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	<title>movimientos sociales archivos - Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>movimientos sociales archivos - Zona de estrategia</title>
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		<title>Ateneo, cooperativa, sindicato: un programa del siglo XIX para el sigo XXI</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/ateneo-cooperativa-sindicato-un-programa-del-siglo-xix-para-el-sigo-xxi/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Emmanuel Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 03 May 2024 17:49:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Organizarse en el impasse]]></category>
		<category><![CDATA[Teoría]]></category>
		<category><![CDATA[autonomía]]></category>
		<category><![CDATA[autónomos]]></category>
		<category><![CDATA[instituciones populares]]></category>
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		<category><![CDATA[sujeto político]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El reto de la política de la autonomía está siempre en superar los límites que la constituyen, sin este tipo de instituciones populares no hay política (al igual que no hay sujeto), lo que hay es un juego de posiciones morales, culturales e ideológicas que llamamos izquierda</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/ateneo-cooperativa-sindicato-un-programa-del-siglo-xix-para-el-sigo-xxi/">Ateneo, cooperativa, sindicato: un programa del siglo XIX para el sigo XXI</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;" align="justify">Ateneo, cooperativa, sindicato; o si se prefiere centro social, comunidad de trabajo y organización de defensa laboral o de derechos sociales. Puede parecer algo extemporáneo y pobre, una propuesta insuficiente cara a la oleada de destrucción masiva que enfrenta el planeta, la crisis civilizatoria que acompaña al colapso de las viejas instituciones capitalistas y la caída continua del dinamismo económico manifiesta en la serie continua de crisis económicas. Y sin embargo, en la apuesta por generar un archipiélago lo más denso posible de instituciones autónomas<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote1sym" name="sdfootnote1anc"><sup>1</sup></a> reside quizás la única posibilidad de reinventar la política, y con ello, de encontrar en el desierto aquello que salva.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">Antes de nada una precisión. No es casualidad que la «pequeñez» de la institucionalidad de base, popular, autónoma o calificada con cualquier otro de los adjetivos que sean de nuestra preferencia sea considerada tan «carente». La institución popular o la autoorganización cristalizada en comunidades de base local y democrática ha sido considerada tradicionalmente como el lugar de la «insuficiencia», de la «incompletud», de una continua carencia. La izquierda <span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>en casi todas sus versiones<span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span> se ha encargado repetidamente de recordarnos <i>este lugar de </i><i>la falta</i>. De las instituciones populares se ha dicho y se dice: que carecen de dimensión estratégica, que les falta eso que se llama inteligencia política, que no son capaces de considerar nada más allá de sus asuntos inmediatos o locales (acusación que remite en sentido lato a la mezquindad de estas instituciones), en definitiva, que no alcanzan a hacer Política (con énfasis en las mayúsculas).</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">Por si fuera poco esta acusación suele ir asociada a peligros <span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span><i>errores</i> es la condena más empleada<span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span> que muestran tanto su insuficiencia como una enorme varianza histórica. Así, por ejemplo, la acusación de «economicismo» que desde la Segunda Internacional, pero sobre todo después, establecida la lengua leninista, resumía la tentación de los sindicatos de obrar en una dirección puramente reformista de mejoras laborales: el delito fundamental era la «falta de una dirección política». Por eso, con un tecnicismo histórico aún más preciso, este desvío de la línea correcta se dio en llamar también «tradeunionismo».<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote2sym" name="sdfootnote2anc"><sup>2</sup></a> En otro orden y en periodos más recientes, se ha hablado de «localismo», o también de «comunitarismo», con ello se señalaba críticamente la tendencia de estas experiencias a ensimismarse en sus realidades concretas, «pequeñas», «estrechas», de nuevo mezquinas. Incluso en un giro aún más reciente, marcado por la centralidad de la política electoral y el predominio del paradigma «comunicológico», se ha acusado a estas realidades de «militantismo», lo que aludía por un lado a su «guetificación», esto es, a su aislamiento social a modo de reservas indias desconectadas de las «mayorías sociales», y a la propia condición de estas experiencias como demasiado singulares, prácticamente irreproducibles al margen de ciertos entornos politizados.<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote3sym" name="sdfootnote3anc"><sup>3</sup></a></p>
<blockquote>
<p align="justify">Si la asamblea obrera o el soviet eran políticamente incapaces, el Partido, diseñado al efecto, era el gran instrumento de la Gran Política</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">Inevitablemente el reverso de esta tipificación de errores y carencias, que en las épocas más severas adquirían la condición de delito penal, estaban las soluciones y propuestas que sin mucha imaginación, reafirmaban las posiciones «ortodoxas» de los propios acusadores. Para la izquierda <span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>al menos, para la mayoría de la misma<span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>, las carencias de estas experiencias pequeñas, locales o simplemente sectoriales se resolvía en la constitución de una organización superior: tradicionalmente el Partido. Aquel constituye una inteligencia superior (la dirección política), que apunta un sentido estratégico (la Revolución) y que representa mejor que esas mismas instituciones populares los intereses de la clase, los oprimidos o las «minorías» que en definitiva la conforman (lo que en última instancia constituye su conciencia). Partido, Organización, Dirección resolvían las carencias que condenaban y condenan, como una ley de hierro, a las instituciones populares a su estrechez y pequeñez.<a class="sdfootnoteanc" href="#sdfootnote4sym" name="sdfootnote4anc"><sup>4</sup></a></p>
<p style="text-align: left;" align="justify">En el nuevo reparto de tareas impuesto por la Izquierda, las instituciones populares (sindicatos, casas del pueblo, cooperativas, asociaciones de distinto tipo) tienen, por eso, un lugar, pero esta no es exactamente el de la Política. El papel relegado a estas instituciones era y es el de servir de «base»: son quienes llenan los mítines y manifestaciones, quienes sirven en las campañas electorales, quienes transmiten las consignas, quienes sirven de retaguardia tras la derrota y quienes ponen el cuerpo en las grandes ofensivas. Son, en lenguaje militar, la fuerza de tropa, el cuerpo del Partido. En las formas más consolidadas (y por ende más degradas) de la política electoral, estas bases devienen también clientelas.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">Efectivamente, tras el desgaste de décadas de reformismo impotente, de los juegos de palacio sin resultados tangibles, de liquidación de toda la energía de la épica y el idealismo de los primeros tiempos, estas «bases», sepultadas bajo el depósito de varias capas de cinismo y desencanto, solo podían ser mantenidas por medio del reparto de prebendas y recursos que la Izquierda ha obtenido tradicionalmente de su participación en las instituciones de Estado. Desde hace ya más de siete u ocho décadas esto ha ido convirtiendo a los viejos sindicatos en aparatos de Estado propiamente dichos, administradores de la fuerza de trabajo cada vez más precarizada; a las viejas instituciones culturales de la clase, desaparecidas casi todas ellas, en un rosario asociativo que se sostiene por la vía de la subvención o de la captura de fragmentos del presupuesto público; y a lo que quedaba del menguante cooperativismo en algo parecido a un sector altamente subvencionado o en época más reciente y en un giro de las posiciones (de la autoorganización de la necesidad social a la administración por parte del Estado) en el llamado Tercer Sector.</p>
<blockquote>
<p align="justify">En los relatos y cuentos de la izquierda, las instituciones populares no constituyen hechos políticos por sí mismos.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">En todo caso, en los relatos y cuentos de la izquierda, las instituciones populares no constituyen hechos políticos por sí mismos. «Despolitizadas» y separadas progresivamente del primer impulso de una autoorganización genuina de los sectores populares, son solo «bases» o «clientelas»; restos arqueológicos o instituciones esclerotizadas que en el mejor de los casos sirven como servicio público: sistemas alternativos de colocación y empleo, empresas de ocio, proveedoras de recursos, etc.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">Consideradas sin embargo como expresiones de la autoorganización social, en sus momentos momentos expansivos y más virtuosos, las instituciones populares adquieren un valor político primordial. Y esto en dos sentidos:</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">1. Las instituciones populares son la misma armadura de cualquier sujeto político. Entendidos como grupos con capacidad de agencia, y no como meros sujetos representados (clase objeto), los sujetos políticos solo existen a través de las mismas instituciones de lucha, comunidad, ocio y trabajo que a un tiempo les constituyen como tales sujetos y les permiten actuar. Las instituciones populares son, de hecho, el lugar de la articulación del sujeto <span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>por problemática y al mismo tiempo tan políticamente necesaria que es esta noción<span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>. Marcan en sentido lato la vida misma de la clase o del movimiento, lo definen en su misma intimidad. Las instituciones populares están además en el puente entre la figuración micropolítica del sujeto colectivo y su constitución macro. De hecho, sin ellas no existe política en sentido lato, existe un juego de representaciones que llamamos izquierda.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">2. De otra parte, las instituciones populares son la condición de autonomía del sujeto. Además de producir el sujeto, lo sostienen como un espacio social y cultural distinto de aquel de la sociedad oficial. En cierto modo, lo confirman como una «nación aparte», que dota a esa colectividad de su capacidad de unilateralidad, eso es, de su capacidad de agencia. En sus formas más virtuosas, constituyen por así decir la trama vertebral de la democracia directa o participada que constituye al movimiento o a la clase. De hecho, la clase se vuelve autónoma en estas tramas democráticas que permiten confirmar su identidad, su capacidad de decisión, que determinan su resistencia en los tiempos duros de reflujo y/o represión.</p>
<blockquote>
