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	<title>antirracismo archivos - Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>antirracismo archivos - Zona de estrategia</title>
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		<title>¿Torre Pacheco como síntoma?</title>
		<link>https://zonaestrategia.net/torre-pacheco-como-sintoma/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Antonio J. Ramírez Melgarejo]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 18 Jul 2025 23:54:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antirracismo y fronteras]]></category>
		<category><![CDATA[Coyuntura]]></category>
		<category><![CDATA[antirracismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las personas migrantes tienen derecho a planificar su propio proyecto de vida, no vienen a repoblar pueblos o pagar pensiones, esta mirada utilitarista de las personas es miserable.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #808080;"></p>
<p>A estas alturas mucho se ha escrito y hablado de lo que está ocurriendo en Torre Pacheco (Murcia) en el verano de 2025, pero consideramos que es importante intentar profundizar en sus causas y consecuencias para comprender este tipo de conflictos, porque estamos seguras de que esta explosión racista, xenófoba y fascista no será la última. El 9 de julio de 2025, un vecino jubilado de Torre Pacheco fue apalizado de madrugada supuestamente por unos vecinos jóvenes de origen marroquí. La creciente tensión social reaccionaria de los últimos años y los discursos de odio contra migrantes, diversidades sexuales, izquierda política etc., ha facilitado convertir este suceso en una vía para canalizar violencia jaleada, difundida y alentada por bulos y desinformaciones difundidas masivamente por redes sociales. No pretendemos analizar aquí cómo se generan estas dinámicas ni las razias fascistas sino, más bien, intentar dar un marco explicativo crítico que contextualice el evento más allá de la angustiada opinión urgente y la impotencia de ver grupos neonazis intentando convertir un pueblo en un laboratorio de pogromo. Un hecho que no es aislado, que se enmarca en un incremento generalizado de la violencia contra las personas migrantes en toda Europa. Ya saben, la expansión de la internacional reaccionaria y sus consecuencias concretas, en este caso en un pueblo de Murcia, como bien podría ser (y por desgracia será) en otro lugar cualquiera.</p>
<p>En este país, las periferias casi siempre son noticia por hechos luctuosos. Torre Pacheco era un lugar desconocido para la gran mayoría de la población hasta ahora. Se trata de un municipio del campo de Cartagena, a solo 10 kilómetros del maltratado Mar Menor. Toda la zona es un enclave productivo agroindustrial intensivo y global, donde se cultivan, con métodos tecnológicos avanzados, melones, sandías y hortalizas que son exportadas a toda Europa. Estos productos son cultivados, recogidos y empaquetados por manos migrantes en un 90 %, la mayor parte originarios/as de Marruecos, que componen aproximadamente un 7-8 % de la población total. Los datos estadísticos rebelan que las familias migrantes son las que tienen menos renta, aunque en proporción están más afiliadas a la seguridad social que las personas españolas, datos disponibles para quien los quiera consultar.</p>
<p>La historia de las personas migrantes en Torre Pacheco, como en tantos territorios periféricos del sur del país, se inicia en los años 90 cuando comienzan a llegar al campo de Cartagena los primeros hombres jóvenes originarios de Marruecos. Con o sin contrato, trabajaban a destajo en los campos y malvivían en cortijos deteriorados y/o abandonados en medio del campo: no eran visibles, no eran vecinos, solo fuerza de trabajo explotada sobre la que se fue cimentando el modelo de desarrollo agroindustrial del pueblo y la comarca entera. En el año 1993 la población total no llegaba a las 18.000 personas, en la actualidad es una ciudad pequeña de casi 40.000 habitantes. Torre Pacheco es uno