p>Más recientemente, el último estudio del CIS sobre <a href="https://www.cis.es/documents/d/guest/es3568mar_A-pdf">diversidad sexual</a>, publicado este mismo año, muestra que las organizaciones LGTBIQ+ generan 8,9 puntos sobre 10 de simpatía en la población. Un escaso 6,3% reconoce discriminación en algún momento de su vida por causa de su opción u orientación sexual. Un 71,6% está muy o bastante de acuerdo con que el reconocimiento de derechos de las personas queer beneficia al conjunto de la sociedad. Las formas de violencia más frecuentes fueron los insultos y las burlas, imitaciones o gestos, dejando las palizas, golpes o amenazas en un lugar bastante infrecuente. El partido que la población identifica en mayor medida con estos avances es el PSOE, más del 40% de la población reconoce en este partido la figura que mejor defiende los derechos de las personas LGTBIQ+, muy por encima de los últimos datos que dábamos a conocer en un <a href="https://zonaestrategia.net/el-sanchismo-y-el-voto-rosa/">reciente artículo</a>. </p>
<blockquote>
<p>El grado de violencia que reflejan los datos no es equivalente a la representación que se hace desde muchas instancias</p>
</blockquote>
<p>Por supuesto, los datos no son el centro del análisis, sino una parte, pero es obvio el crecimiento del apoyo al colectivo LGTBIQ+ en este país y lo anecdótico de la violencia (sobre todo, cuando hablamos de violencia física). Esto no implica que la discriminación haya desaparecido, ya sea en entornos periféricos, en ámbitos familiares, educativos o laborales, o en contextos de vulnerabilidad. Pero tampoco podemos afirmar, como se hace actualmente desde instituciones, partidos de la izquierda, medios, redes sociales y movimientos sociales, que haya una persecución y hostilidad frecuente contra las personas queer en España. El grado de violencia que reflejan los datos no es equivalente a la representación que se hace desde estas instancias y sesgar la realidad solo nos hace desenfocar el objetivo de nuestras luchas o su marco político.</p>
<p>El contexto de miedo que se pretende generar con esta violencia ante la llegada de la ultraderecha es desmovilizador, paralizante y tiene el efecto de capturar nuestra agencia y la de las comunidades queer. Exagerar la violencia genera miedo y va en detrimento de las potencias políticas de lo queer y oculta las realidades que sí viven un contexto especialmente violento (como las que hemos enumerado más arriba y sobre todo las que por ejemplo reciben las personas trans, las trabajadoras sexuales o las migrantes sin papeles). El efecto que puede tener esto es situar a las instituciones del Estado como una figura de defensa frente a la “amenaza” que implican los migrantes, representados como bárbaros, y una demanda de seguridad por parte de las afectadas.</p>
<p>Podemos descubrir esto en el último <a href="https://www.instagram.com/p/DaC4o0ADNb3/?hl=es&amp;img_index=1">manifiesto del Orgullo Crítico 2026 madrileño</a>, que basa su posición en el reconocimiento y respeto de los derechos vinculados a la identidad, el proceso legislativo, el sostenimiento del Estado del Bienestar a través de la sanidad y la educación públicas o la exigencia de intervención estatal en la creación de espacios públicos, entre otras cuestiones. Quiero aclarar que mi intención no es impugnar el trabajo colectivo de la Plataforma Orgullo Crítico, sino llamar a la reflexión sobre algo que arrastramos desde el momento pandémico: los movimientos sociales están más enfocados en enunciar demandas que en materializarlas a través del conflicto, en establecer relaciones con el Estado más que en crear luchas autónomas. El manifiesto constituye una muestra de que muchas veces la inercia nos domina. Para superarla, sería necesario elevar el nivel de debate, crítica interna y capacidad de análisis. Si no, corremos el peligro de matar la potencia política de aquellas en los márgenes de la norma o desafectas de la democracia representativa. </p>
<p>¿Cuánto intervencionismo más vamos a exigir? ¿Cuánta asimilación estamos dispuestas a asumir? ¿Hasta dónde llegar con lo de ser argumento de voto y mercancía? Entendiendo lo LGTBIQ+ como un proceso completado en el que la integración ha convertido estas identidades en parte de la normalidad social. y sosteniendo unos datos que demuestran que no hay una segregación por perfil de orientación u opción sexual, ¿podemos hablar de estas subjetividades como ya plenamente civilizadas? Si fuese así, la lucha ya estaría completa y finiquitada.</p>
<h3>Las desviadas a las barricas</h3>
<p>Si tomamos el lema del Orgullo Crítico madrileño de este año -Todas las desviadas a las barricas- nos tendríamos que preguntar: ¿quiénes son esas desviadas a las que se apela? ¿A qué barricadas se les dirige? En realidad, poca desviación de la norma moral se podría desprender de unas subjetividades que están asumidas como plenamente ciudadanas. Difícilmente habrá barricadas si no hay ningún motivo fuerte para construirlas, si no hay nada que quemar. ¿Contra quién las haremos si el que está enfrente es un Estado mediador, pacificador y comprensivo que a golpe de ley aplaca los fuegos que pudieran aparecer? Es como si Louise Michel hubiera enarbolado la bandera negra en los despachos de la República Francesa mientras negociaba con el poder republicano.</p>
<blockquote>
<p>La minoría no es más que una mayoría camuflada</p>
</blockquote>
<p>Así pues, la minoría no es más que una mayoría camuflada. No puede haber minoría posible en un sector poblacional integrado en un Estado donde casi el 90% de su ciudadanía asume como iguales a esas supuestas otredades. Hay trabajo por hacer y hay potencia en la lucha histórica en la que nos movemos, pero desplazar el marco hacia un lugar victimizante que no existe solo trae consigo la aceleración del proceso de fascistización. Hoy por hoy, parece que a veces lo LGTBIQ+ puede funcionar más como contrarrevolucionario que como motor de lucha. Encerrarse en la guetificación aísla y rompe cualquier oportunidad de hacer las cosas de otra manera, de hacerlas nosotras mismas frente al legalismo y el garantismo, la burocracia y la asimilación.</p>
<p>Frente al colapso, la crisis que viene, la catástrofe y el avance de la fascistización, las comunidades queer necesitan recuperar horizontes alejados de su normalización, y de los procesos civilizatorios. Tendríamos que renunciar a la misma idea de minoría porque podría dificultar cualquier forma de alianza de clase. La única minoría existente, <a href="https://www.bellaterra.coop/es/libros/la-tirania-de-la-minoria">en palabras de Ash Sarkar</a>, es la que constituyen las élites económicas, que son las que se benefician de la fragmentación y de los procesos de minorización identitaria. Solo podremos hacer una política de mayorías en el momento en que sea superada esta fractura cada vez más microscópica. </p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-mayor-minoria-fracturas-queer-en-tiempos-de-posfascismo/">La mayor minoría. Fracturas queer en tiempos de posfascismo</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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		<title>El sanchismo y el voto rosa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 May 2026 09:33:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Sánchez continúa siendo el principal referente político de una parte significativa del colectivo LGTBIQ+, al concentrar el apoyo de quienes perciben en el ascenso de la extrema derecha una amenaza directa contra sus derechos. Sin embargo, la integración institucional de las minorías sexuales también puede contribuir al debilitamiento de los horizontes políticos de la disidencia queer y de su capacidad de antagonismo.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/el-sanchismo-y-el-voto-rosa/">El sanchismo y el voto rosa</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El colectivo LGTBIQ+ español le debe mucho a las políticas públicas que el Partido Socialista ha activado en este último cuarto de siglo. Cuando hablo de colectivo LGTBIQ+ me refiero específicamente a las personas que, aun teniendo una identidad de lo que se vino a llamar la disidencia sexual y de género, han sido integradas en la norma. A través de la Ley de Matrimonio Igualitario y las distintas leyes autonómicas de igualdad y no discriminación, ese segmento de la ciudadanía ha logrado alcanzar el lugar civilizado que se esperaba de ella tras la llegada de la democracia. Las personas que pertenecen al colectivo se han casado, han comprado vivienda, se han hipotecado, han formado familia —ya sea a través de la adopción o de la gestación subrogada— y se han estabilizado económicamente dentro de profesiones liberales o empleos públicos hasta integrarse plenamente en la clase media española en tiempos del gobierno más progresista de la historia.</p>
<p>A día de hoy, y debido a este proceso, son deudoras del sanchismo y parte activa y simbólica de él. Tras el ciclo político abierto por el 15M, en el que la nueva izquierda aspiraba a llevar la voz de las oprimidas desde las plazas hasta el Parlamento, es el PSOE el partido que más sale beneficiado de las políticas puestas en marcha. Ni Podemos, ni Sumar, ni ningún otro agente a la izquierda de los socialistas se ha convertido en el principal referente del voto rosa. Aunque conviene recordar que también hay parte de ese electorado que apuesta por opciones conservadoras o ultraderechistas.</p>
<p>Si utilizo la expresión “voto rosa” es porque retomo la idea que se popularizó a finales del siglo pasado con el dinero rosa. Al igual que este concepto entendía que el colectivo LGTBIQ+ era una parte de la población con unos gustos, aspiraciones y formas de vida de las que se podía extraer un capital económico y generar toda una industria, el voto rosa hace referencia a un electorado movilizado por su propia identidad y del que se puede obtener un capital político de manera relativamente sencilla. Los discursos a favor o en contra de lo LGTBIQ+ hacen que el voto rosa se mueva hacia unos u otros partidos.</p>
<blockquote><p>Muchos votantes conservadores optan por la izquierda para evitar el retroceso en derechos conquistados</p></blockquote>
<p>El PSOE recogería el 32,6% del voto de las personas LGTBIQ+, una cifra algo superior a la estimación de voto socialista en la población general —situada entonces en torno al 28-29%— y muy alejada del peso que alcanzan PP y Vox en el conjunto del electorado, <a href="https://felgtbi.org/wp-content/uploads/2026/03/Informe_Estado-LGTBI_voto_en_la_comunidad_2026.pdf">según una encuesta de 40dB realizada en 2026 y encargada por la FELGTBI+</a>. Solo un 19% del voto rosa iría al PP y el 11,1% de Vox. Sumar no representa un rival aquí ya que solo obtendría el 13,7% de los apoyos de este colectivo. En cualquier caso, este segmento está más escorado a la izquierda que la población general, algo que también indica el estudio. Sin embargo, de la propia encuesta también se deriva que muchos votantes conservadores optan por la izquierda para evitar el retroceso en derechos conquistados. De los datos se extrae que la población LGTBIQ+ se considera mejor representada por las izquierdas y, en concreto, por el sanchismo. Es esta la opción que, bajo el clima de pánico por la posible llegada de un gobierno ultraderechista, se erige como defensa de sus intereses.</p>
