Otro fin del mundo es posible: seis tesis sobre el nuevo caos mundial

por | Feb 18, 2026 | Análisis, Mundo

Cualquier transformación significativa que se produzca en el contexto de reordenación capitalista del mundo en el que nos encontramos necesita del caos. En este escenario, el pánico de la izquierda es solo reflejo de su acomodación al orden de explotación y dominación contra el que decía luchar.

Ya es oficial, el orden mundial que nació en 1945 como resultado de la victoria del ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial ha muerto. Aunque en realidad llevaba ya muerto algún tiempo, la cumbre de Davos de enero de 2026 ha podido ser su funeral público. Estados Unidos ha gobernado toda la secuencia que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis financiera de 2008, pasando por la Guerra Fría, la crisis energética y monetaria de los años setenta y la globalización neoliberal. El término «transición sistémica» ha dejado de pertenecer al reino de las ciencias sociales y la historiografía crítica. Hoy cualquier jefe de Estado lo utiliza.

Dentro del caos, la única certeza que tenemos es el propio caos

Dentro del caos, la única certeza que tenemos es el propio caos. Si se juzga por el discurso reciente de líderes y élites globales, el mundo postamericano parece ir hacia un desorden cada vez mayor. Pero una cosa es reconocer el fin de la hegemonía norteamericana y otra diferente es superar las dificultades que esto plantea. Los restos aún calientes de la globalización y del neoliberalismo ocupan todavía suficiente espacio político como para tapar cualquier posible alternativa.

La dinámica de sucesión de los sistemas-mundo tiene la peculiaridad de que el paso de una fase hegemónica a otra, por ejemplo, el paso del Imperio británico al Imperio estadounidense, no responde a un corte limpio en el que un modelo sustituye a otro. Más bien, en el cambio de fase, en las transiciones sistémicas, se abandonan algunas instituciones y se mantienen muchas otras con significados y funciones cambiadas. Siguiendo con el ejemplo anterior, Estados Unidos no rompió totalmente con el patrón-oro, forma británica de gobierno monetario del mundo, hasta 1971, aunque en los acuerdos de Bretton Woods, EEUU lo redefinió hasta hacerlo funcional a sus intereses.

La crisis de rentabilidad del capital se despliega cada vez más como crisis ecológica global irreversible. Ni el capitalismo verde —ya controlado por China—, ni la burbuja de la IA —repetición ampliada del volcado de liquidez excesiva sobre sectores tecnológicos que produjo la crisis de 2001— tienen capacidad de recomponer la productividad del trabajo, ni el beneficio industrial a los niveles que requeriría la reconstrucción de un orden capitalista medianamente estable. Las economías occidentales se mueven hacia una fase patrimonialista, completamente financiarizada, en la que la «civilización industrial» se ha devorado a sí misma.

Si los sistemas-mundo capitalistas gobernados por los europeos a ambos lados del Atlántico han definido el ecosistema político y económico y sus límites, desde el siglo XV, podemos decir que ya no encontramos «más allá» del fin del mundo, de ese mundo. Esta es la buena noticia: no hay que temer al fin del mundo porque ya estamos en él. La mala noticia es que, en la previsible ausencia de revoluciones o de guerras mundiales, lo que queda es una larga gestión de los restos de la inmensa cantidad de instituciones, sistemas, modelos y jerarquías creadas para propulsar la acumulación ampliada de capital a escala global.

Las seis tesis que siguen, lejos de definir un nuevo orden emergente, del que hoy apenas vemos unos cuantos fogonazos, se pueden leer como un repaso al pasado más inmediato, teniendo en cuenta que uno de los efectos recientes es la altísima generación de ruido político en los medios de comunicación.

