La leyenda de Lenin (1935)

por | Abr 2, 2024 | Historia

A 100 años de la muerte de Lenin recuperamos este texto de Paul Mattick que critica una visión idealizada del personaje que sobredimensiona su papel en la Revolución de Octubre

Cuanto más dura y amarillenta se torna la piel del Lenin momificado, y cuanto más crece el número de visitantes al Mausoleo Lenin, más disminuye el interés por el verdadero Lenin y su significado histórico. Cada vez más monumentos son erigidos en su memoria, cada vez se filman más películas en donde él interpreta el papel central, cada vez más libros se escriben sobre él, al tiempo que los reposteros rusos hacen postres con los rasgos de su cara. Y sin embargo, el derretimiento de las caras de chocolate de Lenin puede compararse con la falta de claridad y la inversoimilitud de las historias que se cuentan sobre él. Aunque el Instituto Lenin de Moscú publique sus obras conjuntas, estas carecen de sentido sin las fantásticas leyendas que se han formado alrededor de su nombre. Tan pronto como la gente empezó a preocuparse por los botones del cuello de la camisa de Lenin, también dejó de interesarse por conocer sus ideas. Todos, entonces, diseñaron su propio Lenin, y si bien no de acuerdo con su propia imagen, en cualquier caso sí según sus propios deseos. Lo que la leyenda de Napoleón es a Francia y la leyenda de Fredricus Rex [Federico rey] es a Alemania, la leyenda de Lenin es a la nueva Rusia. Así como antes la gente se negaba absolutamente a creer en la muerte de Napoleón, y aguardaban la resurrección de Fredricus Rex, en la Rusia actual existen campesinos para los cuales el nuevo «padrecito Zar» no ha muerto sino que continúa satisfaciendo su insaciable apetito exigiéndoles tributo. Otros encienden lámparas eternas bajo el retrato de Lenin: para ellos es un santo, un redentor al cual rezan por su ayuda. Millones de ojos miran millones de estos retratos, y ven en Lenin al Moisés ruso, a San Jorge, a Ulises, a Hércules, a Dios o al Diablo. El culto a Lenin se ha convertido en una nueva religión ante la cual incluso los comunistas ateos se arrodillan con gusto: hace la vida más fácil en todos los sentidos. Lenin aparece ante ellos como el padre de la República Soviética, el hombre que hizo posible la victoria de la revolución, el gran líder sin el cual ellos ni siquiera existirían. Pero no solo en Rusia y no solo en forma de leyenda popular, sino para una gran parte de la intelligentsia marxista a lo largo del mundo, la Revolución rusa se ha convertido en un evento mundial tan vinculado al genio de Lenin que uno tiene la impresión de que sin él esa revolución y por lo tanto también la historia mundial podría haber tomado un curso enteramente distinto. Sin embargo, un análisis verdaderamente objetivo de la Revolución rusa revelará lo insostenible de esa idea.

Es realmente posible que alguien crea seriamente que un solo acto político es capaz de reemplazar toda una evolución histórica

«La afirmación de que la historia es hecha por los grandes hombres es desde un punto de vista teórico totalmente infundada». Tales son las palabras en las que el propio Lenin se refiere a la leyenda que insiste en hacerlo a él solo responsable de los «éxitos» y de los «crímenes» de la Revolución rusa. Lenin consideró la guerra mundial como determinante de la revolución, tanto tomada como causa directa de su estallido como por el momento en el que esta tuvo lugar. Sin la guerra, dice, «la revolución hubiera venido retrasada posiblemente varias décadas». La idea de que el estallido y el curso de la Revolución rusa dependían en gran medida de Lenin implica necesariamente una identificación completa de la revolución con la toma del poder por los bolcheviques. Trotski ha afirmado en este sentido que todo el crédito por el éxito de la insurrección de octubre pertenece a Lenin; que la resolución de la insurrección fue llevada adelante por él solo contra la oposición de casi todos sus amigos del partido. Pero la toma del poder por los bolcheviques no dota a la revolución del espíritu de Lenin; al contrario, Lenin se había adaptado tan completamente a las necesidades de la revolución que prácticamente llevó a cabo la tarea de esa misma clase a la que tan ostensiblemente había combatido. Por supuesto, se afirma a menudo que con la toma del poder estatal por los bolcheviques la en principio revolución democrático burguesa fue desde ese momento transformada en una revolución socialista proletaria. ¿Pero es realmente posible que alguien crea seriamente que un solo acto político es capaz de reemplazar toda una evolución histórica; que siete meses —de febrero a octubre— fueron suficientes para dar forma a las precondiciones económicas de una revolución socialista en un país que estaba luchando por deshacerse de sus trabas feudales y absolutistas a fin de facilitar su entrada en el capitalismo moderno?

