Yo era ateo. De la secularización al nuevo espíritu del anticapitalismo

por | Mar 9, 2026 | Análisis

Lejos de un retorno religioso, España sigue profundizando su proceso de secularización, especialmente entre la juventud. Al mismo tiempo, el crecimiento de nuevas comunidades religiosas revela necesidades de pertenencia y apoyo mutuo en una sociedad cada vez más atomizada y despolitizada.

En tiempos en que incertidumbre ocupa el trono de única certeza, los pánicos están servidos. Fundados o no, algunos fenómenos caen en nuestro saturado cotidiano mediático —ya sean medios o redes— con la gravedad de un meteorito o la contundencia de una ideología. Hace unos meses, el aerolito fue religioso. El estreno de la película Los domingos, donde una familia se enfrenta a la inesperada vocación religiosa de una hija adolescente o el lanzamiento de LUX, cuando la cantante Rosalía habló, vestida de monja, de combatir vacíos espirituales fueron noticias que levantaron un gran revuelo en forma de artículos, programas televisivos y podcasts. La fascinación estaba servida: ¿Los jóvenes vuelven a mirar al cielo? ¿Se está frenando el proceso de secularización en España?

Este texto parte de la premisa de que el proceso de secularización que en el Estado español se aceleró hacia el final de la dictadura no se está revirtiendo en absoluto. Lo que cabe observar, sobre todo cuando se pone el foco en la juventud, es, por el contrario, que el alejamiento de las religiones se profundiza. En materia religiosa, la realidad es la pluralidad. Las inquietudes suscitadas por el supuesto fenómeno de un retorno de la trascendencia reflejan, principalmente, un miedo a «los otros» en un contexto de intensificación del rechazo a la migración. Los vacíos a los que responden las comunidades religiosas, sobre todo las evangélicas y musulmanas, son los propios de una sociedad atomizada, despolitizada y sí, también desespiritualizada.

Pluralidad religiosa y avance de la secularización

Más allá de las fantasías mediáticas, la realidad empírica es que la sociedad española se está secularizando desde hace tiempo. En relación al catolicismo —religión mayoritaria en el Reino de España—, el historiador Julio de la Cueva Merino recoge que de 1960 a 1975, esto es, aún bajo el régimen dictatorial, la sociedad española pasa de un 99 % a un 84 % de creyentes, mientras la observancia religiosa desciende un 50 %. Este proceso de desapego del catolicismo continúa durante el periodo de transición a la democracia liberal y afecta tanto a las creencias como a las prácticas religiosas. No puede desligarse de profundas transformaciones económicas —como la migración del campo a la ciudad—, socioculturales y políticas —desfeminización de la religión, impacto de las revoluciones de mayo del 68—, religiosas —Concilio Vaticano II— e institucionales, entre ellas el reconocimiento de la libertad religiosa en el artículo 16 de la Constitución de 1978. La profundidad de este divorcio respecto de la fe y del culto católicos resulta especialmente visible entre la juventud. Según el estudio de de La Cueva «en 1975 la indiferencia religiosa definía a una quinta parte de los jóvenes con edades comprendidas entre los 16 y 20 años» y «solo un tercio declaraba practicar con cierta frecuencia frente al 83 por ciento en 1960». El siglo XXI se caracteriza por la profundización de esta tendencia. Así, según datos recientes de Funcas, «solo el 55 % de los españoles se reconoce como católico”, al tiempo que “el avance de la secularización de la sociedad es especialmente notable entre los jóvenes: en 2002, el 60 % de la población de 18 a 29 años se identificaba como católica, mientras que en 2024 solo lo hacía el 32 %”.

Lo que la transformación en el campo de lo religioso perfila un mapa de pluralismo

Lo que la transformación en el campo de lo religioso perfila un mapa de pluralismo. La libertad de culto reconocida en la Constitución del 78 abrió la puerta a una diversidad que se ha ido ampliando con el crecimiento de la población procedente de la inmigración. En 2025, entre el 54 % de las personas que —según datos del Informe BREC— se identifican con alguna religión, el 46 % lo hacen con el catolicismo y el 8 % con otras religiones. Entre esas «otras religiones» cabe destacar dos en función del número de creyentes y de templos: el islam y el evangelismo. La comunidad islámica agrupa a unos 2,4 millones de creyentes —mitad españoles, mitad extranjeros— que cuentan con alrededor de 2000 mezquitas y centros de oración.

Respecto de los creyentes evangélicos, según la FEREDE (Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España) estamos hablando de en torno a un millón y medio y 4.500 templos registrados. Hay, por lo tanto, el doble de templos evangélicos que islámicos, pero una población de creyentes bastante menor. La diferencia radica, no obstante, en el espectacular crecimiento de los primeros: el número de iglesias evangélicas se triplicó de 2004 a 2024.

Por último, para completar esta cartografía de la pluralidad religiosa, es preciso mencionar, por motivos de peso histórico aunque no cuantitativos, las aproximadamente 50.000 personas judías y más de treinta sinagogas de esta comunidad. Y, más allá de las religiones abrahámicas, el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia (RER) lista en la actualidad 8.000 entidades.