1. America First

En este caso, el feroz nacionalismo MAGA se declina de la siguiente manera. Los múltiples agravios del mundo a Estados Unidos se pueden resumir en dos grandes grupos: los agravios externos y los internos, que coinciden aproximadamente con la línea que separa la política exterior de la interna, con la salvedad importante de que todos los problemas políticos de los norteamericanos, sucedan o no en territorio estadounidense, son culpa de los extranjeros. Esta es la gran apuesta de la derecha norteamericana: instalar una interpretación de los malestares contemporáneos como culpa de los «extranjeros».

En la esfera de la política exterior de Estados Unidos, el relato MAGA dice, contra toda evidencia, que el déficit comercial del país es consecuencia de los abusos a la generosidad estadounidense que han practicado sus tutelados. El arancel es la forma preferida por el trumpismo para intervenir en el mundo. Solo cuando el arancel se considera ineficaz, como en el caso de Venezuela o de Irán, se orquesta un ataque espectacular y breve para conseguir los fines comerciales y políticos deseados. El manejo del arancel como amenaza/farol en el segundo Trump es ya general y está desvinculado de objetivos de competencia en el mercado global.

Trump sería la continuación del dominio estadounidense del mundo en forma de narración espectacularizada

El primer Trump todavía intentaba escenificar una batalla entre las fuerzas productivas de Estados Unidos y las de China bajo la forma de guerra comercial. El segundo, directamente utiliza la guerra comercial con fines visiblemente políticos con el propósito de reconfigurar el mundo como un sistema de accesos diferenciados, permanentemente revisable, al mercado estadounidense. El ya famoso ciclo de la guerra comercial del segundo Trump —aranceles desorbitados / ruido generalizado / negociación / pacto— se ha convertido en un modus operandi relativamente previsible. Trump se mueve muy bien en el tipo de enfrentamiento geopolítico entre gallos de corral. Si la historia tiende a repetirse como farsa, Trump sería la continuación del dominio estadounidense del mundo en forma de narración espectacularizada.

2. La Primera Guerra Cultural Mundial

Desde el punto de vista anterior, una de las novedades del segundo Trump es que ha extendido el rango tradicional de las guerras culturales a la política exterior. El incidente, aparentemente bizarro, por la soberanía de Groenlandia es en realidad la manera de romper los antiguos vínculos entre Estados Unidos y la Europa atlántica sin que el nivel del conflicto impida a Europa seguir comprando armas y gas natural licuado a Estados Unidos. Estados Unidos habría podido sacar lo que quisiera de Dinamarca sin montar el más mínimo escándalo. Si Trump se ha regodeado en la escenificación pública del affaire «Groenlandia» es porque quiere posicionar a Europa como la antítesis de Estados Unidos en el discurso y, por supuesto, como una entidad política aún más decadente que la suya propia. Esto es algo sacado directamente del repertorio de construcción de ideología de la llamada guerra cultural.

Las guerras culturales de hoy se han desbordado y constituyen la dinámica ideológica central de la vida política de los países occidentales

Las guerras culturales nacieron desde los márgenes del Partido Republicano como una forma de escaramuza contra lo que se consideraba el consenso «progre» en materias consideradas convencionalmente alejadas de la materialidad económica. Con el paso de lo que eran los márgenes al centro, gracias a las redes sociales y a toda una galaxia de blogueros de la derecha nacionalista, las guerras culturales de hoy se han desbordado y constituyen la dinámica ideológica central de la vida política de los países occidentales en decadencia. Lejos queda la agitación de la derecha religiosa norteamericana contra el aborto, la homosexualidad o la legalización de las drogas para revertir los cambios culturales que generó la contracultura de los años sesenta.

El enunciado central de las guerras culturales es claro: «me adhiero a toda causa o enunciado que moleste al de «enfrente», siendo el de «enfrente» una mezcla de rasgos culturales estereotipados perfectamente diseñados para poder servir de rejilla de lectura con la que calificar la realidad relacional inmediata (familia, trabajo, etc.). En realidad, las guerras culturales son autoreferenciales. Frente al peso que tenía la orientación de las políticas públicas en los antiguos partidos políticos, la guerra cultural promete la continuidad de su propio discurso.

