El nuevo ciclo de luchas en las universidades madrileñas (II): Tres hipótesis

por | Ene 12, 2026 | Análisis, Cultura, Movimientos

En un contexto de ofensiva privatizadora, la universidad pública se convierte en un campo de disputa central entre la segregación social, la meritocracia elitista y la posibilidad de una democracia real.

Tras el análisis del reciente proceso de luchas que hicimos en la primera parte del artículo, en esta segunda parte proponemos, primero, un pequeño ejercicio de imaginación de los posibles futuros que nos aguardan en la universidad pública, y después, lanzamos tres hipótesis tentativas para animar el debate estratégico del movimiento. Intentamos concretar mejor cómo avanzar hacia lo que hemos llamado «la universidad que nos merecemos».

En este nuevo ciclo de luchas, hemos vuelto a comprobar que habitamos una institución compleja y trufada de contradicciones. En las universidades públicas se han formado 10 de los 10 Consejeros del Gobierno de la Comunidad de Madrid (CM), los mismos que están liderando su actual ataque. Y en las públicas, también, se han formado millones de «hijos de obreros» —como solemos cantar en las movilizaciones—.

En este nuevo ciclo de luchas, hemos vuelto a comprobar que habitamos una institución compleja y trufada de contradicciones

Tenemos a quienes investigan el desarrollo del armamento israelí, y quienes lanzan las propias acampadas contra el genocidio; participamos en los intereses de la industria fósil y también desarrollamos la mejor ciencia climática. En nuestra institución se ejercen fuertes jerarquías de poder, y al mismo tiempo se discute horizontalmente en múltiples asambleas. Tenemos fascistas amenazándonos y también facultades que se defienden como espacios seguros; tenemos acosadores y puntos violeta; esquiroles y piquetes; sillones de cuero y techos que se caen. Al amanecer puedes ir a una práctica de laboratorio, a mediodía cortar una autovía, por la tarde atender una clase magistral, y por la noche dormir en un encierro por la Pública.

Por tanto, dentro de «la universidad pública» existen ya muchas universidades que conviven y conflictúan entre sí. Y todos esos espacios e imaginarios contradictorios de lo que es y debe ser la universidad, prefiguran ya los futuros de otras universidades posibles. Si jugamos a hacer una breve síntesis, podemos resumir en tres los modelos que están hoy en disputa.

La universidad segregadora, la universidad templo-ascensor y la universidad común

La universidad segregadora

El primer futuro es el que avanzaría con la imposición y extensión de las actuales políticas del Gobierno de la CM, que hacen de la universidad una mercancía más que se vende en el «mercado de las universidades», tanto en las opciones degradadas que queden como formalmente «públicas» como en las opciones directamente privatizadas.

En este modelo, la gestión pública es cada vez más indistinguible de la privada: las públicas se terminarán de adelgazar y elitizar en todas las áreas que no consideran «realmente necesarias», y las privadas se expandirán para lucrarse con aquellas áreas más rentables.

La autonomía universitaria se convertiría en una mera formalidad pues los objetivos de la institución son determinados en cada coyuntura según criterios de rentabilidad. Si el conocimiento, la educación o la misma institución se subordinan cada vez más a estos criterios, se degradará la naturaleza y fines del servicio público entendido como riqueza común. El poder empresarial instrumentalizará así directamente la institución mediante la llamada «formación dual» de su «capital humano» o con el desarrollo de una «innovación» condicionada por sus intereses de negocio.

La mercantilización de la universidad va intrínsecamente ligada a la extensión de viejas y nuevas formas de segregación: estudiantil, laboral o urbana, entre otras. Por ejemplo, la segregación estudiantil se profundizará, por un lado, con la mayor división entre áreas de formación de élites y áreas para formar fuerza de trabajo barata, y por otro lado, porque las matrículas universitarias solo serán accesibles para los clientes ricos o para quienes cumplan los criterios del endeudamiento a crédito —siguiendo el modelo estadounidense—.

La investigación, la docencia y la vida universitaria se devaluarán cada vez más como resultado de la permanente carrera de ratas

En el plano de la segregación laboral, tendremos a un personal cada vez más dividido entre una pequeña élite investigadora y una masa de profesorado y personal sobrecargado, precarizado y subcontratado. La investigación, la docencia, la gestión y la vida universitaria se devaluarán cada vez más como resultado de la permanente carrera de ratas impuesta por el gobierno de los rankings y la “calidad”.

Y como sistema de segregación urbana, en este futuro nos encontraríamos con una institución que participa activamente de la desigualdad creciente en Madrid, que alimenta principalmente los enclaves del eje noroeste de la Comunidad, mientras cierra posibilidades y expulsa a los sectores populares del sureste.

Por último, en la universidad segregadora escasea el asociacionismo sindical o estudiantil porque es cada vez más difícil salir de las respectivas «ruedas del hámster», y porque poner una pancarta cuesta 15.000 euros de multa. Mientras, múltiples empresas sí podrán poner sus «pancartas» con forma de publicidad, cátedras, centros adscritos o demás chiringuitos «público-privados».

