Por debajo del radar: Sobre las últimas luchas en Argentina

por | Feb 2, 2026 | Movimientos, Mundo

A contracorriente de los diagnósticos dominantes, este texto examina las luchas actuales en Argentina atendiendo a la crisis de representación, la fragmentación de la protesta y la persistencia de imaginarios estatales en un contexto de desafección política y avance de la nueva derecha.

La mayoría de los análisis hegemónicos de la coyuntura argentina actual, salvo algunas excepciones, no consideran el panorama de las movilizaciones y los movimientos por abajo. O si se los considera es para darles un lugar marginal, carente por completo de influencia en el cuadro general. Desde que comenzó el gobierno de Milei las protestas solo aparecen mencionadas para destacar que fueron desarticuladas como resultado del protocolo de seguridad que impide la ocupación de las calles. Algo que cualquiera que se moviliza percibe que ya no sucede salvo en algunas que son muy minoritarias. De hecho, pocos días después de su asunción, tuvo lugar una movilización que no solo desobedeció el protocolo de seguridad, sino que incluso logró poner en retirada a varios agentes de la Policía de la Ciudad que intentaron hacerlo cumplir. Ese día se conmemoraban los sucesos del 2001.

El relato de la política es de consumo masivo en la Argentina (basta ver las cifras de venta de libros de este género) sin embargo, analizada desde lo que se escribe, la política se presenta como una sucesión de escándalos, biografías no autorizadas o memorias de grandes hombres. Un poco al estilo de los manuales de la escuela secundaria. Al mismo tiempo, siempre se recuerda, aunque solo como dato pintoresco, que el nuestro es un país emblema de la movilización.

Los análisis de los activistas valoran las luchas cuando suceden de acuerdo con el guion que prescribía el gobierno anterior

Tampoco esperamos una lectura inmanente de las luchas por parte de quienes no participan de ellas más que como ocasionales asistentes, cumpliendo su trabajo de escribas de los medios masivos. Pero tomamos nota de que, incluso los propios protagonistas de las protestas, perciben las protestas como ineficaces. Probablemente sucede que los análisis de los activistas valoran las luchas cuando suceden de acuerdo con el guión que prescribía el gobierno anterior. Nos referimos a uno hecho de movilizaciones centralizadas que exigen que se cumpla alguna prestación estatal, pero lo cierto es que el gobierno actual escribió otra partitura y ahora las protestas obedecen a otra lógica. Y como “hay más en el cuadro de lo que el ojo puede ver”, en las líneas que siguen hacemos un análisis de lo que está sucediendo en las calles para detenernos en sus potencias y límites más allá del radar de los relatos hegemónicos.

Queremos destacar dos ordenadores de la narrativa de este siglo que nos parece que permiten comprender algo de lo que pasa y que no son tenidos en cuenta salvo por algunas voces aisladas. Nos referimos a acontecimientos que tienen que ver con desafíos a estados de excepción. Uno es el ineludible 2001 y el otro es el desafío al confinamiento ocurrido durante el brote pandémico. El primero instauró una crisis de representación que operó como el motor oculto de los cambios frenéticos y superficiales a los que asistimos últimamente y es el que también permitió la emergencia de nuevos movimientos sociales que, a lo largo del tiempo, se fueron integrando a la maquinaria estatal. El segundo ayudó a gestar un nuevo intento de representación, nos referimos a las marchas contra el confinamiento que fueron un antecedente callejero que se puede vincular al actual gobierno. Este gobierno, si bien hoy aparece debilitado constituye un intento parcialmente exitoso de resolver la crisis de representación. El movimiento piquetero, que se expandió después de la rebelión popular contra un estado de sitio en el 2001, tuvo características combativas y se demoró una década en integrarse al sistema, que, en cierta medida, lo desprestigió. El antecedente callejero del mileísmo, profundamente conservador, confluyó en un gobierno que en menos de dos años tiene una legitimidad descendente y se sostiene en buena medida por el gobierno de Estados Unidos. En la génesis del gobierno actual, las movilizaciones fueron el disparador de un movimiento cuyo frente se prolonga en las redes a las que se accedió justamente por la digitalización forzosa promovida por un estado de excepción que restringió de manera violenta las libertades democráticas. En este caldo de cultivo se cocinó el ascenso de una nueva derecha.