<p align="justify">La clase solo existe a través de sus instituciones, sin ellas pasaría a ser un mero colectivo sociolaboral representado</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">En este doble sentido, las instituciones populares constituyen a la colectividad como articulación material y cultural viable y a la vez como espacio provisto de capacidad de acción y decisión (esto es, como tal sujeto). En un lenguaje clásico, la clase solo existe a través de sus instituciones, sin ellas pasaría a ser un mero colectivo sociolaboral representado; con ellas, la clase adquiere la potencia y la virtualidad de una bestia imprevisible y poderosa, incluso para aquellos que pretenden representarla. La clase o la colectividad política se produce a través de su realidad institucional, lo que corrige cualquier idea de la política como simplemente el lugar del «acontecimiento» que surge más o menos de la nada; o de la política como el lugar de la representación de los agraviados, los marginados o los no incluidos. La política de la autonomía es, en definitiva, la de la constitución de sujetos autónomos.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">Irónicamente estas instituciones desde abajo (incluso en sus formas más virtuosas) no llegan a escapar o superar del todo los límites que señala la crítica de la izquierda. Las instituciones populares, en tanto formas sociales <i>de parte,</i> no alcanzan obviamente el requerimiento de completud que le exige la izquierda: nunca llegan a avanzar la sociedad comunista, nunca llegan a actuar de forma suficientemente concertada en las coyunturas propicias, tampoco logran prefigurar ese otro modelo de Estado al que aspira la izquierda. Pero sobre todo, las instituciones populares apenas logran responder a la imagen completa de lo que ellas mismas son. De forma paradójica, las instituciones populares son siempre distintas a su representación y es en esa distancia respecto a esa representación —que invariablemente degenera en izquierda— donde está su valor político.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">En cierto modo, la izquierda puede ser comprendida como un resultado de los límites de la institucionalidad popular, de las mismas insuficiencias de las que tanto habla. Y algunos de estos límites (es preciso reconocerlo) están inscritos en su contexto y en su forma. En primer lugar, las instituciones populares no remiten al Estado, esto es, a las instancias de administración de la sociedad en su conjunto. Por principio estas instituciones solo remiten a sí mismas, y en tanto instancias locales o situadas, su «insuficiencia» es por así decir consustancial, genética. El presunto universalismo de la lucha social que empujan las instituciones populares no es más que una operación intelectual y a posteriori, esto es, «artificial», contingente.</p>
<blockquote>
<p align="justify">Las instituciones populares se constituyen como contrapoderes, no como imágenes alternativas de una sociedad en su conjunto</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">Consecuentemente, las instituciones populares se constituyen como contrapoderes, no como imágenes alternativas de una sociedad en su conjunto. Su concepción problemática para la izquierda en tanto «instituciones parciales» es constitutiva de las instituciones populares. Estas son menos un partido que busca dar soluciones a la sociedad en su conjunto, que poderes de base que organizan parcialmente a ciertas partes de esa sociedad. La carencia de una posición de «universalidad» o de totalidad en las instituciones populares es, por eso, irrecusable.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">De otro lado, las condiciones de la política de las instituciones populares nunca están dadas. La política de la autonomía no es inmediata, sino que depende de la propia vitalidad de tales instituciones. Así dicho: la divisoria entre izquierda e instituciones populares no puede ser sencillamente la que de forma ingenua haríamos entre representación política y la <i>verdad</i> de la clase. La política basada en las instituciones populares requiere siempre de una suerte de perfeccionamiento continuo que constituye la <i>virt</i><i>ù</i> de una política desde abajo. O por tomar el viejo lenguaje, la institución popular es eficaz en la medida en que produce y amplia la clase, en la medida en que afirma su propia autonomía.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">En lo que sigue se apuntan algunas condiciones para una política de la autonomía que es una política que sigue a –y trata de perseguir– la vitalidad de las instituciones populares:</p>
<blockquote>
<p align="justify">La condición de la vitalidad de una institución popular está en abrir o crear otros mundos de vida</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">a) Las instituciones populares se mantienen en tanto instituciones de lucha y de resistencia, y solo en la medida en que amplíen y profundicen en esta productividad del conflicto, que es la de la creación institucional y la de su propia autonomía. Este aspecto es crucial: las instituciones populares son el resultado de la asociación sobre la base de una necesidad o voluntad de organizar la producción/reproducción social de otro modo. En este sentido, la institución popular (entendida como las formas de producción-reproducción inmediatas) no está separada de la política: esto es, del cuestionamiento e invención de otras formas de vida. Dicho de otro modo: las instituciones populares surgen de la resistencia y el rozamiento a las formas dominantes de producción y reproducción (a las formas dominantes de las sociedades de mercados capitalistas), normalmente en lugares que se podrían considerar dominados o incluso marginales. Por ende, la condición de la vitalidad de una institución popular está en abrir o crear otros mundos de vida.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">b) Las instituciones populares en tanto formas de «asociación» constituyen comunidades a un tiempo sociales y políticas. Su condición es, por ende, contradictoria. La tortuosa relación entre comunidad <span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span>con sus normas, sus controles informales, sus inercias conservadoras, su autcomplacencia y autosatisfacción<span style="font-family: Liberation Serif, serif;">—</span> y política es constitutiva de la institución popular. En este sentido, la institución popular será más vigorosa en la medida en que sepa cuestionar y someter a crítica su propia constitución comunitaria, y al mismo tiempo (siempre de forma nunca perfecta) reforzar esa constitución comunitaria que la conforma.</p>
<blockquote>
<p align="justify">Las instituciones son más ricas y vigorosas en tanto organicen la producción/reproducción de otro modo, en tanto profundicen en la constitución de nuevas formas de vida</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">c) Las instituciones son más ricas y vigorosas en tanto organicen la producción/reproducción de otro modo, esto es, en tanto profundicen en <i>la constitución de nuevas formas de vida</i>. Aquí de nuevo su forma se muestra contradictoria: si bien parciales y <i>de parte</i>, las instituciones populares son los únicos lugares de consolidación de otras formas de relación social. Siendo singulares y parciales (y en ocasiones precisamente por serlo) pueden ser los gérmenes y prefiguraciones de otras formas de sociedad. A la vez, si el comunismo es entendido como el «movimiento de lo real», la proliferación de instituciones populares es casi la única forma de comunismo posible. Aparece aquí así algo parecido al problema teológico de la relación entre la herejía (siempre particular) y la ortodoxia (siempre con pretensiones de universalidad). De nuevo en forma de paradoja: la institución popular, en tanto movimiento herético, y por tanto singular, solo tiene posibilidad de fuerza y crecimiento sobre la base de alguna forma convención con vocación universal, aquello que en el movimiento obrero reconocía en la clase el sujeto puesto en movimiento de una suerte de comunidad universal.</p>
<p style="text-align: left;" align="justify">d) Las instituciones populares son además casi el único lugar posible de inteligilibidad social, al menos de aquella de masas, que se produce colectivamente, esto es, que se realiza sobre la tierra que pisamos y por aquellos que la pisan. Si conocimiento e inteligencia no son facultades de una minoría (los intelectuales o la dirección del partido), cuanto condición precisa de los muchos que se constituyen en un intelectual colectivo, lo son por mor de la articulación de estas comunidades concretas. Y de nuevo estamos en la paradoja. Es la parcialidad de una situación, de una lucha concreta, donde el rozamiento con la totalidad (a saber el sistema capitalista global) se desvela. De una parte, es la lucha (la práctica) la que genera el saber, y la que proyecta su socialización de masas en el mismo contagio de otras luchas similares. De otra parte, la lucha (o la práctica) apunta a una superación práctica (y no hegeliana) de una condición de explotación u opresión, por medio de la constitución de una comunidad de lucha, que construye otra forma de vida. No hay, por tanto, ningún resultado garantizado.</p>
<blockquote>
<p align="justify">Sin este tipo de instituciones populares no hay política (al igual que no hay sujeto), lo que hay es un juego de posiciones morales, culturales e ideológicas que llamamos izquierda</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left;" align="justify">Ateneo, cooperativa, sindicato; o si se prefiere centro social, comunidad de trabajo y organización de defensa laboral o de derechos sociales, se presentan como la posibilidad concreta de una política concreta. Sin duda, la mera existencia de este tipo de instituciones populares no garantiza los triunfos, menos aún revoluciones. En cierto modo, el reto de la política de la autonomía está siempre en superar los mismos límites que en parte le son constitutivos: su «pequeñez», su localismo, su inevitable tendencia a la autocomplacencia en los márgenes estrechos de su autoconservación. En cualquier caso, de lo que hay pocas dudas es que sin este tipo de instituciones populares no hay política (al igual que no hay sujeto), lo que hay es un juego de posiciones morales, culturales e ideológicas que llamamos izquierda: un teatro de sombras hecho de una izquierda y una derecha de lo mismo, donde los colectivos son reducidos a su representación y a su administración representada por parte de periodistas, intelectuales y profesionales de la política.</p>
<hr />
<div id="sdfootnote1" style="text-align: left;">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote1anc" name="sdfootnote1sym">1</a> Para un desarrollo del concepto de instituciones populares, véase Emmanuel Rodríguez, <i>La política contra el Estado, </i>Madrid, Traficantes de Sueños, 2018.</p>
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote2anc" name="sdfootnote2sym">2</a> Para un ejemplo de este tipo de usos se puede consultar el enorme archivo de la Tercera Internacional inspirado en los textos de Lenin de las dos primeras décadas del siglo XX, especialmente el <i>¿Qué hacer?</i> (1902). Sin lugar a muchas paradojas, las duplas características de este marixsmo (partido/sindicato, lucha política/lucha económica) son todas ellas compartidas por las formas políticas de la Segunda Internacional.</p>
</div>
<div id="sdfootnote2" style="text-align: left;">
<p class="sdfootnote"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote3anc" name="sdfootnote3sym">3</a> Véase al respecto los textos «teóricos» del primer Podemos en los años 2015 y 2016, y como repetían a su modo la vieja cantinela, de que los militantes o los movimientos con sus inercias y clichés ideológicos eran incapaces de entender la situación, que quedaba reservada para la dirección del partido.</p>
</div>
<div id="sdfootnote3" style="text-align: left;">
<p class="sdfootnote" align="justify"><a class="sdfootnotesym" href="#sdfootnote4anc" name="sdfootnote4sym">4</a> Por resumir la idea, que resulta nuclear a casi todo el marxismo político en palabras del boliviano René Zavaleta Mercado, seguramente el principal teórico de aquel continente, a raíz de la revolución de los minero andinos de 1952: «Los impulsos democráticos de la masa pueden ser espontáneos con éxito pero el socialismo no existe sino con la conciencia política, es decir, con el marxismo; sin eso puede existir un soviet pero no un Estado obrero», <i>El poder dual en América Latina. Estudio de los casos de Bolivia y Chile</i><i> </i>[1974], en <i>Horizontes de visibilidad. Obras escogidas,</i> Madrid, Traficantes de Sueños, 2020.</p>
</div>
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			</item>