<p>De manera que este PSOE, como sucede con otros segmentos del campo progresista, ha logrado ser percibido como el partido rosa. Después del surgimiento de la nueva izquierda post-15M y ante la debacle reciente de sus figuras y partidos, Pedro Sánchez consigue captar la atención de aquellas que se nombran oprimidas para convertirlo en defensor de sus vidas. Es el líder capaz de oponerse a la agenda antiwoke de Trump en el plano simbólico y, al tiempo, de frenar la llegada de ese discurso a este lado del Atlántico.</p>
<p>Aprovechando la coyuntura de fascistización, el avance de fuerzas abiertamente contrarias a la igualdad LGTBIQ+ —como Santiago Abascal y Vox—, así como la expansión internacional de la ofensiva antigénero, Pedro Sánchez se ha convertido para la izquierda vinculada a la disidencia sexual en un símbolo. Sobre él y sobre el PSOE se proyecta la idea de haber sacado a las minorías sexuales de la ilegalidad, de haberlas arrancado de la marginalidad para integrarlas en el imaginario de una nueva España progresista. Son las personas plenamente integradas del colectivo LGTBIQ+ los últimos sujetos del pacto social de la Transición. Ese proceso habría clausurado, al menos parcialmente, la relación de antagonismo que durante décadas mantuvieron las comunidades queer con las instituciones del Estado. El acuerdo implícito con el sanchismo expresaría, en este sentido, el posible cierre de una tradición de disidencia sexual que aspiraba a constituirse como contrapoder y margen, como alternativa política frente al orden heterosexual y productivo dominante.</p>
<blockquote><p>La izquierda cubre su discurso con la bandera del arcoíris mientras los alquileres suben, los migrantes son perseguidos o los movimientos sociales conviven con infiltraciones policiales</p></blockquote>
<p>Ante la gestión de una izquierda marcada por los asesinatos en la valla de Melilla, la traición de sus promesas como la derogación de la Ley Mordaza o los crecientes casos de corrupción, el movimiento alternativo a lo LGTBIQ+ parece estar en sus horas más débiles. El movimiento queer —entendido aquí como un conjunto de formas de vida críticas tanto con la norma heterosexual como con la homonormatividad liberal— no ha logrado articular un conflicto sostenido con el Partido Socialista ni con las estructuras de la política parlamentaria capaz de desplazar al colectivo LGTBIQ+ hacia una posición de crítica frente al uso institucional y partidista de sus vidas. La izquierda cubre su discurso con la bandera del arcoíris mientras los alquileres suben, los migrantes son perseguidos o los movimientos sociales conviven con infiltraciones policiales. Ni se enuncia el “no en nuestro nombre” ni se ponen en práctica estrategias para generar algo al margen de la asimilación en lo existente. Lo queer y lo LGTBIQ+ tienden a confundirse cada vez más, son más capaces de actuar conjuntamente con acciones que tienen más de gesto que de estrategia.</p>
<p>A las puertas de un posible quiebre de las vidas queer, con la persecución de las trabajadoras sexuales, la deficiente gestión pública en la atención a las personas que practican <em>chemsex</em> –relaciones sexuales bajo el consumo de drogas– o los discursos reaccionarios contra las personas trans, los movimientos sociales han articulado prácticas políticas débiles, autorreferenciales y de terapia grupal, sin trazar una estrategia que verdaderamente piense dónde estamos y la crisis que puede venir. Se han encerrado en la sectorialización del movimiento y en una deriva de demanda de derechos que poco tiene que ver con la construcción de una comunidad autónoma de cuidados reales y sostén de las vidas que supuestamente se encuentran al margen. Resulta preocupante que no haya propuesta política desde los movimientos sociales de la disidencia sexual frente a este panorama de asimilación.</p>
<p>Un ejemplo de funcionamiento de estos movimientos lo encontramos en <a href="https://www.orgullovallekano.org/se-te-ha-caido-la-q-2/">Orgullo Vallekano</a> y su enfurecida denuncia de la eliminación de la sigla «Q» de los documentos internos del Partido Socialista en 2025. Una reacción que, en principio, debería resolverse en una discusión interna del partido —y que resulta anecdótica para una política de movimientos que se piensa desde el conflicto— se convirtió en tema de campaña de un colectivo que parecía más preocupado por interpelar a un partido que de cortar cualquier forma de vinculación con él. Si lo queer desaparece del sanchismo, deberíamos considerarlo un logro —mantenernos fuera de la norma de gobierno—, no una derrota que haría peligrar nuestra categoría de “ciudadano civilizado”.</p>
<p>La tendencia, ahora, es seguir la agenda que marcan instituciones, partidos, medios de comunicación o redes sociales. Entrar en una dialéctica acalorada pero educada, anular la posibilidad de conflicto y no encarar una construcción de la propia política, a la vez que se sostiene una posición victimista, de búsqueda de seguridad y protección, que permite esa interrelación con el sanchismo. Pedro Sánchez —y su gobierno— es el líder que escucha, que comprende, que integra las demandas que ya estaban en las plazas y que hoy se asimilan en forma de derechos sociales. La figura capaz de anular cualquier asomo de sublevación de la disidencia, porque a la mayor parte del colectivo ya lo tiene de su lado y porque los movimientos sociales están cada vez más encerrados en sí mismos.</p>
<p>En este acercamiento entre lo LGTBIQ+ y lo queer, no debería extrañarnos un doble juego de esas supuestas disidencias sexuales: estar a la vez en los movimientos sociales y en el apoyo al sanchismo en las urnas. Es decir, una performatividad de la rebeldía en militancias queer que cada vez conservan menos elementos de verdadera disidencia, mientras se busca la garantía de seguridad del Estado y el amparo de unos derechos que operan más como marco declarativo de reconocimiento que como transformación material y efectiva de las vidas.</p>
<p>Al fin y al cabo, como ya hemos señalado, el voto rosa es deudor de esta forma de governance, del sanchismo y de sus antepasados recientes. Es, además, el contexto idóneo para vivir de la propia identidad y de la autorreferencialidad del yo. La izquierda sanchista ha sido hábil al generar todo un entramado institucional que integre a las que fueron disidencias sexuales a través del trabajo. Investigadores, activistas a sueldo, personal de ONG, técnicos de igualdad y diversidad, educadores y demás profesionales del sector se aseguran para sí un oficio, un sustento económico y un lugar en la homonorma, a la vez que se sienten integrados y reconocidos. Una identidad con un pasado rupturista y crítico es ahora un pilar más del funcionamiento del Estado.</p>
<p>No podemos aventurar futuros sondeos ni estimaciones de voto en apoyo al sanchismo por parte de los colectivos LGTBIQ+, pero el pronóstico es de crecimiento si las demandas van siendo respondidas de manera favorable. Frente a esto, lo queer como antagonismo agoniza. No parece haber proyecto político alternativo, ni búsqueda del conflicto, ni horizonte revolucionario. Empieza a ser urgente llegar a acuerdos: qué hacemos con esta identidad asimilada, cómo destituimos la disidencia de la norma, si debemos o no construir una nueva marginalidad, qué potencia tiene una comunidad queer. El sanchismo no es ninguna fórmula de salvación colectiva, y solo en confrontación con él y a través de la negación a la asimilación podremos empezar a construir algo nuevo.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/el-sanchismo-y-el-voto-rosa/">El sanchismo y el voto rosa</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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		<title>Tiempo de paz en la Nación Queer. Asimilación, homonacionalismo y el declive de la lucha de clases</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 30 Nov 2025 22:18:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuadernos de estrategia]]></category>
		<category><![CDATA[Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos/Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este texto analiza cómo las disidencias sexuales han sido progresivamente integradas en un espacio pacificado que no cuestiona las estructuras de poder. Lo queer se acepta cuando adopta la forma del sujeto homonacional, normalizado en el mercado y la familia. El miedo y el identitarismo han desplazado la radicalidad hacia la búsqueda de protección estatal, dejando en segundo plano las condiciones materiales que permitirían una política queer verdaderamente transformadora.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/tiempo-de-paz-en-la-nacion-queer-asimilacion-homonacionalismo-y-el-declive-de-la-lucha-de-clases/">Tiempo de paz en la Nación Queer. Asimilación, homonacionalismo y el declive de la lucha de clases</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p data-start="651" data-end="867">Si queréis recibir el cuaderno en papel (formato libro) y apoyar este proyecto, suscribíos por poco más de 4 euros al mes, o incluso menos si sois precarias. Este es un medio militante: gracias por hacerlo posible.</p>
<p data-start="874" data-end="959">Os dejamos en este post un fragmento del artículo, que podéis <a href="https://zonaestrategia.net/wp-content/uploads/2026/03/ZE4_cap5.pdf">descargar completo aquí.</a></p>
<hr />
<p>&nbsp;</p>
<p>No estoy dispuesta a abrazar a toda persona queer como mi aliada política marginada. De la misma manera, no asumo que compartir una posición o identidad racial, de género y/o de clase garantice o produzca compromisos políticos similares. Por lo tanto, las identidades y comunidades, aunque son importantes para esta estrategia, deben ser complejizadas y desestabilizadas mediante el reconocimiento de las múltiples posiciones sociales y relaciones con el poder dominante que existen dentro de cualquier categoría o identidad.<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup></p>
<p>Los movimientos queer se han hallado históricamente enfrentados a una doble tensión: la búsqueda de visibilidad y el rechazo a la asimilación. En esta diatriba se han visto inmersos en la complejidad por encontrar un espacio dentro de la sociedad en el que la opresión y la violencia fueran erradicadas, mientras que su propuesta estructural, la ruptura con la norma, pretendía evadir los canales por los que se ha pretendido integrar a estos sujetos. No ha sido tarea fácil. ¿Qué escoger? ¿Qué implica lo uno que acaba con lo otro? Porque parece complicado que se puedan lograr ambos objetivos a la vez.</p>
<p>A lo largo de este texto trabajaremos con la siguiente hipótesis: las subjetividades LGTB-Queer han sido asimiladas e integradas en un proceso de pacificación que les ha acercado a la norma social y a lo que se ha venido a llamar homonacionalismo. No solo ha sido algo que haya afectado a aquellas individualidades o colectivos que han luchado por la demanda de derechos y de reconocimiento público sino que también, en este punto histórico en que nos encontramos, los movimientos de luchas autónomas se han acercado cada vez más a ese lugar de la paz social.</p>