de los pocos pueblos que ha ganado población en los últimos 30 años, multiplicándose por 125 %. El dinamismo económico y demográfico de la zona es producto de la explotación de la fuerza de trabajo migrante vulnerable, en una parte muy importante sin derechos de ciudadanía, dependientes de un trabajo mal pagado en la agricultura que no podían permitirse perder porque con él mantenían a sus familias allá y sobrevivían aquí. Este proceso construyó una clase trabajadora migrante sin herramientas comunitarias ni sindicales con las que defender su derecho a mejorar sus condiciones de vida y trabajo. Solo les dejaron la opción de convertirse en esclavos modernos del capital agroindustrial. Con el paso de los años estos hombres consiguieron, a pesar de todas las dificultades, prejuicios y acosos, asentarse en el trabajo y en el territorio, por lo que fueron reagrupando a sus familias y teniendo hijos e hijas en el pueblo. Esto no ha sido aceptado por una parte nativa del municipio que votó a Vox como primera fuerza ya en 2019, votos que apoyaban su discurso del miedo y el odio contra las personas migrantes que eran acusadas de delitos y violencia sexual, datos que no existen en las estadísticas. Una forma clásica de criminalización que se enraíza y crece en los prejuicios contra lo diferente y desconocido. Como ocurre en tantos otros territorios o periferias urbanas como el norte de París o el este de Londres, donde se produjeron graves ataques racistas en 2024, territorios urbanos en tensión que han sido testigos de similares cacerías.</p>
<p>Tenemos, por tanto, una creciente población originaria de Marruecos que va asentándose en un pueblo con baja densidad poblacional y amplias zonas rurales. La inicial competencia por los puestos de trabajo en el campo entre extranjeros y nacionales duró poco. El tejido empresarial apostó de forma definitiva por reclutar fuerza de trabajo migrante, más fácilmente explotable y deshumanizable, a la que podían exigir trabajar más deprisa y cobrar menos, para ganar ellos más. Además, muchos campesinos autóctonos ya no pudieron competir con las grandes agroindustrias que empezaban a asentarse en el pueblo y tuvieron que salarizarse en otros trabajos para sobrevivir y/o vender sus tierras a los nuevos grandes empresarios.</p>
<p>En Torre Pacheco, como en cualquier enclave agroindustrial, conviven en tensión clases sociales muy desiguales. Por un lado, las grandes rentas de los capitalistas del agro, generadas por los cuerpos sacrificados de la clase trabajadora, y estos últimos, clase trabajadora de rentas bajas, mayoritariamente migrantes en el caso de la agricultura, que comparten espacio con los habitantes nativos del municipio. En efecto, unos pocos españoles capitalistas se han lucrado enormemente durante tres décadas explotando a trabajadores y trabajadoras de origen extranjero. Por tanto, no hay competencia en el espacio laboral entre migrantes y “nacionales” porque la segregación está actualmente institucionalizada. La única “competencia” es la que se percibe en la ocupación del espacio público, en la práctica del derecho a la ciudad. Y es que, en los últimos treinta años, la población marroquí ha ido construyendo la pequeña ciudad de Torre Pacheco, abriendo negocios, habitando parques, colegios y centros de salud, como vecinos/as que son. Durante este proceso, del que da buena cuenta el crecimiento demográfico y la transformación urbana, no ha habido un verdadero proceso de socialización, comunicación y conocimiento entre ambas comunidades. La tensión y la desconfianza han sido la norma.</p>
