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	<title>Isidro López, autor en Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>Isidro López, autor en Zona de estrategia</title>
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		<title>Ecologismo sin conflicto. Los límites políticos del Green New Deal</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2026 09:53:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El capitalismo verde no representa una ruptura con la crisis ecológica, sino su reconfiguración como nuevo campo de negocio y de gestión tecnocrática del conflicto. Pero no hay solución dentro de este marco de la gestión ni en la suma de decisiones individuales, sino en la reapertura de un conflicto político real contra las estructuras del capital. </p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/ecologismo-sin-conflicto-los-limites-politicos-del-green-new-deal/">Ecologismo sin conflicto. Los límites políticos del Green New Deal</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Este texto es un fragmento del artículo “<a href="https://zonaestrategia.net/en-nombre-de-la-tierra-y-sus-criaturas-por-una-nueva-politica-ecologica/">En nombre de la Tierra y sus criaturas: por una nueva ecología política</a>” contenido en Cuadernos de Estrategia nº4, <a href="https://zonaestrategia.net/cuaderno4-critica-movimientos-sociales/"><em>Crítica de los movimientos sociales</em></a>.</p>
<p>Lo publicamos como parte de un debate más amplio sobre capitalismo verde que iniciamos con <em><a href="https://zonaestrategia.net/un-progresismo-verde-cada-vez-mas-obsceno/">Un progresismo verde cada vez más obsceno</a></em> de Martín Lallana.</p>
<hr />
<p>El capital se ha apropiado del discurso ecologista para relanzar una acumulación de capital dañada por cuatro décadas de persistente exceso de capacidad, rentabilidad menguante y una crisis ecológica galopante. Los parámetros de la operación son tan descabellados como el propio capitalismo pospandémico en el que vivimos: el mismo modo de producción que ha destrozado el planeta en menos de doscientos años sería el modelo indicado para resolver esta misma crisis.</p>
<p>Para la cobertura teórica de esta operación la nueva expertocracia verde moviliza los rescoldos ideológicos, más o menos calientes, de dos escuelas económicas de éxito en el siglo XX, el schumpeterianismo y el keynesianismo, que hoy aparecen revueltas y combinadas entre sí en diversas proporciones en el discurso de los defensores del Green New Deal (GND). Mientras el alma schumpeteriana del GND sostiene que solo la capacidad de innovación y emprendimiento del capitalismo puede producir las tecnologías necesarias para superar la crisis ecológica, el alma keynesiana del Green New Deal sostiene que debe ser el Estado quien relance el proceso desde los parámetros del multiplicador keynesiano. Una corriente de inversión estatal sostenida en las nuevas industrias verdes desatascará las resistencias del tejido productivo a la transformación y generará un ciclo virtuoso de la economía privada en el que crecimiento, productividad y descarbonización se unirán en un único, y bello, proceso.</p>
<blockquote><p>Descarbonizar sería ahora el propósito de los capitalistas «buenos» a los que hay que premiar con grandes cantidades de inversión pública</p></blockquote>
<p>Este híbrido, un tanto monstruoso, de schumpeterianismo con el Estado en el lugar del «emprendedor», y de keynesianismo pero sin multiplicador de la inversión,<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup> solo puede existir con una perversa, pero intensa, tonalidad verde. Tras la muerte en cadena del «progreso», el «mercado» y la «socialdemocracia», y con el «crecimiento» como ideal renqueante, las élites capitalistas, con sus enormes conglomerados de instituciones de rango medio y de medios de comunicación a su servicio, necesitan vender algún «propósito» al mundo que no sea la elevación de sus tasas de beneficio o de retorno sobre la inversión. En este sentido, «descarbonizar» sería ahora el propósito de los capitalistas «buenos» a los que hay que premiar con grandes cantidades de inversión pública, dado que sus sectores de producción verde son incapaces de competir en el mercado contra la producción verde china.</p>
<p>Una vez se asume el punto de vista que podríamos llamar «del ingeniero jefe», el conflicto entre capital y «trama de la vida» no sería más que un asunto de «mala gestión» al que hay que contraponer la «buena gestión» ecológica que defienden los organismos internacionales y la Unión Europea. Y para producir esta «buena gestión» se presenta ante el mundo una nueva expertocracia verde formada fundamentalmente por ingenieros, arquitectos, urbanistas, economistas, ambientólogos y, no pocos, sociólogos y politólogos reciclados, que aspiran a validar los nuevos procesos productivos, con las energías renovables, el vehículo eléctrico y la fiscalidad ambiental como banderas bajo la coartada, cada vez más dañada por la evidencia empírica, de que ese es el camino para revertir y superar la crisis climática.</p>
<blockquote><p>El creciente desarrollo y financiación de tecnologías verdes no ha supuesto una mejora de los niveles de emisiones</p></blockquote>
<p>Algo ha fallado en este planteamiento. La delegación en un capitalismo «bueno» para corregir sus propios efectos destructivos ha generado más capitalismo y más efectos destructivos. Poca sorpresa, el capitalismo ha hecho con la crisis climática lo único que sabe hacer: negocio. Y como tal, la rentabilidad de la operación Green New Deal se ha situado allí donde aún existe un capitalismo rentable: en Asia y, más concretamente, en China.<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup> Es decir, al menos en Europa y Estados Unidos, no va a generar ventajas competitivas, ni va a reanimar el crecimiento, mucho menos la productividad del trabajo, en horas bajas desde hace dos décadas. El «capitalismo verde», en su reciclaje en forma Green New Deal,<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup> ha demostrado ser perfectamente inútil para corregir el curso de la crisis climática. La dura evidencia señala que el creciente desarrollo y financiación de tecnologías verdes no ha supuesto una mejora de los niveles de emisiones, mucho menos de los niveles de concentración de CO2. En el caso concreto de la llamada «transición energética», los niveles de consumo de petróleo no han dejado de crecer desde 2020 y, además, se les ha sumado el crecimiento desorbitado del gran beneficiario de esta transición: el gas natural.</p>
<p>Todo esto coexiste con niveles récord de producción de energía mediante renovables, tanto solar como eólica, en Europa, Estados Unidos y Asia. Estos datos ponen encima de la mesa algo que se podía prever fácilmente desde un punto de vista teórico: la utilización creciente de energías renovables es el añadido que permite la reproducción ampliada del capital y no una sustitución de la producción y el consumo de energías fósiles y, per se, no produce transformación alguna en el modo de producción. Es decir, sin transformaciones en la estructura de poder global, poco cambia. Hacer hoy, como en 1973, de la extensión de las renovables una causa política del ecologismo es tan revolucionario o tan reformista, elíjase la categoría política del siglo XX que se prefiera, como estar a favor del desarrollo de la inteligencia artificial o de las criptomonedas. En el mejor de los casos, abanderar la causa de las renovables hoy es estar a favor del cambio tecnológico en general y, en el peor, una pérdida de tiempo que podría ser mejor empleado en la exploración de otras vías políticas para el ecologismo.</p>
<p>En este atolladero, el ecologismo político como fuerza autónoma capaz de generar conflicto político ha desaparecido de la escena global, aunque, como decíamos más arriba, siga vivo en algunas luchas locales, bien asentadas territorialmente. Sin embargo, es ahora cuando más necesitamos un ecologismo político anticapitalista que sirva de discurso de escala global para dar cobertura a las experiencias de transformación locales. Para que eso suceda, es necesaria la construcción de una crítica sistemática de lo que han sido los errores del ecologismo hasta hoy; esta construcción ya está de hecho en marcha y es a la que este artículo pretende contribuir. Pero de poco servirá esta crítica sin una práctica política encuadrada en las experiencias políticas locales realmente existentes que sea consciente de su carácter imbricado en procesos de orden global. Sin que surjan movimientos y luchas dispuestos a superarlos de poco sirve señalar los múltiples cuellos de botella que hoy impiden el avance hacia una nueva ecología política medianamente capaz de declinar lo global en lo local y de cuestionar y enriquecer el discurso global mediante la experiencia local.</p>
<h3>De éxito táctico en éxito táctico hasta el fracaso estratégico</h3>
<p>Cuando se produjo la emergencia del cambio climático, entonces conocido como calentamiento global, en la segunda mitad de los años ochenta, el movimiento ecologista ya llevaba más de una década desarrollando la crítica de la crisis energética y apuntando a las energías renovables, entonces llamadas alternativas, como forma de ir más allá de la dependencia del petróleo y el gas natural. La irrupción desde principios de los años noventa del cambio climático como fenómeno unificador de todas las variantes de la crisis ecológica, simplemente incorporó los elementos de la crisis energética ya existentes al recetario del nuevo fenómeno del cambio climático. La reclamación de más energías renovables pasó a ser la conclusión inevitable de toda campaña de concienciación del cambio climático como fenómeno. Hoy en día ese vínculo se ha hecho sentido común hasta el punto de que cualquier análisis o comentario «experto» acerca de cualquier fenómeno meteorológico extremo termina con una reivindicación de las energías renovables.</p>
<p>Desde el punto de vista de una política ecologista antagonista, reivindicar hoy en día el desarrollo de las energías renovables no tiene más sentido que alimentar cualquier cambio tecnológico producido por el capitalismo en general. De alguna manera, el objetivo táctico inicial se ha cumplido con creces, las energías renovables han sido plenamente adoptadas por el capital como fórmula de reducción de costes energéticos, pero el objetivo estratégico final, a saber, detener la marcha del cambio climático, ha fracasado. Algo parecido sucede con la «concienciación» como elemento táctico de las campañas ecologistas. La táctica principal, aunque no la única, de todos los ecologismos, de orientación institucional o no, ha sido la «concienciación» de la opinión pública, gobiernos y opinadores profesionales. En ese sentido, estamos en un momento histórico máximo de «concienciación», de hecho, la clase capitalista global hoy habla el lenguaje de la «concienciación». Sin embargo, lejos de resolverse, la crisis ecológica no deja de agravarse.</p>
<blockquote><p>La impotencia actual del ecologismo como movimiento proviene de los efectos de un largo proceso de absorción y cooptación de su rama lobista</p></blockquote>
<p>Este fracaso y la impotencia actual del ecologismo como movimiento, lejos de ser un problema de falta de «voluntad», o «de compromiso insuficiente», proviene de los efectos de un largo proceso de absorción y cooptación de su rama lobista y de lo que fueron sus extensiones en los parlamentos y las elecciones: los partidos verdes. Esta cooptación se ha venido produciendo en primer lugar por parte de todo tipo de instituciones tanto nacionales como transnacionales, bajo una primera forma de lobbies expertos incorporados a los organismos de gobierno y, después, directamente incrustada en la nueva ideología «verde» de los gestores estatales.</p>
<p>En la última década, y muy especialmente, desde la pandemia del covid-19, los efectos incrementados de la crisis climática se han instalado con fuerza en el imaginario social. Hoy prácticamente nadie, en lugar alguno del mundo, desconoce los elementos que componen la narración acerca de los efectos del cambio climático: subida de las temperaturas, subida del nivel del mar, olas de calor, incendios forestales o inundaciones repentinas debidas a precipitaciones torrenciales son ya fenómenos que necesariamente obligan a afirmar o negar la existencia del cambio climático en tanto objeto político ya que como fenómeno biofísico no es realmente refutable.</p>
<p>En el caso de Europa, apenas hay discusión, según el último Eurobarómetro de 2025, un 85 % de los encuestados decía considerar el Cambio Climático como un «problema serio». En Estados Unidos, las actitudes ante el cambio climático están plenamente sujetas a la guerra cultural que enfrenta en casi todos los frentes al trumpismo MAGA contra lo «woke»: los números de aquellos que consideran que se está haciendo demasiado poco contra el cambio climático bajan hasta el 56 %, y un tercio de los encuestados niega que el cambio climático tenga origen «humano».</p>
<blockquote><p>El cambio climático se convierte en un ítem divisivo más, de los muchos que delimitan la frontera entre «ellos» y «nosotros»</p></blockquote>
<p>Sin embargo, es un error político grave pensar que este tercio «negacionista» de la población norteamericana necesita más concienciación y conocimiento acerca de los efectos del cambio climático. En el terreno de la «guerra cultural» realmente lo único que importa es que, negando las consecuencias sociales y económicas del cambio climático, se proporciona un golpe al «wokismo» y sus «élites» expertas y que, a la inversa, afirmándolo se quita el suelo político compuesto de combustibles fósiles a la base MAGA de Donald Trump. Pecar de inocencia y pensar que difundir la «verdad científica» va a generar una mayor masa crítica a favor del Green New Deal, en una época de guerra cultural generalizada, se paga con una acomodación del discurso ecologista al empate global permanente entre «fachas» y «progres», «MAGAs» y «wokes». El cambio climático se convierte en un ítem divisivo más, de los muchos que delimitan la frontera entre «ellos» y «nosotros», reproducido y ampliado por los algoritmos en las redes; aquí el discurso de «concienciación» se queda estancado y autocomplaciente, denunciando el «creciente negacionismo» en un entorno político y comunicativo más caracterizado por una competición creciente en cinismo que por la ignorancia de los resultados de la ciencia basada en datos.</p>
<h3>Atrapados entre la expertocracia y la «responsabilidad individual»</h3>
<p><a href="https://www.greeneuropeanjournal.eu/the-green-new-deal-a-bitter-victory-or-a-sweet-defeat/">La nueva expertocracia verde</a> habla desde distintas posiciones dentro del aparato de Estado, ya sean desde posiciones funcionariales propiamente dichas, desde la universidad o en la creciente galaxia de distintas consultoras y certificadoras externalizadas compuesta por pequeñas empresas y ONG, siempre a la espera de la obtención, directa o indirecta, de contratos públicos. En muchos casos, el reclutamiento de esta nueva capa de jóvenes profesionales verdes se produce en las filas de los movimientos ecologistas que, a su vez, tienden a convertirse en la incubadora de estas nuevas clases profesionales verdes. El efecto de este proceso es demoledor para la construcción de un nuevo discurso de la ecología política que proceda de la práctica real del conflicto. Y, sin embargo, favorece los debates inútiles y narcisistas entre expertos, académicos y opinadores acerca del futuro del mundo y del cambio climático.</p>
<blockquote><p>El discurso ecologista, desde los años sesenta ha utilizado alguna forma de responsabilidad «humana» para señalar las causas y remedios de la crisis</p></blockquote>
<p>De manera complementaria, y solo en ocasiones opuesta, la alternativa al modelo de la demanda tecnocrática al Estado parece ser un activismo que podríamos llamar de estilo de vida, que apenas funciona más que como agregador de decisiones morales y de consumo, siempre individuales. Básicamente, el discurso ecologista, desde los años sesenta, con contadas excepciones, ha utilizado alguna forma de responsabilidad «humana» para señalar las causas y remedios de la crisis. Esto es visible en el uso de una forma gramatical propia, la «primera persona del plural ecologista»: «Nuestro consumo de materiales», «nuestra huella ecológica», «nuestro modo de vida insostenible». Estas metáforas, bajo su aparente universalismo, ocultan un velo de ignorancia interesada que beneficia al capital y reproduce el orden de desigualdad y explotación.</p>