Los procesos de institución y destitución son cada vez más rápidos en Argentina y en el mundo. En nuestro caso se agrega a la crisis de representación una recurrente crisis de acumulación de un capital que no encuentra su rumbo, en parte por el enfrentamiento entre sectores de la clase dirigente y en parte por la resistencia de trabajadores que no resignan conquistas que se presentan como obstáculos a la acumulación. Una resistencia que suele expresarse en movilizaciones fragmentadas pero recurrentes que ocurren en el marco de la emergencia de una subjetividad profundamente individualista.

Crisis de representación

“El óxido nunca descansa”. Neil Young

La crisis de representación en Argentina viene desmoronando los distintos armados políticos a una velocidad cada vez mayor. Le tomó un par de décadas fagocitarse al kirchnerismo, dos años al macrismo y al parecer, menos de dos años, al mileísmo.

La crisis de representación también alcanza a las organizaciones de los trabajadores

Por abajo, en materia de lucha en la calle, el panorama es similar, en la medida en que la crisis de representación también alcanza a las organizaciones de los trabajadores. Hay movilizaciones masivas, en general de convocantes inciertos, para poner límites a los ataques a instituciones que tienen prestigio en la medida en que garantizan la cualificación de la fuerza de trabajo, como es el caso de la Universidad, o para reafirmar sistemas de valores como la que se produjo después del discurso homofóbico del presidente en Davos.

Cuando se trata de reivindicaciones económicas, el panorama es otro, las luchas son sectoriales y tienden a la fragmentación. La propia movilización universitaria es masiva cuando se percibe amenazado el acceso a la institución, pero decrece notoriamente cuando se trata de defender los salarios docentes que son vitales para su sostenimiento. Incluso el sector gremial docente universitario tiene una presencia escasa y la protesta suele nutrirse del sector estudiantil que se ve afectado fundamentalmente en sus pretensiones de ascenso social. Las luchas contra los despidos y por aumentos salariales son puramente sectoriales y en general minoritarias, salvo cuando se trata de defender instituciones emblemáticas como el Hospital Garrahan, o causas de adhesión inmediata como la lucha del sector de Discapacidad. En estos casos suelen ser convocatorias en las que confluyen distintos sectores y han logrado victorias. De todos modos, masivos o minoritarios, exitosas o fracasadas se caracterizan por ser autoconvocadas frente a representaciones sindicales y políticas que navegan en el desconcierto que les produce la parálisis de un kirchnerismo que supo darle horizonte a la protesta.

La crisis de representación no es una excepcionalidad argentina, de hecho tiene relieve mundial y va devorando un gobierno tras otro. Hay crisis gubernamentales en países emblemáticos de la democracia como Francia y en los eslabones débiles de la cadena, ahí están los nepalíes y los indonesios quemando parlamentos.

Las representaciones sindicales y políticas navegan en el desconcierto que les produce la parálisis de un kirchnerismo que supo darle horizonte a la protesta

Entre nosotros, la localización espacial de las movilizaciones dice mucho. Se ubican centralmente en la plaza que está frente al Parlamento y ya no van a Plaza de Mayo, sede del gobierno nacional y escenario de la última rebelión popular. La represión también se produce allí. Las escasas manzanas que separan una plaza de la otra dicen mucho de la orientación política de quienes se manifiestan. Se busca en el Parlamento –el corazón de la democracia representativa– la respuesta a las demandas. Todo un cambio de perspectiva. Incluso cabe recordar que la movilización contra la reforma previsional –del sistema de jubilación– que para muchos impulsó el fin del gobierno de Macri, estaba orientada a evitar una ley. Las últimas protestas, en cambio, apoyan leyes como la de financiación universitaria o discapacidad. Lo paradójico es que, en un verdadero círculo de la impotencia, las leyes se promulgan, el presidente las veta, se rechaza el veto y el gobierno decide no promulgarlas. Es notorio como por arriba se va socavando la democracia representativa y en cambio, los sectores movilizados del trabajo insisten en defenderla. Para defender una democracia que ya quedó vieja para las clases dominantes y en la que se incrementó enormemente la pobreza y que hoy es defendida por quienes principalmente la padecen.

Crisis de la narrativa hegemónica. (Fin del relato?)

“Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente y esta es la mentira que se desliza de su boca. Yo el Estado soy el pueblo”. Así habló Zaratustra. F. Nietzsche

Esta confianza en el voto empieza a mostrar algunas fisuras que se evidencian en la escasa participación y en el voto en blanco en las últimas elecciones (septiembre/octubre 2025). En la de septiembre, el triunfo del peronismo fue aplastante pese a que obtuvo 400 mil votos menos. Lo impactante fueron los cuatro millones de personas que, habiendo votado anteriormente a la derecha, desistieron de estos comicios. En particular, resulta llamativa la deserción de los votantes mileístas de sectores populares que le restaron apoyo al gobierno pero no quisieron darle el voto al kirchnerismo. En la siguiente elección, esos votantes volvieron a darle la espalda y los sectores medios apoyaron masivamente a Milei, temiendo el retorno peronista que la intervención directa de Estados Unidos consiguió asociar al caos. Lo cierto es que los efectos de la educación cívica compulsiva de las décadas anteriores empiezan a mostrar signos de agotamiento. El peronismo perdió dos millones de votos desde 2023, está en sus mínimos históricos y es el más afectado por la crisis de representación.

El peronismo perdió es el más afectado por la crisis de representación

Si bien la representación pierde fuerza, la telaraña jurídica sigue siendo efectiva para ahogar el recurso a la acción directa. Tuvimos un ejemplo particularmente impactante cuando el Ministerio de Recursos humanos se negó a repartir toneladas de alimentos que se pudrían en almacenes. Gente hambrienta y almacenes repletos de los alimentos que estaban destinados para ellos. Frente a la negativa del Ministerio, la Unión de trabajadores y trabajadoras de la Economía Popular presentó un recurso de amparo en vez de desarrollar otro tipo de protesta. La acción política hegemónica desde abajo aparece hoy formateada por los moldes jurídicos lo que no significa que el Poder Judicial goce de prestigio. La idea extendida de que para que un conflicto de la vida cotidiana exista debe ser asimilado a una forma jurídica –aunque nunca llegue a intervenir el Estado– está plenamente vigente. Lo mismo ocurre con la reducción de la política a la mediación del Estado y la demanda, algo que ha quedado patente en la facilidad con la que Milei terminó con las organizaciones piqueteras: simplemente dando fin a la intermediación del Estado y aumentando las prestaciones directas (Asignación Universal por Hijo). Hace rato que los revolucionarios renunciaron a actuar por fuera de los carriles sistémicos que prescribe el Derecho.

En momentos donde el individualismo se hace carne en enormes porciones de la población no está de más recordar que el individuo no precede al conjunto social sino que es su producto. Cuando asociamos la política a la narrativa de los derechos situamos al individuo como punto de partida cuyo corolario lógico es el derecho y el Estado. Sin embargo, es posible “pensar al revés” y obtener resultados diferentes.

Memoria y la fuerza del olvido

Argentina no solo es percibida como un país de minorías intensas y movilizadas sino como uno capaz de hacer un fuerte ejercicio de memoria. Esto último es especialmente meritorio si consideramos que es un país que ha logrado juzgar y condenar, aunque sea parcialmente, a una parte considerable de su aparato represivo, algo que incluso el gobierno actual no logra revertir.

Sin embargo, hay una gran franja de la población con una conciencia nostálgica que considera el Estado como el eje de toda política, algo que a todas luces no parece de fácil retorno y que hoy empieza a recibir la crítica de las nuevas generaciones que se incorporan al mercado de trabajo sin conocer derechos laborales o subsidios estatales. Un rechazo del Estado que es recuperado desde la derecha por el mileísmo (que es más que Milei). Las opciones políticas pendulan entre una recuperación nostálgica del Estado y una activa sensibilidad promercado: una hegemonía capitalista robusta y un comunismo plenamente ausente.