Un error clásico, y que se repite constantemente, es pensar que las guerras culturales se ganan con los datos y con algo llamado «la verdad». Esa es precisamente la ventaja de la derecha en este marco: no se siente ni mínimamente obligada a encontrar un terreno de consenso con el adversario electoral y, por lo tanto, le importa poco que se denuncie la falsedad del discurso, porque lo que importa es que el rival no tiene la legitimidad de decir lo que es o no verdad.

Pero además, en una época en la que las redes sociales han llevado la microsubjetivación y los nichos culturales a su máxima expresión, la guerra cultural se ha convertido en un choque constante de narraciones que producen y reproducen los estereotipos necesarios para caracterizar la identidad rival, la cual presuntamente formaría parte del bloque electoral contrario. Esta versión fuertemente recargada de la guerra cultural se ha exportado a prácticamente todo el mundo y se ha convertido en la forma mayoritaria en que se compran y se venden los apoyos electorales a uno u otro partido.

Trump se lee mucho mejor si se entiende que estamos ante un personaje, en gran medida de ficción

Y si algún personaje representa todo lo que odia la izquierda y, por lo tanto, es idóneo para ocupar el puesto de guerrero cultural en jefe, ese es Donald Trump. Por eso, Trump ha sido el rostro de la contraofensiva de la derecha estadounidense posterior al Tea Party. Curtido como actor de comedia, productor de reality shows y promotor de combates de lucha libre, Trump sabe convertir la guerra cultural en un espectáculo de masas. De hecho, Trump se lee mucho mejor si se entiende que estamos ante un personaje, en gran medida de ficción, que parece haber saltado de una serie de Netflix a la Casa Blanca, fuertemente guionizado por legiones de asesores de todo el espectro de la derecha nacionalista americana.

3. Una Europa desorientada y decadente pero aún rica

Para sorpresa del mundo occidental ha sido la derecha estadounidense, el Partido Republicano para ser más exactos, quien ha retirado a Estados Unidos del rol de líder del «mundo libre». El caos y la desorientación consiguientes alcanzan sus cotas más altas en el orden político europeo, el protectorado estadounidense más notorio y estable desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La hegemonía americana a través de sus diferentes fases necesitó del desarrollo de gigantescas instituciones multilaterales como la ONU o la OTAN. Sobre este entramado multinacional, Estados Unidos pudo desplegar las herramientas del consenso y la coerción necesarias para la estabilidad del gobierno liberal del mundo. Desde los primeros años ochenta, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional o OMC fueron las instituciones ad hoc que Estados Unidos generó para el gobierno neoliberal del mundo por medios financieros. Pues bien, como ha sucedido en otros cambios de ciclo capitalista, el mantenimiento de las instituciones que propulsaban a la superpotencia y de las que sus socios se beneficiaban se ha convertido en un lastre para Estados Unidos.

En una economía sin crecimiento, la riqueza hoy solo puede ser adquirida a costa de alguien

Por tanto, el fin último de la política de Trump es romper los mismos entramados institucionales que la hegemonía norteamericana ha necesitado para dominar el mundo. La magia de la narrativa trumpista ha logrado darle la vuelta a la tortilla y plantear que eran los aliados quienes querían el poder imperial de Estados Unidos. Lejos de haber reordenado el espacio global a su conveniencia, es el mundo y, muy en concreto, Europa quien se ha «aprovechado» de la generosidad de EEUU y no ha devuelto nada a cambio. Como dijo brillantemente el primer ministro canadiense Mark Carney «si no estamos en la mesa, estaremos en el menú». Lo que de hecho plantea Estados Unidos es que, en una economía sin crecimiento, la riqueza hoy solo puede ser adquirida a costa de alguien.