<p>Es evidente que los empleadores y una parte de los/as vecinos/as nativos/as no les consideran verdaderos vecinos, sino que los ven como mera fuerza de trabajo necesaria que hay que soportar para que se mantenga la economía. De nuevo, lo económico por encima de la vida, pura esencia capitalista. Esta es la base del resquemor hacia la comunidad migrante, que en respuesta a este desdén ha ido construyendo sus propias relaciones en la que han ido creciendo sus familias, hijos e hijas que han nacido en España, que han sido educados aquí con la esperanza de que “no sean como nosotros”, de que tuvieran oportunidades laborales y vitales diferentes a las de sus padres y madres, el deseo de poder construir un proyecto de vida como cualquier persona, estudiar si se quiere, trabajar, formar una familia… Pero estos hijos de personas migrantes ya nacidos en Torre Pacheco saben que no se lo van a poner fácil, que van a arrastrar la condición racial toda su vida a pesar de ser murcianos/as y españoles/as, que partidos políticos neofascistas pero también una parte de la población nunca los considerará españoles ni personas con derecho a decidir libremente sobre su propia vida. Ellos y ellas saben que empresarios y políticos, pero también una parte de la población autóctona, los quieren atados a la agricultura, a lo que hicieron y hacen sus padres y madres; los quieren sin derechos plenos, sin autonomía ni capacidad de decidir. Los quieren invisibles, callados/as, vulnerables, con miedo, porque saben muy bien que cualquier persona que tenga la oportunidad intentará antes o después salir de las condiciones de vida semiesclavas de la agricultura y la dependencia.</p>
<p>Estos hijos nacionales de personas migrantes, mal llamados segunda generación, deben estar sintiendo una creciente impotencia y rabia por la imposibilidad material de poder tener su propio proyecto de vida; están comprobando que no van a tener autonomía y que, llegado el caso, sus decisiones van a estar muy limitadas; intuyen que no van a tener la vida que se les prometió, como toda una generación de jóvenes en el país, sean del lugar que sean. Este sentimiento de desilusión reveladora es el mismo que late en la banlieue francesa o al este de Londres, el mismo que sufren millones de migrantes laborales en todo el mundo cuando descubren que el capitalismo solo los quiere como cuerpos explotados y consumidores hipnotizados, actores secundarios en una película que nunca van a protagonizar.</p>
<p>Las promesas de crecimiento sostenido y creciente capacidad de consumo no se van a cumplir tal y como lo habían imaginado. El capitalismo, racista y colonizador, no puede cumplir sus promesas, solo unos pocos son los beneficiarios. El esfuerzo y sumisión de sus padres no les ha servido más que para sobrevivir, y lo saben, lo sienten todos los días. Esta es una forma de violencia que, si bien no es directamente física, daña sus vidas y las de la sociedad en la que viven. Es violencia estructural: la que sufren por ser trabajadores/as pobres y además migrantes, peor si son mujeres. Es el tipo de violencia que impide que tengan los mismos derechos que el resto, la que les condena a una posición subordinada en la sociedad, a ocupar puestos de trabajo precarios y desechados por los nativos. Pero incluso si consiguen salir de ese pozo, es altamente probable que nunca puedan borrar su condición migrante, y esta es una forma de violencia simbólica que se deriva de interiorizar la posición de dominados/as en la sociedad, la imposibilidad de mejorar sus vidas. Lo que nos lleva a la tercera forma de violencia que sufren, la normalizada, la que reciben cotidianamente en forma de desprecio, de insultos, de no inclusión en el espacio social; la que sufren en el trabajo, con los contratos falsos, en los engaños de las ETT’s, en que no les coticen, en los malos tratos y casos gravísimos de acosos laborales y también sexuales sobre mujeres migrantes que ya han dado con los huesos de varios encargados españoles en la cárcel, tanto en Torre Pacheco como en Huelva, aunque siga sin actuarse de forma contundente contra el acoso sexual y las violaciones. La comparación estruendosa entre el silencio como respuesta ante estas agresiones y violaciones cotidianas a mujeres migrantes y el ruido generado por la agresión a este vecino resulta especialmente esclarecedora y dolorosa.</p>