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		<title>Preguntas para un futuro feminista</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Raquel Gutiérrez Aguilar]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Apr 2024 15:29:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Feminismos/Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[antipunitivismo]]></category>
		<category><![CDATA[estado]]></category>
		<category><![CDATA[feminismo]]></category>
		<category><![CDATA[luchas]]></category>
		<category><![CDATA[méxico]]></category>
		<category><![CDATA[movimientos sociales]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Cómo sostener y ampliar la radicalidad en un movimiento tan masivo? ¿Cómo evitar las múltiples capturas de las que son objeto las luchas feministas? ¿Cómo continuar nutriendo las capacidades de transmisión intergeneracional de experiencias? ¿Cómo imprimir un mayor énfasis a los sentidos antibelicistas que las luchas feministas están expresando?</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/preguntas-para-un-futuro-feminista/">Preguntas para un futuro feminista</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Celebrar y aprender del 8 de marzo no significa que queremos quedarnos ahí. En los días de marzo cuando se despliega la energía de lucha de manera condensada, junto a la potencia también se vislumbran los desafíos y problemas a los que conviene destinar atención.</p>
<p>Hay cuatro preguntas que considero claves y cuyo bosquejo de respuesta ensayo en estas líneas a modo de, como dice Donna Haraway, «seguir con el problema».</p>
<h3>¿Cómo sostener y ampliar la radicalidad en un movimiento tan masivo?</h3>
<p>En <a href="https://tintalimon.com.ar/libro/la-potencia-feminista/"><em>La potencia feminista o el deseo de cambiarlo todo</em></a>, Verónica Gago sostiene que cuando los feminismos volvieron a ocupar las calles con indignación compartida y amplísima convocatoria allá por 2016 se generó un bucle que logró trenzar masividad y radicalidad. Era 2019 cuando Gago presentó esa idea. Cinco años después, con las huellas de una pandemia y varias guerras a cuestas vale la pena volver sobre esa afirmación.</p>
<p>Nuestro repudio compacto y sintonizado a las violencias –a todas ellas, a las que se viven en el ámbito íntimo y familiar tanto como a aquellas que se desatan sobre los territorios para asegurar múltiples formas de despojo y saqueo– ha sido objeto de una inmensa operación política de separación y desconexión.</p>
<blockquote><p>Las leyes contra la violencia contra las mujeres promulgadas en muchos países se han convertido en letra muerta</p></blockquote>
<p>Las leyes contra la violencia contra las mujeres promulgadas en muchos países se han convertido en letra muerta. Es más, no se han conjugado con otras regulaciones que detengan los procesos extractivistas y de devastación en los territorios. Más bien, estos últimos se han acelerado generando todavía más violencia. Ahí están <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/tiempos-de-guerra">Argentina</a> y <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/guerra-reaccionaria-en-ecuador">Ecuador</a> exhibiendo sus nuevas heridas.</p>
<p>Las respuestas fragmentarias y fracturadas por parte de los estados y gobiernos en sus distintos niveles a nuestras exigencias no solucionan los problemas que hemos puesto en el tapete. Más bien, se han dirigido a dificultar o romper las alianzas entre nosotras.</p>
<p>Una n-ésima versión del adagio del viejo ejército colonizador romano: «divide y vencerás».</p>
<p>Nuestras luchas contra todas las violencias no tienen como intención la instalación de alguna supuesta y falaz «protección del estado». Empujamos, más bien, hacia el trastocamiento e impugnación de las relaciones de explotación y expropiación sistemáticas que nos permita recuperar tiempo para organizarnos y sostener la vida colectiva de manera más digna. Las leyes y los reglamentos introducidos desde arriba, que <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/disputando-la-semantica-de-la-seguridad">tienden al punitivismo y la vigilancia</a>, fracturan, confunden y despolitizan.</p>
<p>Luchar juntas en las calles para confrontar todas las violencias significa, antes que cualquier otra cosa interrumpir el orden de la dominación para abrirnos a la creación de renovadas alianzas desde experiencias vitales diversas que alimentan múltiples ensayos de construcción de espacios y procesos de acuerpamiento para sortear las más duras dificultades que se imponen cotidianamente.</p>
<p>Esas luchas sintonizadas y potentes amplifican las prácticas de nuestra propia libertad, la de cada una y une y la de las demás. Amplían la autonomía de nuestros cuerpos heterogéneos y diversos y de la manera en que elegimos contar nuestras historias.</p>
<p>Si bien hay asuntos que conviene volver derechos para consagrarlos en el estado, como el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, no es ahí donde yace la fuerza del movimiento feminista. En el estado, a través de los derechos ahí incorporados, conseguimos únicamente marcar mínimos límites a las peores formas de negación de nuestros cuerpos y deseos.</p>
<p>La radicalidad de nuestras fuerzas se sostiene en aquello que seamos capaces de construir y componer: alianzas múltiples, casas y escuelas feministas, cooperativas de muchas clases, etc. En tales habilidades creativas gestamos la fuerza común.</p>
<p>A lo largo de todos estos años, no cabe duda que ha sido difícil mantener la deliberación colectiva de lo que las mujeres y las disidencias necesitamos y deseamos. <em>Queremos cambiarlo todo</em> y darnos colectivamente formas dignas de reproducir nuestras vidas. De ahí la relevancia de seguir impulsando estos debates y de nutrir las reflexiones sobre los caminos que hemos de recorrer.</p>
<h3>¿Cómo evitar las múltiples capturas de las que son objeto las luchas feministas?</h3>
<p>Sabemos, por historias pasadas y experiencias de lucha muy distintas que quienes dominan, tras fisurar o romper las alianzas más radicales, ponen empeño en <em>capturar</em> la energía disruptiva que se desata en los períodos de luchas masivas. Las energías de lucha feministas también han sido objeto de estrategias de captura y despolitización.</p>
<blockquote><p>Las energías de lucha feministas también han sido objeto de estrategias de captura y despolitización</p></blockquote>
<p>La indiferencia y desatención ante exigencias una y otra vez expuestas en las calles, en los centros de trabajo, en las escuelas y en las casas, conducen al cansancio y, a veces, al desánimo. Esa sensación, que a veces se expande entre algunas, se disipa por el empuje de la irreverencia beligerante de las más jóvenes. Pese a ello, quienes dominan no dejan de sembrar confusión.</p>
<p>La revitalización de la llamada «agenda de la paridad de género» es un ejemplo de ello. Como si fuera suficiente sustituir cuerpos de varones por cuerpos de mujeres en moldes gubernamentales similares para que las cosas cambiaran.</p>
<blockquote><p>Estamos en medio de un período electoral donde se confrontan dos mujeres a la presidencia de la República. Simultáneamente, se acelera la violencia en los territorios con sus secuelas de asesinatos</p></blockquote>
<p>En México este mecanismo de confusión está <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/mas-alla-de-la-aritmetica-de-la-igualdad">funcionando a toda prisa</a>. Estamos en medio de un período electoral donde se confrontan dos mujeres a la presidencia de la República. Simultáneamente, se acelera la violencia en los territorios con sus secuelas de asesinatos y desaparición forzada, para asegurar los extractivismos y las explotaciones de toda clase.</p>
<p>La ensalada de confusión está servida: <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/sheinbaum-y-los-generales">mujeres gobernando y paramilitares y fuerzas armadas</a> imponiendo leyes fácticas de obediencia.</p>
<h3>¿Cómo continuar nutriendo las capacidades de transmisión intergeneracional de experiencias?</h3>
<p>Mucho se ha hablado en los últimos años de la regeneración de las genealogías feministas, tan diversas como nuestros cuerpos y experiencias vitales. Buscamos formas que sean simultáneamente capaces de reconocer las novedades que las más jóvenes ponen en juego para combinarlas con las experiencia que las más maduras tienen inscritas en sus cuerpos.</p>
<p>Reconstruir genealogías e inscribirnos en linajes de lucha es una tarea a la que le estamos dedicando tiempo y energía.</p>
<p>Como <a href="https://www.insumisos.com/LIBROS/2021/De%20la%20Orfandad%20al%20linaje.pdf">propone Noel Sosa</a> desde Uruguay, eso disipa en parte la sensación de orfandad y nos regala palabras y argumentos para nombrar lo repudiado y discutir lo pertinente.</p>
<p>Se ha hablado menos quizá del sentido inverso, que no es menos relevante: del inmenso empuje que el entusiasmo y los bríos de las más jóvenes imprime a las más experimentadas y quizá, un poco más desconfiadas.</p>
<p>Las más jóvenes <em>hablan lo que las abuelas callaron</em>, como decían varias consignas que se vieron en las movilizaciones recientes. Reinstalan lugares dignos para todas: al reconocerlas se dota de otros significados a los añejos esfuerzos de desobediencia e insubordinación.</p>
<p>La multiplicación de muy distintos empeños por apuntalar tal transmisión de experiencias y energías abre un camino a la esperanza. Brotan escuelas feministas autogestivas, encuentros, festivales, mercaditas, proyectos artísticos, espacios sociales, libros, medios de comunicación y enlaces de toda clase. Todas estas construcciones hoy se multiplican y su circulación se amplifica. Todo esto ocurre en medio de amenazas cada vez más grandes a las vidas y tiempos de muchísimas mujeres y disidencias.</p>
<p>Los peligros de las guerras, de las declaradas y las que se llevan a cabo de manera artera y descarada, la militarización creciente de la vida que se come porcentajes crecientes de los presupuestos públicos, todo esto ocurre cuando muchísimas mujeres han comenzado a hablar entre sí. Hemos comenzado a aprender unas de otras sobre los asuntos que más les preocupan y sobre todos los problemas que están en juego en estos tiempos de crisis superpuestas.</p>
<p>De ahí que la recuperación de pensamientos estratégicos, de propuestas comunes que requieren tiempo y reflexión, escucha atenta y debate sereno sea un asunto fundamental y urgente.</p>
<h3>¿Cómo imprimir un mayor énfasis a los sentidos antibelicistas que las luchas feministas están expresando?</h3>
<p>El repudio al genocidio que está ocurriendo en Gaza estuvo presente en cada una de las movilizaciones feministas que hemos logrado documentar este año, abriendo un destello de esperanza.</p>
<p>Muchísimas feministas de otras épocas han sostenido intransigentes y lúcidas posiciones antibelicistas e internacionalistas. Hoy, las luchas contra la guerra, contra su financiamiento, contra la leva, la industria armamentista y nuclear son de urgencia cotidiana. Son luchas que se conectan con el antipunitivismo, que se posicionan contra el belicismo en la ciudad, el estado, el país de cada una, y más allá de ellos.</p>
<p>En Gaza estamos viendo el asalto más vil contra la vida que hemos presenciado en una generación, desde los bombardeos de napalm en Vietnam, o las campañas de tierra arrasada en Guatemala. Lo que pasa en Palestina importa, y parar el genocidio en Gaza es un llamado urgente y claro. Pero también la guerra está aquí: en Haiti, en México, en Ecuador y en muchos otros lugares de nuestro continente.</p>
<blockquote><p>El futuro feminista exige sostener y profundizar las luchas contra todas las violencias, eludiendo las trampas envenenadas de la securitización, del militarismo, de la criminalización y del punitivismo</p></blockquote>
<p>El futuro feminista exige sostener y profundizar las luchas contra todas las violencias, eludiendo las trampas envenenadas de la securitización, del militarismo, de la criminalización y del punitivismo.</p>
<p>A través de la lucha en la calle y la producción colectiva de las decisiones, lograremos distinguirnos de los falsos feminismos patronales y de derecha recomponiendo un terreno donde renovar alianzas entre quienes, efectiva y cotidianamente sostenemos la vida colectiva. Así nos mantendremos vivas y activas para compartir las experiencias de luchas anteriores con las que ya han llegado a las calles para disputar lo suyo y con las que llegarán después.</p>