Un primer episodio, con la desacreditación de Zelensky y la rehabilitación de Putin como interlocutor, y un segundo episodio con Groenlandia en el centro han destrozado el proyecto de las élites europeas de reconstruir su tambaleante legitimidad en la guerra de Rusia contra Ucrania como teatro central. Esta era ya una estrategia a la desesperada después del rotundo fracaso europeo en la competencia con China por el capitalismo verde. La desaparición del apoyo norteamericano ha tenido la consecuencia no deseada de que las diferencias de intereses entre los países maduros del centro y el sur se cierren. Una Alemania en crisis por la mengua de sus mercados en Asia y Estados Unidos, ahora valora el espacio de consumo europeo cosa que no hizo durante la crisis del euro. Esto implica relajación en las medidas de austeridad y, de momento, estabilidad económica en el interior de la UE para países como España, Italia, Portugal o Grecia.

4. China ha ganado

El ascenso de China como primera economía del mundo destronando a Estados Unidos es la principal causa de la crisis de la hegemonía estadounidense; la larga crisis de sobreacumulación sería la causa de ciclo largo. China no solo ha ganado la competición por medios productivos y comerciales perfectamente capitalistas, sino que además lo ha hecho sin ninguna necesidad de ser aliado de Estados Unidos. Con ser «socio comercial» le ha valido. Incapaz de aceptar esta realidad, Estados Unidos ha buscado convertir a China en la nueva URSS con el fin de rememorar los días de la política de bloques y la Guerra Fría. Algo que por el momento no ha sucedido.

Desde los tiempos de Mao, China nunca ha estado interesada en repetir el curso de la Unión Soviética y el tiempo le ha dado la razón. Sobre todo a partir de los años setenta del siglo pasado, el modelo económico soviético fue convirtiéndose progresivamente en una catástrofe compensada a duras penas por su poderío militar y sus recursos naturales. La estrategia del PCCh ha sido la contraria, crear una estructura económica diseñada para vender en el exterior, la cual ha ido volcándose en la construcción de un potente mercado capitalista interno. La capacidad militar ha ido creciendo a remolque de los dos procesos centrales: conquista del mercado exterior y construcción del mercado interno.

El éxito de China ha supuesto la demolición final de las ambiciones de expansión estadounidense en Asia

El éxito de China ha supuesto la demolición final de las ambiciones de expansión estadounidense en Asia. Después de la victoria contra Japón en la Segunda Guerra Mundial, sacando las bombas nucleares, todo en ese ámbito han sido reveses para Estados Unidos. La calamitosa derrota en la guerra del Vietnam y la crisis asiática de 1998, preludio de la sacudida de 2008, señalan dos derrotas en dos campos centrales, el militar y el financiero, que dejaron a Estados Unidos enfilando el camino de vuelta a casa.

No sorprende, por lo tanto, que visto que Estados Unidos no está a la altura de la competencia con China por la corona productiva, haya abandonado cualquier tipo de intención de saquear Asia por medios económicos o militares. Estados Unidos, heredero del Imperio Británico en el dominio de los mares, tiene la mayor parte de su flota militar en el Mar de China pero no quiere ni oír hablar de una intervención terrestre.

Oriente Medio es, sin duda, el territorio más problemático para Estados Unidos. Allí su retirada ha sido, y sigue siendo, fuente de innumerables problemas. Las invasiones estadounidenses de Irak y Afganistán han dejado una región de poderes fragmentados perfectamente preparados para la guerra permanente. El descontrol absoluto de Israel, con diferencia la entidad política más violenta nunca vista, es quizá el factor más desestabilizador en la zona y en el mundo. El Estado de Israel está envalentonado después de haber enseñado al mundo cómo asesina a 70.000 personas, coloniza el territorio y condena a la miseria a Gaza entera sin que big brother le ponga límites.