<p>Empecemos por esto: el paralelismo discursivo de las instituciones de gobierno, los medios de comunicación y los movimientos sociales está en su punto más alto. Nunca como hoy han hablado de forma tan similar las instituciones parlamentarias y la sociedad en general. Los partidos de la Transición y también aquellos que venían a cambiar la política tras el estallido del 15M han sabido adaptarse a las reclamos y consignas que se gritaron en 2011 en las plazas, primero, y desde las redes, después. Las exigencias de los movimientos sociales y, sobre todo, el formato demandante y falto de acción directa en el que transmiten esas mismas exigencias es perfectamente acomodable a las voces de los representantes que se dirigen a sus electores desde el Congreso de los Diputados. Así se da la situación en la que a nadie pareciera extrañarle cuando desde ahí se enarbolan banderas como «Me cuidan mis amigas», «Los cuidados en el centro» o «Fuera fascistas de nuestros barrios», todos estos lemas lanzados en las distintas movilizaciones sociales de los últimos años tales como el Orgullo Crítico o la Huelga Feminista. Podemos entender, pues, que la paz social es un hecho: esta imbricación discursiva nos indica que, justo al contrario de lo que se cantaba en el 15M, ahora «que sí, que sí nos representan». La representación ha vuelto a funcionar y, por lo tanto, la posibilidad de revolución ni está ni se la espera.</p>
<p>A este contexto se le suma un agente añadido que aún puede sorprendernos, pero que lleva acompañándonos ya varios años. El relato compartido entre gobierno y movimientos sociales es el marco de una reacción imprevista. Pareciera como si lo único capaz de entrar en conflicto con el dictamen oficialista fuera aquello que se ha venido a llamar ultraderecha. Son los partidos e individualidades de ese lugar político los que se han erigido como algo parecido a un contrapoder. Es innegable su posicionamiento fascista y el aroma a muerte que desprenden, pero también lo es que algunos jóvenes están leyendo en su falsario posado antisistema una posibilidad distinta a una voz oficial con la que no comulgan. Pareciera como si adherirse a la ultraderecha fuera la única vía para reconocerse como <em>outsider</em>: son los únicos capaces de aglutinar hoy cada vez más gente por reaccionar contra la verdad democrática<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup> y ofrecer otra cosa. En palabras de Santiago Abascal: «Todas las mierdas ideológicas que están enseñando a los chavales en los institutos, de repente tienen respuesta. Es maravilloso ver el Twitter de algunos de estos profesores mostrando su preocupación porque, claro, los chavales ya no tragan con el feminismo exacerbado ni con la memoria histórica que nos dice lo que tenemos que pensar sobre nuestro pasado ni con todos los mantras izquierdistas. Es eso de que la derecha es el nuevo punk».<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup></p>
<p>¿Qué ha ocurrido, pues, para que los movimientos de contrapoder, provenientes de una corriente histórica de la política autónoma, el marxismo, el anarquismo, el obrerismo, la crítica y la diferencia, hayan pasado de confrontar a seguir la corriente de la agenda política oficial? ¿En qué momento y de qué manera se ha asumido un discurso que no era propio o que, incluso, se ha regalado para que se deformara y se proyectara desde una tribuna parlamentaria? ¿Dónde quedó la lucha contra todo y contra todos, el habitar los márgenes, la encarnación de la marginalidad? ¿Por qué unos movimientos de emancipación que localizaban como enemigo esta estructura de monarquía de representación parlamentaria que ha operado en los últimos cincuenta años en este país, han dejado atrás la búsqueda del conflicto y buscan la interlocución directa con la institución?</p>
<p>En las siguientes páginas vamos a tratar de dar cuenta de ello analizando el proceso de asimilación de los movimientos sociales dentro de la norma y el triunfo de la paz social. Si antes hablábamos de que el 15M y su estallido ha acabado con la adaptación de ciertos eslóganes de las plazas en las bocas de los representantes públicos,<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup> es precisamente aquel de «Se va a acabar la paz social» el que deja ver mejor la metamorfosis vivida: la imposición de esa paz social y la pacificación de los movimientos sociales. La guerra contra el Estado para poner en nuestras manos nuestra vida es cosa de otro tiempo.</p>
<p>Evitaremos la abstracción de hablar de los movimientos sociales en general y nos centraremos concretamente, como decíamos al inicio, en uno de los que con mayor velocidad y de forma más cómoda se ha visto asimilado (o ha aceptado y acompañado su asimilación). Hablamos del movimiento LGTBIQ+. De hecho, a lo largo del relato viraremos entre estas siglas y el movimiento queer, tratando de ver qué hay de asimilado en lo uno, qué potencias le quedan a lo otro, hacia dónde va toda esta lucha y frente a qué estamos. Vamos a tratar de ver, pues, qué ha sucedido para que lo queer esté entrando a día de hoy en la deriva de convertirse en otro nuevo producto de consumo, una entidad mainstream a la moda, una norma legalizada y una política más pendiente de la agenda de un afuera que de la propia.<em><br />
</em></p>
<p>No creemos poder hacer propuesta más allá de este análisis. Una verdadera propuesta necesitaría de una comunidad sólida y cargada de afecto político que pretendiera la alternativa. Al fin y al cabo, esa alternativa solo puede generarse construyéndola. Esperar o seguir la corriente no provocará viraje alguno. Ya lo sentimos si alguien asistía a este lugar con la esperanza de una realidad otra. Lo que aquí nos trae es más una impugnación al modelo, un decir no, que de alguna manera ya está en su seno construyendo esa alternativa que no sabemos dónde está. «Quien os presenta la necesidad de alternativas, está cayendo en la trampa de todos los políticos de izquierda, incluidos sindicatos, incluidos todos, es decir, pensar que a la gente no se le puede ir con meras propuestas de decir NO, sino que hay que ofrecerles algo a cambio; por ahí es por donde se han perdido todos los movimientos de protesta, por ahí, por aceptar teóricamente esa necesidad de alternativas».<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup> Poco más nos queda que enarbolar ese NO rotundo. Aquí sigue su justificación.</p>
<h3>¿Qué hay más allá del límite?</h3>
<p>De forma un tanto simplificadora, podemos decir que lo queer ha sido algo que se ha mantenido en los márgenes de lo social, si no es que ha estado más allá de lo social. Lo que pudiera parecer una zona liminal es prácticamente el otro lado del muro, una frontera. Lo queer tiene una gran carga de habitar un lugar fuera del mundo y la aparición de eso queer en el mundo es, simbólicamente, una migración, una entrada ilegal y un salto de valla. ¿Cómo se asimila eso y se hace norma? Vamos por partes.</p>
<p>Atendamos a la lógica pura y a uno de los pilares fundamentales de la misma: «El mundo es todo lo que es el caso».<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup> El mundo es lo que es, nos dice Wittgenstein. Lo que no es, no es el mundo. Una roca es el mundo. Una conversación es el mundo. Un dildo es el mundo. Todo lo que hay, todo lo que veo, toco, nombro, ya es, o ya está siendo. No puedo negar la existencia de ello porque está ahí, conmigo, percibido por mi consciencia de ese propio mundo. Por lo tanto, lo que abarcan mis ojos<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup> es el tablero en el que me muevo. Puedo imaginar y soñar y generar abstractos, pero siempre de la forma y manera en la que los elementos son reales para mí. El mundo se configura y yo configuro al mundo con lo que el mundo es. Todo lo que es mundo, lo puedo nombrar y lo puedo reconocer. Por otro lado, «de lo que no se puede hablar hay que callar».<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup> El otro gran axioma wittgensteiniano, el cierre del tratado. Lo que no percibo, lo que no veo, lo que no puedo tocar y, ni siquiera, me puedo llegar a imaginar, no es, no existe. De ahí que sea este un fundamento de la lógica: lo que es, es; lo que no es, no es. No puedo nombrar la nada.</p>
<p>¿Por qué estamos entorpeciendo el hilo argumental con estas cuestiones? De manera muy breve queremos reforzar esa idea de que el mundo tiene unos sujetos que lo reconocen. Es en ese reconocimiento que los mismos sujetos tienen la capacidad de entender que el mundo llega hasta un lugar. Hay un límite del mundo, siendo además este seco y cortante. Hay una frontera del mundo, tal y como decíamos más arriba. Algo tiene de esas proyecciones terraplanistas medievales en las que una cascada anunciaba el límite del mundo en una caída al abismo plagado de monstruos. Ahí está la cosa. ¿Qué pasaría si esos monstruos a fine mundi tuvieran la capacidad de nadar a contracorriente, escalar la cascada y aparecer en la tierra de los sujetos? Lo nunca visto, la criatura maravillosa que acontece en la vieja tierra y se presenta como lo que alguien auguró una vez, pero de la que no hubo evidencia alguna.</p>
<p>Esa es la forma en la que los sujetos que ahora llamamos queer se han relacionado históricamente con el mundo. La diferencia está en que la frontera no estaba colocada en los confines de un océano del que era imposible escapar. La propia frontera entre el mundo de la norma y los sujetos queer estaba bordeando su propia subjetividad y estableciendo un cerramiento en contacto directo con sus propios cuerpos. Aún así, tenemos que insistir en que esta simplificación es reduccionista en cuanto a su ámbito geográfico y temporal. Si nos acercamos al historiador Christopher Chitty y su Hegemonía sexual, podremos comprobar cómo el desarrollo de las subjetividades queer (específicamente, de los hombres homosexuales de clase baja que él estudia) no ha sido tan opresor o siniestro como estamos acostumbrados a entender. De hecho, es el triunfo de la clase burguesa, acompañada de la moral, la que propicia un movimiento marginador de los sujetos queer.</p>
<p>El paradigma solía asumir que el sentimiento antihomosexual es una especie de ideología atemporal desatada por la crisis social. La tolerancia se concibe negativamente como la ausencia de homofobia; sin embargo, el hecho de que las culturas de la sodomía fueran tan públicas indica que algo diferente a la ausencia de miedo y de pánico permitió que estas culturas florecieran, algo positivo o constitutivo, tal vez la solidaridad con los marginados sexuales o la oposición a la cultura dominante.<sup><a id="ffn9" class="footnote" href="#fn9">9</a></sup></p>
<p>Sea como fuera, hay algo de ese monstruo abismal en la aparición de los sujetos queer en el mundo normado. Cuando el sujeto queer se desvela en el espacio público, el ojo del otro que se encuentra con él, lo coloca automáticamente en un lugar de extrañamiento. «Eso que estoy viendo no debería estar ahí». Por lo menos, es algo que parece haber ocurrido en esta Europa hasta que acabara el breve siglo pasado. El ente queer era un monstruo tenebroso, que asustaba, al que se quería devolver al otro lado de la frontera que se había atrevido a traspasar. No era asumible ni aceptable la presencia desvelada. De ahí, lo que ya sabemos: la violencia, el ostracismo, la opresión y el silencio.</p>
<p>Pero hay algo curioso en los monstruos. Hay unos, similares a los que estamos hablando, que habitan junto a las monstruosidades queer: dan miedo, aterran y se les pretenden alejar. Todos esos fantasmas, vampiros y hombres lobo que la cultura popular ha construido para localizar lo prohibido y a lo que no hay que acercarse. Sin embargo, y a pesar de que habitualmente no tengan tal categoría de monstruosidad, sino más bien de criaturas mágicas, encontramos todas esas hadas, ninfas y unicornios, que generan una atracción y que quieren ser encontrados por parte del mundo de la norma. Esos seres que brillan y que hacen soñar. Hay algo de eso en lo queer y en su propia asimilación. ¿Cómo unos sujetos que aterrorizaban y eran devueltos a la sombra por parte del discurso oficial han sido retomados a día de hoy por esa misma institución y son expuestos (ocupando cargos políticos, lugares de visibilidad pop, plataformas de streaming, prime time televisivo, opinología en redes) con las partículas iridiscentes que desprenden? Tenemos que acudir al último gran monstruo queer que se atrevió a saltar el muro: vamos a hablar del VIH y el sujeto sidoso…</p>
