Microfísica del higienismo urbano

por | Ene 27, 2026 | Antipunitivismo

La demanda aparentemente neutral de limpieza urbana opera como un dispositivo de subjetivación que legitima el control, la vigilancia y la expansión del poder punitivo en las ciudades.

El día 17 de Noviembre de este año, la Ciudad de Madrid despierta con una terrible noticia: los avisos por suciedad urbana han aumentado un 46%. La limpieza de nuestras calles ha entrado en el punto de mira; se ha convertido en un caballo de batalla contra la gestión del PP de Almeida. El PSOE, Más Madrid y diferentes asociaciones alertan de la degradación de la ciudad.

Un mes antes en una conversación con mis compañeras de piso en Fuenlabrada, se comenta que los vecinos han puesto quejas recurrentes en el ayuntamiento del municipio. Nos dicen que han puesto varias multas y han cerrado un negocio local, una carnicería halal. No obstante, las protestas no han parado, y de un tiempo a esta parte, incluso han crecido significativamente. Ahora, se dice con estupefacción, a pesar de que los servicios de limpieza pasan más, el barrio huele mal. «La gente duerme y orina en la calle y dejan restos de comida. Es una situación insostenible», dice una de mis compañeras. «Yo no tengo ningún problema con ellos –los sintecho–, pobrecitos, pero es que están dejando el barrio perdido» concluye.

Tras la rendición de cuentas del ayuntamiento se ha colgado un cartel en nuestro edificio y en otros del entorno: «Estimado propietario, en aras de preservar la buena convivencia en la comunidad y demostrar lo que somos: personas con alto grado de civismo, solicitamos encarecidamente que no arrojen colillas, residuos, desperdicios ni ningún tipo de objeto» –el subrayado es del propio cartel–. La diligente actuación del ayuntamiento no parece haber tranquilizado a los vecinos, sino que ha alimentado sus preocupaciones dándoles un marco de legitimidad.

La subjetividad higienista no es solo cuestión de las grandes urbes o del centro urbano, las periferias y las periferias de las periferias, no están a salvo

Es más, el ayuntamiento de la localidad del sur de Madrid anunció el 27 de noviembre un plan de choque para 2025-2026. En él se proyecta el aumento de efectivos de limpieza pero también un “equipo de inspección ambiental”, conformado por seis personas que vigilarán el estado del municipio y denunciarán infracciones. Además, este equipo se encargará de dar respuesta a las comunicaciones vecinales sobre el terreno. El consistorio de Fuenlabrada proyecta este plan como una mejora de la limpieza pero también un marco para combatir las actitudes incívicas. En palabras del alcalde Javier Ayala: «La mayoría de los vecinos y vecinas cumplen perfectamente y mantienen la ciudad limpia, pero vamos a esmerarnos en acabar con las actitudes de una minoría que desprecia la convivencia». La subjetividad higienista no es solo cuestión de las grandes urbes o del centro urbano, las periferias y las periferias de las periferias, no están a salvo del examen reaccionario. Aún con ello, una sencilla búsqueda en los portales de noticias muestra que la preocupación por la higiene barrial no es nueva, sino una letanía constante de los vecinos.

Este problema es un viejo conocido: desde 2015, el gobierno de Manuela Carmena recibió varias quejas por suciedad. Al igual que con Almeida, tanto el PP como la prensa afín usaron el tema como un ariete contra el ayuntamiento. La alcaldesa dijo en rueda de prensa que le daban “vergüenza” las imágenes que había recibido, asimismo planteó como solución que, en las becas universitarias, algunas personas tuvieran que trabajar de barrenderos durante dos o tres meses. ¿El motivo para tan loable propuesta? «Queremos sensibilizar a la sociedad, para concienciar, sobre todo a las personas jóvenes, de que la ética de la limpieza es un elemento de sostenibilidad de nuestra sociedad». Esta ética parece estar en el corazón de lo que podemos llamar el sujeto-vecino.

