El movimiento surgido en Sol gira alrededor de esta tensión: ¿cómo estirar lo que ya ha sucedido? Se trata de un problema de muy difícil solución. ¿Hay que hacer persistir la acampada a riesgo de que esta se convierta en un objetivo en sí mismo o, peor, degenere en un continuo happening de protesta y manifestaciones izquierdistas, que más tarde o más temprano tenderá a agotarse? ¿O hay que encauzarla en un proceso bien diseñado, que llevaría a la organización en los barrios, de ahí a la huelga general y a nuevas acciones de presión? ¿O bien hay que probarlo todo y ver qué funciona y que no; o incluso reconocer que no sabemos responder a esos interrogantes?
Quizás la pregunta principal debería ser ¿qué es lo que se expresa en Sol? ¿Qué malestares concitan a gente, más bien joven, a acampar, a otros a pasar las tardes allí o a una parte mayoritaria de la población a reconocer su simpatía con los acampados? ¿Son los problemas de la vivienda, la simple alegría de tomar la calle y pasar tardes y noches juntos, la energía juvenil enganchada a la experiencia masiva y empoderante de tomar la plaza, el deber militante de los organizados, el encuentro de la izquierda consigo misma en una protesta al fin legítima, las aspiraciones de impugnación general que toman la vivienda como un simple motivo de un asalto general, o un largo etcétera de razones y motores subjetivos que todavía están por descubrir y expresarse? Todo esto va más allá de los relatos formales de los decretos Maricarmen… y todo esto es seguramente lo importante.
Llamamos Comuna a la materialización de lo imprevisto
Sol es la Comuna de Madrid, una explosión casi insurreccional (por pacífica que esta sea) que expresa las potencia políticas de la metrópolis, donde la vida social no se organiza a través de ningún marco orgánico general y constatable. La ciudad inabarcable, que parece casi siempre sometida al sueño enérgico de su velocidad productiva y de consumo, no obstante, despierta políticamente en motines regulares; explosiones que no son realmente de nadie ni pertenecen a nadie. En Madrid, ni el pueblo ni las clases están organizados o encuadrados por una sociedad civil hecha de partidos, sindicatos, organizaciones y asociaciones. Todo esto existe pero como una océano de minorías minúsculas y fragmentadas, que en ocasiones son amplificadas por los aparatos mediáticos y las instituciones de Estado, pero que en ningún caso llegan a dar forma a la sociedad política madrileña.
La ciudad sencillamente explota periódicamente cuando las cosas parecen propicias
Frente a las dificultades para expresarse de una forma orgánica, como está previsto y regulado en las sociedades democráticas supuestamente pluralistas, la ciudad sencillamente explota periódicamente cuando las cosas parecen propicias. Por eso el Madrid de la larga hegemonía popular, de Aguirre y de Ayuso, sorprende con fuerza cada tanto: en las jornadas electorales de 2004 (¡Pásalo!), en mayo de 2011 (y durante el año siguiente) y en estos días de nuevo. Podríamos remontar semejante propensión al motín del pueblo de Madrid a la llamada Vicalvarada de 1854, la Gloriosa de 1868 o la explosión popular que precedió y siguió a la proclamación de la República en 1931. Pero no merece hacer la comparación más allá de lo que llevamos de este siglo.
En la gigantesca región metropolitana que es Madrid, como ocurre en casi todas las grandes ciudades del mundo, el tejido social y político está sumergido en un continuo proceso de composición y recomposición. Pero por razones que habría que estudiar, aquí se ha enhebrado un hilo clandestino que va uniendo protesta con protesta, levantamiento con levantamiento, que sabe acumular memoria, gestos, imágenes y, sobre todo, una disposición.
Ha sucedido en un momento boyante no de crisis
Hay una condición de la coyuntura actual que hace todavía más complejo responder a la pregunta de cómo estirar el acontecimiento. La acampada de Sol se ha producido en un momento boyante. La economía crece con fuerza. Se roza casi el pleno empleo, al menos con los índices que corresponden a un mercado laboral altamente precarizado y con una alta tasa de rotación. La inmigración ocupa los peores trabajos, que demanda la bulímica economía de servicios madrileña. La escasez de vivienda en alquiler es, paradójicamente, un efecto de este crecimiento, manifiesto en la formación de hogares que no encuentran vivienda asequible en una ciudad en la que esta no crece al mismo ritmo que la necesidad.