<p>Este es un fragmento del artículo original; <a href="https://zonaestrategia.net/wp-content/uploads/2026/03/ZE4_cap5.pdf">descárgalo completo aquí.</a></p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">Cathy J. Cohen, «Punks, bulldaggers, and welfare queens. The radical potential of queer politics?», <em>GLQ</em>, vol. 3, 1997, p. 459. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">Entendemos democracia en un sentido negativo al reconocer en ella la cesión del poder por parte de los votantes a los partidos representativos. La pacificación social ha colocado a los ciudadanos en un lugar de aceptación del orden en el que no se valora la posibilidad de conflicto, todo se resuelve mediante las urnas. <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">«La Misa», programa de streaming argentino en el canal <em>Carajo Stream; disponible online en</em> https://www.youtube.com/watch?v=uNpCmaiZA3I&amp;ab_channel=Carajo <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">Ejemplo claro de ello ha sido Irene Montero en múltiples ocasiones: lanzando el «Amiga, date cuenta» a Isabel Díaz Ayuso el 8M de 2024, o defendiendo el «Sola, borracha, quiero llegar a casa» desde la cuenta de X del Ministerio de Igualdad en marzo de 2020. <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Agustín García Calvo, <em>Contra la paz. Contra la democracia</em>, Barcelona,Virus, 1993, p. 58. <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">Ludwig Wittgenstein, <em>Tractatus logico-philosophicus</em>, Madrid, Alianza, 2003, p. 57. <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">Usamos esta figura literaria de forma práctica, entendemos que la percepción del mundo no se hace únicamente a través de la vista. Es más, que la percepción del mundo sea visual para la gran mayoría es lo que lo ha configurado de la manera en la que es. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">Ludwig Wittgenstein, <em>Tractatus logico-philosophicus</em>, ob. cit., p. 145. <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
<li id="fn9">Christopher Chitty, <em>Hegemonía Sexual</em>, Madrid, Traficantes de Sueños, 2023, p. 63. Desarrolla al respecto los distintos tratamientos de la homosexualidad en la Grecia antigua, las ciudades-Estado italianas, los bajos fondos del París del siglo XIX y la actualidad, para destacar esas diferencias y los usos políticos-morales de la represión de la homosexualidad. <a href="#ffn9">↩︎</a></li>
</ol>
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		<title>La realidad material que nos compone: el dinero en los movimientos de clase media</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 05 Mar 2025 11:30:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos/Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los movimientos no están abordando el problema fundamental al que nos enfrentamos, es decir, no siempre están poniendo en el centro las urgencias de los que están peor.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-realidad-material-que-nos-compone-el-dinero-en-los-movimientos-de-clase-media/">La realidad material que nos compone: el dinero en los movimientos de clase media</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://zonaestrategia.net/potencias-del-movimiento-lgtbiq-por-una-estrategia-socialista-revolucionaria/">En un reciente artículo</a>, las compañeras de Liza Plataforma Anarquista de Madrid respondían a los textos que publiqué el pasado año. En ellos, desgrané las discusiones que están surgiendo en torno a la cuestión de los movimientos sociales en el ciclo que se cierra y en el papel que pueden jugar en el nuevo que se empieza a abrir. No pretende ser esta una contestación a lo escrito por las compañeras, pues considero que la suma de más voces es más deseable que el carteo dialéctico. Quiero utilizar las notas que aquí siguen como apunte a una de las cuestiones que ellas tocan en su artículo y matizar a qué me refiero -o a qué nos estamos refiriendo desde ciertos espacios- cuando afirmamos que los movimientos sociales son, a día de hoy, espacios de clase media. Además, es esta una oportunidad para seguir lanzando discusiones, siendo el problema del dinero en los movimientos sociales una clave para entender la cuestión de clase.</p>
<p>Liza enuncia lo siguiente: «Uno de los temas centrales que desarrolla Charlie es que el movimiento LGTBIQ+ está formado en su mayoría por clases medias que no tienen problemas reales, lo que genera un espacio político reformista. Ante esto, reacciona y concluye que la composición de los grupos debe cambiar.» Añaden también «la definición que usa Moya para clase media es, cuanto menos, controvertida. El término “clase media” no es sociológico, ni siquiera económico: es político.» Vayamos por partes.</p>
<p>Cuando me refiero -o nos referimos- a que los movimientos sociales están colmados por sujetos de la clase media, hablamos de unas individualidades con unas formas-de-vida que reproducen la identidad de esa clase, además de la búsqueda deseosa de alcanzar esa posición. En varios lugares ya he explicado que los sujetos de clase media son aquellos que se agrupan en estructuras familiares, adquieren vivienda mediante hipotecas —o en ocasiones alquilar pero su deseo es la compra—, contraen deudas, legan propiedades a sus descendientes, tienen mayoritariamente formación superior y aspiran al funcionariado o a las profesiones liberales como medio de sustento. Que haya sujetos más jóvenes en los movimientos sociales con vivienda en alquiler, compartida con conocidos o desconocidos, abiertos a la poligamia y con trabajos más o menos precarios no quita que esa forma-de-vida clase mediana sea una aspiración y esta etapa constituya únicamente un paso previo del camino marcado.</p>
<blockquote><p>Que los sujetos de clase media tienen “problemas reales” es cierto; que pretenden el sostenimiento de la estructura de la propia clase media por acomodo o por necesidad, también.<em><br />
</em></p></blockquote>
<p>Eso no impide que los sujetos que componen los movimientos sociales tengan, en palabras de Liza, “problemas reales”. En ningún caso se niega las problemáticas de cualquier individuo. Sería absurdo no tener en cuenta las realidades materiales de la población o no entender las dificultades que existen para encontrar un trabajo bien remunerado, el sentimiento de fracaso al obtener unos estudios que no van a poder mantener una carrera futura o los problemas vitales que genera la dificultad del acceso a la vivienda. Estas situaciones se producen, es obvio, y también lo es que suponen un malestar para las personas que las atraviesan. El matiz que tratamos de aportar, si es que podemos hablar tan solo de un matiz, es que estos “problemas reales” no se producen ni de lejos, con la urgencia o la gravedad con que los sufren otros sujetos. Decimos urgencia para referirnos a los desahucios, a las persecuciones policiales y a las deportaciones por cuestión de raza/clase, a la imposibilidad de acceso al mundo laboral de las personas trans, al estigma y a la criminalización de las trabajadoras sexuales. Ahí hay urgencia porque hay vidas que no pueden ser vividas. Que los sujetos de clase media tienen “problemas reales” es cierto; que pretenden el sostenimiento de la estructura de la propia clase media por acomodo o por necesidad, también. Como es asimismo cierto, que son estos movimientos sociales de clase media lugares que, al no estar llamados por la urgencia, podrían estar redirigiendo y redistribuyendo fuerzas, cuerpos y capital a lugares donde sean más necesarios. Que la acción de derribar el modelo familiar, de propiedad privada, trabajo asalariado para sustituirlos por comunidades de vida y de trabajo mayoritariamente no se está haciendo, es innegable.</p>
<blockquote><p>No pretendemos decir que esos movimientos sociales de clase media deban hacer un lavado en el que los sujetos de clase media sean “expulsados”</p></blockquote>
<p>Por eso, en ningún caso se afirma que la composición de grupos deba cambiar. Si se ha entendido así, entono el mea culpa. No pretendemos decir que esos movimientos sociales de clase media deban hacer un lavado en el que los sujetos de clase media sean “expulsados”, como se afirma en el artículo, y se recompongan a través del “proletariado”. Es más, hay muchos de ellos que están organizados históricamente, como pueden ser los que pertenecen al profesorado o los trabajadores sanitarios, donde se mantiene una lucha necesaria. También es cierto que, siendo parte del sector, qué menos que implicarse en ese aspecto.</p>
<p>Si hay algo que puede aprovecharse de esta composición actual es precisamente que la falta de urgencia permite la acción política para acabar con la estructura social desigual y el modelo que articula, y que, desde ese lugar privilegiado —a pesar de que no nos sintamos cómodos llamándolo así— se redistribuya, una vez más, fuerzas, cuerpos y capital, en beneficio de aquellos que están acorralados por la urgencia.</p>
<p>Una alerta antes de seguir: no estamos hablando de asistencialismo ni pretendemos el juicio moral de los que tienen más sobre los que tienen menos. De lo que aquí se trata es de comparar el discurso de individualidades y colectivos con su realidad material. Es decir, saber a ciencia cierta si la repetición perpetua de un nosotros precario en los movimientos sociales es objetiva o está sobredimensionada. No se trata de que la progresía se lance a salvar a los pobres del mundo, sino de que se pongan a trabajar codo a codo.</p>
<blockquote><p>La cuestión está en qué hacemos con el problema del dinero en los movimientos sociales</p></blockquote>
<p>Retomando lo anterior, afirmamos que sí, la clase media también es una definición en términos económicos. La cuestión está en qué hacemos con el problema del dinero en los movimientos sociales. ¿Es real la precarización de los sujetos que componen esos movimientos? ¿Estamos frente a unos grupos escasos de recursos y con severas dificultades para sustentar las propias vidas? ¿Podemos atrevernos a hablar claramente de las capacidades y del capital con el que nos sostenemos de forma individual?</p>
<p>Hagamos la prueba: expongamos de forma pública y veraz en nuestras comunidades los datos objetivos que sostienen nuestra materialidad. Qué salario percibimos, qué formación hemos adquirido, qué tipo de vivienda habitamos, con quién y cuánto pagamos por ella, qué herencias hemos recibido o vamos a recibir. Hagamos un análisis cierto de la capitalización de nuestras vidas. Hablemos de forma real del dinero. Es algo que pasa desapercibido en los lugares en los que nos componemos y que solo en conversaciones de pasillo comentamos entre unas y otras o sobre un tercero. No resulta habitual que se haga ese tipo de exposición al grupo. Pero, si queremos construir comunidades de vida y de trabajo que quieran superar el modelo o la forma-de-vida de la clase media tenemos que ser conscientes del capital común con el que estamos contando. Porque, hasta ahora, en los movimientos sociales, la cuestión del dinero es algo individual e inenarrable. No se menciona y se obvia. Eso sí, hagamos esto en caso de querer poner en marcha esas comunidades de vida y trabajo de las que hablamos. Si lo que queremos es seguir manteniendo unos espacios sectorializados por identidades en los que reproducimos el discurso del precariado y seguimos sin estar dispuestas a movernos, entonces no hagamos nada.</p>