<p>Las continuas llamadas a la contención y a la responsabilidad moral frente a la crisis climática, profundizan la impotencia política y santifican las salidas personales. Quienes sostienen que todos somos responsables, o promueven gestos cívicos individuales (reciclaje, reducir el consumo de carne, comprar coches eléctricos), no solo están equivocados, sino que obstaculizan la única transformación a la altura del problema: ganar la batalla política, derrocar a las élites realmente existentes para salir del capitalismo hacia otros modelos económicos y ecológicos. En otras palabras, no hay soluciones personales a la crisis.</p>
<p>La política ecologista realmente existente nunca ha realizado una crítica materialista de sus propios principios. En lugar de autoevaluarse, ha insistido en la «concienciación» y la lucha contra el «negacionismo». Hoy incluso movimientos juveniles como Extinction Rebellion<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup>, Letzte Generation o Just Stop Oil, que sin duda aportan energía y compromiso, se apuntan sin problemas al discurso inoperante y autocomplaciente del ecologismo realmente existente.</p>
<p>Como ejemplo, el manifiesto de XR This is an Emergency de 2020 cae en casi todos los tópicos señalados en este artículo acerca del «sobreconsumo», la «concienciación», la «inacción de los Estados», el «compromiso moral». Estos ítems ideológicos, o la confianza en que los responsables políticos y los Estados pueden hacer lo «correcto» si se hace el suficiente lobismo, son lastres considerables que sabotean la energía juvenil y el deseo genuino de transformación de estos nuevos movimientos. Quizá aquí la conclusión no sea tanto que XR es un colectivo neomaltusiano cuanto que, en ausencia de un discurso analítico propio, el maltusianismo es el lenguaje por defecto de los colectivos ecologistas.</p>
<h3>Ningún desastre es «natural»: lucha ecológica y lucha de clase</h3>
<p>La crisis ecológica, y por extensión, la crisis climática, son el resultado del despliegue histórico y territorial de las relaciones capitalistas de producción. Esto significa que la crisis ecológica no está causada por el Hombre sino por el Capital. La crisis no es culpa de la «especie humana», de hecho, si algo caracteriza a esta peculiar especie es que siempre hay que aclarar si nos referimos a la «especie humana que manda» o la «especie humana que es mandada» porque los intereses de los «humanos que mandan» no son los mismos que los de los «humanos que no mandan», de hecho son antagónicos. Y para complicar aún más las cosas, entre los humanos el poder es relacional y posicional, es decir, se constituye a través de jerarquías atravesadas por la riqueza, el dinero, la raza, el género, la nacionalidad, el capital cultural o la inserción en el aparato de Estado. Cuando se afirma, de una u otra forma, que la especie humana es responsable de la crisis ecológica se borran de un plumazo todas estas distinciones, y, por lo tanto, simplemente, se legitima el statu quo.</p>
<blockquote><p>El ecologismo dominante oscurece el origen capitalista de la crisis</p></blockquote>
<p>Las consecuencias políticas de esta declaración, aparentemente teórica, son profundas. Los fundamentos históricos y políticos del ecologismo dominante oscurecen el origen capitalista de la crisis, reemplazándolo por una ideología de gestión planetaria y responsabilidad personal. Estas ideologías, al reproducir las estructuras de poder existentes, profundizan la crisis en lugar de resolverla. Frente a las visiones que idealizan una «naturaleza» prístina que, dañada por el «Hombre», estaría llevando a cabo su venganza, hay que repetir que la crisis es producto de las relaciones históricas de explotación que suceden en una espacialidad y territorialidad determinada por este mismo proceso de expansión capitalista.</p>
<p>Esta fase de la crisis ecológica es la crisis terminal del capitalismo. No es una parte, ni siquiera una intersección entre «ecología» y «economía», es, literalmente, la misma crisis. Cada ciclo de acumulación capitalista genera un «arreglo ecológico» a su medida, que luego deviene un obstáculo para el siguiente ciclo. Así, el capitalismo no solo explota personas, sino también ecosistemas. Desde el siglo XVI, la expansión capitalista ha dependido de fronteras mercantiles: territorios de donde se extraen lo que Jason Moore denomina los «Cuatro Baratos» (trabajo, energía, alimentos y materias primas). Pero hoy, esas fronteras se agotan. No hay nuevas «Naturalezas Baratas» que puedan salvar al capitalismo de su crisis de sobreacumulación. En ese sentido, decimos que la crisis del capitalismo es terminal, pero lo que venga después depende en gran parte de lo que políticamente se haga ahora. No podemos ofrecer ninguna receta fácil para detener una crisis climática y ecológica simplemente irresolubles en los términos de la discusión política actual, pero, al menos, sí se pueden abandonar lo que ya son los lugares comunes del poder capitalista, tales como que las energías renovables o los vehículos eléctricos son causas que el ecologismo debe hacer suyas si quiere salvar el planeta. Tampoco ningún tipo de solución «ética» decrecentista puede servir más que para la autocomplacencia de la salvación personal.</p>
<blockquote><p>La crisis no es del «Antropoceno», es la crisis del capital</p></blockquote>
<p>Que el ecologismo político esté sirviendo para lo contrario de lo que predica —agravando la crisis en lugar de resolverla— se debe, en parte, a la ceguera política de muchos científicos involucrados en el tema. Siguiendo una distinción clásica de la epistemología marxista, la diferencia entre la práctica científica real (basada en métodos rigurosos) y la ideología de la ciencia (los discursos que reproducen los científicos al «tomar partido»), cuando estos hablan de la crisis en términos de «humanidad» versus «naturaleza», están haciendo ideología, justificando indirectamente el orden capitalista. Como sostienen tanto Moore como Malm, un ejemplo claro es el término «Antropoceno». Surgido de estudios geológicos sobre marcas estratigráficas de origen humano, este concepto se ha popularizado como una narrativa que atribuye la crisis a la «humanidad» en abstracto. Pero «humanidad» no es un sujeto político real: no existe una instancia llamada «humanidad» que tome decisiones colectivas. En cambio, sí existen clases sociales, Estados y grandes empresas que impulsan la acumulación de capital. Por eso, la crisis no es del «Antropoceno», es la crisis del capital, y no está causada por el «Hombre», sino por el capital y sus jerarquías de poder.</p>
<p>Ir más allá del capitalismo, con su dominación de clase, generizada y racializada, es la única manera de superar la crisis ecológica. Esto requiere abandonar la ilusión de que el Estado o las elecciones individuales de consumo pueden resolver el problema. Propuestas como el Green New Deal o el Decrecimiento, aunque parezcan opuestas, comparten un error: ambas confían en mecanismos capitalistas (regulación estatal o consumo «responsable») en lugar de desafiar, aunque sea en primer lugar en sus discursos, proclamas y exigencias, el poder del capital directamente.</p>
<p>Los efectos de la crisis climática no pueden atribuirse solo a los «negacionistas» o a la «inacción de los Estados» sino también a quienes han legitimado instituciones como las cumbres climáticas y los mercados de carbono, creyendo, de la manera más naïf posible, que los Estados capitalistas son entidades neutras sujetas a un juego de fuerzas en el que se puede ganar. Y en este juego, los «científicos» con sus datos y su método tendrían sus cartas que jugar para persuadir a los Estados para que hagan lo correcto y no se dejen influenciar por los intereses de las grandes empresas. Todo este discurso es hoy perfectamente inútil, los Estados capitalistas ya han escuchado a sus concienciadores ecologistas y han fabricado las distintas versiones del capitalismo verde como consecuencia de haber «escuchado» a los científicos. Pedir más Green New Deal puede servir a las luchas internas por el aparato de Estado de las nuevas élites profesionales pero desde luego empuja en la dirección contraria de una vía política medianamente transformadora.</p>
<blockquote><p>La lucha ecológica y la lucha de clase son la misma batalla contra un mismo poder que explota y domina tanto a la Tierra como a sus criaturas</p></blockquote>
<p>Esto no significa una aceptación pasiva del colapso sino la marca de una encrucijada histórica: el paso de un mundo organizado y explotado enteramente conforme a la ley del valor, a otro orden centrado en la emancipación de las clases oprimidas y los ecosistemas en los que esas clases viven, depende de la capacidad de los movimientos para organizar la subversión. La lucha ecológica y la lucha de clase son la misma batalla contra un mismo poder que explota y domina tanto a la Tierra como a sus criaturas, entre las que se encuentran, de modo peculiar en el mundo físico, las clases dominantes y dominadas. Podemos pensar con razón que ese mundo no se ve aún por ningún sitio pero quizá, si rescatamos la ecología política del olvido actual y comenzamos a analizar nuestro mundo conforme a las tres ecologías que defendía Félix Guattari —ambiental, social y mental—, podremos entrever caminos que hoy parecen imposibles para la práctica política. La experiencia histórica muestra que cuanto más cerrados al cambio parecen los sistemas de dominio más daño les puede hacer una simple fractura política si está bien dirigida.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">El multiplicador es una parte fundamental de la doctrina keynesiana y define cómo un aumento inicial del gasto público genera un efecto expansivo en la economía privada al convertirse en un ingreso para otros que, a su vez, aumentan su capacidad de consumo. En la situación actual y de forma específicamente referida al capitalismo verde, los multiplicadores de la inversión pública son muy bajos en comparación con los de la era de oro fordista que terminó en 1973. Los nuevos centros de la producción capitalista, China y la India tienen multiplicadores mucho más bajos de los que tenían la Europa del Plan Marshall o Estados Unidos en el New Deal. <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">El Informe Draghi, esa poco habitual muestra de honestidad en el reconocimiento de los muchos lastres económicos que arrastra la UE, reconoce claramente el dominio chino de las nuevas industrias verdes y abandona la quimera de un ciclo verde de crecimiento y productividad, que solo dos años antes había sido anunciado con trompetas y fanfarria con base en los fondos <em>Next Generation, </em>quizá una de las apuestas políticas de fondo que más rápido han quedado obsoletas en la historia reciente. Véase Isidro López, «<a href="https://www.google.com/url?sa=t&amp;source=web&amp;rct=j&amp;opi=89978449&amp;url=https://zonaestrategia.net/el-coche-del-pueblo-el-informe-draghi-y-la-implosion-de-alemania/&amp;ved=2ahUKEwiO4pjhyO-TAxUXRaQEHVERI2wQFnoECBkQAQ&amp;usg=AOvVaw2CkUSgfZwU2nniP1dwUUL6">El coche del pueblo, el Informe Draghi y la implosión de Alemania</a>«<em>, Zona de Estrategia, 2024.</em> <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">Antes del Green New Deal, muy parecidos planteamientos, si no los mismos, se publicitaron bajo la etiqueta <em>Empleo Verde siguiendo el nombre de un informe pionero de la OIT. Véase ILO, Green Jobs: Towards Decent Work in a Sustainable, Low-Carbon World, 2008; disponible online.</em> <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn5">A. Lowe, «Tell the Truth», <em>XR fundamentals</em>, 11 de diciembre de 2020; disponible online en <a href="https://rebellion.global/blog/2020/12/11/tell-the-truth/">https://rebellion.global/blog/2020/12/11/tell-the-truth/</a> <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
</ol>
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			</item>
		<item>
		<title>Otro fin del mundo es posible: seis tesis sobre el nuevo caos mundial</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/otro-fin-del-mundo-es-posible-seis-tesis-sobre-el-nuevo-caos-mundial/</link>
					<comments>https://zonaestrategia.net/otro-fin-del-mundo-es-posible-seis-tesis-sobre-el-nuevo-caos-mundial/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Feb 2026 12:08:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://zonaestrategia.net/?p=4748</guid>

					<description><![CDATA[<p>Cualquier transformación significativa que se produzca en el contexto de reordenación capitalista del mundo en el que nos encontramos necesita del caos. En este escenario, el pánico de la izquierda es solo reflejo de su acomodación al orden de explotación y dominación contra el que decía luchar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Ya es oficial, el orden mundial que nació en 1945 como resultado de la victoria del ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial ha muerto. Aunque en realidad llevaba ya muerto algún tiempo, la cumbre de Davos de enero de 2026 ha podido ser su funeral público. Estados Unidos ha gobernado toda la secuencia que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis financiera de 2008, pasando por la Guerra Fría, la crisis energética y monetaria de los años setenta y la globalización neoliberal. El término «transición sistémica» ha dejado de pertenecer al reino de las ciencias sociales y la historiografía crítica. Hoy cualquier jefe de Estado lo utiliza.</p>
<blockquote><p>Dentro del caos, la única certeza que tenemos es el propio caos</p></blockquote>
<p>Dentro del caos, la única certeza que tenemos es el propio caos. Si se juzga por el discurso reciente de líderes y élites globales, el mundo postamericano parece ir hacia un desorden cada vez mayor. Pero una cosa es reconocer el fin de la hegemonía norteamericana y otra diferente es superar las dificultades que esto plantea. Los restos aún calientes de la globalización y del neoliberalismo ocupan todavía suficiente espacio político como para tapar cualquier posible alternativa.</p>
<p>La dinámica de sucesión de los sistemas-mundo tiene la peculiaridad de que el paso de una fase hegemónica a otra, por ejemplo, el paso del Imperio británico al Imperio estadounidense, no responde a un corte limpio en el que un modelo sustituye a otro. Más bien, en el cambio de fase, en las transiciones sistémicas, se abandonan algunas instituciones y se mantienen muchas otras con significados y funciones cambiadas. Siguiendo con el ejemplo anterior, Estados Unidos no rompió totalmente con el patrón-oro, forma británica de gobierno monetario del mundo, hasta 1971, aunque en los acuerdos de Bretton Woods, EEUU lo redefinió hasta hacerlo funcional a sus intereses.</p>
<p>La crisis de rentabilidad del capital se despliega cada vez más como crisis ecológica global irreversible. Ni el capitalismo verde —ya controlado por China—, ni la burbuja de la IA —repetición ampliada del volcado de liquidez excesiva sobre sectores tecnológicos que produjo la crisis de 2001— tienen capacidad de recomponer la productividad del trabajo, ni el beneficio industrial a los niveles que requeriría la reconstrucción de un orden capitalista medianamente estable. Las economías occidentales se mueven hacia una fase patrimonialista, completamente financiarizada, en la que la «civilización industrial» se ha devorado a sí misma.</p>
<p>Si los sistemas-mundo capitalistas gobernados por los europeos a ambos lados del Atlántico han definido el ecosistema político y económico y sus límites, desde el siglo XV, podemos decir que ya no encontramos «más allá» del fin del mundo, de ese mundo. Esta es la buena noticia: no hay que temer al fin del mundo porque ya estamos en él. La mala noticia es que, en la previsible ausencia de revoluciones o de guerras mundiales, lo que queda es una larga gestión de los restos de la inmensa cantidad de instituciones, sistemas, modelos y jerarquías creadas para propulsar la acumulación ampliada de capital a escala global.</p>