<p>Esta generación, española y murciana repito, quiere salir de la invisibilidad de los primeros migrantes, y eso se castiga. Como personas sintientes reclaman su derecho a la ciudad, a esa ciudad que en gran medida han construido, no quieren seguir siendo invisibles en los campos, en las casas, en las calles. El capitalismo no ofrece, no puede ofrecerles ningún tipo de proyecto civilizatorio, es un modelo socioeconómico que se basa en la competencia, que fomenta la pelea del penúltimo contra el último, no puede construir comunidad porque su tendencia es destruirla, individualizar, aislar, fragmentar.</p>
<p>Para ofrecer un horizonte de esperanza es necesario acabar con las condiciones de explotación y segregación laboral como primera premisa para que exista una posibilidad de convivencia. Además, teniendo en cuenta que las personas migrantes tienen derecho a planificar su propio proyecto de vida, no vienen a repoblar pueblos o pagar pensiones, esta mirada utilitarista de las personas es miserable. Deberían poder hacer lo que consideren, y eso no se admite en un modelo de organización social envilecido por el individualismo identitario.</p>
<p>Gran parte de nuestro futuro, de la posibilidad de disputar un futuro común diferente, alegre, ilusionante y que merezca la pena ser vivido, nos la jugamos en la socialización y politización de las personas migrantes, como por ejemplo nos está enseñando el resurgir sindical en EEUU, protagonizado principalmente por personas migrantes trabajadoras que están perdiendo el miedo y que han sabido identificar su verdadero enemigo: las relaciones de explotación capitalistas y la fragmentación social que producen. Ante esto, las alianzas transversales de raza, género y clase son sin duda el camino en el que aprender a dirigir bien nuestra ira, pero también nuestra solidaridad.</p>
<p></span></p>
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		<title>Nosotros y los judíos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Santiago Alba Rico]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 25 Mar 2025 16:34:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Antirracismo y fronteras]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los judíos fueron el objeto principal de las categorías “universales” de la exclusión etnocéntrica europea hasta que fueron incorporados, a través del sionismo, al proyecto colonial: hasta que -digamos- se “europeizaron” a través del crimen.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Fragmento de <em><a href="https://icariaeditorial.com/mas-madera/4445-islamofobia-nosotros-los-otros-el-miedo.html">Islamofobia. Nosotros, los otros, el miedo</a></em> (Icaria, 2015).</p>
<p>Al final de la Segunda Guerra Mundial se producen en Europa tres acontecimientos que aún determinan nuestra historia presente. El primero, durante los famosos Procesos de Nuremberg, tiene que ver con la legalización de facto de los bombardeos aéreos. Mientras que, en efecto, se declara para siempre abominable el modelo Auschwitz -la deshumanización y exterminio horizontal del otro- se autoriza o al menos se proclama aceptable el modelo Hiroshima, que es el de los vencedores. Desde 1945 hasta nuestros días, la deshumanización y exterminio vertical del otro se asume como rutinaria o como no penalizable: al día siguiente de la liberación de los nazis, la Francia colonial bombardeaba Argelia y Siria y hemos seguido con eso todos los días sin excepción durante setenta años: mientras el lector lee estas páginas es casi seguro que drones estadounidenses están bombardeando Iraq, Pakistán o Yemen, los aviones de Bachar Al-Assad a su propio pueblo [su dictadura terminó en el 2024] y los F-16 de Israel a los palestinos de Gaza. Todos esos bombardeos nos impresionan tanto como una tormenta de verano y, desde luego, mucho menos que una cuchillada en el metro.</p>
<p>El segundo acontecimiento tiene que ver con el fracaso de un plan europeo para exterminar a todos los judíos de Europa. Ese plan se llamaba nazismo y costó millones de muertos, judíos y no judíos. Fue felizmente -justamente- condenado en Nuremberg como un crimen abominable contra el conjunto de la Humanidad.</p>