La universidad templo-ascensor

El segundo futuro posible es el que derivaría de una victoria parcial sobre las actuales políticas del Gobierno de la CM, que consiguen salvar lo que queda de la universidad como «templo», y lo que queda de su función denominada de «ascensor social».

En este posible futuro, el sentido de las luchas por la Pública buscan preservar en lo posible esa suerte de oasis conquistado en las décadas más felices de nuestra historia. Un tiempo en que la universidad era un «templo» sagrado de la auténtica ciencia, la de los grandes catedráticos y el orgullo corporativo. Es el imaginario de la universidad de Ortega y Gasset, Ramón y Cajal, y otros insignes sabios. Es la concepción que subyace al discurso reconstruido de Unamuno frente a las bestias fascistas en la Universidad de Salamanca: «Este es el templo de la inteligencia y yo soy su supremo sacerdote».

Esta nostalgia que a veces tenemos por los tiempos tranquilos del «templo» se actualiza y legitima con su fusión más contemporánea con el discurso meritocrático, donde nos vanagloriamos de que ya superamos los viejos residuos feudales, gracias a que muchas personas de origen humilde pudieron coger el «ascensor social» de la universidad y así colocarse al menos en la clase media, o incluso en la élite, donde realmente merecerían.

Esta universidad es la que a menudo defendemos en su función clave para la igualdad de oportunidades —más que la igualdad, a secas—. Un logro cuyo éxito principal es presentar las ilegítimas desigualdades heredadas como legítimas diferencias de mérito.

La universidad no va a tener el privilegio de ser una mera espectadora, entre otras cosas, porque nos han colocado ya en el punto de mira

Esta universidad templo y ascensor es el futuro al que, por inercia, nos proyectamos cuando nos retrotraemos a aquellos buenos tiempos en el que los profesores tenían un prestigio incuestionable, podíamos investigar sin incómodas presiones del mundo exterior, los estudiantes estudiaban para arrancar una vida de «éxitos», los departamentos tenían buen mobiliario y abundantes secretarias. Todo estaba bien ordenado, y también el orden social y sus divisiones, en las cuales la universidad no debía entrometerse porque su misión era la ciencia y no «la política»: eso que «la alumna ilustre» nos acusa ahora de hacer.

¿Es este un futuro deseable, o acaso factible? Las tendencias de la coyuntura actual desde luego no indican que a medio y largo plazo vayamos a un escenario de estabilidad, en el que podría encajar el modelo de la universidad templo-ascensor. No estamos ya ni en 1968, ni en el 2000 ni en 2012.

Lo que parece incuestionable es que no dejan de soplar vientos eléctricos que auguran ya escenarios de violentas crisis, como señalan tantos datos y el miedo-ambiente que se respira especialmente en Europa. Y la universidad no va a tener el privilegio de ser una mera espectadora, entre otras cosas, porque nos han colocado ya en el punto de mira. Una pregunta que nos debemos hacer entonces es: ¿queremos plantear nuestra propia agenda? En vez de resignarnos a estar a la defensiva, ¿cómo podríamos aprovechar las posibilidades transformadoras que se abren en toda crisis?

La universidad común

¿Es que hay un tercer futuro posible para la universidad? Si nos quitamos las gafas heredadas de la universidad templo-ascensor, y atendemos a lo que ya ocurre en la institución en algunos de sus centros y sus márgenes, veremos que otro posible futuro podría parirse pronto: es lo que podemos llamar la universidad común.

Esa universidad no es un sueño lejano, la vemos a menudo produciendo todos los días un conocimiento, una enseñanza y un trabajo útil tanto desde el punto de vista de la ciencia como desde la política. Una universidad que pueda enfrentar nuestros verdaderos retos: la brutalidad de las desigualdades globales; las crisis ecológicas, sanitarias, energéticas, económicas, y laborales; el auge del militarismo, el genocidio y las violencias que están amenazando la vida vivible en este mundo.

En esta universidad no nos conformamos con ser un mero ascensor con más o menos plazas, sino que queremos potenciar nuestro papel como instituciones de producción de verdadera igualdad: un servicio público gratuito y universal, organizado por criterios democráticos para el bienestar colectivo. Y no solo un ascensor, sino también un «descensor» del obsceno poder y la riqueza acumulados por los amos de esta ciudad, de este país y de este mundo.

En esta idea de universidad no queremos ni ser un templo sagrado ni ser sus sacerdotes. Aquí no hay genios sino potentes redes de cooperación investigando, enseñando y trabajando por y para nuestro mundo común. Donde lo único que consideramos sagrado es el efectivo derecho de todas las personas a una vida digna, que es lo que la universidad segregadora está atacando en sus mismos cimientos.

Sus títulos y sus «competencias» no valen para nada si no aportan a la construcción de un presente y un futuro vivible

Es una institución en la que la autonomía universitaria no es solo un artículo de la Constitución, sino que se construye de abajo arriba. Donde se desarrollan contribuciones transformadoras, y la investigación no confunde más su «impacto» social con su impacto para el capital académico individual; donde la docencia se revaloriza, y se forman miles de estudiantes que van a trabajar con perspectivas emancipadoras en sus respectivos campos; porque sus títulos y sus «competencias» no valen para nada si no aportan efectivamente a la construcción de un presente y un futuro vivible.

