Cuatro familias han perdido su hogar por los desahucios en #Argumosa11. Esta vez la política no ha llegado a tiempo y la sociedad sigue esperando respuestas. No pueden tardar más. Todas las fuerzas políticas debemos llegar a acuerdos y acabar con el drama de la vivienda en España. (Pedro Sánchez en X)
En la noche del 22 de septiembre de 2026, en la calle Sainz de Baranda, nadie sabía lo que pasaría semanas después. El acontecimiento Maricarmen ha desencadenado un descomunal torrente de energía que llevaba mucho tiempo contenida, privatizada e invisibilizada en el sufrimiento de millones de personas. Un terremoto político ha llenado las calles del país de acampadas y ha hecho estallar las conversaciones sobre “el problema de la vivienda”.
“En ocho días el poder popular ha conseguido más que en ocho años de gobierno progresista”, era una de las verdades más contundentes lanzadas por la organización que catalizó el acontecimiento, el Sindicato de Inquilinas (SI). Y ha sido también el SI el principal promotor de la huelga general del próximo 11 de noviembre, como vía para canalizar la fuerza del acontecimiento Maricarmen hacia conquistas concretas. Todo el mundo habla de la huelga, pero ¿sabemos qué puede conseguir hoy una huelga así? No lo sabemos; es, por tanto, una hipótesis por demostrar. ¿Qué forma podría tomar la huelga general para mover de verdad las placas tectónicas que sostienen el negocio del suelo y la vivienda?
Lucha de sentidos sobre la huelga
Ante el interrogante sobre lo que es y podría ser la huelga general, se han abierto múltiples líneas de gobierno, codificación y apropiación de sus sentidos.
Por un lado, la patronal, la derecha y sus juristas están demostrando su desconcierto ante el terremoto, con argumentos tan desubicados como que “el problema de la vivienda no es un tema laboral”, “una huelga por la vivienda es ilegal”, “se está politizando la huelga” o “el sindicato de inquilinas no es un sindicato”. El capital intenta, lógicamente, desactivar la transversalidad del problema habitacional y busca gobernar la situación encajonando la huelga en sus caducas definiciones jurídicas.
El Gobierno en funciones busca recodificar el sentido de la huelga como parte de su campaña electoral
Por otro lado, el Gobierno progresista en funciones busca recodificar el sentido de la huelga como parte de su campaña electoral, es decir, espera que la huelga adopte la forma de paros asépticos, lastrados sobre todo por las abusivas normas de servicios mínimos. Su objetivo es claro: que la movilización sea traducible a reformas digeribles, especialmente dirigidas a domesticar a los sectores juveniles y de clase media más movilizados. En paralelo, intenta por enésima vez borrar la memoria de lo que ha sido la catástrofe de las políticas de vivienda en España en los últimos ocho años.
En tercer lugar, distintos grupos, que podríamos denominar neoobreristas, están reactivando un sentido nostálgico y épico de la huelga, restringiéndola al trabajo asalariado y especialmente a “parar la producción”, como si de repente los obreros fuesen por fin a despertar del largo letargo neoliberal. El sentido de la huelga se moviliza aquí más como un “misticismo” abstracto que como una estrategia política concreta –como ha criticado Óscar Murciano, quien propone sustituir el término “huelga” por “presión”–.
Un último reduccionismo es aquel que afirma lo contrario del anterior: que la larga crisis del trabajo y del sindicalismo fordista habría dejado obsoleta cualquier potencialidad política de la huelga laboral. El declive de las huelgas frente al disturbio –que va en paralelo al declive de las luchas en la producción respecto a las de la reproducción– indicaría que la hipótesis de la huelga general está condenada de antemano al fracaso.
Huelga laboral, feminista y de vivienda
¿Por qué tendríamos que asumir que la huelga del siglo XXI debe ser una movilización enclaustrada únicamente en los centros de trabajo? Y, al contrario, ¿por qué tendríamos que renunciar a la capacidad que aún conserva la huelga laboral, tal y como demuestran múltiples experiencias recientes? ¿Por qué contraponer la huelga –en la producción– al disturbio –en la circulación o en la reproducción– y no verlos como complementarios?
Proponemos aquí que la tarea hoy no es retornar a la forma imaginada de las huelgas del siglo XX, ni tampoco desechar la huelga, sino reinventarla apoyándonos en al menos tres líneas sindicales muy vivas en nuestro presente: los importantes procesos de renovación sindical en el ámbito laboral, que llevan años desbordando al sindicalismo de concertación; las lecciones que nos ha dejado el ciclo de las huelgas feministas; y, sobre todo, los aprendizajes de los últimos quince años de sindicalismo de vivienda, que es y debe seguir siendo el catalizador del movimiento actual.
Huelga es interrumpir estratégicamente los flujos de mercancías, trabajo y capital más conectados con la vivienda
Por tanto, hoy la “huelga general” va mucho más allá de parar las empresas y de los comités de huelga de los sindicatos laborales clásicos. Huelga es interrumpir estratégicamente los flujos de mercancías, trabajo y capital más conectados con el negocio de la vivienda. Porque la lucha por la vivienda atraviesa las relaciones salariales, domésticas y urbanas: el sueldo que nos roban los caseros y los bancos, la vida doméstica dentro de las casas y el entramado rentista que estructura el espacio urbano.
Por ello, la huelga no puede reducirse a un día de épica, sino que, como nos ha enseñado la huelga feminista, es un proceso: en esta coyuntura, el proceso de “acabar con el negocio de la vivienda”, es decir, con la vivienda como mercancía. Por tanto, si desmitificamos la huelga, su éxito dependerá de que sea capaz de organizar los mecanismos de presión concreta hacia objetivos concretos: el gigantesco entramado de compraventa y alquiler de viviendas privadas, de flujos de inversión y renta, de legislaciones y discursos, de corrupción público-privada, de persecución judicial y empresas de desokupación.
Renta Básica rentista o derecho a la vivienda
¿Hasta dónde puede llegar la hipótesis de la huelga? Como siempre, dependerá de los procesos de lucha en las condiciones que nos vienen dadas. Sabemos que hay un 49% de población propietaria –y sin hipoteca–, de la que se derivan fuertes expectativas de grandes transferencias y herencias de pisos; que hay crecimiento macroeconómico y que aún existe una buena cantidad de empleos (de mierda) con los que pagar el alquiler y la hipoteca. Pero el acontecimiento es también lo que rompe los parámetros de lo probable. La razón estadística, como razón de Estado, trata de cerrar lo imprevisible que define el acontecimiento. Nuestra tarea es seguir abriendo el acontecimiento hasta que la vivienda se considere un derecho del mismo rango que el que alcanzaron la sanidad o la educación.
Nuestra tarea es seguir abriendo el acontecimiento hasta que la vivienda se considere un derecho
Nadie sabe aún lo que podría esta huelga, porque “cada huelga tiene su propio pensamiento político” y “no sabemos lo que podemos hasta que experimentamos el desplazamiento de los límites”. Nadie sabe tampoco la potencial duración del inmenso agujero negro que hay detrás de décadas de violencia inmobiliaria, desahucios e infinitas humillaciones cotidianas. Tampoco nadie puede medir la rabia acumulada de los millones de personas a quienes la mejor de las opciones que se les ofrece es un gigantesco endeudamiento para el resto de la vida. Y nadie sabe lo que puede desencadenar el desvelamiento de una incuestionable verdad: que “los caseros nos roban el sueldo”, esa Renta Básica que el Estado permite que los rentistas obtengan sin trabajar.