<p>Hagamos este ejercicio para que quizás así podamos acercarnos a vislumbrar si, en términos económicos, están nuestros espacios compuestos por la clase media. Puede que al hacerlo nos demos cuenta de que no, de que la precarización de las vidas es una certeza. Pero, ¿y si de pronto despertamos de una ficción en la que hemos jugado esta última década larga y la precariedad no era tal, al menos en comparación con esos otros sujetos? Y no hablamos únicamente de la precariedad individual, hablamos siempre de algo común. Porque sólo haciendo esta exposición certera y sabiendo con qué posibilidades materiales contamos, podremos empezar a pensar una redistribución que nos permita sostenernos.</p>
<blockquote><p>¿Cuántos profesores de la enseñanza pública hay en los movimientos sociales? ¿Cuántos profesionales sanitarios? ¿Cuántos abogados, arquitectos, ingenieros?<em><br />
</em></p></blockquote>
<p>¿Cuántos profesores de la enseñanza pública hay en los movimientos sociales? ¿Cuántos profesionales sanitarios? ¿Cuántos abogados, arquitectos, ingenieros? ¿Cuántos tienen un negocio? ¿Cuánta gente puede acudir a su familia en caso de necesidad económica? ¿Cuánta gente recibirá la casa familiar como herencia? ¿Cuánta la ha recibido ya? ¿Cuántos habitan una vivienda por la que no pagan hipoteca ni alquiler? ¿Cuántos subarriendan las habitaciones de la casa en la que viven? Son preguntas que debemos hacernos y que deben ser de conocimiento del grupo si de verdad estamos apostando por construir comunidades de vida. ¿Pretendemos generar un cambio revolucionario a través de los lugares en los que nos componemos o son tan solo un pasatiempo? Porque ahora mismo hay personas a las que les va la vida en ello. Solo hace falta acercarse a los Sindicatos de Inquilinas o a las PAHs para conocer el relato. Lugares estos, además, donde se combinan sujetos de la clase media y sujetos pobres y precarios en una interrelación que permite poner el foco en las urgencias, al mismo tiempo que no se pierde de vista el discurso y la estrategia política. Son clara prueba de cómo pueden militar conjuntamente sujetos de distinta clase. Y repetimos de nuevo: no se trata de que los progres salven a los pobres. Es tarea de los pobres salvarse a sí mismos; se trata de una composición de luchas mixta en la que estratégicamente se aprovechen los recursos de capital, fuerzas y cuerpos con los que contamos.</p>
<p>¿De verdad no hay posibilidad de redistribución? ¿Somos todas igual de precarias? El afecto político y la confianza se construyen también mediante el desvelamiento de nuestras condiciones materiales en el grupo con el que nos estamos componiendo.</p>
<p>Y cuando hablamos de redistribución no nos enfocamos, a pesar de que así parezca por el tono, a lo económico en términos estrictos, hablamos de fuerzas, cuerpos y capital. La redistribución en los movimientos sociales no se basa únicamente en lo económico, aunque sea este uno de los problemas fundamentales y el gran silenciado. Es necesario pensar también una redistribución de fuerzas y cuerpos, en el caso de que descubramos que sí, que los movimientos sociales son mayoritariamente de clase media y que no siempre están abordando el problema fundamental al que nos enfrentamos, es decir, no siempre están poniendo en el centro las urgencias de los que están peor.</p>
<p>El tiempo dedicado a las luchas es vital. A eso nos referimos con las fuerzas. ¿Dónde estamos poniendo el tiempo y en qué nos estamos enfocando? ¿Cuánto dedicamos a temas superficiales en las asambleas y cuánto a la estrategia y al enfoque político que queremos generar? Ya hemos inventado unos lugares de ocio y unos espacios de socialización en los que podemos dedicarnos a otras cuestiones. Volvamos a hacer de la asamblea un lugar en el que prime la acción colectiva y el propósito del grupo, porque esas urgencias de las que hablamos se mantienen activas. Redirijamos el uso de fuerzas y los cuerpos-sujetos que están dotados de ellas a encararlas.</p>
<blockquote><p>La acción estratégica debe pasar al lugar central de cualquier movimiento político<em><br />
</em></p></blockquote>
<p>¿Para qué mantener activos espacios que sólo se dedican al ocio y a la socialización? No negamos la necesidad de estos, y para cualquiera son una línea de fuga y una posibilidad de escapar momentáneamente de la rueda del capital. Pero dediquemos otro lugar fuera de lo asambleario para ello. Hay movimientos sociales con grandes cantidades de cuerpos-sujetos que podrían estar derivándose hacia luchas más urgentes en vez de seguir basándonos en la socialización y el reconocimiento<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup> identitario. Si queremos sustentar comunidades de vida y de trabajo que pretendan un cambio revolucionario, debemos redistribuir los cuerpos-sujetos más allá del encuentro. Es preciso ser estratégicos. La crisis de vivienda, la radicalización del control y de las fronteras y el colapso planetario están aquí. No es este un anuncio apocalíptico. Pero, si solo entre nosotras podemos salvarnos, la acción estratégica debe pasar al lugar central de cualquier movimiento político.</p>
<p>Por último, retomando una vez más las afirmaciones del artículo de Liza: no, no pretendemos que los sujetos de la clase media sean expulsados de los movimientos sociales como si de una caza de brujas se tratara. La composición es la que es, no se busca forzar a que unos individuos sean sustituidos por otros. Repetimos: es necesaria una redistribución de fuerzas, cuerpos y capital. Hace falta discernir en términos materiales, si queremos, si los movimientos sociales son o no espacios de clase media. En caso de poder afirmarlo con objetividad y de forma clara, ahí es donde actúa la redistribución que estamos proponiendo. Solo así se podrán dirigir, tanto nuestros recursos como nuestra acción política hacia los lugares donde la urgencia apremie.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">Los artículos en base a los que Liza ha publicado su texto tienen también mucho que ver con la cuestión del reconocimiento de las identidades desde los movimientos sociales. Podría haber sido este lugar para introducir también ese debate, pero he optado por limitarlo y no lanzar demasiadas líneas a la vez. Igualmente, aprovecho para recomendar la lectura de “¿Reconocimiento o redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo”, publicado por Traficantes de Sueños, donde Nancy Fraser y Judith Butler discuten sobre estas cuestiones Quizás en el futuro haya ocasión de debatir sobre esto de forma más extensa. De momento, nos ceñiremos a la cuestión redistributiva. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
</ol>
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		<title>Orgullo Crítico, Orgullo Cómodo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jun 2024 08:38:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismos/Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[28J]]></category>
		<category><![CDATA[lgtbi]]></category>
		<category><![CDATA[LGTBIQ+]]></category>
		<category><![CDATA[orgullo]]></category>
		<category><![CDATA[queer]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Dónde quedó el tomar y hacer en vez de pedir y esperar? Los oprimidos han iniciado un ciclo político en el que se constituyen como una víctima sin agencia que busca ser protegida</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Cada 28 de junio vuelve a sobrevolar el fantasma de Stonewall. Las imágenes de Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson se reproducen en un bucle infinito en las redes sociales. Las proclamas de todos los Orgullos (críticos y comerciales) mencionan esa noche, esas personas, ese acto revolucionario. Podría parecer, pues, que la comunidad queer tiene bastante claro qué sucedió en Stonewall y qué potencial político había tras ello, ¿no?</p>
<p><a href="https://katakrak.net/cas/editorial/libro/miss-major-toma-la-palabra"><em>En un reciente libro</em></a>, la activista trans negra Miss Major aporta una voz más desconocida de ese relato. «Yo sólo sé que esa noche vinieron y nadie aflojó». Los que vinieron fueron los policías y ese nadie que no aflojó las trans negras y putas que, hartas de recibir palizas y detenciones, en los inicios del verano de 1969, se enfrentaron a la represión. Era más que urgente poner fin a la violencia y tuvieron el arrojo de atreverse a pasar a la acción. Un año después, nos dirá Miss Major, el Orgullo ya se había consolidado y los hombres homosexuales blancos la apartaron a ella y a las demás de cualquier lugar de visibilidad.</p>
<p>Teniendo en cuenta la claridad del legado, la genealogía de la lucha, el mito fundacional sobre el que se asienta la idea del Orgullo y las potencias que este podía suscitar, ¿qué demonios ha pasado para que este haya perdido toda entidad política? Y no me refiero en esta ocasión al Orgullo mainstream, al desfile de carrozas, al patrocinado por empresas y encabezado por partidos. No, estoy hablando verdaderamente del Orgullo Crítico (o los Orgullos Críticos) como espacio en el que la política, la radicalidad política en la que se asentaba, ha quedado relegada al olvido.</p>
<blockquote><p>Asusta que un movimiento social capaz de movilizar a miles de personas no tenga la más mínima intención de romper con el modelo anquilosado en el que se está viendo atrapado y su única opción sea la autorreferencialidad</p></blockquote>
<p>Pongámonos en situación: junio de 2024, las calles del centro de Madrid. Se convoca la manifestación del Orgullo Crítico que parte de la Glorieta de Bilbao, marcha hacia Argüelles y termina en Plaza de España. Durante el recorrido hay lemas, pancartas enarboladas, banderas, música, gritos, risas. Se llega al final, se lee el manifiesto, hay distintas intervenciones y vuelta a casa. En abril-mayo de 2025 se volverá a poner en marcha la plataforma y se repetirá el modelo. Esto no ha ocurrido aún. Pero la historia se puede contar ya. Incluso se puede una a aventurar la cantidad de asistentes: ¿20 mil? ¿25 mil? Es la cifra en la que se ha movido estos últimos años. Pues ya estaría, pueden ahorrarse la participación, no van a ver nada nuevo.</p>
<p>Perdón por el cinismo, pero asusta que un movimiento social capaz de movilizar a miles de personas, algo que en este país sólo puede hacer la Sanidad Pública, el 8M o la final de la Liga, no tenga la más mínima intención de romper con el modelo anquilosado en el que se está viendo atrapado y su única opción sea la autorreferencialidad, el victimismo y la complacencia.</p>
<p>¿Qué pasa, pues, para que un movimiento que hereda históricamente una lucha en la que mujeres, trans, negras y putas acabaron a pedradas con la policía, se limite a día de hoy a salir un día al año a pasearse por Madrid? Lo que pasa es que ni hay urgencia, ni hay emergencia, ni todos esos miles de personas que asisten a la marcha tienen necesidad ni intención de poner el cuerpo en nada porque no hace falta.</p>
<p>¿Por qué prende la llama de Stonewall? Porque no solo era la violencia policial diaria. Eran los encarcelamientos, la falta de acceso a la vivienda, la negación de la salud, el rechazo social, el trabajo (en caso de haberlo) terriblemente precarizado o la falta de comida. Si Sylvia, Marsha o Miss Major se dedican a partir de los años 70 a montar casas de acogida para menores y otra gente expulsada de sus familias y a reunir gente es porque comprendieron que solo la comunidad podía tener la potencia del apoyo mutuo. Si no hay llama alguna que prenda a día de hoy en el Orgullo Crítico es porque esos miles de personas viven en la más absoluta de las comodidades.</p>