Hasta la época de la revolución, y en muy gran medida incluso hoy en día, el papel decisivo del desarrollo económico y social de Rusia vino jugado por la cuestión agraria. De los 174 millones de habitantes del imperio antes de la guerra, solo 24 vivían en las ciudades. De cada 1.000 personas empleadas en actividades económicas, 719 estaban relacionadas con la agricultura. A pesar de su enorme importancia económica, la mayoría de los campesinos todavía soportaban una existencia desdichada. La causa de su deplorable situación era la insuficiencia de tierras. El Estado, la nobleza y los grandes terratenientes se aseguraban para sí, con brutalidad asiática, una inconcebible explotación de la población.

Desde la abolición de la servidumbre (1861) la escasez de tierra para las masas campesinas fue la cuestión alrededor de la cual giraron todas las demás cuestiones de la política doméstica rusa. Era el punto principal de todos los proyectos de reforma, que veían en ella la fuerza motriz de la revolución que se aproximaba, y que debía ser desactivada. La política financiera del régimen zarista, con sus siempre nuevos impuestos indirectos, empeoró aun más la situación de los campesinos. Los gastos del ejército, la flota, y el aparato estatal alcanzaron magnitudes gigantescas tanto más grandes cuanto mayor era la parte del presupuesto estatal que se dirigía a propósitos improductivos; estos arruinaron totalmente los fundamentos económicos de la agricultura.

«Tierra y Libertad» fue, por lo tanto, la necesaria demanda revolucionaria de los campesinos. Bajo esta consigna tuvieron lugar una serie de levantamientos campesinos que pronto, en el periodo de 1902 a 1906, tomaron una escala significativa. En combinación con las huelgas de masas de los obreros que tenían lugar al mismo tiempo, produjeron una conmoción tan violenta en el corazón del zarismo, que ese periodo puede ser ciertamente denominado como un «ensayo» de la revolución de 1917. El modo en el que el zarismo reaccionó frente a estas rebeliones viene ilustrado, mejor que en ninguna otra parte, en la expresión del por entonces vicegobernador de Tambiovsk, Bogdanovitch: «Cuanto menos arrestos, más fusilados». Y uno de los oficiales que tomó parte en la supresión de las insurrecciones escribió: «Todo alrededor nuestro es derramamiento de sangre; todo está en llamas; disparamos, derribamos, apuñalamos». Fue en este mar de sangre y llamas donde nació la revolución de 1917.

Fue solo a través del apoyo de los campesinos que los bolcheviques fueron capaces de mantenerse en el poder