<blockquote><p>Tras siglos de persecución, los judíos sólo fueron reconocidos como europeos cuando salieron de Europa y en la medida en que se comportaron y comportan como europeos: es decir, como sionistas</p></blockquote>
<p>El tercer acontecimiento tiene que ver, por el contrario, con el éxito de un plan europeo para expulsar a todos los judíos de Europa. Ese plan se llamaba sionismo y logró su propósito con la colaboración del antisemitismo europeo que comprendió las ventajas de librarse de los judíos, como llevaba siglos queriendo hacer, mientras utilizaba sus servicios en los territorios del ex-imperio otomano. El sionismo fue y sigue siendo un plan europeo, no judío, de colonización del mundo árabe (así lo presentó Theodor Herzl al gobierno inglés de la época<sup><a id="ffn1" class="footnote" href="#fn1">1</a></sup>) desarrollado con la colaboración de las clases dirigentes europeas y árabes y en detrimento de todos los pueblos de la zona. Paradójicamente, tras siglos de persecución, los judíos sólo fueron reconocidos como europeos cuando salieron de Europa y en la medida en que se comportaron y comportan como europeos: es decir, como sionistas. El sionismo es el paradójico triunfo del asimilacionismo a costa de los palestinos y de los propios judíos, explotados o perseguidos por una ideología que los quiere obligar a identificarse con un proyecto abiertamente racista y criminal.</p>
<p>Pues bien, lo más singular es que, de estos tres acontecimientos, el único que parece conmover hoy a gobiernos y opiniones públicas es el único que la historia ha dejado atrás y que es muy improbable que se repita: me refiero al exterminio nazi. Mientras que el ‘holocausto judío’ nos conmueve y horroriza -muy justamente- como si siguiese produciéndose y debiéramos evitarlo, los cotidianos asesinatos desde el aire (de EEUU, el régimen sirio, Arabia Saudí o Israel) y la ocupación sionista de Palestina, que están realmente ocurriendo y que deberíamos evitar, nos dejan bastante indiferentes. Los bombardeos del verano de 2014 sobre Gaza, con sus cientos de víctimas, incluidos niños y mujeres, son aceptables para los europeos porque son bombardeos, sí, y además porque el sionismo, como plan europeo que es desde sus orígenes, cuenta con el apoyo de los gobiernos de Europa y de buena parte de sus medios de comunicación, que alimentan la propaganda sionista orientada a convertir a los nuevos ‘judíos’ (‘los judíos de los judíos’, como dice el escritor libanés Elias Khoury) en herederos de los nazis; es decir, que convierte a los verdugos en víctimas y a las víctimas en verdugos. Con tanto éxito que hasta los entierros de los niños palestinos asesinados por el ejército israelí acaban pareciéndonos “agresiones antisemitas” contra Israel.</p>
<blockquote><p>Los judíos son europeos como nosotros y nadie diría de un judío las cosas que aceptamos todos que se digan de un árabe o de un musulmán</p></blockquote>
<p>A través del sionismo, pues, los judíos han sido asimilados en el discurso narcisista eurocéntrico. Desde el mismo momento en que los judíos fueron expulsados de Europa, Europa asimiló a esos judíos que Europa había rechazado y perseguido durante siglos y a los que había tratado como a una recua de gente adormecida en la cuneta de la humanidad, fuera de la corriente principal de la historia, incapaz de movimiento, incapaz de pensamiento, incapaz de democracia, exactamente los mismos clichés y lugares comunes que hoy se aplican al mundo árabe y musulmán. Los judíos son europeos como nosotros y nadie diría de un judío las cosas que aceptamos todos que se digan de un árabe o de un musulmán. Hasta qué punto la espantosa vacunación del genocidio nazi nos ha hecho selectivamente sensibles al dolor judío -en beneficio del proyecto sionista- lo demuestra el sobresalto instintivo con el que reaccionamos frente a declaraciones antisemitas, por comparación con la mansedumbre con que aceptamos las declaraciones islamofóbicas. Incluso en medios de izquierda, basta cambiar en una frase despreciativa el término “musulmán” por “judío” para que nuestro estado de alerta y sensibilidad se agudice -y basta restaurar al final el verdadero nombre para que nos sintamos involuntariamente aliviados: “ah, menos mal, se trataba sólo de musulmanes”.</p>