Con el telón de fondo de estas dos tendencias que en el ámbito de lo religioso han marcado los últimos 50 años —por un lado, la acelerada desvinculación de la sociedad con el catolicismo, por otro, la multiplicación de los cultos y creencias—, no se puede perder de vista ese 54 % de personas que aún se identifican con alguna religión

Las comunidades religiosas como respuesta a la crisis

“La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo.”

Entre los menos afortunados, la miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella

Palabra de Marx. «La religión es el significado real del mundo sin corazón», el síntoma de un mundo que hoy se ha dejado vencer por el individualismo y el narcisismo. Entre quienes disponen de las condiciones materiales para ello, esto se traduce, por ejemplo, en la búsqueda obsesiva del cuerpo sano y bello, del equilibrio mental y el entretenimiento compulsivo; un «nihilismo dulce«, como lo llama el historiador Emmanuel Rodríguez, incapaz de esconder sus renuncias: capitulación, en primer lugar, a transformar el mundo pero también a dejarse afectar por sufrimientos que no sean los vividos en carne propia o familiar. Entre los menos afortunados, sin embargo, «la miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella». En la actualidad, esta miseria se traduce, en términos materiales, en una desigualdad que se agudiza. Según datos del INE de 2024, una cuarta parte de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social. Un informe de convergencia social de la Comisión Europea de 2023 señala además que en España el 20 % más rico de la población tiene unos ingresos 5,5 veces superiores a los del 20 % más pobre. Entre los más afectados por el empobrecimiento, el informe cita a la población gitana y a la población extranjera.

Aunque cada vez estén más quebradas, el Estado español aún se sostiene en algunas patas del estado del bienestar (salud, pensiones, seguridad social) que facilitan la reproducción social. Mantiene asimismo cierta capacidad de integración y de reproducción de las clases medias mediante, sobre todo, una fiscalidad beneficiosa para la propiedad y una buena oferta de empleo público. Pero para esa casi cuarta parte de la población agudamente pauperizada el acceso a las propiedades sociales es muchas veces o bien imposible o bien muy complicado a causa, principalmente, de la Ley de extranjería. Además, a la hora de buscar fuentes de ingresos o, simplemente, una casa donde habitar no solo pesan la falta de recursos materiales, sino también los prejuicios sociales y el racismo. De esta forma, a las gitanas y gitanos pobres no les sirve de tanto su españolidad cuando buscan empleos o vivienda, pues el estigma social los sigue tachando de ladrones y personas incivilizadas.

A las mujeres y hombres percibidos como musulmanes, la islamofobia tampoco les hace la vida más fácil. Ahora bien, tanto quienes atraviesan fronteras externas e internas repletas de concertinas, como quienes han sobrevivido en una cultura mayoritaria que los ha despreciado y esencializando durante siglos, los bárbaros, ya sean gitanos o extranjeros, han generado siempre sus propias estrategias de resistencia. ¿Cabría leer el crecimiento de las iglesias neopentecostales entre la población gitana y extranjera, sobre todo de origen latinoamericano, como una forma de supervivencia y de protesta? ¿Cabría analizar en el mismo sentido la participación de vecinas y vecinos de origen magrebí, bangladeshí, pakistaní y subsahariano en las comunidades musulmanas? Sin duda. La composición social más perjudicada tanto por las carencias materiales como por los desprecios e, incluso, las deshumanizaciones culturales, encuentran en el templo o la mezquita, de entrada, un entorno social de reconocimiento y pertenencia. En ellos se recupera la dignidad dañada, se tejen lazos de apoyo, se comparten tristezas y necesidades, alegrías y recursos. En una sociedad que se parece cada vez más a la atomizada suma de individuos y familias con la que soñaba Margaret Thatcher, disponer de espacios y tiempos en los que tramar vínculos comunitarios se convierte, para muchas personas, en una cuestión de supervivencia.

La religión no es el problema

Según datos del BREC de 2025, el 42 % de la población se declara como indiferente, agnóstica o atea en materia religiosa. Buena parte de estas personas perciben de forma positiva el avance de la secularización. Esta última representa, en especial para quienes se identifican con ideologías de izquierdas o con proyectos de emancipación social, la victoria de la razón frente al oscurantismo, el alejamiento de las supersticiones, la posibilidad de separar los poderes eclesiásticos y los estatales. Todo lo relacionado con la religión, pero también con la espiritualidad en general, se identifica con posiciones reaccionarias.