A pesar de la derrota, la presión de los campesinos continuó siendo una creciente amenaza. Llevó a las reformas de Stolypin, las cuales, sin embargo, fueron solo gestos vacíos, que se limitaron a verter promesas, que en realidad no hicieron avanzar ni un paso en la cuestión agraria. Una vez, no obstante, se extendió el dedo meñique, pronto se abrió toda la mano. El empeoramiento de la situación campesina provocado por la guerra, la derrota del ejército zarista en el frente, las crecientes revueltas en las ciudades, la caótica política zarista en la que todo razonamiento coherente era desechado y el dilema general resultante para todas las clases de la sociedad, llevaron a la revolución de febrero, que antes de nada resolvió de manera definitiva y violenta la cuestión agraria, que había ardido durante medio siglo. Su carácter político, sin embargo, no vino impreso sobre la revolución por el movimiento campesino; este movimiento simplemente le dio una enorme relevancia. En los primeros anuncios del comité ejecutivo central de los consejos de obreros y soldados de San Petersburgo la cuestión agraria ni siquiera fue mencionada. Pero los campesinos lograron pronto la atención del nuevo gobierno. Hartos de esperar emprendieron la acción directa; en abril y mayo de 1917 las decepcionadas masas campesinas empezaron a apropiarse de la tierra por sí mismas. Los soldados en el frente, temerosos de no obtener su parte en la nueva distribución, abandonaron las trincheras y volvieron apresuradamente a sus pueblos. Llevaron sus armas consigo y de esta manera no ofrecieron al gobierno ninguna posibilidad de detenerlos. Todas las apelaciones del gobierno al sentimiento nacional y a la sacralidad de los intereses rusos no tuvieron ningún efecto sobre la urgencia de las masas por satisfacer al fin de sus propias necesidades económicas. Y aquellas necesidades estaban contenidas en la consigna «paz y tierra». Se decía en esos tiempos que los campesinos impelidos a permanecer en el frente, con la excusa de que si no lo hacían los alemanes ocuparían Moscú, se veían bastante sorprendidos y respondían a los emisarios del gobierno: «¿Y a nosotros qué? Somos del gobierno de Tamboff».
Lenin y los bolcheviques no inventaron la victoriosa consigna de «la tierra para los campesinos»; más bien, aceptaron la revolución campesina real que tenía lugar independientemente de ellos. Tomando ventaja de la vacilante actitud del régimen de Kerensky, que todavía tenía esperanzas de poder resolver la cuestión agraria por medio de la discusión pacífica, los bolcheviques se ganaron la buena voluntad de los campesinos y de esta manera pudieron quitar de en medio al gobierno de Kerensky y tomar el poder para sí mismos. Pero esto resultó posible únicamente en tanto agentes de la voluntad de los campesinos, mediante la sanción de su apropiación de la tierra, y fue solo a través de su apoyo que los bolcheviques fueron capaces de mantenerse en el poder.

La consigna «la tierra para los campesinos» no tiene nada que ver con los principios comunistas

La consigna «la tierra para los campesinos» no tiene nada que ver con los principios comunistas. El reparto de las grandes haciendas en un gran número de pequeñas granjas independientes fue una medida directamente opuesta al socialismo y que solo podía justificarse como una necesidad táctica. Los posteriores cambios en la política hacia los campesinos por parte de Lenin y los bolcheviques fueron incapaces de efectuar cualquier modificación en las consecuencias necesarias de esta política oportunista original. A pesar de todas las colectivizaciones, que hasta ahora se limitan en gran medida al aspecto técnico de las fuerzas productivas, la agricultura rusa está, aun hoy en día, básicamente determinada por intereses y motivos económicos privados. Y esto implica la imposibilidad, también en el campo industrial, de llegar a algo más que a una economía capitalista de Estado. Aun si este capitalismo de Estado apunta a transformar completamente a la población campesina en asalariados agrícolas sujetos a explotación, es improbable alcanzar este propósito frente los nuevos choques revolucionarios vinculados a tal aventura. La presente colectivización no puede ser considerada como la realización del socialismo. Esto se ve claramente cuando uno considera a los observadores de la escena rusa como Maurice Hindus, que creen posible que «incluso si los Soviets colapsaran, la agricultura rusa permanecería colectivizada, con un control quizás más por parte de los campesinos que del gobierno». Pero incluso si la política agraria bolchevique llevara al fin deseado, a un capitalismo de Estado que dominara toda la economía nacional, la situación de los obreros sería la misma que antes. Tampoco podría considerarse tal consumación como una transición al socialismo real, ya que aquellos elementos de la población ahora privilegiados por el capitalismo de Estado defenderían sus privilegios contra todo cambio, exactamente igual que hicieron los propietarios privados en la revolución de 1917.