<p>Las seis tesis que siguen, lejos de definir un nuevo orden emergente, del que hoy apenas vemos unos cuantos fogonazos, se pueden leer como un repaso al pasado más inmediato, teniendo en cuenta que uno de los efectos recientes es la altísima generación de ruido político en los medios de comunicación.</p>
<h3>1. America First</h3>
<p>En este caso, el feroz nacionalismo MAGA se declina de la siguiente manera. Los múltiples agravios del mundo a Estados Unidos se pueden resumir en dos grandes grupos: los agravios externos y los internos, que coinciden aproximadamente con la línea que separa la política exterior de la interna, con la salvedad importante de que todos los problemas políticos de los norteamericanos, sucedan o no en territorio estadounidense, son culpa de los extranjeros. Esta es la gran apuesta de la derecha norteamericana: instalar una interpretación de los malestares contemporáneos como culpa de los «extranjeros».</p>
<p>En la esfera de la política exterior de Estados Unidos, el relato MAGA dice, contra toda evidencia, que el déficit comercial del país es consecuencia de los abusos a la generosidad estadounidense que han practicado sus tutelados.<em> </em>El arancel es la forma preferida por el trumpismo para intervenir en el mundo. Solo cuando el arancel se considera ineficaz, como en el caso de Venezuela o de Irán, se orquesta un ataque espectacular y breve para conseguir los fines comerciales y políticos deseados. El manejo del arancel como amenaza/farol en el segundo Trump es ya general y está desvinculado de objetivos de competencia en el mercado global.</p>
<blockquote><p>Trump sería la continuación del dominio estadounidense del mundo en forma de narración espectacularizada</p></blockquote>
<p>El primer Trump todavía intentaba escenificar una batalla entre las fuerzas productivas de Estados Unidos y las de China bajo la forma de guerra comercial. El segundo, directamente utiliza la guerra comercial con fines visiblemente políticos con el propósito de reconfigurar el mundo como un sistema de accesos diferenciados, permanentemente revisable, al mercado estadounidense. El ya famoso ciclo de la guerra comercial del segundo Trump —aranceles desorbitados / ruido generalizado / negociación / pacto— se ha convertido en un modus operandi relativamente previsible. Trump se mueve muy bien en el tipo de enfrentamiento geopolítico entre gallos de corral. Si la historia tiende a repetirse como farsa, Trump sería la continuación del dominio estadounidense del mundo en forma de narración espectacularizada.</p>
<h3>2. La Primera Guerra Cultural Mundial</h3>
<p>Desde el punto de vista anterior, una de las novedades del segundo Trump es que ha extendido el rango tradicional de las guerras culturales a la política exterior. El incidente, aparentemente bizarro, por la soberanía de Groenlandia es en realidad la manera de romper los antiguos vínculos entre Estados Unidos y la Europa atlántica sin que el nivel del conflicto impida a Europa seguir comprando armas y gas natural licuado a Estados Unidos. Estados Unidos habría podido sacar lo que quisiera de Dinamarca sin montar el más mínimo escándalo. Si Trump se ha regodeado en la escenificación pública del <em>affaire</em> «Groenlandia» es porque quiere posicionar a Europa como la antítesis de Estados Unidos en el discurso y, por supuesto, como una entidad política aún más decadente que la suya propia. Esto es algo sacado directamente del repertorio de construcción de ideología de la llamada guerra cultural.</p>
<blockquote><p>Las guerras culturales de hoy se han desbordado y constituyen la dinámica ideológica central de la vida política de los países occidentales</p></blockquote>
<p>Las guerras culturales nacieron desde los márgenes del Partido Republicano como una forma de escaramuza contra lo que se consideraba el consenso «progre» en materias consideradas convencionalmente alejadas de la materialidad económica. Con el paso de lo que eran los márgenes al centro, gracias a las redes sociales y a toda una galaxia de blogueros de la derecha nacionalista, las guerras culturales de hoy se han desbordado y constituyen la dinámica ideológica central de la vida política de los países occidentales en decadencia. Lejos queda la agitación de la derecha religiosa norteamericana contra el aborto, la homosexualidad o la legalización de las drogas para revertir los cambios culturales que generó la contracultura de los años sesenta.</p>
<p>El enunciado central de las guerras culturales es claro: «me adhiero a toda causa o enunciado que moleste al de «enfrente», siendo el de «enfrente» una mezcla de rasgos culturales estereotipados perfectamente diseñados para poder servir de rejilla de lectura con la que calificar la realidad relacional inmediata (familia, trabajo, etc.). En realidad, las guerras culturales son autoreferenciales. Frente al peso que tenía la orientación de las políticas públicas en los antiguos partidos políticos, la guerra cultural promete la continuidad de su propio discurso.</p>
<p>Un error clásico, y que se repite constantemente, es pensar que las guerras culturales se ganan con los datos y con algo llamado «la verdad». Esa es precisamente la ventaja de la derecha en este marco: no se siente ni mínimamente obligada a encontrar un terreno de consenso con el adversario electoral y, por lo tanto, le importa poco que se denuncie la falsedad del discurso, porque lo que importa es que el rival no tiene la legitimidad de decir lo que es o no verdad.</p>
<p>Pero además, en una época en la que las redes sociales han llevado la microsubjetivación y los nichos culturales a su máxima expresión, la guerra cultural se ha convertido en un choque constante de narraciones que producen y reproducen los estereotipos necesarios para caracterizar la identidad rival, la cual presuntamente formaría parte del bloque electoral contrario. Esta versión fuertemente recargada de la guerra cultural se ha exportado a prácticamente todo el mundo y se ha convertido en la forma mayoritaria en que se compran y se venden los apoyos electorales a uno u otro partido.</p>
<blockquote><p>Trump se lee mucho mejor si se entiende que estamos ante un personaje, en gran medida de ficción</p></blockquote>
<p>Y si algún personaje representa todo lo que odia la izquierda y, por lo tanto, es idóneo para ocupar el puesto de guerrero cultural en jefe, ese es Donald Trump. Por eso, Trump ha sido el rostro de la contraofensiva de la derecha estadounidense posterior al <em>Tea Party</em>. Curtido como actor de comedia, productor de <em>reality shows</em> y promotor de combates de lucha libre, Trump sabe convertir la guerra cultural en un espectáculo de masas. De hecho, Trump se lee mucho mejor si se entiende que estamos ante un personaje, en gran medida de ficción, que parece haber saltado de una serie de Netflix a la Casa Blanca, fuertemente guionizado por legiones de asesores de todo el espectro de la derecha nacionalista americana.</p>
<h3>3. Una Europa desorientada y decadente pero aún rica</h3>
<p>Para sorpresa del mundo occidental ha sido la derecha estadounidense, el Partido Republicano para ser más exactos, quien ha retirado a Estados Unidos del rol de líder del «mundo libre». El caos y la desorientación consiguientes alcanzan sus cotas más altas en el orden político europeo, el protectorado estadounidense más notorio y estable desde el final de la Segunda Guerra Mundial.</p>
<p>La hegemonía americana a través de sus diferentes fases necesitó del desarrollo de gigantescas instituciones multilaterales como la ONU o la OTAN. Sobre este entramado multinacional, Estados Unidos pudo desplegar las herramientas del consenso y la coerción necesarias para la estabilidad del gobierno liberal del mundo. Desde los primeros años ochenta, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional o OMC fueron las instituciones <em>ad hoc</em> que Estados Unidos generó para el gobierno neoliberal del mundo por medios financieros. Pues bien, como ha sucedido en otros cambios de ciclo capitalista, el mantenimiento de las instituciones que propulsaban a la superpotencia y de las que sus socios se beneficiaban se ha convertido en un lastre para Estados Unidos.</p>
<blockquote><p>En una economía sin crecimiento, la riqueza hoy solo puede ser adquirida a costa de alguien</p></blockquote>
<p>Por tanto, el fin último de la política de Trump es romper los mismos entramados institucionales que la hegemonía norteamericana ha necesitado para dominar el mundo. La magia de la narrativa trumpista ha logrado darle la vuelta a la tortilla y plantear que eran los aliados quienes querían el poder imperial de Estados Unidos. Lejos de haber reordenado el espacio global a su conveniencia, es el mundo y, muy en concreto, Europa quien se ha «aprovechado» de la generosidad de EEUU y no ha devuelto nada a cambio. Como dijo brillantemente el primer ministro canadiense Mark Carney «si no estamos en la mesa, estaremos en el menú». Lo que de hecho plantea Estados Unidos es que, en una economía sin crecimiento, la riqueza hoy solo puede ser adquirida a costa de alguien.</p>
<p>Un primer episodio, con la desacreditación de Zelensky y la rehabilitación de Putin como interlocutor, y un segundo episodio con Groenlandia en el centro han destrozado el proyecto de las élites europeas de reconstruir su tambaleante legitimidad en la guerra de Rusia contra Ucrania como teatro central. Esta era ya una estrategia a la desesperada después del rotundo fracaso europeo en la competencia con China por el capitalismo verde. La desaparición del apoyo norteamericano ha tenido la consecuencia no deseada de que las diferencias de intereses entre los países maduros del centro y el sur se cierren. Una Alemania en crisis por la mengua de sus mercados en Asia y Estados Unidos, ahora valora el espacio de consumo europeo cosa que no hizo durante la crisis del euro. Esto implica relajación en las medidas de austeridad y, de momento, estabilidad económica en el interior de la UE para países como España, Italia, Portugal o Grecia.</p>
<h3>4. China ha ganado</h3>
<p>El ascenso de China como primera economía del mundo destronando a Estados Unidos es la principal causa de la crisis de la hegemonía estadounidense; la larga crisis de sobreacumulación sería la causa de ciclo largo. China no solo ha ganado la competición por medios productivos y comerciales perfectamente capitalistas, sino que además lo ha hecho sin ninguna necesidad de ser aliado de Estados Unidos. Con ser «socio comercial» le ha valido. Incapaz de aceptar esta realidad, Estados Unidos ha buscado convertir a China en la nueva URSS con el fin de rememorar los días de la política de bloques y la Guerra Fría. Algo que por el momento no ha sucedido.</p>
<p>Desde los tiempos de Mao, China nunca ha estado interesada en repetir el curso de la Unión Soviética y el tiempo le ha dado la razón. Sobre todo a partir de los años setenta del siglo pasado, el modelo económico soviético fue convirtiéndose progresivamente en una catástrofe compensada a duras penas por su poderío militar y sus recursos naturales. La estrategia del PCCh ha sido la contraria, crear una estructura económica diseñada para vender en el exterior, la cual ha ido volcándose en la construcción de un potente mercado capitalista interno. La capacidad militar ha ido creciendo a remolque de los dos procesos centrales: conquista del mercado exterior y construcción del mercado interno.</p>
<blockquote><p>El éxito de China ha supuesto la demolición final de las ambiciones de expansión estadounidense en Asia</p></blockquote>
<p>El éxito de China ha supuesto la demolición final de las ambiciones de expansión estadounidense en Asia. Después de la victoria contra Japón en la Segunda Guerra Mundial, sacando las bombas nucleares, todo en ese ámbito han sido reveses para Estados Unidos. La calamitosa derrota en la guerra del Vietnam y la crisis asiática de 1998, preludio de la sacudida de 2008, señalan dos derrotas en dos campos centrales, el militar y el financiero, que dejaron a Estados Unidos enfilando el camino de vuelta a casa.</p>
<p>No sorprende, por lo tanto, que visto que Estados Unidos no está a la altura de la competencia con China por la corona productiva, haya abandonado cualquier tipo de intención de saquear Asia por medios económicos o militares. Estados Unidos, heredero del Imperio Británico en el dominio de los mares, tiene la mayor parte de su flota militar en el Mar de China pero no quiere ni oír hablar de una intervención terrestre.</p>
<p>Oriente Medio es, sin duda, el territorio más problemático para Estados Unidos. Allí su retirada ha sido, y sigue siendo, fuente de innumerables problemas. Las invasiones estadounidenses de Irak y Afganistán han dejado una región de poderes fragmentados perfectamente preparados para la guerra permanente. El descontrol absoluto de Israel, con diferencia la entidad política más violenta nunca vista, es quizá el factor más desestabilizador en la zona y en el mundo. El Estado de Israel está envalentonado después de haber enseñado al mundo cómo asesina a 70.000 personas, coloniza el territorio y condena a la miseria a Gaza entera sin que <em>big brother</em> le ponga límites.</p>
<blockquote><p>El Estado de Israel está envalentonado después de haber enseñado al mundo cómo asesina a 70.000 personas</p></blockquote>
<p>Los países del Golfo y Turquía empiezan a verse a su vez como verdaderas fuerzas globales, dominantes en la región. En el caso de los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí se trata de los propietarios informales de buena parte del gobierno de Estados Unidos; y así en la relación con los jeques, el gallo Trump deja paso al Trump postrado ante sus jefes. Al contrario de lo que sucede en China, aquí queda mucha presencia norteamericana en el territorio con bases en Catar, Arabia Saudí y Jordania.</p>
<p>Irán es un caso particular. Este se ha convertido en un enemigo acérrimo de Estados Unidos, dejando atrás los días en los que la alianza entre el Shah y Estados Unidos hizo de Persia el país con mayor presencia norteamericana de Oriente Medio. La revolución iraní, que finalmente ganaron los clérigos y se convirtió en revolución islámica, se hizo en gran medida contra el protectorado estadounidense de un régimen que gestionaba cualquier diferencia por la vía de la tortura y el asesinato. Algo en lo que años después coincidirán los propios clérigos devenidos una gerontocracia brutal, que contiene las sacudidas recurrentes de la población, la última de ellas aún activa, por medio de carnicerías masivas. Dicho esto, ha sido Israel quien ha hecho el trabajo de debilitar al régimen mediante la aniquilación de un enemigo nada desdeñable: Hezbollah, la franquicia chiita de Irán en el Líbano.</p>
<h3>5. Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó</h3>
<p>El núcleo del proyecto político America First es la reordenación de las relaciones de clase en el interior del país. En Estados Unidos las relaciones de clase están totalmente mediadas por las relaciones raciales; el núcleo del proyecto conservador MAGA es que siga siendo así. En este caso la figura que el trumpismo utiliza literalmente es la del alien, el extranjero.<em><br />
</em></p>
<p>Siempre siguiendo la narración MAGA, hordas de personas no europeas y no blancas se han aprovechado de la bonhomía del estadounidense blanco medio y han entrado ilegalmente en el país para saquear su riqueza por la vía laboral o por la vía criminal. Desde este punto se siguen atentados contra la cultura, la lengua y las tradiciones de lo que, los Tigres del Norte, héroes del narcocorrido, llamaban «El hijo de anglosajón».</p>
<blockquote><p>La expresión central de este conflicto es la lucha por la legitimidad del acceso a la riqueza acumulada durante siglos de hegemonía europea</p></blockquote>