<p>¿Podemos leer sin estremecernos, por ejemplo, esta declaración que Margarita II, reina de Dinamarca, hizo en 2005, cuatro años después del 11S, acontecimiento que activó, como veremos, decenas de clichés aletargados?</p>
<p style="padding-left: 40px;">“<em>El judaísmo lleva años desafiándonos a escala mundial y local. Se trata de un desafío que tenemos que tomarnos muy en serio. Hemos dejado sin abordar este asunto durante mucho tiempo porque somos tolerantes y perezosos pero tenemos que mostrar nuestra oposición al judaísmo y tenemos que asumir en ocasiones el riesgo de que se nos etiquete de forma poco grata porque hay cosas frente a las que no debemos de mostrarnos tolerantes y cuando lo seamos, debemos de saber si lo somos por conveniencia o por convicción</em>”.</p>
<p>¿Y qué decir de esta frase que, más o menos por la misma época, pronunció en la BBC Philip Dewinter, miembro destacado del partido de la ultra derecha belga <em>Vlaams Blok or Belang</em> cuyo programa prevé la repatriación de todas las personas de color a sus países de origen?</p>
<p style="padding-left: 40px;"><em>“Cuando observo la cultura judía creo que la nuestra es superior. Nuestros valores, nuestra forma de vida son superiores y tenemos que decirlo. No considero que la manera de vivir de los judíos sea compatible con la nuestra”.<br />
</em></p>
<p>Si restablecemos la declaración original y cambiamos ahora “judío” por “musulmán” (“el islam lleva años desafiándonos”, “no considero la manera de vivir de los musulmanes compatible con la nuestra”) la invectiva racista nos impresiona mucho menos e incluso nos parece legítima o, como poco, discutible. Esta sensibilidad particular frente al antisemitismo es el resultado combinado de la persecución real que sufrieron los judíos a manos de los europeos (y que terminó en el Holocausto) y de décadas de <em>hasbara o propaganda israelí orientada a</em> identificar al Estado de Israel con el judaísmo perseguido y amenazado de muerte.</p>
<blockquote><p>La institucionalización del odio a los judíos, desembocó a mediados del siglo pasado en los lager y las cámaras de gas</p></blockquote>
<p>Pero veamos ejemplos más recientes. Es imposible no estremecerse al leer estos comentarios antisemitas de jóvenes árabes que se desahogaban en la red durante el verano del 2014: “les deseo una muerte dolorosa a los judíos”; “odiar a los judíos no es racismo, es un mandamiento de Dios”; “al final no habrá más judíos, Dios lo quiera”; “os escupo, judíos malolientes”, o “desde el fondo de mi corazón, deseo que les prendan fuego a los judíos”. La aceptación natural de este tipo de comentarios, y la institucionalización del odio a los judíos, desembocó a mediados del siglo pasado en los lager y las cámaras de gas, celebradas o aceptadas, como sabemos, por la mayor parte de los europeos de la época.</p>
<p>Pero no. Cuidado. Estos comentarios no procedían de jóvenes árabes fanáticos sino de normalísimos adolescentes israelíes y el objeto de su odio no eran obviamente los judíos sino los árabes en general y los palestinos -bombardeados y mutilados- en particular: “hay que quemar a todos los árabes”. En el verano de 2014, mientras los colonos israelíes se reunían en Sderot para ver caer alborozados las bombas sobre Gaza, bellas y provocativas israelíes de 16 años publicaban selfies en twitter acompañados de peticiones de tortura y destrucción. Eran los futuros soldados del Estado sionista y tenían ya muy claro lo que tendrán que hacer: exterminar a todos los salvajes. Muchos de estos tweets fueron recogidos por el periodista canadiense <a href="http://www.davidsheen.com/">David Sheen</a>, pero no generaron la menor polémica ni llevaron tampoco -desde luego- a extraer conclusiones de carácter moral o étnico sobre la “personalidad judía” o sobre la “cultura israelí”.</p>