Los obreros industriales eran todavía una muy pequeña minoría de la población y por lo tanto eran incapaces de imprimir a la Revolución rusa un carácter acorde a sus propias necesidades. Los elementos burgueses que también combatían al zarismo pronto recularon ante la naturaleza de sus propias tareas. No podían acceder a una solución revolucionaria de la cuestión agraria, ya que la expropiación general de la tierra podría terminar fácilmente en la expropiación de la industria. Ni los campesinos ni los obreros les seguían. El destino de la burguesía fue decidido por la alianza temporal entre estos últimos grupos. No fue la burguesía, sino los obreros quienes llevaron la revolución burguesa a su conclusión; el lugar de los capitalistas fue ocupado por el aparato estatal bolchevique bajo la consigna leninista «si lo único que nos queda es el capitalismo, entonces hagámoslo». Por supuesto que los obreros habían derrocado al capitalismo en las ciudades, pero solo para convertir al aparato del partido bolchevique en su nuevo amo. En las ciudades industriales la lucha obrera continuó con las demandas socialistas, aparentemente de forma independiente de la revolución campesina aun cuando tenía lugar al mismo tiempo y, no obstante, estaba determinada decisivamente por aquella. Las demandas revolucionarias originales de los obreros eran objetivamente imposibles de llevarse a cabo. Los obreros fueron capaces, con la ayuda de los campesinos, de conquistar el poder del Estado para su partido, pero este nuevo Estado tomó pronto una posición directamente opuesta a los intereses de los obreros. Una oposición que aun hoy asume formas que hacen posible que se pueda hablar de «zarismo rojo»: supresión de huelgas, deportaciones, ejecuciones en masa, y por lo tanto el surgimiento de nuevas organizaciones ilegales que están llevando a cabo una revuelta comunista contra el actual «socialismo».

Las recientes conferencias sobre la extensión de la democracia en Rusia, la idea de introducir una especie de parlamentarismo, la resolución del último congreso de los soviets acerca de desmantelar la dictadura, todo esto es meramente una maniobra táctica diseñada para compensar los últimos actos de violencia del gobierno contra la oposición. Estas promesas no deben ser tomadas en serio, son resultado de la práctica leninista, siempre bien calculada para funcionar en dos sentidos al mismo tiempo en pro de su propia estabilidad y seguridad. El zigzag de la política leninista proviene de la necesidad de adaptarse en todo momento al cambio en las relaciones de fuerza de las clases en Rusia, de tal manera que el gobierno siempre permanezca dueño de la situación. Así hoy se acepta lo que el día antes fue rechazado, o viceversa: la carencia de principios ha sido elevada al nivel de principio; al partido leninista solo le importa una cosa, el ejercicio del poder estatal a cualquier precio.

En este punto, sin embargo, solo estamos interesados en demostrar que la Revolución rusa no dependía de Lenin ni de los bolcheviques, sino que el elemento decisivo fue la revuelta de los campesinos. El mismo Zinoviev, cuando todavía estaba en el poder y al lado de Lenin, afirmó tan tarde como en el XI Congreso del Partido bolchevique (marzo-abril de 1921): «No fue la vanguardia proletaria a nuestro lado, sino la llegada a nosotros del ejército, porque exigíamos la paz, lo que constituyó el factor decisivo de nuestra victoria. El ejército, sin embargo, estaba formado por campesinos. Si no hubiéramos sido apoyados por los millones de campesinos soldados, nuestra victoria sobre la burguesía hubiera sido imposible». El gran interés de los campesinos en la cuestión de la tierra y su escaso interés en la cuestión del gobierno permitió a los bolcheviques llevar a cabo una lucha victoriosa por el gobierno. Los campesinos no tenían problema en dejarle el Kremlin a los bolcheviques, siempre y cuando su propia lucha contra los terratenientes no se viera obstaculizada.