Desde una perspectiva feminista, parece especialmente difícil acercarse a una Iglesia que siempre ha estado en guerra contra las mujeres

La religión católica, mayoritaria en este país, tiene, por supuesto, una larga historia de persecución a cualquier tipo de contestación de la norma moral impuesta o de la disidencia política. El catolicismo español se ha asociado mayoritariamente a los valores más conservadores y patriarcales. Desde una perspectiva feminista, parece especialmente difícil acercarse a una Iglesia que siempre ha estado en guerra contra las mujeres, desde la Inquisición –con episodios como la caza de brujas en Zugarramurdi (siglo XVII)– a la invención del concepto de la ideología de género y la férrea defensa contemporánea de posiciones antiabortistas. Las personas que no comulgan con la heteronorma ni se adaptan a los trajes de género impuestos por el binomio hombre-mujer tampoco han corrido mejor suerte frente a la moral católica. Las demás religiones abrahámicas (evangélicas, islámicas, judías…) también cuentan con sus propias historias de imposiciones morales reaccionarias y patriarcales, de autoritarismo, violencia y represión. Todo ello no es óbice para ignorar que todas estas religiones, catolicismo incluido, han contado asimismo con corrientes, generalmente minoritarias y perseguidas por sus jerarquías, corrientes que a veces se han puesto del lado de los más machacados y que han peleado por una mayor justicia social. Por mencionar solo algunos ejemplos, cabría recordar los movimientos promovidos por la teología de la liberación católica y la pentecostal. También el papel del cristianismo y del islam en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos: así, sin estudiar el anclaje religioso de figuras como Martin Luther King o Malcolm X, se hace complicado entender la recuperación del sentimiento de dignidad colectiva, la extensión de la conciencia del racismo como sistema de opresión y la movilización y desobediencia de masas que hicieron posible organizar acciones políticas capaces de combatir la segregación y el racismo estructural en Estados Unidos durante las décadas de 1950 y 1960.

Los movimientos religiosos, las creencias y valores que promueven, no son impermeables a los contextos en los que surgen, se fortalecen y mueren. En cada ocasión toca estudiar, por lo tanto, a qué intereses sirven, a qué poblaciones se dirigen, qué tipo de estructuras crean y cómo se financian. Con la ayuda de esa lupa situada habría que discriminar las ideologías reaccionarias que se tendrían que combatir de las corrientes emancipatorias que podrían sumarse a proyectos políticos y luchas por horizontes poscapitalistas.

Del mismo modo, lo secular no puede leerse de forma automática como sinónimo de búsqueda de una mayor democratización económica y política. Así, pues, en algunos países como Francia la bandera de la laicidad está siendo enarbolada hoy para llevar a cabo políticas de claro tinte islamófobo: en materia de pretendida seguridad, las que criminalizan a los musulmanes, por el simple hecho de serlo o parecerlo, como enemigos internos; en materia de supuesta igualdad, las que imponen a las musulmanas las formas en que deben vestirse. Es cierto que las banderas religiosas nunca han sido ajenas a la extensión del capitalismo, a sus genocidios y apropiaciones coloniales. Pero en la actualidad también toca prestar atención a programas civilizatorios que en nombre de los derechos de las mujeres o de las personas LGTBI+, instrumentalizan el ateísmo como arma de subalternización y explotación del proletariado migrante.

La amenaza de la nueva reacción que hoy parece haberse apoderado del mundo no se debe, en ningún caso, a la vuelta de lo religioso. En primer lugar, porque esta es empíricamente falsa, como se dijo más arriba y en segundo lugar, porque la secularización no ha demostrado traer, per se, transformaciones de tinte poscapitalista. El problema de fondo de un mundo que parece de nuevo abocado a una nueva fase de destrucción y de guerra a escala mundial es, sin duda, nuestra impotencia para hacer mella en el rumbo de las cosas, nuestra profunda despolitización.

Las comunidades políticas en la sociedad despolitizada

Con valores conservadores o progresistas, reaccionarios o emancipadores algunas religiones son capaces de responder a necesidades espirituales y materiales de la población. Un elemento clave es la invitación a salir de la soledad, a tejer comunidades. La promesa y la creación real de vínculos sociales es un antídoto esencial frente a la atomización suicida en la que la mayor parte de las personas viven.

Por esto, más que agitar los miedos de una vuelta de la religiosidad, el desafío desde posiciones comprometidas con propuestas emancipadoras sería, más bien, desvestirse de identidades ideológicas (soy ateo, soy de izquierdas, soy progresista) para politizarse. Un proceso de politización se traduce en la transición de las políticas del ser a las del hacer, en el desplazamiento de las confortables geografías de la hiperinflación comunicativa a las intemperies del afecto político. Dejarse afectar por la miseria material y subjetiva que respiramos, problematizarla y combatirla, es el paso imprescindible para una salvación en términos políticos. Salvarse de la insoportable política del simulacro y de la representación para tomar las riendas y organizarnos con los problemas que nos afectan. Las luchas que nacen de los impactos de la crisis sobre la reproducción de nuestras vidas solo pueden reapropiarse de aquello que el capital pretende arrebatarnos —vivienda, salud, libertad de movimiento, capacidad de decisión— si construyen estructuras populares, de la multiplicación de espacios y dispositivos que acojan y enreden a quienes los prejuicios —raciales, religiosos, sexistas, tránsfobos, etc.— funcionales al capitalismo pretenden separar. No disponemos de mucho tiempo, no son apuestas para mañana. Ojalá este fuera hoy el nuevo espíritu del anticapitalismo.

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