<blockquote><p>Normalísimos israelíes que expresan su gozo tras el asesinato de cuatro niños palestinos mientras jugaban al balón en una playa de Gaza</p></blockquote>
<p>¿Verdad que el eslogan “matemos a todos los judíos” impresiona mucho más -y nos parece mucho más violento e inaceptable- que el de “matemos a todos los árabes”? Probemos de nuevo. Leamos estos comentarios publicados en la página <a href="http://islam.net/"><em>Islam</em>.<em>net</em></a> tras el secuestro y asesinato de tres jóvenes colonos israelíes el mes de julio de 2014: “Desgraciadamente son pocos. Hurra por la yihad” o “qué bella escena; espero que ocurra una y otra vez” o “¿Sólo tres? Queremos más” o “genial, hay que matar a todos los adolescentes judíos” o “hay que matarlos a todos”. Impresiona mucho; duele en el alma; aterra y ensombrece toda esperanza de civilización y humanidad. Pero no. Cuidado. Esos comentarios proceden de la página <a href="http://www.walla.co.il/"><em>Walla</em></a> y corresponden a normalísimos israelíes que expresan su gozo tras el asesinato de cuatro niños palestinos mientras jugaban al balón en una playa de Gaza: “nada más hermoso que ver morir niños árabes”; “tenemos que matar a todos los niños”; “quemémoslos a todos”.</p>
<p>Los que así se expresan visten a la europea, comen en restaurantes exóticos de Tel Aviv y tienen nombres razonables. Si sacan a la calle las sillas y las cervezas para ver caer desde una loma de Sderot una lluvia bíblica de misiles sobre los hospitales y escuelas de Gaza y celebran cada detonación y cada hongo de humo y fuego, con sus correspondientes cadáveres destrozados, como si fuese una victoria del Maccabi en una final de baloncesto, si esos hombres y mujeres vestidos a la europea y con nombres razonables se alegran de la destrucción y la muerte es que la destrucción y la muerte son fenómenos irrelevantes o incluso -sí- apetecibles. Una cosa es que Rachel desee la muerte de Fatma y otra muy distinta que Fatma desee la muerte de Rachel. Que Fatma desee la muerte de Rachel es una muestra irrefutable del fanatismo y antisemitismo árabes. Que Rachel desee -y aplauda- la muerte de Fatma es, en cambio, una tan comprensible y aceptable prueba de civilización como fumar cigarrillos mentolados o frecuentar locales de música country. Rachel, como la reina Margarita o como Philip Dewinter, afrontan cara a cara, “sin complejos”, la “verdad”.</p>
<p>Los sentimientos se construyen, pero tienen la contundencia de los hechos -y de las montañas-. Lo cierto es que, antes de cualquier racionalización, nos impresiona mucho más la llamada a matar judíos que la llamada a matar palestinos o musulmanes. Se dirá que es lógico. Después de la tentativa europea de genocidio judío y como consecuencia de la culpabilidad y el horror, los europeos estamos muy sensibilizados frente al antisemitismo. Pero eso mismo debería preocuparnos. Nos hemos sensibilizado justamente -más allá de la propaganda israelí que explota el Holocausto- tras el asesinato de seis millones de judíos, colofón de siglos de guetos, pogromos y discriminaciones. Ahora bien, lo que permitió ese racismo violento y su expresión criminal en los lager fue precisamente el hecho de que, durante siglos, la idea de “matar a todos los judíos” impresionaba muy poco a las poblaciones occidentales o incluso resultaba -también electoralmente- apetecible. El linchamiento de un judío -como el de un negro en EEUU- no escandalizaba a casi nadie y las mayorías sociales podían sentirse más o menos desasosegadas, pero en todo caso ‘sentían’ que la muerte de un judío -o de un negro- tenía mucha menos importancia que la muerte de un ‘ario’ o de un blanco. Eso hizo posible el nazismo, cuya jerarquía racial compartían la mayor parte de los alemanes y de los europeos, como lo demuestra la indiferencia de casi todos (salvo algunos comunistas y algunos cristianos) ante el exterminio en los campos de concentración.</p>