La influencia de los soviets se debilitó, hasta el punto en que hoy no sirven para otra cosa que para propósitos decorativos

Pero incluso en las ciudades, Lenin no fue el factor decisivo en los conflictos entre el capital y el trabajo. Antes al contrario, se vio arrastrado por los obreros, que en sus demandas y en sus acciones fueron mucho más lejos que los bolcheviques. No fue Lenin quien dirigió la revolución, la revolución lo dirigió a él. Aunque tan tarde como en el levantamiento de Octubre, Lenin restringió sus anteriores y más profundas demandas al control de la producción, al tiempo que deseaba detenerse en seco tras la socialización de los bancos y las instalaciones de transporte, sin llegar la abolición general de la propiedad privada, los obreros no prestaron atención a sus opiniones y expropiaron a todas las empresas. Es interesante recordar que el primer decreto del gobierno bolchevique fue dirigido contra las expropiaciones salvajes y no autorizadas de las fábricas a través de los consejos obreros. Pero esos soviets eran entonces todavía más fuertes que el aparato partidario y obligaron a Lenin a promulgar el decreto para la nacionalización de todas las empresas industriales. Fue solo bajo presión de los obreros que los bolcheviques consintieron este cambio en sus propios planes. Gradualmente, a través de la extensión del poder estatal, la influencia de los soviets se debilitó, hasta el punto en que hoy no sirven para otra cosa que para propósitos decorativos.

Durante los primeros años de la revolución, hasta la introducción de la Nueva Economía Política (1921), hubo por supuesto cierta experimentación en un sentido comunista. Esto no es, sin embargo, mérito de Lenin, sino de aquellas fuerzas que lo convirtieron en un camaleón político que en ocasiones asumía colores reaccionarios y en otras colores revolucionarios. Los nuevos levantamientos campesinos contra los bolcheviques llevaron primero a Lenin a una política más radical, dando mayor énfasis a los intereses de los obreros y de los campesinos pobres que habían llegado tarde a la primera distribución de tierras. Pero luego esta política se mostró como un fracaso, ya que los campesinos pobres, cuyos intereses fueron de esta manera privilegiados, se negaron a apoyar a los bolcheviques y Lenin «se volvió de nuevo hacia los campesinos medios». En ese caso, Lenin no tuvo escrúpulos en fortalecer nuevamente a los elementos capitalistas-privados, al tiempo que antiguos aliados, que se habían convertido en una incomodidad, fueron derribados a cañonazos, como fue el caso en Kronstadt.

El poder, y nada más que el poder: a esto se reduce finalmente la sabiduría política de Lenin. Que los medios por el cual se obtiene y llevan al mismo determinan a su vez la manera en que ese poder se aplica, era un asunto de escaso interés. El socialismo, para Lenin, era en última instancia un tipo de capitalismo de Estado, a imagen del «modelo del servicio postal alemán». Y fue este capitalismo de Estado el que a su manera encaró, porque de hecho no había nada más que encarar. Simplemente era una cuestión de quién iba a ser el beneficiario del capitalismo de Estado y aquí Lenin no dio prioridad a nadie. Fue así como George Bernard Shaw, a su vuelta de Rusia, estuvo bastante acertado cuando, en una conferencia ante la Sociedad Fabiana de Londres, afirmó que «el comunismo ruso no es nada más que la puesta en práctica del programa fabiano que hemos estado predicando los últimos 40 años».

El llamamiento de Lenin a la revolución mundial fue principalmente un llamamiento en apoyo a sostener el poder bolchevique