El sujeto-vecino proyecta sobre la calle su propia imagen, un ideal intensamente reaccionario

Este sujeto-vecino puebla nuestras ciudades, es un habitante cansado, hastiado, indignado y harto, pero a su vez es inmóvil, pacificado, tranquilo y apaciguado. Un ciudadano más, saturado de ser modélico. Sus ansiedades y gritos se oyen en las silenciosas hojas de reclamaciones, en la burocracia, las quejas a través de portales web o las denuncias en comisaría. En consecuencia, proyecta sobre la calle su propia imagen, un ideal intensamente reaccionario. Parafraseando a Susan Sontag, despliega un imaginario utópico, un mundo limpio, vacío, perfecto y, en resumen, muerto e irreal. Es por ello que su objetivo no es tomar las calles en tono reivindicativo, sino precisamente lo contrario: pedir que sean abandonadas, pues el disturbio acabaría con el sosiego. Este ser sedentario ama la administración, el control, la seguridad y la moderación en el uso del espacio público, no la libertad. Es más, el propio Almeida insiste en que el incremento de las denuncias en 2025 significa que «el sistema funciona bien».

Fortuitamente (o quizá no tanto), el alcalde cañí apunta en la dirección correcta, las quejas indican una subjetivación exitosa por parte del capital. Para ello basta con mirar a Barcelona: el alcalde Collboni lleva desde su toma de posesión afrontando críticas al estado de la ciudad. En 2023, el año de su elección, la suciedad ocupaba el primer puesto entre las preocupaciones de los barceloneses. En julio de ese mismo año, surgió el Pla Endreça (Plan de aseo) que buscaba afrontar el problema endureciendo las medidas punitivas. Hoy ya podemos observar la magnitud de este plan: una noticia del 28 de agosto señala un aumento en un 58% de las denuncias por “mal” uso de espacio público y faltas a la convivencia, lo que se traduce en un total de 300 denuncias diarias por dicho motivo, destacando las sanciones a los botellones.

Sin embargo, sé lo que estáis pensando: ¿Qué persona se opondría a la limpieza del barrio? Habría que ser un completo villano para problematizar una demanda tan básica. ¿Quién no querría seguridad y tranquilidad? Pues, seguramente, todos aquellos que la paz necesita enterrar bajo sus cimientos para sostenerse. En esta tesitura la organización SOS Racisme de Barcelona ha asegurado que el Pla Endreça es una muestra más de la institucionalización del racismo, de su inclusión en discursos políticos y en prácticas municipales:

“El uso del “civismo” como eje central y regulador de las políticas tiene como consecuencia criminalizar, estigmatizar y excluir a ciertos colectivos, que no entran en una visión higienista blanca de lo que es el espacio público compartido. Promueve un discurso racista, clasista y xenófobo que determina quién puede usar el espacio público y cómo. Por lo tanto, deslegitima a un grueso de la población, vulnerando sus derechos fundamentales.

[…]

Desde SOS Racismo llevamos registrando actitudes racistas en el marco de ordenanzas municipales de civismo desde hace años. Nos preocupa el control policial sobre cuerpos racializados no blancos. Lo que el Plan Endreça ha logrado ha sido pulir el discurso en un marco higienista.”

No obstante, la visión higienista carga contra cualquier uso de la calle peligroso y, en nuestra burbuja securitaria, pocas cosas representan mejor el peligro que los okupas. En este sentido, el Pla Endreça es denunciado por el CSO La Cinétika como el parapeto para iniciar una ofensiva contra el centro social en la que desalojar sin garantías. En última instancia, el objetivo no es la seguridad de quienes asisten al espacio (pues el motivo que se arguye son defectos en la misma), sino acabar con él lo antes posible, proclamándose juez y parte.