<blockquote><p>¿No está obcecada la comunidad LGTBetc en el lugar de opresión en el que habita?</p></blockquote>
<p>¿Pero, no estamos hablando todo el rato de la violencia, las agresiones, el acoso, las palizas, los asesinatos? ¿No está obcecada la comunidad LGTBetc en el lugar de opresión en el que habita? A veces la violencia de la que se habla no es real. La violencia más cruel en este país se encuentra en los asesinatos en la valla de Melilla, en las violaciones a las temporeras de Huelva, en las redadas diarias de Lavapiés, las agresiones a mujeres trans muchas veces trabajadoras sexuales. La violencia, a día de hoy, está en Gaza. En los cuerpos otros marginalizados, inexistentes, abocados a desaparecer en cualquier momento; cuerpos en los que la vida no vale para nadie.</p>
<p>Que te insulten por la calle, que utilicen equivocadamente tu pronombre o que te miren raro es un hecho desagradable, como los actos desagradables o agresiones que puede vivir cualquier persona por cualquier razón. No ha lugar de convertirlo en un evento traumático y mucho menos situarnos como si fuésemos las víctimas privilegiadas y mártires de los oprimidos sin atender a las violencias más graves que sufren muchas de las personas que nos rodean y que se encuentran en peor situación. Y mientras los que lideramos estas manifestaciones no seamos los que sufren las violencias más duras, aquí nadie va a tirar la primera piedra. No es que nadie afloje, como contaba Miss Major, es que la flojeza ya está aquí.</p>
<p>Los movimientos sociales, siendo este caso del que estamos hablando el del Orgullo Crítico, son lugares de comodidad, aglutinadores de agentes de la clase media. Personas jóvenes, con estudios universitarios, trabajos más o menos precarios con los que se consigue pagar el alquiler y futuros herederos de la herencia familiar. Lo que Emmanuel Rodríguez llamaría “<a href="https://traficantes.net/libros/el-efecto-clase-media">el efecto clase media</a>”. Una sociedad constituida por individuos con aspiraciones a un trabajo mejor, una vivienda mejor, una formación mejor. Aquellas casas comunitarias de Sylvia, Marsha y Miss Major, donde la familia se había abolido y los recursos eran compartidos no tienen lugar en el entorno en el que estamos hablando.</p>
<p>Parece imposible que asambleas como la del Orgullo Crítico se conviertan verdaderamente en esas comunidades de vida. Es impensable que espacios como estos sean radicalmente políticos y decidan cuestiones como socializar los recursos comunes, poner las economías y los cuerpos en el centro de la vida y pensar en cuáles son las estrategias verdaderas a seguir más allá de mirarse el ombligo. ¿Por qué una asamblea capaz de mover tal magnitud de personas no se plantea en un momento de guerra como este asaltar la embajada de Israel hasta que el gobierno del país rompa cualquier lazo diplomático y comercial? ¿20 mil personas no son suficientes? ¿Por qué no se aprovecha esa estampida humana para repartirse por los distintos desahucios que a diario suceden en esta capital e impedir que la gente pierda sus casas? ¿Por qué no asaltar supermercados para redistribuir la comida? ¿Por qué no acampar en la M-30 hasta que las personas de la Cañada Real vuelvan a tener luz, después de casi cuatro años viviendo en condiciones infrahumanas? La intención ni está ni se la espera.</p>
<blockquote><p>Cualquier forma de interseccionalidad que no se piense como emancipación colectiva no es más que una forma de política identitaria personal</p></blockquote>
<p><a href="https://www.bellaterra.coop/es/libros/como-nos-liberamos">Contaban las feministas del Combahee River Collective</a> que la emancipación sólo sería posible en caso de que se hiciera de forma colectiva. Cuando empezaron a trazar la idea de la interseccionalidad, auguraban que ellas, como mujeres, negras y lesbianas sólo serían libres políticamente en el momento en el que hubiera una emancipación global de todos los sujetos desposeídos, de todos aquellos oprimidos por el mismo orden del Capital. Esa <a href="https://zonaestrategia.net/clase-sexo-y-raza-mas-alla-de-un-enfoque-interseccional/">interseccionalidad</a> ha ido mutando y cambiando de significado hasta llegar a nuestros días como un artefacto en el que los sujetos parecen estar atravesados por infinidad de etiquetas que hacen aumentar o disminuir su ranking en el opresómetro social. Cualquier forma de interseccionalidad que no se piense como emancipación colectiva y que derive en prácticas individualistas, autorreferenciales y victimistas no es más que una forma de política identitaria personal.</p>
<p>Mantenerse en el discurso del sufrimiento y el lamento perpetuo solo consigue hacerle el juego a la pacificación socialdemócrata y neoliberal. Esa forma de activismo actual en la que los sujetos demandan derechos construidos a partir de una violencia no existente es la entrega absoluta del poder político a los pies de los estados democráticos. Por favor, sálvenme de la bestia, me lo merezco por esta lista de atributos que me acompaña.</p>
<blockquote><p>Los oprimidos han iniciado un ciclo político en el que se constituyen como una víctima sin agencia que busca ser protegida</p></blockquote>
<p>La emancipación colectiva solo se hará, precisamente, en común. Ninguna democracia va a salvar a nadie. Las demandas de derechos humanos por parte de los espacios del activismo queer son el triunfo del movimiento asimilador de las democracias occidentales actuales. Nunca les vino tan bien a los políticos de todo el arco parlamentario que a día de hoy las luchas consistan en reclamaciones. ¿Dónde quedó el <a href="https://traficantes.net/libros/tomar-y-hacer-en-vez-de-pedir-y-esperar">tomar y hacer en vez de pedir y esperar</a>? Los oprimidos han iniciado un ciclo político en el que se constituyen como una víctima sin agencia que busca ser protegida. Se pide que el sistema sea seguro y vigilante para poder alcanzar esa identidad idealizada. Así es como la identidad y su potencia, el medio que podía reconducir las luchas y su quién falta, se ha tornado un fin último. Si las urgencias no existen en los espacios asamblearios, lo único que queda es dedicarse a hablar de una misma. El ombligo propio es cada vez más gigante.</p>
<blockquote><p>Las asambleas no son un lugar para hacer terapia y lamerse las heridas</p></blockquote>
<p>Para salir de ello, como dijimos, no queda otra que poner el cuerpo, esta vez de verdad. Las asambleas no son un lugar para hacer terapia y lamerse las heridas. Utilicen ustedes las cañas de después para exponer sus lamentos y sus compañeras seguro que estarán encantadas de ayudarles, para eso también están. Pero el círculo político en el que nos convocamos tiene finalidades concretas: acabar con las cárceles, detener deportaciones, okupar viviendas y centros sociales, abolir el trabajo… No lo sé, sueñen, piensen juntas. Es extrema la situación de miles de desposeídos. Hay gente siendo decapitada ahí fuera. Dejen de repetir lemas manidos y de lanzar proclamas que nunca van a cumplir. “¡Fuego al sistema!”. Adelante, traigan antorchas, yo pongo la gasolina.</p>
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		<title>¿Por qué el movimiento LGTBIQ+ debería disolverse? Contra el efecto pacificador de la izquierda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 09:00:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[institucionalización]]></category>
		<category><![CDATA[LGTBIQ+]]></category>
		<category><![CDATA[movimientos sociales]]></category>
		<category><![CDATA[queer]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este texto llama a repensar el movimiento a partir de la solidaridad y la acción directa para superar el identitarismo desafiando el statu quo y recuperando el potencial de cambio social radical</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/por-que-el-movimiento-lgtbiq-deberia-disolverse-contra-el-efecto-pacificador-de-la-izquierda/">¿Por qué el movimiento LGTBIQ+ debería disolverse? Contra el efecto pacificador de la izquierda</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En julio de 2021, moría asesinado el joven gallego Samuel Luiz tras recibir una brutal paliza. El consenso social, no el mediático, tuvo claro que lo habían matado por ser homosexual. Así se gritó en todas las movilizaciones que surgieron durante ese verano y en los meses posteriores. «A Samuel lo han matado por ser maricón» fue uno de los cánticos más unificadores bajo protestas en múltiples ciudades de todo el Estado. Pasadas las fechas de <em>prides</em> y orgullos críticos, el movimiento LGTBIQ+ se concentraba unilateralmente para denunciar el supuesto<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup> alto grado de violencia que se estaba alcanzando. El enemigo también estaba claro: el discurso de la derecha y la ultraderecha desde las instituciones, el Parlamento o los medios de comunicación. «A Samuel lo han matado por ser maricón y los culpables están ahí, son ellos, les ponemos nombre y cara».</p>
<p>Las proclamas de rabia y cansancio también fueron habituales. Parecía que aquel «la que quiera romper que rompa, y la que quiera quemar que queme» de Yesenia Zamudio<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup> tomaba cuerpo en los sujetos LGTBIQ+ de este país. Quizás por eso, un grupo de personas decidió confrontar a la policía en una de las manifestaciones espontáneas en Madrid por el asesinato de Samuel. ¿Después del asesinato de un maricón, qué? ¿Qué más había que esperar para que esto parara? El discurso general apuntaba a que la violencia debía de dejar de llegar del Estado y tenía que contraatacar desde las clases populares, desde las oprimidas, desde las disidencias, en un movimiento en el que el “hasta aquí” se hiciera efectivo. Más adelante analizaremos si este movimiento cumple ciertamente con estas etiquetas que se asigna a sí mismo. «Así se infiltró la ultraizquierda en la protesta por Samuel», titularía el diario ABC la crónica de aquella tarde. Quizás, por un momento, el movimiento había despertado.</p>
<p>El verano pasó, llegó septiembre, las agresiones se sucedían y una nueva noticia acaparó titulares: un joven vecino de Malasaña denunciaba una agresión homófoba en la que unos encapuchados le habían rajado la palabra maricón en el glúteo. Nuevamente: movilización social, clamor público, acción política. La denuncia resultó ser falsa (o el chaval decidió cambiar la versión por miedo, por desvinculación, por hartazgo) y no había habido tal agresión, aquello había sido consensuado. Aún así, las concentraciones se mantuvieron porque no se hablaba de otra cosa que de violencia y la idea general era la de que había que seguir saliendo a la calle. Era necesario seguir rompiendo, seguir quemando. Las proclamas pedían fuego. ¿Por qué no llegó a saltar la chispa?</p>
<blockquote><p>Eso que llamamos movimiento LGTBIQ+ no existe como tal</p></blockquote>
<p>Resulta extraño. Bien es cierto que eso que llamamos movimiento LGTBIQ+ no existe como tal; deberíamos nombrarlo movimientos en plural, o colectivos, o sujetos. Hay muchos matices. Nunca ha habido tal unificación. Es todo pura apariencia o incluso un falso consenso que, en una aglutinación de siglas, ha considerado a este movimiento como algo coordinado y estable en el tiempo. Nada tienen que ver las ONG y asociaciones institucionales como la <em>Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más </em>(FELGTB) o el <em>Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales de Madrid</em> (COGAM), colectivos vinculados a partidos políticos y sindicatos subvencionados estatalmente, con las múltiples asambleas transmaribibolleras que pueblan decenas de municipios en todo el país. Lo de conglomerados como AEGAL (<em>Asociación de Empresas y Profesionales para Gays y Lesbianas, Bisexuales y Trans de Madrid y su Comunidad</em>), su financiación, su implicación en la destrucción del tejido social, su apoyo a la gentrificación o sus inversiones en Israel, lo dejamos para otro momento.</p>