<p><em>Publicado originalmente en la <a href="https://www.ojala.mx/es/ojala-es/preguntas-para-un-futuro-feminista">revista mexicana Ojalá.</a></em></p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/preguntas-para-un-futuro-feminista/">Preguntas para un futuro feminista</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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		<title>Hacernos fuertes frente a la crisis: por un sindicalismo de base, integral y confederado</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/hacernos-fuertes-frente-a-la-crisis-por-un-sindicalismo-de-base-integral-y-confederado/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Alberto Martínez Casado]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 04 Apr 2024 14:21:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Organizarse en el impasse]]></category>
		<category><![CDATA[derechoa a la vivienda]]></category>
		<category><![CDATA[luchas sociales]]></category>
		<category><![CDATA[movimientos sociales]]></category>
		<category><![CDATA[organización]]></category>
		<category><![CDATA[sindicalismo]]></category>
		<category><![CDATA[vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Análisis que se enmarca en un proceso colectivo de reflexión que se está produciendo en el Sindicato de Inquilinas de Madrid. El artículo propone un sindicalismo social de base capaz de escalar a partir de la confederación con otras organizaciones</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em>Este artículo forma parte de una serie que quiere profundizar en los debates organizativos que están teniendo lugar en los movimientos sociales del Estado español y que iremos publicando.</em></p>
<hr />
<p>Vivimos tiempos de incertidumbre. Una incertidumbre provocada por la intensificación de las múltiples manifestaciones de la crisis del capitalismo global así como de sus devastadoras consecuencias sociales y ecológicas. Pero, además, esta incertidumbre también la provoca la falta de alternativas para enfrentar la situación. Tras el cambio de ciclo político, que es hoy un consenso amplio, la sensación generalizada es que no tenemos muy claro hacia dónde dirigir nuestras apuestas estratégicas. Para rearmarnos ante la crisis que viene, necesitamos repensar y potenciar las herramientas con las que contamos, así como dibujar otras nuevas.</p>
<p>Ante el desconcierto por los legados del ciclo 15M-Podemos, que pasó de un proceso de movilización y politización brutal de la sociedad a su repliegue –mediado por la apuesta fallida del asalto institucional– podemos vislumbrar dos pulsiones que enfrentan hoy nuestros espacios. Por un lado, vemos una reacción identitaria que pretende devolver a los movimientos sociales a los márgenes de los que supuestamente nunca debían haber salido. Desde esta perspectiva, hay una necesidad de privilegiar la unidad ideológica para recomponernos y evitar que en momentos de desborde volvamos a sufrir las “desviaciones” del anterior ciclo. En la práctica, esta pulsión implica dejar de disputar las contradicciones de nuestra sociedad, dejar de hacer política a cambio de construir pureza. Pero esta no es la única opción. Por otro lado, sigue vigente una tendencia contrahegemónica que no renuncia a cambiar las bases de la sociedad mediante la construcción de un poder popular heterogéneo, diverso y, por qué no decirlo, contradictorio.</p>
<blockquote><p>Confederar estas mismas organizaciones será el primer paso para avanzar hacia un sindicalismo integral con capacidad de recomponer la lucha de clases</p></blockquote>
<p>En este artículo, trataré de recoger algunas de las ideas centrales de un proceso colectivo de reflexión, fundamentalmente de personas que participamos en el Sindicato de Inquilinas de Madrid. Nuestras prácticas militantes en este y otros movimientos nos han llevado al desarrollo de nuevas hipótesis estratégicas para afrontar el contexto actual. Frente a la sensación de que todo lo que construíamos, con toda su potencia, era efímero y se podía esfumar en un abrir y cerrar de ojos, apostamos por la creación de sindicatos y organizaciones de base, fuertes y estables. Con el tiempo, hemos encontrado límites para escalar el conflicto en todas sus expresiones y, por ello, creemos que hemos de redoblar la apuesta. Confederar estas mismas organizaciones será el primer paso para avanzar hacia un sindicalismo integral con capacidad de recomponer la lucha de clases.</p>
<h3>1. Hacia una nueva cultura militante: la apuesta por el sindicalismo de base</h3>
<p>Partimos de una premisa. El objetivo hoy es la reconstrucción de una política de parte, independiente de partidos e instituciones del Estado, que tenga la capacidad de dar un volantazo al curso de la historia. Si no queremos construir castillos en el aire sino hacer la revolución posible, no hay atajos. Durante mucho tiempo, el espacio de la autonomía madrileña ha sido receloso de cualquier tipo de organización estable con recursos pero creemos que esta es la materia prima necesaria para acercarnos a ese objetivo. Por ello, necesitamos apostar por la construcción paciente y a medio plazo, necesitamos apostar por el sindicalismo.<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup></p>
<p>Esta apuesta parte de una forma abierta, heterogénea y diversa de entender la clase como el punto de llegada de un proceso histórico que tenemos que construir, con la lucha de clases como motor de este proceso<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup>. Es decir, son determinadas experiencias las que construyen la clase y componen su imaginario de posibilidades y expectativas. Frente a otras tradiciones<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup>, entendemos la construcción de este poder popular como un medio, porque necesitamos prepararnos colectivamente para ser capaces de garantizar la producción y la reproducción de una sociedad socialista después de la revolución<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup> pero, también, como un fin, porque no tenemos un punto de llegada preestablecido sino que prefiguramos la nueva sociedad por la que luchamos. En definitiva, seguimos defendiendo la vieja consigna que asume que “la emancipación de las trabajadoras será obra de las trabajadoras mismas”.</p>
<blockquote><p>Relegar la cuestión de la lucha de clases y sus formas concretas a un segundo plano “táctico” nos parece un error</p></blockquote>
<p>Cuando decimos que es el momento del sindicalismo, lo decimos confiando en que para reconstruir esa política de parte necesitamos generar un amplio abanico de luchas que confronten en todos sus frentes al capital y su reproducción. Por ello, no nos parece superfluo generar métodos de lucha efectivos y que obtengan victorias ya que estas luchas son el medio mediante el que nos vamos construyendo. Para ello, necesitamos unidad –organizativa– en la diversidad –ideológica– en un proceso que ponga en común las prácticas políticas de cada espacio organizativo. Relegar la cuestión de la lucha de clases y sus formas concretas a un segundo plano “táctico” nos parece un error; un error que históricamente ha significado el cierre por arriba de los ciclos revolucionarios, sin importar si su dirección era socialdemócrata o comunista.</p>
<p>El contexto actual de nuestras luchas nos anima a ser cautos pero también a ilusionarnos con este desarrollo. Frente a un retroceso generalizado en la movilización social, tanto las experiencias del feminismo sindicalista desde los sectores más precarios y feminizados como sindicatos más consolidados están viviendo un momento de crecimiento, especialmente la CGT en Catalunya, gracias a un modelo centrado en el conflicto<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup>. En menor medida, la aportación de los Sindicatos de Inquilinas a la popularización del conflicto en torno a la vivienda de alquiler también creemos que es significativa aunque esté empezando su despliegue. En otras latitudes, el auge de un nuevo sindicalismo en el corazón de Estados Unidos<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup> y otros países nos anima a potenciar la dimensión internacional del conflicto.</p>
<p>Dicho lo cual, es importante ser sinceras y complejizar la discusión: para esta tarea no vale cualquier tipo de Sindicato. Por eso, hoy es esencial que continuemos el debate acerca del modelo sindical por el que apostamos. Jane McAlevey, una figura poco conocida en España pero que está siendo fundamental en la revitalización del movimiento sindical internacional, distingue tres modelos de organización: el de servicios, el de movilización y el de organización<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup>. La diferenciación es oportuna precisamente porque apela desde un lugar al que no estamos acostumbradas en el Estado español, donde suele diferenciarse únicamente entre los dos primeros modelos<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup>. A nuestro entender, este debate es crucial para cualquier organización, movimiento o sindicato cuyo objetivo sea transformar la sociedad.</p>
<p>Para adentrarnos en la discusión, McAlevey comienza preguntándose por las diferencias organizativas entre los movimientos que lograron grandes conquistas, refiriéndose al movimiento por los derechos civiles y al movimiento obrero, y nuestras prácticas actuales. Destacaremos cuatro conceptos fundamentales para tratar de fundamentar una propuesta que recupere la herencia del sindicalismo revolucionario: grupos de autoselección vs grupos naturales, activistas vs organizadoras, minorías vs mayorías y, en definitiva, movilizar vs organizar.</p>
<blockquote><p>El modelo asambleario y construido por activistas que predomina en gran parte de nuestros espacios</p></blockquote>
<p>En la actualidad, los movimientos sociales tal y como los conocemos suelen construirse sobre la base de <em>grupos de autoselección,</em> más o menos identitarios, donde nos reunimos entre personas que ya estamos de acuerdo en lo fundamental y pasamos la mayor parte del tiempo hablando y discutiendo entre nosotras. Este es el modelo asambleario y construido por activistas que predomina en gran parte de nuestros espacios. Frente a este, los movimientos de masas del pasado estaban organizados en torno a <em>grupos</em> <em>naturales</em> en los que se convivía con compañeras de trabajo y vecinas, donde lo normal era la heterogeneidad consustancial a lo social, el no estar de acuerdo y tener que realizar una labor paciente de persuasión entre todas. Este es un modelo de activismo al que estamos, por desgracia, muy poco acostumbradas. Es más, nosotras mismas nos hemos visto identificadas en ese activista que se pone la capa militante únicamente cuando abandona sus espacios naturales de socialización. En el trabajo, en el bloque, en el barrio, somos una más pero de camino a la asamblea nos quitamos la careta y nos transformamos en la activista que llevamos dentro. El problema es que cada vez nos hemos ido alejando más y más de la realidad, hasta convertirnos en una caricatura de nosotras mismas, sin demasiada capacidad de incidencia social. Y obviamente, con esto no estamos queriendo decir que haya que abandonar esas luchas de las que partimos, que han sido, son y serán fundamentales para el futuro, sino que debemos cambiar el chip, reubicarnos y poner nuestro enfoque feminista, decolonial y ecosocial al servicio de una estrategia sindical integral capaz de crear instituciones de poder popular en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida.</p>