<p>Pues bien, los ‘judíos’ de hoy son los palestinos -y los árabes y musulmanes en general-. O si se prefiere: en 1930 los judíos eran los ‘árabes’ de Europa (de hecho, el racismo dominante hacía pocas diferencia entre los dos). Nos escandaliza o duele tan poco hoy <a href="http://www.cuartopoder.es/tribuna/palestina-la-culpa-es-de-las-victimas/6080">la muerte de 400 niños palestinos</a> como nos escandaliza o dolía muy poco la muerte de 400 judíos en un pogromo en Polonia en 1920. Hoy hay muy pocos atentados antisemitas en el mundo, a pesar del esfuerzo de Israel por alimentarlos; se puede decir que los judíos están a salvo. ¿Cuántos palestinos o árabes o musulmanes habrá que matar para que que un día la muerte de un palestino o árabe o musulmán nos duela lo mismo que la de un alemán o un español? Mientras tratemos a los musulmanes -en nuestra imaginación y con nuestras opiniones- como tratábamos hace cien años a los judíos, la maldición nazi seguirá viva y seguirá produciendo los mismos efectos.</p>
<blockquote><p>Lo único que se reprochaba a los nazis es que ‘quisieran tratar a los europeos como los europeos trataban a los pueblos colonizados’</p></blockquote>
<p>La mayor parte de la población israelí y europea considera a los palestinos y a los árabes y musulmanes en general de la misma manera que la mayor parte de la población europea de 1930 consideraba a los judíos. Ese sentimiento fue explotado electoralmente por Hitler como es explotado hoy por Netanyahu y por casi todos los partidos políticos del espectro ‘democrático’ sionista. Si hay un obstáculo para la paz, la justicia y la convivencia en Próximo Oriente -el mismo que en la Europa de 1930- es el nihilismo de la sociedad israelí, nihilismo trasladado a unas instituciones estatales (con su ejército y sus armas de destrucción masiva) que a su vez lo alimentan con propaganda racista y manipulación mediática. ¿En qué consiste finalmente la democracia en Israel? En que gana las elecciones el candidato que ha matado o promete matar más niños palestinos. Esa es otra de las razones de que haya en Gaza tantos niños muertos: el nihilismo da votos. Con eso y un buen aparato de propaganda se apoderó Hitler de Alemania en 1933 y a punto estuvo de apoderarse de una Europa (culta, refinada, progresista) a la que los judíos le traían tan al fresco como hoy los árabes y que -como recordaba la filósofa y militante Simone Weil- lo único que reprochaban a los nazis es que ‘quisieran tratar a los europeos como los europeos trataban a los pueblos colonizados’. Mientras la sociedad israelí y los gobiernos occidentales no cambien, la maldición del nazismo seguirá viva. Y seguirá matando. Matando judíos con nombres árabes: Mohamed, Fatma, Salwa, Yamal. Lloremos, por favor, a todos los judíos, aunque sean palestinos.</p>
<p>Hay que tener mucho cuidado, por tanto, cuando mostramos indiferencia hacia este tipo de declaraciones porque esa indiferencia -que es una de las expresiones de la islamofobia generalizada y banal- ha sido siempre la causa de persecuciones y crímenes ignominiosos. En todo caso, sirva el ejemplo “judío” para recordar que los “objetos” de exclusión del proyecto colonial occidental han cambiado a la medida de los intereses concretos y de la relación de fuerzas. Los judíos fueron el objeto principal de las categorías “universales” de la exclusión etnocéntrica europea hasta que fueron incorporados, a través del sionismo, al proyecto colonial: hasta que -digamos- se “europeizaron” a través del crimen.</p>
<ol id="footnotes">
<li id="fn1">“Para Europa construiremos ahí (en Palestina) un trozo de muralla contra Asia, seremos el centinela avanzado de la civilización contra la barbarie”, según la propuesta del fundador del sionismo en 1897, recogida después en la conocida declaración Balfour (1917).  <a href="#ffn1">↩︎</a></li>
</ol>
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