No vamos a renunciar a este futuro, porque de hecho ya lo estamos practicando en el presente. Es el futuro que estamos esbozando ya en las 10 propuestas de las Plataformas x la pública, y que sin duda queda mucho por desarrollar, enmendar, afinar, probar y sobre todo, conquistar con paciencia en el largo proceso de nuestras propias luchas. Pero lo cierto es que no tenemos otra alternativa que lucharlo.

¿Cuál de los tres modelos ya presentes en la universidad logrará desarrollarse? Si aquí apostamos ambiciosamente a largo plazo por empujar hacia lo que las plataformas hemos llamado «la universidad que nos merecemos» —o que aquí estamos llamando la universidad común—, nuestra propuesta avanzará si somos capaces de intervenir desde ya en nuestra realidad actual.

Hipótesis para la apuesta por la universidad común

Volviendo a la coyuntura más actual, no podemos predecir cuánto durará este nuevo ciclo de lucha en la universidad madrileña, ni si el ciclo se reconvertirá en otra cosa al hilo de otros conflictos que emerjan. Para avanzar hacia las posibilidades de ese horizonte, proponemos tantear algunas hipótesis —parciales, incompletas, debatibles— que nos permitan continuar en lo inmediato. Son las siguientes:

1. La lucha por la universidad pública podría resistir temporalmente la asfixia y la LESUC, pero no puede ganar sola al Ayusismo en Madrid.

Por mucha fuerza que movilicemos en el ámbito universitario, podría darse el caso de que la CM calcule sus propios riesgos políticos y electorales, y siga imponiendo sus planes incluso sacrificando sus apoyos dentro de la universidad pública. Además, en el caso de que se apruebe una ley tan compleja como la LESUC, la lucha por su forma concreta de aplicación puede alargarse durante años.

Por ello, la pregunta política y práctica que nos podemos hacer es: ¿cómo sumar fuerzas más allá de la defensa de la universidad pública? ¿Podríamos ampliar la movilización por «lo público», entendido en sentido amplio como todo aquello que apunta a derechos materiales concretos ligados con la vida digna? Así, tenemos que asentar las alianzas tanto con el derecho a la educación en general, como desarrollar nuevas alianzas por el derecho a la sanidad, el derecho a la vivienda o el derecho a la ciudad. Solo con bloques amplios y unidos podrá generarse un verdadero quiebre en el Gobierno de la CM, y de ese modo frenar el avance de sus políticas privatizadoras, o las de cualquier Gobierno que eventualmente les sustituya.

2. El conflicto contra la mercantilización y elitización de la educación superior debe escalar a nivel estatal.

Aunque la principal ofensiva contra la universidad pública se sitúe actualmente en Madrid, y aunque nuestra posición nos haya centrado en el gobierno madrileño, nuestros problemas no son solo madrileños.

Si Madrid se encuentra en última posición a nivel estatal en financiación pública y es la primera en privatizaciones, las universidades catalanas aparecen en la penúltima posición en casi todos los indicadores, por lo que no es descartable que en algún momento se agite también allí el avispero. Igualmente, el sistema universitario andaluz está siendo fuertemente atacado por otra ley, la LUPA, que ya ha dado lugar entre otras cosas a una huelga de 5 días en Málaga —donde a diferencia de Madrid los propios rectorados están enfrentándose al Gobierno de su comunidad autónoma—.

Estos ejemplos muestran que otra de nuestras bazas es apuntar a la extensión de la lucha a nivel estatal, lo que permitiría interpelar así a la responsabilidad directa de los Gobiernos progresistas en la tendencia larga de privatización de la educación universitaria —que la LOSU no ha frenado en absoluto— así como el papel de la muy desconocida Ley 3/2022 de Convivencia Universitaria, que entre otras cosas es la base legal para el desarrollo del sistema sancionador de la LESUC, como han advertido acertadamente varias organizaciones estudiantiles.

3. La batalla en la universidad pública no va a terminar pronto

Tal y como hemos proyectado a través de los posibles futuros, una conclusión clara es que tenemos que prepararnos para el ciclo largo porque la situación no se va a estabilizar. Por ello, aunque el formato de la plataforma son el mejor espacio de coordinación transversal en una etapa coyuntural, otra pregunta que se nos abre es: ¿cómo sostener y fortalecer un tejido organizativo viable a medio y largo plazo, tanto de asociaciones estudiantiles como sindicales como desde las posiciones institucionales?

En este mismo sentido, la universidad va a ser un frente clave en la batalla contra los neofascismos. En palabras de la mano derecha de Trump, J. D. Vance, «tenemos que atacar honesta y agresivamente a las universidades, porque persiguen el engaño… los profesores son el enemigo». Es evidente que las derechas globales nos han puesto en el punto de mira como estamos comprobando en España. Por ello, la universidad va a ser sin duda uno de los campos de batalla desde los que se va a escribir el futuro que vendrá.

¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.

Bertolt Brecht

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