<p>No nos alarguemos. Podríamos entender que, por lo menos, hay dos formas de comprender el movimiento LGTBIQ+: una en vinculación con las instituciones y partidos y otra en la autonomía, los colectivos de base o la política de calle. Bien, esto es algo que podíamos entender hasta ahora. Pero las demandas y los mensajes que al final tienen que ver con el discurso político, cada vez son más semejantes en ambos supuestos bandos. Por poner un ejemplo: en el manifiesto unitario del Orgullo Crítico de Madrid de 2023 se hacían alusiones a los «limitados avances en la adquisición de derechos», a los «derechos humanos» como tal, a las «pocas protecciones» que se otorgan desde instituciones como la Comunidad de Madrid, a «formar familias cishetero disidentes», a la «identidad política», a las «minorías entre minorías»<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup>. ¿No suena todo a proclama democrática? ¿No tiene un aire excesivamente demandante, asimilacionista y buscador de derechos a la manera de las asociaciones institucionales?</p>
<p>Si he puesto estos ejemplos desde el inicio es porque quiero llegar a un lugar muy concreto: los movimientos sociales se han equivocado en el fin de este último ciclo político y es de urgencia que planteen de nuevo su devenir, su acción y su discurso. En estos casos, quizás fueron un error las concentraciones por la muerte de Samuel (o el formato que adquirieron), quizás también la concentración por el ataque al chaval de Malasaña, o las proclamas del Orgullo Crítico. Teniendo en cuenta la capacidad de convocatoria y la potencia revolucionaria de enardecer de esa forma a la masa social, ¿por qué limitarla a un acontecimiento como un asesinato? ¿Por qué convocar un velatorio enfurecido y no poner las fuerzas en urgencias aún más extremas? ¿Por qué sacar a la calle a miles de personas solo en un caso tan específico? ¿Por qué no, antes o después, el movimiento LGTBIQ+ utilizó su capacidad de movilización para fines más comunes y menos sectorializados?</p>
<blockquote><p>Esta reflexión es una llamada a pensar en común</p></blockquote>
<p>Si me estoy centrando específicamente en el movimiento LGTBIQ+ es porque he formado parte de él y porque entono el <em>mea culpa</em> en su deriva. Podría hacerlo extensivo a cualquier movimiento social en el que participemos (feminismo, antirracismo, migra, disca, gorde…); todos tienen el nexo común de la identidad. Esta reflexión que pretendo abrir no es una acusación, sino una llamada a pensar en común cuál es el siguiente paso y cómo podemos volver a estar alertas ante el colapso y la crisis que vienen. Además, importante, qué papel jugamos colectivamente en esto y en qué lugar nos deberíamos situar.</p>
<p>Resulta curioso que en un mundo en permanente guerra, en el que Ucrania ya quedó prácticamente relegada a una esquina, Palestina empieza a aburrir a las audiencias y las noticias sobre Yemen, El Salvador o Somalia son nulas, occidente se haya obcecado por la pacificación. Más concretamente: la izquierda ha sido capaz de regalar un discurso pacificador que a día de hoy ha contaminado a los movimientos sociales. La izquierda, la socialdemocracia, el progresismo, los demócratas, llamemos de mil formas distintas a lo mismo, ha tenido la oportunidad perfecta para encajar un relato en el que la paz social debe ser un fin a construir entre todos. Será por medio de la aprobación de leyes y con la representación y la visibilidad exigida por las pretendidas minorías que la izquierda logrará otorgarse el emblema de “aliada” de los condenados de la tierra.</p>
<p>En ese mundo en guerra en el que habitamos es capaz de convivir la urgencia de la ley del “Solo sí es sí” con la explotación y violación diaria de las jornaleras de la fresa; es el mismo espacio-tiempo en el que se reclama la necesidad de una Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans y para la Garantía de los derechos de las Personas Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales e Intersexuales (LGTBI) y en el que el ministro del Interior es alguien como Fernando Grande-Marlaska, que también marcha en el Pride; el mismo ministro encargado del control de las fronteras y costas de un país en un mundo en guerra donde también se exige la #RegularizaciónYa de 500.000 personas sin papeles<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup>.</p>
<p>¿No tendrá que ver este giro de guion hacia el identitarismo en los movimientos sociales con una falta asustadora de discurso de clase? Quiero decir, parece que las reclamaciones de los últimos años tienen mucho que ver con el reconocimiento, los derechos y la exposición mediática. Por volver al movimiento LGTBIQ+ que nos ocupaba, el discurso latente está en la necesidad de visibilidad. Cito de nuevo el ya mencionado manifiesto del Orgullo Crítico de Madrid de 2023:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«No daremos un paso atrás respecto a la visibilidad de nuestras identidades en espacios de calle, educativos, sanitarios, en la legislación, donde sea».</p>
<p>Siempre está presente la necesidad de ser visto, de mostrarse públicamente, de ser reconocido. Pero, ¿es una necesidad real? ¿Hay realmente una invisibilización de determinados sujetos? ¿En un mundo en guerra en el que se combinan los <em>stories</em> de Instagram del enésimo bombardeo en Gaza con el anuncio de la nueva serie de moda de Amazon en la que el hijo de la presidenta de Estados Unidos y un príncipe inglés se enamoran? ¿De verdad se pretende la visibilidad y el reconocimiento? ¿Por qué no asumir, de una vez, que lo LGTBIQ+ se convirtió en lo mainstream? ¿No hay un sólo atisbo de lo conflictivo y lo peligroso que esto puede ser?</p>
<blockquote><p>Esta ha sido una de las grandes bazas de la izquierda, aprovecharse del miedo para sacar un rédito propio</p></blockquote>
<p>No menciono esto en clave de miedo, ni mucho menos. No me gustaría entrar en el mismo juego de la izquierda, en el que ha tomado por costumbre la llegada de una sociedad del terror en la que la pulsión de muerte está a la orden del día y cualquiera puede acabar con nuestra vida, en la que algo aún peor está por venir desde cualquier otro arco político que no es el suyo. De hecho, esta ha sido una de las grandes bazas de la izquierda, aprovecharse del miedo de determinadas minorías para sacar un rédito propio. Así pudo verse en las últimas elecciones generales de 2023, en las que el movimiento LGTBIQ+ estaba arropado por la gran madre de la patria en la que se ha convertido Yolanda Díaz, esa mujer protectora y caritativa que ha escuchado a sus hijes, ha sabido entender su sufrimiento y les ha ofrecido la paz a cambio del voto. La campaña que el movimiento LGTBIQ+ hizo en favor de la posible presidenta fue algo nunca visto en este país. Ni siquiera con Zapatero aprobando la Ley de Matrimonio Igualitario en 2005 se confió tanto en la democracia por parte de un sector poblacional que, por lo menos hasta la institucionalización post Transición, se había mantenido en los márgenes y en la confrontación de la norma.</p>
<p>Este es uno de los lugares donde quería llegar ¿qué ha pasado para que unos sujetos otros y disidentes que se movían en un entorno completamente <em>outsider </em>hayan optado por colocarse en el centro del tablero? ¿Por qué aquellos que aún no se nombraban movimiento LGTBIQ+ ejercían su acción política en el espacio que ofrecía la invisibilidad, la sombra y la cloaca? Leía hace poco al suicidado Christopher Chitty contar esto del higienismo del siglo XIX y de la aparición de los baños públicos en Europa:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«Mientras que orinar en la calle aparentemente causaba un «ultraje contra la moral», la colocación de urinarios podría causar una «molestia pública», que abarcaba desde los panfletos, el hedor y los grafitis sexuales detallados por Wright, hasta el merodeo, el ligue callejero, la masturbación y el sexo entre hombres, algo que preocupaba a la policía de las principales ciudades de Europa en ese momento. […] Como indica el ejemplo de Manchester, las mujeres pidieron la construcción de urinarios para prevenir la «indecencia pública» y luego los expulsaron de los vecindarios cuando se convirtieron en centros de actividad homosexual. […] El cambio arquitectónico, hacia tabiques y urinarios individualizados, asignó a cada hombre su propio sexo, así como la disposición ansiosa por el sexo del hombre que no podía ver. Sus fluidos corporales ya no se mezclaban con los de otros hombres y ahora desaparecían por un desagüe.»<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup></p>
<blockquote><p>Lo revolucionario estaba en las sombras, en la noche, en los callejones, en los urinarios públicos</p></blockquote>
<p>Lo que hace Chitty a lo largo de su <em>Hegemonía Sexual</em> es desgranar los archivos europeos y encontrar la multiplicidad de experiencias que los homosexuales han tenido a lo largo de la historia y las relaciones que los diferentes gobiernos han guardado con esta situación en cada momento (a veces ejerciendo la persecución, a veces permitiendo determinados actos por necesidad política o por pura hipocresía). Lo que intento traer a la luz con este fragmento es la potencialidad con la que ha vivido la sexualidad, la expresión de género e incluso la propia identidad, eso que ahora llamamos movimiento LGTBIQ+. Lo revolucionario estaba en las sombras, en la noche, en los callejones, en los urinarios públicos. La capacidad de resistencia frente a la cisheteronorma venía de unos lugares infectos, apestosos, de la pura cloaca en la que se encontraban a oscuras aquellos que desarticulaban el sistema con sus propios cuerpos. Había todo un mundo otro en los bajos fondos de la sociedad. De ahí el surgimiento de prácticas como el <em>cruising</em>, las aplicaciones de sexo instantáneo, el uso de drogas, la experimentación con el propio cuerpo o la nula moral sobre cualquier tipo de práctica sexual (<em>fisting, scat, pissing, BDSM, </em>orgías…). Con esto no quiero decir que la sociedad heteronormada no tenga prácticas sexuales disidentes de cierta moralidad judeocristiana ni que las personas LGTBIQ+ tengan todas una sexualidad o una expresión de género absolutamente fuera de la norma. Pero sí que hay algo en todo esto que tiene que ver con lo invisible que hace, ahora sí, de las personas cuir, sujetos desarticuladores del mundo heterocentrado a través de encuentros, prácticas y disidencias en la absoluta marginalidad.</p>