<p>Organizarse en torno a estos grupos naturales implica, como decimos, cuestionar la centralidad de nuestro papel como activistas. Por definición, nos entendemos como una minoría que realiza (y sobre todo piensa) las tareas –a menudo campañas o acciones de concienciación–. En definitiva, nos concebimos como los sujetos del cambio frente a una sociedad mayoritariamente pasiva.<sup><a id="ffn9" class="footnote" href="#fn9">9</a></sup> En cambio, entendemos a las “organizadoras” como aquellas personas que son referentes en sus espacios naturales, debido a su influencia social y su conexión con el resto. Más que ejercer un liderazgo lo reciben, en el sentido de que el resto del grupo confía en ellas y es a través de esa confianza mutua como logran incidir pacientemente en el resto de sus compañeras para que se conviertan en sujetos activos del cambio que estamos proponiendo.</p>
<p>Por lo tanto, creemos que nuestro papel como militantes debe transformarse. Esto pasa no solo por comenzar a incidir en los espacios naturales que habitamos sino también por ser conscientes de que la revolución no la haremos las activistas. Una de las principales tareas para potenciar el conflicto es conseguir que estas “referentes naturales” se transformen en organizadoras capaces de dinamizar su propia lucha. Por trasladarlo a un ejemplo concreto, en el Sindicato de Inquilinas, bebiendo del sindicalismo revolucionario y rompiendo con algunas prácticas del sindicalismo social, estamos apostando por llevar el sindicato allí donde surge el conflicto (a los Bloques en Lucha) sin tratar de encasillarlo todo en nuestra asamblea, bajo nuestras normas<sup><a id="ffn10" class="footnote" href="#fn10">10</a></sup>. De esta forma, nos vemos obligadas a potenciar la figura de las organizadoras de bloque, trasladando a su vez la vía de politización y organización principal de la asamblea general a la asamblea de bloque. Esta estrategia nos permite avanzar también en la multiplicación y diversificación de nuestros anclajes territoriales, abandonando la noción de que existe un lugar central de politización y construyendo comunidades en lucha en diversos territorios que se mantienen interconectadas entre sí a través de la adopción de estrategias comunes.</p>
<blockquote><p>No se trata únicamente de si la gente corriente –a menudo denominada la base– participa, sino de cómo, por qué y dónde lo hace</p></blockquote>
<p>Este enfoque tiene el objetivo de construir una nueva hegemonía y una organización replicable a gran escala, ya que “no se trata únicamente de si la gente corriente –a menudo denominada la base– participa, sino de cómo, por qué y dónde lo hace”.<sup><a id="ffn11" class="footnote" href="#fn11">11</a></sup> La construcción de una mayoría, de un nuevo bloque social, no es un simple concepto analítico sino un objetivo específico que debe cumplirse y para ello necesitamos romper con ciertos fetiches en torno al asamblearismo. Para ello es fundamental introducir diversos grados de participación así como mecanismos de control democrático de las decisiones estratégicas. Como se puede intuir, ambos enfoques descansan en una concepción del poder diferente. Diferente porque supone la convicción de que las élites pueden ser eliminadas y no simplemente reemplazadas. La clave para superar la cultura de la representación en la que vivimos es mostrarnos el poder potencial que tenemos como actores centrales de nuestro propio proceso de liberación.</p>
<p>Con estos conceptos hemos intentado recoger dos modelos diferentes de organización. Por un lado, un modelo basado en la movilización, más centrado en la repercusión mediática de sus acciones que en la propia organización que genera y estructurado en torno al papel de una minoría activista. Por otro lado, un modelo que plantea avanzar hacia una nueva cultura militante que devuelva la centralidad a la construcción de organizaciones sindicales de base. Por aclararlo una vez más, cuando hablamos de sindicalismo nos referimos a esta forma de hacer y de entender la política. Contra lo que pudiera parecer, en los últimos años las experiencias más potentes de esta forma de hacer política han venido de otras luchas alejadas de lo que corrientemente entendemos por sindicalismo como, por ejemplo, las huelgas feministas internacionales del 8M o las luchas por la defensa del territorio con el ejemplo francés de los Soulèvements de la Terre.</p>
<h3>2. Hacia un sindicalismo integral. La apuesta por la confederación</h3>
<p>Estamos aún hoy en una fase embrionaria del desarrollo de este tipo de organizaciones. Si analizamos el contexto general, nuestra fuerza tiene potencia pero es todavía reducida. Por eso desde la militancia de muchas de estas organizaciones y sindicatos resuena cada vez con más fuerza la idea de confederarnos.</p>
<p>Durante este tiempo, hemos sido conscientes de las necesidades que generan las propias luchas. En muchas ocasiones sus dinámicas obligan a una especialización que aisla. Si no enfrentamos esta realidad, el resultado es normalmente la dispersión, el identitarismo, la falta de un análisis sistémico y, en definitiva, respuestas parciales que no nos permiten avanzar conjuntamente ni siquiera cuando algunas de nuestras posiciones se popularizan. Nuestra intención no es obviar los problemas con los que nos encontramos sino reconocerlos para afrontarlos. Por ello, desde el Sindicato de Inquilinas de Madrid llevamos un tiempo queriendo explorar otras posibilidades. Sabemos que nuestra lucha no es únicamente por liberar toda vivienda de las garras del mercado y, a su vez, que nuestros objetivos no son alcanzables en abstracto; tan solo una transformación radical de la sociedad podrá conseguirlo.</p>
<blockquote><p>El objetivo es que, a medio-largo plazo, generemos un sujeto político autónomo, diverso y desde abajo con capacidad de intervenir en el contexto social y político</p></blockquote>
<p>Para acercarnos a esa realidad, necesitamos construir una casa común en la que compartir ideas, estrategias y proyecto de futuro. Porque si no hacemos política, otros se encargarán de hacerla por nosotras. Por ello, la posibilidad de confederar nuestras luchas no solo nos servirá para ampliar la mirada y tener una comprensión más sistémica a nivel teórico sino, sobre todo, a nivel organizativo. En nuestro caso, por ejemplo, que cuando alguien llegue al Sindicato por un conflicto concreto de vivienda, perciba una realidad que potencie una politización que hoy en día no podemos generar solas y de manera aislada. Si bien en el corto plazo quizás solo hay que reforzar las organizaciones existentes a través del aumento de las relaciones bilaterales (dobles afiliaciones, recursos compartidos, potenciar su intervención), la idea es abonar un proceso que escale gradualmente. El objetivo es que, a medio-largo plazo, generemos un sujeto político autónomo, diverso y desde abajo con capacidad de intervenir en el contexto social y político así como de construir una nueva hegemonía, mientras se potencia un salto de escala de las alternativas existentes en forma de cooperativas de producción, consumo y vivienda. Esta cuestión será la base sobre la que construir un poder popular que no se subordine a quienes pretenden representarnos. Es la posibilidad de que la revolución mantenga su espíritu democrático y libertario.<sup><a id="ffn12" class="footnote" href="#fn12">12</a></sup></p>
<p>Estas reflexiones no son nuevas. Mazzeo diferencia entre dos concepciones para la articulación de las instancias de poder popular. En primer lugar, define una versión autoritaria-verticalista en la que la propia unificación viene desde fuera, donde la “organización política une lo múltiple homogeneizando los fragmentos a través de una línea”. En contraposición, defiende una concepción de base en la que el impulso articulador surge desde las propias organizaciones, donde la “vanguardia política queda subsumida en el movimiento real”, donde lo múltiple trabaja para encontrar su universalización. Por ello, desde esta perspectiva surge un rechazo a todas aquellas organizaciones políticas que se consideran, a priori, ese punto universal. “No se trata pues de encontrar la reedición de la línea correcta sino más bien de acordar por qué avenida transitamos” sin la necesidad de eliminar la autonomía de las organizaciones que la componen<sup><a id="ffn13" class="footnote" href="#fn13">13</a></sup>.</p>
<p>Hecha esta primera diferenciación, debemos aclarar que los intentos previos de articularnos desde esta segunda concepción, al menos en Madrid, no han funcionado. Por ello creemos necesario analizar las limitaciones de las anteriores apuestas<sup><a id="ffn14" class="footnote" href="#fn14">14</a></sup>, ligadas a la idea de coordinadoras de colectivos, para poder plantear una hipótesis que se plantee su superación.</p>
<p>En primer lugar, este tipo de procesos han sido normalmente pensados y ejecutados “desde arriba”. Sin la participación activa de la militancia ni de la base social de cada organización salvo en el momento de movilizarse. El proceso nacía negando sus mejores potencias. Así, en la práctica, cada reunión se convertía en una carga para cada organización más que un proceso que diera fuerza al conjunto. En segundo lugar, han sido concebidos normalmente como una reacción coordinada ante una coyuntura concreta, es decir, sin reflexiones estratégicas a medio-largo plazo, lo que imposibilitaba en sí mismo que perduraran en el tiempo. En tercer lugar, ha habido una gran dificultad para poner en común los recursos de cada organización ya que, por lo general, el modelo suele estar centrado en la movilización bajo una serie de demandas o reivindicaciones comunes. Por todo ello, creemos que este nuevo proceso que debemos impulsar, como propondremos a continuación, tiene que partir de nuevas premisas y construir un modelo que se parezca más a una confederación que a una coordinadora.</p>
<blockquote><p>El proceso de confluencia debe darse en la práctica entre las bases de todas las organizaciones implicadas</p></blockquote>
<p>Para empezar a pensar en cómo poner en práctica esta confederación, nos parece interesante partir de algunas premisas y herramientas concretas que pueden guiarnos. En cuanto a las premisas, en primer lugar creemos que la alianza debe darse desde abajo. Lejos de ser un cliché, con esta idea nos referimos a que no servirán declaraciones de intenciones que podamos negociar entre las “direcciones” de varias organizaciones: el proceso de confluencia debe darse en la práctica entre las bases de todas las organizaciones implicadas. En segundo lugar, la alianza, para darse desde abajo, necesariamente debe ser desde el territorio<sup><a id="ffn15" class="footnote" href="#fn15">15</a></sup>, por lo que en cada uno de ellos asumirá una forma específica, adecuándose a las necesidades del mismo. Por último, para que pueda llegar a buen puerto, la alianza debe ser progresiva, entendiéndola como un punto de llegada y no de partida, ya que, pese a todas las cuestiones compartidas, partimos de diferentes organizaciones que no han trabajado conjuntamente hasta el momento. Es probable, entonces, que los primeros pasos no sean tan potentes como podrían ser los siguientes, pero son indispensables para que la alianza que construyamos sea duradera y estable en el tiempo, basada en un modelo organizativo que respete la diversidad ideológica pero sea capaz, a su vez, de tener una dirección común.</p>
<p>Como bien sabemos, el camino se hace al andar. Pero para avanzar más rápido es importante contar con herramientas que puedan hacer comenzar este camino con unas bases sólidas. De esta forma, apostamos decididamente por mancomunar nuestras fuerzas. Si bien el espacio es lo primero que nos viene a la cabeza cuando pensamos en compartir, no es el único, otros podrían ser recursos económicos, formativos o bases de datos que nos sirvan para potenciar el conflicto que genera la propia intersección. Por ejemplo, se podría juntar un grupo de militantes ecologistas que sean inquilinas para abrir una nueva etapa en el conflicto de vivienda al generar bloques en lucha centrados en reivindicaciones ecosociales. O también podríamos apostar por que las inquilinas organizadas introduzcan en las negociaciones de sus convenios colectivos laborales cuestiones como la relación salario-renta de alquiler que nos empobrece. Estos primeros pasos deberían servir para ir construyendo lazos de confianza y dinámicas de trabajo conjunto entre las organizaciones para ir prefigurando los primeros rasgos de una estrategia compartida que señale el horizonte político hacia el que queremos dirigirnos.</p>
