«Es un fresco gigantesco y multicolor de un enfrentamiento general entre el capital y el trabajo, que refleja toda la complejidad de la organización social y de la conciencia política de cada sector y cada distrito» (Rosa Luxemburg, Huelga de masas, partido y sindicatos, 1906)
Finalmente, la huelga general por la vivienda se celebrará el 11 de noviembre. En este breve texto apuntaremos algunas cuestiones en relación con su convocatoria y los retos que supone para el movimiento popular.
En primer lugar, cabe destacar el carácter unitario de la convocatoria. Por primera vez en mucho tiempo, los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, y la izquierda sindical se han unido en torno a esta iniciativa, a lo que hay que sumar la importante presencia de las centrales nacionalistas, la gallega CIG y las vascas ELA y LAB, hegemónicas en sus naciones, que participarán con reivindicaciones propias.
Ese carácter unitario, impulsado por el trabajo de la Confederación de Sindicatos de Inquilinas, es muy progresivo en este contexto y debe considerarse un avance. No se trata de confiar en un giro hacia la izquierda de los aparatos burocráticos de los grandes sindicatos, sino de reforzar la apuesta por la capacidad de presión popular para imponer consignas que se hacen masivas en la calle.
Ni CCOO ni UGT querían convocar esta huelga, que no entraba en sus planes
En principio, ni CCOO ni UGT querían convocar esta huelga, que no entraba en sus planes. La política de sus direcciones ha estado ligada a la paz social y a la concertación, articulada fundamentalmente en torno al Ministerio de Trabajo. En la práctica, se han convertido en agentes ministeriales sin cartera, dispuestos a legitimar cualquier decisión a cambio de un hueco en la mesa de negociación, como se comprobó con su bochornosa aceptación de la reforma laboral fake.
Esta política entreguista los ha llevado a perder capacidad de movilización. Tras años de letargo, han dudado hasta el final a la hora de convocar la huelga, mostrando su falta de confianza en sus propias fuerzas. En el pasado, la política de CCOO y UGT se podía definir como «traicionar luchando», y sobre todo CCOO contaba con una fuerte y dinámica izquierda sindical de tradición marxista en sus filas. Los últimos años, sin embargo, han esclerotizado sus estructuras. Su papel más o menos residual en las grandes movilizaciones de los últimos tiempos, como las de Palestina o las luchas por la educación y la sanidad, es un buen ejemplo de esa debilidad.
Pero, dicho esto, la unidad es un imperativo para una convocatoria de estas características. Para muchos trabajadores, contar con las grandes centrales sindicales otorga seguridad sobre la amplitud del movimiento. Para quienes nos situamos en posiciones anticapitalistas, constituye una gran oportunidad para dialogar con las bases de estas centrales, ya que CCOO y UGT mantienen posiciones de fuerza en muchas empresas, incluido el estratégico y olvidado sector industrial.
Esta dinámica evita el riesgo de una huelga minoritaria, convocada exclusivamente por las centrales sindicales alternativas
Además, esta dinámica evita el riesgo de una huelga minoritaria, convocada exclusivamente por las centrales sindicales alternativas. Pese a tener en sus filas a las franjas más combativas de la clase trabajadora, estas organizaciones tampoco pasan por su mejor momento: las guerras internas y las divisiones de CGT son un ejemplo desastroso de ello y lastran el desarrollo logrado en algunos territorios. La costumbre de llamar «huelga general» a lo que realmente es una jornada de lucha protagonizada por la vanguardia militante se quiebra con esta convocatoria unitaria, y eso es positivo.
Así pues, esta huelga abre un vasto campo de disputa política, que variará según el territorio. En las naciones con una fuerte presencia del sindicalismo nacionalista (Galicia y Euskal Herria), donde la clase obrera está organizada en buena medida en torno a estas centrales, el paro tendrá un carácter particular, más vinculado a la paralización organizada de los centros de trabajo. En el resto de los territorios, la densidad sindical es más desigual, lo que obligará a combinar distintas formas de acción social.