<p>La pacificación de la izquierda se ha encargado de arrancar de las cloacas a los sujetos cuir y de tratar de asimilarlos bajo un sistema uniformado porque la estructura familiar, el trabajo funcionarial, la deuda y la hipoteca son herramientas de control social. Que las personas LGTBIQ+ pasen a ser sujetos de bien o ciudadanos de primera dentro de la sociedad europea contemporánea no es más que un intento victorioso a través del cual la izquierda ha logrado, bajo un discurso pacificador y aliado, mayor mano de obra para seguir manteniendo vivo el engranaje del capitalismo. Era necesario incorporar al mercado laboral y al modelo de familia a todos aquellos que habían conseguido vivir una vida fuera del sistema capitalista. El matrimonio igualitario, la posibilidad de la adopción o la gestación subrogada, el acceso a trabajos funcionariales, profesiones liberales o la loanza de determinadas expresiones artísticas (podemos pensar desde la moda, el travestismo o la música, encontraremos cientos de ejemplos de personas LGTBIQ+ asimiladas) han sido las piezas clave para que todo un sector social se pusiera manos a la obra para seguir manteniendo al Estado. El asalto veloz hacia la clase media. Por supuesto, desde un lugar visible en el que cualquier práctica subversiva fuera sancionada o estigmatizada. Con la complicidad, además, de las asociaciones ya mencionadas del estilo FELGTB o COGAM, que en el momento más terrible de la crisis del VIH decidieron, por ejemplo, que el modelo familiar era lo más conveniente para no perder la herencia de sus muertos. Si podían casarse, el dinero no se escapaba a terceros<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup>.</p>
<blockquote><p>ACT UP, la Radical Gai o las LSD se encargaron de llevar la práctica revolucionaria a su acción política</p></blockquote>
<p>Si bien decíamos que el movimiento LGTBIQ+ no es algo unitario, es precisamente en este último momento epocal que nombramos ahora, el del SIDA como tabú y terror social, en el que colectivos como ACT UP, la Radical Gai o las LSD se encargaron de llevar la práctica revolucionaria a su acción política. Con la rabia que provoca un goteo incesante de compañeros muertos, las personas cuir de los años 90 se dedicaron incansablemente a señalar a la administración, las instituciones y el gobierno como culpables de la situación que estaban viviendo. Y les llamo aquí cuir cuando ni siquiera estos mismos sujetos se lo llamaban aún o nunca llegaron a llamárselo. Pero lo hago, porque estaban intrínsecamente vinculados a la marginalidad que otorga tal palabra. Porque a pesar de que eran conscientes de lo que suponía el VIH y fueron los únicos capaces de tener un conocimiento exacto del funcionamiento del virus y las enfermedades derivadas, siguieron, desde la cloaca social, construyendo vínculos que rompían con el sistema familiar, practicando y viviendo la sexualidad de la forma más extrema, a sabiendas de que el mundo se les podía acabar, renunciando a la participación democrática y a la entrada en un sistema de valores con el que estaban en permanente guerra. Y a pesar de todo ello, el peso del identitarismo y el ansia por la referencialidad constante del propio sujeto no era algo que estuviera en el discurso. Desde ese lugar escribía Paco Vidarte:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«Convertirnos, encarnar, ser todo lo que detestan, parecerles vomitivos, odiamos su buen rollo y sus sonrisitas, sus declaraciones compasivas que nos dan miedo, terror. Desenmascarar al enemigo hasta que cante. Provocación, esperpento: esto lleva mucho tiempo inventado. Llevarlos al límite. No somos sistema, ni ciudadanos de primera, ni demócratas, ni hemos pactado nada que nos obligue a ser como ellos, no molestarlos, o dejarlos de joder.»<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup></p>
<p>Y esto lo escribía desde la cama del hospital a punto de morirse. Con la misma rabia y el mismo desenfreno que había mantenido desde que estuviera en la Radical Gai. Sabiendo que hacía falta sacudir al movimiento LGTBIQ+, hacerle despertar de la amnesia en la que se encontraba ya en ese momento en el que no había asomo de revolución alguna. Lo hacía habiendo militado y habiéndose colocado en un lugar en el que lo marika fue radicalmente central, pero sin supremacía identitaria; por la lucha desde Lavapiés con las putas, los yonkis, los manteros, los pobres y todo aquel que se le cruzara en el camino. No era una cuestión de derechos, sino estar del lado de tu propio vecino con el que compartes la clase, la única forma en la que puedes estar codo a codo con alguien sin que tu identidad sea una problematización teórica. Solo cuando la propia vida está en riesgo es cuando todos los sujetos marginales pueden coordinarse y generar solidaridad y apoyo mutuo. Es la manera en la que ahora podemos ver cómo militan espacios como la PAH, los Sindicatos de Inquilinas, el Sindicato de Manteros, Territorio Doméstico o el Sindicato Otras; cuando lo que está en juego es la reproducción de la vida. Los movimientos sociales han permitido que la autorreferencialidad, el cuidado individualista y la primacía por los sentires propios descarte toda posibilidad de lucha común porque, posiblemente, no haya nada en juego. Tantos años escuchando la palabra privilegio, cuando poder llamar militancia a acudir a un espacio terapéutico y no a parar un desahucio era el verdadero privilegio.</p>
<blockquote><p>Los movimientos sociales deben sacudirse de encima los títulos universitarios, los privilegios de clase, las problemáticas irreales</p></blockquote>
<p>Esa es la urgencia a recuperar. Un lugar de espacio asambleario en el que el tejido que tanto se nombra se haga efectivo, en el que la confrontación con la norma sea real, en el que los derechos no sean un fin. Los movimientos sociales deben sacudirse de encima los títulos universitarios, los privilegios de clase, las problemáticas irreales, el punitivismo y la autocompasión. Los movimientos sociales, así pues, deben entender que, en general, están formados por la clase media, por incómodo que resulte. Cosa que quedó clarísima, por ejemplo, cuando el evidente apoyo a la Ley Trans ignoró por completo a las trabajadoras sexuales, que se estaban intentando criminalizar casi al mismo tiempo, primando por encima de las propias identidades a la solidaridad de clase. Hay otros lugares donde llorar. Lo que se pone en el centro es la necesidad de hacer vivible una vida. Y el movimiento LGTBIQ+, que debería ser transmaribibollero, que debería pasar a lo cuir y acabar incluso con ello y ni siquiera nombrarse, tiene que saber que lo que va en el centro no es en absoluto la identidad ni mucho menos la necesidad de ser visible. Si en algún lugar debe ser asimilado el movimiento LGTBIQ+ y los movimientos sociales identitarios en general es en las militancias donde la reproducción de la vida está puesta en juego. Sería necesaria una disolución por integración. Acabar de una vez,con la sectorialización en las diferentes luchas y construir un movimiento más unitario, evitando la obsesión por cumplimentar con todas las categorías oprimidas una lista que cada vez se hace más eterna y que al final resulta más apariencia que praxis efectiva. El ansia del quién falta no puede seguir condicionando el hacer y decir político, debemos hacer y decir con las que ya estamos aquí.</p>
<p>Gritaba Pedro Lemebel en su <em>Manifiesto (Hablo por mi diferencia)</em>: «Yo no pongo la otra mejilla / Pongo el culo compañero». Poner el culo, y aquí hablo con Preciado, es desidentificarse:</p>
<p>«El ano no tiene sexo, ni género, como la mano, escapa a la retórica de la diferencia sexual. Situado en la parte trasera e inferior del cuerpo, el ano borra también las diferencias personalizadoras y privatizantes del rostro. El ano desafía la lógica de la identificación de lo masculino y lo femenino. No hay partición del mundo en dos. El ano es un órgano post-identitario.»<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup></p>
<blockquote><p>Nos hace falta más culo y menos cara</p></blockquote>
<p>Nos hace falta más culo y menos cara. Ponernos de espaldas y que lo único que se vea sea un agujero negro, peludo, apestoso, que ningún sistema de control tenga la capacidad de saber a quién pertenece y al que ni siquiera se atreva a acercarse. Solo si viniera un estamento institucional le lanzaremos un sonoro pedo para asustarlo y, si fuera necesario, nos cagaremos en él. Mientras, en ese círculo de culos marginales en pompa, nos estaremos viendo las caras en lo oscuro, dándonos lametones, comiendo juntas o hablando y llorando. No hará falta nombre ni pronombre, se habrá agotado toda posibilidad de identificación y lo que quedará en claro es que un grupo humano es únicamente capaz de mantenerse a través del apoyo mutuo. Codo a codo y culo en pompa, sin reconocimiento, sin visibilidad, sin jerarquización por opresiones. Las vidas comunes puestas en el mismo círculo y preparadas para la guerra contra la pacificación social.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">“Supuesto” porque en este tipo de mediciones aleatorias se tiende a obviar tanto el pasado, como la comparativa con otros territorios. En España, la violencia elegetebifóbica está (y estaba en el momento del asesinato de Samuel) en su mínimo absoluto, siendo uno de los países más seguros, en términos de agresiones, del planeta. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">Mujer vinculada al Frente Nacional Ni Una Menos México que, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, clamaba así por el asesinato feminicida de su hija Marichuy. <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">El manifiesto completo es consultable en las redes sociales del Orgullo Crítico de Madrid. He podido localizar una web en la que se puede leer. Es la siguiente: https://www.feministas.org/orgullo-critico-2023-madrid.html <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">En España, el gobierno de Felipe González regularizó de forma extraordinaria la situación de migrantes sin papeles entre 1985-1986 y en 1991 y 1992; el gobierno de José María Aznar en 1996, 2000, 2001; el gobierno de Jose Luís Rodríguez Zapatero en 2004. Los datos apuntan a que las diferentes regularizaciones se han llevado a cabo en épocas de necesidad de mano de obra barata, por lo que el apoyo a una regularización desde determinados partidos, a derecha e izquierda del marco político, no tiene que ver con la emancipación racial sino con las condiciones económicas del país. <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Chitty, Christopher; <em>Hegemonía sexual. Política, sodomía y capital en el surgimiento del sistema mundial</em>. Traficantes de Sueños, 2023, pp. 190 – 191. <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">A mediados de los años 90, varias asociaciones a lo largo de occidente se dedican a reclamar el matrimonio igualitario en plena pandemia del VIH como forma de mantener la economía de aquellos que fallecían. Si dos hombres podían casarse y uno de ellos moría, la herencia no pasaría a la familia del difunto sino que iría a manos del viudo, exactamente igual que en las parejas heterosexuales. En ningún momento se cuestionaba el modelo familiar ni la necesidad de colocar las herencias en un común que no vivía una situación precisamente buena en lo económico. Ni mucho menos se entendía la herencia como una posibilidad fuera del matrimonio, cosa que es legal a través de un testamento. El matrimonio no es una opción única. <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">Vidarte, Paco; <em>Ética Marica</em>. Egales, 2007, p. 142. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">Preciado, Paul B.; <em>Terror Anal</em>. En: <em>El deseo homosexual</em>. Hocquenghem, Guy. Melusina, 2009, <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
</ol>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/por-que-el-movimiento-lgtbiq-deberia-disolverse-contra-el-efecto-pacificador-de-la-izquierda/">¿Por qué el movimiento LGTBIQ+ debería disolverse? Contra el efecto pacificador de la izquierda</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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