La acampada surge, así, en el momento menos previsto, menos claro, menos esperado. Las crisis, a diferencia de las épocas de prosperidad relativa, tienen un saludable efecto de clarificación mental. En ocasiones estos acontecimientos dramáticos provocan una energía excéntrica e incontenible que tiende a llevarse consigo las aspiraciones sociales más ridículas y convencionales. Hoy, sin embargo, la energía destituyente, radicalizadora (casi revolucionaria) está bajo mínimos, en una sociedad que todavía se las apaña, a pesar de las subidas de alquileres, de los precios imposibles de la vivienda, del deterioro relativo de los servicios públicos, de la creciente carestía de la alimentación y de todo lo demás, así como de las amenazas latentes de la crisis climática y el colapso a cámara lenta del bloque europeo. Por eso es también difícil estirar la acampada Sol.
La izquierda zombi ha encontrado en Sol la fuente de la juventud
Un actor bien conocido se pasea por los alrededores de Sol. A veces va de incógnito, a veces prueba a presentarse con toda la majestad y solemnidad que habitualmente reclama para sus actos. Pero pasa siempre por el objetivo de las cámaras de los medios presentes en la plaza. Ese actor es la izquierda institucional en todas sus formas: el PSOE del Perro, el Sumar cadavérico e inane, el Podemos convertido en la Banda de los Cuatro.
La izquierda es un vampiro. Se mantiene con vida mordiendo los cuerpos vivos
La izquierda es un vampiro. Se mantiene con vida mordiendo los cuerpos vivos, succionando sangre caliente allá donde la encuentra. Para esta izquierda, Sol es ni mas ni menos que el último gran bote salvavidas después de dos legislaturas inanes. Por eso ha apostado desde el principio a la protesta. Por eso convocó desde sus medios la enorme manifestación del 26 de septiembre. Y por eso el PSOE de Sánchez ha apostado a esta baza la recuperación electoral en un momento en el que su derrota parecía asegurada. La operación de los dos decretos y la convocatoria de elecciones para el 29 de noviembre no tiene más misterio. Tras ocho años de ausencia en materia de vivienda, abandonado el ministerio de Vivienda en manos de una pequeña rentista, antes alcaldesa de Puertollano, el Perro nos ofrece una lección más de su arte de la resistencia.
Y aquí está otra diferencia importante con el 15M. En 2011, la izquierda estaba ya muerta, su cuerpo se había secado por completo, después de treinta y cinco años de democracia, ejercicio de gobierno, representación y corrupción. Tan muerto estaba el cadáver de la izquierda, que uno de los efectos a distancia del 15M fue la reinvención de la izquierda de la mano de Podemos y de sus interminables luchas cainitas, pero sobre todo de un PSOE renacido, gobernado ahora por el mayor experto en transformismo de toda la historia reciente de España, el Perro.
Sol y el movimiento seguirán vivos solo si son capaces de mantener la suficiente distancia con la izquierda, si su posición se les vuelve tan incómoda a ellos como a la derecha
La relación de Sol con el vampiro —o del movimiento con la izquierda— debe ser tan compleja como la de quien pretende amaestrar a una fiera salvaje que sabe que nunca se dejará domesticar (una relación que debería valer en las dos direcciones). Sin duda, no se podrá evitar ceder algo de energía y sangre a este monstruo de la representación, que convertirá la indignación y la protesta en razones legítimas y votos. Pero conviene advertir que esta operación se lleva a cabo siempre por medio de la simplificación pública de las razones" de la Comuna, hoy reducidas a un estricto problema de acceso a la vivienda para determinados segmentos sociales y de solución a los casos de desahucio más escandalosos. Un problema, en definitiva, técnico, que podría tener soluciones legislativas (¡qué risa!). Sobra decir que los dos decretos eran ya de por sí un simple parche para un problema que atañe a la estructura social, la cual sistemáticamente muestra que la clase media está completamente atada a la propiedad de la vivienda (pero este no es ahora el objeto de este artículo).