El papel de los sindicatos de inquilinas y de la izquierda militante puede ser clave en ese escenario
El papel de los sindicatos de inquilinas y de la izquierda militante puede ser clave en ese escenario, y aquí se abre un debate particularmente interesante. ¿Cuál es el objetivo de la huelga? Si la huelga general es un «centro de anudamiento» de la lucha de clases, opera como un momento mediato: una jornada que pretende conquistar posiciones que puedan desarrollarse ulteriormente. Desde una perspectiva de lucha hegemónica, lo fundamental es avanzar en tres objetivos.
En primer lugar, aumentar la unidad estructural de la clase trabajadora frente a las tendencias a la dispersión que nos impone el capital. En segundo lugar, disputar políticamente la orientación de la movilización para evitar que se convierta en un acto de precampaña progresista y favorecer que la clase trabajadora y el pueblo aumenten su autonomía con respecto a los gobiernos.
El reto consiste en intervenir manteniendo la unidad de acción, pero construyendo un programa y unas herramientas propias
Esto será decisivo, ya que no podemos ocultar que esta convocatoria tiene un carácter híbrido, bifronte: en ella confluyen distintas perspectivas y, en conjunto, coloca temporalmente a la extrema derecha a la defensiva, lo cual es ya en sí mismo un hecho valioso. Para los sectores rupturistas, sin embargo, el reto consiste en intervenir manteniendo la unidad de acción, pero construyendo un programa y unas herramientas propias que aparezcan como más útiles para la clase trabajadora frente a la rutina de la burocracia sindical. Dicho con claridad, debemos conseguir que los sectores rupturistas ganen peso frente a los burocráticos.
Por último, si para el progresismo la jornada constituye un momento más de su campaña electoral, para los sectores rupturistas (participen o no en las elecciones) debe ser una oportunidad privilegiada para sentar las bases con las que afrontar lo que está por venir. Gobierne quien gobierne, debemos prepararnos para grandes combates en la lucha de clases. Estructurar, agrupar, vertebrar, preparar: esta es la tarea central.
Por eso, la consigna principal debe ser construir comités populares por la huelga general en los barrios. Estos comités deben ser reconocidos como espacios comunes de todo el movimiento y ligarse tanto al territorio como al centro de trabajo, organizando una movilización que tenga su expresión tanto en los barrios y pueblos como en las empresas. En Cádiz, por ejemplo, el Sindicato de Inquilinas ya está impulsando una experiencia en esa dirección. En este sentido, el Sindicato de Inquilinas y el movimiento de vivienda, gracias a su legitimidad, puede y debe desempeñar un papel central en esa vertebración, avanzando hacia una concepción del poder popular que sea capaz de proponer una reorganización más amplia y que no se limite a las demandas al Estado.
La consigna principal debe ser construir comités populares por la huelga general en los barrios
Los comités populares deben reflejar la pluralidad real del movimiento, pero dotarse de una perspectiva común. El objetivo debe ser salir de la jornada con una estructura capaz de afrontar las luchas que vienen, abriéndose a sectores como la educación y la sanidad y vinculándose a la vida en las empresas. No deben convertirse en un parlamento de fracciones en el que cada grupito prepare su escisión a través de micromítines, manteniendo una relación meramente parasitaria con los propios comités. Deben ser espacios plurales que faciliten el debate, pero con vocación de perdurabilidad y unidad en la acción.
Por otro lado, un comité popular no puede ser un órgano de ningún partido, aunque los partidos vinculados al movimiento tienen pleno derecho y responsabilidad de participar. Estos comités aspiran a ser protoinstituciones reconocidas por amplios sectores de la clase y el pueblo. Es decir, debemos combinar la necesaria agitación política rupturista y revolucionaria con la generación de estructuras de clase que «reinstitucionalicen» el movimiento por abajo y con la conformación de un programa común autónomo del progresismo. Combinar estos factores, sin dejar ninguno atrás, es el camino para sentar las bases de nuevas aperturas estratégicas.