<blockquote><p>Necesitamos generar entramados comunitarios que trasciendan los espacios naturales en los que organizamos el conflicto</p></blockquote>
<p>De cualquier forma, el punto de partida inicial deberá ser la apertura conjunta de centros sociales anclados territorialmente. La experiencia nos ha enseñado que los centros sociales hoy, como los ateneos libertarios o las casas del pueblo de ayer, son las infraestructuras clave necesarias para politizar la vida y profundizar en muchos aspectos de nuestras luchas. Si queremos que nuestra acción política más allá de la cuestión concreta que trabajamos desde cada organización o sindicato, necesitamos generar entramados comunitarios que trasciendan los espacios naturales en los que organizamos el conflicto. Además, históricamente, la transformación “de afiliadas a militantes” se ha dado en estos espacios, que cumplían dos funciones: por un lado, construían hacia dentro el movimiento, profundizando en prácticas sociales y culturales alternativas. Por otro lado, tenían una labor difusora y de proyección hacia el resto de la sociedad, que los configuraba como un punto de entrada privilegiado a una forma alternativa de analizar y de estar en el mundo.<sup><a id="ffn16" class="footnote" href="#fn16">16</a></sup></p>
<p>Esta tarea cumple hoy una relevancia excepcional debido a que los centros sociales se han convertido en los últimos años en uno de los focos de la campaña contra la okupación de la derecha madrileña, consciente del desafío a las lógicas hegemónicas que estos espacios encarnan. Organizativamente, es muy importante que los nuevos espacios no sean entendidos como locales de las organizaciones que apostaron por abrirlos, lo que negaría toda su potencia, sino como lugares abiertos al barrio o la ciudad para fomentar una cultura alternativa.</p>
<h3>3. El horizonte transformador pasa por el sindicalismo</h3>
<p>En este texto hemos intentado definir en que consiste nuestra apuesta por el sindicalismo. Una apuesta que no es tan solo una respuesta al contexto sino que contiene elementos estratégicos de nuestra perspectiva política. La viabilidad de esta hipótesis –podemos reconstruir una política de parte apostando por el sindicalismo– depende intrínsecamente de las otras dos ideas lanzadas a lo largo del este artículo. Así, creemos que no habrá grandes organizaciones sindicales de base sin una confederación de las mismas y que tampoco habrá una confederación con capacidad real sin organizaciones de base.</p>
<blockquote><p>El sindicalismo de base se tiene que extender desde los espacios naturales que habitamos cada día y en los que surgen las resistencias ante cada una de las opresiones que vivimos</p></blockquote>
<p>En definitiva, queremos poner las bases para la construcción de un sindicalismo que ponga la vida –y no solo el trabajo o la vivienda– en el centro. Un sindicalismo de base que se tiene que extender desde los espacios naturales que habitamos cada día y en los que surgen las resistencias ante cada una de las opresiones que vivimos. Un sindicalismo integral que se enfrenta a todas las dimensiones de la crisis y que, a su vez, es capaz de dibujar una estrategia conjunta colectivamente. Un sindicalismo revolucionario que no espera a la toma del poder para prefigurar con sus luchas la vida que buscamos. En definitiva, un sindicalismo, tal y como defendía Salvador Seguí, que “empiece siendo un arma económica de defensa pero que termine siendo una agrupación política de los postulados de la libertad”.<sup><a id="ffn17" class="footnote" href="#fn17">17</a></sup></p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">El concepto de sindicalismo que defendemos va mucho más allá del conflicto capital-trabajo para centrarse en el conflicto capital-vida. Pérez Orozco, A. (2014) Subversión feminista de la economía. Sobre el conflicto capital-vida. <em>Traficantes de Sueños</em> <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">Un breve pero incisivo texto para acercarse al debate sobre las diferentes nociones de clase puede ser: Thompson, E.P. (1991) Algunas observaciones sobre clase y conciencia de clase.<em> Historia social </em>nº10 <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">Miguel Mazzeo diferencia entre las tradiciones que conciben el poder popular como un medio –acumular poder– para un fin –la conquista del poder y la dictadura del proletariado–, de aquellas que lo conciben como medio sin fin –aludiendo a diferentes interpretaciones autonomistas desde Negri a Holloway– o las que lo conciben como un medio y un fin a la vez, que es la que defendemos en este artículo. Se puede leer esta idea desarrollada en el capítulo 2 de Introducción al poder popular (2016) <em>Fundación Editorial, El perro y la rana</em> del mismo autor. <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">Probablemente la mayor aportación teórica por parte del sindicalismo revolucionario sea la relacionada con una visión libertaria de la necesaria “fase de transición” al comunismo libertario. Pueden consultarse Cornelissen, C. (1933) <em>Comunismo libertario y régimen de transición</em> o una versión más ibérica en Pestaña, A. (1933) <em>El Sindicalismo. Qué Quiere y Adonde Va.</em> <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Para un repaso de estas nuevas formas de organización desde el Sindicalismo feminista puede leerse: Tabernero, J. Montero, J. y Muñoz Moreno, E. (2022) Otros mapas de conflictos sindicales: luchas feministas en los márgenes del trabajo. <em>Viento Sur</em> nº184 o cualquiera de los cuadernos de La Laboratoria. Para acercarse a las últimas luchas de CGT puede leerse: La lucha de las trabajadoras de Inditex (2023) <em>La Brecha</em>. Y para un repaso del modelo organizativo: Cara, P. (2024) La CGT del futur. <em>Revista Catalunya</em> <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">Caro, J. (2023) La izquierda y el Nuevo sindicalismo en Estados Unidos. <em>Nueva Sociedad </em>nº307 <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">McAlevey, J.F. (2016) No shortcuts. Organizing for power in the new gilded age. <em>Oxford University Press.</em> Actualmente la editorial <em>Verso</em> está preparando la traducción al castellano de este libro. Manu Robles-Arangiz Fundazioa, la fundación del sindicato vasco mayoritario ELA, publicó un pequeño cuaderno a través de este y otros trabajos suyos que pueden consultarse aquí. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">Wilhemi, G. (2023) Huelgas, mareas y plazas. <em>Catarata</em>. En el libro se diferencia entre un modelo de gestión y otro de participación y movilización, a su vez divididos por su carácter de clase, corporativo o amarillo. <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
<li id="fn9">En los últimos años hemos llegado a ver la exaltación de este modelo, fundamentado por el “estudio científico” <em>Por qué la resistencia civil funciona </em>Stephan, M.J. y Chenoweth, E.<em>,</em> transmitiendo la idea clave de que si somos capaces de conseguir que un 3,5% de la población se involucre en acciones de desobediencia civil no violenta lograremos transformar la sociedad.<br />
<a href="#ffn9">↩︎</a></li>
<li id="fn10">Los bloques en lucha son la base de los Sindicatos de Inquilinas. Se trata de bloques que pertenecen a un mismo propietario y cuyos inquilinos comienzan a luchar por unas reivindicaciones comunes frente a su casero. Inicialmente han estado muy ligados a conflictos de expulsión aunque en la actualidad ya se están expandiendo a todo tipo de conflictos por mejorar la calidad de vida. Si bien esta forma de propiedad –todo un bloque pertenece a la misma persona física o jurídica– no es mayoritaria en ninguna ciudad del Estado sí que tienen un potencial estratégico muy importante: los bloques en lucha son la punta de lanza del inquilinato. Un desarrollo de esta hipótesis se puede encontrar en Construir Sindicato. Hacia una nueva fase organizativa (2023) Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid <a href="#ffn10">↩︎</a></li>
<li id="fn11">McAlevey, J.F. (2016) No shortcuts… <a href="#ffn11">↩︎</a></li>
<li id="fn12">Rodriguez, E .(2022) Ateneo, cooperativa, sindicato: un programa del siglo XIX para el siglo XXI. <em>Contracultura</em> <a href="#ffn12">↩︎</a></li>
<li id="fn13">Mazzeo, M. (2016) Introducción al… <a href="#ffn13">↩︎</a></li>
<li id="fn14">Al escribir estas líneas pensamos, por ejemplo, en el Plan de Choque Social impulsado desde diferentes organizaciones durante la primera fase de la pandemia del Covid-19. <a href="#ffn14">↩︎</a></li>
<li id="fn15">Desde el primer congreso de la sección española de la primera internacional se pensaron las federaciones locales (aparte de la organización en el centro de trabajo) como futuro organismo revolucionario desde el que ejercer nuestro poder. Bookchin, M. (1980) Los anarquistas españoles. Ediciones Grijalbo <a href="#ffn15">↩︎</a></li>
<li id="fn16">Navarro Navarro, J. (2016) Los ateneos libertarios en España (1931-1939) <em>La neurosis o las barricadas Ed.</em> <a href="#ffn16">↩︎</a></li>
<li id="fn17">Sobre Reorganización Confederal. Discurso en un mitin Sindicalista de Valencia (30-4-1922). En Artículos madrileños de Salvador Seguí. <em>Cuadernos para el Diálogo</em>. <a href="#ffn17">↩︎</a></li>
</ol>
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		<title>¿Por qué el movimiento LGTBIQ+ debería disolverse? Contra el efecto pacificador de la izquierda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Charlie Moya Gómez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 09:00:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Disidencias]]></category>
		<category><![CDATA[institucionalización]]></category>
		<category><![CDATA[LGTBIQ+]]></category>
		<category><![CDATA[movimientos sociales]]></category>
		<category><![CDATA[queer]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este texto llama a repensar el movimiento a partir de la solidaridad y la acción directa para superar el identitarismo desafiando el statu quo y recuperando el potencial de cambio social radical</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En julio de 2021, moría asesinado el joven gallego Samuel Luiz tras recibir una brutal paliza. El consenso social, no el mediático, tuvo claro que lo habían matado por ser homosexual. Así se gritó en todas las movilizaciones que surgieron durante ese verano y en los meses posteriores. «A Samuel lo han matado por ser maricón» fue uno de los cánticos más unificadores bajo protestas en múltiples ciudades de todo el Estado. Pasadas las fechas de <em>prides</em> y orgullos críticos, el movimiento LGTBIQ+ se concentraba unilateralmente para denunciar el supuesto<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup> alto grado de violencia que se estaba alcanzando. El enemigo también estaba claro: el discurso de la derecha y la ultraderecha desde las instituciones, el Parlamento o los medios de comunicación. «A Samuel lo han matado por ser maricón y los culpables están ahí, son ellos, les ponemos nombre y cara».</p>
<p>Las proclamas de rabia y cansancio también fueron habituales. Parecía que aquel «la que quiera romper que rompa, y la que quiera quemar que queme» de Yesenia Zamudio<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup> tomaba cuerpo en los sujetos LGTBIQ+ de este país. Quizás por eso, un grupo de personas decidió confrontar a la policía en una de las manifestaciones espontáneas en Madrid por el asesinato de Samuel. ¿Después del asesinato de un maricón, qué? ¿Qué más había que esperar para que esto parara? El discurso general apuntaba a que la violencia debía de dejar de llegar del Estado y tenía que contraatacar desde las clases populares, desde las oprimidas, desde las disidencias, en un movimiento en el que el “hasta aquí” se hiciera efectivo. Más adelante analizaremos si este movimiento cumple ciertamente con estas etiquetas que se asigna a sí mismo. «Así se infiltró la ultraizquierda en la protesta por Samuel», titularía el diario ABC la crónica de aquella tarde. Quizás, por un momento, el movimiento había despertado.</p>