La inocua demanda de la limpieza ha articulado todo un proceso de subjetivación que ha derivado en un aumento del poder punitivo y policial

La inocua demanda de la limpieza ha articulado todo un proceso de subjetivación que ha derivado en un aumento del poder punitivo y policial. En el pulso de este proceso late una microfísica higienista; una serie de prácticas cotidianas que arraigan una subjetividad reaccionaria e insolidaria. Las quejas al ayuntamiento, las rendiciones de cuentas de la policía local, los ciudadanos autoorganizados que cuelgan carteles, etc. producen sujetos deseosos de separación, purificación, demarcación y castigo frente a las transgresiones de todos aquellos elementos desechables e inapropiados. Todo ello crea la coartada perfecta para una mayor policiación de las calles con la función de, en palabras de Mary Douglas, imponer un orden a una experiencia inherentemente desordenada. El inocente ángel de la limpieza no vino a traer a este mundo paz, sino espada. Vino a declarar la guerra a todo aquello que (potencialmente) ensucia la calle.

Por ello, la higiene, el higienismo y la microfísica higienista guardan un estrecho vínculo con la institución policial. Las calles sucias reflejan, para la mayoría de ciudadanos, una enfermedad infecciosa donde los policías actúan como glóbulos blancos para contener el patógeno y evitar la septicemia: una falta de moral del espacio.

La microfísica higienista guardan un estrecho vínculo con la institución policial

De esta manera, las subjetividades higienistas (o higienizantes) otorgan, en cada época, un nuevo sentido histórico donde la policía y las instituciones punitivas se sienten muy cómodas. El aroma a moralización crea un marco que determina quién paga los peores efectos del proceso y al cual subyace un relato de pánico donde habitan los sin techo, el susurro escalofriante de un acento extraño; al fin y al cabo, una serie de monstruos, como diría Adam C. Jones en sus Tesis sobre el marxismo gótico. Pero cabe preguntarse ¿qué son los monstruos? O, como lo haría Ira Hybris, «¿cuántos rasgos no-normales tienen los monstruos que imaginamos?»

Sirva como advertencia en cualquier relato moral, en cualquier historieta edificante: quienes ensucian las calles tienen rostro, la desagradable y abyecta faz de lo no-normal –de las marikas que se drogan, los migrantes que nos depredan, los sin techo que ensucian, quienes sobran, quien okupa y resiste–. Esta persecución moralizante refleja «el significado excedente en les monstruoses-anormales, le monstrue monstruizade, contra la hegemonía universal del monstruo monstruizador que declara la monstruosidad desde arriba para perseguirla», según Hybris.

Consecuentemente el sujeto-vecino, el ideal cívico se convierte en un elemento extremadamente funcional a este proceso, una instancia de vigilancia delegada cuyos miedos y terrores rompen cualquier solidaridad y legitiman la intervención policial, por desmesurada que sea, en los barrios. Parafraseando a Foucault, frente a los ilusos que proclaman: ¡Que cada vigilante deserte y se vuelva un camarada! el panóptico ha ordenado que cada camarada se convierta en un vigilante.

La pregunta que subyace es ¿quién merece existir en el espacio público?

En última instancia, lo higiénico, como categoría política, condensa una excepción permanente que amerita limpiar calles, eliminar cuerpos y producir subjetividades. Es la fuerza motriz del espíritu reaccionario de a pie, no el de los grandes discursos, sino el del día a día. La pregunta que subyace es ¿quién merece existir en el espacio público? Para algunos parece que la pregunta ya ha sido contestada: el 28 de noviembre el gobierno local de Algeciras cerró hostales de acogida a migrantes bajo el pretexto de que «a nivel de imagen, puede no resultar positivo ver a grandes grupos de personas migrantes» sentenciando que «no quieren ver negros en sus calles». En la respuesta encontramos elementos clave para cuestionar una vida basada en la paz, la tranquilidad y el orden. Este es el telón de fondo de una escena donde un día puede que te despiertes como Gregor Samsa. Contra esa posibilidad es necesario construir una solidaridad que combata el terror de la microfísica higienista.

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