El Estado de Israel está envalentonado después de haber enseñado al mundo cómo asesina a 70.000 personas

Los países del Golfo y Turquía empiezan a verse a su vez como verdaderas fuerzas globales, dominantes en la región. En el caso de los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí se trata de los propietarios informales de buena parte del gobierno de Estados Unidos; y así en la relación con los jeques, el gallo Trump deja paso al Trump postrado ante sus jefes. Al contrario de lo que sucede en China, aquí queda mucha presencia norteamericana en el territorio con bases en Catar, Arabia Saudí y Jordania.

Irán es un caso particular. Este se ha convertido en un enemigo acérrimo de Estados Unidos, dejando atrás los días en los que la alianza entre el Shah y Estados Unidos hizo de Persia el país con mayor presencia norteamericana de Oriente Medio. La revolución iraní, que finalmente ganaron los clérigos y se convirtió en revolución islámica, se hizo en gran medida contra el protectorado estadounidense de un régimen que gestionaba cualquier diferencia por la vía de la tortura y el asesinato. Algo en lo que años después coincidirán los propios clérigos devenidos una gerontocracia brutal, que contiene las sacudidas recurrentes de la población, la última de ellas aún activa, por medio de carnicerías masivas. Dicho esto, ha sido Israel quien ha hecho el trabajo de debilitar al régimen mediante la aniquilación de un enemigo nada desdeñable: Hezbollah, la franquicia chiita de Irán en el Líbano.

5. Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó

El núcleo del proyecto político America First es la reordenación de las relaciones de clase en el interior del país. En Estados Unidos las relaciones de clase están totalmente mediadas por las relaciones raciales; el núcleo del proyecto conservador MAGA es que siga siendo así. En este caso la figura que el trumpismo utiliza literalmente es la del alien, el extranjero.

Siempre siguiendo la narración MAGA, hordas de personas no europeas y no blancas se han aprovechado de la bonhomía del estadounidense blanco medio y han entrado ilegalmente en el país para saquear su riqueza por la vía laboral o por la vía criminal. Desde este punto se siguen atentados contra la cultura, la lengua y las tradiciones de lo que, los Tigres del Norte, héroes del narcocorrido, llamaban «El hijo de anglosajón».

La expresión central de este conflicto es la lucha por la legitimidad del acceso a la riqueza acumulada durante siglos de hegemonía europea

La expresión central de este conflicto es la lucha por la legitimidad del acceso a la riqueza acumulada durante siglos de hegemonía europea y eurodescendiente. Puede sonar a que el término extranjero marca una línea tajante ente quienes son y quienes no son extranjeros. Pero antes al contrario, es una de las líneas políticas más borrosas que puedan existir, sobre todo en un país donde toda la legitimidad propietaria que pueden alegar los «hijos de anglosajón» es la de haber sido más violentos y fanáticos que ningún otro grupo de migrantes, lo que les ha permitido sobrevivir a la guerra armada de todos contra todos sobre la que se construye la historia de los Estados Unidos de América. Esto lo saben bien los afroamericanos, que llevan viviendo en Estados Unidos tanto como los colonos blancos y aún se les considera extranjeros.

Esta dinámica de conflicto tiene una traducción en la esfera global. El orden nacido de la posguerra mundial fue todavía un orden de Estados-nación. Sin embargo, uno de los efectos de la globalización generalizada del capital y de la internacionalización de las cadenas de valor fue la erosión del concepto de Estado-nación y la construcción de bloques supranacionales: la UE, la ASEAN o Mercosur serían sus resultados más visibles. El giro trumpista es nacionalista, reclama el Estado-nación como lugar donde se suprime la lucha de clases por las vías ideológicas del consenso o, si es necesario, las vías represivas de la coerción.

El conflicto que se perfila como fundamental en los próximos decenios no se formula como le gustaría a la izquierda, no es antifascismo contra fascismo, ni antimperialismo contra imperialismo, ni siquiera un conflicto entre izquierda y derecha. Es un conflicto entre el cierre nativista a partir del reforzamiento del Estado-nación atrincherado y quienes queremos superar ese marco por arriba y por abajo, generando nuevas asociaciones entre entidades políticas no necesariamente nacionales.