<p>La expresión central de este conflicto es la lucha por la legitimidad del acceso a la riqueza acumulada durante siglos de hegemonía europea y eurodescendiente. Puede sonar a que el término extranjero marca una línea tajante ente quienes son y quienes no son extranjeros. Pero antes al contrario, es una de las líneas políticas más borrosas que puedan existir, sobre todo en un país donde toda la legitimidad propietaria que pueden alegar los «hijos de anglosajón» es la de haber sido más violentos y fanáticos que ningún otro grupo de migrantes, lo que les ha permitido sobrevivir a la guerra armada de todos contra todos sobre la que se construye la historia de los Estados Unidos de América. Esto lo saben bien los afroamericanos, que llevan viviendo en Estados Unidos tanto como los colonos blancos y aún se les considera extranjeros.</p>
<p>Esta dinámica de conflicto tiene una traducción en la esfera global. El orden nacido de la posguerra mundial fue todavía un orden de Estados-nación. Sin embargo, uno de los efectos de la globalización generalizada del capital y de la internacionalización de las cadenas de valor fue la erosión del concepto de Estado-nación y la construcción de bloques supranacionales: la UE, la ASEAN o Mercosur serían sus resultados más visibles. El giro trumpista es nacionalista, reclama el Estado-nación como lugar donde se suprime la lucha de clases por las vías ideológicas del consenso o, si es necesario, las vías represivas de la coerción.</p>
<p>El conflicto que se perfila como fundamental en los próximos decenios no se formula como le gustaría a la izquierda, no es antifascismo contra fascismo, ni antimperialismo contra imperialismo, ni siquiera un conflicto entre izquierda y derecha. Es un conflicto entre el cierre nativista a partir del reforzamiento del Estado-nación atrincherado y quienes queremos superar ese marco por arriba y por abajo, generando nuevas asociaciones entre entidades políticas no necesariamente nacionales.</p>
<p>Este es el núcleo del conflicto real en el que se decide el futuro de Estados Unidos. La administración Trump lo ha entendido perfectamente y se ha lanzado a la militarización de las ciudades contra los extranjeros y sus aliados en los movimientos. Esto era algo que el ala derecha del Partido Republicano llevaba tiempo queriendo hacer, entre otras cosas, para dar destino a la enorme cantidad de personal del ejército que, en la retirada progresiva, va haciéndose redundante. Sin embargo, en este caso, los mecanismos de la guerra cultural no han funcionado y Trump se ha apuntado su primera derrota interna con la retirada de las milicias del ICE de Mineápolis.</p>
<h3>6. Mensajes desde Mineápolis</h3>
<p>Los lamentos por la pérdida del orden «basado en reglas» de la <em>intelligentsia</em> de la izquierda y la derecha europeas, que se suceden en los últimos meses, son solo el reflejo de la posición privilegiada de las élites europeas. La «izquierda» está siendo especialmente lastimera en este llanto por el orden perdido. Un orden que venció a la izquierda europea pero le concedió la posibilidad de ser socialdemócrata, en un momento económico en el que las ganancias de la productividad del trabajo multiplicaban exponencialmente el excedente.</p>
<blockquote><p>Los únicos dos partidos políticos posibles en realidad son el partido del orden y el partido del caos</p></blockquote>
<p>A la luz de todo lo dicho, los únicos dos partidos políticos posibles en realidad son el partido del orden y el partido del caos. Y cualquier transformación medianamente significativa de la mastodóntica ordenación capitalista del mundo, necesita del caos. El pánico de la izquierda es solo reflejo de su acomodación al orden de explotación y dominación contra el que decía luchar. En concreto, sometida al pánico a la guerra definitiva, no entiende que la guerra ya no puede materialmente ser una guerra mundial como las del siglo XX, sino que, como sostenía Baudrillard al hilo de la Guerra del Golfo, la guerra es una mezcla de simulacro espectacularizado, dispositivo financiero y catálogo comercial de nuevas tecnologías, que moviliza cínicamente las resonancias históricas del significante «guerra» y toma a las poblaciones civiles como rehenes de tal operación.</p>
<p>El tipo de guerra cultural como el descrito arriba convierte en inútil cualquier intento de conseguir romper su hegemonía como gestión de la dinámica de la política de mayorías. En este modelo, la guerra cultural define las posiciones a favor y las posiciones en contra, no hay escapatoria. Cualquier intento de recomponer una «izquierda» verdadera de cara a ganar elecciones es una pérdida de tiempo.</p>
<p>Sin embargo, los piquetes anti ICE de Mineápolis y los manifestantes contra el régimen en Teherán nos mandan dos mensajes importantes. Desde Mineápolis nos dicen que se puede ganar a las narrativas identitarias que usan la guerra cultural luchando sobre el propio territorio. La política que generan las guerras culturales está perfectamente adaptada a un momento de militancia política muy atenuada en relación con otros momentos históricos. Si los procesos de subjetivación política no se producen en la lucha en el territorio, son pasto de ese sujeto tan típico de nuestra época que es la persona individual aislada colgada de las redes, la misma que obtiene por esa vía todos sus inputs políticos.</p>
<p>En Mineápolis se ha contenido al ICE en el cuerpo a cuerpo y se ha hecho, entre otras cosas, con todos los manifestantes usando el móvil como cámara personal, para poder trasladar la materialidad de las luchas y la intensidad del conflicto al espacio mediático y no al revés. Por eso, cuando la administración Trump intentó resolver el conflicto por la vía de la guerra cultural llamando «terroristas» a los dos piquetes anti-ICE asesinados, produjo justo lo contrario de lo que pretendía. Cometieron el error de pensar que el mismo tipo de argumentario, que les sirve para vencer al Partido Demócrata, valía también para derrotar a un movimiento que genera su propia experiencia sin necesidad de que se la cuenten ni los medios ni los partidos.</p>
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		<title>En nombre de la Tierra y sus criaturas. Por una nueva política ecológica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 30 Nov 2025 22:17:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuadernos de estrategia]]></category>
		<category><![CDATA[Ecologismo]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Solo cuando se entiende que la lucha ecológica y la lucha de clases es la misma batalla contra un mismo poder, se puede llegar a comprender que no estamos ante un conflicto naturaleza-humanidad sino de las clases dominantes contra la Tierra y sus criaturas, al tiempo que se pueden llegar a abrir grietas en un sistema que parece decidido a morir matando.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p data-start="651" data-end="867">Si queréis recibir el cuaderno en papel (formato libro) y apoyar este proyecto, suscribíos por poco más de 4 euros al mes, o incluso menos si sois precarias. Este es un medio militante: gracias por hacerlo posible.</p>
<p data-start="874" data-end="959">Os dejamos en este post un fragmento del artículo, que podéis <a href="https://zonaestrategia.net/wp-content/uploads/2026/03/ZE4_cap6.pdf">descargar completo aquí.</a></p>
<hr />
<h3>¿Que ha sido de la ecología política?</h3>
<p>La historia de los movimientos de la segunda mitad del siglo XX, los llamados entonces «nuevos movimientos sociales», se puede resumir como la ocupación progresiva de los espacios de conflicto que el movimiento obrero iba dejando atrás en su gradual asimilación al aparato de los Estados de bienestar keynesiano-fordistas. A medida que los grandes sindicatos pasaban a ser parte de la negociación colectiva y la orientación revolucionaria del movimiento obrero se iba perdiendo en favor del «pragmatismo» de los salarios directos e indirectos, el amplio espectro de las luchas feministas, antiimperialistas, urbanas o ecológicas anteriores a las dos guerras mundiales caía fuera de su ámbito de preocupación. La excepción notable fue la llamada «autonomía obrera», que precisamente se levantó contra partidos y sindicatos socialdemócratas y/o comunistas en nombre de las tradiciones obreras revolucionarias.</p>
<p>En el caso de los movimientos ecologistas, en esa misma segunda mitad del siglo XX apareció este nicho debido al abandono progresivo del interés por el marco natural y territorial en el que, necesariamente, se desenvuelve el conflicto capital-trabajo. Precisamente en su papel de actores principales de la negociación colectiva en el interior del Estado, los grandes sindicatos fordistas pasaron a formar parte de las grandes coaliciones pro-crecimiento que aún hoy, si bien cada vez de forma más residual, gobiernan los procesos laborales en Europa y Estados Unidos. En la medida en que el fin último de la política revolucionaria era la transformación sistémica, las organizaciones que se reclamaban tal cosa estaban obligadas a pensar en modelos de nueva sociedad. Cuando el fin último de la política de clase obrera pasó a ser negociar la distribución del, entonces amplio, excedente generado por la productividad del trabajo, la obligación de las organizaciones de clase obrera pasó, a su vez, de pensar utopías a pensar cómo defender lo existente.</p>
<p>Los profundos cambios culturales y políticos que agrupamos bajo el significante «1968», se pueden pensar como el momento en el que la imaginación utópica pasó de residir solamente en los movimientos políticos de la clase obrera a expandirse por el universo de lo contracultural. Y desde ese universo, en sus cambiantes y ambivalentes formas, la utopía ha mantenido una suerte de relación pendular de atracción / repulsión con el activismo político formalmente organizado.</p>
<p>La reconexión con la «naturaleza», sin que el término tenga la menor unidad de contenido, es quizá la gran utopía hippie. En Estados Unidos, los epicentros californianos del primer ecologismo, Sierra Club o Earth First!, produjeron un discurso biocéntrico y conservacionista centrado en la protección de los grandes espacios «salvajes» del oeste de EEUU.<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup> Este punto de vista no tardó en encontrar una respuesta que vinculaba luchas sociales y luchas ecológicas desde una matriz anarquista desde el Instituto de Ecología Social de Murray Bookchin, situado nada casualmente en el estado de Vermont, el santuario hippie de la Costa Este. Este choque de visiones acerca de lo que debía ser el naciente movimiento ecologista dio lugar a un durísimo debate político entre la Deep Ecology californiana y la Social Ecology<sup><a id="ffn2" class="footnote" href="#fn2">2</a></sup> de Vermont, que duró una década y que aún resuena en algunos debates actuales. En Europa, sin embargo, la genealogía del movimiento verde es algo diferente. En concreto, el nacimiento del Partido Verde (Die Grüne) como autodenominado «partido anti-partidos» proviene directamente del movimiento pacifista y del ‘68 alemán.<sup><a id="ffn3" class="footnote" href="#fn3">3</a></sup> La oposición a la colocación de misiles nucleares Pershing II y el rechazo a la energía nuclear fueron los motores del nacimiento de los verdes alemanes como fuerza ecologista procedente de una versión propiamente alemana del pacifismo.<sup><a id="ffn4" class="footnote" href="#fn4">4</a></sup></p>
<p>La hibridación entre el primer ecologismo y la fuerza de los movimientos anticoloniales y antiimperialistas, con el rechazo masivo de la Guerra de Vietnam como expresión más visible, dio como resultado el nacimiento de un enfoque llamado «ecología política». Este nuevo enfoque procedía de varias fuentes. Las teorías de la dependencia,<sup><a id="ffn5" class="footnote" href="#fn5">5</a></sup> vinculadas al antiimperialismo y los movimientos de liberación nacional, tenían su expresión teórica más sofisticada en la Escuela de los sistemas-mundo de Wallerstein y Arrighi.<sup><a id="ffn6" class="footnote" href="#fn6">6</a></sup> La propia ecología social anarquista de Murray Bookchin<sup><a id="ffn7" class="footnote" href="#fn7">7</a></sup>, y más tarde los escritos de Barry Commoner,<sup><a id="ffn8" class="footnote" href="#fn8">8</a></sup> apuntaban a un ecologismo que necesariamente tenía que ser anticapitalista si quería tener fuerza transformadora real. En el campo más académico, la antropología ecológica de Roy Rappaport y Julian Steward<sup><a id="ffn9" class="footnote" href="#fn9">9</a></sup> extendía el concepto de ecología hasta convertirlo en una antropología materialista que incrustaba las formas de vida tribales y precapitalistas en los ecosistemas a los que pertenecían. También desde el campo de la antropología, aunque desde una posición mucho más ambiciosa, la contribución de Gregory Bateson Pasos hacia una ecología de la mente es fundamental para entender un texto único en su apuesta por la ecosofía como es Las tres ecologías de Félix Guattari;<sup><a id="ffn10" class="footnote" href="#fn10">10</a></sup> en este texto se integran las dimensiones ambientales, sociales y mentales de la ecología en un proyecto de emancipación apenas esbozado y, tristemente, no continuado tras la muerte de Guattari.</p>
<p>Entre mediados de los años setenta y mediados de los años ochenta aparecen una serie de trabajos pioneros que se reclaman parte de la ecología política. Aunque el término había sido utilizado en los años treinta, fue un antropólogo, Eric R. Wolf,<sup><a id="ffn11" class="footnote" href="#fn11">11</a></sup> quien utilizó conscientemente el término «ecología política» ya con el ecologismo convertido en un «nuevo movimiento social». En su análisis, Wolf sitúa las estructuras de propiedad capitalistas en el corazón de la ecología realmente existente y, enlazando con la tesis de su obra central Europa y la gente sin historia, vincula la entonces incipiente crisis ecológica a la sumisión colonial del planeta ante las fuerzas de la expansión capitalista. Profundizando esta visión, Michael Watts<sup><a id="ffn12" class="footnote" href="#fn12">12</a></sup> examinó la crisis alimentaria de la década de de los años setenta en el Sahel de África Occidental, particularmente en el norte de Nigeria. Watts, inspiración pionera para el monumental Los holocaustos de la era victoriana tardía de Mike Davis,<sup><a id="ffn13" class="footnote" href="#fn13">13</a></sup> argumenta que las hambrunas no son meramente desastres naturales, sino fenómenos socialmente producidos, arraigados en las estructuras políticas y económicas. Las hambrunas, en última instancia, revelan cómo la sociedad, la política y los mercados funcionan bajo presión. Los trabajos de Piers Blaikie en los años ochenta acerca de la especificidad capitalista de la degradación progresiva del suelo en el Nepal colonial completarían esta primera tanda de trabajos adscritos explícitamente a la ecología política en tanto ecología integrada en los sistemas de poder capitalistas.<sup><a id="ffn14" class="footnote" href="#fn14">14</a></sup></p>
<p>Salvo algunas excepciones,<sup><a id="ffn15" class="footnote" href="#fn15">15</a></sup> la ecología política ha ido perdiendo pie en unos debates cada vez más desvinculados de la política antagonista. El debate entre Green New Deal y Decrecimiento sería el punto cualitativamente más bajo y de mayor confusión en el campo que un día fue el de la ecología política materialista; a analizar sus límites se dedicará buena parte de este artículo. Sin embargo, quizá como preludio de una transformación general de la sensibilidad, en 2015 y 2016 se publicaron dos trabajos que han abierto una nueva era para el discurso de la ecología política: Capital fósil de Andreas Malm y El capitalismo en la trama de la vida de Jason W. Moore.<sup><a id="ffn16" class="footnote" href="#fn16">16</a></sup></p>
<p>Dos hipótesis bien diferentes, la de Malm cercana al determinismo energético, y la de Moore como una actualización de la tesis de los sistemas-mundo ahora convertidos en ecologías-mundo que se construyen a partir del impulso incesante del capital por apropiarse de trabajo no pagado humano y no humano. Malm enfatiza el papel de los combustibles fósiles en la acumulación de capital y en las luchas de clases, mientras Moore, que crítica con dureza la dualidad sociedad / naturaleza de origen cartesiano, propone una lectura histórica de la crisis ecológica. De alguna manera, este artículo se sitúa en las líneas trazadas por este renacer de la ecología política, con la diferencia de que aquí consideramos que ningún análisis teórico vale para gran cosa si no hay movimientos que pongan los análisis teóricos en un marco de táctica y estrategia política para la transformación.</p>