Nadie, sin embargo, ha sospechado aún que los fabianos constituyan una fuerza revolucionaria mundial. Y Lenin es, por supuesto, antes que nada aclamado como un revolucionario mundial, a pesar del hecho de que el actual gobierno ruso por el cual se administra su «Estado» niegue esto mismo enfáticamente cuando la prensa publica informes de brindis rusos por la revolución mundial. La leyenda de la trascendencia mundial-revolucionaria de Lenin se nutre de su consecuente posición internacional durante la guerra mundial. En eses momento, para Lenin resultaba imposible concebir que una revolución en Rusia no tuviera repercusiones adicionales, quedando abandonada a sí misma. Había dos razones para este punto de vista: primero, porque tal pensamiento estaba en contradicción con la situación objetiva resultante de la guerra mundial; y en segundo lugar, asumió que la embestida de las naciones imperialistas contra los bolcheviques rompería la espalda de la Revolución rusa si el proletariado de Europa occidental no venía al rescate. El llamamiento de Lenin a la revolución mundial fue principalmente un llamamiento en apoyo a sostener el poder bolchevique. La prueba de que no fue mucho más que esto la proporciona su inconstancia en esta cuestión: además de hacer sus demandas por la revolución mundial, al mismo tiempo se pronunció por el «derecho a la autodeterminación de todos los pueblos oprimidos», por su liberación nacional.

Sin embargo esta política dual de los bolcheviques tenía su raíz en la necesidad jacobina de mantener el poder. Gracias a ambas consignas, las fuerzas de intervención de los países capitalistas en los asuntos de Rusia se vieron debilitadas, de esta manera su atención se vio desviada hacia sus propios territorios y colonias. Eso supuso un respiro para los bolcheviques. Con la intención de hacerlo lo más largo posible, Lenin estableció su Internacional. Fijó para la misma dos tareas: por un lado, la subordinación de los obreros de Europa occidental y América a la voluntad de Moscú; por otro, el fortalecimiento de la influencia de Moscú sobre los pueblos de Asia Oriental. El trabajo en el campo internacional fue modelado siguiendo el curso de la Revolución rusa. La meta consistió en combinar los intereses de los obreros y los campesinos a escala mundial, al tiempo que se aseguraba el control bolchevique de los mismos por medio de la Internacional Comunista. De esta manera se aseguró al menos el apoyo al poder estatal bolchevique en Rusia; y en caso de que la revolución mundial se extendiera, estaba por ganarse el poder sobre el mundo. Aunque el primer objetivo se logró con cierto éxito, no pasó lo mismo con el segundo. La revolución mundial no podía hacerse a través de una imitación a escala global de la Revolución rusa y las limitaciones nacionales de la victoria en Rusia hicieron necesariamente de los bolcheviques una fuerza contrarrevolucionaria en el plano internacional. De esta manera, la reivindicación de la «revolución mundial» se convirtió en la «teoría del socialismo en un solo país». Y esta no es una perversión del punto de vista leninista —como Trotski, por ejemplo, afirma hoy— sino la consecuencia directa de la política mundial pseudorevolucionaria perseguida por el mismo Lenin.

En ese momento quedo claro, incluso para muchos bolcheviques, que la restricción de la revolución en Rusia convertiría a la propia Revolución rusa en un obstáculo para la revolución mundial. Así, por ejemplo, escribió Eugene Varga en su libro Problemas económicos de la dictadura del proletariado, publicado por la Internacional Comunista (1921): «Existe el peligro que Rusia pueda ser excluida como la fuerza motriz de la revolución mundial […] Hay comunistas en Rusia que se han cansado de esperar a la revolución europea y desean aprovechar la situación para mejor su aislamiento nacional […] Con una Rusia que considerase la revolución social de otros países como algo que no la concierne, los países capitalistas podrían vivir en una vecindad pacífica. Estoy lejos de creer que tal embotellamiento de la Rusia revolucionaria sería capaz de detener el progreso hacia la revolución mundial. Pero ese progreso se verá ralentizado».