Este es el núcleo del conflicto real en el que se decide el futuro de Estados Unidos. La administración Trump lo ha entendido perfectamente y se ha lanzado a la militarización de las ciudades contra los extranjeros y sus aliados en los movimientos. Esto era algo que el ala derecha del Partido Republicano llevaba tiempo queriendo hacer, entre otras cosas, para dar destino a la enorme cantidad de personal del ejército que, en la retirada progresiva, va haciéndose redundante. Sin embargo, en este caso, los mecanismos de la guerra cultural no han funcionado y Trump se ha apuntado su primera derrota interna con la retirada de las milicias del ICE de Mineápolis.

6. Mensajes desde Mineápolis

Los lamentos por la pérdida del orden «basado en reglas» de la intelligentsia de la izquierda y la derecha europeas, que se suceden en los últimos meses, son solo el reflejo de la posición privilegiada de las élites europeas. La «izquierda» está siendo especialmente lastimera en este llanto por el orden perdido. Un orden que venció a la izquierda europea pero le concedió la posibilidad de ser socialdemócrata, en un momento económico en el que las ganancias de la productividad del trabajo multiplicaban exponencialmente el excedente.

Los únicos dos partidos políticos posibles en realidad son el partido del orden y el partido del caos

A la luz de todo lo dicho, los únicos dos partidos políticos posibles en realidad son el partido del orden y el partido del caos. Y cualquier transformación medianamente significativa de la mastodóntica ordenación capitalista del mundo, necesita del caos. El pánico de la izquierda es solo reflejo de su acomodación al orden de explotación y dominación contra el que decía luchar. En concreto, sometida al pánico a la guerra definitiva, no entiende que la guerra ya no puede materialmente ser una guerra mundial como las del siglo XX, sino que, como sostenía Baudrillard al hilo de la Guerra del Golfo, la guerra es una mezcla de simulacro espectacularizado, dispositivo financiero y catálogo comercial de nuevas tecnologías, que moviliza cínicamente las resonancias históricas del significante «guerra» y toma a las poblaciones civiles como rehenes de tal operación.

El tipo de guerra cultural como el descrito arriba convierte en inútil cualquier intento de conseguir romper su hegemonía como gestión de la dinámica de la política de mayorías. En este modelo, la guerra cultural define las posiciones a favor y las posiciones en contra, no hay escapatoria. Cualquier intento de recomponer una «izquierda» verdadera de cara a ganar elecciones es una pérdida de tiempo.

Sin embargo, los piquetes anti ICE de Mineápolis y los manifestantes contra el régimen en Teherán nos mandan dos mensajes importantes. Desde Mineápolis nos dicen que se puede ganar a las narrativas identitarias que usan la guerra cultural luchando sobre el propio territorio. La política que generan las guerras culturales está perfectamente adaptada a un momento de militancia política muy atenuada en relación con otros momentos históricos. Si los procesos de subjetivación política no se producen en la lucha en el territorio, son pasto de ese sujeto tan típico de nuestra época que es la persona individual aislada colgada de las redes, la misma que obtiene por esa vía todos sus inputs políticos.

En Mineápolis se ha contenido al ICE en el cuerpo a cuerpo y se ha hecho, entre otras cosas, con todos los manifestantes usando el móvil como cámara personal, para poder trasladar la materialidad de las luchas y la intensidad del conflicto al espacio mediático y no al revés. Por eso, cuando la administración Trump intentó resolver el conflicto por la vía de la guerra cultural llamando «terroristas» a los dos piquetes anti-ICE asesinados, produjo justo lo contrario de lo que pretendía. Cometieron el error de pensar que el mismo tipo de argumentario, que les sirve para vencer al Partido Demócrata, valía también para derrotar a un movimiento que genera su propia experiencia sin necesidad de que se la cuenten ni los medios ni los partidos.

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