<p>Todos estos trabajos adscritos a la ecología política tienen en común el poner el análisis materialista en general, y el marxista en particular, dentro de la dinámica de los territorios y ecosistemas en los que se desarrollan las relaciones de producción y poder que configuran las sociedades humanas, y que, a su vez, determinan la dinámica de los ecosistemas. El enfoque de la ecología política, en su sentido quizá más indiferenciado y básico, aquel que nos recuerda que el capitalismo histórico se desenvuelve necesariamente en el medio físico y territorial, es indispensable para entender nuestro mundo político. Lo era a principios en los años setenta y en los años ochenta del siglo pasado, y lo es ahora más que nunca.</p>
<h3>El problema de las escalas: bajar a lo global, subir a lo local</h3>
<p>Precisamente una de las aportaciones más sólidas del ecologismo de los años setenta fue señalar una crisis global que opera por encima de las fronteras de los Estados-nación, permanentemente rediseñadas en las guerras y los pactos que de ellas se siguen. El naciente ecologismo afirmó rotundamente que los sujetos políticos que harían posible la superación de la crisis ecológica serían, nada menos, el planeta y sus criaturas.</p>
<p>Como se ha podido comprobar, señalar la escala necesariamente planetaria de la crisis ecológica, lejos de resolver el problema político, lo ha amplificado, dado que los humanos vivimos en un territorio dividido, fragmentado y determinado por las dinámicas de poder de los Estados-nación capitalistas. Y el problema no consiste en que no haya instituciones globales que se muevan en los parámetros de la crisis ecológica. Desde el Banco Mundial a la OCDE pasando por la Unión Europea y todas las agencias de la ONU habidas y por haber han hecho suyos los compromisos de las Cumbres de Kioto y París. Las COP anuales serían la materialización de este modelo.<sup><a id="ffn17" class="footnote" href="#fn17">17</a></sup></p>
<p>En realidad, desde el principio este tipo de foros se pensaron como extensiones de las negociaciones comerciales transnacionales, tipo GATT o OMC. No suponen el menor desafío al sistema de Estados-nación capitalistas y, por lo tanto, bajo la apariencia de una concertación de intereses, lo que estas cumbres anuales han creado es un mecanismo de legitimación para la reproducción capitalista bajo una capa de intervención «realista». Sin duda, los informes del IPCC vinculados a estas cumbres han difundido lo mejor de la ciencia del clima y han tenido un enorme impacto a la hora de construir simbólicamente el objeto «cambio climático» como un conglomerado de efectos geofísicos relacionados entre sí a escala global. Pero en la medida en que estos mismos informes han servido para legitimar la transición al capitalismo verde global, han quedado desactivados en su potencia política. La consecuencia es que los informes del IPCC son inmejorables en lo que respecta a la descripción empírica de las consecuencias del «cambio climático», pero poco o nada tienen que decir con respecto a sus causas. El incremento constante de los niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera es una consecuencia de causas sistémicas mucho más profundas que la simple afirmación trivial e inoperante de su origen «humano».</p>
<p>A pesar del rotundo fracaso de todos los dispositivos políticos globales diseñados al efecto de intervenir sobre la crisis ecológica, las COP serían el mejor ejemplo de fracaso, muy especialmente sobre la crisis climática. La crisis ecológica no es menos global de lo que lo era cuando emergió el movimiento ecologista, de hecho, a la manera dialéctica, si la conciencia de la crisis forma parte de la propia crisis, nos encontramos en un momento incomparablemente más global de la crisis que en el largo ‘68 del siglo pasado. Y, sin embargo, en ninguna de las corrientes del ecologismo político encontramos nada cercano a una estrategia de la escala y la ambición necesaria para afrontar la crisis ecológica global, incrementada en sus efectos visibles por el acelerador del cambio climático.</p>
<p>A modo de disclaimer, es importante especificar que las luchas ecologistas locales, las luchas concretas en un territorio concreto, no entran en este ámbito crítico. No porque no tengan importancia, que tienen mucha, sino porque, exitosas o no, no plantean un discurso de conjunto que pueda servir como guía estratégica global (cosa que tampoco es su cometido). Las luchas concretas contra tal o cual afección capitalista a un territorio concreto no son, per se, extrapolables a la construcción de un discurso antagonista global, de hecho en muchos casos son tan específicas como el territorio en el que se desarrollan.</p>
<p>El ejemplo más visible y desarrollado de luchas territoriales vertebradas es Soulèvements de la Terre en Francia. Nacido en 2021 como forma de escalar el conflicto por la construcción del aeropuerto de Nantes sostenido por la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, este colectivo recombinante de otras luchas sería un verdadero ejemplo de luchas ecologistas organizadas a partir de una alianza entre movimiento ecologista y agricultura politizada. El problema que dificulta la extensión de este modelo es que no existe una capa de agricultores politizados más allá de Francia. El conflicto de los agricultores no conformes con el control capitalista de la producción, ahora enmarcados en la Confédération Paysanne pero con origen en la particular transición francesa al capitalismo, ha hecho que este proceso de desmantelamiento de la agricultura tradicional haya sido en Francia mucho más problemático que en otros lugares.<sup><a id="ffn18" class="footnote" href="#fn18">18</a></sup></p>
<p>Evidentemente, la existencia de un frente de lucha agrícola abierto facilita el que las distintas oleadas de luchas por el territorio se enganchen a él para escalar el conflicto ecosocial. Allí donde esa historia de luchas agrícolas no existe, tampoco existe un enganche inmediato en el territorio que permita a los movimientos establecer alianzas tácticas y estratégicas de cierta solidez para ir más allá de las resistencias concretas y puntuales.<sup><a id="ffn19" class="footnote" href="#fn19">19</a></sup> En resumen, lejos de menospreciar el poder transformador local de estas experiencias de lucha territorial, lo que hoy no existe, y se necesita, es un hilo conductor que las haga replicables, adaptables y comunicables entre sí.</p>
<h3>El Green New Deal y la perspectiva de la «gestión planetaria»</h3>
<p>&#8230;</p>
<p>Este es un fragmento del artículo original; <a href="https://zonaestrategia.net/wp-content/uploads/2026/03/ZE4_cap6.pdf">descárgalo completo aquí.</a></p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">Las leyes conservacionistas y antipolución de California, la <em>Wilderness Act</em> (1964) y la ley federal <em>Clean Air Act (1963)</em> proceden directamente de los movimientos ecologistas californianos de primera hora. El vertido de petróleo en Santa Barbara, cerca de Los Angeles, fue la base para la <em>California Environmental Quality Act de 1970. También en los años sesenta, los movimientos urbanos contra el desarrollo inmobiliario de la bahía de San Francisco lograron la creación en 1965 de la San Francisco Bay Conservation and Development Commission (BCDC) un primer experimento de planificación territorial con criterios ecológicos.</em> <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
<li id="fn2">En palabras del propio Murray Bookchin ya en los años setenta en la publicación del Instituto de Ecología Social de Vermont: «No considero a las personas como un cáncer para el planeta; el verdadero cáncer que aflige al planeta es el capitalismo y la jerarquía. No creo que podamos contar con oraciones, rituales y buenas vibras para eliminar este cáncer; creo que tenemos que combatirlo con todo el poder que tengamos»; véase Dave Foreman y Murray Bookchin, <em>Defending the Earth: A Debate, Montreal / Nueva York, Black Rose Books, disponible online en</em> https://theanarchistlibrary.org/library/murray-bookchin-and-dave-foreman-defending-the-earth-a-debate#toc10 <a href="#ffn2">↩︎</a></li>
<li id="fn3">Para hacerse una idea de los principios políticos de <em>Die Grüne</em> baste citar que su Congreso de Karlsruhe en 1980 establecía cuatro pilares para su acción política: a) Sabiduría ecológica; b) Democracia de base; c) Justicia social; y d) No violencia. <a href="#ffn3">↩︎</a></li>
<li id="fn4">Si hay que buscar las influencias intelectuales profundas de <em>Die Grüne </em>se pueden encontrar en los escritos de Gunther Anders. Anders argumentaba que la humanidad sufre una desajuste fundamental, la «fractura prometeica»: nuestra capacidad tecnológica para crear y destruir (por ejemplo, armas nucleares) ha superado con creces nuestra capacidad emocional e imaginativa para comprender las consecuencias de nuestras acciones. Según Anders, somos capaces de imaginar el fin del mundo pero no los más simples pasos para prevenirlo. G. Anders, <em>La obsolescencia del hombre. Vol. I: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial,</em> Valencia, Pre-Textos, 2011. <a href="#ffn4">↩︎</a></li>
<li id="fn5">Dentro de una gama bastante variada de posiciones, el enfoque de la dependencia enfatizaba el drenaje constante de valor de la periferia al centro del sistema capitalista. La desvalorización de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales y energéticos de las colonias se señalaba en todos los casos como manifestación de este drenaje continuo de valor. Algunos títulos son S. Amin, <em>La acumulación a escala mundial. Crítica de la teoría del subdesarrollo</em>, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2020 [1970]; W. Rodney, <em>Cómo Europa subdesarrolló a Áfric</em>a, México DF, Siglo XXI Editores, 2021 [1972]; E. Williams, <em>Capitalismo y esclavitud</em>, Madrid, Traficantes de Sueños, 2011 [1944]; R. M. Marini, <em>Dialéctica de la dependencia</em>, México DF, Era, 1973. <a href="#ffn5">↩︎</a></li>
<li id="fn6">G. Arrighi, <em>The Geometry of Imperialism</em>: <em>The Limits of Hobson&#8217;s Paradigm</em>, Londres, NLB, 1978; I. Wallerstein, <em>El capitalismo histórico</em>, México DF, Siglo XXI Editores, 1988. <a href="#ffn6">↩︎</a></li>
<li id="fn7">M. Bookchin, <em>La ecología de la libertad: El surgimiento y la disolución de la jerarquía</em>, Madrid, Capitán Swing, 2021 [1984]. <a href="#ffn7">↩︎</a></li>
<li id="fn8">B. Commoner, <em>El círculo que se cierra: Naturaleza, hombre y tecnología</em>, Barcelona, Plaza &amp; Janés, 1972. <a href="#ffn8">↩︎</a></li>
<li id="fn9">R. Rappaport, <em>Cerdos para los antepasados: El ritual en la ecología de un pueblo en Nueva Guinea</em>, Madrid, Siglo XXI Editores, 2007 [1968]; J. Steward, <em>Teoría del cambio cultural: La metodología de la evolución multilineal</em>, Urbana, Universidad de Illinois, 1955. <a href="#ffn9">↩︎</a></li>
<li id="fn10">G. Bateson, <em>Pasos hacia una ecología de la mente: Una aproximación revolucionaria a la autocomprensión del hombre,</em> Buenos Aires, Editorial Lumen, 2006; F. Guattari <em>Las tres ecologías,</em> Valencia, Pre-Textos, 1996. <a href="#ffn10">↩︎</a></li>
<li id="fn11">E. R. Wolf, «Ownership and Political Ecology», <em>Anthropological Quarterly</em>, vol. 45, núm. 3, 1972, pp. 201-205. <a href="#ffn11">↩︎</a></li>
<li id="fn12">M. J. Watts, <em>Silent Violence: Food, Famine, and Peasantry in Northern Nigeria,</em> Athens, University of Georgia Press, 1983. <a href="#ffn12">↩︎</a></li>
<li id="fn13">M. Davis, <em>Los holocaustos de la era victoriana tardía: el Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo,</em> Valencia, PUV, 2006. <a href="#ffn13">↩︎</a></li>
<li id="fn14">P. Blaikie, <em>The Political Economy of Soil Erosion in Developing Countries,</em> Londres, Longman, 1985. <a href="#ffn14">↩︎</a></li>
<li id="fn15">Habría que citar aquí los trabajos de Joan Martínez Alier en el desarrollo del concepto de «ecologismo de los pobres». Estos trabajos, aunque lastrados por el maltusianismo declarado del autor y completamente centrados en las comunidades tradicionales del Sur global, al menos intentan dar una dimensión de clase y antagonista a la ecología política.J. Martínez Alier, <em>El ecologismo de los pobres: conflictos ambientales y lenguajes de valoración,</em> Barcelona, Icaria, 2005 (6ª ed., 2021). <a href="#ffn15">↩︎</a></li>
<li id="fn16">A. Malm, <em>Capital fósil: El auge del vapor y las raíces del calentamiento global,</em> Madrid, Capitán Swing, 2020 [2016]; J. W. Moore, <em>El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y acumulación de capital,</em> Madrid, Traficantes de Sueños, 2020 [2015]. <a href="#ffn16">↩︎</a></li>
<li id="fn17">Las COP (Conferencia de las Partes) son las cumbres anuales de la ONU que se celebran desde 1995 donde casi todos los países del mundo se reúnen para negociar compromisos para detener el cambio climático. Las más célebres serían la COP3 de Kioto de 1993 en la que se alcanzaron los Acuerdos de Kioto por los que los países «desarrollados» se comprometían a reducir sus emisiones de CO2 y la COP21 de París en 2015, donde se sitúa el objetivo de limitar el calentamiento global a 2° por encima de los niveles preindustriales. En realidad los 2° deberían no ser más de 1,5° según los propios criterios de las COP. Según las proyecciones de la COP, de aquí a 2030 habría que reducir un 45 % las emisiones de GEI para estar en algún camino remotamente cercano al límite de los 2° de calentamiento para 2100. Los escenarios del IPCC, dependientes de las COP, manejan que una continuación de las tendencias actuales (<em>business-as-usual) supondría un calentamiento de una horquilla entre 2,6° y 4,8° por encima de los niveles preindustriales.</em> <a href="#ffn17">↩︎</a></li>
<li id="fn18">Un buen ejemplo de la idiosincrasia francesa sería la trayectoria del líder carismático de la Confédération Paysanne, José Bové: objetor de conciencia, formado en Berkeley, en los años setenta se lanza a la lucha política contra el <em>agribusiness</em> en el Midi francés y en 1987, diez años después, fruto de esas mismas luchas, funda el sindicato agrícola rebelde. <a href="#ffn18">↩︎</a></li>
<li id="fn19">Las luchas poco menos que heroicas contra la ganadería intensiva, en concreto, contra las macrogranjas en Castilla La Mancha, promovidas por una capa de propietarios agrícolas neocaciquiles, surgidos directamente del franquismo y refrendados por las subvenciones de la PAC, dan fe de esta diferencia con contextos donde al menos una capa de la población agrícola está poco menos que en permanente estado de movilización desde hace doscientos años, como es el caso de Francia. Plataformas como la Coordinadora Stop Ganadería Industrial en Toledo o Pueblos Vivos en Cuenca han mantenido una lucha constante en pueblos como Polán o Retamoso de la Jara en Toledo y Priego en Cuenca. Esta lucha ha estado en buena medida desatendida por algunas organizaciones ecologistas, que parecen priorizar enviar personas a las COP antes que hacer causa política central de la lucha contra las macrogranjas. <a href="#ffn19">↩︎</a></li>
</ol>
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		<title>Las tres guerras de Donald J. Trump</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Feb 2025 10:38:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Para entender la verdadera significación política del nuevo presidente norteamericano se analizan aquí los principales elementos que articularán la propuesta trumpiana: la guerra cultural, la guerra comercial y la que se está produciendo por el control del aparato de estado norteamericano.</p>
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<hr />