<p>El verano pasó, llegó septiembre, las agresiones se sucedían y una nueva noticia acaparó titulares: un joven vecino de Malasaña denunciaba una agresión homófoba en la que unos encapuchados le habían rajado la palabra maricón en el glúteo. Nuevamente: movilización social, clamor público, acción política. La denuncia resultó ser falsa (o el chaval decidió cambiar la versión por miedo, por desvinculación, por hartazgo) y no había habido tal agresión, aquello había sido consensuado. Aún así, las concentraciones se mantuvieron porque no se hablaba de otra cosa que de violencia y la idea general era la de que había que seguir saliendo a la calle. Era necesario seguir rompiendo, seguir quemando. Las proclamas pedían fuego. ¿Por qué no llegó a saltar la chispa?</p>
<blockquote><p>Eso que llamamos movimiento LGTBIQ+ no existe como tal</p></blockquote>
<p>Resulta extraño. Bien es cierto que eso que llamamos movimiento LGTBIQ+ no existe como tal; deberíamos nombrarlo movimientos en plural, o colectivos, o sujetos. Hay muchos matices. Nunca ha habido tal unificación. Es todo pura apariencia o incluso un falso consenso que, en una aglutinación de siglas, ha considerado a este movimiento como algo coordinado y estable en el tiempo. Nada tienen que ver las ONG y asociaciones institucionales como la <em>Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más </em>(FELGTB) o el <em>Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales, Bisexuales e Intersexuales de Madrid</em> (COGAM), colectivos vinculados a partidos políticos y sindicatos subvencionados estatalmente, con las múltiples asambleas transmaribibolleras que pueblan decenas de municipios en todo el país. Lo de conglomerados como AEGAL (<em>Asociación de Empresas y Profesionales para Gays y Lesbianas, Bisexuales y Trans de Madrid y su Comunidad</em>), su financiación, su implicación en la destrucción del tejido social, su apoyo a la gentrificación o sus inversiones en Israel, lo dejamos para otro momento.</p>
<p>No nos alarguemos. Podríamos entender que, por lo menos, hay dos formas de comprender el movimiento LGTBIQ+: una en vinculación con las instituciones y partidos y otra en la autonomía, los colectivos de base o la política de calle. Bien, esto es algo que podíamos entender hasta ahora. Pero las demandas y los mensajes que al final tienen que ver con el discurso político, cada vez son más semejantes en ambos supuestos bandos. Por poner un ejemplo: en el manifiesto unitario del Orgullo Crítico de Madrid de 2023 se hacían alusiones a los «limitados avances en la adquisición de derechos», a los «derechos humanos» como tal, a las «pocas protecciones» que se otorgan desde instituciones como la Comunidad de Madrid, a «formar familias cishetero disidentes», a la «identidad política», a las «minorías entre minorías»<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup>. ¿No suena todo a proclama democrática? ¿No tiene un aire excesivamente demandante, asimilacionista y buscador de derechos a la manera de las asociaciones institucionales?</p>
<p>Si he puesto estos ejemplos desde el inicio es porque quiero llegar a un lugar muy concreto: los movimientos sociales se han equivocado en el fin de este último ciclo político y es de urgencia que planteen de nuevo su devenir, su acción y su discurso. En estos casos, quizás fueron un error las concentraciones por la muerte de Samuel (o el formato que adquirieron), quizás también la concentración por el ataque al chaval de Malasaña, o las proclamas del Orgullo Crítico. Teniendo en cuenta la capacidad de convocatoria y la potencia revolucionaria de enardecer de esa forma a la masa social, ¿por qué limitarla a un acontecimiento como un asesinato? ¿Por qué convocar un velatorio enfurecido y no poner las fuerzas en urgencias aún más extremas? ¿Por qué sacar a la calle a miles de personas solo en un caso tan específico? ¿Por qué no, antes o después, el movimiento LGTBIQ+ utilizó su capacidad de movilización para fines más comunes y menos sectorializados?</p>
<blockquote><p>Esta reflexión es una llamada a pensar en común</p></blockquote>
<p>Si me estoy centrando específicamente en el movimiento LGTBIQ+ es porque he formado parte de él y porque entono el <em>mea culpa</em> en su deriva. Podría hacerlo extensivo a cualquier movimiento social en el que participemos (feminismo, antirracismo, migra, disca, gorde…); todos tienen el nexo común de la identidad. Esta reflexión que pretendo abrir no es una acusación, sino una llamada a pensar en común cuál es el siguiente paso y cómo podemos volver a estar alertas ante el colapso y la crisis que vienen. Además, importante, qué papel jugamos colectivamente en esto y en qué lugar nos deberíamos situar.</p>
<p>Resulta curioso que en un mundo en permanente guerra, en el que Ucrania ya quedó prácticamente relegada a una esquina, Palestina empieza a aburrir a las audiencias y las noticias sobre Yemen, El Salvador o Somalia son nulas, occidente se haya obcecado por la pacificación. Más concretamente: la izquierda ha sido capaz de regalar un discurso pacificador que a día de hoy ha contaminado a los movimientos sociales. La izquierda, la socialdemocracia, el progresismo, los demócratas, llamemos de mil formas distintas a lo mismo, ha tenido la oportunidad perfecta para encajar un relato en el que la paz social debe ser un fin a construir entre todos. Será por medio de la aprobación de leyes y con la representación y la visibilidad exigida por las pretendidas minorías que la izquierda logrará otorgarse el emblema de “aliada” de los condenados de la tierra.</p>
<p>En ese mundo en guerra en el que habitamos es capaz de convivir la urgencia de la ley del “Solo sí es sí” con la explotación y violación diaria de las jornaleras de la fresa; es el mismo espacio-tiempo en el que se reclama la necesidad de una Ley para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas Trans y para la Garantía de los derechos de las Personas Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales e Intersexuales (LGTBI) y en el que el ministro del Interior es alguien como Fernando Grande-Marlaska, que también marcha en el Pride; el mismo ministro encargado del control de las fronteras y costas de un país en un mundo en guerra donde también se exige la #RegularizaciónYa de 500.000 personas sin papeles<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup>.</p>
<p>¿No tendrá que ver este giro de guion hacia el identitarismo en los movimientos sociales con una falta asustadora de discurso de clase? Quiero decir, parece que las reclamaciones de los últimos años tienen mucho que ver con el reconocimiento, los derechos y la exposición mediática. Por volver al movimiento LGTBIQ+ que nos ocupaba, el discurso latente está en la necesidad de visibilidad. Cito de nuevo el ya mencionado manifiesto del Orgullo Crítico de Madrid de 2023:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«No daremos un paso atrás respecto a la visibilidad de nuestras identidades en espacios de calle, educativos, sanitarios, en la legislación, donde sea».</p>
<p>Siempre está presente la necesidad de ser visto, de mostrarse públicamente, de ser reconocido. Pero, ¿es una necesidad real? ¿Hay realmente una invisibilización de determinados sujetos? ¿En un mundo en guerra en el que se combinan los <em>stories</em> de Instagram del enésimo bombardeo en Gaza con el anuncio de la nueva serie de moda de Amazon en la que el hijo de la presidenta de Estados Unidos y un príncipe inglés se enamoran? ¿De verdad se pretende la visibilidad y el reconocimiento? ¿Por qué no asumir, de una vez, que lo LGTBIQ+ se convirtió en lo mainstream? ¿No hay un sólo atisbo de lo conflictivo y lo peligroso que esto puede ser?</p>
<blockquote><p>Esta ha sido una de las grandes bazas de la izquierda, aprovecharse del miedo para sacar un rédito propio</p></blockquote>
<p>No menciono esto en clave de miedo, ni mucho menos. No me gustaría entrar en el mismo juego de la izquierda, en el que ha tomado por costumbre la llegada de una sociedad del terror en la que la pulsión de muerte está a la orden del día y cualquiera puede acabar con nuestra vida, en la que algo aún peor está por venir desde cualquier otro arco político que no es el suyo. De hecho, esta ha sido una de las grandes bazas de la izquierda, aprovecharse del miedo de determinadas minorías para sacar un rédito propio. Así pudo verse en las últimas elecciones generales de 2023, en las que el movimiento LGTBIQ+ estaba arropado por la gran madre de la patria en la que se ha convertido Yolanda Díaz, esa mujer protectora y caritativa que ha escuchado a sus hijes, ha sabido entender su sufrimiento y les ha ofrecido la paz a cambio del voto. La campaña que el movimiento LGTBIQ+ hizo en favor de la posible presidenta fue algo nunca visto en este país. Ni siquiera con Zapatero aprobando la Ley de Matrimonio Igualitario en 2005 se confió tanto en la democracia por parte de un sector poblacional que, por lo menos hasta la institucionalización post Transición, se había mantenido en los márgenes y en la confrontación de la norma.</p>
<p>Este es uno de los lugares donde quería llegar ¿qué ha pasado para que unos sujetos otros y disidentes que se movían en un entorno completamente <em>outsider </em>hayan optado por colocarse en el centro del tablero? ¿Por qué aquellos que aún no se nombraban movimiento LGTBIQ+ ejercían su acción política en el espacio que ofrecía la invisibilidad, la sombra y la cloaca? Leía hace poco al suicidado Christopher Chitty contar esto del higienismo del siglo XIX y de la aparición de los baños públicos en Europa:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«Mientras que orinar en la calle aparentemente causaba un «ultraje contra la moral», la colocación de urinarios podría causar una «molestia pública», que abarcaba desde los panfletos, el hedor y los grafitis sexuales detallados por Wright, hasta el merodeo, el ligue callejero, la masturbación y el sexo entre hombres, algo que preocupaba a la policía de las principales ciudades de Europa en ese momento. […] Como indica el ejemplo de Manchester, las mujeres pidieron la construcción de urinarios para prevenir la «indecencia pública» y luego los expulsaron de los vecindarios cuando se convirtieron en centros de actividad homosexual. […] El cambio arquitectónico, hacia tabiques y urinarios individualizados, asignó a cada hombre su propio sexo, así como la disposición ansiosa por el sexo del hombre que no podía ver. Sus fluidos corporales ya no se mezclaban con los de otros hombres y ahora desaparecían por un desagüe.»<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup></p>
<blockquote><p>Lo revolucionario estaba en las sombras, en la noche, en los callejones, en los urinarios públicos</p></blockquote>
<p>Lo que hace Chitty a lo largo de su <em>Hegemonía Sexual</em> es desgranar los archivos europeos y encontrar la multiplicidad de experiencias que los homosexuales han tenido a lo largo de la historia y las relaciones que los diferentes gobiernos han guardado con esta situación en cada momento (a veces ejerciendo la persecución, a veces permitiendo determinados actos por necesidad política o por pura hipocresía). Lo que intento traer a la luz con este fragmento es la potencialidad con la que ha vivido la sexualidad, la expresión de género e incluso la propia identidad, eso que ahora llamamos movimiento LGTBIQ+. Lo revolucionario estaba en las sombras, en la noche, en los callejones, en los urinarios públicos. La capacidad de resistencia frente a la cisheteronorma venía de unos lugares infectos, apestosos, de la pura cloaca en la que se encontraban a oscuras aquellos que desarticulaban el sistema con sus propios cuerpos. Había todo un mundo otro en los bajos fondos de la sociedad. De ahí el surgimiento de prácticas como el <em>cruising</em>, las aplicaciones de sexo instantáneo, el uso de drogas, la experimentación con el propio cuerpo o la nula moral sobre cualquier tipo de práctica sexual (<em>fisting, scat, pissing, BDSM, </em>orgías…). Con esto no quiero decir que la sociedad heteronormada no tenga prácticas sexuales disidentes de cierta moralidad judeocristiana ni que las personas LGTBIQ+ tengan todas una sexualidad o una expresión de género absolutamente fuera de la norma. Pero sí que hay algo en todo esto que tiene que ver con lo invisible que hace, ahora sí, de las personas cuir, sujetos desarticuladores del mundo heterocentrado a través de encuentros, prácticas y disidencias en la absoluta marginalidad.</p>