Las nuevas generaciones no conocieron los beneficios de la democracia y más bien la padecen e incluso se rebelan contra esta en buena parte del mundo

El comunismo aparece solo en el discurso de la derecha y, en gran medida, es recordado por su asociación nefasta con el Estado. Y parecen darle la razón quienes desde la izquierda tienen su horizonte estratégico únicamente en este. Sin embargo, en la rica tradición comunista hay recursos para pensar la política a distancia del Estado. Tan fuerte fue la estatización de la sociedad desde mediados del siglo XX que parece que instituciones capitalistas como el Hospital y la Escuela son necesarias, existieron desde siempre e inamovibles. A tal punto, que se asimila por completo actividades sociales indispensables como la Salud y la Educación a las formas capitalistas de organizarlas que son el Hospital y la Escuela. Esta incapacidad tiene consecuencias políticas en la medida en que captura la imaginación en la narrativa que el Capital hace de la Sociedad. Y la izquierda partidaria –y la que no lo es– aparece defendiendo instituciones que un sector considerable de la población padece y rechaza por justos motivos. Las nuevas generaciones no conocieron los beneficios de la democracia y más bien la padecen e incluso se rebelan contra esta en buena parte del mundo. Sin duda, lo hacen mayoritariamente bajo la lógica del individualismo y la competencia lo cual tiene sentido ante la ausencia de alternativas que postulen lo público sin asociarlo al Estado.

Toca redefinir la democracia, y para eso es necesario separarla del capitalismo.

Toca redefinir la democracia, y para eso es necesario separarla del capitalismo. Este sería el movimiento opuesto al que realiza la derecha que quiere desembarazarse de la democracia profundizando el capitalismo, pero también del progresismo y la izquierda que tratan de reformarla mediante el Estado –ya sea benefactor o represivo– pero siempre garante de la explotación. Pero hay muchas otras alternativas en nuestra propia historia y en la de otras regiones.

Existe en la tradición comunista/anarquista la posibilidad de pensar lo común sin la mediación del Estado. Ocurre que esa identificación se hizo absoluta después del estalinismo y del giro capitalista hacia el estado del bienestar. Finalmente, el movimiento obrero argentino hizo el mismo proceso desde el anarquismo hacia el peronismo. Existían las cajas obreras que fueron estatalizadas en lo que hoy conocemos como jubilaciones, también formas de educación libertarias basadas en el apoyo mutuo donde hoy está la red estatal de escuelas.

De manera más reciente en el tiempo, tenemos la irrupción de lo Público sin mediación del Estado como ocurrió con las cientos de asambleas barriales del 2001, la autogestión que supusieron las fábricas recuperadas o las experiencias de gestión de la salud y la educación que realizaron algunos movimientos de desocupadxs. En la región tenemos la reorientación del movimiento zapatista que después de un movimiento reivindicativo hacia el Estado viraron en el sentido del ejercicio pleno de la autonomía; la gestión comunal de sus territorios, el intento de disolución del ejército en las comunidades, la autogestión de la educación y la salud y el rechazo de cualquier mediación estatal.

Se trata de liberar energías del cuerpo social que hoy aparecen atrapadas en las redes jurídicas y estatales a sabiendas que las alternativas se generan y se viven en procesos moleculares que pueden transformarse en un cambio radical. En las luchas que quieren preservar conquistas en la educación y la salud públicas se pueden detectar cambios que podrían constituir una tendencia alternativa a los desgastados modos tradicionales de protesta. Enumeramos algunos:

    1. El recurso a la acción directa que se expresó en la toma de la Dirección médica del Hospital Garrahan, la permanencia en el Hospital Bonaparte o la ocupación de órganos de Gobierno en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA).
    2. La utilización de la Asamblea como órgano de deliberación y ejecución de los trabajadores sin distinción de rama gremial en las áreas ya mencionadas y en numerosos organismos públicos. Esto se complementa con la participación de autoconvocados que no responden a ninguna filiación preexistente.
    3. La participación conjunta de trabajadores y usuarios en las Asambleas de Salud

Y, si bien son expresiones de carácter minoritario, empiezan a establecer una diferencia de concepción en la medida en que oponen una legitimidad asamblearia a la legalidad antidemocrática de las instituciones a las que se enfrentan y a la de las burocracias sindicales que se mantienen inmóviles o colaboran abiertamente con la patronal. Cuando se desconoce un órgano de gobierno o se ocupa un establecimiento, el poder del trabajo empieza a reconocerse como autónomo dejando en evidencia el carácter parasitario del capitalista colectivo. Algo de esto viene evidenciándose en las últimas luchas argentinas, algo no muy distinto asoma en las luchas italianas cuando los portuarios deciden no descargar las armas genocidas israelíes o cuando se ocupa un campus universitario norteamericano en solidaridad con Gaza.

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