Y con la agudización de las crisis internas en Rusia en esa época, no pasó mucho tiempo antes de que casi todos los comunistas, incluido el propio Varga, tuvieran el sentimiento del que el mismo Varga se quejaba. De hecho, antes incluso, en 1920, Lenin y Trotski se esforzaron con ahínco en estimular las fuerzas revolucionarias de Europa. La paz a través del mundo era un requisito con el fin de asegurar la construcción del capitalismo de Estado en Rusia bajo el auspicio de los bolcheviques. Era desaconsejable que esta paz fuera perturbada por la guerra o por nuevas revoluciones, porque en cualquier caso un país como Rusia seguramente se vería arrastrado. De forma consecuente, Lenin impuso, a través de la división y de la intriga, un curso neorreformista en el movimiento obrero de Europa occidental, un curso que llevó a su total disolución. Fue con palabras afiladas que Trotski, con la aprobación de Lenin, se volvió contra la insurrecta Alemania central (en 1921): «Debemos decir llanamente a los obreros alemanes que vemos en esta filosofía de la ofensiva el mayor peligro y en su aplicación práctica el mayor crimen político». Y en 1923, ante otra situación revolucionaria, Trotski declaró al corresponsal del Manchester Guardian, de nuevo con la aprobación de Lenin: «Por supuesto que estamos interesados en la victoria de las clases trabajadoras, pero no es en absoluto nuestro interés que estalle la revolución en una Europa ensangrentada y exhausta y que el proletariado reciba de manos de la burguesía nada más que ruinas. Estamos interesados en el mantenimiento de la paz». Diez años más tarde, cuando Hitler tomó el poder, la Internacional Comunista no movió un dedo para prevenirlo. Trotski no solo está equivocado, sino que revela una falla de memoria que resulta indudablemente de la pérdida de su uniforme, cuando caracteriza hoy el fracaso de Stalin a la hora de ayudar a los comunistas alemanes como una traición a los principios del leninismo. Esta traición fue constantemente practicada por Lenin y por el mismo Trotski. Pero de acuerdo con el aforismo de Trotski, lo importante no es lo que hay que hacer, sino quién debe hacerlo.

Stalin es, de hecho, el mejor discípulo de Lenin, en lo concerniente a su actitud respecto del fascismo alemán. Los bolcheviques por supuesto no se abstuvieron de entrar en una alianza con Turquía y prestar ayuda política y económica al gobierno de ese país incluso en un momento en el que estaban tomando las más brutales medidas contra los comunistas, medidas que frecuentemente eclipsaron las acciones de Hitler.

En vista del hecho de que la Internacional Comunista continúa operando simplemente como una agencia para el turismo ruso, en vista del colapso en todos los países de los movimientos comunistas controlados por Moscú, la leyenda de Lenin como un revolucionario mundial, está sin duda lo suficientemente debilitada como para que pueda contarse con su desaparición en un futuro cercano. Por supuesto, aun hoy los que se aferran a la Internacional Comunista ya no operan según la noción de la revolución mundial, sino que hablan de la «Patria de los Trabajadores» de la cual sacan su entusiasmo siempre y cuando no tengan que verse forzados a vivir allí como obreros. Aquellos que continúan aclamando a Lenin como el revolucionario mundial por excelencia, en realidad se emocionan nada más que con los sueños políticos de poder mundial de Lenin, sueños que hoy se han desvanecido por completo.

La contradicción que existe entre el significado histórico real de Lenin y lo que por lo general se asocia a él mismo es mayor y a la vez más inescrutable que en el caso de cualquier otro personaje que haya actuado en la historia moderna. Hemos demostrado que no puede hacérsele responsable del éxito de la Revolución rusa, y también que su teoría y su práctica no puede, como se ha hecho tan a menudo, ser aclamada como de importancia revolucionaria mundial. Tampoco, a pesar de todas las afirmaciones de lo contrario, puede otorgársele el mérito de haber extendido o complementado el marxismo. En la obra de Thomas B. Bram titulada Una aproximación filosófica al comunismo, recientemente publicada en la Universidad de Chicago, el comunismo todavía es definido como «una síntesis de las doctrinas de Marx, Engels y Lenin». No solo en este libro, sino también en general, y particularmente en la prensa de los partidos comunistas, Lenin es puesto en tal relación con Marx y Engels. Stalin ha denominado al leninismo como «el marxismo en el periodo del imperialismo». Tal posición, de todos modos, deriva su única justificación de una infundada sobrevaloración de Lenin. Lenin no ha añadido al marxismo ningún elemento que pueda ser calificado como nuevo e independiente. La concepción filosófica de Lenin es el materialismo dialéctico desarrollado por Marx, Engels y Plejanov. Es a través de estos que él se refiere en conexión con todos los problemas importantes: es su criterio en todo y la última corte de apelación. En su principal obra filosófica, Materialismo y empiriocriticismo, Lenin simplemente repite a Engels a la hora de trazar las oposiciones de los diferentes puntos de vista filosóficos hacia la gran contradicción primaria: materialismo versus idealismo. Mientras en la primera posición, la Naturaleza es lo primario y la Mente lo secundario, la otra posición sostiene exactamente lo contrario. Esta formulación previamente conocida es documentada por Lenin con material adicional de diversos campos del conocimiento. De esta modo, no puede pensarse en ningún enriquecimiento esencial por parte de Lenin a la dialéctica marxista. En el campo de la filosofía, hablar de una escuela leninista es un despropósito.