Por resumir rápido, Sol y el movimiento seguirán vivos solo si son capaces de mantener la suficiente distancia con la izquierda para no ser asimilados a la misma, si su posición se les vuelve tan incómoda a ellos como a la derecha, si consiguen apuntar a una impugnación general de un modelo social y económico, que, en efecto, tiene una derecha, pero también una izquierda: una izquierda de lo mismo.
La huelga general es una vía muerta… o quizás no
Una huelga general por la vivienda, un gran día de paro convertido en la forma privilegiada de presión para modificar la larga línea histórica de la política de vivienda. Pero una huelga general, que siendo laboral, tiene que ser promovida y sostenida también por los grandes sindicatos CCOO y UGT, es decir, por estas extensiones del ministerio de Trabajo, que lo llevan siendo desde los Pactos de la Moncloa de 1978. Una huelga que, además, tendrá que ser convocada por figuras como Unai Sordo, uno de los posibles candidatos para la enésima recomposición de la izquierda. Una huelga, por otro lado, contra la inacción del gobierno en materia de vivienda, pero también a favor del gobierno más progresista de la historia", que se dice comprometido con un gran cambio de la política de vivienda, aunque hemos llegado hasta aquí tras ocho años de inacción. Consideren todas estas extrañas paradojas.
Ninguna huelga general de la historia reciente del país ha servido para gran cosa
Ninguna huelga general de la historia reciente del país, convocada a toque de silbato de estas prolongaciones del Estado (UGT y CCOO), ceñida a un día o a unas pocas hora de un día, ha servido para gran cosa. La más interesante de todas ellas se produjo en 1988, y sencillamente fue la culminación (y también la forma de neutralización) de una oleada de protestas laborales contra la precarización del trabajo y la extensión de la temporalidad. Aquella huelga masiva y brutal se disipó, sin embargo, en 24 horas, cuando los sindicatos fueron traídos a la mesa de negociación con el gobierno. Las siguientes huelgas que se pueden recordar (como la del 92, la del 94 o las que siguieron a la crisis de 2008) cumplieron este mismo patrón, sin bien todavía con menos fuerza.
¿En qué será esta una experiencia diferente? Se dirá que los sindicatos minoritarios (como CGT, CNT y otros más) pueden aprovechar la huelga para ganar posiciones y desvelar los compromisos obvios del sindicalismo oficial con la política oficial. También se podrá argumentar que, siendo una huelga por la vivienda, esta desborda por completo la cuestión laboral, lo cual permitirá organizar más y mejor al movimiento de vivienda. También se argumentará que defender que toda huelga es un ejercicio de politización y de fuerza, que deja impreso un aprendizaje en una generación que no ha conocido ni el 15M.
Toda huelga es una ejercicio de politización y de fuerza, que deja impreso un aprendizaje en una generación que no ha conocido el 15M
Todo esto es cierto, pero sobre todo lo que es cierto es que la acampada de Sol persiste. ¿Es hora de cerrar esta experiencia? O ¿de tratar de darle otra forma que no espere al ansiado día de la huelga? ¿Estamos únicamente ante una legítima indignación por el hecho de que el rentismo y el negocio inmobiliario sustraigan una parte mayor de los ingresos de una parte de la población, o ante una impugnación, menos clara, más incipiente, pero más profunda y de mayor alcance que la protesta por la carestía de la vivienda? ¿Están los grupos organizados que actúan en la acampada (Sindicato de Inquilinos y el resto del movimiento de vivienda, la media docena de organizaciones políticas, y los centros sociales) en comunicación y en disposición de empujar más allá lo ya sucedido? O ¿esta es una pregunta que desborda por completo a estas estructuras?
Ahora no se trata de responder tajantemente a la gran cuestión de cómo estirar Sol. Sencillamente no está en la mano de ninguna cabeza u organización, pensando a solas, a partir de sus propios automatismos y sus propios proyectos e intereses. En cualquier caso, si Sol fue una gran sorpresa, no se puede descartar que en esos días vengan otras.