<p>Atravesar el ruido y la furia de los primeros días del mandato de Donald Trump no es tarea fácil. Sin que apenas lleguemos a un mes de su gobierno, la Casa Blanca parece el escenario de una ceremonia de la confusión en la que el presidente de los Estados Unidos pretende noquear al resto del mundo, amigos y enemigos, a base de un cóctel de cientos de órdenes ejecutivas y de declaraciones caóticas. Si el primer Trump era capaz de convertir el ruido que los demás generaban acerca de su persona, tanto a favor como en contra, en un activo para sus intereses políticos, el segundo ya es capaz de producir por sí mismo los niveles de ruido comunicativo que considera necesarios para sostener la promoción permanente de su personaje político. Y con él, el proyecto entero de la derecha norteamericana para el siglo XXI.</p>
<p>La notoriedad de Trump hace que su figura sea algo así como el «fenómeno social total» del que hablaba la sociología del principio del siglo XX. Ya sea admiración, miedo, odio o revanchismo, el significante «Trump» genera sentimientos fuertes, que son ideales para concentrar en torno a su figura las contradicciones de una sociedad rota en un mosaico de posiciones subjetivas que compiten entre sí. Al contrario de lo que sostiene el discurso <em>mainstream</em>, Trump no polariza tanto como aglutina en dos bandos: a favor y en contra de sí mismo. Y los resultados de las elecciones de noviembre no dejan lugar a duda: el campo antes conocido como la derecha norteamericana es actualmente de la misma extensión y profundidad que el campo de los partidarios de Donald Trump. Lo cual, teniendo en cuenta que Trump no va a presentarse a más elecciones, abre el problema del trumpismo sin Trump y de la reproducción de la derecha estadounidense.</p>
<p>Por si acaso, el valor del presidente en la economía de la atención fuera poco, a este proyecto se ha sumado el otro gran acaparador de titulares de los últimos tiempos, Elon Musk. Musk aporta su particular mezcla de <em>enfant terrible </em>cultural, capataz de mina de diamantes sudafricana y<em> tech bro</em> de Silicon Valley, al ya explosivo cóctel de afrentas y resentimiento trumpista. A cambio, el heredero del <em>apartheid</em> con más dinero del mundo, obtendría su ascenso a oligarca de toda la vida, empotrado en el aparato de Estado, a la manera de los Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt y demás <em><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Barones_ladrones">barones ladrones</a></em>. Con su tránsito desde la figura de incontinente niñato billonario global hasta la de neomagnate que se enciende puros con billetes de dólar mientras descansa los pies encima de la mesa del Despacho Oval, Elon actualizaría a la era digital uno de los principios del capitalismo monopolista norteamericano del siglo XX: ¿quién quiere verse beneficiado por las decisiones del gobierno cuando puede tomar las decisiones del gobierno directamente?</p>
<blockquote><p>La guerra comercial y la ruptura de los grandes acuerdos comerciales multilaterales marcaron un punto de no retorno para la globalización neoliberal</p></blockquote>
<p>Visto en retrospectiva, el primer mandato de Trump tuvo una incidencia mucho mayor en la esfera global que en la política interna norteamericana. La guerra comercial en la que Estados Unidos se embarcó frente a China y la ruptura de los grandes acuerdos comerciales multilaterales, marcaron un punto de no retorno para la globalización neoliberal, tal y como se había entendido desde finales de los años ochenta con la caída de los países comunistas. Cómo quedó claro durante la salida de la pandemia, China ganó la «guerra comercial» y el mandato de Trump, en ese sentido, simplemente fue la manifestación palmaria de la perdida de la hegemonía estadounidense sobre la economía productiva mundial.</p>
<p>En 2025, es evidente que Estados Unidos, incluso reteniendo sin discusión la hegemonía financiera mediante el dólar, no controla el mundo capitalista —hoy con su centro de gravedad en Asia— como lo hacía antes de las guerras comerciales trumpistas. Donald Trump se adscribe a la tradición conservadora no intervencionista en el exterior conocida como <em>America First</em>. En esta tradición se argumenta que Estados Unidos tiene que poner el foco en sí mismo y olvidarse de las eternas e incomprensibles guerras europeas. Este, por ejemplo, fue el argumento utilizado por Woodrow Wilson para no entrar en la I Guerra Mundial hasta que no tuvo más remedio. Aunque el conservadurismo no intervencionista repuntó durante el periodo de entreguerras, se perdió totalmente tras la Segunda Guerra Mundial y la confirmación de la hegemonía americana indiscutida sobre el mundo capitalista. Fueron Steve Bannon y los primeros equipos de Trump quienes repescaron el grito de guerra <em>America First</em>,<em> </em>en este caso con un contenido soberanista, nativista y antiglobalización.</p>
<p>Evidentemente, hoy después de un siglo largo de expansión imperialista americana por todo el mundo, con la era de la globalización neoliberal como colofón, Estados Unidos como supervisor de la moneda global y del sistema financiero y con una economía completamente integrada en los circuitos logísticos y cadenas de valor globales, hacer operativo el <em>America First</em> requiere una cantidad ingente de actividad exterior a la política norteamericana. Un buen ejemplo son las políticas de inmigración, que cuanto más se instrumentalizan y espectacularizan, más conflictos generan con los países de origen de los migrantes. Esta «imposible» vuelta a atrás en el reloj de la globalización, es una de las principales contradicciones del trumpismo, a la que, sin embargo, la izquierda global, y los críticos de Trump, no han sabido sacar partido. El problema de fondo es que se tiene tan asumido que los Estados Unidos son expansionistas, que toda la acción de retirada de la escena global y de su recentramiento como potencia regional se confunde con una suerte de neoimperialismo cuando, más bien, significa lo contrario.</p>
<blockquote><p>Cualquier expresión de miedo, preocupación o superioridad moral en los rivales políticos se lee como una prueba de que se está haciendo daño al «wokismo»</p></blockquote>
<p>Quizá sea este el elemento más sorprendente de la reelección de Trump: ocho años después continúa la absoluta desorientación del progresismo de izquierdas global, al que, en Europa, se suma la derecha tradicional, ante el tipo de dinámica política que abre el trumpismo. Denunciar al trumpismo como proyecto de ultraderecha que quiere terminar con las instituciones democráticas liberales para instaurar un nuevo fascismo no solo no funciona en un marco de guerra cultural avanzada, sino que es parte de la campaña a favor de Trump. La guerra cultural, que Trump ha llevado a otro nivel, funciona precisamente en este nivel porque cualquier expresión de miedo, preocupación o superioridad moral en los rivales políticos se lee como una prueba de que se está haciendo daño a la «progresía» y al «wokismo». Aunque, también, y ahí está el verdadero secreto del triunfo de las guerras culturales como formato de la política electoral, la guerra cultural, a partir de cierto momento, provoca el efecto rebote de validar y legitimar hasta la más penosa de las políticas públicas progres como «antifascista». Por ejemplo, tildar de negacionista climático a Trump por salir de los acuerdos de París, valida el modelo de grandes cumbres internacionales del clima, los mercados de carbono, la transición energética y el capitalismo verde que son responsables del agravamiento de la crisis climática en la última década. Negacionista climático hoy sería más bien quien defiende que se puede «transitar» hacia la «neutralidad» climática en un marco capitalista gracias a los mercados de carbono, los coches eléctricos y las energías renovables. Cuando dentro de cuatro años se marche Trump y venga un presidente que vuelva a firmar los acuerdos de París y canalice toneladas de dinero a las industrias verdes, la Tierra respirará tranquila porque el mundo civilizado seguirá «arreglando el clima» tan bien como hasta ahora.</p>
<p>Toda esta gran indignación y preocupación en la que se envuelve el progresismo global, que asume la defensa de unos sistemas políticos, sociales y económicos capitalistas occidentales claramente en crisis, sucede a costa del análisis histórico real de lo que es el trumpismo. La izquierda progresista global, precisamente, no parece dispuesta a hacer tal análisis porque de hacerlo, quedaría claro que el trumpismo se ha situado ya en la realidad de la crisis capitalista permanente que define el capitalismo del siglo XXI, mientras que la izquierda progresista global sigue vendiendo expresiones modificadas de la redistribución socialdemócrata de base industrial del siglo XX.</p>
<p>Sin ánimo exhaustivo, aquí queremos, al menos, plantear algunas posibles respuestas acerca de qué se puede esperar de la vuelta, casi diez años después, de Donald Trump a la Casa Blanca. Si se toma en conjunto la evolución de Trump desde su irrupción en 2016, se pueden identificar tres grandes dimensiones o frentes del trumpismo, que delimitan lo que van a ser las guerras reales del este presidente y del Partido Republicano.</p>
<h3>Guerra cultural</h3>
<p>Trump no inventó la guerra cultural, pero durante su campaña de 2016 y su primer mandato la elevó al status de principio rector de su proyecto político. En la campaña de las elecciones de 2015 y a lo largo de su primer mandato, toda intervención de Trump era un puñetazo en la cara de la «progresía» y lo «woke». Recordemos que los problemas de Trump durante la pandemia, que terminaron costándole el cargo, tenían que ver, precisamente, con que el contexto de excepción no admitía el juego político de la guerra cultural. Trump no pudo salir del muy peculiar contexto político pandémico lanzándolo «contra alguien». No logró endosarle la responsabilidad a China y su enfrentamiento con las agencias de salud pública del gobierno americano no consiguió reflotar su imagen de lunático en una realidad paralela y en este caso, era imposible acusar al «wokismo» de la extensión de la COVID-19.</p>
<blockquote><p>El levantamiento de Black Lives Matters realmente consiguió poner en jaque al <em>mainstream</em> político americano.</p></blockquote>
<p>Además 2020 fue el año de las mayores revueltas urbanas en Estados Unidos desde los años sesenta: el levantamiento de Black Lives Matters que realmente consiguió poner en jaque al <em>mainstream</em> político americano. El rechazo de la brutalidad policial cotidiana en las ciudades americanas estaba apoyado en una lectura política de la acción represiva de la policía como garante de la segregación racial continuada y, desde ahí, de la opresión de clase. La brutalidad policial, decía Black Lives Matter, es la manera de mantener a cada uno en su sitio y de reproducir las jerarquías raciales y sociales. La demanda concreta unificada del movimiento fue, nada menos que un ambicioso <em>Defund the Police</em> [Desfinanciar la policía]. Todo ese movimiento terminó en noviembre de ese mismo año. A Black Lives Matter le derrotó el Partido Demócrata de Joe Biden. Como ha sucedido una y otra vez en la historia de las democracias liberales, el encargado de terminar con cualquier atisbo de transformación real, es el partido de la izquierda institucional. El guión es conocido: primero se pide el voto en nombre de la unidad contra el fascismo, después se desactiva el núcleo real transformador del movimiento, y se le devuelve desde el gobierno progresista de izquierdas una serie de medidas simbólicas vacías. En el caso de Estados Unidos, estas medidas simbólicas se leen en forma de cuotas para mujeres y minorías étnicas en los empleos públicos y en los concursos para acceder a contratos gubernamentales.</p>
<blockquote><p>El principio electoral de la guerra cultural es conocido: se vota para joder a alguien, no por apoyar un proyecto político u otro</p></blockquote>
<p>Una vez restaurado el orden de la corrección política y la cuota, Kamala Harris sería la encarnación de esta propuesta. Así, Trump tuvo el terreno despejado para hacer lo que mejor sabe, demoler los estereotipos progres y sacar partido de ello. El principio electoral de la guerra cultural es conocido: se vota para joder a alguien, no por apoyar un proyecto político u otro. En sociedades tan fragmentadas como la norteamericana –o la española– la representación del Otro la proporcionan los medios de comunicación o se desciende hasta el familiar derechista al que hay que soportar en las comidas o el compañero de trabajo progre pesado, dependiendo de las fobias políticas de cada bando. En este marco, el voto es, fundamentalmente, la pequeña revancha que concede el sistema contra quienes más odiamos .</p>
<p>Desde 2016 en adelante no hay contexto electoral europeo, latinoamericano o norteamericano en el que no haya alguna opción practicante de la guerra cultural de derechas que no obtenga buenos resultados. Y frente a ella, la izquierda global se ha acostumbrado a un turnismo relativamente cómodo en el que basta agitar el miedo al fascismo para recuperar gobiernos cada cierto tiempo. Todo ello aunque por el camino este mismo izquierdismo progresista global haya terminado siendo el gran defensor del orden político existente. Como ejemplo, cuando aún parecía que Trump, enredado en mil juicios, no iba a poder presentarse a las elecciones de 2024, el aspirante a sucesor, el Gobernador de Florida, Ron de Santis, puso como eslogan de su gestión «Florida, donde el wokismo viene a morir» y se lanzó a una guerra sin tregua contra los parques temáticos de Disney en Florida por producir series con contenido LGTBIQ+, como primeros pasos hacia la presidencia de Estados Unidos. Una vez quedó claro que se presentaba Donald Trump, De Santis se hizo a un lado y dejó paso al oportunista en jefe, para que explotase mejor que nadie la posición acomodada y satisfecha de sí misma del Partido Demócrata de Biden.</p>
<blockquote><p>No hay ya una «verdad» exterior a los afectos políticos inmediatos que sirva de referencia compartida.</p></blockquote>
<p>La nueva portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, resumió a la perfección el enfoque de la guerra cultural cuando dijo que la campaña electoral era más una cuestión de tono que de contenido. Y habría que añadir que lo mismo le sucede al gobierno de Trump. Y si, estirando un poco esta lógica, es una cuestión de tono más que de contenido, lanzar datos a la cara al trumpismo es, simplemente, poco eficaz. No hay una «verdad» exterior a los afectos políticos inmediatos que sirva de referencia compartida. Ya en el cargo, la propia Leavitt ha demostrado ser ella misma una máquina perfectamente diseñada para las guerras culturales, cuando culpa a las políticas de diversidad, equidad e inclusión —conocidas como D.E.I.–, las cuotas raciales y de género, de ser las culpables del choque reciente de un helicóptero militar con un avión de pasajeros encima del río Potomac en Washington D. C.</p>
<h3>Guerra comercial</h3>
<p>Pero la guerra cultural per se no explica el inesperado auge del fenómeno trumpista hoy. Han pasado ocho años desde su primera victoria, y lo que entonces era una táctica sorpresiva para enredar al progresismo americano y global en sus propias contradicciones, se ha convertido en algo más estable y complejo que la escaramuza en las guerras culturales. En realidad, al terminar su primer mandato de Trump, el análisis generalizado que se hacía desde la izquierda más lúcida decía que las guerras culturales simplemente estaban manteniendo la base de votantes de Trump, pero no la aumentaban. Este análisis, correcto en ese momento, se ha visto completamente superado por los resultados electorales de Trump en 2024.</p>
<p>Todos los sondeos han apuntado a algo que en el mundo político norteamericano se llama <em>the economy</em> como causa del aumento del voto a Trump y, también, de la caída del voto al partido demócrata. Pese a lo que pueda parecer, <em>the economy</em> no es exactamente «la economía» tal y como aparece en las páginas sepia de los periódicos, llenas de datos y de gráficos, sino mucho más la percepción subjetiva de la propia situación económica dentro del entorno inmediato. En este sentido, el trumpismo se habría situado en el terreno del malestar económico por las subidas de precios posteriores a la pandemia con una lógica, precisamente, de guerra cultural. En lugar de abordar una explicación de las causas reales de la inflación demasiado compleja para el público en general, y muy relacionada con la decadencia económica irreversible de Estados Unidos, el trumpismo propone una serie de causas del malestar económico del ciudadano varón blanco anglosajón que apuntan todas a los migrantes, un viejo clásico de la construcción del nativismo a través de la guerra cultural. Acompañados, en este caso, de argumentos que señalan a los supuestos acuerdos comerciales o políticos predatorios o desventajosos que Estados Unidos habría ido firmando a lo largo del siglo XX.</p>
