El tema HipHopcresía de El Jincho ha servido de disparador de varios debates. El rapero, también llamado “el falso dominicano” o el “quinquillero neto” en referencia a su aspecto físico, es uno de los artistas más reconocidos de la escena underground del rap madrileño. Salido del barrio de Orcasitas, histórico emplazamiento de la izquierda comunista de la capital, se hizo famoso en 2019 con su tema Made in Orcasitas.
Desde entonces, la polémica le ha acompañado. Su primer beef con el rapero Foyone le posicionó en las listas de los más escuchados. Desde entonces, ha engrosado la lista de quienes participan en la absurda pugna por ver quién hace un rap “más real”, “más de calle” y más representativo de los barrios marginales españoles.
“Los barrios calentones”, que diría El Jincho, son aquellos donde vive, en términos clásicos, el lumpenproletariado. Allí donde los problemas de vivienda, el paro y la precariedad se ceban con la población más pobre y las familias migrantes. Aunque este término, por mucho que se use, se ha vuelto más que resbaladizo en un momento donde sería difícil definir siquiera a qué nos referimos cuando hablamos de proletariado.
El affaire Jincho comenzó para la izquierda en el verano de 2023 cuando se popularizó su tema “Voto en blanco”. Firmado junto a Swif EME, en él El Jincho atacaba a Irene Montero, las leyes de igualdad de género y a las personas trans. De aquí a declararse de derechas y seguidor de VOX solo pasaron pocos días.
La izquierda escandalizada
La polémica aquí se ha focalizado en dos puntos. El primero, el ya clásico debate sobre si el rap puede ser de derechas, o si, por el contrario, solo debería ser una cultura de denuncia y crítica que apueste por la igualdad social. La segunda discusión, la que más nos interesa, gira en torno a si las clases populares están derechizando.
Para la cultura progre, que un rapero de barrio vote a VOX es un escándalo que merece la más contundente de las reacciones. La más común y naturalizada: el miedo a la derechización de los más pobres. El Jincho para algunos sería la demostración de que el lumpen, los pobres y los barrios obreros se están haciendo de derechas. Incluso hay quienes lo han intentado explicar trayendo al presente algunas de las consideraciones que hizo Marx en torno al lumpenproletariado.
Para la cultura progre, que un rapero de barrio vote a VOX es un escándalo
Para Marx este sujeto estaría encarnado por la Sociedad del Diez de Diciembre, la organización benéfica formada por el lumpen controlada por Luis Bonaparte que aparece en su obra El Dieciocho Brumario. Esta sería el gran ejemplo de cómo el lumpenproletariado tiende per se a ser reaccionario. La frase exacta de El Manifiesto Comunista era: “El lumpenproletariado, ese producto pasivo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja sociedad, puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras.”
A pesar del salto de más de 170 años, quienes han recuperado esta interpretación parecen afirmar que los más pobres, dominados por su estómago y por sus fatigas, e incapaces de pensar, tienen una tendencia natural a dejarse comprar por las fuerzas reaccionarias y aliarse con ellas. ¿Se puede leer una sentencia más prejuiciosa, clasista y determinista? En cualquier caso, lo más interesante es que, además, esta es una premisa falsa.
Los barrios de menor renta de Madrid no votaron a la derecha, tuvieron niveles de abstención masivos
Tomemos las últimas elecciones, donde los datos de los barrios de menor renta de Madrid, desmentían esta afirmación. Lejos de votar mayoritariamente a las derechas, sus habitantes no votaron, fueron lugares donde la abstención fue masiva. Orcasur, escenario de muchos vídeos de El Jincho, tuvo un 40% de abstención, San Cristóbal de los Ángeles, un 46,8% y San Diego, un 40,22%.
Por tanto, parece que los más pobres, lejos de estar seducidos por la extrema derecha, lo que no les convence es el conjunto del sistema. Es más, incluso si analizamos el voto de los que sí lo emitieron, en los distritos de estos barrios, comprobamos que el número de votantes de izquierdas superó con creces a los de la derecha.
El problema está en la cultura progre
A pesar de los datos, la cultura progre, siempre dispuesta a sacar conclusiones lapidarias de cualquier producto cultural, yerra el tiro. El problema no parece residir en un sector lumpen que tendería a votar a la extrema derecha, sino más bien lo contrario: la derecha radical crece porque los sectores integrados, algunos de ellos sujetos “pata negra“ de la izquierda social, se están pasando al bando del racismo y la criminalización de la pobreza. Habitualmente se señala al lumpenproletariado por “dejarse comprar por el bando reaccionario”, pero en realidad, quienes apoyan estas opciones por dinero son más bien las clases medias y altas en busca de claros beneficios para sus intereses materiales.
La solución no pasa por señalar a los más pobres, sino por entender la incapacidad de la izquierda para movilizar y movilizarse con los sectores más proletarizados de la sociedad
La solución no pasa por señalar a los más pobres, sino por entender la incapacidad de la izquierda para movilizar y movilizarse con los sectores más proletarizados de la sociedad. En consecuencia, sería más provechoso buscar una explicación convincente para este dilema que lanzarse a señalar con el dedo al sector social más estigmatizado y perseguido.
Pero que nadie se lleve a engaños. Con esto tampoco se pretende encumbrar a ningún sector social a la categoría de sujeto revolucionario, pues sería compensar un error con otro. Solo se señala un absurdo prejuicio que esencializa en la pobreza o la desposesión lo peor de nuestra sociedad, que busca chivos expiatorios en vez de análisis más finos de la coyuntura. La culpa es de los pobres que se hacen fachas, de los adolescentes o de la gente del campo, la lista cada vez es más larga.
Hay una izquierda que clama por el retorno del viejo obrero de partido
En este afán de señalar en vez de explicar, de escandalizarse en vez de componer alianzas, se observa recurrentemente a una izquierda que clama por el retorno del viejo obrero de partido. Aquel que daba consistencia a sus filas y llenaba las urnas de sus opciones electorales. Pero aquella maniobra ideológica donde la izquierda hacía coincidir ciertos análisis de la sociedad de clases con la construcción de un sujeto revolucionario es cosa del pasado.
En realidad, siempre fue una identificación fallida, pues nunca los análisis de clase descubrirán al sujeto revolucionario. Acaso pueden orientar y dar pistas de las alianzas y coaliciones de clase sobre las que apoyarse, sus tendencias reales o sus contradicciones. Pero nunca el sujeto revolucionario será una simple deducción extraída del análisis de clase.
Atacar a los últimos de la fila es fácil, incluso determinar su existencia. Sin embargo, la derecha radical no ha necesitado de ningún lumpen para llegar al poder o conseguir las posiciones parlamentarias que hoy ocupan. Por el contrario, la izquierda sí necesita alianzas en estos sectores y también en todos los sectores dañados por la crisis capitalista. Aunque muchas veces, lejos de construirlas, se aferra a estos gestos de superioridad moral o de desprecio. Dos posiciones que, por suerte, son detectadas como sospechosas desde los sectores sociales más dañados por el capitalismo: aquellos que desconfían profundamente del sistema de mediaciones y servicios que ofrece el proyecto político de La izquierda.