<p>La pacificación de la izquierda se ha encargado de arrancar de las cloacas a los sujetos cuir y de tratar de asimilarlos bajo un sistema uniformado porque la estructura familiar, el trabajo funcionarial, la deuda y la hipoteca son herramientas de control social. Que las personas LGTBIQ+ pasen a ser sujetos de bien o ciudadanos de primera dentro de la sociedad europea contemporánea no es más que un intento victorioso a través del cual la izquierda ha logrado, bajo un discurso pacificador y aliado, mayor mano de obra para seguir manteniendo vivo el engranaje del capitalismo. Era necesario incorporar al mercado laboral y al modelo de familia a todos aquellos que habían conseguido vivir una vida fuera del sistema capitalista. El matrimonio igualitario, la posibilidad de la adopción o la gestación subrogada, el acceso a trabajos funcionariales, profesiones liberales o la loanza de determinadas expresiones artísticas (podemos pensar desde la moda, el travestismo o la música, encontraremos cientos de ejemplos de personas LGTBIQ+ asimiladas) han sido las piezas clave para que todo un sector social se pusiera manos a la obra para seguir manteniendo al Estado. El asalto veloz hacia la clase media. Por supuesto, desde un lugar visible en el que cualquier práctica subversiva fuera sancionada o estigmatizada. Con la complicidad, además, de las asociaciones ya mencionadas del estilo FELGTB o COGAM, que en el momento más terrible de la crisis del VIH decidieron, por ejemplo, que el modelo familiar era lo más conveniente para no perder la herencia de sus muertos. Si podían casarse, el dinero no se escapaba a terceros<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup>.</p>
<blockquote><p>ACT UP, la Radical Gai o las LSD se encargaron de llevar la práctica revolucionaria a su acción política</p></blockquote>
<p>Si bien decíamos que el movimiento LGTBIQ+ no es algo unitario, es precisamente en este último momento epocal que nombramos ahora, el del SIDA como tabú y terror social, en el que colectivos como ACT UP, la Radical Gai o las LSD se encargaron de llevar la práctica revolucionaria a su acción política. Con la rabia que provoca un goteo incesante de compañeros muertos, las personas cuir de los años 90 se dedicaron incansablemente a señalar a la administración, las instituciones y el gobierno como culpables de la situación que estaban viviendo. Y les llamo aquí cuir cuando ni siquiera estos mismos sujetos se lo llamaban aún o nunca llegaron a llamárselo. Pero lo hago, porque estaban intrínsecamente vinculados a la marginalidad que otorga tal palabra. Porque a pesar de que eran conscientes de lo que suponía el VIH y fueron los únicos capaces de tener un conocimiento exacto del funcionamiento del virus y las enfermedades derivadas, siguieron, desde la cloaca social, construyendo vínculos que rompían con el sistema familiar, practicando y viviendo la sexualidad de la forma más extrema, a sabiendas de que el mundo se les podía acabar, renunciando a la participación democrática y a la entrada en un sistema de valores con el que estaban en permanente guerra. Y a pesar de todo ello, el peso del identitarismo y el ansia por la referencialidad constante del propio sujeto no era algo que estuviera en el discurso. Desde ese lugar escribía Paco Vidarte:</p>
<p style="padding-left: 40px;">«Convertirnos, encarnar, ser todo lo que detestan, parecerles vomitivos, odiamos su buen rollo y sus sonrisitas, sus declaraciones compasivas que nos dan miedo, terror. Desenmascarar al enemigo hasta que cante. Provocación, esperpento: esto lleva mucho tiempo inventado. Llevarlos al límite. No somos sistema, ni ciudadanos de primera, ni demócratas, ni hemos pactado nada que nos obligue a ser como ellos, no molestarlos, o dejarlos de joder.»<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup></p>
<p>Y esto lo escribía desde la cama del hospital a punto de morirse. Con la misma rabia y el mismo desenfreno que había mantenido desde que estuviera en la Radical Gai. Sabiendo que hacía falta sacudir al movimiento LGTBIQ+, hacerle despertar de la amnesia en la que se encontraba ya en ese momento en el que no había asomo de revolución alguna. Lo hacía habiendo militado y habiéndose colocado en un lugar en el que lo marika fue radicalmente central, pero sin supremacía identitaria; por la lucha desde Lavapiés con las putas, los yonkis, los manteros, los pobres y todo aquel que se le cruzara en el camino. No era una cuestión de derechos, sino estar del lado de tu propio vecino con el que compartes la clase, la única forma en la que puedes estar codo a codo con alguien sin que tu identidad sea una problematización teórica. Solo cuando la propia vida está en riesgo es cuando todos los sujetos marginales pueden coordinarse y generar solidaridad y apoyo mutuo. Es la manera en la que ahora podemos ver cómo militan espacios como la PAH, los Sindicatos de Inquilinas, el Sindicato de Manteros, Territorio Doméstico o el Sindicato Otras; cuando lo que está en juego es la reproducción de la vida. Los movimientos sociales han permitido que la autorreferencialidad, el cuidado individualista y la primacía por los sentires propios descarte toda posibilidad de lucha común porque, posiblemente, no haya nada en juego. Tantos años escuchando la palabra privilegio, cuando poder llamar militancia a acudir a un espacio terapéutico y no a parar un desahucio era el verdadero privilegio.</p>
<blockquote><p>Los movimientos sociales deben sacudirse de encima los títulos universitarios, los privilegios de clase, las problemáticas irreales</p></blockquote>
<p>Esa es la urgencia a recuperar. Un lugar de espacio asambleario en el que el tejido que tanto se nombra se haga efectivo, en el que la confrontación con la norma sea real, en el que los derechos no sean un fin. Los movimientos sociales deben sacudirse de encima los títulos universitarios, los privilegios de clase, las problemáticas irreales, el punitivismo y la autocompasión. Los movimientos sociales, así pues, deben entender que, en general, están formados por la clase media, por incómodo que resulte. Cosa que quedó clarísima, por ejemplo, cuando el evidente apoyo a la Ley Trans ignoró por completo a las trabajadoras sexuales, que se estaban intentando criminalizar casi al mismo tiempo, primando por encima de las propias identidades a la solidaridad de clase. Hay otros lugares donde llorar. Lo que se pone en el centro es la necesidad de hacer vivible una vida. Y el movimiento LGTBIQ+, que debería ser transmaribibollero, que debería pasar a lo cuir y acabar incluso con ello y ni siquiera nombrarse, tiene que saber que lo que va en el centro no es en absoluto la identidad ni mucho menos la necesidad de ser visible. Si en algún lugar debe ser asimilado el movimiento LGTBIQ+ y los movimientos sociales identitarios en general es en las militancias donde la reproducción de la vida está puesta en juego. Sería necesaria una disolución por integración. Acabar de una vez,con la sectorialización en las diferentes luchas y construir un movimiento más unitario, evitando la obsesión por cumplimentar con todas las categorías oprimidas una lista que cada vez se hace más eterna y que al final resulta más apariencia que praxis efectiva. El ansia del quién falta no puede seguir condicionando el hacer y decir político, debemos hacer y decir con las que ya estamos aquí.</p>
<p>Gritaba Pedro Lemebel en su <em>Manifiesto (Hablo por mi diferencia)</em>: «Yo no pongo la otra mejilla / Pongo el culo compañero». Poner el culo, y aquí hablo con Preciado, es desidentificarse:</p>
<p>«El ano no tiene sexo, ni género, como la mano, escapa a la retórica de la diferencia sexual. Situado en la parte trasera e inferior del cuerpo, el ano borra también las diferencias personalizadoras y privatizantes del rostro. El ano desafía la lógica de la identificación de lo masculino y lo femenino. No hay partición del mundo en dos. El ano es un órgano post-identitario.»<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup></p>
<blockquote><p>Nos hace falta más culo y menos cara</p></blockquote>
<p>Nos hace falta más culo y menos cara. Ponernos de espaldas y que lo único que se vea sea un agujero negro, peludo, apestoso, que ningún sistema de control tenga la capacidad de saber a quién pertenece y al que ni siquiera se atreva a acercarse. Solo si viniera un estamento institucional le lanzaremos un sonoro pedo para asustarlo y, si fuera necesario, nos cagaremos en él. Mientras, en ese círculo de culos marginales en pompa, nos estaremos viendo las caras en lo oscuro, dándonos lametones, comiendo juntas o hablando y llorando. No hará falta nombre ni pronombre, se habrá agotado toda posibilidad de identificación y lo que quedará en claro es que un grupo humano es únicamente capaz de mantenerse a través del apoyo mutuo. Codo a codo y culo en pompa, sin reconocimiento, sin visibilidad, sin jerarquización por opresiones. Las vidas comunes puestas en el mismo círculo y preparadas para la guerra contra la pacificación social.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">“Supuesto” porque en este tipo de mediciones aleatorias se tiende a obviar tanto el pasado, como la comparativa con otros territorios. En España, la violencia elegetebifóbica está (y estaba en el momento del asesinato de Samuel) en su mínimo absoluto, siendo uno de los países más seguros, en términos de agresiones, del planeta. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">Mujer vinculada al Frente Nacional Ni Una Menos México que, en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, clamaba así por el asesinato feminicida de su hija Marichuy. <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">El manifiesto completo es consultable en las redes sociales del Orgullo Crítico de Madrid. He podido localizar una web en la que se puede leer. Es la siguiente: https://www.feministas.org/orgullo-critico-2023-madrid.html <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">En España, el gobierno de Felipe González regularizó de forma extraordinaria la situación de migrantes sin papeles entre 1985-1986 y en 1991 y 1992; el gobierno de José María Aznar en 1996, 2000, 2001; el gobierno de Jose Luís Rodríguez Zapatero en 2004. Los datos apuntan a que las diferentes regularizaciones se han llevado a cabo en épocas de necesidad de mano de obra barata, por lo que el apoyo a una regularización desde determinados partidos, a derecha e izquierda del marco político, no tiene que ver con la emancipación racial sino con las condiciones económicas del país. <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Chitty, Christopher; <em>Hegemonía sexual. Política, sodomía y capital en el surgimiento del sistema mundial</em>. Traficantes de Sueños, 2023, pp. 190 – 191. <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">A mediados de los años 90, varias asociaciones a lo largo de occidente se dedican a reclamar el matrimonio igualitario en plena pandemia del VIH como forma de mantener la economía de aquellos que fallecían. Si dos hombres podían casarse y uno de ellos moría, la herencia no pasaría a la familia del difunto sino que iría a manos del viudo, exactamente igual que en las parejas heterosexuales. En ningún momento se cuestionaba el modelo familiar ni la necesidad de colocar las herencias en un común que no vivía una situación precisamente buena en lo económico. Ni mucho menos se entendía la herencia como una posibilidad fuera del matrimonio, cosa que es legal a través de un testamento. El matrimonio no es una opción única. <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">Vidarte, Paco; <em>Ética Marica</em>. Egales, 2007, p. 142. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">Preciado, Paul B.; <em>Terror Anal</em>. En: <em>El deseo homosexual</em>. Hocquenghem, Guy. Melusina, 2009, <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
</ol>
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