<blockquote><p>Aranceles comerciales y regímenes fronterizos duros son las dos caras del proteccionismo americano</p></blockquote>
<p>Aranceles comerciales y regímenes fronterizos duros son las dos caras del proteccionismo americano. El núcleo patriotero del <em>America First</em> viene a decir que la corrupción y la decadencia de los Estados Unidos solo pueden venir «de fuera». Pero que nadie espere en este mandato una guerra comercial contra China como la de 2017. Aunque Trump va a seguir poniendo aranceles elevados a algunos productos chinos, la retórica de enfrentamiento comercial abierto no va a volver. La irrupción en bolsa hace unas semanas de Deep Seek, el equivalente chino de ChatGPT, muchísimo más barato y en código abierto, ha hecho descender la valoración de las empresas tecnológicas americanas del NASDAQ cientos de miles de millones de dólares. Estas, se supone que van a gastar las enormes cantidades transferidas por el gobierno Trump en generar una ventaja competitiva en el campo de la IA que cada vez parece menos probable.</p>
<blockquote><p>Estados Unidos está midiendo su perímetro territorial de cercanía, y usando los aranceles como una herramienta de bullying global</p></blockquote>
<p>En una fusión de elementos de guerra cultural y guerra comercial, lo que estamos viendo en estos primeros movimientos arancelarios de Trump es un inesperado ataque a los antiguos socios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Canadá y México, por «no ser capaces de controlar el flujo de migrantes ilegales» y «permitir la entrada masiva de fentanilo» por sus fronteras. Además, Trump ha incorporado al repertorio de amenazas arancelarias, las emitidas contra Colombia y a Brasil de impedir su acceso al mercado americano si prohiben el aterrizaje de vuelos de deportación de migrantes. Este tipo de uso de los aranceles ha venido acompañado de reclamaciones sobre el Canal de Panamá y su supuesto control por parte de China y de un conflicto con Dinamarca por el control de Groenlandia. Es decir, Estados Unidos está midiendo su perímetro territorial de cercanía, y usando los aranceles como una herramienta de bullying global, antes que planteando un enfrentamiento global por la hegemonía contra China.</p>
<p>Por lo demás, el proyecto económico real de Trump tiene un solo árbitro y un solo destinatario: los mercados financieros. La autonomía de Trump para experimentar el discurso de la guerra cultural en el campo económico está totalmente subordinada a que los mercados mantengan la creencia en que el presidente, como ha afirmado en innumerables ocasiones, ponga en marcha la mayor rebaja de impuestos de la historia, transfiriendo a los más ricos todo un caudal de dinero que, sin duda, irá a parar a Wall Street y a revalorizarse en alguna burbuja financiera hoy por determinar.</p>
<blockquote><p>Si la demencial propuesta de Trump de deportar a dos millones de palestinos a Egipto y Jordania, no va a ningún lado, es porque los saudíes no quieren ni oír hablar de ello</p></blockquote>
<p>Mientras tanto, y para tranquilizar a los sectores populares frente a las más que probables subidas de precios consecuencia de la nueva ronda de aranceles políticos y económicos, Trump ya ha pedido bajos tipos de interés a la Reserva Federal y bajos precios del petróleo a Rusia y a Arabia Saudí. Hecho este que afecta a los dos principales conflictos bélicos del mundo ahora mismo: Oriente Medio y Ucrania. En el primer caso, el poder de Arabia Saudí sobre los precios del petróleo en última instancia subordina el apoyo de Trump a Netanyahu. Si la demencial propuesta de Trump de convertir Gaza en una mezcla de Marina D&#8217;or, Dubai y Atlantic City, previa deportación de dos millones de palestinos a Egipto y Jordania, no va a ningún lado, es porque los saudíes no quieren ni oír hablar de ello.</p>
<blockquote><p>Europa se perfila como candidato preferencial a asumir los costes monetarios y políticos del trumpismo</p></blockquote>
<p>En la primera declaración que hizo Trump sobre Ucrania declaró que la guerra debe terminar inmediatamente para que Putin relaje los precios del petróleo. Lo siguiente ha sido la intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, del inefable vicepresidente exmarine hecho a sí mismo, JD Vance, diciendo que lo único que hay que temer en Europa es a los países europeos mismos. Y que si la derecha europea quiere una guerrita con Putin para legitimarse, que se la pague ella. Con este movimiento en Ucrania, Trump deja claro que la suerte de la clase dirigente europea no le preocupa ni lo más mínimo. Junto con el capitalismo verde, el discurso de rearticulación de la OTAN como herramienta de una nueva Guerra Fría era el único del que disponían los gobiernos europeos para legitimarse en un continente que ve como poco a poco se va hundiendo en la irrelevancia a medida que busca, de forma patética y desesperada, que su antiguo amo norteamericano se siga haciendo cargo de él. Si a esto se le suma la aplicación de una nueva ronda de aranceles comerciales americanos, se puede ver cómo Europa se perfila como candidato preferencial a asumir los costes monetarios y políticos del trumpismo.</p>
<h3>Guerra por el aparato de estado norteamericano</h3>
<p>En su primer mes de gobierno de la pasada legislatura, Trump firmó seis órdenes ejecutivas, la forma legal que tienen las decisiones del presidente en Estados Unidos. En su primer mes de este segundo mandato, ya lleva aprobadas cincuenta sobre los asuntos más dispares, desde ejercicios de guerra cultural pura como renombrar el Golfo de México o devolver al Monte Denali de Alaska su nombre anglo, Monte McKinley hasta algunas directamente inconstitucionales, como la el fin de la adquisición de la nacionalidad norteamericana a todos los nacidos en el país —el derecho de suelo—. La inmensa mayoría de estas órdenes se judicializarán y no se llevarán a cabo inmediatamente, o quizás nunca. Estados Unidos es un país extraordinariamente complejo en su arquitectura institucional, los estados tienen muchísimas competencias, y estas no se establecen de antemano, sino a golpe de pleito, lo cual genera enormes diferencias entre ellos, a parte de interminables procesos judiciales. Solo las agencias federales, el equivalente aproximado a los ministerios en Europa, tienen competencias para manejar presupuestos y operar a escala federal. Y justamente ese es el objetivo inmediato de esta primera oleada de guerra relámpago trumpista.</p>
<blockquote><p>El primer objetivo declarado es llegar a los 220.000 despidos en las instituciones del gobierno federal</p></blockquote>
<p>La proliferación de órdenes ejecutivas, en este sentido, no cumple una función demasiado diferente de las declaraciones de Trump en la arena internacional: se trata de escenificar ante el electorado quiénes son los enemigos del verdadero pueblo de los Estados Unidos de América. En este caso, se señala directamente a los «burócratas de Washington», un viejo enemigo de la derecha populista estadounidense, y también, y esto es novedoso, a los jueces, como parte del enemigo interno. El resultado es un ataque bien duro a las agencias del gobierno federal estadounidense liderado por Elon Musk, que en este caso actúa a la manera de un gestor de fondos de capital-riesgo, eliminando alas enteras del gobierno federal. En menos de un mes, entre despidos forzosos y bajas voluntarias con compensación, Musk se ha deshecho de unos 85.000 trabajadores federales. El primer objetivo declarado es llegar a los 220.000 despidos. Algunas cifras lanzadas se sitúan en un objetivo final de más de 700.000 trabajadores menos de una fuerza de trabajo total de 2.400.000 trabajadores.</p>
<blockquote><p>Las imágenes libertarianas del leviatán insaciable que se alimenta de los impuestos de los honrados trabajadores americanos coinciden en gran medida con las de la derecha religiosa sureña del <em>Bible Belt</em></p></blockquote>
<p>Esta remodelación fulminante del gobierno federal se puede leer desde varios ángulos. Por un lado, como demuestra la dispersión temática de las primeras órdenes ejecutivas, representa a la coalición de intereses de la derecha norteamericana que se ha formado en la estela de su persona política. Nada hay más norteamericano que subirse a un caballo ganador, pero no será sencilla de gestionar, entre otras cosas, porque en muchos temas las desavenencias son fuertes entre los integrantes de esta coalición de la propia derecha. En lo único en lo que están de acuerdo las derechas norteamericanas es en su sospecha hacia el gobierno del federal. Las imágenes libertarianas del leviatán insaciable que se alimenta de los impuestos de los honrados trabajadores americanos coinciden en gran medida con las de la derecha religiosa sureña del <em>Bible Belt</em> que, desde los años de la segregación, pintan al gobierno federal, y sus agencias, como el caballo de troya por el que se cuelan abortistas, homosexuales y comunistas. Desde el punto de vista de la guerra cultural, golpear al gobierno siempre suma en este sentido.</p>
<p>Pero también hay una racionalidad económica y política más profunda en el ataque al Estado federal por parte de Trump y Musk, dictada por sus jefes, los mercados financieros. Las bajadas de impuestos generalizadas que ha prometido el presidente no son novedosas, salvo quizá por la escala en que se van a producir. Durante toda la década de los ochenta, noventa y dos mil, los gobiernos republicanos han promulgado bajadas de impuestos monumentales que han ido transfiriendo enormes masas de riqueza financiera a los más ricos, que la han canalizado hacia los mercados financieros. La diferencia es que ahora el crecimiento económico no es una variable con la que se pueda contar en Estados Unidos. Y, aunque este país sea muy diferente al Reino Unido, el experimento de Liz Truss con las bajadas de impuestos generalizadas, unidas a recortes ambiciosos del gasto público, terminó con el desplome de la libra y la renuncia de la primera ministra del cargo. Sirve como aviso.</p>
<p>La única manera de que Trump y Musk se ganen a los mercados es canalizando hacia ellos más dinero del que les proporcionó el experimento del keynesianismo verde de Biden. Y puede que a Trump, y a sus soldados de la guerra cultural les den igual los datos, pero a Wall Street no. Como sucede con el nuevo régimen arancelario, la supresión de partidas de gasto del gobierno, prefinancia unas bajadas de impuestos gigantescas con unos ingresos que el crecimiento de la economía ya no puede financiar. En este sentido, la tarea de Trump y Musk consiste en convertir al Estado federal americano en una máquina de transferir recursos a las oligarquías financieras, que son quienes sostienen en la práctica al trumpismo. En este sentido, Trump y Musk serían respectivamente el CEO [Chief Executive Officer] y el CFO [Chief Financial Officer] de la empresa cotizada Gobierno de Estados Unidos, y responderían ante los mercados financieros de la misma manera en que una empresa cotizada responde ante sus accionistas.</p>
<blockquote><p>La tarea de Trump y Musk consiste en convertir al Estado federal americano en una máquina de transferir recursos a las oligarquías financieras, que son quienes sostienen en la práctica al trumpismo</p></blockquote>
<p>En buena medida, más allá de la larga batalla interna por el «alma» de los Estados Unidos de América en el ocaso de su papel hegemónico en el mundo capitalista —que a buen seguro no terminará con Trump— lo interesante de esta nueva deriva trumpista es que ya se sitúa en un escenario postcrecimiento en el que los ingresos que arroja la actividad económica corriente no se pueden dar por seguros en el futuro más inmediato. En este esquema de cosas, el control político del Estado es fundamental para reordenar las jerarquías de poder en disputa por el control político de la vida económica. Una vez más, el trumpismo se ha vuelto a adelantar al Partido Demócrata, y al progresismo global, que aún siguen rascándose la cabeza ante la victoria de Donald J. Trump.</p>
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		<title>La crisis de la financiarización: la crisis de la solución a la crisis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 22 Nov 2024 09:17:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuadernos de estrategia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este trabajo nos presenta el marco general bajo la perspectiva de un capitalismo gripado desde la crisis industrial de los años setenta, y para el cual no hay perspectiva de solución. Se dibuja así un horizonte de reestructuración capitalista improbable, dado que ni el capitalismo verde ni una nueva solución espacial —al modo en que lo fue China en los años dos mil y dos mil diez— parece hoy disponible.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Publicamos todo en abierto, pero si aprecias estas aportaciones y puedes hacerlo, considera la posibilidad de <a href="https://zonaestrategia.net/suscribete/">suscribirte para hacer posible este medio.</a></p>
<hr />
<p>Este trabajo nos presenta el marco general bajo la perspectiva de un capitalismo gripado desde la crisis industrial de los años setenta, y para el cual no hay perspectiva de solución. Se dibuja así un horizonte de reestructuración capitalista improbable, dado que ni el capitalismo verde ni una nueva solución espacial —al modo en que lo fue China en los años dos mil y dos mil diez— parece hoy disponible. Junto con el artículo de Emmanuel Rodríguez, estos artículos componen una suerte ampliación o actualización a escala regional de su trabajo Fin de ciclo. <a href="https://traficantes.net/libros/fin-de-ciclo">Financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano</a> (Traficantes de Sueños, 2010).</p>
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		<title>El coche del pueblo, el Informe Draghi y la implosión de Alemania</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Isidro López]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Nov 2024 12:04:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Economía]]></category>
		<category><![CDATA[Mundo]]></category>
		<category><![CDATA[alemania]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[economía europea]]></category>
		<category><![CDATA[europa]]></category>
		<category><![CDATA[ue]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El declive de la industria automotriz alemana amenaza no solo la estabilidad de su economía nacional sino también el equilibrio económico europeo.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/el-coche-del-pueblo-el-informe-draghi-y-la-implosion-de-alemania/">El coche del pueblo, el Informe Draghi y la implosión de Alemania</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado 3 de septiembre saltó la noticia: por primera vez en su historia, Volkswagen estaba considerando cerrar dos de sus plantas en Alemania, que finalmente serán tres. Resulta difícil imaginar un mayor golpe simbólico a la identidad económica de la República Federal Alemana, ese estado diseñado por los aliados tras la II Guerra Mundial que en 1991 absorbió a la RDA. Volkswagen, como la propia red de autopistas alemanas, fue un producto de la política social y económica del Tercer Reich que sobrevivió en la posguerra y constituyó una de las palancas sobre las que se articuló el milagro alemán posterior. Milagro por el que Alemania pasó de ser un país derrotado en todos los frentes a una potencia económica global con una especial capacidad para la producción a gran escala de automóviles competitivos en el mercado mundial. Decir Alemania era decir productividad industrial, éxito exportador, sociedad de consumo avanzada y estado del bienestar. Al menos durante los Treinta Gloriosos, el plan urdido por los aliados junto con las sempiternas virtudes organizativas alemanas, parecía haber creado un estado alemán que por primera vez desde la unificación conquistaba el mundo por medios exclusivamente económicos y no militares. Y si algún producto simbolizaba la nueva Alemania reconvertida ese era el Volkswagen Tipo 1, el «escarabajo», el equivalente en el milagro alemán al Modelo T de Ford, un coche que podían comprar los mismos obreros que lo fabricaban. Eso significa Volkswagen: el coche del pueblo.</p>