En el campo de la teoría económica, tampoco se le puede atribuir a Lenin una importancia independiente. Sus escritos económicos son más marxistas que aquellos de sus contemporáneos, pero son solamente aplicaciones brillantes de las doctrinas económicas ya existentes asociadas al marxismo. Lenin no tuvo ninguna intención de ser un teórico independiente en materia de economía; para él, Marx ya había dicho todo lo fundamental a este respecto. Para Lenin, era imposible ir más allá de Marx, y por eso se preocupó nada más que por comprobar que los postulados marxistas estaban en corcondancia con el desarrollo real. Su principal obra económica, El desarrollo del capitalismo en Rusia, constituye un testimonio elocuente en este sentido. Lenin nunca quiso ser más que el discípulo de Marx y es así que solo como leyenda pueda hablarse de una teoría del «leninismo».

Lenin quería sobre todo ser un político práctico. Sus trabajos teóricos son casi exclusivamente de naturaleza polémica.

Lenin quería sobre todo ser un político práctico. Sus trabajos teóricos son casi exclusivamente de naturaleza polémica. Combate a los enemigos (teóricos o no) del marxismo, que Lenin identifica en sus propias luchas políticas y de los bolcheviques en general. Para el marxismo, la práctica decide sobre la verdad de una teoría. En cuanto al esfuerzo práctico por actualizar las doctrinas de Marx, es posible que Lenin haya prestado un gran servicio al marxismo. Sin embargo, en lo que concierne al marxismo, toda práctica es social, esta puede ser modificada o verse influida por individuos pero solo de manera muy limitada, nunca decisiva. No hay duda de que la unión de teoría y práctica, del objetivo final y de las cuestiones concretas del momento, por las cuales Lenin estuvo constantemente interesado, puede ser aclamada como un gran logro. Pero la medida de este logro es de nuevo el éxito obtenido, y ese éxito, como ya hemos dicho, fue negado por Lenin. Su obra no solo fracasó a la hora de hacer avanzar al movimiento revolucionario mundial; también fracasó a la hora de formar las precondiciones para una verdadera sociedad socialista en Rusia. El éxito (tal y como fue) no lo llevó más cerca de su objetivo, sino que lo alejó del mismo.

Las condiciones actuales en Rusia y la presente situación de los obreros a través del mundo deberían ser suficiente prueba para cualquier observador comunista de que la actual política «leninista» es justamente lo opuesto de su fraseología. Y a la larga, tal condición debe, sin duda, destruir la Leyenda de Lenin construida artificialmente, para que la historia misma finalmente coloque a Lenin en su apropiado lugar histórico.


Publicado originalmente en International Council Correspondence, vol. 2, núm. 1, diciembre 1935 y reimpreso en Western Socialist, vol. 13. núm III, enero de 1946. Existía una traducción previa al castellano de este texto realizada por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques, disponible en la página web de La bataille socialiste. La presente traducción se ha apoyado en esta versión.

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