<blockquote><p>Volkswagen declara una reducción de los beneficios del 60% por una fuerte caída de las ventas en su principal mercado, el chino</p></blockquote>
<p>En su tumultuosa comparecencia del 3 de septiembre, la junta directiva de Volkswagen aseguraba ante un piquete de trabajadores que se encontraban a 500.000 coches vendidos por debajo de los necesarios para no cerrar fábricas. Según esta cifra, la sobrecapacidad alcanza hasta un tercio de la capacidad productiva total de las fábricas alemanas de Volkswagen. En su informe de octubre a los accionistas, la empresa declara una reducción de los beneficios del 60% por una fuerte caída de las ventas en su principal mercado, el chino. Hasta ahora Volkswagen había ejemplificado a la perfección el modelo social, económico, laboral y territorial alemán de posguerra: la llamada Economía Social de Mercado. La posición del mayor sindicato de Alemania, el IG Metall, en Volkswagen es la de codeterminador, un término que implica que el comité de empresa tiene voz y voto en la junta directiva de la empresa, poderes que ha ejercido hasta la fecha.</p>
<p>El estado de Nieder Sachsen (Baja Sajonia) tiene un 20 % de la participación de las acciones de Volkswagen y, según los estatutos de 1960, para que la junta de accionistas tomase decisiones de calado se necesitaban 4/5 de los votos. Lo cual, significaba que Volkswagen era un empresa pública con una junta de accionistas privada que no tenía poder real para tomar decisiones que el gobierno de Baja Sajonia no considerase oportunas. Esto fue así hasta 2007 cuando una resolución europea declaraba este reglamento como contrario a la libre circulación de capital.</p>
<p>En los años ochenta y noventa, Volkswagen, lejos de verse afectada por las distintas rondas de reestructuración del sector, se convirtió en la bandera del nuevo mercantilismo alemán basado en la industria de exportación. El nuevo modelo de exportación ajustado a la globalización neoliberal entonces naciente se vanagloriaba de competir en la relación calidad/precio antes que únicamente en el precio y, en consecuencia, se declaraba no deslocalizable. La ventaja competitiva alemana se basaba en una tupida red de empresas familiares que tiene como clientes a los grandes conglomerados industriales. Era una ventaja tan específica e intransferible como el propio territorio donde se producía. En buena parte, la justificación alemana de la estricta disciplina de la austeridad impuesta en la crisis de 2008 tenía que ver precisamente con salvar la competitividad de la industria de exportación alemana y sus enormes superávits respecto de la necesidad de endeudamiento de unos países del sur que ahora habían pasado de ser mercados seguros y destinos preferenciales para los productos y capitales alemanes a ser caracterizados como “vagos que han vivido por encima de sus posibilidades”.</p>
<blockquote><p>El resto de Europa no teníamos más que celebrar el dominio exportador alemán y esperar a que nos cayeran algunas migajas económicas de ello</p></blockquote>
<p>Alemania creía no necesitar la demanda de los países del sur. El mercado chino y su ingente clase media parecían abrir un nuevo camino para las manufacturas alemanas y, como no, para su gran conglomerado global del automóvil: en 2010, Volkswagen registró unas ventas récord de 6,29 millones de vehículos, con una cuota de mercado mundial del 11,4 %. Ese mismo año, Volkswagen se convirtió en el tercer mayor fabricante de automóviles del mundo, y a partir de 2016 pasó a ser el segundo. En 2018 batió el récord de ventas con 10,8 millones de vehículos vendidos. Los restos del milagro parecían seguir impulsando a Alemania en su campo preferido: la producción y venta de coches. El resto de Europa no teníamos más que celebrar el dominio exportador alemán y esperar a que nos cayeran algunas migajas económicas de ello, en el estado Español, las migajas tomarían forma de flujo aumentado de turistas alemanes y de inversión inmobiliaria en el litoral junto con el mantenimiento, previo pago de fuertes sumas de dinero público, de las fábricas de coches alemanas en España.</p>
<h3>El Informe Draghi</h3>
<p>El dia 17 de Septiembre, Mario Draghi, el tipo que salvó el euro de la autodepredación y se hizo cargo del gobierno de Italia durante el terrorífico segundo año de la pandemia, presentaba en Estrasburgo su informe sobre la competitividad en Europa –ahora conocido por su propio nombre–. Nada hacía presagiar que el contenido del informe auspiciado por el banquero central más conocido de Europa fuera diferente al de los muchos informes de tono autocelebratorio que publica regularmente la Unión y que suelen dibujar un futuro de prosperidad, democracia y Estado del Bienestar que, desde hace ya más de una década, no se corresponde con la realidad; pero Draghi decía cosas sustantivas. Así abría su presentación:</p>
<p>«El punto de partida es que Europa se enfrenta a un mundo que está experimentando cambios drásticos. El comercio mundial se está ralentizando, la geopolítica se está fracturando y la velocidad del cambio tecnológico se está acelerando.</p>
<blockquote><p>Tenemos los precios más altos de la energía: las empresas de la UE se enfrentan a precios de la electricidad entre 2 y 3 veces superiores a los de Estados Unidos y China</p></blockquote>
<p>Es un mundo en el que los modelos empresariales establecidos desde hace mucho tiempo se están poniendo en tela de juicio y en el que algunas dependencias económicas clave se están convirtiendo, de repente, en vulnerabilidades geopolíticas. De todas las grandes economías, Europa es la más expuesta a estos cambios. Somos los más abiertos: nuestra relación comercio/PIB supera el 50 %, frente al 37 % de China y el 27 % de Estados Unidos. También somos los más dependientes: dependemos de un puñado de proveedores de materias primas críticas e importamos más del 80 % de nuestra tecnología digital.</p>
<p>Tenemos los precios más altos de la energía: las empresas de la UE se enfrentan a precios de la electricidad entre 2 y 3 veces superiores a los de Estados Unidos y China. Y precios del gas entre 4 y 5 veces superiores.</p>
<p>Estamos muy atrasados en nuevas tecnologías: solo cuatro de las 50 principales empresas tecnológicas del mundo son europeas.</p>
<p>Europa está atrapada en una estructura industrial estática, con pocas empresas nuevas que surjan para perturbar las industrias existentes o desarrollar nuevos motores de crecimiento. De hecho, no hay ninguna empresa de la UE con una capitalización bursátil superior a 100.000 millones de euros que se haya creado desde cero en los últimos cincuenta años.”</p>
<blockquote><p>Draghi ha desgranado los motivos por los que Europa está perdiendo la batalla competitiva en la nueva configuración del capitalismo global</p></blockquote>
<p>Ante la atenta mirada de Ursula Von der Leyen –con su eterno aspecto de estar auspiciando un rastrillo benéfico para pobres en la parroquia de su acaudalado barrio de Bruselas–, el banquero fue desgranando motivos por los que Europa está perdiendo la batalla competitiva en la nueva configuración del capitalismo global: Europa ha perdido cuota de mercado global y en la nuevas industrias verdes descarbonizadoras va muy por detrás de China. Para completar el cuadro, los vaivenes geopolíticos, en los que Europa es más observadora que agente, en Ucrania y Oriente Medio han complicado las cadenas de suministro de energía y materias primas. Europa no registra productividad del trabajo significativa y sus proyecciones demográficas son claramente a la baja, con lo cual, ni por la vía cualitativa del cambio técnologico y la productividad, ni por la cuantitativa del aumento de población activa, se espera crecimiento en la Eurozona en los próximos años. Y sin crecimiento, peligra todo el edificio de la Unión Europea y el modo de vida que sostiene, empezando por la financiación de sus estados de bienestar.</p>
<blockquote><p>Salvo que los países miembros desembolsen anualmente el equivalente al 4 % del PIB europeo en inversión pública durante los próximos años Europa seguirá profundizando su crisis</p></blockquote>
<p>El tono autocrítico y analíticamente centrado de Draghi sorprende más cuanto que solo hace tres años, en 2021, la Unión Europea ponía en marcha el programa Next Generation entre trompetas y tambores de júbilo. El discurso de acompañamiento de Next Generation estaba en las antípodas del Informe Draghi, gracias a la emisión conjunta de bonos europeos, una fuerte suma dispuesta sería la palanca para que Europa liderara el mundo en su transición hacia una economía descarbonizada y un capitalismo verde. En España, el gobierno de Pedro Sánchez y Unidas Podemos celebró el acuerdo al máximo, con un eufórico Pablo Iglesias, que fue brevemente designado responsable del plan. El gobierno más progresista de la historia procedió a untar de millones a Iberdrola y a Telefónica, no precisamente <em>start ups</em>, para que no solo se los embolsaran directamente, sino que dirigieran los procesos de concurso público destinados a asignar fondos a subcontratas como les diera la gana, mientras aumentaban su cotización en bolsa. Nada muy diferente se hizo en el resto de estados europeos: dar dinero a las respectivas empresas-estado de cada país para que aumentaran su capitalización de mercado.</p>
<p>Tres años despues, Draghi sostiene que el haber puesto en marcha una política de reindustralización verde a nivel de los estados, en vez de a nivel de la Unión, ha generado aún mas excesos de capacidad productiva agravando la crisis de competitividad. Algo que puede ser interpretado como una defensa de una reestructuración de la capacidad productiva europea conforme a los criterios que Alemania dicte a medida de su industria de exportación. A fin de cuentas, la capacidad de reestructurar la división europea del trabajo ha sido el poder que históricamente ha tenido sobre el espacio europeo a cambio de su condición de pagador central del proceso de unificación.</p>
<p>Y como camino para la solución de la ya evidente relegación de Europa en el nuevo reparto global del poder capitalista global, Draghi pone una cifra: salvo que los países miembros desembolsen anualmente el equivalente al 4 % del PIB europeo en inversión pública durante los próximos años mediante la emisión de bonos mutualizados, Europa seguirá profundizando su crisis. Esta cifra, insiste Draghi, es de mínimos. Lo necesario para no seguir cayendo.</p>
<blockquote><p>Europa no debe tener inconveniente en que sea el Estado y no la iniciativa privada quien mantenga con vida el capital productivo que queda en el continente</p></blockquote>
<p>Frente a lo que el informe llama la fase anterior de “hiperglobalización”, Europa no debe tener inconveniente en que sea el Estado y no la iniciativa privada quien mantenga con vida el capital productivo que queda en el continente. Evidentemente, será complicado, por no decir, imposible, que tales cifras de inversión pública se alcancen. Con lo cual podemos anticipar una más que probable política sin crecimiento económico durante los próximos años, con todas las consecuencias que acarreará para la provisión de servicios públicos. Draghi advierte: aunque Europa tampoco debe tener miedo al proteccionismo después del giro de Joe Biden en este sentido que Trump a buen seguro va a profundizar. Europa ya ha establecido aranceles para los coches eléctricos chinos, pero, según Draghi, tiene que tener cuidado de no entrar en guerras comerciales que encarezcan los insumos básicos de materias primas y semiconductores que necesita la industria europea y que no produce en su territorio.</p>
<h3>La implosión alemana</h3>
<p>Sin estar directamente escrito por Alemania, el Informe Draghi es una suerte de <em><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Silbato_para_perros_(pol%C3%ADtica)">dog whistle</a></em> que tiene como texto oculto la profunda crisis de la industria de exportación de este país. Si algo dejó claro la invasión de Ucrania en 2022 es el lugar geopolíticamente subordinado de Alemania respecto de Estados Unidos: el orden establecido tras la segunda guerra mundial. Estados Unidos forzó a Alemania a dejar de comprar gas ruso y le obligó a comprar gas natural licuado a Estados Unidos que es sensiblemente más caro. El encarecimiento del gas no fue la principal causa de la caída de la rentabilidad de las industrias de exportación alemanas, que más bien tiene que ver con que China ha alcanzado en nivel tecnológico y producción de bienes de capital a Alemania, pero evidentemente, ha supuesto un golpe adicional a su estructura de costes. Y sobre todo, el encarecimiento de la factura energética alemana ha sido la primera marca visible de la crisis del modelo alemán. La segunda, sin duda, es la crisis de la industria del automóvil, muy especialmente, la crisis de su gigante Volkswagen.</p>
<p>El informe también aborda la crisis del sector del automóvil desde el punto de vista de la que iba a ser su tabla de salvación según los Next Generation, la producción de vehículos eléctricos. «El sector del automóvil es un ejemplo clave de la falta de planificación de la UE, que ha provocado que se aplique una política climática sin una política industrial. El ambicioso objetivo de cero emisiones procedentes de motores de combustión para 2035 conducirá a la eliminación de facto de las nuevas matriculaciones de vehículos con motor de combustión interna y a la rápida penetración en el mercado de los vehículos eléctricos. La UE no ha acompañado estas aspiraciones con un impulso sincronizado para transformar la cadena de suministro. Por ejemplo, la Comisión no lanzó la Alianza Europea de Baterías para construir una cadena de valor de baterías en Europa hasta 2017, mientras que Europa en su conjunto está muy retrasada en la instalación de infraestructura de carga. China, por el contrario, se ha centrado en la cadena de suministro completa del vehículo eléctrico desde 2012 y, como resultado, ha avanzado más rápido y a mayor escala y ahora se encuentra al menos a una generación de distancia.»</p>
<blockquote><p>La suerte de Alemania es la suerte de Europa. También de su colonia sur española</p></blockquote>
<p>La situación no puede ser más diferente de la crisis financiera de 2008, lejos de la Alemania arrogante y disciplinadora del primer gobierno de Merkel y su canciller Schäuble, encontramos una sometida al poder atlantista de EEUU, que no parece encontrar mas solución a su profundísima crisis productiva que aumentar tanto como sea necesario los niveles de gasto público. Hasta que el tamaño del descalabro de Volkswagen no ha sido del dominio público, el gobierno tripartito de SPD, Verdes y los liberales del FDP ha aguantado el temporal mediante este mecanismo, mientras mantenía la retórica de la transición energética y el nuevo capitalismo verde. Pero estamos entrando en otra coyuntura, esta misma semana, Olaf Scholz, ha destituido al ministro de finanzas del FDP –los liberales– por negarse a aumentar el techo de deuda para los presupuestos del año que viene. La frágil coalición de gobierno se ha deshecho y Olaf Scholz se va a someter a una moción de confianza a la que, posiblemente, seguirán unas elecciones en marzo sobre las que planeará a buen seguro la vuelta de la austeridad a Europa.</p>
<p>Y como plantea el Informe Draghi sin decirlo abiertamente, la suerte de Alemania es la suerte de Europa. También de su colonia sur española, en la que, por ahora, han dejado que el gobierno progre, siempre amigo del SPD, gestione unos niveles de deuda pública suficientes para mantener mínimamente la paz social.</p>
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